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lunes, 2 de febrero de 2026

"¿Es el abandono la primera forma de amenaza?" Resumen en español del artículo de Karlen Lyons-Ruth publicado en la revista Attachment and Human Development (Apego y Desarrollo Humano)

Uno de los últimos números de la revista Apego y Desarrollo Humano está dedicado a rendir tributo a la Dra. Karlen Lyons-Ruth y a toda una vida profesional destinada a la investigación sobre la enorme trascendencia que tienen los dos primeros años de vida del ser humano, y a las complejas intersecciones entre apego y desarrollo del cerebro. La Dra. Karlen Lyons-Ruth es una eminencia en su campo de trabajo y sus contribuciones, científicas, son de una enorme trascendencia para la psicoterapia individual, la psicoterapia padres/hijos y la protección a la infancia. 

Dra. Karlen Lyons-Ruth

En el año 2022, la Dra. Karlen Lyons-Ruth aceptó nuestra invitación para participar como ponente en las V Conversaciones sobre Apego y Resiliencia que bianualmente celebramos en San Sebastián desde el año 2013. Fue un privilegio poder aprender con ella directamente, aunque al final un accidente le impidió viajar y estar físicamente con nosotros, participó online. Pero su cercanía y trato atento y amable facilitaron el encuentro y la conexión entre nosotros. 

El blog Buenos tratos, con motivo de su visita a San Sebastián (España) le entrevistó y dejamos constancia de ello en esta entrada:

http://www.buenostratos.com/2022/03/entrevista-la-dra-karlen-lyons-ruth.html

Buenos tratos se quiere sumar a este homenaje que le rinde la revista Apego y Desarrollo Humano traduciendo al español la introducción que esta realiza sobre ella, con unas palabras de Howard Steele. Y también dando a conocer un resumen de un artículo escrito por Karlen Lyons-Ruth que recoge una exhaustiva investigación sobre los efectos del abandono en el desarrollo del bebé y su impacto neurobiológico y transgeneracional.

Considero que los resultados y conclusiones son muy relevantes, y su difusión verdaderamente importante porque su conocimiento nos puede conducir a promover políticas preventivas y protectoras de la infancia. Por encima de visiones familiaristas, que priman el mantenimiento (o el retorno) del bebé o del niño a toda costa con sus padres o cuidadores, artículos como el de Lyons-Ruth, a nuestro juicio, ponen el acento en que si esto no es posible (porque está en riesgo la integridad y la salud del bebé y el preservar su sano neurodesarrollo) es necesario neuroprotegerlo. El Derecho a un buen vínculo es lo que debería de primar, y el interés superior de la persona menor de edad radica en la defensa de este derecho.

También creo que debe de alertarnos en cuanto a que el abandono, tal y como lo describe la Dra. Karlen Lyons-Ruth, es una de las formas de maltrato que repercuten de manera severa en el neurodesarrollo. Un maltrato físico y emocional moviliza a los adultos que rodean al niño y se notifica a los servicios sociales más fácil y rápidamente su situación, cuando es detectada. Pero las secuelas que el abandono o la negligencia dejan en los niños (si no conllevan síntomas externalizantes, y a veces sucede así) pueden generar síntomas internalizantes (que pueden no asociarse con el abandono) o incluso sobreadaptaciones valoradas socialmente como la complacencia, el perfeccionismo u otros rasgos obsesivos. La Dra. Karlen Lyons-Ruth pone el acento precisamente en la falta de cuidado, en lo que no se hace, para dar a conocer los efectos que dicha falta tiene en el cerebro. La sociedad no tiene interiorizado que descuidar es una de las principales amenazas que un bebé puede sufrir, ni tampoco las consecuencias que tiene para su desarrollo. Espero que este artículo entregue los fundamentos científicos y motive a todos los agentes políticos, sociales, sanitarios y educativos que lo conozcan a promover los cuidados de calidad en el bebé. Si nos ocupamos de los bebés, contribuimos a crear una sociedad mejor en el futuro. 

Los datos del último informe de la Fundación ANAR, de noviembre de 2025, nos alertan de unas cifras muy elevadas de personas menores de edad que sufren violencia:

59.616 niños/as y adolescentes fueron ayudados por el Teléfono/Chat ANAR de la Familia y los Centros Escolares entre 2019 y 2024, gracias a las 89.411 peticiones de ayuda realizadas por parte de personas adultas. En estos 5 años se registró un incremento del 17,3% de los casos.

Para poder ayudarles se requirieron 16.865 intervenciones por situaciones de emergencia y extrema gravedad, así como 209.290 derivaciones a recursos de infancia de toda España.

Los menores de 10 años suponen el perfil más vulnerable, ya que el 70% sufren algún tipo de violencia (maltrato físico, maltrato psicológico/emocional, abandono, agresión sexual, violencia de género, entre otros).

Principalmente llaman las mujeres (78,2%), destacan las madres, que suelen contactar preocupadas por la violencia que padecen sus hijos/as.

El 69,1% de los/as menores de edad por quienes piden ayuda las personas adultas no recibe ni ha recibido tratamiento psicológico, dato que se agudiza en los menores de 10 años (hasta el 75,5%).

La mayoría de los problemas detectados presentan alta cronicidad y severidad.

Os dejo con el artículo de la Dra. Karlen Lyons-Ruth.

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Introducción de Howard Steele

The New School for Social Research

En la Conferencia Internacional sobre Apego, celebrada en julio de 2024 en Rouen, Francia, Karlen Lyons-Ruth fue ponente principal y recibió un premio a la trayectoria profesional otorgado por la Society for Emotion and Attachment Studies (SEAS). Este número de Attachment and Human Development incluye, como primer artículo, un recorrido por la destacada carrera de Karlen a lo largo de décadas en Boston. La propia Karlen ofrece aquí una visión de conjunto de una trayectoria brillante que permanecerá como testimonio de su mente creativa, su perseverancia y sus importantes hallazgos sobre el apego, las experiencias adversas en la infancia y las medidas neurobiológicas que ponen de relieve cuán vulnerables son los dos primeros años de la vida humana, así como el impacto del abandono tóxico en la vida infantil.

Karlen muestra, a partir de datos de más de 175 madres, que aquellas que descuidaban a sus bebés se asociaban con respuestas de estrés elevadas y con volúmenes aumentados de la amígdala en sus hijos durante la infancia. Este hallazgo converge con un número considerable de estudios en roedores que respaldan la relevancia de un cuidado materno bajo o impredecible en el desarrollo de una respuesta de estrés elevada que persiste hasta la edad adulta. Esta trayectoria evolutiva adversa contrasta con cinco décadas de investigación en apego, que han subrayado reiteradamente la necesidad del bebé de recibir respuestas rápidas y adecuadas por parte del cuidador ante su malestar, de modo que se promueva la seguridad del apego y se establezca una regulación óptima de la respuesta al estrés infantil, con beneficios a largo plazo en el bienestar social, emocional y cognitivo a lo largo del ciclo vital.

Karlen concluye sugiriendo que los patrones alterados de respuesta al estrés infantil y de desarrollo cerebral observados podrían ser prevenibles si se implementan intervenciones de apoyo dirigidas a mujeres maltratadas durante el embarazo y se mantienen a lo largo del periodo posnatal. Afortunadamente, existen múltiples intervenciones basadas en el apego, validadas y adecuadas para lograr este cambio esperanzador en la vida de padres e hijos. En resumen, esta revista tiene la fortuna de contar con un relato exhaustivo de la carrera vital de Karlen Lyons-Ruth, algo de lo que muchos colegas a los que ha mentorado con éxito no albergan duda alguna.

Para aquellos lectores que deseen conocer más sobre Karlen y su trayectoria, pueden consultar el libro de acceso abierto (gratuito) de Duschinsky (2025), Developments in Attachment Research, recientemente publicado, en el que dedica más de cien páginas a describir a Karlen Lyons-Ruth, el Harvard Family Pathways Study y el estudio Mother–Infant Neurobiological Development (MIND). Así pues, este artículo de Karlen puede considerarse una muestra representativa de todo lo que puede aprenderse de los dos estudios longitudinales que ha desarrollado y publicado ampliamente

Resumen ampliado del artículo

“Is neglect the first form of threat?”
Karlen Lyons-Ruth (2025)





El artículo “Is neglect the first form of threat?” de Karlen Lyons-Ruth constituye una contribución teórica y empírica de gran relevancia para la psicopatología del desarrollo, la teoría del apego y la psicotraumatología relacional. Su tesis central cuestiona de manera directa los modelos clásicos del estrés y la amenaza, tradicionalmente centrados en el daño físico, el ataque o la violencia explícita, y propone que durante los primeros años de vida la forma de amenaza más saliente para el sistema de estrés del ser humano es la falta de cuidado.

Desde una perspectiva evolutiva, Lyons-Ruth argumenta que la supervivencia del lactante depende absolutamente de la disponibilidad física y emocional del cuidador. En este contexto, la indisponibilidad, la retirada o la imprevisibilidad del cuidado no constituyen una adversidad secundaria, sino una amenaza directa para la vida. Esta premisa lleva a la autora a replantear el estatuto de la negligencia temprana, situándola como una amenaza primaria y fundacional, anterior en el desarrollo a la amenaza de ataque.

El artículo se apoya en los hallazgos del estudio longitudinal Mother–Infant Neurobiological Development (MIND), diseñado para examinar los mecanismos de transmisión intergeneracional del maltrato infantil a través de vías neurobiológicas, hormonales, conductuales y relacionales. Uno de los aportes centrales del trabajo es la diferenciación sistemática entre abuso y negligencia en la historia infantil materna, mostrando que ambas experiencias generan firmas psicobiológicas distintas tanto en la madre como en el lactante.

Los datos del estudio MIND indican que la negligencia sufrida por la madre durante su infancia se asocia, en la siguiente generación, con alteraciones tempranas y persistentes del sistema de respuesta al estrés del lactante. En concreto, se observa una mayor producción de cortisol, tanto basal como a lo largo de situaciones de estrés relacional moderado, así como volúmenes aumentados de la amígdala y el hipocampo durante los dos primeros años de vida. Estos efectos aparecen de manera consistente a lo largo del rango de edad estudiado, lo que sugiere que la negligencia materna infantil impacta en procesos neurobiológicos muy tempranos y sensibles al contexto.

Estos hallazgos convergen con una amplia literatura procedente de estudios experimentales en roedores, en los que un cuidado materno bajo, impredecible o inconsistente durante los primeros días de vida se asocia con una activación sostenida del eje hipotalámico-hipofisario-adrenal y con alteraciones estructurales en regiones límbicas implicadas en la evaluación de la amenaza. Lyons-Ruth subraya que, aunque los modelos animales no son directamente extrapolables al desarrollo humano, ofrecen una base sólida para comprender cómo la falta de cuidado temprano puede organizar de manera duradera los sistemas de estrés.

Eje HPA


En contraste, el abuso materno en la infancia muestra un patrón psicobiológico diferente. Cuando se controla estadísticamente la negligencia, el abuso se asocia con una menor producción de cortisol infantil en contextos de cuidado negativo-intrusivo y con una reducción del volumen de la amígdala derecha que emerge principalmente durante el segundo año de vida. Este patrón sugiere la posible existencia de un periodo temprano de hiporreactividad al estrés frente a la conducta materna adversa, interpretado como un mecanismo adaptativo orientado a preservar el vínculo de apego con un cuidador potencialmente peligroso pero necesario para la supervivencia.

Uno de los aspectos más relevantes del artículo es el análisis detallado de las alteraciones tempranas de la interacción madre–lactante. Las madres con historias infantiles que incluyen negligencia, especialmente cuando esta se combina con otras formas de maltrato, muestran con mayor frecuencia conductas de retirada, desorientación afectiva y confusión de rol. Estas formas de disrupción interactiva se diferencian claramente de la conducta negativa-intrusiva, más estrechamente asociada a historias de abuso.

La retirada y la desorientación materna tienen un impacto particular sobre el lactante, ya que interfieren de manera directa en la comunicación afectiva contingente. El lactante se encuentra entonces con un cuidador que no responde de manera predecible ni sintonizada a sus señales, lo que limita su capacidad de regular el estrés a través de la relación. Los datos del estudio MIND muestran que estas formas de cuidado desorganizado se asocian con niveles elevados de cortisol infantil y con alteraciones en el desarrollo de regiones cerebrales sensibles al estrés.

A partir de este conjunto de resultados, Lyons-Ruth propone el Modelo de Saliencia Evolutiva del Desarrollo de la Amenaza. Este modelo amplía los enfoques clásicos de la amenaza al postular que distintas formas de peligro adquieren saliencia diferencial a lo largo del desarrollo. En la infancia temprana, la amenaza derivada de la falta de cuidado es prioritaria para el sistema de estrés, mientras que la amenaza de ataque o lesión adquiere mayor relevancia en fases posteriores del desarrollo, cuando el niño dispone de mayores recursos de autonomía.

Un elemento clave del modelo es que cada tipo de amenaza requiere respuestas adaptativas diferentes. Las respuestas clásicas de lucha, huida o congelación resultan inadecuadas ante la amenaza de abandono. En su lugar, el lactante despliega conductas de llamada, protesta, búsqueda de proximidad e hiperactivación del sistema de apego, orientadas a restablecer la disponibilidad del cuidador. Esta distinción permite comprender por qué la negligencia temprana se asocia con patrones relacionales caracterizados por hipervigilancia interpersonal, dependencia forzada o inversión temprana de roles.

El artículo tiene implicaciones profundas para la teoría del apego, en particular para la comprensión del apego desorganizado. Lyons-Ruth muestra que la desorganización puede emerger más tempranamente en contextos de retirada y falta de implicación que en contextos de hostilidad abierta. Esto sugiere que el miedo al abandono puede constituir un organizador más temprano y fundamental de la desorganización que el miedo al ataque.

Desde una perspectiva clínica, el trabajo subraya la necesidad de reconocer la negligencia temprana como una forma central de trauma relacional, a menudo invisibilizada tanto en la evaluación como en la intervención. Asimismo, destaca la importancia de identificar y apoyar a mujeres con historias de negligencia durante el embarazo y el periodo posnatal, dado que existen intervenciones basadas en el apego capaces de modificar la calidad del cuidado temprano y prevenir alteraciones duraderas en la regulación del estrés infantil.

En conjunto, el artículo propone un cambio de paradigma: comprender el trauma temprano no solo como exposición a eventos dañinos, sino como exposición a la ausencia de las condiciones relacionales necesarias para la supervivencia y la regulación. En este marco, el miedo al abandono emerge como una amenaza primaria, profundamente inscrita en la biología del desarrollo humano.

lunes, 27 de octubre de 2025

Psicofármacos y tratamiento de las consecuencias del maltrato, por Rafael Benito Moraga, psiquiatra


Psicofármacos y tratamiento de las consecuencias del maltrato

Rafael Benito Moraga, psiquiatra y experto en neurodesarrollo 
y neurobiología del apego y del trauma


Presentación

Hoy tenemos como firma invitada, una vez más, a un colaborador habitual de este blog. Rafael Benito Moraga es amigo, sobre todo. Y también compañero de profesión (ambos nos dedicamos al mundo "psi" desde ópticas diferentes pero complementarias y necesarias la una de la otra), de alegrías y tristezas. Trabajamos juntos desde hace muchos años, coordinando y llevando el tratamiento de niños, adolescentes y adultos. Rafael Benito es un cerebro privilegiado. No sólo porque atesora conocimiento científico especializado y una vasta experiencia clínica, sino también porque es capaz de transmitir conceptos complejos y hacerlos digeribles y atractivos para que los podamos llegar a entender. Su forma de comunicar y llegar al público son bien conocidas y reconocidas. Para mí, es motivo de orgullo y satisfacción que Rafael Benito nos dedique de nuevo, de manera desinteresada, su tiempo para hablarnos de un tema que hace tiempo que tenía muchas ganas de que pudiéramos abordarlo desde el blog: el tratamiento farmacológico de los problemas del pensamiento, la conducta o las emociones. 

A menudo, muchas son las voces que se alzan para condenar los fármacos o, por el contrario, para ponerlos como la única y válida manera de tratar eficazmente los problemas psíquicos. No siempre quienes hablan tienen la información precisa. No es extraño encontrarnos aun con falsos mitos y con creencias equivocadas, de etiquetas que pesan en la profesión del psiquiatra. 

Por eso, el conocimiento científico que sitúe al tratamiento farmacológico en el lugar que le corresponde es bienvenido. Una propuesta integradora que saludamos porque aboga por combinar las terapias farmacológicas -cuando se necesitan- con las terapias psicológicas y las intervenciones socio-educativas. 

Os dejo con el artículo de Rafael Benito sobre farmacología.

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Psicofármacos y tratamiento de las consecuencias del maltrato.
Por Rafael Benito Moraga, psiquiatra.

Los desórdenes del pensamiento, la conducta o las emociones han sido valorados a lo largo de la historia desde dos puntos de vista: como producto de fuerzas sobrenaturales, o como la consecuencia de algún tipo de dolencia o enfermedad corporal. Cada una de estas posturas plantea sus propios problemas si se llevan al extremo. La visión religiosa de los problemas psíquicos, por ejemplo, llevó a considerar la depresión como pecado o algunas manifestaciones de la esquizofrenia como fruto de la posesión demoníaca. Y la reducción de los trastornos mentales a meros problemas del funcionamiento cerebral puede hacernos negar la importancia de otros fenómenos, como las circunstancias socioeconómicas en las que surgen; o diluir en una etiqueta diagnóstica estándar el modo peculiar en que cada individuo vive y sufre sus problemas.

Desgraciadamente, y en mayor medida de lo que nos gustaría reconocer, continuamos atrapados por esta dualidad que nos hace ver sólo la mitad de lo real, separando a las personas interesadas en los problemas de salud mental en dos bandos: los que niegan el valor de la psicoterapia, reduciendo todos los problemas psíquicos a alteraciones del funcionamiento cerebral; y los que rechazan el uso de la medicación, considerándolo incluso perjudicial y coercitivo. La formación universitaria de los futuros profesionales sanitarios favorece además esta división. La psicoterapia sigue sin ocupar un lugar importante en la formación especializada de los psiquiatras; en la formación de los psicólogos clínicos no hay una formación consistente en la neurobiología del comportamiento y el tratamiento con psicofármacos; e incluso fomentamos en nuestros clientes (queriendo o sin querer) este antagonismo con frases como: “Los medicamentos sólo tapan el problema“, “no quiero quedarme enganchado a las pastillas”, “los psiquiatras sólo dan pastillas, pero no te escuchan”, “la psicoterapia es un comecocos”, “el terapeuta cumple únicamente la función que antes desempeñaba el sacerdote…” 

Afortunadamente, los avances en el conocimiento del cerebro, asociados a la investigación psicológica nos van dando cada vez más razones para acabar con esa visión dualista y simplificadora. Cada vez sabemos más acerca de las bases neurobiológicas de constructos psicológicos como la empatía, el apego y la resiliencia; también se está llegando a conocer la disfunción cerebral que subyace a alteraciones cognitivas y del comportamiento como el trastorno por déficit de atención con hiperactividad. Se ha comprobado que el tratamiento con psicofármacos produce cambios más profundos y estables de lo que pensábamos y que la psicoterapia y sus técnicas producen cambios neurofisiológicos y neuroanatómicos.

Los psiquiatras, psicólogos, médicos, educadores, y todos los profesionales que ayudamos a quienes sufren problemas psíquicos, tenemos la obligación de superar este dualismo por el bien de las personas a las que acompañamos. Quienes tienen una formación más biologicista y médica deben aprovechar los constructos psicológicos, como la disociación y la teoría del apego, para ampliar el conocimiento y guiar la investigación neurobiológica; del mismo modo que psicólogos y terapeutas deben aprovechar los avances en neurociencia para comprender mejor, y los tratamientos farmacológicos para aliviar más el estado de los que sufren. 

Y dentro de las causas de sufrimiento, el maltrato y el abandono durante la infancia y la adolescencia es un agente patógeno de primera magnitud. Se han acumulado suficientes evidencias como para afirmar que el maltrato en la infancia, en todas sus formas, causa una alteración del neurodesarrollo que afecta a las funciones cerebrales y también a la salud general en la vida adulta. Contra ese daño debemos actuar con todas las herramientas disponibles. Tanto las intervenciones psicoterapéuticas como las farmacológicas modifican las redes neurales dañadas por el maltrato, produciendo cambios persistentes. 


Entrevista a Rafael Benito sobre su libro
"Cerebro moldeando otros cerebros"




En este libro Rafael Benito desarrolla con detalle cómo
el maltrato causa una afectación al neurodesarrollo




Vamos a ver la utilidad del uso de medicamentos en el tratamiento de las alteraciones cognitivas, emocionales y de conducta que se producen como consecuencia del maltrato y el abandono.

Funcionamiento de las redes neurales

Para comprender como funcionan los psicofármacos hay que observar la actividad de las células que sostienen la actividad cerebral: las neuronas. Nuestro cerebro contiene aproximadamente 10Ù10 neuronas, similares a pequeños cables y conectadas unas a otras formando una densa y tupida red por la que discurren de manera constante impulsos eléctricos portadores de información y desencadenantes de acciones. Son las responsables de la actividad eléctrica cerebral, las que generan estados de activación en el sistema nervioso dando lugar a sensaciones, pensamientos, recuerdos y conductas.

Durante un tiempo se creyó que las neuronas estaban conectadas como los cables de una instalación eléctrica; pero los descubrimientos de Ramón y Cajal cambiaron este paradigma. El científico español comprobó, gracias al microscopio, que las neuronas no estaban unidas entre sí; aunque sus prolongaciones se aproximaban bastante conformando unas zonas denominadas sinapsis. Esto planteaba un problema: si la red neuronal no era continua, ¿cómo podía transmitirse el impulso eléctrico de una neurona a otra?

La solución no llegó hasta que se descubrió que determinadas sustancias químicas desencadenaban actividad eléctrica en los nervios de ciertos animales. Actualmente sabemos que el impulso eléctrico que hace funcionar las neuronas y, por ende, el cerebro, pasa de una neurona a otra mediante unas sustancias químicas denominadas por ello neurotransmisores.

Cuando el impulso eléctrico llega al final de una neurona, se liberan neurotransmisores al espacio intersináptico. Estos neurotransmisores actúan como “llaves” que en la siguiente neurona, la que recibe el mensaje, abren ciertas “cerraduras” denominadas receptores. Estas cerraduras abren canales que favorecen la entrada de iones en el interior de la neurona. Los iones son átomos con carga eléctrica que, al entrar en la neurona van a desencadenar en ésta un nuevo impulso eléctrico. Así pues, en el cerebro la información se transmite de neurona a neurona en una secuencia impulso eléctrico-mensaje químico-impulso eléctrico.

En el sistema nervioso humano se han identificado decenas de moléculas que actúan como neurotransmisores; pero los fármacos utilizados habitualmente actúan solamente en un grupo relativamente pequeño, pero de mucha importancia para la actividad cerebral global.

Mecanismo de acción de los psicofármacos

Que la actividad de las neuronas dependa de la acción de esas sustancias químicas abre la posibilidad de que se pueda intervenir en el funcionamiento cerebral modificando la cantidad de neurotransmisores o la facilidad con la que se abren o cierran los receptores. Justamente así es como actúan los psicofármacos. Los fármacos utilizados para el tratamiento de los problemas psíquicos actúan en la sinapsis neuronal aumentando o disminuyendo la transmisión dell impulso nervioso. De esta forma, al cambiar la actividad de las conexiones neuronales, cambia también la de las distintas áreas y núcleos cerebrales. Por ejemplo, incrementar la actividad de las neuronas de la corteza prefrontal mejora su funcionamiento, lo que resulta conveniente cuando el “director de orquesta” del cerebro está debilitado, como ocurre con frecuencia en las personas que han sufrido maltrato durante el neurodesarrollo.

Algunos medicamentos aumentan la cantidad de neurotransmisores en la sinapsis impidiendo que sean reintroducidos en las neuronas, así permanecen más tiempo en el espacio intersináptico y aumentan la actividad de esa conexión neuronal. Entre ellos están los antidepresivos inhibidores de la recaptación de serotonina; y los psicoestimulantes, que inhiben la recaptación de noradrenalina y dopamina en la corteza prefrontal.

Transmisión sináptica



Otros medicamentos obstruyen los receptores neuronales disminuyendo la actividad de las sinapsis en las que actúan. Los fármacos antipsicóticos, utilizados para tratar las alucinaciones y los delirios, hacen su efecto bloqueando los receptores de dopamina y serotonina.

Mito y realidad acerca de los psicofármacos

Contra lo que se suele pensar, los psicofármacos no tienen efectos indeseables graves; aunque al inicio del tratamiento pueden dar molestias leves que, habitualmente, van a menos con el tiempo. Además, teniendo en cuenta la gran variedad de fármacos con la que contamos, no es necesario mantener un tratamiento que produce intensos efectos indeseables, se puede probar con otro.

Los psicofármacos son muy seguros incluso en sobredosis

Otra de los temores que acompañan habitualmente la prescripción es que produzcan dependencia; sin embargo, la mayor parte de los psicofármacos no suponen un riesgo en este sentido. El único grupo con el que debe preocupar este problema es el de las benzodiazepinas, un conjunto de sustancias que pueden generar una dependencia grave.

Por último, se achaca a estos fármacos un efecto sedante capaz de dejar “zombis” a quienes los toman. En realidad, el efecto sedante no es una característica de todos ellos, y tampoco es un requisito necesario para el efecto terapéutico. 

Problemas del funcionamiento cerebral relacionados con el maltrato en la infancia

Existen investigaciones que nos ayudan a elegir tratamientos farmacológicos cuando hay un trastorno mental concreto, como ocurre, por ejemplo, con el trastorno por déficit de atención con hiperactividad o el trastorno depresivo mayor. Desgraciadamente, las consecuencias del maltrato para el neurodesarrollo no conforman un trastorno concreto, sino síndromes de desregulación emocional y conductual para los que no hay un tratamiento farmacológico específico. Aun en el caso de que el conjunto de síntomas que presentan permita un diagnóstico de trastorno por trauma complejo, trastorno por estrés postraumático o trastorno límite de la personalidad, ninguno de ellos tiene hoy por hoy un tratamiento farmacológico de elección.

Esto hace que, en muchas ocasiones se elija el fármaco atendiendo al efecto que va a producir en el funcionamiento cerebral, según los neurotransmisores en los que influye. Así, si se advierte un predominio de los síntomas depresivos, se escoge un fármaco antidepresivo; si el problema conlleva alucinaciones o delirios, un antipsicótico; y si se dan dificultades de desregulación emocional y disfunción ejecutiva, un psicoestimulante. 

Además, en algunos casos se puede afinar todavía más. Por ejemplo, entre los fármacos denominados antidepresivos, algunos tienen un efecto más bien tranquilizante, mientras que otros tienen un efecto más estimulante. En pacientes depresivos con mucha apatía, muy poca energía y dificultades para disfrutar, puede ser interesante utilizar un medicamento como el bupropion, un antidepresivo que incrementa la actividad de las conexiones dopaminérgicas, situadas en lugares del cerebro que controlan la motivación y la respuesta placentera. En cambio, en pacientes con depresiones asociadas a ansiedad, puede ser más interesante usar un medicamento que aumente la actividad de las neuronas serotoninérgicas, como el escitalopram o la sertralina, por ejemplo.

De este modo, el conocimiento de las alteraciones cerebrales que subyacen a los síntomas, y el tipo de neurotransmisores implicados, podemos escoger fármacos que actúan sobre las conexiones neuronales que queremos atenuar o potenciar. 

Prescripción de psicofármacos y traumaterapia

En el tratamiento de las consecuencias del trauma infantil los medicamentos son una herramienta más, que no siempre es necesaria y casi nunca es suficiente; pero puede contribuir de un modo decisivo a la reparación del daño traumático. Hoy día contamos con fármacos muy seguros, con pocos efectos indeseables graves o permanentes, y con mecanismos de acción cada vez más selectivos capaces de mejorar con rapidez los síndromes que aquejan a los niños y adolescentes víctimas de maltrato.

El intenso sufrimiento que causa el daño producido por el maltrato puede ser aliviado gracias al efecto de los psicofármacos. Aunque no se den los síntomas que permitirían un diagnóstico de episodio depresivo mayor, o de trastorno por angustia, los tratamientos farmacológicos pueden aliviar la depresión o la ansiedad que asolan la vida de los niños y adolescentes que han sido víctimas de maltrato.

Se pueden utilizar los medicamentos para tratar la propensión a conductas agresivas o autolesivas, muy frecuentes en los niños y adolescentes que han sufrido maltrato. Tanto los medicamentos que bloquean receptores de dopamina (antipsicóticos), como los que inhiben la recaptación de serotonina (antidepresivos) se han utilizado con éxito para tratar ese tipo de comportamientos de riesgo. También distintas conductas impulsivas pueden mejorar con estos fármacos. Por ejemplo, hay estudios que demuestran la eficacia de la fluoxetina en el tratamiento de la ludopatía, y también se han utilizado los antipsicóticos en el tratamiento de otras formas de impulsividad.

El daño producido por el trauma provoca una falta de integración del funcionamiento cerebral que pone obstáculos al establecimiento del vínculo y al avance a través de la psicoterapia. A veces, en el curso de la terapia, el trabajo sobre los contenidos traumáticos genera una angustia intensa, o estados depresivos que dificultan el progreso. Los psicofármacos actúan muchas veces como facilitadores del proceso psicoterapéutico, proporcionando una mejor regulación emocional y un alivio del sufrimiento producido por la revisión del daño traumático. No hacen que la persona afectada por el trauma se ponga en marcha y tampoco señalan la dirección; pero su efecto allana el camino, calma el dolor y proporciona fuerzas para seguir.

Resumen y conclusiones

Los tratamientos farmacológicos actuales son eficaces y seguros. Sus efectos no dependen de la mera sedación, y su uso no tiene por qué suponer un problema para mantener un buen funcionamiento cotidiano.

Los psicofármacos modernos tienen efectos que pueden contribuir a devolver un funcionamiento integrado al cerebro dañado por el maltrato. En unos casos porque sirven para tratar problemas psiquiátricos con un remedio específico; en otros casos porque pueden aliviar el sufrimiento, reduciendo los problemas emocionales y conductuales derivados del daño producido durante el neurodesarrollo.

Aunque no siempre son necesarios, su contribución puede ser decisiva para el éxito de la psicoterapia; porque facilitan la construcción del vínculo y porque allanan el camino a través del proceso psicoterapéutico.

miércoles, 14 de mayo de 2025

"Manual de Traumaterapia sistémica", de Jorge Barudy, Maryorie Dantagnan y colaboradores, publicado por El Hilo Ediciones.

 

Traumaterapia sistémica

Jorge Barudy y Maryorie Dantagnan

Con Rafael Benito, Jose Luis Gonzalo,
Cristina Herce, María Álvarez, Javiera Cristi, Nora Mejía, Aina Sampere, Ana María Barbero y el abogado chileno Hernán Fernández.


Un enfoque comprensivo para abordar el dolor visible e invisible de los 
procesos traumáticos desde un modelo terapéutico basado en los
buenos tratos, la resiliencia y la justicia social

Para hacerte con un ejemplar:




Presentación

Fruto de más de cuatro décadas de experiencia clínica y del compromiso activo en la defensa de los derechos humanos, Traumaterapia Sistémica presenta un modelo terapéutico innovador para la comprensión y reparación de las secuelas traumáticas en niños, adolescentes y adultos.

Desde una mirada que integra los aportes de la neurociencia, la teoría del apego, la epigenética, la psicología del desarrollo y el activismo social, los autores proponen una terapia respetuosa, empática y vinculante que privilegia la reparación de las heridas emocionales y el fortalecimiento de la resiliencia.

Jorge Barudy y Maryorie Dantagnan —pioneros de esta metodología—, junto a José Luis Gonzalo, Rafael Benito y un equipo de profesionales comprometidos, construyen un enfoque integral que reconoce el impacto de los malos tratos, la violencia estructural, las desigualdades sociales y el abandono afectivo como causas centrales del sufrimiento psíquico, y critican cómo la psicología y psiquiatría dominantes ignoran a menudo los contextos traumáticos en el diagnóstico y tratamiento.

Esta obra expone, con rigor y sensibilidad, los fundamentos teóricos de los buenos tratos infantiles, su relación con el neurodesarrollo y la parentalidad bientratante, presentando la metodología de la Traumaterapia Sistémica estructurada en bloques terapéuticos y su aplicación práctica.

Traumaterapia Sistémica es un recurso imprescindible para psicólogos, psiquiatras, trabajadores y educadores sociales que buscan comprender profundamente el origen del sufrimiento humano y acompañar los procesos de reparación de manera ética y comprometida.

Comprometidos desde sus inicios con el activismo social contra los malos tratos, la violencia, la desigualdad y la discriminación, los autores, Jorge Barudy (neuropsiquiatra y psiquiatra infantil que vivió la represión política chilena) y Maryorie Dantagnan (pedagoga, psicóloga y traumaterapeuta infantil que presenció el impacto del trauma en contextos de vulnerabilidad), ofrecen una perspectiva que subraya la trascendencia de las relaciones y los contextos en los que el abuso de poder inflige daño.

El libro ha contado con la valiosa colaboración de profesionales como el psicólogo José Luis Gonzalo y el psiquiatra Rafael Benito, ambos con una amplia trayectoria en el tratamiento de las secuelas de los traumas, así como de las psicólogas Cristina Herce, María Álvarez, Javiera Cristi, Nora Mejía, Aina Sampere, Ana María Barbero y el abogado chileno Hernán Fernández.

El prólogo de Traumaterapia Sistémica está escrito por Jesús Martín-Fernández, autor del aclamado libro Dime qué sientes, prestigioso neurocirujano y neurocientífico cognitivo cuya obra ha contribuido a acercar la ciencia del cerebro al mundo de las emociones.

lunes, 9 de septiembre de 2024

Mano a mano entre Rafael Benito, psiquiatra, y Jose Luis Gonzalo, psicólogo para hablar de neurobiología relacional en la infancia y adolescencia ¡Bienvenidos a la 17ª temporada del blog Buenos tratos!

Neurobiología relacional en la infancia y la adolescencia

Conversación entre Rafael Benito y Jose Luis Gonzalo

Jose Luis Gonzalo, psicólogo y Rafael Benito, psiquiatra


Presentación

Hace unas semanas Rafael Benito y yo nos reunimos para conversar sobre los aspectos más relevantes en relación a los adolescentes, el apego, el neurodesarrollo y los malos tratos tempranos, y cómo aunar visiones desde la neurobiología y la psicoterapia, huyendo de planteamientos cartesianos que dividen cerebro-cuerpo y mente. Desde ambos lados (como la anchura y la largura de una superficie, ambas son necesarias para calcular esta), nos proponemos explicar y desengranar algunos de los elementos más importantes, de acuerdo con la ciencia del cerebro, que conducen a un buen desarrollo infantil. También hablaremos de lo que ocurre en el cerebro cuando una persona sufre malos tratos, qué es lo que favorece su reparación.

Fruto de nuestra conversación, que fue grabada en vídeo (la grabación ofrece más contenidos que el texto y la ofreceremos pronto en este blog), elaboramos este documento-resumen que he ordenado para publicarlo aquí en formato conversación. Me parece que es el mejor modo de comenzar esta 17ª temporada de nuestro querido blog Buenos tratos: proponer una visión de las relaciones interpersonales desde la neurobiología y repasar qué aspectos favorecen el bienestar de nuestros niños y adolescentes, especialmente de los que han sufrido adversidad temprana.

Por utilizar una metáfora que nos ayude a comprender cómo podemos aunar visiones que se complementan, me vino a la mente la labor de dos genios como Eduardo Chillida (escultor) y Cristobal Balenciaga (modisto). Ellos, desde dos ámbitos artísticos diferentes, consiguen interpretarse el uno al otro para llegar a producir lo mismo: belleza y armonía a través materiales y expresiones distintas que dialogan. Psicología y psiquiatría llegan también por dos vías diferentes a dialogar para estudiar y tratar lo mismo: el cerebro/mente. Chillida y Balenciaga, mediante materiales y configuraciones en principio antagónicas (los vestidos y las esculturas) encuentran nexos y confluencias. Sin que tengamos la genialidad de estos grandes, ni mucho menos, intentaremos transmitiros esta idea del diálogo y la complementariedad entre psiquiatría y psicología. 

Espero que os aporte en vuestro caminar personal y profesional.

Balenciaga y Chillida, expresiones artísticas distintas, 
pero llegan a conceptos que confluyen y están unidos.

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Neurobiología relacional en la infancia y la adolescencia
Mano a mano entre Rafael Benito, psiquiatra y 
Jose Luis Gonzalo, psicólogo


Rafael Benito: La cría de la especie humana nace con un sistema nervioso sin hacer, con un desarrollo prolongado que se extiende hasta la treintena.

La naturaleza dispuso que el moldeado de las redes neurales que componen este sistema se produzca a lo largo del neurodesarrollo utilizando la plantilla proporcionada por el cerebro ya hecho de los adultos que interaccionan con el niño y el adolescente a través de una relación interpersonal suficientemente estrecha y duradera denominada relación de apego.

Y para moldear cerebros integrados, las figuras de apego deben proporcionar interacciones sintonizadas con los estados emocionales del niño y el adolescente, capaces de oscilar en función de las variaciones del afecto infantil, y suficientemente coherentes para evitar el caos que supondrían respuestas impredecibles para el niño. 

Jose Luís: En la línea de lo que comentas, Rafa, antes de ayudar a un adulto a sintonizar con un niño o joven, es importante que aprenda primero a sintonizar con sus propios estados emocionales. ¿Puede recordar alguna persona que en su vida validara sus emociones o mundo interno? Alguien que le dijera: "siento lo que te ha ocurrido, comprendo que te sientas así, tiene que ser duro, imagino que te sentirás triste…" "Al recordar esto, ¿qué sientes?" "¿Qué notas en tu cuerpo?" ... "Nótalo, acógelo y valídalo". Está bien lo que sentimos. Ahora quizá, después de sintonizar con nosotros, estamos  más preparados para sintonizar con el niño o joven. "¿Qué sentiste en esa situación?" Si sabe expresarlo, le decimos que entendemos que se sintiera así y validamos esa emoción. Si no lo sabe, podemos tratar de aventurar a modo de hipótesis cómo pudo sentirse. Por ejemplo: "Cuando alguien no te invita a una fiesta, uno se puede sentir rechazado. ¿Puede ser?" Si el chico o joven da muestras de que sí puede ser eso, le decimos que sentimos que se sintiera así pero que es normal que lo sienta y positivo que lo pueda expresar. Nosotros lo comprendemos y estamos a su lado. Hay que tratar de estar presentes corazón con corazón, que el niño sienta que escuchamos su yo autobiográfico. 

Rafael: ¡Muy bueno, Jose Luís!. Seguimos aportando conceptos científicamente importantes. Sabemos desde la neurobiología que la evolución de las redes neurales desde la máxima flexibilidad a la máxima eficiencia, a través de procesos de proliferación y poda, hace que las relaciones interpersonales que tienen lugar durante el desarrollo sean decisivas en la conformación del sistema nervioso, y determinen en gran medida como será su funcionalidad en el adulto. El cerebro no va a perder nunca la capacidad para moldearse con arreglo a nuevas experiencias; pero esta facultad nunca va a estar tan desarrollada como en las fases de proliferación y poda. 

El desarrollo cerebral en el ser humano es prolongado y se extiende desde la sexta semana tras la concepción hasta los 25 o 30 años. A lo largo de esas tres décadas hay dos fases fundamentales de proliferación y poda: la primera se produce durante la infancia y la segunda durante la adolescencia.

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Durante los primeros tres años el sistema nervioso es especialmente sensible a interacciones presididas por el maltrato o el abandono. Desgraciadamente, también es el periodo de tiempo en el que resulta más difícil detectar ese daño y acabar con él.

Jose Luís: Es impresionante lo que cuentas, Rafa. Pienso en un ejercicio que puede ayudar a tomar conciencia de la importancia de las relaciones interpersonales de las que hablas en la formación del sistema nervioso. A ver qué te parece. 

Le podemos pedir a un adulto que, tras un rato respirando, entre en un estado de calma atenta. La confianza que ese adulto tiene en la persona que le acompaña en el ejercicio es importante. Sería bueno hacerlo con un psicoterapeuta (u adulto) en el que se confía. Le indicamos que acceda a un recuerdo de la adolescencia asociado a una emoción difícil de regular, como el rechazo, la rabia o la vergüenza. Tratamos de que no sea un recuerdo de una intensidad emocional muy alta (No más de 3 ó 4 sobre 10) Le pedimos que nos diga qué imagen le viene a la mente, qué sensación corporal y qué pensamientos. Que sea capaz de traer al presente todos los componentes de la experiencia, que conecte sentidamente con el recuerdo (...) Le decimos que piense en lo que hubiera necesitado en ese momento por parte de un adulto. Le pedimos que, si es demasiado intenso, pare cuando quiera y se dé cuenta de que está en el presente con nosotros. Fundamental que sienta que no pierde la conexión emocional con nosotros en ningún momento. Le decimos si nota nuestra presencia reguladora. Y le pedimos que vaya expresando lo que le venga a la mente. Después, le ayudamos a comprender desde el yo adulto lo que se quedó sin poder elaborar. Este ejercicio suele servir para que los adultos se den cuenta de lo duro que es experimentar experiencias de este tipo a esta edad, y eso que no elegimos recuerdos de intensidad muy elevada. Permite tener más empatía, paciencia y comprensión hacia los chicos que han sufrido maltrato. 

Rafael: ¡Me ha encantado este moldeamiento neuronal a través de este ejercicio, Jose Luís! Seguimos. Consideramos la adolescencia como un regalo de la naturaleza; una época en la que se renueva el bosque neuronal y podemos reparar de un modo profundo y eficaz las heridas del maltrato durante la primera infancia.

Durante la pubertad se produce una nueva fase de proliferación a la que seguirá, a lo largo de toda la adolescencia, una fase de poda que finalizará hacia los 25 años con la culminación del desarrollo del córtex prefrontal. Todavía quedará, a lo largo de la treintena, completar el desarrollo de las conexiones interhemisféricas que perfeccionarán la capacidad cerebral para convertir en narrativa las vivencias corporales.

Jose Luís: ¡Excelente exposición! Ahora que mencionas las narrativas, me viene a la mente la técnica de la caja de arena (tú y yo colaboramos en la escritura de un libro titulado: "La armonía relacional. Aplicaciones de la caja de arena a la traumaterapia"). La creación de una escena usando miniaturas en una caja de arena, símbolos visuales, permite en un primer momento conectar con las vivencias corporales. Habrá símbolos que produzcan sensaciones placenteras y otros que generen sensaciones más intensas, como miedo, rabia, asco… Todavía la persona no sabe por qué. En ese momento, aún no accedemos a la narrativa. Le pedimos a la persona que observe lo que note en su cuerpo como sensación física mientras respira suavemente, tratando de observarlo. Poco a poco, notará que las sensaciones corporales se hacen más reguladas, o se transforman y varían. Ahora es cuando le podemos pedir al constructor de la caja que narre, o mediante preguntas le pedimos que vaya contando lo que cree que representan o significan, y podrá ligar una narrativa más coherente, consiguiendo convertir las sensaciones en narración. 

Rafael: Preciosa manera de llevar la neurobiología de las narrativas a una técnica que lo representa muy bien. Realmente, el neurodesarrollo durante la adolescencia es una especie de reinicio. Las áreas del sistema límbico proliferan en un crecimiento acelerado que rompe provisionalmente la integración, haciendo que predominen y abran al adolescente a nuevas experiencias en una búsqueda constante de nuevas respuestas. Por el contrario, la corteza prefrontal enlentece su desarrollo dificultando la regulación emocional y el control de los impulsos.

Como se puede ver, es un periodo lleno de oportunidades, pero también de riesgos; un periodo en el que vuelve a resultar necesario contar con el cerebro ya maduro de las figuras de apego para proporcionar recursos de que les ayuden a conectar adecuadamente las áreas límbicas con las zonas frontales que deben regularlas. Al mismo tiempo, las conexiones interhemisféricas del adolescente organizarán narrativas congruentes con las experiencias vividas.

"En la adolescencia hay que contar con el cerebro maduro
de las figuras de apego"
(Rafael Benito)


Jose Luís: Por eso, Rafael, de acuerdo con lo que dices, pienso que para que los niños y los jóvenes puedan contar con el cerebro maduro de las figuras de apego es importante que estas hayan desarrollado la capacidad de mentalizar. Para poder mentalizar hay que reconocer el mundo interno de los chicos. Partir de la idea de que debo darle herramientas que le permitan usar mis competencias como figura de apego para guiar sus actuaciones. Lo primero, escuchar sin juzgar. Por supuesto, validar y tratar de no criticar, los adultos en seguida moralizamos. Lo segundo, conversar y mediante preguntas (sabias por nuestra parte), ayudarles a comprender lo que les pasa a ellos y a los demás por dentro. Las preguntas no deben ser algo policial sino formuladas en términos de apertura, curiosidad y saber más. Preguntas que ayudan a los chicos a conversar y a aprender. En un momento dado, podemos orientar y mediante nuevas preguntas animarles a que vean más puntos de vista. Algunas preguntas útiles pueden ser (ya las ofrecimos en otro post):

¿Qué ocurrió?

¿Qué te lleva a afirmar eso?

¿Qué efecto tuvo en ti?

Hablando de uno mismo:

Cuál era tu estado emocional antes

En qué estado emocional te encontrabas…

¿Qué piensas de lo ocurrido?

Tal vez sientas…

Me pregunto si…

Pareces pensar que te voy a abandonar, no estoy seguro de que te lleva a pensar tal cosa...

Ayúdame a verlo de ese modo

Hablando de los otros:

¿Qué le llevó a actuar así?

¿Qué ocurría con la sensación de que él o ella…?

Creo que me he equivocado. Lo que no puedo entender es como he podido llegar a decir eso. ¿Puedes ayudarme a volver a lo que sucedió antes de equivocarme?

¿He pasado por alto algo obvio?

Ahora lo que me intriga es que tú y yo estamos teniendo una perspectiva diferente (marcar una perspectiva alternativa)...

Quiero sacar un tema que no quiero que tomes como que te juzgo, pero me parece importante porque me preocupa y tenemos que hablarlo…

Aprecio lo que dices, pero ese es el efecto que me produce lo que haces o dices… O lo que hace o dice otro.

¿Qué te parece, Rafa?

Rafael: ¡Muy bien! Seguimos con más cuestiones importantes. Vamos a hablar ahora de un tema muy sensible para nuestras familias, pero necesario para poder comprender y ayudar eficazmente: los malos tratos.

Cuando un niño ha sufrido maltrato o abandono en la infancia, llega a la adolescencia en las peores condiciones para afrontar los cambios del neurodesarrollo propios de esta etapa. Los problemas de integración vertical originados por el maltrato hacen que se acuse más la inestabilidad generada por el crecimiento acelerado de las áreas límbicas y la incompetencia transitoria del córtex prefrontal.

La necesidad de figuras de apego con sistemas nerviosos bien integrados es máxima en esta situación. Presencia e influencia serían las palabras clave en las necesidades de apego adolescente. Como dice Daniel Siegel en su libro "La mente en desarrollo", los adultos deben convertirse para los adolescentes en la “pista de despegue” que les ayude a volar, y en el “puerto seguro” al que siempre pueden regresar para encontrar apoyo y contención.

Jose Luís: ¡Aquí neurociencia y apego se dan la mano de una manera fascinante, Rafa!. Es muy importante -según lo que acabas de contarnos- decirles (ponerlo en palabras) a los niños que se les ama siempre y, sobre todo, que se les valora, que los comentarios, críticas o valoraciones cotidianas es sobre lo que hacen o dicen, no sobre lo que son (aceptación fundamental), que en ningún momento sientan que nos avergonzamos de ellos o que les devaluamos. ¡La persona y la relación por encima de todo! No necesitan ser competentes en todo lo que hagan para ser amados y considerados por nosotros. 

También es fundamental que sientan que estamos siempre disponibles para ayudarlos, que desarrollen esa expectativa. Primero, estamos presentes (presencia segura) cuando se sientan agobiados, frustrados, tristes, enfadados..., ante cualquier vivencia… Y, después, tratamos de ayudarlos con sus problemas: "¿Qué puedes hacer?" "¿Cómo puedes manejarlo?" "¿Qué opciones tienes?" "¿Cómo te puedo ayudar yo? Cuando son más pequeñitos, los tenemos que acompañar, cuando van creciendo, les guiamos, pero ellos mismos van afrontando las situaciones y les enseñamos a afrontar los problemas. "¿Cuál es el problema?" "¿Posibles soluciones?" "¿Consecuencias al ponerlas en práctica?" "¿Para mí?" "¿Para los otros?" Todo lo que sea potenciar su capacidad reflexiva es muy importante. Hay veces que las cosas no saldrán bien y los reconfortamos. El dolor forma parte de la vida, pero estamos ahí para escuchar, calmar, abrazar, ayudar a narrar… El asunto no es tanto que nos pasen cosas difíciles, adversas… sino no contar con nadie. Que sepan claramente: "Si me necesitas, estoy". Eso da muchísima seguridad. 

Rafael: En conclusión, la adolescencia de los chicos y chicas víctimas de maltrato en la infancia exige todavía más de sus figuras de apego; por lo que es vital que éstas sean suficientemente capaces de regular sus emociones, conozcan bien las fortalezas y debilidades de sus propios sistemas nerviosos y cuenten, si es necesario, con presencias auxiliares (educadores, terapeutas, médicos) que generen una red de cerebros moldeadores. ¿Qué te parece?

Jose Luis: Cien por cien de acuerdo. Llegamos al fin de nuestra conversación. Ha sido un placer, como siempre, departir y encontrar lugares comunes contigo, amigo y colega.

Rafael: Lo mismo digo, amigo y colega Jose Luís, un auténtico gusto poder encontrarnos y buscar nexos y confluencias que logren aportar luz a las familias en el acompañamiento de sus hijos durante la crianza. 

lunes, 27 de noviembre de 2023

El origen de los sentimientos crónicos de vacío y soledad en personas con historias de negligencia y/o abandono grave.



Quiéreme, que no entiendo qué hago aquí

Quiéreme, si no quieres que esté muerto

Porque todo es un desierto

Fuera de ti

Luis Eduardo Aute




El origen de los sentimientos crónicos de vacío y soledad en personas adoptadas y acogidas con historias de negligencia y/o abandono grave

Jose Luis Gonzalo Marrodán
Psicólogo clínico y Traumaterapeuta sistémico



"Me siento súper triste

Tengo una bola en el pecho, me ahogo literalmente, no puedo respirar

Y esa sensación de vacío, de soledad, de tristeza profunda…

Los chicos, las compras, el alcohol... solo logran que se haga más y más grande cada vez

No sé por qué me pasa esto

Me quiero morir"


Este texto podría ser escrito por muchas personas. ¿Cuál es el denominador común de un buen número de pacientes que sienten un profundo abismo interior de vacío y soledad, acompañado de sensaciones corporales que viven como aniquiladoras? Lo que observo, más allá de etiquetas diagnósticas, es que comparten recuerdos implícitos de experiencias prolongadas de negligencia afectiva y física y/o abandono durante los dos primeros años de vida. Fundamentalmente, se puede hipotetizar que no hubo una figura adulta con la permanencia suficiente como para que las funciones del apego pudieran darse: una base segura interiorizada. O si la figura de apego estuvo, no hizo estas funciones de manera suficiente; o lo hizo de manera perturbadora.

Hasta ahora yo no había considerado tanto el papel del amor en el apego (había pensado más en la seguridad), es decir, que el bebé sienta que es amado en exclusiva. Creo que juega un rol importante. Lo intuía, pero nunca había tenido la oportunidad de leer sobre amor y apego. 

Leyendo el nuevo libro de Schore (2022) titulado “Psicoterapia del hemisferio derecho” (¡qué joya!) descubro que este autor precisamente se refiere al amor. ¿Cómo entiende Alan Schore el amor? De este modo:

“El amor puede referirse a un sentimiento de ternura, pasión y calidez, pero también a la acción de amar, que implica expresiones de afecto físico, cariño y actos de bondad”. Pienso en ello y me imagino que el cariño y la expresión del amor, y que el niño lo vaya sintiendo y grabando en su cuerpo y después representarlo en su mente, es un ingrediente necesario. Dice Schore: “El amor mutuo entre una madre y un bebé está incrustado en una relación de apego óptima, cocreada, recíproca, sincronizada, basada en el cuerpo y en la transacción emocional. Los bebés responden mucho menos al discurso y más a lo que se llama señales “extraordinarias” en forma de expresiones faciales y tonos de voz exagerados, a los que los bebés reaccionan con sonrisas, arrullos… Los bebés son seres activos en este cometido. Un comienzo afectivo temprano puede moldear epigenéticamente los procesos evolutivos que se expresan en la infancia”.

Al leer estas definiciones de Schore (2022), a uno le viene a la mente las aportaciones del psicoanalista Winnicott. Este autor afirma que una de las funciones de la madre o de la persona que haga esta función es la de Handling. “Son los soportes y cuidados concretos y reales que el niño necesita, al estar sintonizados y atentos a sus necesidades de manipulaciones de alivio sobre su cuerpo real: mirarlo, tocarlo, acariciarlo, limpiarlo es decirle: “te quiero, me importas, tú vales, mereces, eres objeto de mi amor” en el lenguaje del cuerpo; dejar de hacerlo es dar el mensaje contrario. El logro psicológico que permite un buen Handling es la vivencia de personalización, de habitarse a sí mismo…”  (Stutman, 2011).

Por lo tanto, qué importante es que el bebé experimente que los ojos de la madre lo aman profundamente y que alguien está ahí viendo su mente y sintiendo que le sienten. Winnicott no podía aventurar la trascendencia de sus observaciones y sus implicaciones para el desarrollo neurobiológico. Esto nos lo ha aportado Schore (2011) tiempo después, pues es en el cerebro derecho donde quedan disociados los terribles y aniquiladores afectos desreguladores que el bebé debe de experimentar cuando llora y nadie acude; cuando busca conexión y contacto a través del cuerpo y no hay nadie allí; cuando sólo ve durante horas y horas el techo de un orfanato; cuando tiene hambre y un gran dolor interno se le forma en todo su cuerpecito… 

Foto: Pinterest



Si entendemos todo esto, podremos entender también que nuestros niños y niñas, para poder sanar de todas estas heridas traumáticas, necesitarán sentir que estamos a su lado, acompañándolos, empáticamente. El afecto del profesional será fundamental en esta labor. Se re-experimentarán estos agujeros emocionales de vacío y soledad, pero esta vez debe ser diferente: el profesional está ahí y con su conexión y empatía le ayudará a sentirse presente y sostenido. Que "la sombra del tsunami" del trauma no le devore (Bromberg, 2011). Las técnicas y las interpretaciones quedarán en un segundo plano. Se le da demasiada primacía a lo técnico y poco a lo relacional en la formación de los profesionales. Schore (2022) habla en su libro del papel del afecto en psicoterapia como un ingrediente fundamental.

Hay otra función importante en la madre que Wnnicott investigó: el Holding, que sería algo así como el andamiaje. "Es la capacidad de sostener emocionalmente al niño, en todo momento y en todos los estados por los que pueda atravesar su afectividad y su impulsividad. Naturalmente habrá emociones placidas y otras altamente displacenteras y ahí requerirá que la madre le preste su capacidad de contención y sostén para que él logre sobrevivir a la intensidad de lo vivenciado". (Stutman, 2011)

"Si bien Bion y Winnicott, no se influyeron, ni siquiera contactaron mientras desarrollaban sus teorías, tienen mucho en común en este punto, ya que Bion propone el concepto de Reverie de la madre, como la capacidad de contención emocional. El diría que se espera que la madre en primera instancia y también el padre sean capaces de recibir las angustias, molestias y llantos del niño y transformarlos, devolviéndolos descargados de angustia, de una forma más apropiada en que sí puedan ser toleradas y recibidas por el niño". (Stutman, 2011)

Muchas personas tampoco pudieron vivir esta función de Reverie. Por ejemplo, algunos pacientes adoptados que trato fueron trasladados a un orfanato nada más nacer. No tuvieron figura de apego, los padres adoptivos recuerdan que se agarraban a un biberón y no lo soltaban durante horas. Sufrieron abandono emocional grave y desnutrición. Tras un periodo de complacencia, en la adolescencia, la desregulación emocional y los sentimientos de vacío y soledad son insoportables. La ira les produce un secuestro destructor y la angustia vital es para ellos una experiencia devastadora. No tuvieron la función de Holding, sostén, andamio, contención... Tan importante para la regulación y el desarrollo de un modelo interno de trabajo seguro. 

“Cuando la madre no cumple su función de sostén del yo, lo que surge es esta angustia impensable, portadora entonces de una amenaza de anonadamiento cuyas principales variantes se exponen a continuación: 1) Fragmentarse 2) Vivir una impresión de caída sin fin 3) Sentirse elevado a cumbres infinitas 4) Carecer de relación con el propio cuerpo y, por último, de orientación espacio temporal” (Nasio, 1996).

¿No podemos reconocer aquí a muchas personas que han sufrido abandono temprano?


"No tengo ganas de nada

Llevo horas paralizado

Nada me motiva, ni el deporte, ni el colegio, ni los amigos, ni la comida…

No disfruto con nada ni con nadie

Sólo puedo estar en la cama y que pase el día".



Esta expresiones tan tristes y duras de un adolescente que vive en un centro de acogida, que tiene doce años y sabe que (sin tener ninguna noticia de sus padres biológicos, con los que no se relaciona desde hace dos años), sin la perspectiva de ninguna familia acogedora (sabe que las familias no quieren niños mayores) su vida y necesidades dependen de los educadores del centro de acogida, que se vuelcan con él. Este niño sabe que a los dieciocho años le espera… la incertidumbre. ¿Con quién vivirá? ¿Qué será de él? Todo esto influye mucho, pero es que, además, este chico, durante los tres primeros años de vida, convivió con una madre que, por sus propios traumas y depresiones, consumía sustancias de manera muy frecuente. Eso generaba que este bebé fuera funcionalmente cuidado, pero la parte del "amor tranquilo" en el sentido de Schore (2022), no la vivió suficientemente. Y tampoco vivió lo que este autor denomina "el amor excitado", todo lo que es juego, risas, conexión… Por eso, este chico muestra esa falta de creatividad y deseo, porque no lo ha tenido, careció de ello en una etapa sensible para su neurodesarrollo; y ahora se observa en su no tener ganas de nada… Cualquiera le tomaría por un indolente, ¡qué injusto para él!. 

Foto: https://xn--elenapieiro-7db.com/neurociencia-y-terapias-basadas-en-juego/



Así pues, Schore (2022) refiere que el amor tiene tres etapas:

1ª etapa: Primeros meses después del nacimiento. 

Domina el amor tranquilo de una madre

Madre y bebé se conectan a nivel subcortical de la amígdala: se corresponde con el inconsciente profundo de Freud y el nivel más básico de seguridad y confianza.

2ª etapa: El amor mutuo materno-infantil.

Dos o tres meses. Entra en funcionamiento el sistema de apego de todos los mamíferos. Madre e hijo conectados a nivel de la corteza cingulada anterior (media en el apego y en la ansiedad de separación) Stern le llamó el SELF CENTRAL.

Se da también un amor más excitado y comienza el juego (del que hablaremos luego) Grandes habilidades en el bebé para coreografiar juegos e interacciones espontáneas.

Participan en interacciones por turnos (8 semanas)

Son importantes los movimientos del cuerpo y cabeza como las vocalizaciones, en la interacción con la madre.

3ª etapa: Protagonismo de la corteza orbitofrontal

Desde los 10-12 hasta los 18 meses

Las conductas y emociones afiliativas amorosas dejan huellas duraderas en la corteza orbitofrontal y en sus conexiones de dopamina tegmental ventral y en los centros de recompensa del cerebro, así como en la sustancia gris periacueductal implicada en el dolor emocional de la separación.

“Esto dividirá el mundo de los bebés en dos categorías: 1.- Los bebés que no han sido significativamente dejados caer en la infancia y cuya creencia en la confiabilidad los lleva hacia la adquisición de una confiabilidad personal… Estos bebés tienen continuidad existencial, conservan la capacidad para avanzar y retroceder y llegan a ser capaces de afrontar todos los riesgos porque están bien asegurados. 2.- Los bebés que han sido significativamente dejados caen dentro de una pauta de fallas ambientales; llevan consigo la experiencia de una angustia impensable o arcaica. Saben lo que es estar en un estado de confusión aguda o conocen la agonía de la desintegración. Saben qué significa que se los deje caer, qué significa la caída perpetua o escindirse en la desunión psicosomática". (Winnicott, 1991).

Perderse todo esto tiene consecuencias graves en el desarrollo que van más allá de las lecturas que habitualmente se hacen de las conductas que estos chicos y chicas nos muestran, que en realidad son la expresión de que algo grave ocurrió en sus vidas. Seamos justos con ellos y ellas. El profesional es convocado por el niño para que este sea claramente testigo de la injusticia sufrida, y aquel debe de validarla. 

El cambio de mirada, la evaluación comprensiva y el papel reparador de todos los que estamos trabajando con ellos y ellas, el valor de las relaciones amorosas y seguras, fuente de sanación, no puede ser sustituido por nada. Esto lleva mucho tiempo y se requiere que las experiencias reparadoras sean repetitivas. Así lo creemos, y para ello trabajamos día a día, los profesionales formados en el modelo de la traumaterapia infanto-juvenil sistémica. Y muchos otros y otras, "manada de mujeres y hombres buenas y buenos", como dice el gran (y maestro) Jorge Barudy. 


REFERENCIAS

Bromberg, P. (2011). La sombra del tsunami y el desarrollo de la mente relacional. Madrid: Ágora relacional.

Nasio, J. D. (1996). Grandes psicoanalistas. Gedisa.

Schore, A. (2011). Prólogo. En La sombra del tsunami y el desarrollo de la mente relacional. (pp 18-55). Madrid: Ágora relacional. 

Schore, A. (2022). Psicoterapia con el hemisferio derecho. Barcelona: Eleftheria.

Stutman Zapata, Analia (22/07/2011). Algunos aportes de Winnicott para la reflexión en torno al rol de la madre. Centro psicoanalítico de Madrid. https://www.centropsicoanaliticomadrid.com/publicaciones/revista/numero-5/algunos-aportes-de-winnicott-para-la-reflexion-en-torno-al-rol-de-la-madre/

Winnicott, D. W. (1991). La experiencia de mutualidad entre la madre y el bebé (1969). En Exploraciones psicoanalíticas I (pp. 299-311).