lunes, 16 de abril de 2018

El camino en adopción del "no merezco ser amado" a "creo que alguien por fin entiende lo que siento": Relato de una psicóloga en continuo aprendizaje, por Charo Blanco Guerrero, psicóloga y traumaterapeuta.


Diez meses, diez firmas III

Profesional invitada en el mes de abril de 2018: 

Charo Blanco Guerrero


Título de su artículo: 

"El camino en adopción del "no merezco ser amado" a "creo que por fin entiende lo que siento": Relato de una psicóloga en continuo aprendizaje.



Conocí a Charo Blanco en Barcelona. Dos colegas (un donostiarra y una sevillana) se conocen en Catalunya, así es nuestro mundo hoy en día, tan cercano como que sólo nos separa físicamente la distancia que hay en el pasillo de un avión. Ella estaba cursando el Postgrado en Traumaterapia Infanto-juvenil Sistémica de Barudy y Dantagnan, la promoción Apega 4 (2010-11), hace ya unos años. Tuve la inmensa dicha y suerte de ser elegido docente de este Postgrado y con ello la dicha también de conocer a Charo, alumna en aquel momento. Muchos/as de los profesionales de la red apega le conocéis porque habréis coincidido con ella en alguno de los encuentros que organizamos. Cuando le veo, siento que tenemos recorridos similares: ambos con trayectorias formativas y profesionales, previas a la Traumaterapia de Barudy y Dantagnan, que descubrimos en la misma el modelo integrador, con una nueva mirada comprensiva y adaptada al sufrimiento que los menores siempre expresan mediante lo que el mundo adulto ha denominado psicopatología. Charo Blanco terminó su formación en Traumaterapia y ahora ha sido elegida -como yo lo fui en su día- para coordinar la primera promoción de profesionales de la Red apega en Andalucía, concretamente en esa bella ciudad de la Costa del Sol que es Málaga. Compartimos, pues, también la apasionante aventura de acompañar y descubrir a otros/as que como nosotros en su día, empiezan a transitar por la formación de Jorge Barudy y Maryorie Dantagnan.

Cuando estoy con Charo Blanco siento tranquilidad, es una mujer cálida y serena. Estas cualidades, junto con su amplia formación y experiencia profesionales, le acompañan para atender y tratar a los niños y jóvenes (y sus familias) en su Centro Concilia, en Málaga, donde se ha especializado en el tratamiento, desde el modelo de la psicotraumaterapia, de menores adoptados y que acarrean a sus espaldas la pesada carga del maltrato sufrido en sus lugares de origen. No sólo serenidad y tranquilidad son necesarias en nuestro trabajo, por eso Charo en este artículo nos propone la extrema necesidad de que el niño experimente que al fin es experimentado por un adulto que ve y siente su mente. Ese el camino en adopción y acogimiento familiar que Charo nos propone en este sentido artículo.

Cuando le propuse a Charo Blanco, psicóloga, escribir para Buenos tratos reaccionó (el primer impulso) inmediatamente con un "sí, me encantaría" Por eso, y por muchas cosas más, le agradezco enormemente su colaboración, generosa y desinteresada, como la de todos/as los y las profesionales que dedicáis vuestro tiempo y sabiduría en participar en "Diez meses, diez firmas" Mil gracias, Charo, por formar parte del ilustre elenco de profesionales colaboradores/as de Buenos tratos.


Charo Blanco Guerrero. Soy Charo Blanco psicóloga y terapeuta infantil y empecé a trabajar en el mundo de la adopción en el año 1999. Me atrajo mucho todo el proceso de las familias en sus diferentes etapas, desde el inicio hasta concretar sus expectativas y deseos de ser padres. En la fase previa a la llegada de los niños, acompañaba a estas familias en la etapa de valoración para obtener su idoneidad, pero lo que me hizo adentrarme más en este mundo fue ir descubriendo poco a poco, las dificultades que presentaban estos niños a su llegada. En un índice elevado de casos incluso aquellos que habían sido adoptados de bebés, tenían retraso en diferentes áreas, trastornos de conducta y de vinculación etc. etc. Durante mucho tiempo mantuve en mi cabeza el error de que si no había recuerdos, no debía haber traumas ni sintomatología del mismo y decidí profundizar en mi formación hasta que realicé el Diplomado en Traumaterapia Infanto-juvenil Sistémica en el Centro IFIV de Barcelona, donde conocí a las personas de las que más he aprendido en este campo: Jorge Barudy y Maryorie Dantagnan. Hasta tal punto que cambié mi trayectoria profesional y decidí trabajar en la intervención clínica, y actualmente dirijo el Centro Concilia en Málaga, especializado en niños y familias adoptivas y menores con graves trastornos de conducta.

No puedo dejar de comenzar este relato sin repetir algo que ya otros colegas escribieron al participar en este magnífico blog: Cuando José Luis te pide que escribas en su blog sientes un enorme orgullo y una enorme responsabilidad por estar a la altura. Supongo que es ese miedo escénico que creo que debe acompañar a las personas prudentes que nos dedicamos a profesiones “delicadas” como la nuestra.

Por un lado, piensas que es interesante poder compartir tu experiencia y “tu sentir” en este trabajo tan apasionante que llevas a cabo con niños y adolescentes y familias marcadas por la adversidad. Pero por otro lado piensas: "¿acerca de qué puedo sentarme a escribir que no suene repetitivo, que aporte algo y que refleje mis verdaderas emociones siempre que me refiero a algo que atañe a estas personas?" Se necesita valor para ello, el mismo valor que ellos demuestran en esa entrañable sala de terapia llamada Sala de Valientes cuando comparten su dolor con una desconocida. 

Voy a tomar su ejemplo y a armarme de valor para poder escribir desde la experiencia, pero sobre todo desde el corazón, que es el que debe dictar nuestros mejores relatos.

Cuando una personita o persona, entendiendo esta distinción únicamente por un criterio cronológico de edad, entra por primera vez en mi  Sala de Valientes, parto de la premisa de que no quiere venir, viene a un sitio desconocido a hablar con una desconocida sobre temas que no desea compartir con casi nadie y que no desearía recordar nunca más. 


Charo Blanco con nuestro querido Jorge Barudy en la Sala de Valientes
del Centro Concilia en Málaga.

Intento descubrir en sus ojos si hay miedo o tristeza y casi siempre descubro una mezcla de ambas, pero también en la mayoría de los casos descubro con gozo una necesidad de ayuda, de ser escuchados. Y digo con gozo porque eso es lo que me da la fuerza para intentar no ver las estrategias ni las máscaras que han elaborado para disimular esa tristeza y ese dolor, y descubrir las causas de por qué muchos de ellos decidieron hace tiempo no confiar en nadie. Ganar esa confianza es desde ese momento mi hoja de ruta.

Mucho se ha hablado de la empatía como cualidad necesaria y obligada para poder trabajar en profesiones asistenciales, pero a veces la capacidad empática no es suficiente para poder entender el daño que debe haber sufrido alguien para lanzar, con su conducta, un mensaje tan contradictorio a lo que verdaderamente siente. Si tienes frente a ti a una persona que intenta poner todas las barreras posibles para que llegues a ella, y si rechaza abiertamente tu ayuda y se niega a abordar todo aquello que le produjo tanto daño, es fácil tomar distancia y llegar a la conclusión de que nada puedes hacer por alguien que se está ahogando, pero no quiere agarrarse a un salvavidas.

Los padres, profesores, amigos, hijos, parejas de personas dañadas por un pasado traumático tienen que descifrar diariamente un mensaje que les dice “aléjate de mí porque no te necesito” y codificarlo en forma de “no sé cómo pedir esa ayuda que tanto necesito y no sé cómo volver a confiar en los demás”. Por eso es imprescindible algo más que la capacidad de empatizar con ellos para permanecer a su lado y ponerse un chubasquero ante sus palabras o actos que sólo buscan confirmar su visión negativa del mundo y tenderles la mano cuando se rompen y muestran su fragilidad.

Cuando empecé a conocer el concepto de Mentalización, leyendo a Peter Fonagy, descubrí que complementaba y amplificaba la capacidad empática que debe tener un terapeuta, que debe ver más allá de las palabras y de los actos y encontré una herramienta útil para explorar mejor dentro de mí, aquellas cualidades con las que contribuir a mitigar el dolor de estas personas. 

Cuando trabajas con alguien en terapia y percibes el dolor en su mirada, en sus palabras, en sus representaciones, en lo que no dice y en lo que evita, es necesario llegar más allá de esa percepción y esa suposición del daño y la huella que han debido dejar todos aquellos actos terribles a los que fue sometido. Es necesario interpretar que tras su conducta existen unas necesidades, unos deseos, unos sentimientos y unas creencias que son las que organizan y a veces desorganizan todo ese entramado de señales y mensajes con los que se maneja en las relaciones interpersonales. 


"No sé cómo pedir esa ayuda que tanto necesito".
"No sé cómo volver a confiar en los demás”
.

En definitiva, esta sería una buena aproximación al concepto de Mentalización: la capacidad de percibir e interpretar el comportamiento del otro en relación con los estados mentales intencionales, es decir, inferir que detrás de ese comportamiento existen necesidades, deseos, sentimientos y creencias aunque no se hagan explícitas. Y es aquí donde radica la complejidad del trabajo terapéutico.

Las experiencias emocionales adversas en el seno de relaciones traumáticas son las que determinan que las relaciones posteriores de estas personas sean en muchos casos complicadas y desreguladas. 

Los trastornos de apego tienen su origen en el seno de las relaciones con personas significativas, por eso en los casos de niños adoptados con los que más trabajo, donde más dificultades encuentro es en la creación del vínculo con la nueva familia. Mucho se ha escrito ya acerca de que los niños adoptados han interiorizado en un porcentaje elevado de casos, un modelo interno de sí mismos como no merecedores de amor puesto que las personas que debían haberle cuidado, le maltrataron o simplemente renunciaron a ejercer como padres. 

En muchas ocasiones escucho decir sobre todo a adolescentes adoptados, que sus padres no les entienden y que la relación entre ellos no funciona, manteniendo el fantasma de que, con los otros padres, a los que en ocasiones se refieren como “padres verdaderos” sería diferente, a pesar de mantener la percepción de que les abandonaron. Es una contradicción emocional y unos sentimientos difíciles de manejar. En una sola cabeza no pueden caber dos madres y dos padres a los que se les atribuyen intencionalidades tan diferentes, y desgraciadamente esta es la paradoja de estos niños, que luchan contra sus propios sentimientos y casi siempre en silencio. El conflicto de lealtad hacia su nueva familia no les permite verbalizar estos pensamientos y estos recuerdos. En los casos de adversidad temprana el niño desarrolla una vivencia de sí mismo y se experimenta como alguien menos válido, menos digno de amor, a veces sienten que las demás personas de su entorno no les ven, a veces se sienten invisibles. 



"Tras su conducta existen unas necesidades, unos deseos, unos sentimientos y unas creencias
que son las que organizan y a veces desorganizan todo ese entramado de señales y mensajes
con los que se maneja en las relaciones interpersonales". (Charo Blanco, psicóloga) 

Me viene a la mente el caso de una chica que fue adoptada a los 7 años y a sus 18 años me decía: “yo recuerdo perfectamente a mi abuela y a mi hermana, iba a menudo a su casa en vacaciones y mantuvimos el contacto hasta pocos días antes de venirme de Rusia, creo que todavía las quiero pero al principio de llegar a mi nueva familia, cuando hablaba de ellas, veía tristeza en la cara de mi madre y poco a poco dejamos de hablar de eso”. En la Sala de Valientes, a mí me correspondió la tarea de acompañarle por esos recuerdos que había intentado enterrar y que en el presente eran el objeto de su tristeza y de su falta de expectativas en las relaciones en general. Ella hizo un trabajo maravilloso en el que pudo explicar a su madre lo importante que era para ella mantener en su mente, en su historia de vida, a aquellas personas que un día formaron parte de ella y manifestó su deseo de volver a aquellos lugares con más o menos posibilidades de encontrarse con ellas. Desde entonces su madre también intenta acompañarla en ese camino.

Esa comprensión que debe ser moldeada en estas personas sobre ellos mismos y sobre los demás, se ve gravemente comprometida por el daño infligido sobre ellos. Difícil paradoja también la de intentar comprender que hay en la mente de los adultos y cuales son sus sentimientos, si a ellos mismos no se les ayudó a identificar sus propias necesidades, ni fueron satisfechas. Obviamente no fueron objeto de la aceptación, protección y comprensión para su posterior autonomía y confianza. Las incompetencias parentales impidieron a ese niño ser objeto de aprobación y de seguridad, esas que buscarán incansablemente en las relaciones posteriores, no sólo en su grupo de iguales sino sobre todo y principalmente en sus padres. 

Por eso me encuentro a veces que muchos de los niños adoptados con los que trabajo se han adaptado perfectamente a las necesidades de los adultos y han desarrollado una “personalidad como si” o un “falso Yo” al que se refiere magistralmente Alice Miller en su libro “El drama del niño dotado”. Han desplegado una conducta que muestra sólo lo que se espera o se desea de ellos, han aprendido a captar señales inconscientes de las necesidades del otro, puesto que esto les asegura el amor y la permanencia de sus padres. Esto tiene un precio en sus relaciones posteriores y es un trastorno en su forma de vincularse, queriendo satisfacer con personas sustitutorias las necesidades no satisfechas en la infancia. 

El niño aprende a reprimir sus sentimientos propios, tanto de amor como de fracasos e inseguridad, pero posteriormente aparecerán mecanismos de defensa que habrá que descifrar durante la terapia. Esto evitará una dependencia insana y una necesidad de aprobación constante de otras personas.

Volviendo al concepto de Mentalización que va más allá de la empatía como cualidad intrínseca al terapeuta, nos referíamos a la capacidad de interpretar estados mentales y todas las emociones que subyacen detrás de una conducta. Por eso si somos conscientes de las estrategias que una persona dañada es capaz de desarrollar para encapsular de alguna manera todas aquellas vivencias, seremos conscientes aún más de la necesidad de no realizar inferencias que puedan dar lugar a errores porque pueden situarnos en una postura inquisitiva o enjuiciadora. 


"Representar y percibir las necesidades de ese niño, porque nadie antes lo hizo"
(Charo Blanco, psicóloga)

No podemos quedarnos en las palabras o en las conductas manifestadas porque a veces pueden provocar distancia entre el paciente y el terapeuta, debemos estar situados en una posición de total aceptación y disponibilidad para conocer esas experiencias, pero también debemos manejar bien el binomio entre lo cognitivo y lo afectivo porque somos seres humanos con nuestras vivencias y con un pasado propios, que no deben servir nunca para proyectar en las experiencias ajenas, aquellos recursos que a nosotros nos sirvieron y que nos han ayudado a llegar a nuestro presente, a nuestra profesión de facilitadores, de terapeutas. Precisamente estas personas con las que trabajamos, no tuvieron a adultos disponibles que pudieran interpretar el estado mental del niño que fueron, y ese, entiendo yo, es el papel que nos toca “representar” y nunca este término fue más acertado, en la Sala de Valientes: Representar y percibir las necesidades de ese niño, porque nadie antes lo hizo.

Nunca me he referido por escrito a este caso, pero reconozco que hay un antes y un después en mi vida tanto personal como laboral, cuando tuve la oportunidad de comenzar a trabajar con una niña adoptada de 12 años que había sufrido abusos sexuales por parte de su padre biológico hasta los 6 años que fue retirada. Aún me cuesta recordar detalles de aquella sesión en la que en la casa de muñecas y con todo lujo de detalles me explicaba que era lo que ocurría en esa habitación, cuando sus padres ebrios discutían y a veces mantenían relaciones en su presencia y otras veces, si la madre se dormía, su padre entraba en su habitación y abusaba de ella. Para describir las emociones y los pensamientos que en esos momentos me inundaban necesitaría espacio y tiempo, pero creo que son obvios. Me costaba contenerme, mantenerme firme y poder asumir que tenía a una criatura que había sufrido algo atroz, que relataba como si estuviera contando una historia que no tuviera que ver con ella y que sobre todo escrutaba mi mirada ante su relato, con lo cual yo debía sostener la conexión con ella en todo momento. 

Necesité varios días para reponerme de aquella sesión y del esfuerzo que tuve que hacer para no abrazarla y echarme a llorar con ella. Pero nunca olvidaré su mirada que no apartaba de la mía como buscando algo que en ese momento yo no entendía bien, que se podía intuir como la necesidad de comprensión, solidaridad, afecto… o todo ello unido y al final cuando me preguntó si yo conocía a otra niña que le hubiera pasado lo mismo, entendí la tremenda soledad que debía haber sentido no ya durante esos momentos tan terribles, sino posteriormente cuando percibía que nadie podría entender lo que le había ocurrido y pensaba que no debía hablar de ello. 

Al poner título a este artículo y al comenzar a escribir no podía apartar a esta niña de mi cabeza y concluí que había recorrido con ella un camino duro y tortuoso, pero que ella además de sentirse liberada de la carga que llevaba a modo de recuerdos y de culpabilidad callados, sentía que había alguien que podía entender lo que le había ocurrido, por primera vez y en palabras de Daniel Siegel “se sentía sentida” y entonces este post también cobró forma y sentido.

Entendí entonces que la persona que está en la Sala de Valientes necesita de mí algo más allá de la empatía, más allá de la mentalización que me permita adivinar cuales son sus “buenas razones” para comportarse o manejar así su vida. Necesita que yo esté disponible y con conciencia plena en la realidad, en su realidad y que muestre mi aceptación, respeto y disponibilidad más absoluta hacia su historia, hacia su persona. Algo que le negaron cuando más lo necesitaba las personas a las que más necesitaba: sus padres.

lunes, 9 de abril de 2018

Taller especializado: Psiconeurobiología de la caja de arena. Aplicaciones de la caja de arena (Sandtray) al trauma. Sevilla, 19 de mayo 2018. Organiza: Centro Reddes de Intervención.


Taller especializado: 
Psiconeurobiología de la caja de arena.
Aplicaciones de la caja de arena (Sandtray) al trauma.
Organiza: Centro Reddes de Intervención.
Sevilla, 19 de mayo 2018




PRESENTACIÓN

Los pacientes que presentan trauma complejo (han sufrido de manera prolongada relaciones tempranas de apego caracterizadas por el maltrato, el abandono o el abuso sexual. O ya de adultos ha habido personas que les han maltratado, acosado, agredido, abusado…), suelen presentar dificultades de moderadas a severas para la regulación emocional y de los niveles de excitación. Fácilmente se salen fuera de la ventana de tolerancia a las emociones. Sus reacciones ante las amenazas percibidas pueden conllevar la activación de las defensas que les sirvieron para sobrevivir: luchar, huir, bloquearse, grito de ayuda o disociarse. El sentido del self de estas personas –sentido de uno mismo a lo largo del tiempo- suele ser difuso. Además, pueden manifestar patrones de vinculación insegura con los otros (tienen rasgos evitativos, ansioso-resistentes o desorganizados) que son el legado del apego temprano que tuvieron que desarrollar para adaptarse a lo que sus primeros cuidadores les ofrecieron. 

La integración de los contenidos traumáticos ha de hacerse en fases avanzadas de la terapia, cuando el paciente presente niveles óptimos de regulación emocional, haya desarrollado un sentido de lo que le ocurre (también trabajando psicoeducación emocional) y manifieste una integración cerebral suficiente que le permita poder procesar los contenidos traumáticos. A menudo, además, hemos de ayudarles a reconstruir sus fragmentadas, incoherentes e inconexas historias de vida para que logren un sentido de sí mismos más integrado. 

Con los pacientes con trauma complejo debemos de proceder en la psicoterapia y con la técnica de la caja de arena con cautela, siendo capaces de crear con el paciente un vínculo de seguridad y confort, que el paciente desarrolle la expectativa de que la persona y las habilidades del profesional pueden ayudarle a regular sus estados internos en caso de descompensación, sin prisa y con grandes dosis de comunicación afectiva y empática

Por todo ello, la psicoterapia con estos pacientes es un desafío. La técnica de la caja de arena puede constituirse, dentro de un programa psicoterapéutico basado en los modelos del trauma y el apego, en un instrumento idóneo. Ahora bien, las intervenciones con la caja de arena no están basadas en una cura verbal sino en el uso de la técnica para favorecer la regulación emocional, la conexión del paciente con el mundo en la arena y el psicoterapeuta y, si procede en ese momento, el procesamiento de los contenidos traumáticos. La caja de arena es una técnica que trabaja a un nivel inconsciente, operando mediante el pensamiento en imágenes y llegando delicadamente al hemisferio derecho, donde se grabaron las imágenes, las sensaciones y las emociones que forman parte de lo traumático. Es un taller silencioso de la mente. 

Por eso, hemos de confiar plenamente en el proceso y tratar de apartar la idea de que los mundos en la arena deben de comprenderse y entenderse solo desde los significados verbales. Los significados profundos de la relación del mundo en la arena con la vida personal y con el ámbito universal (arquetípico) del paciente suelen trabajarse en fases posteriores de la terapia, si aquel puede beneficiarse de un trabajo a este nivel.

Por otro lado, los aportes que la neurociencia nos ofrece nos permiten saber que, durante las fases de creación, contemplación y postcreación de una escena en la arena suceden cambios asombrosos en el cerebro. Del mismo modo, cuando un paciente está trabajando con una caja de arena y se produce un procesamiento de la información emocional, en el cerebro suceden modificaciones y se crean nuevas conexiones neuronales, esto es, favorece la neuroplasticidad cerebral y con ello el cambio terapéutico. En este taller vamos a conocer también qué sucede en el cerebro de las personas cuando hacen una caja de arena.

CONTENIDOS

Conceptos importantes en trauma: trauma simple, trauma complejo, ventana de tolerancia a las emociones, características de los pacientes con trauma complejo y apego desorganizado.

Previo al trabajo con el paciente en la caja de arena: aprendizaje de recursos de regulación emocional.

Metodologías de trabajo con la caja de arena: no directiva y directiva. ¿Cuál? ¿Cómo? ¿Cuándo?

La caja de arena en el tratamiento del trauma complejo: conexión emocional con el paciente, con el mundo en la arena y entre los tres.

El mantenimiento de la armonía relacional: cómo reparar la pérdida de la conexión y las disrupciones en la comunicación sintonizada.

La caja de arena para el trabajo de la regulación de las emociones.

La caja de arena para empoderar al paciente: potenciación de recursos y fortalezas.

La caja de arena para procesar contenidos traumáticos.

Psiconeurobiología de la caja de arena: ¿qué sucede en el cerebro cuando hacemos una caja de arena?

METODOLOGÍA

Exposiciones orales.

Modelado de cajas de arena por parte de los docentes.

Trabajo de los alumnos/as con las cajas de arena realizando el papel de paciente y del psicoterapeuta. Feedback de los docentes sobre su actuación y sobre los aspectos psiconeurobiológicos de la caja de arena realizada por los alumnos/as.

Visionado de vídeos.

DURACIÓN

19 de mayo, viernes. 10 horas.

DOCENTES

Ambos autores del libro: “La armonía relacional. Aplicaciones de la caja de arena a la traumaterapia” Desclée de Brouwer: Bilbao.

Rafael Benito Moraga. San Sebastián-Donostia, 1964. Psiquiatra, Terapeuta familiar, Postgrado en traumaterapia sistémica-infantil por el IFIV de Barcelona. Trabaja en su consulta privada realizando tratamiento psiquiátrico y psicoterapéutico de adolescentes y adultos. Desde 1999 su campo de interés profesional se centra en el impacto que tienen las circunstancias adversas sufridas en la infancia en el desarrollo neurobiológico y fisiológico a lo largo de la vida. Combina su actividad como psicoterapeuta con la de formador de profesionales y familias.

José Luis Gonzalo Marrodán. San Sebastián-Donostia, 1967. Psicólogo Especialista en Psicología Clínica. Psicoterapeuta por la EFPA. Postgrado en traumaterapia sistémica-infantil por el IFIV de Barcelona. Clínico EMDR adultos y EMDR en niños y adolescentes (nivel II) Trabaja en su consulta privada realizando tratamiento psicoterapéutico a niños, adolescentes y adultos. Desde 1999 su campo de interés profesional se centra en la psicoterapia basada en el apego y en la traumaterapia con niños y jóvenes adoptados y acogidos. Combina su actividad como psicoterapeuta con la de formador de profesionales y familias. Dirige el blog: www.buenostratos.com.

INFORMACIÓN E INSCRIPCIONES

Zulaima Higazi.
Centro Reddes de Intervención.
centroreddes@gmail.com

NOTA: Para hacer este taller hay que haber cursado antes el taller básico.


Taller básico de la técnica de la caja de arena (sandtray) en Sevilla, 18 de mayo de 2018. Organiza Centro Reddes de Intervención.


Taller básico de la técnica de la caja de arena
Cómo conducir una sesión con la caja de arena (Sandtray) 

Sevilla,18 de mayo 2018
Organiza: Centro Reddes de Intervención




PRESENTACIÓN


Esta técnica permite trabajar cuando resulta difícil la verbalización de los contenidos psíquicos; y esto es especialmente importante cuando el paciente tiene dificultades en ponerlos en palabras, como ocurre habitualmente en los niños. Cuando el origen del problema es un trauma infantil, recordar y explicar es una fuente adicional de sufrimiento. Utilizar la caja de arena permite la distancia emocional necesaria para ir elaborando la experiencia traumática sin tanto dolor. Además, el juego es el lenguaje natural del niño y le aporta una narrativa que le permite liberar, expresar y simbolizar, desarrollando sentimientos de control, lo que sucede y lo que vive en su interior. El modelo teórico en el que insertamos la aplicación de la técnica se basa, pues, en las aplicaciones del trauma, el apego y la resiliencia.

En este curso básico pretendemos que los alumnos/as puedan sentir la experiencia de hacer una caja de arena aplicando correctamente los pasos que se deben de seguir para llevar adelante una sesión con la caja de arena en sus tres fases: preparación, creación y postcreación, tanto desde el rol del paciente como del psicoterapeuta.

Aprenderemos los orígenes de la técnica, los materiales que necesitamos y dónde adquirirlos, las consignas que deben de darse al paciente, los aspectos que deben de respetarse, alcances y limitaciones de la técnica, la actitud del terapeuta y las precauciones con determinados pacientes.

Lo más importante de todo es la vivencia de realizar la caja de arena con un terapeuta conectado emocionalmente y receptivo empáticamente. Por ello, la mayor parte del tiempo del taller la dedicaremos a la práctica, a que todos/as los/as alumnos/as hagan su caja de arena y puedan ensayar el rol de psicoterapeuta.

METODOLOGÍA

Comprende la elaboración de cajas de arena por parte de los alumnos, aprendiendo los pasos en la aplicación y conducción de una sesión junto con breves exposiciones teóricas y el visionado de vídeos con casos prácticos reales.

DURACIÓN

8 horas.


DOCENTE

José Luis Gonzalo Marrodán. San Sebastián-Donostia, 1967. Psicólogo Especialista en Psicología Clínica. Psicoterapeuta por la EFPA. Postgrado en traumaterapia sistémica-infantil por el IFIV de Barcelona. Clínico EMDR adultos y EMDR en niños y adolescentes (nivel II) Trabaja en su consulta privada realizando tratamiento psicoterapéutico a niños, adolescentes y adultos. Desde 1999 su campo de interés profesional se centra en la psicoterapia basada en el apego y en la traumaterapia con niños y jóvenes adoptados y acogidos. Combina su actividad como psicoterapeuta con la de formador de profesionales y familias. Dirige el blog: www.buenostratos.com.

INFORMACIÓN E INSCRIPCIONES

Zulaima Higazi
centroreddes@gmail.com

lunes, 2 de abril de 2018

10 preguntas que los padres o cuidadores se hacen sobre resiliencia infantil.

Adrián Cordellat me entrevistó para la revista Padres y colegios de la que es redactor. Parte de lo que le transmití ha quedado recogido en la entrevista. Pero queda otra parte -que no se reflejó en la misma- y que no quiero que se quede en el cajón. Así pues, os la ofrezco esperando que os sea útil.

¿Cómo definirías el concepto de resiliencia?

Es un fenómeno que siempre ha existido pero que recientemente le hemos puesto nombre. La resiliencia es la capacidad de todo ser humano no sólo de reponerse de las adversidades de la vida y de los traumas, sino incluso de crecer a partir de los mismos y salir transformado y fortalecido. Dentro de la resiliencia hay dos visiones: una que proviene de Estados Unidos que pone el acento en el afrontamiento positivo tras la aceptación de la adversidad o la crisis vital; y otra, más afianzada en Europa, que postula que la resiliencia no sólo sería eso, sino que supondría el desarrollo de cualidades insospechadas, un crecimiento postraumático. Boris Cyrulnik, principal representante, afirma que es “un lugar, un acontecimiento, una obra de arte que provoca un renacer del desarrollo psicológico tras el trauma” Su obra clave titulada “Los patitos feos: una infancia infeliz no determina una vida” pone el énfasis en esta idea de la reconstrucción: el patito feo del cuento se transforma en un bello cisne.

Jorge Barudy es experto en el tema de la resiliencia y un ejemplo personal
de que esta es posible.

Hablamos de una cualidad cada vez más mencionada y a la que se le da más valor e importancia. ¿Por qué es importante la resiliencia?

Como dice Jorge Barudy, amigo y colega, uno de los autores y referente en el ámbito de estudio de la resiliencia, y una persona que ha demostrado que esta es posible (él es superviviente de la tortura por parte del régimen de Pinochet, haciendo un proceso de reconstrucción admirable y convirtiéndose en un psiquiatra que trabaja y se compromete con la infancia maltratada), se ha puesto tan de moda que el concepto puede ser desvirtuado. Puede usarse como receta para la felicidad y nada más lejos de eso. La resiliencia es importante porque pone el acento en el estudio de los aspectos que mantienen a las personas sanas o adaptadas psicológicamente frente a las adversidades de la vida y no en lo que nos hace enfermar. Hasta hace no mucho, la psicología y la psiquiatría han estado más ocupadas en el estudio científico de lo que nos hace desarrollar patología. La resiliencia es un cambio de mirada sobre la persona y cree en las posibilidades y los recursos internos de esta para sanar de las heridas emocionales. Pero siempre y cuando a las personas les proveamos de otras personas y entornos solidarios que potencien dichas cualidades, pues la resiliencia es una construcción social. Es peligroso pensar que como las personas tienen cualidades resilientes “per se”, apoyemos los recortes en servicios sociales y sanidad, por ejemplo. Sin un "otro" con quien vincules, al lado, y un entono favorecedor y proveedor de recursos, la emergencia de la resiliencia es más complicada.

¿Una persona nace con resiliencia o se hace? Quiero decir, ¿la resiliencia es algo a lo que tenemos predisposición genética o algo en lo que hay que trabajar?

Hoy en día una ciencia emerge con fuerza: la epigenética. Significa literalmente “sobre la genética” Rafael Benito, psiquiatra y psicoterapeuta, amigo y colega, nos enseña que, aunque heredamos unas predisposiciones genéticas y un temperamento, los genes sin variar la estructura del ADN, pueden ser influenciados por el ambiente (desde el minuto cero de nacimiento) de tal modo que unos se expresen y otros se silencien. Hay personas que pueden nacer con una predisposición a tener problemas mentales o emocionales, pero si se encuentran con un entorno afectivo y contenedor, no desarrollarán dichos problemas. 


Rafael Benito Moraga, psiquiatra experto en neurobiología del maltrato infantil
y un gran estudioso y apasionado del tema.

La resiliencia es, desde luego, algo a trabajar, necesita del apoyo de personas y experiencias significativas para que hagamos un proceso en el que desarrollemos cualidades que nos permitan afrontar constructivamente los problemas y golpes de la vida, y que podamos aprender y crecer desde los mismos, crecer desde la adversidad. Como dice Boris Cyrulnik, “estás sufriendo, permanece atento que algo bello va a suceder” Se refiere entre otros aspectos, a esa capacidad de crecimiento postraumático.

Tengo entendido que hay dos tipos de resiliencias: primaria y secundaria. ¿En qué se diferencian?

Jorge Barudy es quien diferencia entre resiliencia primaria y secundaria. La resiliencia primaria es la experiencia de contar desde el principio de la vida con unos padres o cuidadores competentes que nos dan seguridad, los cuales, a través de la empatía y el afecto, con sensibilidad y también con contención y límites, son quienes nos otorgan el fundamento para estar y ser en el mundo. Gracias a esa experiencia de vínculo de apego seguro hacia los padres o cuidadores primarios nuestro cerebro-mente se organiza, siendo la primera escuela de aprendizaje emocional y social. Tomando como metáfora un edificio, la resiliencia primaria serían los cimientos.

La resiliencia secundaria sería la que podemos desarrollar aunque no hayamos contado con una experiencia de apego suficientemente segura, o cuando hayamos sufrido experiencias duras como el abandono, la negligencia, el maltrato, las pérdidas de seres queridos u otro tipo de traumas como guerras, pobreza, privaciones, exilio, enfermedades… sobre todo a edades tempranas, porque gracias a personas (o experiencias significativas) y entornos de apoyo y sostén, podemos extraer de las mismas los recursos necesarios para rehacernos. Son los denominados tutores de resiliencia, personas que bien de una manera explícita o implícita están a nuestro lado, cambian la mirada sobre nosotros, nos aceptan incondicionalmente (a la persona, al ser humano), creen en nuestras posibilidades, nos dan oportunidades y nos proveen de diferentes recursos para poder encontrar un punto de apoyo y desde ahí transformarnos, sanar de las heridas emocionales o psíquicas y proyectarnos a futuro como seres humanos válidos y dignos para nosotros y los demás. La metáfora de la palanca de Arquímedes, como dicen los autores, psicólogos Gema Puig y José Luis Rubio en el libro Tutores de resiliencia”, lo explicaría muy bien: “Dadme un punto de apoyo y moveré MI mundo” Esto es lo que los niños (y también los adultos en momentos críticos) necesitan para hacerse resilientes.

¿Cómo podemos ayudar/enseñar a los niños a ser resilientes?

Todo niño necesita al menos una persona a su lado que crea en él durante todo el tiempo que dure su crecimiento y maduración y satisfaga sus necesidades (físicas, afectivas, éticas y normativas) Un adulto principalmente coherente pero flexible, estable emocionalmente, afectivo pero firme en los momentos en los que hay que mantener la consistencia ante transgresiones y que estimule el desarrollo del niño a través del juego. No alguien perfecto -que no existe-, sino alguien consciente de su trascendente labor de padre, madre o adulto cuidador y dispuesto a reflexionar sobre su tarea de crianza o educativa. El resto de personas que conforman la red social de un niño (su familia extensa, su profesor, educadores deportivos, artísticos, amigos…) son también importantes referentes. Porque los niños, sobre todo, aprenden de lo que ven en nosotros, de nuestro modelo de actuación (de si somos coherentes entre lo que decimos y hacemos), de cómo reflexionamos y afrontamos las dificultades y adversidades de la vida. Aprenden de lo que ven y de lo que les inculcamos y enseñamos, porque lo interiorizan. Y ¡ojo! que resiliente no implica no sentir dolor ni ser invulnerable o todopoderoso. El dolor forma parte de la experiencia de la vida. Resiliente quiere decir que, a pesar de todo -con apoyo, pero sin suplantar a la persona-, te rehaces y continuas el camino de la vida transformándote gracias a las cualidades internas que emergen.


Un niño construye resiliencia si tiene a lo largo de su desarrollo
un adulto competente que crea en sus posibilidades.

¿Cómo podemos hacerlo si nosotros, como padres, no somos resilientes? ¿Dificulta esto la tarea?

Sí que la dificulta. Porque un niño necesita a ese adulto competente. Si los padres no son resilientes, dejarse ayudar para ser conscientes de ello y hacer un trabajo personal para serlo, sería un buen indicador. Los niños pueden desarrollar, en caso contrario, un proceso resiliente gracias a otras personas: familias de acogida o educadores en casos graves de desprotección. También un maestro o escuela pueden ser favorecedores de resiliencia. Si hay un potente cambio de mirada en el profesor hacia el niño, puede hacer emerger lo mejor de este. Hay niños que tienen en los maestros a referentes muy importantes, vitales, y como dice Boris Cyrulnik, ellos no saben cuán trascendentes fueron para el niño.

¿Qué beneficios tendrá para ellos a medio y largo plazo esta resiliencia?

Uno de los estudios pioneros en resiliencia (Werner, 1992) estudió, en una isla de Hawái azotada por la adversidad y los traumas como ninguna, a las personas desde su niñez hasta la vida adulta, lo que se denomina un estudio longitudinal. Se esperaba en la adultez obtener un índice alto de patología, pero los investigadores se llevaron una sorpresa: un 30% de personas se encontraban psicológicamente bien y llevaban una vida adaptada a pesar de haber padecido traumas severos en su infancia. ¿Qué marcaba la diferencia? Los que no enfermaron mentalmente tuvieron la oportunidad de tener a su lado un adulto que los aceptó incondicionalmente con independencia de su raza, religión, etnia… Esto nos indica la enorme importancia para la salud mental que tiene ser respetuoso siempre con la persona del niño. Así pues, lo que está en juego a medio y largo plazo es nada más y nada menos que la salud mental y el bienestar físico. Un pilar importantísimo lo es el fomento de la la resiliencia acompañando al niño en su desarrollo. Lo malo es que nuestra sociedad fuerza a los niños a una autonomía cada vez más prematura y al “háztelo tú mismo”. Los niños para desarrollarse bien necesitan adultos competentes emocionalmente a su lado, primero a los padres o cuidadores, y después, a otras personas significativas de su entorno. La sociedad no lo pone fácil porque cada vez los adultos pasan más tiempo fuera, en el trabajo, o llegan agotados tras una dura jornada y no tienen energía para criar al niño.

¿Qué cualidades suelen tener, generalizando, los niños resilientes?

Personalmente no soy partidario de hablar de resiliencia como algo logrado sino como un proceso que empieza desde que nacemos, sentando, gracias a los buenos tratos, las bases de un desarrollo sano físico y mental, hasta que morimos. Constantemente estamos en ese camino de cultivar la resiliencia. Los niños que van construyendo resiliencia van presentando cualidades en la primera infancia de confianza y seguridad en el mundo adulto. Hacia los cuatro años, van siendo capaces de regular sus emociones y pueden comprender que el otro tiene una mente. Hacia la edad de comienzo de la primaria, están en situación de socializar adecuadamente colaborando con los iguales. En la segunda infancia, son más estables emocionalmente, toleran mejor las frustraciones, perseveran ante las dificultades, se muestran más optimistas y esperanzados ante los reveses de la vida y creen más en sí mismos. Muestran más capacidad para compartir y participar en actividades con gozo y disfrute. ¡Siempre con un adulto a su lado!, porque los cerebros de los niños son inmaduros y están en desarrollo, y precisan, como dice Jorge Barudy, “tomar prestado” el de los adultos. No nos olvidemos que los niños, con ayuda, pueden ir consiguiendo estas cualidades si no antes, posteriormente.



Capacidad de adaptación, positivismo, gestión emocional… ¿la resiliencia ayuda a desarrollar muchas de las características cada vez más cotizadas y que los padres más deseamos en nuestros hijos?

Sí, pero no nos olvidemos que no hay recetas. Y que los niños no son de ninguna manera por ellos mismos, que los rasgos que desarrollan son de naturaleza interpersonal en función de la calidad de las relaciones que hayan tenido, y que la resiliencia se va consiguiendo a lo largo del desarrollo vital siempre y cuando los padres y adultos que formen la red psicosocial del niño se impliquen y trabajen por y para ello. Sin tiempo y sin dedicación al niño, sin presencia y permanencia adulta, es muy complicado hacerse resiliente. Que nadie piense que la resiliencia te cae del cielo o naces con ella.


Cuando se habla de resiliencia infantil, muchas veces nos referimos a la capacidad de los niños de sobreponerse a situaciones traumáticas, como malos tratos, durante sus primeros años de vida, y desarrollar elementos positivos a partir de esas experiencias. Pero la resiliencia, ¿se puede trabajar también a partir de situaciones menos traumáticas?

Por supuesto, el proceso de construirse como una persona resiliente no sólo es a partir de traumas complejos como lo son el abandono y el maltrato. De las adversidades, crisis vitales, retos y desafíos de la vida, de su aprendizaje y superación, también se desarrolla la resiliencia. Si un niño, por ejemplo, tiene que repetir curso, de cómo los adultos que estén a su lado le ayuden a entenderlo, aceptarlo y afrontarlo dependerá que desarrolle una sana autoestima. Si procesa constructivamente la experiencia, eso le fortalecerá. Boris Cyrulnik afirma que no podemos ser felices tanto si vivimos sin tener que afrontar ninguna adversidad como si sólo recibimos golpe tras golpe, trauma tras trauma. Un ser humano feliz y pleno es el que ha sido capaz de integrar el placer y el dolor como parte de la vida, y aprender de ambos. Tenemos que enseñar a los niños (desde la familia y la escuela) que todas las experiencias que nos toque vivir nos van a aportar -nos harán sentir emociones intensas como la rabia, la frustración, el miedo y, a veces, dolor emocional-, vamos a forjarnos como seres humanos aprendiendo de ellas, atravesándolas y saliendo fortalecidos. Pero es imprescindible que los niños no estén solos en esto, tiene que haber, insisto, un adulto competente –al menos uno- a su lado el tiempo que necesiten antes de que puedan ser autónomos. Y después, cuando ya somos adultos, yo apostaría, como dice la psicóloga Maryorie Dantagnan, profesora, amiga y colega, por una independencia, pero con otros.

REFERENCIAS


Werner, E. (1992). Protective factors and individual resilience. In S. Meisels &J. Shonkoff (eds.) Handbook of early childhood intervention, (pp. 115-133). New York: Cambridge University Press.