lunes, 19 de octubre de 2026

La teoría del falso self y los niños/as adoptados/acogidos



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La teoría del falso self y los niños adoptados/acogidos
Por José Luis Gonzalo Marrodán, psicólogo clínico 


El concepto de falso self (falso sí mismo) es una de las aportaciones más conocidas del pediatra y psicoanalista británico Donald Woods Winnicott. Es especialmente interesante para comprender a niños, adolescentes y adultos que han vivido experiencias relacionales traumáticas, porque permite pensar cómo una persona puede adaptarse a su entorno a costa de alejarse de sus propias necesidades, emociones y deseos.

Me venía a la mente esta teoría esta semana a raíz de las sesiones de psicoterapia que he tenido con adultos adoptados que presentan historias de vida donde han vivido trauma por abandono (por ejemplo, fueron ingresados en un centro de acogida u orfanato nada más nacer y permanecieron allí durante los dos, tres o cuatro primeros años de vida -e incluso, a veces, más-. Fueron adoptados, después, por padres o cuidadores que no presentaban suficiente competencia parental)

Estas personas me describían con mucho dolor lo conscientes que ahora eran de no haber podido desarrollarse como ellos mismos hubieran deseado, y cómo habían tenido que generar como falsas personalidades o formas de ser, no auténticas. Así se defendían y de algún modo se adaptaban a un entorno familiar y de crianza que exigía ser de un determinada manera. 

Vayamos por partes y definamos primero que es el falso self. 

¿Qué es el falso self? (1)

Winnicott tuvo una infancia suficientemente buena, parafraseándole a él mismo. Sin embargo, según las fuentes, a pesar de una infancia tan buena (que según Clare Winnicott, su esposa, fue cierto), algo le perturbó en su niñez que lo llevó a la búsqueda del estudio de enfermedades graves. Nunca desveló el porqué de su inquietud pero al cumplir sesenta y siete años escribió un poema conmovedor sobre su madre, Elizabeth. Es un escrito que le envió a un colega y pidió compartirlo con él por el dolor que le había producido escribirlo:

La madre abajo llorando
llorando
llorando
Así la conocí
Una vez, extendido sobre sus rodillas
Como ahora sobre el árbol muerto
Aprendí a hacerla sonreír
a detener sus lágrimas
a deshacer su culpa
a curar su muerte interior
Darle vida era mi vida.

Donald Winnicott
Este poema sugiere a una madre depresiva y su hijo intentando alegrarle la vida. M. Little -una psicoanalista que trabajó junto con él- en una oportunidad confirmó que Elizabeth tuvo episodios depresivos. Winnicott también dio a entender que su padre estaba demasiado tiempo ausente y atareado en otros asuntos y que inconscientemente delegó en él el cuidado de su madre por ser hijo varón: "me dejó demasiado con todas mis madres. Las cosas nunca se arreglaron del todo" (2). La experiencia de "cuidar" a una madre triste pudo haber influenciado a Winnicott a desear rescatar a otras personas sufrientes. Recordemos que para él cuidar equivalía a curar.

Años posteriores Winnicott escribió: "El análisis es el trabajo que he elegido, la forma en que siento que mejor puedo ocuparme de mi propia culpa, la forma en que puedo expresarme de modo constructivo" (3) En otro ensayo suyo expresa que los niños sintonizan con el estado mental de las madres. Algo de su experiencia personal de hijo transmitió en estos escritos, ya que se sentía culpable de no haber podido curar o salvar a su madre debido a una congestión catarral y una infiltración grasa cardíaca. Winnicott tenia veintinueve años a la muerte de su madre.

¿Influyó esta experiencia que Winnicott tuvo en la infancia con su madre en la gestación de su teoría del falso self? Os lo dejo parta vuestra consideración. 

Para Winnicott, el falso self es una organización defensiva que se desarrolla cuando el niño siente que, para conservar el vínculo con sus figuras de cuidado, debe adaptarse excesivamente a lo que estas esperan de él, en lugar de poder expresarse espontáneamente. El niño va aprendiendo, de manera más o menos consciente, que es más seguro mostrar lo que el adulto quiere encontrar que expresar lo que realmente siente o necesita.

Por ejemplo, imaginemos a una niña cuyos padres se muestran cariñosos cuando es obediente, obtiene buenas notas o no plantea problemas, pero se enfadan, se burlan de ella o se distancian cuando expresa tristeza, rabia o desacuerdo. La niña puede aprender a ser siempre complaciente, a anticiparse a las necesidades de sus padres y a ocultar sus propias emociones. Quizá llegue a ser considerada una niña maravillosa, madura y muy responsable. Sin embargo, detrás de esa adaptación puede existir una dificultad creciente para reconocer qué siente, qué desea y quién es ella más allá de lo que los demás esperan.

Su adaptación le permite preservar el vínculo, pero puede hacerlo a costa de su espontaneidad.

¿Cómo se desarrolla?

Winnicott concede una importancia fundamental a las primeras relaciones entre el bebé y su figura cuidadora, del mismo modo que muchos psicoanalistas de la época: Anna Freud, Bowlby, Mary Ainsworth...

El gesto espontáneo: el verdadero self

El bebé expresa sus necesidades, impulsos, emociones y formas espontáneas de estar en el mundo. Winnicott denomina verdadero self a la experiencia de continuidad de ser y de sentirse real que puede desarrollarse cuando esa espontaneidad encuentra un entorno suficientemente facilitador. Cuando este entorno está caracterizado por la presencia de buenos tratos y se satisfacen las necesidades de los niños de manera integral, el niño puede expresarse tal cual es. Cuando el adulto responde de manera suficientemente sensible y adaptada a las necesidades del bebé, este puede experimentar que sus gestos tienen un efecto en el entorno y que no necesita renunciar continuamente a ellos para mantener la relación.

¿Cuándo sucede esta adaptación defensiva? Si el entorno impone reiteradamente sus propias necesidades y no acoge los gestos espontáneos del niño, este puede organizarse alrededor de la complacencia, la obediencia y la adaptación. El falso self protege al verdadero self de una exposición que se vive como peligrosa. Es importante hacer una precisión: Winnicott no considera que toda adaptación sea patológica. Todos necesitamos adaptarnos a las normas sociales y a los demás. El problema aparece cuando la adaptación deja de ser flexible y se convierte en la forma predominante de existir y relacionarse. 

¿Qué función cumple el falso self? Aquí está, a mi juicio, la parte más importante del concepto: el falso self no es simplemente una máscara; es una defensa que ha podido resultar necesaria para preservar la relación y proteger algo vulnerable de la persona.

Puede cumplir varias funciones:

- Proteger el verdadero self: evita que los aspectos más espontáneos queden expuestos a respuestas intrusivas, descalificadoras o rechazantes.

- Conservar el vínculo: la adaptación puede ser una forma de mantener la proximidad con una figura de apego de la que el niño depende.

- Anticipar las expectativas del adulto: el niño aprende a observar el estado emocional de la figura cuidadora y a actuar en consecuencia.

- Reducir el conflicto y el peligro: mostrarse obediente, no protestar o no expresar necesidades puede disminuir el riesgo de rechazo o de represalias.

Desde esta perspectiva, el falso self no debería entenderse como un defecto del niño, sino como una solución adaptativa que puede haberse vuelto rígida y costosa.

Estas adaptaciones se vuelven más rígidas cuando los niños han sido víctimas continuadas de maltrato y este ha generado un trauma en su desarrollo. En un contexto de maltrato, negligencia emocional o abuso sexual, el niño puede encontrarse ante una situación especialmente difícil: necesita a la persona adulta de la que depende, pero esa misma persona puede ser fuente de miedo, daño o confusión.

La adaptación puede encontrar diferentes formas



La adaptación puede adoptar diferentes formas:

Ser excesivamente obediente   ------>   Reducir el riesgo de castigo o rechazo.

Intentar satisfacer siempre al adulto    ------>    Mantener el vínculo y evitar el conflicto.

Ocultar el miedo, la tristeza o la rabia  ------>  Protegerse de respuestas adultas que no puede tolerar o afrontar.

Mostrarse muy maduro y autosuficiente ------>   Evitar depender de un adulto que no responde de forma fiable.

Vigilar continuamente el estado emocional de los demás  ------>   Anticipar cambios que puedan implicar peligro.

Tener dificultades para reconocer los propios deseos ------>   Haber aprendido a priorizar las necesidades ajenas sobre las propias.

Es importante considerar que estas conductas no demuestran por sí mismas la existencia de un falso self ni prueban que haya habido abuso. Pueden aparecer por diferentes motivos y deben comprenderse dentro de la historia relacional de cada persona.

5. ¿Cómo se relaciona con el verdadero self?

Conviene evitar una interpretación demasiado literal, como si dentro de la persona existieran dos personalidades completamente separadas: una auténtica y otra falsa. En Winnicott, la distinción tiene que ver con dos modos de organización y experiencia del self:

- El verdadero self se vincula con la espontaneidad, la vitalidad, el gesto personal, la creatividad y la sensación de sentirse real.

- El falso self se organiza alrededor de la adaptación a las exigencias del entorno y puede proteger la espontaneidad cuando esta no ha encontrado suficiente acogida.

Winnicott describe diferentes grados de organización del falso self. En algunos casos, la adaptación es relativamente flexible y facilita la vida social; en otros, puede llegar a dominar la existencia de la persona, que se siente vacía, desconectada o incapaz de saber qué desea realmente.

Por eso, alguien puede funcionar muy bien en el trabajo, cuidar de los demás y cumplir todas sus responsabilidades, pero experimentar una profunda sensación de irrealidad o preguntarse: «¿Quién soy yo cuando no estoy intentando agradar a alguien?».

Convertirse en lo que otros esperan
es una de las adaptaciones del falso self

6. El falso self y las personas adoptadas

En algunas historias adoptivas, esta cuestión puede adquirir matices particulares: cómo vivir las pérdidas, cómo preguntar por los orígenes, cómo diferenciarse de la familia sin sentir que se pierde la pertenencia. 

Las investigaciones (4) recogen experiencias de gratitud exigida, dificultades para hablar de la adopción y tensiones en la construcción de una identidad propia, pero muestran diversidad de trayectorias. No establecen una tipología de “falsos self adoptivos”; lo que sigue es una elaboración clínica a partir de ese marco. 

Estas serían algunas configuraciones posibles que he detectado en mi trabajo con las personas adoptivas. Las frases representan reglas internas hipotéticas, a menudo no conscientes:

El hijo perfecto, que no da problemas

«Si soy bueno y no decepciono, conservaré mi lugar».

El agradecido que no puede estar triste

«Después de lo que han hecho por mí, no tengo derecho a quejarme».

El autosuficiente que no necesita a nadie

«Necesitar es arriesgarme a que no estén; mejor me arreglo solo».

El cuidador de sus padres

«Para estar a salvo, tengo que asegurarme de que ellos estén bien».

El que se convierte en lo que otros esperan

«Tengo que descubrir quién quieren que sea».

El que tiene que destacar para valer

«No basta con ser yo: tengo que demostrar que merezco mi sitio».

El que oculta una parte de su historia para pertenecer

«Si muestro interés por mis orígenes, quizá haga daño o deje de encajar».

7. ¿Qué implicaciones tiene para la psicoterapia?

Desde una perspectiva inspirada en Winnicott, el objetivo no sería desenmascarar el falso self ni exigir a la persona que sea auténtica. Eso podría vivirse como otra demanda externa, precisamente aquello de lo que ha necesitado protegerse. El trabajo consistiría en crear una relación en la que progresivamente pueda experimentar que no necesita adaptarse de forma constante para ser aceptada.

En la práctica, esto puede implicar:

1. Reconocer la función protectora de la adaptación. Comprender por qué fue necesaria antes de intentar modificarla.

2. No confundir colaboración con seguridad. Que un niño obedezca, sonría o responda correctamente no significa necesariamente que se sienta seguro.

3. Respetar el ritmo de la persona. No forzar la expresión emocional, la revelación de experiencias traumáticas ni la confrontación.

4. Ofrecer experiencias de aceptación no condicionada. La relación terapéutica debe tolerar el desacuerdo, la ambivalencia, el silencio y la expresión de emociones difíciles.

5. Favorecer el reconocimiento de las propias necesidades. Ayudar a diferenciar lo que la persona desea de lo que cree que debe desear para conservar la relación.

6. Ampliar la libertad de elección. El objetivo no es eliminar la adaptación social, sino que deje de ser la única forma posible de relacionarse.

En el caso de un niño que ha sufrido abuso, además, estas condiciones deben acompañarse de protección efectiva, seguridad en el contexto y atención a las relaciones actuales. La relación terapéutica por sí sola no sustituye esas medidas.

Esta frase de Winnicot puede leerse en:
Winnicott DW. The concept of the false self. En: Home Is Where We Start From. New York: W. W. Norton; 1986. p. 65-70.



8. Implicaciones en el acompañamiento a padres y familias 

Aceptar al niño más allá de su comportamiento. Conviene que los padres expresen interés por el niño, no solamente por aquello que hace bien. Si recibe atención principalmente cuando obedece, ayuda o se muestra agradecido, puede concluir que debe comportarse de una determinada manera para merecer su lugar en la familia.

- Evitar elogiar constantemente su docilidad: «¡Qué bueno eres, nunca das problemas!».
- Mostrar interés por sus gustos, opiniones, dudas y desacuerdos.
- Transmitirle que no necesita compensar a sus padres por haberlo adoptado.
- Hacerle sentir que pertenece a la familia por quien es, no por lo que aporta.

Una frase que puede ayudar sería: «No tienes que hacer nada especial para que queramos estar contigo».

Dar permiso para discrepar y decir que no. Algunos niños tienen dificultades para identificar sus preferencias o expresarlas cuando creen que pueden decepcionar al adulto. Los padres pueden ofrecer elecciones reales y tolerar que el niño tenga una opinión diferente.

Por ejemplo:

- «¿Prefieres ir al parque o quedarte en casa?».
- «A mí me gusta esta película, pero tú puedes pensar otra cosa».
- «Puedes decirme que no estás de acuerdo conmigo».
- «No tienes que darme la razón para que estemos bien».

Esto no significa que el niño decida sobre todas las cuestiones familiares. Los adultos siguen estableciendo límites protectores, pero diferencian entre los límites necesarios y las preferencias personales que pueden negociarse.

Tolerar las emociones desagradables sin retirarle el afecto

Un niño que ha aprendido a adaptarse puede esconder su enfado, tristeza, miedo o decepción para no arriesgar el vínculo. Cuando comienza a sentirse más seguro, incluso puede manifestar emociones intensas que antes mantenía ocultas. Los padres necesitan aprender a recibir esas emociones sin interpretarlas automáticamente como ingratitud, desafío o rechazo hacia ellos.

Pueden decirle:
- «Entiendo que estés enfadado conmigo».
- «Puedes estar enfadado y seguimos siendo una familia».
- «No necesitas fingir que estás contento para que yo esté bien».
- «Aunque no me guste lo que ha pasado, quiero escuchar cómo lo has vivido».

El mensaje central es que el vínculo puede sobrevivir al desacuerdo. El niño necesita experimentar repetidamente que una emoción difícil no destruye la relación.

No forzar la expresión emocional

Un error sería detectar que el niño se adapta demasiado y empezar a preguntarle constantemente qué siente, qué quiere o qué le pasa. Si todavía no sabe identificar sus estados internos, o si ha aprendido a ocultarlos, esta insistencia puede aumentar su presión.

Es preferible:
- Observar sin invadir.
- Nombrar tentativamente lo que se percibe, sin imponer una interpretación.
- Dar tiempo para responder.
- Aceptar el silencio cuando todavía no puede hablar.
- Ofrecer otras vías de expresión: juego, dibujo, movimiento o actividades compartidas.

Por ejemplo: «Me pregunto si te ha molestado lo que he dicho. Puede que no sea eso. Si quieres, podemos hablarlo después».

No confundir autonomía con rechazo

Un niño que comienza a sentirse más seguro puede mostrar preferencias propias, poner límites, cuestionar decisiones o querer reservarse algunas cosas. Los padres pueden vivir estos cambios con inquietud, especialmente si interpretan la distancia como una amenaza para el vínculo. Conviene ayudarles a comprender que la diferenciación y la autonomía pueden ser signos de una relación más segura, aunque también es necesario valorar cada conducta en su contexto. El niño puede aprender que no necesita elegir entre pertenecer a su familia y conservar su individualidad.

Reparar los desencuentros

Los padres no necesitan acertar siempre. Necesitan poder reconocer sus errores y reparar las rupturas relacionales. Si un padre responde con dureza, por ejemplo, puede decir:

«Antes me he enfadado y te he hablado de una manera que no me gusta. Lo siento. No tenías que estar de acuerdo conmigo. Vamos a intentarlo de nuevo».

La reparación enseña que los errores y los conflictos no obligan al niño a recuperar inmediatamente su papel de niño complaciente para restablecer la armonía.

9. La idea central para comprenderlo desde el trauma

Hay una formulación que resume bien la conexión clínica, aunque no es una cita literal de Winnicott:

A veces, el niño aprende a ser aquello que necesita que el adulto vea para poder seguir vinculado a él, mientras oculta aquello que teme que el adulto no pueda aceptar. Esto permite comprender algo importante: una adaptación que en su momento contribuyó a preservar el vínculo puede dificultar después el acceso a las propias necesidades, los límites y los deseos.

Referencias 

(1) Winnicott DW. Ego distortion in terms of true and false self. En: The maturational processes and the facilitating environment: studies in the theory of emotional development. London: Hogarth Press; 1965. p. 140-152.

(2) Winnicott DW. Hate in the counter-transference. Int J Psychoanal. 1949;30:69-74.


(4) Lo AY, Grotevant HD, Baden AL, Hogan CM. Unsettled adoptive identity: Understanding relationship challenges in adopted adolescents' identity narratives. Fam Process. 2024;63(3):1592-1622. doi:10.1111/famp.12953.

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Os comparto este videoclip (visualmente precioso) interpretado por Imanol Igartua (cantante) y Ander Iruretagoyena y Ekiñe Tolosa (actores) La canción y la letra son una maravilla y la historia puede interpretarse de muchas maneras. Yo me quedo con esta lectura: al final el protagonista encuentra la auténtica esencia de sí mismo. 

Os dejo con el vídeo. El blog estará parado hasta después de las VII Conversaciones sobre apego y resiliencia, allí nos veremos. Hasta entonces, un abrazo.


Letra:

¿Cómo olvidar nuestras primeras miradas? Juegos de palabras mudos, sin amor. Se nos ha pasado el tiempo en el bar Lertutxe. La próxima vez nos encontraremos en cualquier taberna de cualquier pueblo.

Sin pedir perdón, tú y yo como pilares, sin pedir perdón, dibujando el mundo.

Pero ahora los juegos de palabras se han vuelto reales. Ese viento frío que atraviesa Euskal Herria de un extremo al otro.

Pero ahora los juegos de palabras se han vuelto reales. Ese viento frío que atraviesa Euskal Herria de un extremo al otro.

Una nueva oportunidad para dejar atrás el pasado. La boca del lobo no me ha atrapado. Las agujas del reloj, perdidas en algún lugar. Habrá que jugar con fuerza para salir de este agujero negro.

Y tú y yo, y yo y tú, mirándonos cara a cara. Desde el primer momento encendimos el volcán.

Sin pedir perdón, tú y yo como pilares, sin pedir perdón, dibujando el mundo.

Pero ahora los juegos de palabras se han vuelto reales. Ese viento frío que atraviesa Euskal Herria de un extremo al otro.

Pero ahora los juegos de palabras se han vuelto reales. Ese viento frío que atraviesa Euskal Herria de un extremo al otro.

Persiguiendo a tientas un rayo de sol, al escuchar el grito de la noche, junto a ti.

Que el tiempo se nos ha pasado en el bar Lertutxe, ya a mi lado, ya a mi lado.

lunes, 5 de octubre de 2026

"Quiero acercarme... pero también necesito protegerme": comprender el apego desorganizado en hijos/as adoptivos/as o acogidos/as.

 

VII Conversaciones apego y resiliencia

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"Quiero acercarme... pero también necesito protegerme": comprender el apego desorganizado en hijos/as adoptivos/as o acogidos/as.

Por José Luis Gonzalo Marrodán

Psicólogo y traumaterapeuta sistémico

Portada del libro "Vincúlate" donde presento 
la dinámica del apego desorganizado y su relevancia 
para las familias adoptivas y acogedoras

Presentación

Este pasado lunes tuve un encuentro con un grupo de familias adoptivas donde estuvimos hablando sobre el apego desorganizado, un patrón diferente de apego, no clasificable en las categorías descubiertas anteriormente (seguro e inseguro), al presentar en la conducta y reacciones del niño/a ante la separación, manifestaciones mezcla del inseguro evitativo y del inseguro ansioso-ambivalente de una manera incoherente y sin presentar una conducta organizada de apego. La funcionalidad del apego que es el logro de la proximidad colapsaba

Hemos hablado en este blog de este tema muchas veces, os dejo los artículos anteriores para que podáis repasar los conceptos fundamentales. Nos hicimos eco, además, de la publicación del último libro de Nacho Serván, experto en el tema, sobre la desorganización del apego, que postula que debemos conceptualizarlo más como una dimensión y no una categoría:







Conducta materna atemorizante y apego desorganizado: http://www.buenostratos.com/2026/05/conducta-materna-atemorizante-apego.html


He preparado un texto con los aspectos fundamentales que compartí en el encuentro con las familias, para que podías disponer de ellos. Previamente, he hecho un breve resumen de lo que es el apego desorganizado y su trascendencia en el ámbito de la adopción. Incluyo también alguna de las técnicas que hicimos con las familias para que pudieran comprenderlo mejor y favorecer la reflexión. 

Espero que os sea de utilidad. 

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¿Qué es el apego desorganizado?

Hay niños que parecen estar atrapados en una contradicción difícil de comprender para quienes los acompañan: necesitan intensamente a los adultos, pero cuando estos se acercan pueden rechazarlos; buscan afecto y, cuando lo encuentran, parecen sabotearlo; reclaman proximidad y, al mismo tiempo, pueden comportarse como si necesitaran alejarse. A veces controlan constantemente lo que ocurre a su alrededor, reaccionan de manera desproporcionada ante pequeñas correcciones o se enfurecen precisamente cuando intentamos consolarlos.

Para las familias adoptivas y acogedoras, estas conductas pueden resultar especialmente desconcertantes. El adulto puede pensar: «Si estoy aquí para cuidarle, ¿por qué me rechaza?», «¿Por qué no confía en mí?», «¿Por qué necesita controlarlo todo?» o incluso «¿Qué más puedo hacer para que entienda que le quiero?».

Una de las claves para comprender estas situaciones consiste en recordar que la llegada a un entorno seguro no hace desaparecer automáticamente las estrategias de protección que el niño aprendió en relaciones anteriores. El contexto puede haber cambiado mucho antes de que cambien las expectativas internas del niño.

Para entenderlo tenemos que remontarnos a los trabajos de Mary Ainsworth y a la denominada «Situación Extraña» (1), un procedimiento diseñado para observar cómo los niños pequeños utilizan a su figura de apego como base de seguridad ante situaciones de separación, reunión y presencia de una persona desconocida.

A partir de estas investigaciones se identificaron inicialmente tres patrones principales de apego: seguro, evitativo y resistente o ambivalente. Sin embargo, algunos niños mostraban comportamientos que no podían ser comprendidos adecuadamente dentro de ninguna de estas categorías. En determinadas situaciones de separación y, especialmente, durante los reencuentros con la figura de apego, podían aparecer conductas contradictorias, movimientos interrumpidos, aproximaciones que se detenían bruscamente, inmovilidad, expresiones de temor hacia el cuidador o aparentes episodios de desorientación.

Fueron Mary Main y Judith Solomon (2), investigadoras vinculadas a la Universidad de California, Berkeley, quienes estudiaron sistemáticamente este fenómeno y propusieron en 1986 una nueva clasificación denominada apego desorganizado/desorientado. Posteriormente, en 1990, desarrollaron los procedimientos específicos para identificarlo dentro de la «Situación Extraña» (3).

Es importante hacer una precisión. Hoy resulta más adecuado hablar de clasificación o patrón de apego desorganizado/desorientado que de un «cuarto estilo» completamente independiente de los otros. La desorganización puede aparecer sobre diferentes organizaciones del apego y se refiere, fundamentalmente, a una alteración o ruptura de la estrategia organizada que el niño utiliza para afrontar la activación de su sistema de apego (4) 

La aportación de Main y Solomon fue especialmente relevante porque permitió describir algo que hasta entonces resultaba difícil de conceptualizar: ¿qué sucede cuando el sistema que debería conducir al niño hacia la protección no consigue organizar una respuesta coherente?

«Necesito al adulto… pero también tengo que protegerme del adulto»

Podemos imaginar el sistema de apego como un sistema que se activa especialmente cuando el niño siente miedo, dolor, amenaza o inseguridad.

Ante el peligro, una respuesta organizada sería:

MIEDO → BUSCO A MI ADULTO → ENCUENTRO PROTECCIÓN

El problema aparece cuando la persona de la que depende el niño para sentirse protegido ha sido también, en determinados momentos de su historia, una fuente de miedo, amenaza, imprevisibilidad o desregulación.

Entonces aparece una contradicción:

NECESITO ACERCARME

↕

NECESITO ALEJARME O PROTEGERME

El niño necesita al adulto porque tiene miedo, pero ese mismo adulto puede activar simultáneamente respuestas defensivas. No dispone de una estrategia suficientemente organizada para resolver el dilema.

Esta es una de las ideas que considero más importantes para las familias: el comportamiento aparentemente contradictorio puede tener una lógica desde la historia relacional del niño.

No significa que todas las conductas difíciles tengan necesariamente su origen en un apego desorganizado, ni que toda desorganización pueda atribuirse de manera simple a una única experiencia. La investigación ha encontrado asociaciones entre la desorganización y contextos de alto riesgo, maltrato y determinadas formas de cuidado atemorizante o atemorizado, pero la relación es compleja y no debe reducirse a una explicación única. (5)

Cuando cambia la familia, pero todavía no ha cambiado el mapa interno

Esta cuestión adquiere una importancia extraordinaria en la adopción y el acogimiento.

Un niño puede llegar a una familia que le ofrece algo muy diferente de lo que ha conocido anteriormente: adultos disponibles, sensibles, protectores y comprometidos con su bienestar. Sin embargo, sus expectativas acerca de las relaciones no se modifican de un día para otro.

Podríamos expresarlo de una manera sencilla:

HA CAMBIADO EL LUGAR.

HAN CAMBIADO LOS ADULTOS.

PERO SU SISTEMA DE PROTECCIÓN TODAVÍA NO HA CAMBIADO.

La literatura sobre adopción y acogimiento muestra que estos niños presentan, en conjunto, un riesgo mayor de dificultades en la organización del apego, aunque existe una gran variabilidad individual. Una revisión sistemática sobre niños adoptados y acogidos señala precisamente la relevancia de las experiencias de separación, las relaciones previas y las nuevas relaciones con los cuidadores. (6)

Por eso, cuando un niño llega a una familia y aparentemente «no aprovecha» las oportunidades de seguridad que esta le ofrece, podemos estar ante una cuestión mucho más compleja que una simple falta de confianza.

El adulto puede decir:

—«Estoy aquí. Puedes confiar en mí».

Y el niño, desde su historia, puede escuchar:

—«Eso ya me lo dijeron».

—«¿Hasta cuándo?».

—«No dependas demasiado».

—«Comprueba primero si es verdad».

La seguridad objetiva y la seguridad sentida no aparecen necesariamente al mismo tiempo.

«¿Por qué se comporta así?» frente a «¿De qué aprendió a protegerse?»

Esta pequeña modificación en la pregunta puede cambiar profundamente la mirada de una familia.

Imaginemos algunas situaciones:

- El niño rechaza un abrazo precisamente cuando peor está.

- Controla constantemente dónde se encuentra su madre o su padre.

- Se enfurece cuando intentan consolarlo.

- Parece no necesitar a nadie.

- Quiere decidir absolutamente todo.

- Ante una pequeña corrección reacciona como si estuviera en peligro.

- Busca afecto y, cuando lo encuentra, lo rechaza.

- Por la noche necesita desesperadamente al adulto, pero durante el día lo mantiene alejado.

Podemos preguntarnos:

«¿Qué está haciendo?»

Pero también:

«¿Qué puede estar tratando de proteger?»

El control puede estar relacionado con la necesidad de anticiparse a lo imprevisible.

El rechazo puede protegerle de depender demasiado de alguien.

La provocación puede constituir una manera de comprobar qué ocurre cuando la relación se pone a prueba.

La reacción desproporcionada ante una corrección puede estar relacionada con una historia en la que los errores tuvieron consecuencias amenazantes. Con las familias, en el encuentro reflexionamos que esto no significa justificar cualquier conducta. Comprender la función de una conducta no equivale a permitirla. Significa que podemos responder al comportamiento sin perder de vista la experiencia que puede existir debajo de él.


El apego desorganizado puede conllevar problemas para
la construcción de un self estable y coherente


«Ahora estoy a salvo… pero todavía no lo sé»

Una casa segura no garantiza inmediatamente un sentimiento interno de seguridad.

Podemos decirle a un niño:

«Aquí nadie te va a hacer daño».

Pero su sistema de protección puede necesitar mucho tiempo y muchas experiencias repetidas para incorporar esa nueva información. De hecho, quizá una de las tareas más importantes de una familia adoptiva o acogedora sea precisamente ofrecer experiencias que contradigan, una y otra vez, las antiguas expectativas relacionales:

«Cuando me enfado, el adulto no desaparece».

«Cuando pongo a prueba la relación, el adulto continúa estando ahí».

«Cuando cometo un error, no pierdo el vínculo».

«Cuando necesito ayuda, alguien responde».

«Cuando el adulto se equivoca, puede reparar».

«Cuando me ponen un límite, la relación continúa».

La seguridad no se construye únicamente mediante explicaciones. Se construye a través de una enorme cantidad de experiencias cotidianas, pequeñas y repetidas.

Como planteó una dinámica que hicimos con las familias, el niño no aprende que está seguro porque se lo expliquemos, sino porque vive progresivamente experiencias de seguridad.

¿Qué puede hacer la familia?

Comprender el apego desorganizado no significa convertir la convivencia en una sucesión de interpretaciones psicológicas. Al contrario: necesitamos traducir esta comprensión en respuestas concretas.

1. Preguntarnos «¿qué le pasa?» antes que «¿qué pretende?»

Ante el control, el rechazo, la agresividad, la provocación o una reacción desproporcionada, podemos intentar preguntarnos qué puede existir debajo: miedo, vergüenza, sensación de amenaza, necesidad de control, temor al abandono o dificultad para confiar.

La conducta puede ser problemática y, al mismo tiempo, haber sido una solución que el niño aprendió en otro contexto.

2. Regular antes de razonar

Cuando el niño está muy activado, no suele ser el momento adecuado para largos razonamientos, sermones o preguntas como: «¿Por qué has hecho esto?».

Primero necesitamos ayudarle a recuperar la calma: bajar el tono de voz, reducir estímulos, acompañar y favorecer la regulación.

Primero seguridad; después reflexión.

3. Ser predecibles

Las rutinas, anticipar los cambios, explicar qué va a suceder, cumplir lo prometido y evitar amenazas que después no se cumplen son formas concretas de construir seguridad.

Para un niño que ha vivido mucha imprevisibilidad, saber qué ocurrirá después puede disminuir la necesidad de controlarlo todo.

4. Poner límites firmes sin amenazar el vínculo

Una experiencia profundamente reparadora puede ser descubrir: «Puedes hacer algo que no está bien y yo seguiré aquí». Por ejemplo: «No voy a dejar que me pegues. Voy a ayudarte a parar. Estoy aquí contigo». El límite contiene la conducta sin convertir la relación en un castigo.

5. Evitar las luchas de poder

Algunos niños intentarán controlar las situaciones porque el control les proporciona una sensación de seguridad. Si el adulto responde aumentando todavía más el control, ambos pueden quedar atrapados en una escalada. Las pequeñas elecciones dentro de límites que corresponden al adulto pueden ser útiles: «Hay que ducharse. ¿Prefieres hacerlo antes o después de cenar?». No se trata de que el niño decida si existe o no el límite, sino de ofrecerle cierto margen de autonomía dentro de un marco seguro.

6. No forzar el afecto ni la proximidad

Un niño puede necesitar muchísimo el vínculo y, paradójicamente, sentirse amenazado por la intimidad. Por eso no necesitamos exigir besos, abrazos, confidencias o demostraciones de cariño. Podemos transmitir disponibilidad sin invasión: «Estoy aquí cuando me necesites».

7. Reparar después de los conflictos

Los niños no necesitan padres perfectos. Necesitan experimentar que una relación puede sufrir una ruptura y que después es posible repararla. Un adulto puede decir: «Antes me enfadé demasiado. Tenía que ponerte ese límite, pero podría habértelo dicho de otra manera». Esta experiencia transmite algo extraordinariamente importante: un conflicto no significa necesariamente el final de una relación.

8. No interpretar los retrocesos como un fracaso

La evolución no suele ser lineal. Cumpleaños, separaciones, cambios escolares, visitas, aniversarios, adolescencia o momentos de mayor intimidad pueden reactivar estrategias antiguas. Esto lo saben bien las familias. Que reaparezca una conducta de protección no significa necesariamente que todo lo conseguido haya desaparecido.

9. No tomárselo todo como algo personal

Pensamientos como: «No me quiere». «Después de todo lo que hacemos por él…». «Solo se porta así conmigo»... Son comprensibles, pero pueden dificultar la respuesta del adulto si terminan guiando su conducta. En algunos casos, precisamente cuando un niño comienza a sentirse suficientemente seguro, puede atreverse a mostrar necesidades, emociones y conductas que anteriormente mantenía más controladas.

Por eso puede ser útil preguntarnos:

«¿Qué me está mostrando que todavía no sabe expresar de otra manera?»

Una secuencia para recordar

Cuando la situación se desborda, podemos resumir esta manera de acompañar en cinco palabras:

PARAR → REGULAR → CONECTAR → PONER EL LÍMITE → REPARAR

No siempre será posible hacerlo perfectamente. Tampoco necesitamos convertir cada conflicto en una intervención terapéutica. Se trata de ir construyendo, día tras día, una experiencia relacional diferente. Porque quizá la pregunta más importante no sea:

«¿Cómo conseguimos que deje de comportarse así?»

sino:

«¿Cómo conseguimos que, poco a poco, ya no necesite comportarse así para sentirse protegido?»

Un niño con una historia de apego desorganizado no necesita únicamente que le expliquemos que ahora está a salvo. Necesita vivirlo. Necesita encontrar adultos que sean suficientemente predecibles, disponibles y protectores como para que, poco a poco, su sistema de protección pueda aprender algo nuevo:

«Puedo necesitar a alguien sin perderme».

«Puedo acercarme sin dejar de estar seguro».

«Puedo enfadarme y la relación puede continuar».

«Puedo equivocarme y después reparar».

Y quizá, con el tiempo, aquella antigua contradicción —«quiero acercarme, pero también necesito protegerme»— pueda empezar a transformarse en una experiencia diferente: «Puedo acercarme porque ahora estoy a salvo».

Referencias

(1) Ainsworth MDS, Bell SM. Attachment, exploration, and separation: illustrated by the behavior of one-year-olds in a strange situation. Child Dev. 1970;41(1):49-67. doi:10.2307/1127388.

(2) Main M, Solomon J. Discovery of an insecure-disorganized/disoriented attachment pattern. In: Brazelton TB, Yogman MW, editors. Affective development in infancy. Norwood (NJ): Ablex; 1986. p.95-124.

(3) Main M, Solomon J. Procedures for identifying infants as disorganized/disoriented during the Ainsworth Strange Situation. In: Greenberg MT, Cicchetti D, Cummings EM, editors. Attachment in the preschool years: theory, research, and intervention. Chicago: University of Chicago Press; 1990. p.121-160.

(4) Serván García I. Desorganización del apego: clínica y psicoterapia con adultos. Bilbao: Desclée de Brouwer; 2023.

(5) van IJzendoorn MH, Schuengel C, Bakermans-Kranenburg MJ. Disorganized attachment in early childhood: meta-analysis of precursors, concomitants, and sequelae. Dev Psychopathol. 1999;11(2):225-49. doi:10.1017/S0954579499002035.

(6) García Quiroga M, Hamilton-Giachritsis C. Attachment styles in children living in alternative care: a systematic review of the literature. Child Youth Care Forum. 2016;45:625-653. doi:10.1007/s10566-015-9342-x

lunes, 14 de septiembre de 2026

Habitando el malestar, entrevista videograbada con el psicólogo Kike Esnaola para inaugurar la vigésima temporada del blog

¡Bienvenidos y bienvenidas a la 20ª temporada 

del blog Buenos tratos!

Este curso vamos a tener varias sorpresas, especialmente durante el año 2027, cuando celebraremos específicamente el vigésimo aniversario de este blog, que se ha mantenido activo y sin interrupciones durante estos veinte años gracias, siempre, al apoyo decidido que le dais y a vuestra fidelidad. Por eso quiero celebrarlo con vosotros y vosotras de varias maneras, que os iré compartiendo a lo largo del año. Me siento muy feliz y también un tanto impresionado por cómo pasa el tiempo al llegar a este aniversario. Este blog nos ha dado muchas alegrías y merece un digno cumpleaños.

Comenzamos con un tema que me gustaría que fuera el lema de este curso: «Habitar el malestar». La frase pertenece al psicólogo donostiarra Kike Esnaola, quien recientemente ha publicado un libro con este mismo título. Creo que refleja muy bien cuál es nuestra tarea. En una sociedad marcada por el malestar, motivado, entre otros factores, por el aumento de los problemas de salud mental, las desigualdades sociales, la tensión política o la crisis económica, estar con las personas para acompañarlas y ayudarlas a habitar su malestar es, probablemente, una de las tareas que más vamos a necesitar.


Para adquirir el libro, haz click AQUÍ

Un joven me decía esta semana que la expresión le gustaba mucho porque él pensaba en sí mismo y en sus sentimientos como si fueran un lugar helado. Imaginaba que llevaba a ese lugar un saco de dormir, una lamparita y encendía una hoguera, con su perro tumbado a sus pies, y entonces se sentía mejor. «Eso mismo tengo que hacer dentro de mi corazón: ¿cómo me doy, o me pueden dar, calor emocional para habitar mi malestar?».

Hoy os comparto una entrevista videograbada con Kike Esnaola, en la que nos presenta su nuevo libro y conversamos juntos sobre este tema. Muchísimas gracias, Kike, por hacernos un hueco en tu apretada agenda. Ha sido un placer y un enriquecimiento poder escucharte y conocer tu manera de entender la salud mental. Esperamos verte por aquí de nuevo.


Entrevista videograbada con Kike Esnaola, psicólogo



Os dejo un resumen escrito sobre el libro:

La propuesta de Kike Esnaola parte de cuestionar la idea de que el objetivo de la psicología deba ser eliminar todo malestar. Frente a la búsqueda de una vida permanentemente satisfactoria, propone reconocer que determinadas emociones y estados de malestar forman parte inevitable de la experiencia humana. «Habitar» el malestar implicaría poder estar en contacto con él, comprenderlo y darle sentido, sin convertir automáticamente aquello que duele en una enfermedad que hay que eliminar.

Pero hay una segunda dimensión que me parece todavía más relevante: preguntarse de dónde procede ese malestar. Kike critica que la psicología pueda quedarse exclusivamente en un diagnóstico y en tratar un trastorno y propone incorporar preguntas como «¿qué te ha pasado?» y «¿qué está ocurriendo a tu alrededor?». En su planteamiento, la historia biográfica, las relaciones y las condiciones sociales forman parte de la comprensión del sufrimiento. 

De hecho, resume su posición señalando que el malestar psicológico no puede comprenderse adecuadamente sin atender al contexto que lo produce, y advierte del riesgo de patologizar respuestas humanas comprensibles ante contextos adversos. Nosotros desde el modelo de Traumaterapia sistémica nos sentimos plenamente identificados con este planteamiento. 

El síntoma no es necesariamente el problema; puede ser también la expresión de una historia y de un contexto.

En la entrevista nos presenta las cinco grandes conversaciones que, a su juicio, constituyen debates ineludibles para la psicología actual. A lo largo de ella revisamos y analizamos algunas realidades psicosociales que afectan especialmente a determinados colectivos, sometidos con frecuencia a la presión del contexto y a la incomprensión social. Entre ellas, aborda los trastornos de la conducta alimentaria y, en particular, una mirada crítica hacia una sociedad que no siempre admite la diversidad corporal y que reproduce la gordofobia; la realidad de las personas LGTBIQ+ y las experiencias adversas de las personas neurodivergentes.

Kike Esnaola Letamendia es psicólogo sanitario, orientador educativo y divulgador. Graduado en Psicología por la Universidad del País Vasco, cuenta con formación de posgrado en Psicología General Sanitaria y Orientación Educativa. Es fundador y responsable sanitario de FORAPSICO, en Donostia, y responsable del Departamento de Orientación y Atención a la Diversidad de Aldapeta Maria Ikastetxea. Su trayectoria se ha desarrollado en los ámbitos de la psicoterapia, la conducta alimentaria, la diversidad y la inclusión, desde una perspectiva contextual que concede especial importancia a la interacción entre la persona, sus relaciones y el entorno social. En 2026 publicó Habitando el malestar, donde plantea una revisión crítica de la manera en que entendemos actualmente el sufrimiento psicológico.

viernes, 11 de septiembre de 2026

Mesa de experiencias en las VII Conversaciones sobre apego y resiliencia titulada: "Tejiendo experiencias en traumaterapia sistémica: prácticas efectivas, retos y necesidades emergentes"

 VII Conversaciones sobre apego y resiliencia 

San Sebastián, 13 y 14 noviembre 2026


APERTURA DE INSCRIPCIONES:

1 SEPTIEMBRE 2026




Conversación videograbada entre los integrantes de la mesa de experiencias:


Presentación

Tejiendo experiencias en Traumaterapia Sistémica: aprender también de lo que nos cuesta

En las VII Conversaciones sobre Apego y Resiliencia, que celebraremos los días 13 y 14 de noviembre en San Sebastián, tendremos un espacio especialmente dedicado a compartir experiencias profesionales en torno a la Traumaterapia Sistémica: «Tejiendo experiencias en Traumaterapia Sistémica».

Esta mesa nace de una convicción: una parte importante de lo que aprendemos como terapeutas no procede únicamente de los libros, de la formación o de los modelos teóricos, sino de aquello que nos sucede cuando intentamos acompañar a niños, adolescentes y familias en situaciones de gran complejidad.

Por eso hemos querido reunir a profesionales que llevan años trabajando desde este enfoque en contextos diferentes. Contaremos con experiencias procedentes de Murcia y Guipúzcoa, tanto desde dispositivos especializados y comunitarios como desde la práctica privada. Son trayectorias distintas, pero atravesadas por muchas preguntas comunes.

¿Qué hemos aprendido después de años de acompañar a familias que han vivido adversidad y trauma? ¿Qué nos ha funcionado? ¿Qué no ha funcionado? ¿Qué hemos tenido que cambiar por el camino? ¿Qué desafíos siguen pendientes?

La mesa pretende hablar precisamente de todo ello

Uno de los aspectos que queremos poner sobre la mesa es la importancia de trabajar más allá de la consulta. Cuando acompañamos a un niño o a un adolescente que ha sufrido experiencias adversas, no podemos olvidar que forma parte de una familia, de una escuela, de una comunidad y de una red de relaciones. La reparación no depende únicamente de lo que sucede en el espacio terapéutico.

La experiencia de los profesionales que participarán en la mesa muestra la importancia de acercarse al contexto de las familias, comprender sus dificultades, trabajar las competencias parentales, coordinarse con otros profesionales y construir redes capaces de ofrecer mayor protección y seguridad.

En este sentido, el trabajo comunitario adquiere un papel fundamental. No siempre es suficiente con atender individualmente el sufrimiento de un niño. También necesitamos preguntarnos qué podemos hacer para que su entorno se convierta en un lugar más protector y favorezca procesos de reparación.

Pero hay otra cuestión que consideramos especialmente importante: ¿qué nos pasa a nosotros mientras hacemos este trabajo?

Trabajar con trauma implica encontrarnos con situaciones que pueden movilizarnos, frustrarnos y desbordarnos. Necesitamos aprender a reconocer nuestros propios estados, regularnos, pedir ayuda y apoyarnos en otros profesionales. La coordinación y el trabajo en equipo no son solamente herramientas organizativas; pueden convertirse también en espacios de cuidado y regulación para quienes acompañamos.

Y queremos hablar de algo que, en ocasiones, cuesta más compartir: nuestros errores.

Porque también se aprende cuando una intervención no sale como esperábamos. Cuando nos equivocamos. Cuando tenemos que rectificar. Cuando una estrategia que parecía adecuada no funciona. Cuando necesitamos más tiempo del que habíamos previsto. Cuando descubrimos que, antes de intervenir sobre el niño, necesitamos revisar lo que está ocurriendo en nosotros mismos o en el sistema que lo acompaña.

Hablar de los errores no significa desvalorizar nuestro trabajo. Al contrario. Supone reconocer la complejidad de la tarea terapéutica y convertir la experiencia en conocimiento compartido.

Maryorie Dantagnan ha insistido en la riqueza de poder compartir no solamente aquello que hacemos bien, sino también las dificultades y los desafíos que encontramos. Y esta será precisamente una de las características de esta mesa: intentar alejarnos de una visión idealizada de la Traumaterapia para acercarnos a la práctica real, con sus avances, sus incertidumbres y sus dificultades.

Porque cuando un profesional escucha que otros han pasado por situaciones parecidas, puede descubrir que aquello que vivía como un fracaso individual forma parte, en realidad, de la complejidad de acompañar procesos traumáticos.

Compartir experiencias también es una forma de sostenernos

«Tejiendo experiencias» será, por tanto, una conversación entre profesionales que han recorrido caminos diferentes y que quieren poner en común aquello que han aprendido. No para ofrecer recetas, sino para generar preguntas, abrir posibilidades y construir un conocimiento que se enriquece cuando deja de ser individual y pasa a ser compartido.

Nos gustaría que quienes asistan puedan llevarse algo más que nuevas ideas sobre Traumaterapia Sistémica: la sensación de no estar solos en las dificultades, el valor de seguir aprendiendo y la certeza de que nuestra práctica también se construye en relación con otros.

Porque, en definitiva, la Traumaterapia Sistémica también se teje así: vínculo a vínculo, experiencia a experiencia y profesional a profesional.