lunes 20 de febrero de 2012

Preguntas que sugiero deben hacerse las familias adoptivas y acogedoras para fomentar la resiliencia en sus hijos/as (I)


En el libro de José Luis Rubio y Gema Puig titulado: “Manual de resiliencia aplicada” del cual os hablé la semana pasada, hay muchísimos contenidos y propuestas teóricas y prácticas que nos darían para un buen número de entradas en este blog.

De todo lo que nos ofrecen en el Manual –todo es interesante, nada sobra ni está de más-, personalmente me ha parecido muy interesante para las familias adoptivas y de acogida el capítulo de los modelos en resiliencia. Son, como dicen los autores, “modelos para la práctica” Dentro de los distintos modelos que nos exponen en el libro, veo particularmente útil y pragmático el de Henderson y Milstein (Resiliencia en la Escuela) Aunque centrado en el ámbito escolar, pienso que es de utilidad en el familiar también.

Practiquemos, pues, con el modelo, aplicándolo a los niños adoptados/acogidos (donde digo "niños", podemos poner también niñas y jóvenes):

La aplicación de este modelo (nos dicen los autores José Luis Rubio y Gema Puig en su Manual) supone promocionar la resiliencia en seis pasos.

Los tres primeros pasos están encaminados a mitigar el riesgo:

Enriquecer los vínculos prosociales.

Fijar límites claros y firmes.

Enseñar habilidades para la vida.

Los tres pasos siguientes se describen como elementos claves presentes en los sujetos que se sobreponen a la adversidad:

Brindar apoyo y afecto.

Establecer y transmitir expectativas elevadas.

Brindar oportunidades de participación significativa.

Tomando estos elementos para construir resiliencia (ya sabéis que la resiliencia se entiende no como un rasgo que el niño posee, sino como un PROCESO que tiene lugar a través de la interacción constante entre las características del niño y las variables del ambiente), podemos los padres, las madres y las familias acogedoras o adoptivas hacernos unas cuantas preguntas que nos ayuden a reflexionar si estamos verdaderamente trabajando para ayudar al niño en ese proceso de hacerse resiliente.

Nosotros hemos de constituirnos en los tutores de resiliencia, en los acompañantes incondicionales de los niños ayudándoles a tener un buen desarrollo pese a las circunstancias adversas que hayan vivido. Pero para eso nos necesitan. Los niños tienen mucho más complicado crecer y rehacerse desde la adversidad si no encuentran a esa persona que sea capaz, como hemos dicho otras veces, de apoyarles para hacer el cambio, "el viraje de su existencia", "a no resignarse a la fatalidad de la desgracia" (Cyrulnik)

Os lanzo algunas preguntas que me han surgido leyendo los factores que mitigan el riesgo:

Enriquecer los vínculos prosociales: ¿Tiene el niño red de amigos o compañeros? ¿Tiene, al menos, un compañero o compañera de juego? ¿Me he preocupado de buscarle algún entorno favorecedor del desarrollo de una experiencia social-vincular positiva como un club de tiempo libre, centro, asociación (deportiva, cultural…)? Es difícil encontrar entornos favorecedores de los vínculos prosociales cuando los niños tienen dificultad precisamente en esto pero sí existen alternativas, si buscamos. Sabemos lo difícil que es para los niños más disruptivos que muchas veces rompen las reglas y faltan al respeto, pero existen personas y lugares maravillosos y favorecedores.

Fijar límites claros y firmes: ¿Somos claros con los límites? ¿Qué normas hay en casa y cómo las hacemos cumplir? ¿Son las normas adecuadas al nivel de desarrollo del niño? ¿Puede el niño por si sólo cumplir esas normas, cuánta ayuda necesita? ¿Soy congruente en la aplicación de las normas? ¿He explicado al niño que las normas nos ayudan a entendernos y nos dan seguridad? ¿Están los dos progenitores de acuerdo con las normas o se contradicen? ¿Felicito al niño cuando las cumple? ¿Es bueno castigar a los niños víctimas de malos tratos si no las cumplen? ¿Tensionamos a los niños con un ritmo frenético de hacer cosas, trabajar, deberes… no dejándoles tiempo para jugar entre ellos y con nosotros? ¿Somos unos obsesivos con las normas? ¿Queremos adultos en miniatura? ¿Dejamos a los niños ser niños? ¿Somos conscientes de que los niños víctimas de abandono y malos tratos tienen una inseguridad de base y se aferran más a no enfrentarse a las dificultades porque no han vivido el bienestar de estar a gusto con unos cuidadores durante las etapas clave en la formación de los vínculos?

Enseñar habilidades para la vida: ¿Les enseñamos las cosas o partimos de que ya saben hacerlas porque ya tiene tal o cual edad? ¿Nos preocupamos de enseñarles las habilidades básicas para desenvolverse? ¿En qué situaciones sabe mi hijo desenvolverse solo y en cuáles necesita ayuda? ¿Si no sabe desenvolverse, es por dificultades para permanecer y regularse o es porque no ha aprendido la habilidad en cuestión? ¿Qué habilidades de supervivencia tiene aprendidas? ¿Transmitimos a los niños que esas habilidades tuvieron sentido en el contexto de vida que les tocó vivir -aunque ahora no sean útiles- y les decimos que conseguirán aprender otras válidas para el contexto actual con nuestra ayuda y la de los demás, o les comunicamos expectativas de fracaso y negatividad?

Ya veis que esta semana formulo preguntas (incluso cabría formularse más, si se os ocurren, bienvenidas sean, en la sección de comentarios) para que las contestéis pensando en vuestro hijo o hija o en el niño/niña o joven con el que trabajáis. Y para que hagáis cambios, si lo necesitáis. Para cada niño/a o joven habrá una respuesta o un camino o una posibilidad a explorar e implementar. Nuestra tarea -como educadores que somos- también consiste en saber si estamos trabajando para mitigar los riesgos. La semana que viene formularé preguntas para ver si estamos estimulando para que los niños/as o jovenes aprendan a sobreponerse a la adversidad. La auto-reflexión es clave en educación y en la vida.

lunes 13 de febrero de 2012

"Manual de Resiliencia Aplicada", un excelente y didáctico libro para aprender y enseñar la resiliencia


Esta semana, como ya os anuncié, voy a hablar de un libro que terminé justo ayer. Me refiero al "Manual de resiliencia aplicada", escrito por José Luis Rubio y Gema Puig, ambos docentes y cofundadores de ADDIMA Asociación para la Promoción y Desarrollo de la Resiliencia, de la cual os he hablado muchas veces (en la que trabaja también mi amiga Pilar Surjo) ADDIMA es una Asociación que está realizando una inestimable labor no sólo para dar a conocer qué es la resiliencia y cómo puede implementarse en los distintos ámbitos de la vida de las personas, sino también de formación. Formarse en este fenómeno que nos ha cambiado la  vida y la manera de trabajar con las personas (a mí, en concreto, me ha aportado otra visión de los pacientes más constructiva y positiva), es necesario. Además, hacerlo del modo en que proponen en ADDIMA es participar en una formación en la que vamos a poder comprender y además aprender a aplicar la resiliencia. Por ello, organizan un Curso de Resiliencia Aplicada (edición on line, del 23 de febrero al 16 de mayo de 2012, podéis informaros haciendo clic aquí, la página de Addima) desde hace ya cuatro ediciones, siendo pioneros e innovadores en este tipo de formaciones. Muchos me preguntáis en los correos personales dónde uno puede formarse profesionalmente; y siempre os ofrezco la referencia (a los psicólogos) del IFIV de Barcelona. Pues también os recomiendo (no sólo a los psicólogos sino a todos los profesionales) vivamente formaros en resiliencia con Addima.

Si leéis el libro, entenderéis aún mejor porqué la formación que ofrecen es de calidad. “Manual de resiliencia aplicada” es un libro extraordinario. Puede parecer que exagero pero no es así. “Extraordinario” significa “fuera de lo común” Y esta obra se sale fuera de lo ordinario ¿Por qué? Porque si de suyo ya es difícil escribir un libro sobre resiliencia, imaginaos lo complicado que tiene que ser rizar el rizo y conseguir realizar un libro que presente los contenidos de manera didáctica. Exponen los conceptos y contenidos mediante un método práctico de enseñanza que facilita la comprensión haciéndola amena e interesante. Esto realmente es muy difícil de conseguir y lo han logrado. Por eso es diferente y se sale fuera de lo común. 

El libro, a lo largo de sus capítulos, presenta la información con abundantes gráficos, cuadros, esquemas, llamadas y dibujos que complementan lo expuesto, lo clarifican y, además, suscitan el interés por saber más proponiéndote enlaces a internet, citas y referencias bibliográficas. La lectura se va haciendo fácil y entretenida y se puede ir consolidando lo que se aprende porque los autores recapitulan sobre los contenidos varias veces.

El estilo, personalmente, me ha encantado. No se trata sólo de teorizar, sino de hacer un manual práctico. Un manual práctico (muchos libros prometen ser manuales pero luego los lees y no lo son. Éste sí) que enseña a través de suscitar la reflexión, hacerte preguntas e implicándote en las mismas. Sientes que los autores están contigo pues te interpelan y enseñan al estilo socrático: acompañándote.

Además, el libro es un compendio sobre resiliencia que abarca este fenómeno prácticamente desde todas las perspectivas. Quien no sepa nada y todavía tenga problemas en pronunciar la palabra resiliencia y se pregunte: “¿qué es eso?”, leyendo este libro se quedará con una idea clara y completa tanto en la vertiente teórica como en la aplicada.

Haciendo un breve esbozo (no os pongo todos los contenidos del índice, hay más de lo que expongo aquí), el libro comienza explicando los antecedentes de la resiliencia para adentrarse después en las definiciones y evolución de los conceptos. Continúa con los hitos y los autores (los nombres propios) que han ido perfilando y llenando de contenido este fenómeno. La obra prosigue hablando de los valores fundamentales en resiliencia. A continuación, se detiene en analizar la personalidad resiliente y en cómo se construye la resiliencia. Después, dedica espacio a hablar sobre la adversidad, las respuestas que los seres humanos damos ante la misma. Se avanza, en la obra, hablando de los paradigmas y el cambio que supone en este sentido la resiliencia para enfilar el final del libro ofreciéndonos las experiencias prácticas en resiliencia (incluida la de Addima), los modelos teóricos existentes en la actualidad y la cuestión de la medición de la resiliencia.

Una obra excelente, desde aquí felicito a los autores (a José Luis Rubio tuve el placer de conocerle en su Zaragoza natal, en unas jornadas en las que la AFADA –Asociación de Familias Adoptivas de Aragón- nos invitó a Óscar Pérez-Muga y a mí el pasado mes de diciembre en las que presentamos nuestro libro: “¿Todo niño viene con un pan bajo el brazo?”, y también coincidimos en las II jornadas Europeas de Resiliencia, en Barcelona. A Gema Puig no la conozco personalmente pero espero que podamos coincidir algún día) Sé que este libro les ha costado mucho esfuerzo, sacrificio y horas de su tiempo personal y familiar. Soy consciente de ello, pues conozco la experiencia de escribir. Si a nosotros nos llevó lo suyo (que es más sencillo), imagino lo que les habrá costado a Gema y a José Luis. Pero desde luego que pueden quedarse satisfechos porque el resultado merece la pena. Personalmente he aprendido mucho sobre resiliencia. Me ha aportado cosas que desconocía, me ha aclarado otras, me ha abierto a autores y propuestas nuevas y me ha hecho pensar. 

viernes 10 de febrero de 2012

Proyecto APRENDIENDO A AMAR, curso para personas que están esperando un/a hijo/a, organizado por la Consultoría Espirales.


Pepa Horno, psicóloga, experta en infancia, adopción y acogimiento familiar, con amplia formación y experiencia en el ámbito del apego y las relaciones familiares, me envía esta información de interés para todos pero en especial para quienes van a ser padres o madres biológicos, adoptivos, acogedores. Se trata del proyecto APRENDIENDO A AMAR. Con este título tan sugestivo y emocional, Pepa Horno y un equipo de profesionales de la comunicación y la educación, nos ofrecen un espacio de reflexión y aprendizaje a quienes van a ser padres o madres para que puedan crear un hogar emocional positivo para ellos y para sus hijos e hijas.

El proyecto es un curso de crecimiento personal diseñado para personas que están esperando un hijo, o que están en proceso de acogimiento o adopción. Su objetivo es crear un espacio de crecimiento personal, que vaya más allá de los contenidos que normalmente se imparten en los cursos de preparación al parto centrado en el desarrollo emocional del niño. El curso tiene un formato de cinco días presenciales (en principio,  uno al mes pero se pueden contemplar otros formatos  -existe la posibilidad de un intensivo de verano, por ejemplo, de una semana-) y un foro para que los participantes puedan participar y aclarar las dudas que les puedan surgir.

Es una actividad pensada para grupos. La idea es hacerlo llegar a los grupos de preparación al parto que ya están funcionando desde distintos lugares, o a asociaciones y grupos que trabajan en temas de acogimiento y adopción. Espirales no forma los grupos, sino que acuden donde haya un grupo interesado en esta formación. Organizan la logística y se desplazan a cualquier parte de España sin problema, pero necesitan que haya un grupo de gente interesada de partida antes de gestionar los locales y diseñar la organización.

Existen muchas preparaciones de cara al parto, pero espacios de reflexión y trabajo de crecimiento personal para prepararse para la paternidad o la maternidad yo no conozco ninguno. Esta es una iniciativa innovadora y necesaria porque la mayoría de las personas se lanzan a la paternidad o maternidad actuando, sin parar y pensar y compartir con otros la experiencia, lo que supone, lo que se siente, con lo que nos conecta, nuestros modelos educativos, la manera en la que nos han educado... Nos formamos para casi todo en lo profesional pero... ¿en lo personal? Ser padre o madre es lo más bonito pero lo más difícil.

Este proyecto, APRENDIENDO A AMAR, organizado por la Consultoría de Infancia Espirales, donde trabajan Pepa Horno (merece mucho la pena leer su libro "Ser madre, saberse madre, sentirse madre") y otros profesionales, nos ofrece esta posibilidad. Creo que la iniciativa y el proyecto son de calidad y en sintonía con los objetivos y valores que promueve el blog de Buenos tratos. Por ello, merece difusión. Además, estoy convencido que a muchos de vosotros y vosotras que estáis esperando un hijo/a os resultará muy útil saber que este curso formativo existe.

Os dejo un enlace a la web de la Consultoría Espirales en la cual tenéis información sobre el proyecto: www.espiralesci.es/aprendiendo-a-amar

El lunes 13 de febrero publico una nueva entrada. 

lunes 6 de febrero de 2012

¿Qué características del tutor de resiliencia (padre, madre... adoptivo) ayudan a un joven adoptado a hacer un proceso resiliente? Habla el propio joven.


Esta semana escribo una entrada muy interesante, pues voy a exponer el punto de vista y los sentimientos de un joven de 22 años que lleva en terapia conmigo desde los 17. Es adoptado, con una historia dura por detrás, pero ha conseguido resiliar: se mantiene con un buen funcionamiento e incluso ha conseguido el fenómeno del crecimiento y la transformación tras el trauma mediante el trabajo en un invernadero, el apoyo incondicional de su padre y el tratamiento psicoterapéutico. Todo su dolor, su desarraigo y su carrera destructiva (cuando llegó a mi consulta, su estado psicológico por el consumo de drogas y la dinámica de robos en la que estaba inmerso, añadido a los años de sufrimiento por el abandono, era muy delicado) se metamorfosearon en atenuación del dolor emocional y disfrute, en arraigo a su mundo de plantas y vegetales que él mima y cuida como nadie y construcción (pues está participando en un proyecto de extensión de plantas, flores y vegetales por su provincia) No diré ni su nombre inventado porque desea el anonimato total. Es un ejemplo de que la resiliencia es “la negación a la fatalidad de la desgracia” (Cyrulnik) Es un ejemplo vivo que, afortunadamente, contradice ese determinismo psicológico equivocado que nos ha empujado a creer muchas veces que con las personas no hay nada que hacer y que su camino es hacia el infierno. Este muchacho, como el Ave Fénix, renació de sus cenizas.

Yo me he preguntado muchas veces: ¿Qué es lo que le ha ayudado a salir adelante? ¿Qué aspectos de mi persona como terapeuta le han favorecido? Su relato podría ayudarme y darme un feedback impagable a mí (para tratar de hacerlo con otros jóvenes) y también a vosotros/as (padres, madres adoptivos, acogedores, familias, educadores, profesores…) Así pues, os transcribo lo que me contó cuando le pregunté qué es lo que de mi persona le había ayudado a recuperar un buen desarrollo, un desarrollo resiliente.

Que conste que sin la presencia, apoyo, aguante, paciencia, resistencia, etc. etc. de su padre adoptivo jamás habría conseguido lo que ha conseguido. Tengo muy claro (os lo he comentado varias veces: sin la insustituible labor del padre, madre o referente que acompañe al niño o al joven y le acepte incondicionalmente, no hay proceso resiliente posible. Para hacer una psicoterapia hacen falta, por lo menos, tres patas: el niño o el joven y su motivación; el psicólogo-psicoterapeuta y el referente. De lo contrario, la mesa se cae) que sin esta persona (que forma parte de la manada de gente buena, como dice Jorge Barudy) no habría logrado resiliar. Le dejo la palabra:

“Cuando vienes a la psicoterapia recibes como un shock (me acordé que los niños acogidos o adoptados, cuando llegan a las familias, también es plausible que puedan sentirse no en shock pero sí un tanto desorientados) Eres muy tuyo y compartir con quien no conoces tu intimidad… Pero es muy importante transmitir confianza y tú lo hiciste poniéndote en mi lugar. Pero no de una manera superficial sino comprometiéndote. Por ejemplo, diciendo: ‘si yo estuviera en tu lugar…’ Entonces te dices que si él, terapeuta, lo haría, entonces es un camino. Y escoges un camino y ya no estás tan desorientado. Yo me he sentido muy ayudado.

También destacaría el escuchar. Esto es importantísimo, la gente no sabe escuchar. Nadie te escucha. Cuando eres joven y has sufrido como yo, la tentación es salir por la noche y evadirte. La droga circula por ahí, es muy accesible, en cualquier parte te la dan. Todo el mundo te pone una pastilla delante pero nadie te pone su escucha. Yo a los más jóvenes que yo que les veo colgados, les digo que vayan al psicólogo porque allí al menos, les escucharán.

Otra cosa que me ha ayudado (qué curioso que la hayamos mencionado en este blog muchas veces, es el tema de las dos “p” de Jorge Barudy: paciencia y perseverancia, este joven coincide con nosotros en que esto es muy bueno para él) es la paciencia. No me dejabas ni me echabas aunque yo no viniera y  me animabas por teléfono a que acudiera. Cuando yo no iba a la terapia, tú te podías bajar tranquilamente a tomar un café o fumarte un cigarrito, pero no lo hacías. No era como un paciente más o un número más. Me llamabas y te preocupabas de qué me había podido pasar para no ir a la sesión.

El dar ánimos es muy necesario. Nadie te anima. Cuando estás mal, no tienes ganas de nada y la gente te toma por vago, indisciplinado, pasota o descarado. Pero es que estás mal, joder, y nadie te pregunta cómo estás ni mucho menos te da ánimos. Los profesores (aquí entiendo que no se puede generalizar, es la experiencia de este muchacho, pero sin duda, real) mismos no te animaban nada. Si no hacías los deberes, te castigaban.

Las ganas que tenías de verme avanzar (en esto debemos de pensar también y mucho, este chico da en el clavo: ¿transmitimos a los niños y jóvenes que lo que les pasa es que se sienten mal por lo que han vivido y sufrido pero lo superarán con nuestra ayuda o enseguida pasamos al reproche, la entrada en escalada, la discusión, el cumplimiento obsesivo de la norma…?) era para mí, cada día, un motivo para no rendirme y seguir. Y eso que lo mío era muy complicado. Aguantar las ganas de no meterte era muy duro. Hacía gimnasia, hablaba con los amigos, usaba las técnicas que me enseñabas, estaba con la novia… Tienes un impulso, un ansia, no puedes con ello… Robar también era una manera para mí de descargar esa ansia, pero con trabajo y paciencia y dejándome la piel aprendí a canalizarlo.

En la terapia he aprendido a no ser tan egoísta, pensar en mí y reflexionar sobre mi vida y lo que siento y hago me ha enseñado a ser menos egoísta.

En la terapia descubrí, tuve una experiencia que no pensé que tendría (aprovecho para comentar que la resiliencia no es solo una persona que acompaña, puede ser una experiencia, una actividad, un lugar… que produce el comienzo del "viraje de la existencia" -Cyrulnik- de un individuo): las cajas de arena que hicimos me ayudaron a darme cuenta que mi camino de curación estaba en la naturaleza. Ya sabes que hacía cajas de arena con animales, árboles, plantas… Naturaleza en estado puro. Eso es lo que yo quería. "En la naturaleza y su cuidado estaría mi camino", pensé. Me acuerdo que hablamos que podía ser guarda forestal pero no; ya sabes que un invernadero de plantas y flores me atraía más. Tú lo creas, lo mimas lo ves avanzar día a día... Ves nacer el fruto de tu trabajo. Eso me ayudó un montón, y encontrar una oportunidad como la que mi jefe me dio (otra experiencia resiliente) apostando por mí para trabajar en un sitio de estos, fue vital. Tengo un proyecto de vida.

Este chico ha conseguido una transformación en la que debe de seguir trabajando para seguir siendo resiliente. No es un punto final, sino un proceso a seguir y a hacer día a día. La resiliencia es, efectivamente, esto: un proceso continuo de construcción en el que la persona interactúa con el ambiente.

Espero que os haya ayudado. Creo que de aquí podéis extraer muchas pistas y caminos que nos indican y nos guían por dónde va nuestro trabajo, si queremos ser tutores de resiliencia.

La semana que viene -ya lo estoy terminando- os hablaré de un libro extraordinario: "Manual de resiliencia aplicada", de José Luis Rubio y Gema Puig.

lunes 30 de enero de 2012

Cómo ayudar a los niños adoptados/acogidos con trastornos del apego a auto-regularse


Me preguntan algunas personas cómo hacer el acompañamiento educativo de los niños con problemas de apego en lo que al déficit auto-regulatorio se refiere, una carencia que presentan los niños que tienen apegos inseguros (no totalmente inseguros pero sí en una parte; los niños adoptados o acogidos van ganando seguridad, si los padres o familiares hacen bien este trabajo)

La auto-regulación es una consecuencia de haber vivido una historia de apego seguro con un cuidador estable durante un tiempo prolongado, especialmente durante los 4 primeros años de vida. El cuidador (la madre o el padre) utilizando la función reflexiva (sintiendo y resonando las emociones del bebé, calmándolas y templándolas cuando lo necesita pues siente incomodidad, ansiedad, miedo u otras emociones invasivas, especialmente cuando hay fuentes de estrés) consigue que el niño desarrolle la capacidad de ir regulando sus estados internos de tal manera que hacia el cuarto año éste ya es capaz de estabilizar funciones de permanencia por sí mismo. Se puede comprobar con los niños que han tenido una experiencia de apego seguro: son más capaces de tolerar la frustración (de hecho, las rabietas es un fenómeno que a partir del tercer-cuarto año decrece en frecuencia e intensidad si los padres o cuidadores han hecho bien esta tarea), de regular el apetito, de auto-calmarse cuando sienten miedo… Recuerdo a mi ahijada (con apego seguro) en esta etapa y la comparaba con los niños que yo tenía en aquel entonces en consulta (con apego inseguro) Aún todavía necesitando el apoyo y sostén de sus padres para la regulación, por sí misma ya era capaz de estabilizar funciones como saber tranquilizarse, inhibir los movimientos, demorar la gratificación, expresar la ira, la tristeza y aunar pensamiento, acción y emoción para resolver problemas. Sobre este particular, os recomiendo que releáis el libro de Rygaard “El niño abandonado” en el cual habla de cómo los niños con trastorno de apego reactivo se han podido quedar en las fases sensoriales o sensorio-motrices.

Los niños que han carecido de esta permanencia que dan las figuras parentales y que son adoptados, por ejemplo, a los 4, 5 ó 6 años y tienen una historia de institucionalización entre los tres primeros, donde es posible que haya habido cambios de cuidadores y una atención no tan rápida e inmediata a la satisfacción de sus necesidades o a veces, un abandono con ausencia de estimulación (pasan mucho tiempo en la cuna, mirando el techo) suelen presentar este problema. No sólo los niños con apego desorganizado y con trastorno de apego reactivo sino también los niños con otros subtipos menos graves de apego tienen dificultades con la auto-regulación. Una de las consecuencias más visibles y constatables de los problemas o trastornos del apego es ésta del déficit auto-regulatorio. Lo que ocurre es que en los niños con apego desorganizado (y los de apego reactivo) es más grave porque han podido experimentar el terror de una parentalidad o unos cuidados extremadamente insensibles habiendo vivido el horror de ser dañados, además.

Es por ello frecuente que los padres mencionen en las entrevistas iniciales, cuando vienen a terapia, que sus hijos presentan un manejo inadecuado de la ira (por ejemplo, cansarse ante un exceso de deberes escolares: se desata su rabia y pueden tirar objetos, gritar, amenazar… ) También suelen manifestar estados de ansiedad que se relacionan con un déficit en los cuidados calmantes. En el cerebro quedan grabadas las emociones ansiosas en la memoria implícita. Afrontar su historia y saber que han sido abandonados y luego adoptados y/o acogidos supone ya de por sí una carga emocional que hay que ayudarles a elaborar para resiliar.

Normalmente, los padres adoptivos o cuidadores, cuando desconocen que las causas están en los déficits auto-regulatorios tratan de resolver estas situaciones de descompensación emocional con advertencias, amenazas de castigo (quitarles cosas), discusiones y entrada en escalada (si el niño grita más, el adulto trata de imponerse a su vez, a gritos, para demostrar quién manda) Los niños con problemas de apego y no trastorno son más fáciles de reconducir. Lo que hemos de tratar es de estructurar (hacer predecibles las situaciones, poniendo unos límites normativos claros y bien definidos y exigirles razonablemente) y sobre todo calmar y contener. Hablarles suave, empatizar (“algo debe ocurrirte para tirar todo por el suelo” ; “vamos a calmarnos los dos”) y valorar si el niño es capaz de poder responder a lo que le pedimos. ¡Muchas veces exigimos pensando en la edad cronológica y no en la madurativa!

Suelo contar siempre esta anécdota: un día, en consulta, mandé a una niña de 12 años que apuntara en un registro lo que le pasaba cuando se enfadaba. Ella no quería. Yo insistí pensando en que era lo más normal del mundo para una jovencita. Insistí mucho y ella empezó a enfadarse y a gritar y después, rompió a llorar. Posteriormente, aprendí que esta tarea era demasiado para ella y que mi insistencia le hacía regresar a la edad de los dos años: descargar la ira con rabieta y llorar. Ella no podía hacer una adaptación interna sino que pretendía cambiar el exterior (mi tarea) Cuando amoldé la tarea y comenzamos con algo más fácil (contarle cuentos donde apareciese la emoción de la ira para identificarla primero), fue capaz de ello. Después, más tarde, cuando fue aprendiendo, pudo hacer el registro que yo le había mandado inicialmente. Así pues, todo padre o madre adoptivo-a/acogedor-a deben de preguntarse siempre: “¿Estoy exigiendo razonablemente al niño? Hay padres que son obsesivos y perfeccionistas y que tensionan al niño constantemente.  Esto no es nada bueno y es más problema de los padres que del menor.

Hay que esperar a que pase la tormenta para luego poder hablar de lo ocurrido. Qué fue lo que le enfadó, si está agobiado… Estos niños no son muy capaces de leer sus estados internos por lo que hay que echar mano de cuentos y de historias en las que a otro niño le suceda lo mismo que a él. También hay que jugar a las hipótesis (“¿Te puede pasar esto o lo otro?”)

Cuando pasa la tormenta, también hay que ser firmes diciéndoles que esa conducta no se puede tolerar (algunos tiran cosas, otros insultan, otros gritan…) Aceptamos que se puedan sentir enfadados, tristes (ponemos la palabra que refleje la emoción que hayan podido sentir) pero esos comportamientos no se aceptan. Ese mensaje es claro pero debe de mantenerse la aceptación de la persona del niño en todo momento. Esto es clave para el futuro desarrollo de una buena autoestima y un óptimo sentimiento de pertenencia y una identidad positiva. Los padres y cuidadores deben de trabajar su propio autocontrol. Son tutores de resiliencia de sus hijos y como tales deben de comprender que el niño funciona así por lo que ha vivido y no por maldad.

Los niños con apego desorganizado tienen aún mayores dificultades con la auto-regulación y los padres o cuidadores deben de tomárselo con mucha calma y paciencia. Como ya vimos, estos niños suelen manifestar problemas además con el autocontrol de la conducta agresiva y presentan trastornos disociativos. En estos casos, el niño puede necesitar para calmarse un precursor físico (sujetarle sin hacerle daño hasta que exteriorice toda la rabia, sin soltarle antes) porque la palabra no ejerce aún esa función. Con el tiempo y la paciencia, su cerebro madura y pueden ir desarrollándose hacia un apego inseguro-ambivalente, que es menos grave.

No resulta nada agradable hacer este papel de contención, pero a veces es lo que necesitan. Recuerdo el caso de un niño que tuve en consulta con apego desorganizado que se frustraba fácilmente y sobre todo, en su faceta de control punitivo, no sabía estar en la relación si no era imponiéndose. Un día se frustró de tal forma que llegó a amenazarme y me agredió. Acto seguido, le sujeté -con cariño pero con firmeza- a la par que le hablaba con palabras suaves para calmarle. Soltó unas cuantas patadas pero al final rompió a llorar y luego fue más capaz de contenerse. Es importante que el niño sepa que se hace eso para tranquilizarle y nunca para hacerle daño. Los niños lo suelen entender y aunque se enfaden, lo agradecen. En el libro de José Ángel Giménez Alvira (“Indómito y entrañable. El hijo que vino de fuera”) su hijo Toni escribe al final una emotiva carta en la que el propio Toni, ya mayor, habla agradeciendo a su padre la contención física que hacía con él y lo mucho que la necesitaba. Le daba la seguridad de que alguien fuerte pero no dañino podía con la tormenta agresiva que se le desataba como consecuencia del daño emocional por los malos tratos. Con los adolescentes, obviamente, puede ser más complicado y es mejor trabajar esto desde niños para evitarlo. Nos referimos, claro está, a los casos más graves en cuanto a autocontrol.

lunes 23 de enero de 2012

Aspectos importantes para trabajar la relación terapéutica con el niño/a con trastorno del apego

Llevo una temporada que escribo fundamentalmente para los padres y las familias acogedoras, adoptivas… y no tanto para los profesionales de la protección a la infancia. Sé que muchos de éstos siguen el blog de Buenos tratos y por ello quiero, de vez en cuando, dedicar alguna entrada para ellos. Venimos hablando del apego desorganizado. Pienso que es muy interesante para todos los psicólogos y psicoterapeutas que trabajan con niños/as y adolescentes que tienen antecedentes de malos tratos y abandono (y que tienen una mayor probabilidad que otros menores de padecer problemas o trastornos del vínculo de apego) ser conscientes de que la relación terapéutica es uno de los aspectos a tratar. Probablemente es el más importante de todos, pues constituye la base, los cimientos sobre los que construiremos después. La relación terapéutica, en el modelo de psicoterapia que proponemos nosotros, es fundamental, la piedra angular sobre la que giran el resto de objetivos e intervenciones. Por ello, es necesario tratarla per se.

Hay dos elementos clave en las habilidades que el terapeuta debe de conocer, ensayar y practicar en la relación con el niño/a o adolescente que presenten problemas o alteraciones en el vínculo de apego: El primero es saber sintonizar con su patrón de apego y a partir de ahí, ir modificándolo, si es disfuncional e inseguro, desde la propia relación. El segundo es ayudar al niño a desarrollar la función reflexiva.

Sobre estos dos aspectos desarrollamos el post de hoy. No obstante, también creo que los padres y las familias podéis extrarer de este post aspectos prácticos útiles para la educación de vuestros hijos.

La relación sintonizada resonante con el terapeuta

Una manera de regular al niño, dentro de un apego terapéutico, es poseer la habilidad de saber sintonizar con él. Es un componente que proponemos para su inclusión en el tratamiento psicoterapéutico y que en la literatura científica viene planteado por Daniel Siegel.

Llevando a la psicoterapia este concepto, “sintonizar” quiere decir alinear el estado emocional del terapeuta con el del niño/a, de tal forma que conectemos cuando se sienta preparado para la conexión emocional y desconectemos o nos retiremos cuando el niño/a necesite porque lo vive como una invasión.

Muchos fracasos terapéuticos y resistencias suceden porque los profesionales no somos capaces de adecuarnos al patrón de danza relacional del menor, si se nos permite la expresión.

Lo que ha caracterizado un apego seguro vivido con alta probabilidad por un niño/a que ha tenido cuidadores competentes y estables, es el alineamiento de los estados mentales del cuidador con los del bebé, de una manera prolongada y suficientemente buena, parafraseando a Winnicott. Es, como hemos dicho, como una danza en la cual el cuidador sintoniza, por ejemplo, reflejando la emoción, pero no manteniendo interacciones comunicativas cuando el niño/a las sienta incómodas o invasivas, o retirándose cuando el cuidador perciba que el niño/a las siente así. Esto es, un cuidador sensiblemente perceptivo a los estados internos del niño/a (Siegel)

Son conexiones del hemisferio derecho del adulto cuidador con el hemisferio derecho del niño/a (Siegel), pues éste es dominante en los tres primeros años de vida del periodo crucial en el establecimiento del apego. Fallos graves en este proceso de vinculación con un cuidador durante esta etapa suelen traer como consecuencia un mayor deterioro de las futuras competencias emocionales, sociales y cognitivas del niño/a y, probablemente, del futuro adulto. En esta etapa se construye la capacidad de atribuir a los demás intenciones estables, esto es, la permanencia de objeto. Si no se lleva a cabo una relación de apego sintonizada (ni, como veremos posteriormente, un diálogo mentalizador con el niño/a) con el bebé es muy probable que presente trastorno del apego sobre todo si ha habido malos tratos, abandono, abuso… de manera prolongada (no hay si quiera un apego de base o éste es paradójico, dependiendo de si la intensidad del daño emocional sucede durante el primer o segundo año de vida) (Rygaard)

Por lo tanto, si el niño/a ha padecido vivencias traumáticas prolongadas y ha carecido de manera continuada de la experiencia de un apego seguro, es muy probable, como decimos, que presente un apego inseguro de tipo evitativo, ansioso-ambivalente o desorganizado.

En los casos de trauma crónico, el patrón de apego que aparece de manera más frecuente es el desorganizado.

En función de que el niño/a manifieste uno u otro, la manera en que el terapeuta puede contribuir desde el espacio terapéutico a que el niño/a camine hacia un apego más seguro es sintonizando con su patrón alineándose con el mismo.

Por ejemplo, con un perfil evitativo el terapeuta será habilidoso para sintonizar delicadamente debido el temor del niño a la conexión emocional. La conexión emocional se construirá gradualmente respetando la tolerancia del niño/a.

“Resonar” quiere decir que el terapeuta recoge las emociones del niño y le comunica que las siente. Hace sentirse sentido al niño/a que ha carecido de esta vivencia de manera extensa y adecuada en el tiempo ante la ausencia de vinculaciones seguras. En los vínculos de apego seguros, recordamos la experiencia de haber sido sentidos por alguien, un cuidador, durante un tiempo prolongado. Y ello es lo que nos ha proporcionado un sentido de nosotros mismos, de self (Siegel)

¿Qué le permite todo esto a un niño/a que presenta trastornos del vínculo de apego y que comienza una psicoterapia? Entre otras cosas, sentirse seguro e ir rompiendo y modificando el esquema mental de que la terapia es un lugar peligroso. Porque aunque racionalmente sabe que no es peligroso, su mente, fijada en posición de supervivencia (Ziegler), recuerda que es así, a través de la memoria implícita (memoria de sensaciones, olores, sonidos, estímulos visuales…). Y sentirse comprendido y ayudado sobre todo por alguien que, al fin, le reconoce el derecho a sentir rabia legítima por el daño que ha sufrido, algo que todo terapeuta debe de reconocer a su paciente víctima de malos tratos y/o traumatizado (Barudy y Dantagnan)

De este modo, sentamos las bases fundamentales para establecer una alianza terapéutica, mostrándose el niño/a motivado y confiado para comenzar a trabajar sus miedos, problemas, preocupaciones, sentimientos, conductas…

El diálogo mentalizador reflexivo

Durante el primer año de vida el niño/a comienza a percibir la intención en otra persona, usualmente su cuidador o cuidadores.

La mente dispone de la habilidad para detectar que otra persona tiene una mente con un foco de atención, con una intención y un estado emocional (Siegel)

En definitiva, el niño adquiere el concepto de mentes de los demás. También se denomina teoría de la mente (Fonagy)

Los estudios neurológicos han comprobado que el hemisferio izquierdo es analítico, interpretador de los datos, pero carece de la capacidad de situar su significado en un contexto.

El hemisferio derecho cumple esta función y es el llamado hemisferio mentalizador: capta las mentes de los otros y se conecta con las mismas como si de una red wifi se tratara, pudiéndose hablar de un wifi neuronal (Goleman) El hemisferio derecho, tiene, como decimos, en cuenta el contexto que rodea los datos analíticos para otorgarles su justo sentido y también la información de los componentes no-verbales de la comunicación (gestos, entonación…). Necesitamos, para una óptima adaptación ambiental, que los dos funcionen integradamente. Sólo así podemos optar a una mente integrada y coherente (Siegel)

¿Qué ocurre cuando las experiencias son adversas, esto es, cuando el niño/a ha vivido de una manera continuada e intensa en el tiempo el abandono, la negligencia o el terror de unos padres violentos, por ejemplo? ¿Puede deteriorarse esta capacidad de mentalización? Si las experiencias han sido muy sobrecargantes para el niño/a, se postula que se produce en el cerebro el bloqueo de las fibras del cuerpo calloso (órgano que conecta la información que transita entre los dos hemisferios cerebrales). Este es un mecanismo que bloquea la mentalización, haciendo que el niño no sintonice con el adulto como forma de adaptación (Siegel)

Las implicaciones para la psicoterapia con el niño/a son varias. En primer lugar, puede interpretarse como aparición de la resistencia de un niño/a a abordar un determinado contenido, cuando en realidad el menor no es capaz de conectar con el mismo ni con el terapeuta porque la función reflexiva se ha anulado como forma de adaptación mental y no como mecanismo de defensa. Para desbloquear esta función, hay que ofrecer, como veremos, medios seguros de expresión que no retraumaticen.


En segundo lugar, antes de empezar a implementar cualquier técnica de tratamiento psicoterapéutico para la consecución de diversos objetivos que nos hemos planteado con el niño/a, al menos con los menores que han sufrido trauma crónico, ha de evaluarse en qué medida está bloqueada y afectada la habilidad para la mentalización. Y comenzar, por lo tanto, a ayudar al niño/a a desarrollarla, prioritario a cualquier otra intervención técnica. De lo contrario, las intenciones positivas del niño/a hacia la psicoterapia se desvanecerán pronto, sucediendo de momento a momento, sin estabilidad.

En tercer lugar, con este trabajo previo, prepararemos al niño/a para otros objetivos terapéuticos ulteriores. Ya nos hemos referido en otros posts a la imprescindible tarea psicoeducativa de que el adulto cuidador (normalmente los padres, pero no siempre) haya resonado emocionalmente al niño/a a lo largo de su desarrollo, pero especialmente entre los 0 y los 3 años, estimulando (sincrónicamente con su estado emocional) el hemisferio derecho mediante juegos, actividades lúdicas, interacciones afectuosas, verbalizaciones reflexivas… Por ejemplo, algunos niños/as institucionalizados en casas de acogida que han sufrido numerosas carencias físicas (desnutrición…) y afectivas (ausencia de estimulación emocional, etc.) y/o han vivido muchas interacciones hostiles o violentas, y/o han padecido amenazas continuas para su integridad física y/o psíquica, suelen presentarse ante el psicoterapeuta, incluso pasado tiempo después de los sucesos traumáticos, de una manera que impacta: escasa manifestación de conductas no-verbales, baja energía, tono emocional bajo… Se ha producido, probablemente, una escasa maduración del hemisferio derecho en este tipo de niños/as. Y el hemisferio derecho presenta una maduración dependiente de la experiencia (Siegel)


Cómo activar la función reflexiva en el niño/a

Conectarnos emocionalmente cuando el niño/a se vaya mostrando dispuesto y confiado, respetar su nivel de tolerancia a la intimidad emocional y hacerlo gradualmente (apegos evitativos)

Aceptar fundamentalmente al niño/a: su persona es siempre aceptada por el terapeuta (y así se lo explicita al niño/a) pero su conducta (si daña al terapeuta o a sí mismo) no es aceptada. Con el niño/a con apego desorganizado (usualmente disruptivo, que puede manifestar acting out incluso en la consulta) esto debe de verbalizarse claramente: “En este espacio no nos hacemos daño”, por ejemplo.

Realizar previamente a cualquier otra intervención terapéutica, una fase inicial de psicoeducación emocional, teniendo en cuenta que la mayoría de los niños/as con trauma crónico no han podido experimentar las emociones adecuadamente y no saben regularlas.

Pueden situarse en una fase de desarrollo que no coincide con la edad cronológica. Tal y como dice Rygaard, la edad del niño con trastorno del apego hay que dividirla por 2, por 3 o por 4. Pueden estar en la fase entre los dos y los tres años en la cual la excitación emocional no es regulada por el lenguaje con suficiente eficacia, con lo cual pasan al acto con facilidad.

Por lo tanto, juegos y actividades que impliquen el aprendizaje de las emociones son necesarios, aportando el psicoterapeuta el etiquetaje verbal de las mismas. También se puede realizar una psicoterapia de juego en la línea que propone Janet West en su libro Terapia de juego centrada en el niño donde el terapeuta, jugando con el niño/a, refleja y amplifica las emociones y conductas de éste/a.

Todo esto se postula que potencia la función reflexiva y así lo he podido comprobar en mi práctica clínica con los niños/as que han sufrido trauma crónico.

Las técnicas de arteterapia (dibujo, plástica…) son una manera adecuada de favorecer la función reflexiva, además de que ofrecen al niño/a la posibilidad de trabajar sus problemas emocionales desde un tercer elemento, resultando así ser unas técnicas que no retraumatizan.

El niño/a también aprende con ellas a atribuir  intenciones, emociones, deseos… a los personajes de los dibujos o a las creaciones artísticas.

Actualmente, se está experimentando un auge de las técnicas de arteterapia en el tratamiento de los traumas.

La técnica de la caja de arena, según la usa terapéuticamente Eliana Gil, es también una técnica que favorece la función reflexiva. Podéis consultar en este mismo blog los post sobre la Caja de arena escritos y que la explican.

Termino pidiéndoos a todos, como miembro asociado a La Voz de los Adoptados, que por favor votéis en esta dirección que os pongo para que la página web de la Asociación resulte elegida como ganadora a los premios convocados por la AUI. Es un segundo entrar en el enlace y cliquear o pulsar donde pone VOTAR y luego confirmar. Muchas gracias:

http://www.premiosdeinternet.org/index.php?body=votar&ctr=2332&fb_source=message

lunes 16 de enero de 2012

Más sobre apego desorganizado (II y final)


Esta semana os voy a contar un ejemplo de apego desorganizado que tuve en tratamiento hace ya unos cuantos años, cambiado los datos, características y circunstancias, con el debido anonimato, para garantizar en todo momento la confidencialidad. Creo que la exposición de este caso nos ayudará a comprender mejor lo que la pasada semana expusimos acerca de este subtipo de apego a partir del libro Understanding disorganized attachment.

Roberto es un niño de 5 años que acude a mi consulta derivado por los servicios sociales provinciales. Lleva en acogimiento residencial dos meses a causa de una medida de protección adoptada por dichos servicios.

Es un niño risueño y menudito que entra y prácticamente se acerca a los juegos sin apenas interactuar con el terapeuta. Se observa gran tensión muscular en las manos y brazos y juego no dirigido a fines y sin perseverar en el mismo. Cuando algo no le sale como él quiere, lo tira todo y observa al terapeuta para ver qué reacción muestra éste. Si mueves la mano cerca de su cuerpo o cara para darle algo, hace un gesto rápido tapándose la misma con las manos, como si intuyera que le vas a pegar. Cambia de actividad, como decimos, constantemente, y se tira por el suelo rodando de vez en cuando y gritando. Sus juegos favoritos son de lucha: golpea los muñecos con fuerza sin prácticamente juego simbólico. Impresiona como un niño que aún mantiene un juego propio de la etapa sensorio-motriz. Lo que sabe que no está permitido en la sala de terapia, lo hace con una intención de comprobar la respuesta del terapeuta, parece un comportamiento desafiante o de puesta a prueba. Hay una clara dificultad regulatoria de sus emociones y su conducta, primero reacciona pero después queda como bloqueado a la expectativa de qué hará el adulto con él.

Manifiesta un retraso acusado en el lenguaje y en la psicomotricidad gruesa (en coordinación) A nivel de relación con los compañeros, dado que no ha adquirido habilidades autorregulatorias, tampoco sabe regularse interpersonalmente: sus interacciones con los compañeros son para quitarles sus cosas y pegarles directamente si no acceden a dárselas y para romper cualquier juego que puedan hacer y plantear las cosas a su conveniencia: quitar el balón, tirar las construcciones de otros… Necesita una atención constante y en cuanto el profesor desaparece, el niño comienza a hacer ruidos, molestar a un compañero, pegarle, quitarle cosas… No puede permanecer solo sin regularse bioconductualmente.

A pesar de su corta edad y teniendo en cuenta el comportamiento tan perturbador que muestra, el pediatra ha decidido administrarle un suave tranquilizante que tampoco consigue demasiada mejora.

El niño es cariñoso y risueño, le gusta pintar y reconoce que hace mal pero no sabe qué le pasa.

Si acudimos a su breve pero intensa y dura historia, entenderemos el porqué de estos comportamientos tan desregulados, que buscan la alienación del adulto, con respuestas agresivas, buscando provocar y hacer daño a los demás (mordió a un niño con verdadera rabia y le causo una herida importante), tan contradictorias (a veces se comporta bien, otras veces provoca y espera la respuesta, se tapa las manos con la cara, otras se queda como paralizado…), con retraso en el lenguaje y la motricidad y sin una capacidad de permanecer al nivel que le corresponde (sólo parece haber estabilizado las funciones sensorio-motrices), siendo su edad madurativa más propia de un niño de 18 meses. Todo esto sugiere manifestaciones de apego desorganizado que se está organizando en base a volverse punitivo con los demás. Y también sugiere, por supuesto, un gran sufrimiento en este niño.

Los padres de Roberto están separados y la convivencia fue, desde el principio, muy violenta en casa, con gritos, insultos y amenazas entre los progenitores, llegando a lanzarse objetos en varias ocasiones. El padre, antes de separarse, abandonaba la casa durante horas o días para cortar los enfrentamientos con su mujer o para desahogarse. La madre quedaba a solas con el niño, ambos muy juntos y pegado siempre físicamente a ella. Cuando el niño quería gatear o moverse, en muchas ocasiones la madre le impedía ese desplazamiento. Se dedicaba a hablarle a su hijo diciéndole que su padre era un monstruo que les quería matar y hacer daño y que los dos tenían que atacarle cuando viniera. Por otro lado, el niño siempre muy tenso e inquieto por el ambiente hostil que sintió desde el nacimiento (su sistema emocional y de regulación psicofisiológico hormonal se alteró desde que prácticamente pone el pie en este mundo), lloraba mucho, era difícil de calmar y se mostraba hostil con ella. Dado que la madre interpretaba todas estas conductas como provocaciones y rechazo a su persona, le violentaba más al niño: le sacudía, le gritaba, le amenazaba y en ocasiones, le pegaba. Posteriormente, su madre, llorando, le pedía perdón de rodillas.

De los factores expuestos la pasada semana (ver post titulado “Más sobre el apego desorganizado”) en cuanto a parentalidad de riesgo, se observan los siguientes: La madre presentaba un trauma no resuelto (se habían burlado de ella en el colegio duramente debido a una minusvalía física que padecía y siempre interpretaba que todo el mundo la consideraba inferior, incapaz, lisiada… Además, en casa, sus padres le maltrataban y le hacían ver que si se metían con ella sería por algo.  Le hacían trabajar en las labores del hogar y si no cumplía, la insultaban y humillaban. Nunca hubo palabras de cariño ni de reconocimiento) Ambos padres aterrorizaron al niño con sus comportamientos violentos y en particular, la madre, metiéndole miedo al niño con que el padre es un monstruo en vez de calmarle y aliviarle el estrés, se lo acentuaba. La madre ha tenido comportamientos desorganizados, desorientados y agresivos con el niño. El padre (aunque no maltrataba directamente al niño aunque sí indirectamente en sus enfrentamientos con la madre) abandona al niño y le deja al cuidado de una mujer que se encuentra en un estado de desequilibrio mental. En la historia de este padre, su propio padre abandonó el hogar cuando su madre cayó en un problema de alcoholismo (trauma no resuelto en el padre también) Y finalmente, hay una variable mediadora (la función reflexiva del cuidador) que ha estado alterada: la madre interpreta los comportamientos resistentes del niño como un ataque y un rechazo a ella (le mentaliza así) en vez de ser verlos como producto de la situación familiar maltratante para su hijo.

El caso, no obstante, tuvo una evolución bastante satisfactoria. La madre se sometió a tratamiento por un trastorno de personalidad y pudo tener visitas supervisadas y el padre también siguió tratamiento. El niño estuvo varios años en un centro de acogida y dada la buena evolución del padre, pasado un tiempo,  éste pudo recuperar la tutela. La madre debido a su trastorno y a su historia no resuelta, fue valorada con incapacidad parental severa y crónica pero sí pudo tener un comportamiento bastante ajustado en las visitas.

Al hilo de este caso y de otros de apego desorganizado, en muchos de ellos, si el niño presenta un daño severo (como Roberto), necesita de un entorno educativo contenedor y afectivo para poder evolucionar positivamente. Una psicoterapia sin una contención externa y un acompañamiento educativo puede resultar incluso perjudicial porque es como un traje que el niño tiene puesto para sobrevivir en ese entorno. Se piensa que la psicoterapia es ese remedio mágico en la fantasía que todo lo solucionará y no es así. La psicoterapia requiere de complemento contextual firme y cariñoso y sin él no suele haber resultados en los casos graves.

Espero que este caso os haya ayudado a situaros en el apego desorganizado y sus manifestaciones. La semana que viene volvemos con nuevos temas.

lunes 9 de enero de 2012

Más sobre apego desorganizado

2012 ha arrancado, y tras unos días de descanso, Buenos tratos vuelve con todos/as vosotros y vosotras. Os felicito efusivamente el nuevo año y os doy las gracias por el seguimiento de los artículos y por valorar este espacio como de utilidad, de aprendizaje, de intercambio y de experiencias compartidas. Por mi parte, entusiasmado y con las energías renovadas tras el descanso, retomo las entradas que, como siempre, versarán sobre los temas del apego, el trauma y la resiliencia.

Uno de los asuntos que dejamos aparcados el mes pasado era el referido a la publicación de un nuevo libro (en inglés) sobre apego desorganizado. Os hablé de algunos aspectos de esta nueva obra pero quedaron otros importantes en el tintero. El libro se titula: Understanding disorganized attachment (Comprender el apego desorganizado) Sus autores son David Shemmings e Yvonne Shemmings.

El apego desorganizado es un subtipo de apego dentro de los apegos denominados disfuncionales. Es uno de los más frecuentes en los niños víctimas del terror que provocan situaciones de malos tratos en los que el niño siente que no existe ninguna estrategia organizada útil para poner fin a las situaciones en las que es violentado (golpeado, insultado, vejado…) o tratado de manera altamente incongruente, quedando al socaire de los cambios mentales (y consiguientemente conductuales) de los cuidadores principales. Así como el evitativo se adapta retirándose de la interacción y desconectando emocionalmente del cuidador (siendo una estrategia útil para mantener a la figura de apego) y el ansioso-ambivalente opta por hiperactivarse e incrementar las conductas de apego para también tener a la figura de apego, el niño que desarrolla un apego desorganizado, debido a que el terror le invade y a que ninguna de las anteriores estrategias le resulta eficaz (se encuentra en una paradoja sin solución: no puede ni aproximarse ni evitar o escapar de la figura de apego que le daña), contiene en su expresión características tanto de los apegos evitativos, como ansioso-ambivalentes e incluso seguros. Pero sin un orden coherente. A veces, no le queda más opción que la de congelarse y disociarse como único modo de defenderse del colapso mental que supone quedar a merced de una situación maltratante. Ya vimos en el post anterior que estos autores postulan que el apego desorganizado no lo muestra siempre el niño, sino que éste es un funcionamiento que tiene lugar bajo determinadas circunstancias. Y que en la medida que va creciendo el niño, la manera que tiene de poder organizar toda esa desorganización interiorizada de los modelos parentales es la de desarrollar apegos controladores (punitivos o complacientes) que tienen como fin tener bajo control a la figura de apego y el entorno que le rodea.

Esto es lo que expusimos con anterioridad y que extraje del libro. Hoy voy a contaros otros contenidos del libro que me han parecido interesantes para nuestro trabajo y quehacer educativo y terapéutico. Los que accedan por primera vez a esta entrada, les recomiendo que lean los post escritos sobre apego en este mismo blog acudiendo a la etiqueta de apego, a la derecha de la pantalla del ordenador.

Un tema sobre el que reflexionan las autoras es el de si basta una situación de violencia o malos tratos al bebé para que éste desarrolle un apego desorganizado. De todos los elementos y factores que influyen, ¿cuáles son los más determinantes para desarrollar este tipo de apego disfuncional en lo que a conductas de los padres o cuidadores primarios se refiere?

La conducta de apego desorganizada en el niño sería el resultado del maltrato ejercido por una parentalidad o unos cuidadores que presentan los siguientes factores de riesgo:

Pérdida o traumas no resueltos:  La investigación ha mostrado que las memorias traumáticas no resueltas, abusos y pérdidas padecidas no elaboradas en los cuidadores pueden conducir a serias disrupciones en la conducta de cuidados al niño que pueden estresarles, aterrorizarles y confundirles. Los padres de los niños con apego desorganizado tienden a mostrar momentáneamente lapsos en su discurso y razonamientos hacia el niño, creencias incompatibles o repentinas imágenes sensoriales. Esto puede traer fallos repetidos en las tareas de confortar y calmar al bebé cuando su sistema de apego está activado.

Aterrorizar al niño y cuidados extremadamente insensibles: Tratar rudamente al niño, comportamiento sumamente retraído o cualquier forma de comportamiento que le induzca miedo o terror está asociado a la aparición de un comportamiento de apego desorganizado. Los cuidados extremadamente insensibles tales como que el cuidador falle repetidamente en responder para calmar el estrés del niño, no responda a la búsqueda de contacto, ignorar su llanto, no responder a las vocalizaciones e intentos de comunicación del niño o no intervenir cuando éste corre riesgo porque su conducta entraña un peligro para él. La intrusividad física también es una conducta que puede desorganizar como por ejemplo, interacciones demasiado cercanas, vigorosas e intensas físicamente hacia el niño. También se incluye la rudeza y la conducta agresiva hacia el niño.

Conducta parental desconectada: Existen cinco categorías: (1) Aterrorizar y amenazar al niño (2) Conductas que meten miedo al niño (3) Conductas que indican ensimismamiento (parar la expresión, congelar el rostro y tornarlo inexpresivo o manejar al niño como si fuera un objeto inanimado) o estados de conciencia alterados en los cuidadores (4) Interactuar con el niño de manera temerosa o apocada, sumisa, de manera deferente o con conductas sexualizadas/románticas (5) Conductas desorientadas/desorganizadas en el adulto: conductas contradictorias, vocalizaciones contradictorias, conductas que desorientan, posturas o movimientos anómalos…

Pero, con todo ello, también juega un papel importante una variable mediadora entre estas conductas que se llama la función reflexiva del cuidador. Esta función consiste en ser capaz de leer e interpretar adecuadamente los estados internos del niño y sus manifestaciones y conductas, de tal manera que éstos estados se reflejen sin invadir. Estos niños aprenderán a interpretar a su vez adecuadamente las intenciones de los demás y desarrollarán un comportamiento donde sus intenciones y emociones permanecen. Los factores de riesgo anteriores darían como resultado una función reflexiva alterada. Como resultante de todo lo anterior, se desembocaría en situaciones de maltrato y en consecuencia, en una probabilidad alta de aparición de apego desorganizado en el niño. Cuando la función reflexiva se hace mal, por poner una comparación, el adulto (que tiene que hacer un “préstamo” de su cerebro al niño hasta que el suyo se desarrolle bien y sea capaz de funcionar solo) hace “préstamos cerebrales” que leen las intenciones del niño de manera alterada, que invade, intrusiva, no colaborando a que el menor aprenda a conocer y contener sus emociones y entender las intenciones de los demás. Ese “préstamo” se cobra un “interés” demasiado alto: el niño no es capaz de regularse ni de comprender bien las intenciones de los demás. Ya sabemos que las mentes de los padres crean las mentes de los niños.


Otros factores que las autoras estudian en su trabajo son los factores temperamentales (que ya abordamos un día en un post) genéticos y neurológicos que son correlatos (referidos al niño) del apego desorganizado. No determinan pero interactuarían con las variables anteriores. Me ha resultado curioso leer en este libro que el porcentaje de niños que muestran apego desorganizado y que presentan autismo, parálisis cerebral o síndrome de Down fue más alto que en muestras control (un estudio de la Universidad de Leiden) Quizá estas condiciones pueden interferir en el proceso de vinculación de los niños a los padres. Pero los autores de este estudio dicen que hacen falta más investigaciones para poder llegar a determinar si existen antecedentes neurológicos en el apego desorganizado. Me llama la atención, al hilo de esto, que algunos de los niños que han vivido institucionalizaciones en orfanatos de bajísima calidad en condiciones de aislamiento graves y prolongadas, sean diagnosticados de autismo. ¿Son autistas o pseudoautistas y lo que presentan es trastorno de la vinculación?

Otro aspecto que los autores del libro tocan, aunque muy brevemente (la verdad es que encuentro muy poco sobre este tema) es la relación entre el TDAH (el Trastorno por Déficit de Atención con Hiperactividad) y el apego desorganizado. Como dicen las autoras, en la superficie, pueden parecer similares. Pero una conducta de apego desorganizada no es lo mismo que un comportamiento perturbador.

Hablándoos de mi experiencia personal (esto no es del libro) los niños pueden tener TDAH y no tener padres con los factores de riesgo que hemos mencionado. Los niños con apego desorganizado tienen manifestaciones, en la superficie, en la conducta observable, similares a las del TDAH pero sus déficits están a nivel de vinculación, coherencia de la mente y estados disociativos (desconectarse de uno mismo y de sus propios estados internos), que no están presentes en el TDAH. La impulsividad y la tendencia a la conducta desregulada sí estarían a mi juicio, más compartidas por el TDAH y el apego desorganizado. Existe una alta proporción de niños adoptados que provienen de experiencias de apego subóptimas que son diagnosticados de TDAH, pero a menudo se ignora la evaluación del apego.  Finalmente, el TDAH, como trastorno, ¿podría al igual que el autismo o la parálisis cerebral ser una condición que interferiría en el proceso de vinculación con los padres? En ocasiones sí, porque para ello se requeriría de unos padres consistentes que fuesen capaces de regular a un niño tendente a la desregulación. Y no siempre pasa esto. Pero no creo que daría lugar a un apego desorganizado a no ser que los padres presentaran las características que hemos mencionado, sino a otro tipo de estilo o trastorno de apego. De todos modos, todo esto está sujeto a debate.

En cuanto a los factores genéticos relacionados con el apego desorganizado, existe –nos dicen los autores del libro- una compleja interacción entre genes y cuidados de riesgo. Todavía se necesita más investigación porque los genes interactúan con el ambiente. Sin embargo, concluyen que no hay que olvidar que el apego desorganizado emerge dentro de una relación particular con un tipo de cuidadores que hemos descrito. Para los autores del libro (y estoy de acuerdo), el apego desorganizado no surge de características o aspectos innatos del niño. Es producto de una relación y de un vínculo disfuncional. Esto debe quedar claro.

Finalmente, lo que más me ha gustado del libro es su parte práctica final. Como os habéis dado cuenta, le dan enorme importancia a la función reflexiva de los cuidadores. Los padres que presentan una función reflexiva alterada deben de ser tratados también en este aspecto. Y en la relación con sus hijos. Inciden mucho en la necesidad de hacer actuaciones preventivas con los padres. Los autores explican cómo trabajan con los padres y los niños utilizando el videofeedback en el domicilio de aquéllos dentro de un programa de intervención global. Pues es a través del vídeo cómo los padres pueden tomar conciencia y aprender a interpretar las conductas de los niños adecuadamente. Porque si los padres mentalizan mal a sus hijos (por ejemplo, le dan una cucharada de puré y el niño la escupe con un mal gesto, interpretando con ello que se están burlando de ellos en vez de recoger que el gesto del niño es que le desagrada el sabor, entonces, partir de ahí el padre o la madre pueden empezar a zarandear al niño) las probabilidades de un maltrato aumentan en combinación con otros factores de parentalidad de riesgo. Los autores terminan exponiendo un programa que se llama ADAM Project (The Assessment of Disorganized Attachment and Maltreatment Project: Proyecto de Evaluación del Apego Desorganizado y el Maltrato) que incide, entre otros aspectos, en las conductas parentales de riesgo de las que hemos hablado. Todo esto merece la pena porque el apego desorganizado se asocia a los trastornos de personalidad y a los trastornos disociativos en la vida adulta que pueden complicar mucho la salud de las personas que los padecen.

Bueno, como veis, todo es interesantísimo. Esta semana me he extendido un poquito más de la cuenta y el post es más teórico que en otras ocasiones, pero de vez en cuando creo que es positivo exponer lo que los autores nos explican y que nos ayuda a comprender y trabajar con los niños. La semana que viene os propongo una entrada en base a un caso que refleje lo que hoy hemos explicado, como ya hicimos con anterioridad.

lunes 26 de diciembre de 2011

Las II Jornadas Europeas de Resiliencia cierran el año de manera brillante (apuntes útiles para familias y educadores que trabajan con niños adoptados o acogidos)

Ya estoy de vuelta en Donostia-San Sebastián y dispuesto a contaros lo que destaco de las pasadas II Jornadas Europeas de Resiliencia celebradas los días 16 y 17 de diciembre de 2011.

Las Jornadas han sido todo un éxito de participación, 300 personas han asistido a las mismas, con lo cual nos da la idea del enorme interés que suscita el tema del Trauma, la Terapia y la Resiliencia. Además, no todos los días tenemos el privilegio de poder escuchar a Boris Cyrulnik, Maryorie Dantagnan, Franz Baro, Ana Forés, Jordi Grané, Jorge Barudy…

El lugar donde se celebraron las Jornadas fue la sede del Instituto Francés, un sitio magníficamente equipado y con todo lo necesario para poder celebrar las ponencias, conversaciones, comunicaciones…

¿Qué destaco de las II Jornadas? La verdad es que todo, pero no puedo contarlo todo porque necesitaría casi otro blog. Así que tengo que elegir. Aunque mencione pero no comente otras cosas (conversaciones, charlas o ponencias) no quiere decir ni mucho menos que no fuesen de interés. Todo fue interesantísimo y emotivo.

Hubo ponencias de Jorge Barudy (“Los buenos tratos: tutorías de desarrollo y de la resiliencia, organización cerebral, memoria y resiliencia primaria”) del profesor Franz Baro (“La teoría del sentido de coherencia de Antonovsky y los modelos de resiliencia: analogías y diferencias”) y de Anna Forés y Jordi Grané (“El desafío de educar promoviendo la capacidad resiliente de todos y todas”) A estos últimos tuve el placer de conocerles después de haber leído su didáctico libro sobre resiliencia titulado: "Resiliencia; crecer desde la adversidad" También hubo dos conferencias de Boris Cyrulnik (“El origen, las características y las competencias de los/as tutores de resiliencia” y “Factores y programas que favorecen o dificultan la resiliencia social”) De todas ellas, voy a exponer las ideas de Boris Cyrulnik, teniendo en cuenta que las aportaciones de Jorge Barudy y Maryorie Dantagnan las he contado muchas veces aquí -y las seguiré contando- y las conocéis más; y considerando además, que, lamentándolo, no pude quedarme a la conferencia de Anna Forés y Jordi Grané y por lo tanto no puedo hablar de la misma.

Vamos, pues, con la primera conferencia de Boris Cyrulnik. No lo conocía personalmente (aunque sí le escuché en San Sebastián, hace doce años, en un congreso) y pude acercarme a él. Hombre cordial y de trato agradable, su cara, a veces se nos puede antojar seria -su carácter no creo que lo sea porque atesora gran sentido del humor-, pero se ilumina cuando sonríe. Tiene una sonrisa muy cálida.

Es uno de los primeros espadas en el tema de la resiliencia y como sabéis él mismo es una persona que ha conseguido resiliar (de experiencias muy traumáticas) y ser un modelo en este sentido. Tiene numerosas obras y muchas de ellas las hemos referenciado aquí. Para acercarse a su vida se puede leer “Me acuerdo…”, en la editorial Gedisa, la cual publica todos sus libros en castellano. Es un libro precioso.

En la primera de sus participaciones (la que versó sobre el origen y las competencias de los/as tutores de resiliencia) resumo las ideas más importantes que expuso:
- "Los determinantes genéticos existen pero el hombre no está determinado genéticamente"

- "El peor maltrato es la negligencia afectiva. Nuestro cerebro no se organiza y estamos condicionados para aprender" Cyrulnik evaluó a niños provenientes de los orfanatos de Ceaucescu (Rumanía) que parecían autistas pero no lo eran (pseudoautistas) Se balanceaban y tenían movimientos estereotipados y conductas autolesivas, sin apenas lenguaje. La negligencia afectiva que habían sufrido les había provocado este tipo de conductas que se asemejan al autismo pero no lo son. Cyrulnik realizó resonancias magnéticas y comprobó que existía atrofia del sistema límbico y de los lóbulos frontales del cerebro. "Al ser adoptados, la atrofia cerebral iba recuperándose al ser integrados en un entorno rico afectiva y sensorialmente. Pero no es el mismo cerebro como si nada hubiera ocurrido. Pueden retomar con tutores de resiliencia un buen desarrollo pero no olvidan: la memoria implícita (la que contiene los recuerdos de emociones, sensaciones…) queda activada: son sensibles al abandono y se alteran mucho cuando ven a otros sufrir" Boris Cyrulnik nos dice que incluso los niños provenientes de situaciones extremas recuperan si encuentran a las personas adecuadas. Así pues, también pueden recuperarse los niños que padecen negligencias afectivas no tan graves como las de los niños de los orfanatos de Rumania (en nuestro libro “¿Todo niño viene con un pan bajo el brazo? Guía para padres adoptivos con hijos con trastornos del apego” contamos cómo trabajamos con un joven que había sufrido negligencia extrema durante 7 años en un orfanato de Rumania y lo bien que se ha recuperado), pero los padres deben de ser conscientes de que esta negligencia ha sido muy dañina y no negarlo y comenzar a presionar al niño con aprendizajes y desarrollos imposibles.

- Con lo anterior enlaza esta otra idea que Boris Cyrulnik lanzó: los niños que son dañados emocionalmente no suelen querer contar lo que han vivido (su maltrato o su negligencia) si no nos mostramos abiertos a creerle siempre, acogerle emocionalmente y apoyarle. Dice Boris que se callan porque la vergüenza les hace callar. "Es muy negativo que el adulto muestre su sorpresa e incredulidad cuando nos cuenta su historia" Esto es muy importante porque pasa con más frecuencia de lo que nos pensamos. Algunos padres y familias adoptivas toman la postura de pensar que se inventa cosas y esto daña a los niños. "Tardamos mucho para encontrar la fuerza para contar nuestro trauma; la sociedad debe de prepararse para escuchar estos relatos" - dice Boris Cyrulnik.

- "Es muy importante ayudar a que el niño encuentre un sentido al trauma que ha sufrido. La narración del niño debe encontrar su lugar en la narración de los otros. Hablando no a los niños sino alrededor de los niños (acariciando, riendo, jugando, meciendo…) estimulamos las zonas del lenguaje"

- "Si no hacemos nada, la resiliencia será difícil. Con un entorno afectivo, verbal y cultural crearemos muchos tutores de resiliencia"

En su segunda conferencia (la que versó sobre factores que promueven o dificultan la resiliencia), dijo que "los niños o personas que han sufrido un trauma pueden retomar un buen desarrollo; no es como si nada hubiera pasado pero es un buen desarrollo. Si no retomamos el desarrollo no se puede hablar de resiliencia. El trauma deja un rastro que a veces puede durar toda la vida pero es posible una recuperación a través de la palabra y de la producción cultural y social. Las obras de arte tienen un papel muy importante en la elaboración de los traumas" De hecho, las técnicas de arteterapia las trabajamos con los niños traumatizados como una parte del tratamiento que seguimos con ellos.

"Hay tres factores a evaluar –dijo Cyrulnik-: antes de sufrir el trauma, durante el trauma y después del mismo"

"Antes del trauma, es muy importante considerar el apego seguro y la mentalización. Si el niño ha conseguido una mínima base segura, logrará, con el nuevo entorno afectivo y sensorial que se le ofrece, abrirse a éste en seguida y confiar en sus nuevas figuras. La mentalización es el mundo interior, representacional, del niño. Si tienen un mundo representado dentro, pueden compartir"

"Durante el trauma, unos niños están más afectados que otros. Por ejemplo, en el caso de agresores sexuales, si existía apego seguro y/o mentalización y el niño recibe ayuda y la agresión viene de un desconocido (no del propio hogar), puede recuperarse"

"Después del trauma: las dos palabras clave que permiten la resiliencia son: el apoyo y el relato. Los relatos le dan sentido al niño, a lo que le ha pasado. Si alrededor del niño hay relatos (de amistades, vecinos, familiares…) podrá recuperarse. La solidaridad afectiva que tengamos con el niño dará sentido a su vida. Dar sentido a lo vivido es muy importante. Nuestro mundo moderno está disminuyendo los factores de resiliencia. Cada vez más niños son educados por una nevera y una televisión con consola de juegos y aprenden a reconcentrarse en sí mismos. La vergüenza del siglo XXI va a ser la pobreza y un mundo sin los demás"

Así pues, sólo quiero añadir -en especial para todos/as los que trabajáis y tenéis hijos/as adoptadas/os o acogidos/as- que dediquéis tiempo al relato, a esa reconstrucción de lo vivido que dará sentido a su vida. En general y exceptuando casos, y hablando sólo a partir de los niños y jóvenes adoptados que acuden a mi consulta, los padres y las familias dedican (en proporción a otras actividades) muy poco tiempo a la construcción de este relato alrededor del niño que sabemos que le ayudará, a la larga, a resiliar.

Las dos conferencias de Boris Cyrulnik fueron impresionantemente buenas, y aquí os he dejado lo principal que dijo (dijo mucho más en sus conferencias y en otras intervenciones, pero es lo que os destaco que me pareció más interesante)

Además de las conferencias, hubo conversaciones en torno al tema de cómo he ayudado y me han ayudado a sobreponerme de las adversidades y las atrocidades que he vivido. En una primera conversación participaron Emilia Comas, Olga Guerra, Juan Manuel Bendala y José Luis Gonzalo (servidor) Animó la conversación Jorge Barudy. En la misma, expusimos -cada uno desde nuestros contextos y nuestro saber y características personales- cómo ayudamos a ser resilientes a los niños/as en psicoterapia. En una segunda conversación, se habló de la adopción como una oportunidad de desarrollo y de resiliencia primaria y secundaria, participando Maryorie Dantagnan y José Ángel Giménez Alvira, madre y padre adoptivo, respectivamente. Animó la conversación Patricia Jirón. Ambos nos expusieron sus sentimientos y pensamientos como madre y padre adoptivos. José Ángel Giménez Alvira, a quien muchos ya conocéis por su magnífico libro “Indómito y entrañable. El hijo que vino de fuera”, Editorial Gedisa, nos habló de una dificilísima adopción con su hijo Toni, pues éste tenía antecedentes de maltrato y abandono y presentaba un comportamiento habitualmente violento y una carencia de hábitos y pautas normativas, a la vez que un tipo de vinculación muy punitiva. Pero con trabajo, paciencia, perseverancia y aguante el mensaje que José Ángel transmite es que estos chicos terminan por madurar sólo que el recorrido que necesitan y el acompañamiento son más largos. Toni, su hijo, está muy bien en la actualidad, llevando una vida normalizada. Nos lo presentó en un emotivo vídeo que el mismo Toni ha creado para que la gente le conozca, y es realmente enriquecedor escucharle y comprobar cómo habla de su experiencia.

También hubo un diálogo intimista entre Jorge Barudy y Diana Garrigosa. Dialogaron sobre cómo ha cambiado su vida y qué ha podido aprender de la experiencia adversa de la enfermedad de Alzheimer que padece su marido y político Pascual Maragall. Una mujer que no se rinde, con una actitud encomiable ante la vida y que, además, defiende y aboga por su independencia y no renunciar a su propia vida. Para cuidar bien de los demás, hay que autocuidarse.

Y, finalmente, participaron los responsables de proyectos que promueven y apoyan la resiliencia humana. De aquí destaco la participación de José Luis Rubio, miembro de Addima, Asociación para el Desarrollo y la Promoción de la Resiliencia, de la cual ya he hablado otras veces. A José Luis, tocayo zaragozano, no lo conocía personalmente y tuve el gusto de hacerlo una semana antes, en su Zaragoza natal, pues la AFADA (Asociación de Familias Adoptivas de Aragón) nos invitó a impartir un taller para familias adoptivas y a presentar nuestra guía para padres adoptivos y él asistió. Me encantó la ilusión y la pasión que transmite, que es con la que Addima hace las cosas; y me gustaron mucho sus actividades, sobre todo los cursos de formación en resiliencia. Os los recomiendo. Además, José Luis Rubio -junto con Gema Puig- acaba de publicar un libro titulado: “Manual de resiliencia aplicada” del que pronto os hablaré, magnífico manual y diferente a todo lo visto hasta ahora en resiliencia. En Addima también participa Pilar Surjo –a quien todavía no conozco personalmente pero ya llegará, ya- una excelente persona con la que mantengo contacto por mail y compartimos experiencias, materiales…

Al final de las Jornadas, hubo una mesa en la que expusieron sus testimonios las personas beneficiarias de los diferentes programas. Un acto muy emotivo al cual no pude asistir. Mi amiga y colega Olga Guerra me contó que fue realmente un testimonio de que la resiliencia, ese proceso y esa construcción, se pueden conseguir, son posibles. Las víctimas nos lo dicen. Pero hacen falta tutores de resiliencia, y en eso tenemos que seguir formándonos todos (profesionales, familias, profesores…)

Pude hablar, conocer, saludar, compartir, charlar… con innumerables personas que participaron. Muchas de ellas me testimoniaron en privado lo mucho que les gusta este blog. Gracias a todos/as. Para mí es una satisfacción y un estímulo para seguir adelante. Con otras personas, compartimos inquietudes, vivencias, recuerdos, experiencias de manera formal y también informal (con mesa y mantel) en la bella ciudad de Barcelona. He venido muy lleno y pleno de esta maravillosa experiencia. Podría contar muchas anécdotas pero me quedo, de todas, con esta: Un joven se me acercó en privado. Era una de las personas que después intervendría en la conversación final con otros beneficiarios de los programas. Me felicitó por mi intervención en las conversaciones y me dijo que lo que había dicho sobre cómo ayudar a los niños a hacerse resilientes desde la psicoterapia, le había ayudado mucho y se había sentido identificado. Me marché feliz de allí rumbo a Fuerteventura, donde me esperaban los ciclistas de Caja Rural Navarra para trabajar con ellos en su concentración de pretemporada. Me dijo unas cosas tan bonitas que creo no las podré olvidar nunca.

Me tomo un descanso hasta después de Reyes. Buenos tratos vuelve con todos vosotros y vosotras el 9 de enero (ya sabéis que siempre publico los lunes)

¡¡Quiero desearos a todos/as un Feliz Año Nuevo y mis mejores deseos para el 2012!! Urte berri on guztientzat!!