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lunes, 17 de noviembre de 2014

Otro tipo de conectividad vital entre seres humanos: las interacciones cara a cara favorecen la futura socialización de los niños

Continuamos con la teoría de Porges (quien, como sabéis, participó como ponente invitado en el Congreso de Apego y Trauma celebrado en Roma el pasado mes de septiembre), un modelo teórico desde el cual fundamentar nuestras intervenciones psicoterapéuticas y educativas realmente fascinante.

En el último post nos centrábamos en la conectividad, un imperativo biológico para Porges. Y exponíamos un tipo concreto de conectividad: la inmovilización sin miedo, totalmente diferente de la inmovilización con miedo (que es la disociación, la cual tiene lugar como respuesta defensiva ante la amenaza cuando la persona no puede escapar de la misma) La inmovilización sin miedo conlleva estados psicofisiológicos que se desarrollan y son frecuentes en todos los mamíferos cuando yacemos juntos, entrelazados o no, compartiendo un estado de profunda conexión en la calma, la tranquilidad y el contacto corporal sintonizado, regulando los ritmos biológicos (como es el caso, por ejemplo, de la madre y el bebé cuando vinculan, la madre regula los ritmos biológicos de éste; y también toda la activación psicofisológica que el bebé puede presentar) Esta inmovilización promueve la salud física y mental y es clave para desarrollar estados psicofisiológicos óptimos que favorezcan la conexión con los otros y, en suma, la socialización.

Para la entrada de hoy retomamos nuevamente a Porges (que tanto nos está aportando, fue de los mejores ponentes en el Congreso de Roma; se nota que además de ser un excelente teórico cultiva la práctica clínica) y el imperativo biológico que, para él, es la conectividad, centrándonos en otra clase o tipo de conectividad (fundamental también entre seres humanos), que favorece estados psicofisiológicos óptimos: las interacciones cara a cara. La ausencia de este tipo de interacciones cara a cara (o un déficit acusado en esta experiencia) ha estado presente en la biografía de algunos niños adoptados (especialmente en la de aquéllos que estuvieron en un orfanato con cuidados de baja calidad y con escasas horas durante el día de contacto e interacción humanos)

El niño nada más nacer prefiere la cara de los humanos como estímulo principal al que dirigirse. Progresivamente, la cara de la madre (y también la del padre) serán siendo sus objetos preferentes. Hay un imperativo que es conectar con el otro en interacciones cara a cara que viene inscrito en la biología, ésta nos impulsa para que el cerebro se configure, se desarrolle y se convierta progresivamente en un cerebro social. Es la neurobiología interpersonal: el desarrollo no solo depende de la biología sino de las relaciones interpersonales. Las relaciones interpersonales orquestan toda la biología -o el equipamiento que innatamente traemos- y que nos impele inexorablemente a conectar con otros.

De la cara de los humanos el niño va a extraer los elementos necesarios para poder socializarse adecuadamente en un futuro. Lo primero que necesita detectar el bebé es que esa cara transmite seguridad. La conectividad depende de la seguridad, afirma Porges. Sentirse seguro es un prerrequisito necesario antes de que puedan establecerse sólidas relaciones con los otros y antes de que el apoyo social pueda ser efectivo. Si el niño no encuentra seguridad en las interacciones cara a cara (porque éstas se tornan amenazantes o se interrumpe bruscamente el flujo de la comunicación y la cara del adulto se torna inexpresiva, como vacía) la conectividad y el sentimiento de estar en vínculo con los otros en el futuro se verá seriamente afectado. Lo que se desarrollarán son defensas ante los demás porque no se ha estimulado suficientemente el sistema de conexión social y desde temprana edad hay en palabras de Porges, una neurocepción de inseguridad. El niño en un futuro, tenderá a estados de desconexión, embotamiento, flacidez y en muchas ocasiones, a la desconexión disociativa (cuando hay percepción de peligro o amenaza); o a estados de hiperactivación asociados a una hiperreactividad del sistema nervioso simpático (incluyendo la hiperexcitación de la respuesta de lucha/huida ante la amenaza)

Las interacciones cara a cara son fundamentales también porque a través de las mismas (además de desarrollar estados psicofisológicos óptimos favorecedores de la socialización futura del niño) los menores de edad aprenden a conocer y etiquetar las emociones mediante el lenguaje. Además, adquieren las herramientas emocionales y psicosociales necesarias para reconocer en el otro sus estados internos, aprendiendo a auto-regularse desde experiencias co-reguladoras con el cuidador. Como en una ocasión referimos, el médico inglés Winnicott ya postulaba que la madre en los primeros años de vida del bebé es un espejo en el que no sólo mirar sino mirarse. Y la neurociencia le está dando la razón con sus actuales aportaciones.

Esa relación sintonizada, esa interacción cara a cara entre madre (o padre) e hijo, ese estado psicofisiológico óptimo que favorece la CONEXIÓN, co-regulado entre ambos, ese flujo de comunicación energético positivo que se puede observar cuando vemos a unos papás cómo disfrutan, ríen, vocalizan, se adivinan intenciones, juguetean, reflejan estados internos con tonos de voz, gestos expresivos… que configuran todo lo que llamamos pre-verbalidad donde se aprenden las primeras lecciones de socialización, en fin, todo ese mundo interactivo tan maravilloso y fascinante donde biología y psicología se dan la mano... ¿Qué sucede si se corta, se interrumpe -o se viola, en palabras de Porges- bruscamente? Las conductas de vinculación social se desplazan y emergerían las respuestas ante la amenaza.

El vídeo que os pongo a continuación (ya lo mencioné cuando lo utilizamos en el acto de presentación del libro del que soy co-autor junto con mi amigo y colega Óscar Pérez-Muga, titulado: “¿Todo niño viene con un pan bajo el brazo? Guía para padres adoptivos con hijos con trastornos del apego”) es un ejemplo de esta violación de una interacción cara a cara. Algunos y algunas de vosotros y vosotras ya lo conocéis; otros probablemente, no. Siempre suelo decir que (al menos a mí) deja una sensación de mal cuerpo (aunque afortunadamente termina bien) Pero es un ejemplo clarísimo que habla por sí sólo (sobran las palabras) de qué ocurre en un bebé (necesitado de seguridad para conectar) cuando la cara que le devuelve la madre se congela y se torna un tanto inquietante y totalmente inexpresiva. Esto es, la cara de la madre, literalmente, se hiela, se vuelve como fría. Por ello se le llama “Still face experiment” (“Experimento de la cara congelada”) El Dr. Tronick y equipo en 1978, quisieron demostrar con sus trabajos que los niños (los seres humanos) entran en una conexión e implicación social desde muy temprana edad y que no proporcionársela supone una vulnerabilidad para el desarrollo de futuros y diferentes problemas en la socialización. Si la madre no hubiese cambiado y recuperado la conexión con el niño (esto es lo principal: que exista reparación, vuelta a la interacción, recuperación del estado óptimo anterior) a éste, después de una aguda fase de protesta y tras deprimirse, no le habría quedado otra alternativa que recurrir a la disociación como respuesta defensiva. Y eso es lo que probablemente, les pudo haber ocurrido a algunos niños y niñas que padecieron un orfanato de baja calidad y escaso o nulo juego interactivo y conectivo. ¡Ah, y este niño recupera bien porque existe un vínculo seguro previo con su madre!


Experimento "Still face"



Por todo ello, lo que como padres y profesionales debemos hacer es (especialmente para aquéllos y aquéllas cuyo hijo o hija acaba de llegar a la familia) tratar de conectar y mantener interacciones cara a cara con los niños; interacciones no forzadas, naturales y que fomenten en el niño progresivamente, una neurocepción de seguridad. La mejor manera de hacerlo es jugando. El juego es clave y básico para los niños que han carecido de experiencias gratificantes, estimulantes y fomentadoras de la interacción entre humanos.

Todo esto que os digo es extremadamente importante y cuanto antes vayamos trabajándolo, mejor.

Además, debemos aprender, ensayar y practicar con el niño interacciones en las que conectemos: antes de exigir, mandar, ordenar, esperar que nos obedezcan e interioricen normas y valores... hemos tenido, primero, que conectar emocionalmente con cada niño hasta el nivel de profundidad que pueda tolerar. Por ejemplo: el niño no quiere hacer los deberes; en vez de entrar en la exigencia, las amenazas, los gritos y los castigos, debemos de agacharnos, ponernos a su altura, en cuclillas, mirarle a la cara (si tolera el contacto físico, pasarle una mano por la cabeza, acariciándole) y decirle: “entiendo que no te apetezca, sé que te cuesta y/o que es aburrido; pero tenemos que hacer la tarea si queremos aprender. ¿Qué te parece (con una sonrisa) que miremos las mates un rato?; si lo conseguimos lo celebramos después jugando al balón”  Algunos padres y madres dicen que no funciona, pero lo que ocurre es que no tienen la paciencia para esperar que el niño esté preparado para empezar y no le dan su tiempo (los niños quieren intentarlo siempre); o bien la dinámica familiar está muy viciada y cuesta cambiar de estados. Pero esta manera sí funciona, y es totalmente necesaria siempre (en toda familia) pero en particular con los niños cuyas primeras interacciones cara a cara vinieron marcadas por una inseguridad y una amenaza. En un reciente taller con mis amigos de la Asociación Manaia de Axuda á Adopción hicimos una representación de este tipo (cómo conectar con un niño) y los participantes (padres y madres) estuvieron de acuerdo en que sí funciona y que debemos tener la calma y la paciencia suficientes para que el niño conecte con la seguridad que le transmitimos y se anime a hacer las cosas bien. El lema sería: “antes de exigir hay que conectar”

La picada de esta semana es una gran picada. Me ha emocionado y la quiero compartir con todos/as y vosotros/as: recientemente en la revista del Consejo de Colegios Oficiales de Psicólogos de España, denominada “Papeles del psicólogo” (Vol. 35, 2014) hay un artículo (excelente) de Antonio Galán Rodríguez titulado: “Tratamiento psicológico de niños y adolescentes en acogimiento residencial. Aportaciones a un campo específico de intervención”, en el que el autor plantea y propone como una de las psicoterapias adecuadas y respetuosas con estos menores la de Barudy y Dantagnan. En concreto, dice: “Más allá de estos formatos estandarizados, hay propuestas concretas especialmente inspiradoras para muchos profesionales en nuestro país, a modo de las “figuras prominentes” que antes señalábamos, y entre las que podríamos incluir al Centro per il bambino maltratto e la cura della crisi familiare de Milán, Jorge Barudy…” ¡Desde aquí mis felicitaciones! porque aunque esta psicoterapia es reconocida por el elevado número de alumnos/as (mayor cada vez) que cursa el diplomado de especialización en trauma terapia infantil sistémica y por el prestigio y dilatada carrera profesional de Barudy y Dantagnan, estimo que en un artículo científico-profesional publicado en la revista de todos y todas los/as compañeros/as de profesión se priorice y elija a esta psicoterapia es un espaldarazo muy importante para la misma. Se premia la calidad y el esfuerzo de muchos años de trabajo.

Precisamente el diplomado de trauma terapia infantil sistémica sigue creciendo: además de los alumnos de Barcelona (van por la séptima promoción) acaban de comenzar la primera en Bilbao (primera promoción APEGA en Euskadi) y en Chile. Sin olvidarnos de los alumnos/as de Galicia (A Coruña) que se forman no para ser psicoterapeutas sino para ser profesionales de la crianza terapéutica.

Motivos para estar más que satisfechos pues el mejor aval que tiene esta forma de entender y tratar a los niños en psicoterapia, en la educación y en la crianza son los alumnos que cada año solicitan entrar para aprender el modelo de intervención.

El post que rescatamos hoy del almacén virtual de Buenos tratos no puede ser otro que el que dediqué a la Asociación EXIL dirigida por Barudy y Dantagnan

Cuidaos / Zaindu

jueves, 20 de enero de 2011

El niño/a víctima de malos tratos y la memoria emocional

Antes de irme a celebrar San Sebastián, dejo hechos mis deberes y mi grata cita semanal con todos/as vosotros/as dejando programada esta entrada.

Sigo con el libro de David Linden, titulado “El cerebro accidental” En esta ocasión, he de decir que me ha fascinado el capítulo que dedica al aprendizaje, la memoria y la individuación.

En el mismo, he leído esto tan interesante: “…Algunos recuerdos se desvanecen con el paso del tiempo, y algunos son distorsionados por la generalización (¿el lector recuerda de forma clara el corte de pelo que llevaba cuando tenía diecisiete años?) En todo caso, nos es precisa una señal para poder decir: “Se trata de un recuerdo importante. Escríbelo y subráyalo” Y esta señal es la emoción. Cuando tenemos sensaciones de miedo o de alegría, de amor, de enojo o de tristeza, estas sensaciones sellan nuestras experiencias como particularmente significativas. Estos son los recuerdos que más necesario resulta almacenar y mantener a salvo, porque casi con toda probabilidad serán relevantes en situaciones futuras. Son los componentes básicos que forman la lógica, el razonamiento, la cognición social y la toma de decisiones. Se trata de los recuerdos que nos otorgan nuestra individualidad. Y, más que en cualquier otra cosa, el cerebro es bueno ejerciendo esta función: la indexación de los recuerdos por medio de las emociones”

Al leer esto, me han venido a la mente las experiencias de los niños y niñas que han vivido malos tratos y abandono. Los niños y niñas víctimas de malos tratos tienen, sin duda, subrayados a fuego estos recuerdos. Y serán recuerdos relevantes en situaciones futuras, como dice Linden. ¿Por qué? Porque pusieron en alto y grave riesgo su supervivencia e integridad física y psicológica. Cualquier señal o estímulo o situación que pueda evocar o guarde una similitud con la vivida anteriormente, puede disparar una respuesta que se usó en el pasado para hacer frente a la amenaza. Normalmente, atacar o huir o disociarse. Es por ello por lo que muchas alteraciones emocionales y respuestas conductuales aparentemente sin sentido para el adulto que no puede ver las heridas invisibles, tienen sentido cuando se explican a la luz de la memoria y la emoción. Esta sería algo así como el pegamento que fija el recuerdo

Existe también una memoria emocional, no sólo la memoria de los hechos. No por ser muy pequeño el niño o niña (tener sólo meses) “no se enteraba” de lo que sufría. No recuerda los hechos. Pero sí recuerda las emociones y las sensaciones, éstas se graban en la memoria emocional que tiene su sede fundamentalmente en la amígdala (un órgano en el centro mismo del cerebro, dentro del sistema límbico, que codifica las emociones) El niño entonces no tiene la sensación de estar recordando, no es un recuerdo consciente (como la memoria de hechos) pero es un recuerdo almacenado. La memoria emocional es predominante en el niño hasta los dos años y medio-tres más o menos.

Los malos tratos y las experiencias adversas subrayadas y guardadas en la memoria no se olvidan ni desaparecen por el hecho de hacerse mayor, adolescente o adulto. Esta es una creencia errónea. Por ello, tenemos que evitar transmitir frases que minimicen las duras vivencias padecidas. Hay muchos chicos y chicas que se comportan o reaccionan de maneras inadecuadas y no saben por qué, y una posible explicación tiene que ver con ésta de la memoria que acabo de explicar al leer a Linden. Por ello, evitemos transmitirles frases ante sus conductas negativas que supongan culparles (de plano, se suelen rechazar muchas de las costumbres, respuestas, hábitos y reacciones de estos menores, como se dice en el libro “Indómito y entrañable. El hijo que vino de fuera”. Hablaremos de él) y tratemos de explicarlas desde los mensajes comprensivos. El niño o niña está luchando contra sus dificultades, exterioricémoslas: el niño o niña no es la dificultad, está tratando de superar un hándicap que escapa a su control voluntario.

Linden relata en su libro un sugerente experimento en personas que tienen dañada la memoria de los hechos (por diversas causas: traumas, lesiones, enfermedades…) Son sometidas a una leve descarga eléctrica y unos segundos antes, pueden ver una bombilla con luz roja que se enciende y precede a la descarga. Por efecto del aprendizaje asociativo, la luz adquiere la propiedad de asustar a la persona por sí sola. Al día siguiente, los sujetos participantes no recuerdan los hechos: ni las personas del experimento ni el haber estado allí. Pero cuando ven la luz roja, sin que sepan por qué, su corazón experimenta un aumento del ritmo cardíaco (prueba de que se han alterado emocionalmente) Lo que sucede es que la memoria declarativa está afectada pero no la emocional, que sí recuerda.

miércoles, 5 de enero de 2011

¿Herencia o ambiente explican los problemas de los niños con antecedentes de abandono o malos tratos?

Esta semana, como he estado de vacaciones, he aprovechado para leer un libro (el cual cito en el margen derecho de este blog: “El cerebro accidental”) que me está atrapando por su didáctica y a la vez estimulante manera de explicar el funcionamiento del cerebro. Me gusta el libro porque da respuesta a algunas de las cuestiones que solemos tratar y debatir aquí cuando hablamos de los niños que han sufrido experiencias adversas en sus primeros años de vida en forma de abandono y malos tratos.

Una pregunta muy común que me hacen los padres adoptivos, de acogida o los educadores es si toda la problemática por la que se me consulta y se me pide ayuda profesional es debida a factores ambientales o si la genética también tiene algo que decir. Incluso algunos padres me dicen, asustados por las conductas de sus hijos, si acaso no tendrá una tara (defecto psíquico hereditario)


¿Qué pesa más, la herencia o el ambiente? Este es un viejísimo debate que se retrotrae desde una época anterior a Darwin. Ambiente en este caso engloba todo: familia, sociedad, escuela... Hoy en día las posiciones se han suavizado y se adopta una postura intermedia. Como se dice en el libro “Inteligencia social”, la herencia y el ambiente son como los lados de un cuadrado: los dos son necesarios para calcular la superficie. Y el sujeto es la superficie, el resultado de ambos lados.


No obstante, en el caso de los niños con antecedentes de maltrato, abandono o desfavorecidos socialmente, me decanto por el hecho de que el ambiente ha tenido mucho que ver en ese resultado, ha pesado mucho más. Como nos dice Linden en el libro “El cerebro accidental”, “los aspectos a gran escala de las neuronas al interconectarse, que vienen determinados genéticamente, suelen ocurrir en general durante las primeras fases del desarrollo; en cambio, los detalles sutiles de la interconexión cerebral, que vienen determinados por el entorno, se presentan en fases posteriores. En el caso de los seres humanos, el período en el que la interconexión cerebral afecta al desarrollo del cerebro a una escala sutil se inicia en las últimas fases del embarazo y prosigue a lo largo de los primeros años de vida”


Efectivamente, los primeros años de vida son cruciales en esta influencia del ambiente sobre la conexión neuronal porque es una etapa donde se están formando éstas: unas serán seleccionadas y otras, por su no uso, descartadas.


Si el ambiente ha sido carenciado en cuanto a ausencia de una experiencia de apego seguro durante un tiempo prolongado y en una etapa llamada periodo sensible (con lo que esto conlleva: satisfacción de las necesidades físicas y emocionales, comunicación empática, etcétera), las conexiones neuronales puede que sean escasas. El autor Linden nos lo explica en su libro, afirmando que “…los entornos carenciales reducen la complejidad dendrítica (las dendritas es una parte de una neurona que normalmente suele conectar con otra neurona mediante otra parte de ésta llamada axón) de las neuronas en la corteza cerebral y el hipocampo” La corteza cerebral es un área del cerebro en el que residen las funciones psíquicas superiores como el razonamiento, el juicio, la conciencia... El hipocampo es una estructura cerebral que cumple un papel fundamental para la memoria.

Ahora sabemos que a pesar de que existen periodos sensibles para el desarrollo cerebral en el que éste es más plástico, la plasticidad es una característica que se mantiene toda la vida. Con lo cual, los niños carenciados pueden recuperarse y avanzar en el desarrollo de distintas áreas como son el lenguaje, la cognición, la motricidad... La regulación emocional lleva más tiempo pero también es posible. Y esto es lo que nos da esperanza y lo que nos empuja a seguir trabajando con los niños día a día. Es muy importante ser comprensivos con estas carencias y evitar la sobreexigencia, entender que el niño necesita tiempo.


El autor Linden nos ofrece un experimento, el primero que se hizo, en el que se descubrió la plasticidad cerebral, pues hasta entonces, nos dice, era algo que no interesaba mucho a la comunidad científica. Se pensaba que el cerebro era un conjunto de conexiones que no cambiaban: "Cuando Marion Diamond y sus colegas de la Universidad de California, en Berkeley, analizaron los cerebros de ratas adultas que habían sido sacadas de sus aburridas jaulas individuales de laboratorio y trasladadas a un entorno enriquecido con juguetes, lugares que explorar y otras ratas, la comunidad científica se llevó una sorpresa mayúscula. Tras pasar varias semanas en un entorno enriquecido, las ratas fueron sacrificadas y sus cerebros preparados para ser examinados con el microscopio. En varias regiones corticales, las dendritas neuronales eran más grandes y presentaban más ramificaciones, un mayor número de espinas dendríticas como de sinapsis (conexiones entre neuronas), que las ratas que habían permanecido en las espartanas condiciones de las jaulas de laboratorio. Este hecho sugería que incluso el cerebro adulto tenía mucha mayor plasticidad de la que nadie se había atrevido hasta entonces a imaginar. Y lo que era aún más fundamental, se trataba de un proceso reversible"


Está claro que una persona no es una rata, pero tenemos bastante en común y los resultados son extrapolables. Lo que este estudio pone de relieve es que un medio con graves privaciones, al menos por un espacio de tiempo, puede producir una reducción en la complejidad de los circuitos corticales. Y de aquí ha nacido una nueva disciplina que está cogiendo un inmenso auge: la epigenética o la modificación de los genes por efecto de las variables ambientales.


Por lo tanto, en el caso de los niños víctimas de entornos maltratantes y carenciados, el ambiente ha tenido un peso enorme, más que el de la herencia, me atrevería a decir. En el trabajo con los niños en la consulta, observas a lo largo de los años que estos niños tienen una serie de problemas y dificultades similares y todos comparten experiencias adversas en los primeros años de vida.


El cerebro es plástico, luego el niño puede ir recuperándose si se ponen los medios educativos y terapéuticos a su alcance. Pero el cambio y el avance son lentos. ¿Por qué? Yo creo que porque si de por sí ya cuesta sacar adelante a niños que no han vivido carencias o malos tratos (porque somos una especie que nace en unas condiciones de prematuridad enormes y necesitamos el acompañamiento largo de unos adultos que nos ayuden a llegar a ser), imaginémonos en el caso de que nos encontremos con un cerebro carenciado con pocas conexiones u otro con unas conexiones relacionadas con los aspectos más básicos de la supervivencia como son las respuestas de ataque o huida. Modificar todo esto lleva tiempo, paciencia, perseverancia y esfuerzo. Pero es muy gratificante porque estos niños tienen una serie de aspectos positivos que a uno le agradan y le sorprenden, son lo que son, sin dobleces.

jueves, 28 de octubre de 2010

Hiperactividad y trastorno del apego

Uno de los temas que salieron en las jornadas de Asturadop y sobre el que debatimos fue el diagnóstico de Trastorno por déficit de atención con hiperactividad-impulsividad (TDAH) que a menudo reciben muchos de los niños y niñas adoptados/as que acuden a los servicios, privados o públicos, de salud mental (consultas de psicología clínica y psiquiatría) Tanto si presenta déficit de atención con hiperactividad o sin hiperactividad como el subtipo combinado, la realidad es que, en efecto, en la práctica clínica se observa que un alto porcentaje de estos niños/as presentan este cuadro clínico o bastantes de los síntomas que lo definen.

Recientemente, hemos asistido a la noticia de la aparición de un estudio, riguroso, que afirma que el origen de este trastorno es genético. Tal y como puedo leer en un periódico se dice literalmente, así: El TDAH no tiene cura, pero los síntomas pueden ser tratados con fármacos y terapias para mejorar la conducta de los pequeños. Los científicos de la Universidad galesa efectuaron un análisis genético de 366 niños con el trastorno y 1.047 sin este trastorno. Y hallaron que los menores hiperactivos tenían duplicados segmentos de ADN frente a los que no tenían hiperactividad, subraya el estudio. «Esperamos que estas conclusiones ayuden a superar el estigma asociado al TDAH», afirmó Anita Thapar, principal investigadora de este estudio, quien agregó que «ahora podemos decir que el TDAH es una enfermedad genética y que el cerebro de los niños con este trastorno se desarrolla de manera distinta del de los otros pequeños». Otra investigadora, Kate Langley, señaló que el mencionado trastorno «no es provocado por un único cambio genético, sino por una serie de cambios genéticos, que interactúan con factores medioambientales no identificados».
Efectivamente, genes que interactúan con factores medioambientales no identificados. Uno de los factores ambientales que debería tenerse en cuenta e identificarse en las investigaciones es el apego.
Si, como ya hemos explicado muchas veces, el cuidador/a primario/a actúa de una manera negligente, abandónica o maltratante física y/o emocionalmente hacia el bebé en los primeros años de vida en los que la mente en desarrollo es vulnerable y el cerebro depende para desarrollarse sanamente, de un adulto sensible, empático y disponible coherentemente, el niño/a puede desarrollar un trastorno del apego. Uno de los síntomas que caracterizan al apego desorganizado es precisamente la hiperactividad y la impulsividad. Y uno de los cuadros clínicos más asociados con el apego desorganizado es el TDAH.

El origen genético es del 80% en el TDAH, nos dice el estudio. ¿Y en el caso de los niños y niñas con trastorno de apego? ¿Todos tendrían ese riesgo genético? ¿O pesarían más los factores ambientales? ¿O son ambos factores los necesarios para que el cuadro se dé? ¿Qué sería antes, la hiperactividad o el trastorno del apego? ¿Qué es causa y qué es consecuencia? ¿Coexisten ambos? Son preguntas que por ahora, no tienen respuesta. Lo que sí se observa si se revisa la literatura científica, es que ambas alteraciones comparten dificultades con la regulación y la inhibición de respuestas, pues el TDAH no se considera actualmente sólo como un trastorno en el que el niño/a es muy movido y no atiende, así, sin más, sino como un déficit en la autorregulación. Y es también llamativo que en ambos trastornos puedan existir, en algunos casos, alteraciones funcionales en los lóbulos frontales. Estos curiosamente, se programan adecuadamente en una relación de apego.

De todos modos, desde mi experiencia clínica -y esto es ya una opinión personal- observo que la hiperactividad en niños/as que han sufrido malos tratos y/o abandono, como pueden ser los niños/as adoptados/as, no es igual que la de los niños/as que han vivido una relación de apego segura con un cuidador temprano adecuado. Es una hiperactividad más asociada a los problemas de relación interpersonal, a no saber cómo, cuánto y de qué modo relacionarse. Y es una hiperactividad a la que le acompaña un sentimiento de dolor profundo cuando se entra en contacto con las personas o con situaciones en las que el niño/a no sabe manejarse, pues si éste/a ha sido dañado por malos tratos no se fiará de los demás, lógicamente, y uno de los modos de defenderse y demostrarlo es hiperactivándose. El trastorno del apego se definiría más por rasgos o formas de ser alteradas -que no son patología- sino que constituyen factores de vulnerabilidad. Por otro lado, la hiperactividad y los problemas de atención no son las únicas características que definen a un trastorno del apego. Este presenta otras manifestaciones diferenciales con respecto al TDAH -que podéis consultar en los post que he escrito sobre el apego-.


Quiero terminar presentándoos este estudio que he leído en psiquiatria.com en el que identifican, en ratones, una relación entre la ausencia materna y los síntomas de hiperactividad. Esta ausencia es tremendamente angustiante, y en este estudio se descubre que este factor es crucial. Es muy bueno que las investigaciones lo avalen porque -sin negar en ningún momento la importancia de los mecanismos genéticos, eso sería de necios- no todo tiene por qué ser siempre genético. En algunos casos tendrá más peso lo genético, en otros lo ambiental y en la mayoría, ambos en interacción. Os dejo con el estudio, tremendamente revelador y a tener muy en cuenta para comprender las hiperactividades de nuestros niños y niñas, como yo les llamo cariñosamente, y para actuar calmándoles y conteniéndoles adecuadamente.


Un estudio prueba que la ausencia de madres puede causar ansiedad e hiperactividad en los hijos.


La ausencia de las madres puede causar en los hijos hiperactividad y ansiedad, según un estudio realizado en ratones por investigadores de la Escuela de Medicina de Yale que se publica en la revista 'BioMed Central Neuroscience'. En ratones, el destete y la separación precoz de sus madres promueven la hiperactividad y la ansiedad a largo plazo. Los investigadores describen el desarrollo de este modelo de conducta, que esperan utilizar para investigar los efectos a largo plazo de la negligencia en la infancia de las personas.


Los científicos, dirigidos por Arthur Simen, evaluaron su modelo de 'separación materna con destete precoz' (MSEW, según sus siglas en inglés) en un grupo de 80 ratones macho. "La adversidad en la infancia, en la forma de abuso y negligencia, es prevalente en todo el mundo y supone un significativo problema de salud pública. Por desgracia, los mecanismos moleculares que subyacen a las consecuencias de la negligencia en los inicios de la vida siguen sin conocerse", explica Simen.


Los ratones sometidos a este modelo de experimentación pasaron por una separación materna de cuatro horas al día en los días 2 a 5 tras su nacimiento y ocho horas diarias en los días 6 a 16. Las crías fueron destetadas pronto, en el día 17. Así, se comprobó que los ratones expuestos a este tratamiento eran hiperactivos y ansiosos en comparación con los animales control en las pruebas de campo abierto, natación forzada y laberintos. Sin embargo, su peso corporal y los niveles de metabolitos no cambiaron, lo que revela que la deficiencia nutricional no era la causa de la conducta observada.

jueves, 23 de abril de 2009

¿Existen los buenos y los malos? O cuidado con el que dice cumplir órdenes

El experimento de Milgram sobre la obediencia debida, realizado hace ya bastantes años, nos cuestiona sobre los principios morales y filosóficos que nos gobiernan a cada uno de nosotros y rompe el punto de vista maniqueista de persona buena/persona mala. ¿Existen buenas personas? ¿Existen malas personas? ¿Así, a secas? ¿Están tan claras las fronteras entre el bien y el mal de tal modo que podríamos predecir que una buena persona tiene mayores probabilidades de emitir conductas positivas, prosociales y éticas que una mala persona, la cual obraría en sentido contrario? ¿Es tan sencillo? ¿O habría que decir aquello de por sus obras los conoceréis? ¿Podemos llegar a ser -o a hacer cosas malas- malos, cualquiera de nosotros?

El experimento de Milgram, aunque realizado en los años 60, no está ni mucho menos pasado de moda. Cuando lo he releído –la lectura ha venido motivada a raíz de mis relaciones con las instituciones públicas y su negativa a considerar propuestas importantes que implican a personas. El funcionario, aún no estando de acuerdo con lo que hace, cumple órdenes y lo que se solicita no está contemplado administrativamente-

He vuelto a reflexionar sobre el peligro que entraña convertirse en un estricto "cumple órdenes", así como la fragilidad de los conceptos psicológicos que definen rasgos de personalidad estables en las personas. Me ha surgido con fuerza la idea de la enorme influencia que puede tener el contexto sobre la conducta de las personas, y que al final es el comportamiento del sujeto lo que cuenta y no sus características, que se definen pero no se observan, se infieren de las conductas ¿Existen los rasgos de personalidad o son un artefacto psicológico?

Aquí tenéis un vídeo que he recogido de youtube donde recrean el experimento. Es estremecedor verlo. También os pongo este enlace a la Wikipedia donde podréis leer con detalle cómo se hizo el experimento:
http://es.wikipedia.org/wiki/Experimento_de_Milgram

Estamos hablando de que el ¡65%! de los sujetos aplicaron la descarga mortal (en realidad, no existía tal descarga, era simulada), aunque muchos se sintieran mal haciéndolo. Y estamos hablando de personas que, en principio, no presentaban ningún tipo de trastorno mental o neurológico que les impidiera actuar de manera responsable, esto es, ética.
¿No asusta todo esto?