martes, 12 de mayo de 2026

Abierto el plazo de inscripción al Diplomado en Traumaterapia Sistémica 2026-28.






DIPLOMADO EN TRAUMATERAPIA SISTÉMICA

2026 - 2028

19ª Promoción: BARCELONA. Online - 1 semana presencial

8ª Promoción: MADRID. Online - 1 semana presencial

Información e inscripciones:



Bienvenidos a una nueva edición de nuestro DIPLOMADO de POSTGRADO en TRAUMATERAPIA SISTÉMICA APLICADA A NIÑOS/AS, JÓVENES Y ADULTOS/AS ® (2 AÑOS)

Este diplomado es un programa de especialización profesional impartido por docentes de amplia experiencia en el ámbito formativo, de investigación y terapéutico.

Los y las profesionales en formación aprenden a aplicar el modelo de intervención diseñado por Jorge Barudy y Maryorie Dantagnan basado en cuatro conceptos básicos: apego, trauma, desarrollo y resiliencia.

Este modelo de intervención es el producto de más de 30 años de experiencia clínica y de investigación teórica y empírica (investigación-acción), basado en los últimos adelantos científicos provenientes de diversos campos de conocimiento: la neurociencia, la psicología, la psiquiatría, la socio-psicología y la antropología, entre otros.

Nuestra formación no solo es teórico-práctica sino que además, es vivencial. Los alumnos tienen la oportunidad de aprender y experimentar la importancia del apoyo terapéutico seguro, imprescindible para acompañar a los niños y niñas en un trabajo reparador destinado a superar las consecuencias de los procesos traumáticos. Esto hace que el trabajo personal del terapeuta sea una finalidad transversal de todo el proceso formativo.

Si quieres formarte como terapeuta especialista en la reparación de las secuelas de las experiencias traumáticas de personas afectadas por las secuelas de experiencias traumáticas, con docentes de alta calidad humana y prestigio internacional, no lo dudes: esta es tu formación.

¡Te esperamos!

lunes, 11 de mayo de 2026

El apego se recupera tras la institucionalización, si las personas adoptadas retoman su desarrollo en entornos estables y de apoyo, según The Greek Metera Study publicado por la revista Attament and Human Development.




Panagiotis Zournatzidis, Patrick Luyten, Peter Fonagy, Vasiliki Salavou, & Pavlina Vorria (2026). Attachment in adoptees and non-adoptees from infancy to young adulthood: The Greek Metera study. Attachment & Human Development, 28(2), 139–162. https://doi.org/10.1080/14616734.2026.2632638  


La revista científica sobre apego, Attachment and Human Development publica en su último número de Abril de 2026 un artículo sobre el apego en personas adoptadas y no adoptadas desde la infancia hasta la vida adulta, es decir, en qué medida la seguridad en el apego se mantiene estable o se producen modificaciones, y de qué factores dependen estas. Si las representaciones de apego son dinámicas y plásticas y se modifican en relación a nuevas experiencias vinculares. También el estudio se centra en personas adoptadas y si sus representaciones están rígidamente determinadas por el trauma del abandono o la negligencia. 

Para quienes no tenéis demasiado tiempo, os he preparado un resumen corto del artículo y un breve texto con las ideas principales. Si alguno/a queréis profundizar más, os dejo un enlace a un texto traducido al español de mayor extensión, para acceder al mismo, haced CLICK



RESUMEN DEL ARTÍCULO

Este estudio longitudinal analiza la evolución del apego en adultos jóvenes adoptados que vivieron experiencias tempranas de institucionalización, centrándose en si la recuperación observada tras la adopción se mantiene en la adultez y qué factores predicen continuidad o cambio en los modelos de apego. La investigación parte de que el cuidado institucional se asocia frecuentemente con apego inseguro y desorganizado, mientras que la adopción suele actuar como una intervención reparadora, favoreciendo procesos de “catch-up” o recuperación evolutiva.

Desde un marco teórico, el estudio dialoga con dos perspectivas sobre la estabilidad del apego: la prototípica, que enfatiza la persistencia de los modelos internos tempranos, y la revisionista, que destaca su plasticidad frente a nuevas experiencias. En consonancia con investigaciones previas, los resultados cuestionan una estabilidad fuerte del apego a lo largo del desarrollo. No se halló continuidad significativa desde la infancia ni desde la adolescencia hasta la adultez, apoyando la idea de que el apego puede reorganizarse en función de experiencias posteriores.

Los hallazgos muestran que, aunque muchos adoptados alcanzaron seguridad del apego en la adultez, presentaron más inseguridad —especialmente patrones evitativos y estados no resueltos— que los no adoptados. Sin embargo, no se confirmó que la edad en la adopción predijera el apego adulto, posiblemente debido a la calidad del cuidado recibido en la institución estudiada. Esto sugiere que las experiencias tempranas adversas no determinan de manera rígida el desarrollo posterior del apego.

Un hallazgo central es que los acontecimientos vitales estresantes en la adultez (pérdidas, enfermedad, maltrato) sí predijeron inseguridad del apego, especialmente rasgos preocupados, reforzando una visión del apego como sistema adaptativo sensible al contexto. En cambio, ni el apego adolescente, ni la función reflexiva, ni la calidad de las amistades, ni la salud mental materna actuaron como predictores significativos del apego adulto, lo que cuestiona algunas hipótesis previas y subraya la complejidad de los procesos implicados.

El estudio destaca como fortaleza su diseño longitudinal único desde la infancia institucionalizada hasta la adultez, utilizando múltiples medidas de apego en distintas etapas evolutivas. Entre sus limitaciones figuran el tamaño muestral moderado, la ausencia de medidas del apego de los padres adoptivos y la falta de variables relacionadas con la identidad adoptiva y el contacto con la familia biológica.

En conjunto, los resultados sugieren que la adopción favorece procesos importantes de recuperación, pero también que pueden persistir vulnerabilidades latentes que emergen ante experiencias adversas posteriores. Más que un rasgo fijo, el apego aparece como un proceso dinámico moldeado por experiencias continuadas a lo largo del ciclo vital. Estos hallazgos abren vías para futuras investigaciones e intervenciones orientadas a promover seguridad del apego en personas adoptadas a lo largo de la vida.

IDEAS PRINCIPALES

La adopción puede promover una recuperación significativa del apego tras experiencias tempranas de institucionalización (“catch-up”), reduciendo inseguridad y desorganización, aunque esta recuperación no siempre garantiza seguridad estable en la adultez.

El apego no mostró una estabilidad lineal a lo largo del desarrollo (infancia–adultez), lo que apoya una visión dinámica del apego más que una concepción rígidamente determinada por las experiencias tempranas. Esto es algo que vengo observando en la clínica y en mi aplicación de la Traumaterapia sistémica durante más de veinte años a pacientes adoptados: las representaciones mentales de apego entran en diálogo con las experiencias posteriores, y si estas son de seguridad con un contexto familiar y social estable y de apoyo, aquellas pueden modificarse positivamente y ganarse a la seguridad. 

Los adultos adoptados presentaron mayor riesgo de inseguridad del apego (especialmente apego evitativo y estados no resueltos) que los no adoptados, aunque muchos alcanzaron niveles de seguridad comparables a la población general.

La edad en la adopción no predijo el apego adulto, cuestionando la idea de que una institucionalización más prolongada determine necesariamente peores resultados en apego (Pero hay que tener en cuenta que el estudio se ha hecho en centro llamado Metera donde los adultos promovían cuidados basados en el apego, con lo cual no es prudente generalizar). Por lo tanto, qué enorme trascendencia tiene para el futuro desarrollo del niño que los centros de acogida y los orfanatos del mundo estén informados por la teoría del apego, destacando la gran labor que en este sentido ha ejercido y ejerce el psicólogo danés Niels Rygaard. 

Los acontecimientos vitales estresantes en etapas posteriores predijeron inseguridad del apego adulto, mostrando que las experiencias continuadas tienen un peso importante en la reorganización de los modelos internos de trabajo. Los niños adoptados deben enfrentarse a muchos desafíos en su crecimiento, si el entorno familiar y escolar no son conscientes del estrés que ello conlleva la evolución puede ser negativa, sobre todo cuando la regulación emocional, la estrategias de afrontamiento, la inseguridad y la integración social están comprometidas. 

Ni el apego adolescente, ni las amistades, ni la función reflexiva actuaron como predictores significativos del apego adulto, lo que sugiere que los procesos que explican cambio y continuidad son más complejos de lo esperado.

El apego se entiende mejor como un proceso adaptativo y plástico, influido por experiencias relacionales a lo largo de la vida, más que como una estructura fijada en la infancia. Efectivamente, coincido con esta conclusión del estudio. Muchos adoptados pueden confirmar que gracias a personas con las que se han encontrado en su camino -tutores de resiliencia (Cyrulnik, 2003)- han vivido vínculos reparadores que han aumentado su seguridad y confianza. 


Portada del libro "Traumaterapia sistémica"


Persisten vulnerabilidades latentes en algunos adoptados, aunque las experiencias tempranas adversas no determinan de forma inevitable los estados mentales de apego en la adultez. Realmente, Cyrulnik (2003) nos ha dicho que "una infancia infeliz no determina la vida", el acompañamiento de años que hacemos desde la Traumaterapia sistémica (con su modalidad ecosistémica, en la cual trabajamos para generar cambios en los contextos de vida de la persona que le puedan sujetar y sostener) con personas adoptadas nos demuestra que una red de apoyo familiar, social, profesional... es la clave para hacer un proceso resiliente. 

La Traumaterapia sistémica no busca solo resolver memorias traumáticas, sino promover procesos de reorganización del apego y reanudación del desarrollo mediante experiencias relacionales transformadoras. Yo le llamo el principio de plasticidad relacional. Lo resumiría así: Allí donde hubo trauma relacional puede haber reorganización relacional. Por ello, los modelos de terapia para el trauma que se focalizan solo en integrar las experiencias traumáticas no se pueden olvidar que aquel la mayoría de las veces implicó el maltrato, el abandono, el abuso o la negligencia de una o de las dos figuras de apego primarias (normalmente, los padres biológicos); por ello, es necesario recuperar la capacidad de sentirse seguro y confiado y procesar y elaborar esto dentro una relación terapéutica y contexto sociofamiliar que lo promuevan. 

Se necesitan más estudios longitudinales, especialmente sobre factores protectores, experiencias adoptivas e impacto de transiciones vitales (como la parentalidad) en la evolución del apego.

REFERENCIAS

Cyrulnik, B. (2003). El murmullo de los fantasmas. Gedisa. 

lunes, 27 de abril de 2026

La teoría clásica del apego de John Bowlby y el modelo de los estados del yo de Waters (II)


Aunando la teoría del apego de John Bowlby con el 
modelo Star Theoretical Model (STM) de Waters (II)


Manual donde está publicado el STM
En la etapa uno descrita por Bowlby (1973), vemos que el niño protesta con rabia para lograr a toda costa el retorno del cuidador. Sus pensamientos y emociones quedan fijados al tsunami interior que se produce ante la mayor amenaza que  existe a esa edad: el abandono.

En el modelo comparativo STM, los niños traumatizados experimentan pérdida y duelo por el progenitor, el cuidador o cualquier otra persona que los haya dañado: la pérdida de quien, en teoría, debía protegerlos. Esto lo observamos en el presente en muchas manifestaciones de los niños y adolescentes que sufren muchas reconexiones con emociones disociadas que se activan cuando alguien los aparta, rechaza o discrimina (o cuando se sienten así). También en los momentos en los que han de separarse de sus actuales cuidadores o padres de acogida o adoptivos. Pueden mostrar hostilidad indiscriminada o tener súbitamente una conducta negativa o de ataque.

No olvidemos que en etapa descrita por Bowlby (1973), como dice Waters (2025), “los niños en instituciones de cuidado mostraban hostilidad hacia cualquier persona que intentara brindarles afecto o protección. Para enfrentar los sentimientos abrumadores de pérdida y desesperanza, el niño desconfía de los demás y experimenta rabia, enojo y agresión”.

Desarrollan estos estados como una forma de expresar lo que de otro modo no pueden comunicar y para protegerse de nuevos daños. No es infrecuente que estos estados se manifiesten de manera intensa o persistente. Los niños pueden oscilar entre rechazar los cuidados y aferrarse intensamente a sus cuidadores. Pueden expresar rabia y traición frente al trauma vivido y, en el momento siguiente, sentir un miedo intenso al abandono junto con un deseo desesperado de ser amados y consolados. Este comportamiento contradictorio se observa con frecuencia en niños disociativos que alternan entre estados con funciones diferentes” (Waters, 2025) 

Felipe es un niño de nueve años que siente un gran duelo por la pérdida y el abandono de sus padres biológicos en su país de origen. Suele aferrarse a su padre, con un gran deseo de tumbarse junto a él y que le acaricie y le diga que le quiere. Parece no tener fondo en esto, se muestra hiperdemandante. Pero si el padre marca algún límite, por ejemplo, a la hora de ir a la cama o le corrige en los deberes, se siente humillado y ataca al padre hasta el punto de lanzarle violentamente objetos y decirle que es una mala persona, chillándole e insultándole, todo de un modo súbito y violento, como un estado del yo disociado. Después el niño dice no recordar nada de lo ocurrido. 


“Estas respuestas pueden generalizarse hacia todos los cuidadores —incluidos padres adoptivos o de acogida— que intentan brindar afecto o cuidado. El estado del niño puede atacar incluso a quienes lo atienden si percibe una amenaza, aunque sea mínima, a su supervivencia, como una voz elevada por preocupación cuando se niega a prepararse para ir al colegio. Los niños traumatizados son sumamente sensibles a los desencadenantes. Los padres o cuidadores se sienten abrumados, confusos y a menudo atribuyen a un mal carácter, problemas de conducta e inclusive maldad hacia el niño. La gran paradoja es que el niño lo que más necesita es lo que más teme: los cuidados de sus padres o responsables”. (Waters, 2025) “El estado hostil o agresivo puede además culpar al propio niño por su «debilidad» y generar conductas autolesivas, como golpes en la cabeza, cortes, quemaduras, purgas o consumo de sustancias”. (Waters, 2025)

En efecto, se ve a menudo en la adolescencia de chicos con historia de trauma complejo temprano. Las autolesiones son el lenguaje del trauma y suceden cuando un gatillador como el rechazo, la traición o la desaparición de una pareja, por ejemplo, que les maltrata dispara una gran desregulación; y dichas autolesiones son reflejo de la internalización tóxica, como una culpa inconsciente de creer ser merecedores de ese desprecio y daño.

“Actúan sobre otros para descargar su rabia. Por eso, se requiere una intervención cuidadosa para ayudar al niño y a los cuidadores a desarrollar una aproximación empática y apreciativa hacia el estado hostil, reconociendo lo que este estado ha asumido para proteger al niño. Esto tenderá un puente entre ambos y permitirá que el estado hostil adopte una función constructiva, redirigiendo la rabia hacia el agresor original en lugar de contra el niño o el cuidador. Una tarea fundamental consiste en reformular el papel del estado hostil: pasar del poder agresivo al poder asertivo en la relación con los demás”. (Waters, 2025)

“Para el niño traumatizado, el único recurso que conoce es disociar estas emociones contradictorias en estados separados de miedo, rabia o agresividad que actúan y protestan contra el dolor contenido. Sus respuestas pueden generalizarse hacia todos los cuidadores —incluidos padres adoptivos o de acogida— que intentan nutrir al niño. Los estados del niño pueden atacar a los cuidadores que lo atienden si perciben incluso una amenaza mínima a su supervivencia, como por ejemplo una voz elevada que exprese preocupación porque el niño no se prepara para ir a la escuela. Los niños traumatizados son altamente sensibles a los desencadenantes”. (Waters, 2025)

Portada del Manual de competencias
de Barudy y Dantagnan (2010)
Esto es muy complicado como sabemos, porque no es una tarea que dure meses, sino que puede ser una labor continua. Desgasta mucho, estresa y no siempre los padres y las familias pueden mantenerse reguladas. Las competencias parentales (Barudy y Dantagnan, 2010) son fundamentales, y estas se logran cuando los padres y/o madres 
han revisado su propia infancia y son conscientes de qué aspectos personales gatilla el niño en ellos. Y aun cuando tengan una infancia elaborada y/o una experiencia de apego seguro, el desafío de una parentalidad terapéutica es tan grande que no se puede ejercer aquella en soledad y sin apoyo profesional adecuado. 

Las primeras llamadas de ayuda del niño no son respondidas, y este acaba resignándose dolorosamente a la ausencia de su madre. Esto hace que el infante sienta un gran miedo y vulnerabilidad, emociones que se fragmentan internamente porque contenerlas se vuelve insoportable.


“El niño desarrolla estados del yo internalizados que expresan sentimientos de miedo, impotencia y dependencia. El deseo subyacente es agradar a los demás para evitar más abandono, rechazo o daño. Este estado infantil puede buscar consuelo y mostrar lealtad hacia el progenitor agresor o hacia compañeros que lo tratan mal. Debido a su deseo de evitar el abandono, pueden ponerse en mayor peligro al convertirse en blanco de abuso o maltrato”. (Waters, 2025)

A una joven no parecía importarle mantener relaciones y prácticas sexuales insatisfactorias y vejatorias con su pareja. Además, reproducía, como si fuera un ritual, el “cuidado compulsivo” a dicha pareja: le preparaba la comida y le liaba los cigarrillos. Después, más tarde, si podía, él flirteaba descaradamente con otra chica, a sabiendas de que su pareja sufría y se revolvía con esta conducta. Pero para no perderla, la joven se sometía y aguantaba todo este maltrato para evitar el fantasma del abandono. 

“Más vale mal acompañada que sola” – le dijo a su psicólogo. 



“Dado que los estados hostiles desprecian el miedo y la debilidad, puede surgir un conflicto interno entre los estados hostiles y los estados temerosos o dependientes dentro del niño disociativo. El estado hostil puede dañar al estado débil hiriendo el cuerpo —por ejemplo, cortándose—, sin reconocer que ambos comparten el mismo cuerpo. El niño puede no recordar esos momentos”. (Waters, 2025)

“A continuación, llega la etapa de la desesperación. Bowlby (1973) descubrió que los niños pequeños que fueron separados de sus madres mostraban rabia intensa, desesperación, retraimiento, regresión y desorganización. Bowlby citó la investigación de Heinicke (1956), quien estudió a niños de entre 16 y 26 meses que fueron colocados durante cortos períodos de tiempo en una guardería residencial con un número limitado de enfermeras a cargo. Heinicke observó que los niños buscaban a sus madres durante todo el día, la mayoría llorando por ellas y mostrando actividad autoerótica e intensa agresión. En su investigación, Bowlby observó que los niños oscilaban entre el retraimiento, la apatía, la regresión, el duelo y la agresión”. (Waters, 2025)

Continúa Waters (2025): “En el modelo STM, las respuestas caóticas y desorganizadas son indicadores de una disociación rápida y variada, como se describió antes. Estos niños desarrollan estados del yo con diferentes edades, roles discretos y variadas necesidades y sentimientos que intentan calmar, consolar, defenderse y protegerse de amenazas percibidas. Los estados del yo suelen presentarse con distintos niveles de madurez y preferencias respecto a la comida, la ropa, las actividades, etc. Pueden cambiar rápidamente entre esos dominios, mostrando una regulación extremadamente disfuncional y una presentación caótica. Irónicamente, la desregulación del niño traumatizado es un intento de regular la desesperación, la vergüenza y el dolor por el abandono y la traición, a raíz de la pérdida de seguridad, confianza y cuidado.

Con frecuencia, existe un estado del yo más joven que representa el yo original, congelado en el tiempo y que muestra lo que parece ser un comportamiento regresivo. Recuerdo a una niña de diez años que había sufrido graves abusos desde la infancia hasta que fue adoptada a los ocho años. Tenía una configuración compleja de estados del yo que cambiaban rápidamente como respuesta a pequeños estresores. En un momento podía estar acurrucada en posición fetal chupándose el pulgar y, al siguiente, ponerse de pie y gritar improperios a su madre adoptiva. Estos estados del yo tan cambiantes pueden causar estragos en la capacidad del niño para formar vínculos y en la habilidad del cuidador para gestionarlos.

Como estos estados del yo se forman con una tarea de supervivencia específica y no dentro de una relación de cuidado nutritiva, no han aprendido habilidades interpersonales ni de reciprocidad. Comprender esto puede ayudar a los clínicos y cuidadores a no asumir que estos niños actúan intencionadamente para desobedecer o dañar a otros, sino que operan en un modo de supervivencia orientado a tareas. Perciben erróneamente las amenazas y proyectan en su cuidador actual lo que sintieron hacia su abusador. Harán comentarios contradictorios que muestran cambios de estado. Una niña me dijo sobre su madre adoptiva” (Waters, 2025):

“Mi mamá siempre es mala conmigo, pero ella es buena conmigo.”

Por ejemplo, cuando la madre adoptiva de Coro le insistía en que tenía que pagar una letra del banco a una joven de veinticinco años, ella interpretaba el tono de voz, la mirada y su insistencia como un gatillador que hacía emerger un estado del yo hostil. Se sentía perseguida por una “madre mala” que le quería hacer daño (sufrió un terrible maltrato físico en su infancia por parte de su madre biológica). Así, durante ese estado, Coro le insultaba e incluso le golpeaba fuertemente con intención de hacerle daño. Después, caía en un estado depresivo y permanecía horas en cama, agotada y como desconectada de lo ocurrido. Se negaba a hablar de ello. 


“Es un desafío para los cuidadores ser empáticos con los estados del yo, disminuir su defensividad y abrir una puerta para desarrollar una relación con ellos. Apreciar y respetar lo que cada estado representa para el niño es fundamental para ayudar a los estados defensivos a reconocer que el cuidador no es una amenaza, sino alguien que quiere comprenderlos y colaborar con ellos”. (Waters, 2025)

Posibilidades de sanación

“Bowlby (1973) indicó que la reorganización ocurre en parte en conexión con la imagen del objeto perdido (la madre) y en parte en conexión con un nuevo objeto o nuevos objetos. Esta es la fase final del duelo, en la que el objeto perdido regresa o se encuentra un nuevo objeto —otra persona— a quien el niño puede apegarse. Bowlby observó que, si el niño lograba establecer un vínculo con un adulto, el duelo cesaba; sin embargo, si el niño había estado expuesto a numerosos adultos (a través de distintos acogimientos o cuidadores), podía volverse ensimismado y mantener relaciones superficiales a lo largo de su vida" (Waters, 2025). 

Por ello, los acogimientos familiares de urgencia -lo más tempranamente posible y sin cambios de figuras de apego- son lo que el niño necesita. Romper este vínculo es hacer daño, además de atentar contra un derecho preconizado por el abogado Hernán Fernández: El derecho al buen vínculo. 

"Contar con un cuidador comprensivo y sintonizado constituye la línea vital necesaria para reparar el pasado traumático del niño disociativo.

Todos los aspectos del STM reconocen que el factor clave es construir relaciones saludables con cuidadores seguros y protectores. Los cuidadores, junto con terapeutas, educadores, entrenadores y otros, desempeñan un papel importante al demostrar el valor y la dignidad del niño fragmentado.

El andamiaje relacional —especialmente entre los cuidadores y el terapeuta trabajando al unísono— proporciona una base firme para procesar el trauma. Procesar los acontecimientos traumáticos y elaborar las pérdidas y el dolor en todas las partes del niño es esencial para la integración de los distintos estados del yo y para la capacidad de establecer apego con los cuidadores actuales”. (Waters, 2025)

REFERENCIAS

Barudy, J., & Dantagnan, M. (2010). Los desafíos invisibles de ser madre o padre: Manual de evaluación de las competencias y la resiliencia parental. Gedisa Editorial.

Bowlby, J. (1973). Attachment and loss: Volume II. Separation: Anxiety and anger. Basic Books.

Gómez, A. M., & Hosey, J. (Eds.). (2025). The Handbook of Complex Trauma and Dissociation in Children: Theory, Research, and Clinical Applications. Routledge. 

Heinicke, C. M. (1956). Some effects of separating two-year-old children from their parents: A comparative study. Human Relations, 9, 105–176. 

Waters, F. S. (2025). Clinical applications of the Star Theoretical Model. En A. M. Gómez & J. Hosey (Eds.), The handbook of complex trauma and dissociation in children: Theory, research, and clinical applications (pp. xx–xx). Routledge.

lunes, 13 de abril de 2026

Retos y desafios de la postadopción, Marisa Méndez y Casilda Cortés (coord.)


Retos y desafios de la postadopción 
Marisa Méndez y Casilda Cortés (coord.)
Con prólogo de Sandra Baita


Para adquirir el libro, haz click AQUÍ


Recientemente, en febrero de 2026, ha sido publicado un libro sobre la Postadopcion, una etapa en la que la literatura sobre el tema es escasa, a menudo los libros van dirigidos a la infancia, siendo este que os presento de mirada más amplia al incluir este periodo de la vida, pero sobre todo teniendo en mente a las personas adoptadas adolescentes y adultas. Por eso se constituye como un libro singular y que viene a llenar un vacío, tanto para las familias y las personas adoptadas mayores como para los profesionales que los acompañan o conviven con ellos en algún momento de sus vidas. 

Marisa Méndez y Casilda Cortés Puya son las coordinadoras de este libro y cofundadoras de la Asociación Postadopción en Acción (APAeA), una entidad nacida del compromiso por dar visibilidad a las necesidades reales que surgen tras la adopción. Su objetivo es impulsar el estudio multidisciplinar de la realidad adoptiva, crear una red de apoyo que acompañe con recursos a las personas adoptadas y a sus familias a lo largo de sus vidas y promover políticas públicas y recursos especializados que comprendan y actúen para proteger el proceso vital de la postadopción. Esta última reivindicación referida a las políticas públicas y a recursos especializados para las personas adoptadas, es un petición reiterada. Desde prácticamente el boom de la adopción, principios de este siglo, los profesionales y personas concienciadas con las necesidades de estas personas y familias, en casi todos los eventos y congresos -y desde este blog- se han solicitado programas de apoyo técnico a las familias desde los servicios sociales, así como formación especializada para maestros, orientadores, psiquiatras, psicólogos, logopedas, pedagógos... 

Cristina Herce, Maryorie Dantagnan y quien estas líneas escribe, hemos participado con un capítulo que precisamente presenta una propuesta de trabajo con jóvenes y adultos adoptados desde la Traumaterapia ecosistémica. Pretendemos ir más allá de los formatos clásicos de la terapia individual -insuficientes a todas luces para ayudar y apoyar a las personas adoptadas- para proponer intervenciones ecosistémicas basadas en la creación de un vínculo afectivo, de encontrar un sentido a lo vivido y sobre todo de co-construir, junto con la participación activa de la persona adoptada, un contexto vital basado en los bienes y servicios que ofrece la comunidad. El propósito es generar una red de apoyo que sostenga y acompañe a aquella y que sea capaz de fomentar la resiliencia secundaria. Cristina Herce, psicóloga, expone, además, su excelente trabajo de más de veinte años con las familias adoptivas de la Asociación Ume Alaia Gipuzkoa y cómo ha llevado a cabo este grupo con visión terapéutica y ecosistémica.

Basándose en el marco comprensivo de la Traumaterapia ecosistémica (TE), este modelo recoje cuáles son los principales retos y desafíos que presenta este tipo de parentalidad, así como qué psicoterapias y programas educativos en la escuela pueden dar respuesta a las consecuencias que en la salud y en el desarrollo dejaron los traumas tempranos que con frecuencia estas personas sufrieron. A menudo, presentan una mayor vulnerabilidad al estrés, déficit en la regulación emocional, problemas de aprendizaje, afectación al neurodesarrollo, síntomas psotraumáticos, problemas con el lenguaje, mayor probabilidad de sufrir trastornos mentales y de la personalidad, problemas de atención y memoria, en el desarrollo cognitivo y en el establecimiento de vínculos afectivos saludables con su familia y otras personas. Todo ello complica su vida en demasía.

El libro "Retos y desafíos de la postadopción", bajo la coordinación de Marisa y Casilda, agrupa a un buen número de profesionales y protagonistas de la adopción para tratar de dar respuesta a algunas de las cuestiones más importantes y sensibles mencionadas en el párrafo anterior. Así pues, el libro arranca con un prólogo escrito por Sandra Baita, psicóloga argentina especialista en trauma complejo, disociación y apego, quien lleva buena parte de su vida profesional dedicada al tratamiento psicológico de las personas adoptadas y sus familias. Ella es la telonera de lujo de este libro, y en sus comienzo ya deja patente que "...entendemos que un ser humano necesita desarrollarse en un entorno estable y seguro. Pero si no entendemos qué necesita ese nuevo entorno para adaptarse al niño que llega, y qué necesita el recién llegado para sentirse a salvo en ese nuevo refugio, la loable tarea se parecerá simplemente a un fuego de artificio iluminando transitoriamente una noche oscura".

En la contraportada del libro, se nos dice: "en un mundo que comienza a mirar la adopción con mayor profundidad, la postadopción emerge como una etapa esencial para comprender las vivencias, los retos y las necesidades de las personas adoptadas y de sus familias. Si es profesional del ámbito social, educativo o sanitario, forma parte de una familia adoptiva o ha vivido la experiencia de la adopción en primera persona, este libro le brindará una visión integradora, rigurosa y humana de la realidad postadoptiva".

A través de una lectura amena y accesible, descubrirá cómo comprender las dinámicas postadoptivas:

Identificar los factores emocionales, sociales y legales que influyen en la construcción del vínculo y en el sentido de pertenencia.

Reconocer las huellas del trauma temprano: entender cómo el dolor no elaborado puede manifestarse en la infancia, en la adolescencia y en la vida adulta, y cómo acompañarlo sin reactivar el sufrimiento.

Fortalecer los recursos familiares y profesionales: adquirir herramientas prácticas para sostener procesos complejos con sensibilidad, conocimiento y respeto.

Impulsar una mirada sistémica y social: concebir la postadopción como una responsabilidad colectiva que implica a familias, instituciones y comunidad.

Además, en este libro encontrarás testimonios reales, propuestas de intervención y reflexiones que invitan a transformar la forma en que acompañamos a quienes fueron adoptados: con conocimiento, con empatía y con compromiso humano.

"Dame un punto de apoyo y moveré MI mundo"


Por capítulos, nos encontramos:

Capítulo 1: Desafíos de la postadopción: una realidad ignorada. Por la Asociación Postadopción en Acción. En este capítulo se hace un exhaustivo repaso a cuáles son las necesidades de esta etapa postadoptiva. La adopción no es el final de un proceso. Los desafíos más frecuentes están en la falta de datos y conocimiento; en la falta de reconocimiento institucional; en la falta de formación profesional; en la falta de recursos económicos y en el desamparo jurídico al alcanzar la mayoría de edad. El capítulo urge a quien corresponda a la acción, tras un periodo de reflexión y voluntad política y compromiso social compartido. 

Capítulo 2. Adopción y trauma complejo. Claves para comprender y acompañar. Por Mabel Medina y Esther Blanco. En este capítulo, las autoras desarrollan la importancia que tiene el abordaje terapéutico del trauma y cómo debe ser llevado a cabo. Este exige una mirada que contemple el daño temprano y las capas de experiencia añadidas a lo largo de su vida. 

Capítulo 3. Neurodesarrollo y adopción. Por José Ramón Gamo y Francisco Javier Solís. En este capítulo, a través de una revisión bibliográfica de diversos estudios sobre el desarrollo cerebral en contextos de adopción, explora cómo el neurodesarrollo influye en la conducta, el desarrollo emocional y en los procesos de aprendizaje. 

Capítulo 4. La traumaterapia ecosistémica en postadopción. Cristina Herce, Maryorie Dantagnan y José Luis Gonzalo presentan una propuesta de trabajo para jóvenes adoptados, una forma de acompañamiento que trasciende los límites de la consulta psicoterapéutica individual. Dado los antecedentes de trauma en el desarrollo, las personas adoptadas que están cercanas a la mayoría de edad y carecen de apoyos humanos y de recursos, pueden beneficiarse de un acompañamiento estable por parte de dos profesionales -psicólogo y educador- que les ofrezcan un vínculo, un sentido y una guía para utilizar y aprovechar los recursos sociales, sanitarios y comunitarios existentes. Se fundamentan en el "Dame un punto de apoyo y moveré MI mundo". Cristina Herce expone, además, como ya hemos dicho, su experiencia de trabajo en formato grupal con familias adoptivas, la fuerza del apego grupal, durante más de veinte años en la Asociación Ume Alaia Gipuzkoa. 

Capítulo 5. El papel del sistema sanitario en la postadopción. Por Talía Sainz y María José Penzol. Nos habla del papel crucial que el sistema sanitario juega en la postadopción. La intervención, nos dicen las autoras, debería comenzar en la etapa previa al proceso de adopción, acompañar el acogimiento y continuarse en la fase de postadopción. Hace una revisión detallada del impacto de la adopción en la salud, los recursos y carencias del sistema. También aborda el reto de la adolescencia adoptada en salud mental y los retos y desafíos en la atención sanitaria en la adopción internacional. 

Capítulo 6. Trauma y capacidad jurídica. Por María Jesús Crespo y Eva María Mila. Este capítulo aborda un tema necesario, delicado y que preocupa a numerosas familias con hijos más allá de los dieciocho años. Al alcanzar la mayoría de edad, afirman María Jesús y Eva María, la ley reconoce a las personas adoptadas plena capacidad jurídica y se espera que sean capaces de tomar decisiones, de gestionar su vida y de enfrentarse al mundo como un adulto más. ¿Pero qué pasa cuando no están preparados para hacerlo? 

Capítulo 7. Creciendo juntos: habilidades esenciales para padres y madres adoptivos y el poder del apoyo colectivo. Por Montse Lapastora. Este capítulo se centra en la necesidad que los padres y madres tienen de ajustar las expectativas a la realidad. Como dice la autora, es imprescindible desarrollar competencias parentales y asumir un camino de crecimiento compartido, en el que el respeto, la paciencia y el acompañamiento amoroso permiten construir vínculos sólidos y verdaderamente transformacionales. Habla también de los beneficios de los grupos de apoyo a las familias adoptivas. 

Capítulo 8. Testimonios de jóvenes adoptados. Recogidos por Luz Muñoz Asenjo.

Y, finalmente, un apartado final titulado: "Carta para ti, si eres una persona adoptada"

En suma, un libro totalmente recomendable y necesario para los propios adoptados jóvenes y adultos, sus familias y los profesionales que los acompañan. Y también para los técnicos de infancia, políticos y personal sanitario, jurídico, educativo y del ámbito social. Ha sido un honor contribuir, esperamos que cale hondo y consiga mayor sensibilidad y apoyos hacia las personas adoptadas. 

lunes, 30 de marzo de 2026

¿Pueden las redes sociales sustituir el apego interpersonal o grupal?, por Arturo Ezquerro, psiquiatra.

Esta entrevista ha sido publicada por el periódico La Vanguardia y realizada por Jana Valls el día 1 de marzo de 2026 y es reproducida con la autorización de Arturo Ezquerro, colaborador habitual del blog Buenos tratos

Arturo Ezquerro


Arturo Ezquerro es médico-psiquiatra, psicoterapeutapsicoanalítico y grupo-analista, nacido en Logroño, La Rioja (España), con más de 40 años de trabajo en salud mental en Londres, donde se formó en psiquiatría de la infancia y la adolescencia con John Bowlby (padre de la teoría del apego) como su supervisor y su mentor. Primer español en conseguir una Jefatura de Servicios Públicos de Psicoterapia en Reino Unido, por la que obtuvo premios y reconocimientos de excelencia clínica, otorgados por Central & North West London Mental Health NHS Trust. Es profesor en el Instituto de Grupo- Análisis, Londres, y miembro honorario de la Red Internacional de Apego y de la Asociación Mundial de Estudios Internacionales.


¿Pueden las redes sociales sustituir el apego interpersonal o grupal?


El psiquiatra logroñés Arturo Ezquerro ha publicado Estados de ánimo: Belleza y perversión del apego (Editorial Sentir), editado también en catalán, Estats d'ànim: Bellesa i perversió del vincle afectiu. Formado en la Tavistock Clinic, en Londres, bajo la tutela de John Bowlby, el creador de la teoría, Ezquerro plantea un enfoque más social. Su objetivo es acercarla al público general para que comprenda mejor cómo las relaciones afectivas tempranas influyen en el desarrollo psicológico de las personas.

Portada del último libro de Arturo Ezquerro en colaboración
con María Cañete

La obra se centra sobre todo en las dinámicas de grupo (en la familia y la sociedad actual) y analiza cómo las problemáticas del mundo contemporáneo afectan a los estados de ánimo de las personas, abordando temas incómodos pero necesarios para entender mejor la mente humana.

¿Qué pretende aportar su libro a la teoría del apego?

La literatura científica sobre la teoría del apego, desde que John Bowlby la formulase por primera vez en Londres en 1957, no ha dejado de crecer. A día de hoy, se superan con creces los ocho mil registros bibliográficos. Con este nuevo libro, Estados de ánimo, busco aportar un enfoque más social o colectivo que el de las publicaciones convencionales. De ahí el énfasis en el apego grupal, que siempre es necesario y resulta especialmente clave cuando falla el apego interpersonal. A veces la dinámica benigna del apego, como el afecto, la protección, los cuidados y el estímulo para explorar, se pervierte, como en los casos de violencia sexual infantil.

¿Qué le gustaría que el lector de su libro comprendiera mejor sobre los vínculos afectivos?

En primer lugar, me gustaría que el lector valore los vínculos afectivos en su justa medida, descubriendo que son fundamentales para el bienestar emocional y para un desarrollo equilibrado de la personalidad. Para aquellos lectores que hayan tenido experiencias adversas con sus vínculos afectivos primarios, también me gustaría infundirles esperanza porque siempre van a tener oportunidades de establecer nuevos vínculos, más saludables. Por otro lado, hay vínculos afectivos secundarios que ayudan a seguir adelante.

Usted trabajó con John Bowlby en la Tavistock Clinic mientras desarrollaba la teoría del apego. ¿Cómo fue esa experiencia personal y profesional? ¿Qué rasgos de Bowlby le marcaron más?

De John Bowlby destacaría su gran capacidad para expresar ideas complejas en un lenguaje accesible y su carácter conciliador, que incluía el respeto a las personas que no pensaban como él. A nivel profesional, a mí me marcó especialmente el hecho de que él se convirtió en una base segura, con la que podía contar, y en un estímulo para crecer y ser útil a mis pacientes, haciéndoles saber que podían contar conmigo como su base segura. A nivel personal, Bowlby cambió mi manera de entender el complejo mundo de las relaciones humanas.

¿Qué cree que se ha malinterpretado más de la teoría del apego?

El pecado original de estas malinterpretaciones es pensar que el apego se trata sólo de la búsqueda de cercanía, una especie de aferramiento. En realidad, el apego es un sustrato instintivo, profundamente ligado a la supervivencia, por el cual se regula la distancia (tanto física como emocional) según las condiciones del entorno. Un apego sano conlleva un sentimiento de seguridad emocional y estimula la exploración.




¿Si Bowlby pudiera observar el mundo actual (hiperconectado y con vínculos cada vez más frágiles) qué cree que diría?

Creo que se sentiría preocupado, pero, al mismo tiempo, pondría su empeño en fomentar cambios sociales y educativos.

Un apego sano conlleva un sentimiento de seguridad emocional y estimula la exploración.

¿Existen señales tempranas que permitan detectar un apego dañado o inseguro en la infancia?

Sí, en el libro me refiero a varios indicadores o señales de alarma, como cambios bruscos del estado de ánimo, conducta incontrolada, aislamiento, dificultades de aprendizaje, etc. En este sentido, es importante formar a los docentes en una cultura de apego, que les ayude a comprender mejor los problemas de sus alumnos y a tomar medidas reparadoras en las etapas más tempranas posibles.

Desde la teoría del apego, ¿cómo debería abordarse terapéuticamente el acompañamiento a víctimas de violencia familiar o abusos?

Es fundamental que las víctimas puedan recuperar un sentimiento de confianza y de seguridad. El acompañamiento terapéutico debe proporcionar un sentido de base segura a la que se pueda acudir cuando sea necesario.

¿Puede un apego frágil durante la adolescencia explicar el auge de la extrema derecha y la polarización política entre jóvenes?

Sí, la necesidad del adolescente de establecer conexiones con grupos fuera de la familia y por encontrar sentido a la vida puede ser explotada por ideologías extremas de carácter político o religioso. Los adolescentes con dificultades en sus relaciones tempranas de apego son más vulnerables a estas influencias.

¿Qué papel juegan los grupos, reales o virtuales, en la construcción del apego adolescente?

Los grupos reales benignos, basados en experiencias presenciales, favorecen el apego sano. Los grupos virtuales pueden ser coadyuvantes y complementar el contacto cara a cara, pero nunca llegarán a ser un reemplazo del genuino contacto en persona.

El Gobierno ha anunciado la intención de limitar el uso de redes sociales a menores de 16 años, ¿cree que esta medida puede proteger el desarrollo emocional o es insuficiente?

Es un paso importante en la dirección adecuada: ayudará a los más jóvenes a establecer relaciones personales, que son más saludables que las relaciones con las pantallas. Por supuesto, el Gobierno tendría que ser más ambicioso y sentar las bases de una educación que ayude a estos jóvenes a entender mejor sus emociones, sus vínculos afectivos y sus estados de ánimo, en beneficio de ellos mismos y de la sociedad en la que gradualmente desempeñarán roles más relevantes.

¿Pueden las redes sociales sustituir el apego interpersonal o grupal?

La respuesta es no: las redes sociales no pueden sustituir el apego auténtico de persona a persona o de persona a grupo.

¿Qué relación ve entre la masacre en Palestina y los vínculos afectivos dañados a nivel social y generacional?

Lo que llamas masacre es, en realidad, mucho más que eso. Se trata del intento deliberado y sistemático de destruir a un pueblo, como se refleja en el informe de la ONU (al que hago referencia en el libro), que muestra la evidencia de la destrucción masiva de embriones humanos en las clínicas de fertilidad que había en Gaza. Estoy agradecido a Editorial Sentir, que vela por los derechos y los cuidados de la infancia, por haber permitido la publicación de mis reflexiones en defensa de la humanidad. Un brutal trauma de estas características puede transmitirse de generación en generación. A veces ocurre, trágicamente, que las víctimas o los descendientes de las víctimas se convierten en perpetradores.

"Un brutal trauma como la masacre de Gaza puede transmitirse 
de generación en generación" (Arturo Ezquerro) Foto: sana.sy


En el contexto actual de Estados Unidos, con las deportaciones y actuaciones del ICE, ¿cómo afecta al apego una detención o separación forzada y qué impacto tiene en los niños afectados?

Las noticias que llegan de las actuaciones violentas del ICE resultan alarmantes. Los vínculos de apego son esenciales para la supervivencia psíquica. Ese tipo de separaciones forzadas causan una angustia tremenda y un enorme daño emocional que, en algunos casos, resulta muy difícil de reparar.

¿Cómo afecta el apego interpersonal y grupal a las personas mayores, especialmente a quienes viven en soledad?

Para las personas mayores que no tienen relaciones interpersonales cercanas, es crucial que establezcan lazos con un grupo de pares donde puedan compartir sus experiencias y sentirse entendidas. La soledad no deseada es un peligro para la salud y acorta la esperanza de vida.

¿Qué soluciones propone para prevenir el aislamiento emocional en la vejez desde una perspectiva comunitaria?

Es importante llevar una vejez activa y establecer vínculos significativos con otras personas dentro de la comunidad donde uno vive, en especial con los coetáneos. Según dijo Simone de Beauvoir, en la vejez, la mejor solución consiste en seguir persiguiendo fines que den sentido a la existencia, como la dedicación a otras personas, grupos o causas, así como al trabajo social, político, intelectual o creativo, ya que nuestra vida sólo puede tener auténtico valor en la medida en la que atribuimos valor a la vida de los demás.

¿Son suficientes las relaciones interpersonales saludables o necesitamos también estructuras sociales de cuidado?

Las relaciones interpersonales son esenciales pero insuficientes. En momentos de crisis estas relaciones pueden resquebrajarse; las personas más vulnerables pueden llegar a sentirse atrapadas en estados de desesperación y a contemplar quitarse la vida. Por eso, como bien dices, es crucial contar con estructuras sociales protectoras y de cuidado a donde acudir. En el libro subrayo que el suicidio se puede prevenir y ésta es una tarea que nos incumbe a todos, a toda la sociedad.

lunes, 16 de marzo de 2026

La teoría clásica del apego de John Bowlby y el modelo de los estados del yo de Waters (I)


Como sabemos las personas que nos citamos aquí, John Bowlby fue pionero en poner el foco de los trastornos emocionales de los niños/as en los factores relacionales en base a las experiencias reales de estos con sus padres o cuidadores. 

Para elaborar este texto nos vamos a basar en las ideas de Waters (2025) y en Bowlby (1973)

John Bowlby, creador de la teoría del apego, describió cómo los bebés y niños pequeños reaccionan ante la separación prolongada o la pérdida de su figura de apego principal (generalmente la madre o el cuidador primario). A partir de observaciones clínicas y estudios con niños separados de sus familias, Bowlby identificó tres etapas principales en la respuesta del bebé ante la separación y la pérdida: protesta, desesperación y desapego. Estas etapas no deben entenderse como rígidas o idénticas en todos los casos, sino como patrones generales de reacción emocional.

La primera etapa es la protesta. En esta fase, el bebé reacciona de manera intensa e inmediata ante la separación. Llora con fuerza, grita, se muestra irritable y busca activamente a la figura de apego. Puede rechazar el consuelo de otras personas y mantenerse en un estado de agitación constante. Estas conductas tienen una función adaptativa: el llanto y la búsqueda aumentan la probabilidad de que el cuidador regrese. Desde la perspectiva del apego, la protesta es una respuesta normal y saludable, ya que refleja un vínculo afectivo fuerte. El bebé aún mantiene la expectativa de que la figura de apego volverá, por lo que su conducta está orientada a recuperarla.

Si la separación se prolonga y el reencuentro no ocurre, el niño puede pasar a la segunda etapa: la desesperación. En esta fase, el llanto disminuye, pero no porque el bebé esté tranquilo, sino porque comienza a experimentar una profunda tristeza y sensación de pérdida. El niño puede mostrarse apático, retraído, con menor interés por el entorno, el juego o las personas que lo rodean. Aparecen signos similares a la depresión, como falta de energía, expresiones faciales apagadas y dificultades para consolarse. Aunque externamente el niño parece más calmado, internamente sigue experimentando malestar emocional. Bowlby señalaba que en esta etapa el niño empieza a perder la esperanza de que la figura de apego regrese.

La tercera etapa es el desapego. Aquí el niño parece haber superado la separación, pero en realidad se trata de una adaptación defensiva. El bebé o niño pequeño comienza a mostrar aparente indiferencia hacia la figura de apego, incluso si esta regresa. Puede evitar el contacto, no buscar cercanía o mostrarse distante emocionalmente. Además, puede interactuar con otras personas sin dificultad, lo que puede dar la falsa impresión de que la separación ya no le afecta. Sin embargo, Bowlby advertía que este desapego no implica ausencia de dolor, sino una forma de protegerse frente a nuevas pérdidas. A largo plazo, esta etapa puede tener consecuencias en la capacidad del niño para establecer vínculos afectivos seguros.

En conclusión, las etapas de protesta, desesperación y desapego descritas por Bowlby muestran que la separación y la pérdida tempranas tienen un impacto profundo en el desarrollo emocional del bebé. Estas reacciones son respuestas normales ante la ruptura del vínculo de apego y subrayan la importancia de relaciones estables y continuas en la primera infancia. Comprender estas etapas permite valorar la relevancia del cuidado sensible y constante para el bienestar emocional del niño.

Portada del manual de Gómez y Hosey (Eds.)

Recientemente, he conocido a través de un completo manual que se publicó el pasado año titulado: The Handbook of Complex Trauma and Dissociation in Children: Theory, Research, and Clinical Applications, del que son editores Gómez y Hosey, un modelo desarrollado por Waters (2025) llamado STM (The Star Theoretical Model) en el que relaciona y armoniza estas fases de separación de Bowlby con los estados del yo. 

Estos estados del yo en el niño son cambios en el modo de comportarse, sentir y pensar del niño, que han sido disociados, y que contienen las memorias de la adversidad y el trauma, normalmente recuerdos de experiencias abrumadoras y que amenazaban la estabilidad y como dice Bromberg (2011), la cordura. Según Waters (2025) “los estados del yo pueden ir desde fragmentos del self, con una capacidad limitada para procesar ideas, conductas y afectos, hasta estados más desarrollados que asumen control ejecutivo sobre la conducta del niño. Es importante recordar que estos estados se crean para manejar el acontecimiento o acontecimientos traumáticos y las emociones, sensaciones y conductas intensas asociadas”. Por ejemplo, una ira intensa con una agresividad desmedida es un estado que puede contener un terror intenso a ser abandonado, como a menudo sucede en los niños que en su infancia temprana han sufrido esta terrible experiencia y la tienen sin elaborar y sin simbolizar, con el afecto desregulado disociado al hemisferio derecho (Schore, 2025) 

Continúa Waters (2025): “A menudo, estos estados no están orientados al tiempo, al lugar, a las personas ni a los objetos del entorno. Reaccionan desde una necesidad impulsiva de defenderse de lo que perciben como un entorno amenazante. Muestran cambios de ánimo extremos y alternancias conductuales, exhibiendo lo que Putnam llamó «estados conductuales discretos» y lo que Bowlby denominó «modelos operativos internos incompatibles». Efectivamente, esto lo conocen y lo sufren los propios niños y sus cuidadores, porque son reacciones de un sistema nervioso que almacena los contenidos tempranamente en su hemisferio derecho, sin conexión con el hipocampo (sede que sabe dónde están los recuerdos, es como dice Rafael Benito (2024), el código QR), sin integración horizontal (el hemisferio izquierdo no ha podido desarrollar un relato coherente de lo vivido) ni vertical (la corteza prefrontal no puede modular esas intensas y terribles oleadas emocionales) Por eso la orden inmediata de la amígdala es llamar al sistema simpático y atacar para defenderse; o la de llamar al parasimpático para desconectarse o disociarse. 

Portada del libro de Rafael Benito

Waters (2025) afirma lo que muchos que nos relacionamos y trabajamos y acompañamos familias adoptivas, acogedoras y biológicas cuyos niños han sufrido trauma complejo, que “el deseo de estar a salvo, protegido o ser rescatado cuando ocurren hechos amenazantes es universal”. Esa es la función del apego primario que ya está formado para el primer año de vida y que se consolida o recalifica posteriormente a lo largo de la vida: la búsqueda de ese sentimiento se protección que todo bebé y niño necesita de sus padres o cuidadores para crecer desarrollando un sentimiento de confianza en ellos y atreverse a explorar y aprender el entorno con esa seguridad interiorizada progresivamente, porque las experiencias con esos cuidadores han sido repetidamente de sentirse así”. 

Cuando eso no sucede —y especialmente cuando el daño proviene de alguien conocido por el niño—, Waters dice que “este se siente vulnerable y pierde su sentido de autoeficacia, quedando con una sensación de impotencia. El niño internaliza el trauma y se culpa a sí mismo, sintiéndose indigno de ser amado y protegido. Esto puede conducir a la desesperanza y la depresión”.

“El dilema insoportable de desear protección, amor y cuidado y no recibirlos puede provocar el conflicto de querer depender de otros para obtenerlos y, al mismo tiempo, sentir desconfianza y temor a la traición. Además, la necesidad inmediata de consuelo impulsa al niño traumatizado a compensar desarrollando estados internos —cuidadores, figuras heroicas o ayudadores— que respondan a esas necesidades”. Esto ya nos es conocido porque es la dinámica del apego desorganizado que hemos expuesto en otros posts. Liotti sostiene que el niño/a que ha padecido en edades tempranas claves para la formación de la representación mental de un apego seguro (como lo es el periodo de 0 a 3 años) la vivencia de situaciones continuadas de terror donde la naturaleza del daño sufrido por el niño/a es relacional (la figura adulta es para el niño/a la persona de la que va a tratar de obtener seguridad pero al mismo tiempo, y paradójicamente, es la que atemoriza, asusta, genera desconfianza, pánico… con sus gritos, insultos, abusos sexuales, palizas físicas) intenta (como todo bebé) activar el sistema de apego (acercarse al adulto, llorar, pedir brazos, solicitar consuelo, necesitar afecto mediante besos, juegos, caricias) para atraer al cuidador hacia sí y comenzar el mágico proceso de establecimiento del vínculo de apego seguro; pero como se ha encontrado con súbitas, bruscas y marcadamente terroríficas respuestas por parte de ese cuidador, activa, simultáneamente, otro sistema llamado de defensa y que también tienen los humanos. 

Afirma Liotti (2012): “La acumulación de traumas es también una causa de la persistente activación del sistema de defensa. Esto es típico del desarrollo del trauma complejo durante la infancia en el que la figura de apego o bien no protege al niño frente a las experiencias traumáticas (negligencia, maltrato…) o, si no, es el victimario de abusos repetidos. El trauma complejo es el cuadro que se produce como consecuencia de la existencia de este contexto extremadamente complicado para el desarrollo de la personalidad. Al igual que sucede en la génesis del trauma complejo, la contradictoria y persistente activación de los sistemas de apego y de defensa es el signo distintivo de la desorganización de los apegos”

Waters (2025) nos recuerda que, “al mismo tiempo, el niño puede disociar los eventos traumáticos para mantener el apego con el progenitor abusivo y/o evitar los sentimientos intolerables de impotencia, rabia, dolor y pérdida. El niño puede no recordar los eventos traumáticos y, en su lugar, desarrollar partes protectoras, como un cuidador idealizado interno y otros ayudadores, que le permitan sobrellevar sentimientos no deseados. Confiar en un ayudador interno resulta más seguro, especialmente cuando la ayuda externa no ha estado disponible de manera consistente”.

Dentro de quince días, la segunda parte de este artículo.

REFERENCIAS

Benito Moraga, R. (2024). Cerebros moldeando otros cerebros: Cómo las relaciones interpersonales guían la evolución del cerebro infantil y adolescente desde el nacimiento. Desclée De Brouwer. ISBN 978-84-330-3254-6.

Bowlby, J. (1973). Attachment and loss: Volume II. Separation: Anxiety and anger. Basic Books.

Bromberg, P. M. (2011). The shadow of the tsunami: And the growth of the relational mind. Routledge. ISBN 9780415886949.

Gómez, A. M., & Hosey, J. (Eds.). (2025). The Handbook of Complex Trauma and Dissociation in Children: Theory, Research, and Clinical Applications. Routledge. 

Liotti, G. (2012). Disorganized attachment and the therapeutic relationship with people in shattered states. En K. White & J. Yellin (Eds.), Shattered states: Disorganised attachment and its repair (pp. 127–156). Karnac.

Schore, A. N. (2022). Psicoterapia con el hemisferio derecho (A. Aguilella, Trad.). Editorial Eleftheria. ISBN 978-84-1258310-6

Waters, F. S. (2025). Clinical applications of the Star Theoretical Model. En A. M. Gómez & J. Hosey (Eds.), The handbook of complex trauma and dissociation in children: Theory, research, and clinical applications (pp. xx–xx). Routledge.