jueves, 20 de enero de 2022

lunes, 17 de enero de 2022

Curso "Acompañamiento de niños/as y adolescentes y familias bajo la mirada guestáltica y relacional XXI", por Loretta Cornejo y equipo


Curso Online

Acompañamiento de niños adolescentes y familias bajo la mirada gestáltica y relacional XXI


Impartidas por Loretta Cornejo, psicóloga y su equipo

Información e inscripciones:

www.escuelaelrincondelascartas.com

escuela@elrincondelascartas.com

 Comienzo: 22 de enero de 2022 

¡¡Últimas plazas!!

Puedes asistir a talleres en concreto

Quedará grabado para poder verlo a tu ritmo

PROGRAMA

Enero 22: Loretta Cornejo

Psicología y necesidades del adolescente actual

Febrero 19: Álvaro Bilbao

El cerebro del niño. Lecciones de neurociencia para padres y educadores

Marzo 19: Rafael Benito

La adolescencia como tierra de oportunidades y riesgos

Abril 16: Sara Fernández Wolf

Ciclo de la experiencia gestálticas aplicado a niños y jóvenes

Mayo 14: Nuria Carmona

Defínete como mujer y como líder (Claves para avanzar mentalmente en el camino al éxito)

Junio 18: Mamen Bueno

Trastornos alimentarios. Factores de vulnerabilidad y protección.

Julio 16: Jaime Picatoste

Las rabietas, un gran reto familiar.

Agosto 20: Diana Cornejo de Baumann

Encuentro con el mundo interior de le los niños/niñas y adolescentes con “Trastorno de Espectro Autista” (TEA)

Septiembre 17: Sara Fernández Wolf

Trastornos identitarios narcisistas

Octubre 15: Erik Baumann

Reinterpretando nuestras emociones: enseñado construir posibilidades desde el miedo

Noviembre 19: Loretta Cornejo

Enfermedades psicosomáticas en los niños/as

lunes, 10 de enero de 2022

El síndrome de resignación (Efecto Blancanieves)

Este pasado mes de diciembre de 2021, mi amiga y colega Cristina Herce, psicóloga y traumaterapeuta, miembro del equipo docente del Postgrado de traumaterapia sistémica de Barudy y Dantagnan, me envió una excelente picada: un documental que emite la cadena Netflix titulado «La vida me supera» Nos recomendó -lo compartió en un grupo privado, después lo difundimos por redes sociales- que lo viéramos encarecidamente, advirtiéndonos de lo siguiente: «¡Tenéis que verlo! ¡Sin palabras!»

Y tras verlo de verdad que uno/a se queda sin palabras. Una sensación de angustia, de agua negra en el interior del cuerpo, de profunda pena y dolor por esos niños/as del documental y por sus padres, atrapados en una espiral de la que es muy difícil salir por la impotencia y la indefensión que sufren al verse limitados para recuperar psicológicamente a sus hijos/as, pues todo no depende de ellos. Viendo este documental podemos conectar perfectamente no sólo con la impactante repercusión psicológica de un trauma colectivo, sino también con la dimensión moral del problema, sufrido por muchas personas de países concretos como los de la Antigua Yugoslavia y en la actualidad, Siria. Los aspectos de cómo se posiciona una sociedad a nivel político, legal y moral son fundamentales para poder recuperarse de un trauma satisfactoriamente. 

Os dejo un pequeño fragmento de este documental para que sepáis de qué estamos hablando exactamente. Os recomiendo que los que podáis, lo veáis entero. 



Poco tiempo después de ver el documental, hablé con Cristina Herce y tomando un café ambos comentamos lo sobrecogidos que nos sentimos viéndolo. Nunca habíamos oído hablar de un síndrome así. Haciendo memoria, sí recuerdo a chicos/as que traté en mi consulta con comportamientos que en el continuo de la catatonia podríamos situarlos en la desconexión, pero no a este nivel tan extremo. Le comenté a Cristina como hace años un niño de 9 años llegó a la sesión de terapia y sin decir nada se tumbó en una colchoneta que usaba para la relajación y se quedó dormido toda la sesión… No entendí el significado de aquella conducta, pero al tocar el timbre de la puerta y tras haber estado yo a su lado toda la hora, se incorporó y sin hablar y como si no estuviera presente, se marchó. Vino a recogerle un educador porque… acababa de ingresar de urgencia en un centro de menores al cesar el acogimiento familiar. Sin ninguna duda tanta pérdida y el intenso sentimiento de abandono activaron la desconexión como una forma de apagamiento para no abordar la realidad doliente de sentir que me lo tenía que contar en la sesión -aunque obviamente no tenía por qué hacerlo-. También he conocido a muchos chicos/as con formas de resignación como no levantarse de la cama, quedarse día tras día parados, sin ganas de nada, apáticos y desilusionados, pues no podían con su vida... Todos ellos compartían la dura experiencia del maltrato y el abandono; y esta forma de resignación era la única defensa posible, al no encontrar bases seguras estables de vinculación en sus vidas. Sin embargo, nada comparable a este estado catatónico en el que están estos niños/as del documental, algunos durante meses…

También pensé en muchos niños/as supervivientes de orfanatos de baja calidad, provenientes de Rumania y de otras partes del mundo, que habían yacido durante meses, e incluso años, en las cunas sin apenas contacto humano -víctimas de abandono extremo-. La depresión anaclítica que padecieron tiene similitudes con este Síndrome de resignación. En sus cunas, tras la protesta porque nadie acudía, los niños/as dejaban de llorar porque sus cerebros se apagaban para no sufrir. Las familias adoptivas, cuando narraban el estado psicológico en el que conocieron por primera vez a sus hijos/as, referían historias muy duras y tristes que delatan hasta dónde puede ser el ser humano lobo para otro ser humano, usando la famosa frase de Hobbes.

Foto: XL El Semanal


El Síndrome de resignación es conocido también como Síndrome de Blancanieves. En este popular cuento se narra la historia de esta joven, que como es sabido la reina quiere eliminarla porque ve en ella una amenaza para su narcisismo. En un momento dado del cuento, «la reina malvada prepara una manzana envenenada, mitad blanca y mitad roja, se disfraza como una anciana vendedora y le ofrece la manzana a Blancanieves. Cuando esta se resiste a aceptar, su malvada madrastra, para que no desconfíe, corta la manzana por la mitad y se come la parte blanca y buena de la manzana, y le da la parte roja y envenenada a la princesa. Blancanieves come la parte roja de la manzana con entusiasmo e inmediatamente cae en un profundo sopor. Cuando los enanos la encuentran, no la pueden revivir. Como aún conservaba su gran belleza, los siete enanitos no tuvieron el valor para enterrarla, así que fabrican un ataúd de cristal y oro para poder verla todo el tiempo» (Wikipedia). Es por este estado de sopor o catatonia en el que entran estos niños/as por lo que este síndrome recibe el nombre de Blancanieves.

Para conocer sobre este síndrome, recurro a este artículo -compartido por María Teresa Miralles- publicado en la revista Aperturas Psicoanalíticas y cuya autora es Teresa Sánchez, profesora de la Universidad Pontificia de Salamanca, titulado: «Síndrome de resignación. Trauma migratorio, somatización y disociación extremas». Dice Teresa: «Conocí el extraño síndrome también bautizado como efecto Blancanieves a través de varios artículos de prensa que daban cuenta de la foto ganadora del World Press Photo Gente (Redacción TO, 2018). En ella, dos hermanas adolescentes en estado de coma yacían en sus camas como bellas durmientes. Ambas, de etnia gitana, provenientes de Kosovo, junto a sus padres, habían desarrollado una progresiva reducción estuporosa de su motilidad, perdiendo progresivamente diversas funciones autónomas hasta entrar en coma. El cuadro era conocido desde los años 90 y solo se localizaba en Suecia, pero en 2019 ya habían sido reconocidos varios centenares de niños apáticos, que ocupaban las alas pediátricas de los principales hospitales del país nórdico. El asombro aumentó al visionar un documental sobre el mismo tema, "La vida me supera", a través del cual se asiste a la complejidad y gravedad de un hecho aterrador que afecta a hijos de inmigrantes (principalmente de las antiguas repúblicas de la antigua Yugoslavia –huidos de las guerras civiles que asolaron varios países balcánicos–, pero también de repúblicas bálticas y recientemente de Siria).

»Los niños y adolescentes censados con este mal tienen entre 7 y 19 años y presentan síntomas insidiosos: pasividad, laxitud, aislamiento sensorial e interactivo del mundo, mutismo, dejan de comer, beber y caminar, pierden el control de esfínteres, cierran los ojos y se abandonan a un letargo estuporoso que a menudo deriva en coma. Neurológicamente, todo funciona bien en ellos, pero tienen una desconexión frontal respecto a la conservación vegetativa de su cuerpo. Por lo general tienen buen color en las mejillas y aparentan ser durmientes en un sueño ininterrumpido.

»El proceso que conduce al síndrome de resignación se desencadena al rechazarse la solicitud de residencia en Suecia para la familia de la que forman parte. Han sido testigos de violencia extrema, a menudo contra sus padres, durante el tránsito o la fuga desde zonas de conflicto a países seguros (Suecia). Las vidas de sus familiares protectores han estado en riesgo de muerte, sufrido traumatismos, coacciones, agresiones o secuestros, retenciones y tortura. Los menores han presenciado horrores ejercidos por las mafias o los vigilantes de frontera, a veces han llegado solos tras cruentos avatares de supervivencia y, cuando al fin se sienten a salvo físicamente, se ven vapuleados por un nuevo temor a la deportación o devolución al mismo lugar temible del que huyeron. Un largo período de incertidumbre tras el trauma sufrido es nefasto. Tienen miedo y, por ósmosis ambiental, respiran miedo en su entorno familiar inmediato. Como afirma Viñar: “la experiencia del terror marca no solo al sujeto agredido, sino a su grupo y a su descendencia… el lugar del testigo es tan crucial como el del sufriente”.

»El detonante es la conciencia del inminente peligro de devolución y la amenaza de repetición de las vivencias traumáticas que ya experimentaron o presenciaron durante su exilio o el de sus padres. Hay un interruptor de edad que oscila entre los 7 años y los 19, algo que ha llamado la atención de los investigadores pediatras, psiquiatras y medios de comunicación. Probablemente el síndrome no aparece antes, pues hasta los 7 años no se procesan frontalmente las informaciones como anticipo de inseguridades futuras, y después de los 19 años se entra en el ejercicio de responsabilidades adultas y no “se lo permitirían”».

Como vemos, estos padres y niños/as, han sido víctimas de las mayores atrocidades que los seres humanos pueden sufrir. Recuperarse de un trauma es sentirse no solo seguro (secure) sino también a salvo (safe). Y estas familias no pueden estarlo si su residencia es puesta en tela de juicio, con la amenaza de que pueden ser expulsadas del país. ¿En qué ética humana cabe que seres humanos expulsen a otros de un país cuando el deber es acogerlos para que puedan retomar un buen desarrollo? Si los niños/as necesitan de una base segura (y sentirse a salvo) para recuperarse, ¿cómo pueden serlo estos padres que están con su sistema de defensa activado de manera permanente? Sólo en un entorno de poderosas, sostenedoras y cálidas relaciones humanas y sociocomunitarias es posible no ya recuperarse de los traumas (eso no es la resiliencia) sino poder retomar la vida pese a las cicatrices y vivir con ellas una vida digna. Si los gobiernos les privan de este derecho, ¿qué les queda? El estado catatónico porque no pueden con la vida. Lo que estos niños/as y sus familias sufrieron en sus lugares de origen tuvo que ser realmente pavoroso para activar una respuesta así.

Cada vez soy más consciente de que las terapias psicológicas y psiquiátricas poco pueden si no hay un entorno psicosocial afectivo y solidario. Como dice la gran Judith Herman en su mítico libro «Trauma y recuperación»«las experiencias nucleares del trauma psicológico son el no tener poder (disempowerment) y la desconexión con otros. La recuperación, entonces, está basada en un proceso de recobrar el poder o empoderamiento (empowerment) y en la creación de nuevas conexiones. La recuperación sólo puede tener lugar dentro del contexto de las relaciones, no puede suceder en aislamiento. En su renovada conexión con otra gente, la superviviente re-crea las facultades psicológicas que fueron dañadas o deformadas por la experiencia traumática. Estas facultades incluyen las capacidades básicas para la confianza, autonomía, competencia, identidad e intimidad. Así como esas capacidades se formaron originalmente en las relaciones con otra gente, tienen que ser reformadas en tales relaciones».

Portada del libro en inglés de Judith Herman


En efecto, Teresa Sánchez dice en su artículo: «Como la mente no logra evacuar la tensión que la ha inundado repentinamente, ni tampoco posee mecanismos de defensa eficaces para asimilarla o traducirla y así ser comprendida psíquicamente, el resultado es una condensación traumática que puede traspasar la barrera paraexcitatoria y paralizar el psiquismo. Es muy importante tener en cuenta que los padres deben ejercer una función contenedora (holding) y transformativa (réverie), pero si están abrumados por la preocupación del futuro familiar, no pueden ejercer adecuadamente ninguna de las dos, dejando la resolución traumática de los hijos a merced de sus propios recursos, que son escasos o ineficientes».


Foto: La Vanguardia


Teresa Sánchez refiere que este síndrome puede considerarse un trastorno disociativo ante un sufrimiento prolongado extremo: «A tenor de las distinciones introducidas por González y Mosquera (2015), diría que los “niños apáticos” tendrían un apagamiento de la conciencia o disociación horizontal. La pasividad se impone sobre otros mecanismos de lucha, evitación, sumisión o adaptación. Conjeturo que, en este síndrome, las grandes somatizaciones son expresiones disociativas del trauma, cuando otros procedimientos (fuga disociativa, despersonalización, trance…) ya no son eficaces». Los niños y niñas -sin llegar a este extremo- que trato en mi consulta, en muchas ocasiones, ante la falta de vinculaciones seguras estables en su vida, cuando no se satisface su derecho a los buenos vínculos (abogado Hernán Fernández), desarrollan estados abúlicos que son manifestaciones de su sufrimiento. Y el entorno, una vez más, puede confundirlo con pereza y actitud negativa, castigando conductas que necesitan otras formas de abordaje basadas en el respeto, la seguridad y la recuperación de la conexión con el otro, que puedan constituirse en punto de apoyo desde el cual retomar la motivación para vivir. Por eso, nuestra labor debe centrar sus esfuerzos también en llevar adelante una traumaterapia ecosistémica (Barudy, Dantagnan y Gonzalo, 2021) en la que impliquemos en la recuperación a todas las personas que trabajan con el niño/a y deben de permanecer con él/ella, acompañándole en su camino: LA BASE de cuidados -como la denomina Maryorie Dantagnan-, los trabajadores sociales, los psicólogos, los psiquiatras, los maestros… Además, los profesionales sanitarios y educativos también tenemos un compromiso ético ineludible consistente en influir en otros profesionales como los abogados, los jueces y los políticos. Porque en manos de ellos están muchas decisiones sustantivas que inciden decisivamente en que estos niños/as y sus familias con traumas severamente complejos puedan recuperar las capacidades básicas para confiar, tener una identidad y sentirse a salvo e integrados en una comunidad verdaderamente acogedora.

REFERENCIAS

Sánchez, T. (2020). Síndrome de resignación. Trauma migratorio, somatización y disociación extremas. Aperturas Psicoanalíticas, (63), e2, 1-23

Herman, J. (2015). Trauma and Recovery : The Aftermath of Violence. From Domestic Abuse to Political Terror. New York: Basic Books.

Barudy, J., Dantagnan, M. y Gonzalo, J.L. (2021) La traumaterapia ecosistémica. Presentación utilizada en el contexto del Postgrado de Traumaterapia. Documento no publicado. 

González, A. y Mosquera, D. (2015). EMDR y disociación. El abordaje progresivo. Ediciones Pléyades.

viernes, 31 de diciembre de 2021

Hicieron buenos tratos en otro año de duelo (Muchas gracias a todos y todas)

Durante el año 2021, Buenos tratos ha seguido su andadura gracias también a la participación de los profesionales, mujeres y hombres, que dijeron desinteresadamente "sí" a escribir un post y contribuir con ello a que sepamos más de trauma, apego y resiliencia.

1/ Todos y todas nos dejaron su saber. 

2/ Todos y todas invirtieron tiempo, esfuerzo y usaron su intelecto y sus emociones para enseñarnos y conectar con nosotros/as.

3/ Todos y todas son expertos en el ámbito del apego, el trauma y la resiliencia.

4/ Todos y todas los/as colegas participaron desinteresadamente, con gran motivación y entusiasmo. 

5/ Todos y todas los/as colegas recibieron como un regalo participar en Buenos tratos.

6/ Todos y todas los/as colegas lo hicieron dejando una parte de sí mismos/as que se plasmó en un post. 

7/ Todos y todas participaron porque les motiva ser profesionales de la ayuda.

8/ Todos y todas escribieron textos de gran calidad y nos los cedieron para Buenos tratos.

9/ Todos y todas se sintieron muy alegres y orgullosos/as el día que su artículo se publicó.

10/ Todos y todas los/as post que escribieron fueron un éxito y alcanzaron una cifra muy alta de visitas.

Este año 2021, que también ha sido verdaderamente difícil y doloroso para la humanidad por el coronavirus, no perdemos la esperanza de que podamos, al fin, en 2022, superar las adversas consecuencias de la pandemia que nos afectan física, psicológica y económicamente.

Si todos los años, como es tradicional, honro y homenajeo a los brillantes profesionales que han colaborado en el blog, este con más razón les doy las gracias de todo corazón a todos y todas  los/las que han escrito generosamente para Buenos tratos.


LISTADO DE ARTÍCULOS PUBLICADOS EN EL BLOG BUENOS TRATOS ESCRITOS POR NUESTROS/AS COLABORADORES/AS DURANTE EL AÑO 2021


ENERO 2021

1. “Gotas de lluvia”
Jorge Leon Gustà 


2. Reflexiones sobre adversidad temprana y adopción 
Lola Pavón 


FEBRERO 2021

3. El abuso sexual infantil, ¿una perversión del apego? 
Arturo Ezquerro


4. Siguiendo la estela de tu latido, hijo/a adoptivo/a imaginario/imaginado - hijo/a real
Dolores Rodríguez Domínguez


MARZO 2021

5. ¿Tenemos que ser súpermamás y superpapás? ¿Ser padre o madre adoptivo, se nace o se hace? 
Mar Alcolea 


ABRIL 2021

6. El derecho a los buenos vínculos y los derechos de los buenos vínculos
Hernan Fernandez Rojas 


MAYO 2021

7. Novedades en la Ley Orgánica de Protección Integral a la Infancia y a la Adolescencia frente a la Violencia 
Cristina Herce Sellán


8. Vamos a ponernos verdes. Una metáfora visual de los estilos de apego
Andrés Climent Jordan 


9. "He logrado aprender a quererme"
Janire Goizalde y Miren


10. Algunas ideas esenciales sobre divorcio de los padres y buenos tratos a la infancia
Erenia Barrero y Jose Luis Gonzalo


JUNIO 2021

11. Separaciones terapéuticas: habitando tu mente, anclado a tu corazón
Dolores Rodriguez Dominguez 


12. Adolescencia, pandemia y adversidad temprana. Claves desde la neurobiología (I)
Rafael Benito 


SEPTIEMBRE 2021

13. Adolescencia, pandemia y adversidad temprana. Claves desde la neurobiología (II)
Rafael Benito 



OCTUBRE 2021

15. Refugiados en suelo Europeo: la pérdida de una identidad
Iciar García Varona


16. “La familia nuclear es un factor que facilita el maltrato” 
Jorge Barudy 


17. El poder y el valor de lo inconfesable
Dolores Rodriguez Dominguez 


NOVIEMBRE 2021

18. Proteger a los niños/as de los abusos sexuales, una labor de todos
Dolores Rodriguez Dominguez y José Luis Gonzalo


DICIEMBRE 2021

19. El ciclo del miedo ante el abuso sexual
Dolores Rodriguez Dominguez 


viernes, 24 de diciembre de 2021

La pandemia, Benjamina de Burgos y Nochebuena ¡Feliz Navidad!

Un año más -ya son catorce- me encuentro delante del ordenador para escribir un artículo especial por Navidad. Desde el primer año de publicación del blog, 2007, he comparecido en este espacio bien para desearos Feliz Navidad, bien para trasladaros alguna reflexión que pudiera seros de utilidad. Este año no va a ser menos, por eso aquí estoy para compartir con vosotros/as mis inquietudes. En los últimos años dicho artículo se ha convertido en algo tradicional por Navidad. Lo publico, como veis, el día de Nochebuena, que para mí tiene entrañables resonancias, contenidos en la memoria implícita que me llenan de nostalgia y buenas sensaciones corporales.

Un año más, como es también costumbre, no me venía ningún tema a la mente sobre el que escribir. Dándole vueltas al asunto, decidí dejar ir mi mente y no pensar más en ello. Cuanto más se piensa sobre algo, es peor. Puedes entrar en uno de los dos lados del río, como dice Dan Siegel (2011) cuando compara la mente con esta corriente de agua, donde el líquido elemento se atasca o arremolina y ya no fluye. Entonces, las ideas ya no transcurren con agilidad por la mente, sino que el pensamiento se vuelve repetitivo, como en bucle.

Y un año más la inspiración me llegó. ¡Menos mal! Como por desgracia bien sabéis, seguimos con la pandemia por COVID 19, con una nueva sexta ola, con el aumento del número diario de personas que se contagian y una presión nuevamente potente sobre las UCIs, con un personal sanitario ejemplar y al borde del agotamiento, si es que ya no lo está. Las consecuencias económicas y sobre la salud mental, especialmente sobre la salud infanto-juvenil, están siendo graves. El pasado 20 de diciembre de este año, Save The Children alertó de que se han triplicado los trastornos mentales y de conducta entre niños y niñas, en un año con una significativa reducción de diagnósticos y con los servicios de salud mental infantiles y juveniles saturados. Los psicólogos y las psicólogas clínicas tampoco damos abasto en nuestras consultas, con un aumento del número de peticiones de terapia, con muchos jóvenes con ataques de ansiedad, cuadros depresivos, ideas de autolisis, trastornos del comportamiento, de alimentación… Esto es un indicador de sufrimiento y de que las condiciones pandémicas están haciendo mella en esta población, vulnerable, y especialmente en los que presentan condiciones sociofamiliares de riesgo. Y hablamos de que existe un grupo social que puede permitirse la ayuda psicológica; porque los estratos sociales más desfavorecidos no tienen esa posibilidad, con lo cual la incidencia de la enfermedad mental y su devastación es aún mayor.

En este contexto pandémico, que ya se extiende demasiado, largo se nos hace, esta pasada semana, haciendo repaso de lo que había sido el año, conecté con un viaje a Burgos que hice en agosto 2021 invitado por mi querida amiga y colega Iciar García Varona, junto con otros dos queridos amigos: Jorge León y Marina Mas. Lo pasamos en grande en esas tierras, visitando la maravillosa capital que es Burgos y su majestuosa y recién restaurada catedral. Una joya. Pero si algo me dejó huella de esta ciudad fue visitar el Museo de la Evolución Humana, parada obligada para todo el mundo.

La Catedral de Burgos es mágica desde el Mirador de
El Castillo, una noche de agosto de 2021.
¡A 8º de temperatura, pusimos la calefacción en el coche!

La Catedral de Burgos en Navidad 2021


Museo de La Evolución Humana de Burgos


En este Museo, un edificio contemporáneo amplio, luminoso y funcional, ideal para albergar un espacio destinado a esta actividad cultural, han recogido, clasificado y expuesto todos los hallazgos (restos humanos de los primitivos pobladores) encontrados en los yacimientos de la Sierra de Atapuerca. Además, el sitio es una magnífica oportunidad para repasar la historia de la humanidad. Los creadores del museo utilizan para ello un diseño expositivo donde la tecnología se pone al servicio de la didáctica museística, resultando entretenido y atractivo, con paneles, vídeos, recreaciones de escenarios y por supuesto los restos encontrados en la Sierra de Atapuerca. "Esta Sierra es una ventana desde la que contemplar la Prehistoria y la Historia, las Ciencias de la Tierra y de la Vida, donde se encuentran los fascinantes fósiles que han permitido conocer un poco más sobre los primeros pobladores de Europa". (Guía  gráfica de Atapuerca).

¿Por qué relaciono El Museo de la Evolución Humana de Burgos con la Navidad y la Pandemia? Parece un cadáver exquisito, es decir, como algo hecho con trozos que se van agregando de aquí y de allí y que no parecen tener mucho sentido y relación cuando los unes. Sin embargo, le he encontrado un mensaje que quiero compartir con vosotros/as esta Navidad y, por supuesto, todo el año. Creatividad al poder...

Pero para asociar estos elementos, hace falta que os cuente algo más: de todo lo que vi y aprendí en este Museo, lo que más me impactó y me emocionó enormemente fue la historia de Benjamina. ¿Quién era Benjamina? En Atapuerca vivieron varias especies de homínidos, entre ellos el Homo Heildebergensis hace unos 530.000 años aproximadamente. Dice El Diario El País (31/03/2009): «En la llamada Sima de los Huesos de la Sierra, hallaron las piezas sueltas de un cráneo que perteneció a probablemente una niña. Tendría unos 10 años, murió en esta Sierra y era diferente -diversidad funcional-, tanto que su grupo, su familia, le tuvo que haber prestado cuidados especiales. De lo contrario, no habría sobrevivido. Su cráneo asimétrico y, probablemente, su cara irregular no engañó a nadie, porque, además, cabe pensar que tuvo capacidades psicomotoras deficientes. Hoy los científicos saben que esa homínido preadolescente, tenía craneosinostosis, una enfermedad rara que afecta a menos de seis personas por 200.000 habitantes en la población actual.

La cuestión que se plantearon Ana Gracia, Juan Luis Arsuaga y el resto del equipo fue si un individuo así se valdría por sí mismo en un grupo de cazadores recolectores, si habría sobrevivido varios años sin la ayuda de otros individuos de esta familia.

La craneosinostosis es una patología que se caracteriza porque los huesos del cráneo se fusionan prematuramente. "Hoy en día, cuando se presenta en un niño, se le opera normalmente en sus primeros meses de vida para evitar tanto la deformación estética como las posibles alteraciones en el encéfalo", comenta Gracia. "En cuanto a nuestra niña, no sabemos exactamente qué deficiencias psicomotoras tendría, pero hemos descubierto indicios de que podría tener presión intracraneal elevada".

La fusión prematura de los huesos craneales se debe, en algunos casos, a mutaciones cromosómicas. Pero también puede tener un origen traumático o metabólico del feto. En el caso de Benjamina, los científicos se inclinan por el origen traumático. "La madre se dio un golpe, o el feto estaba mal colocado... Descartamos que el problema fuera en el parto", dice Gracia.

Existen en el registro fósil algunos homínidos con alguna carencia que sugiere que serían dependientes de sus congéneres para sobrevivir, pero son indicios controvertidos. Sin embargo, lo de Benjamina parece claro. "El cráneo 14 es el caso documentado más antiguo de craneosinostosis con deformidades neurocraneales, cerebrales y, muy posiblemente, asimetrías en el esqueleto facial", concluyen los científicos de Atapuerca. "A pesar de estas desventajas, el individuo sobrevivió más de cinco años, lo que sugiere que su condición patológica no fue un impedimento para recibir la misma atención que cualquier otro niño del género Homo del Pleistoceno Medio"».

Craneo de Benjamina reconstruido
Foto: Diario El País


¡Qué historia tan entrañable, me inspira un profundo afecto hacia estos nuestros antepasados! Los legos en la materia nos los imaginamos primitivos, rudos, luchando por el territorio y sobreviviendo sólo los mejor dotados porque si no serían un estorbo para el grupo. Y nos encontramos con que estos homínidos habían evolucionado más de lo que nos pensábamos y ya practicaban la ecología social de los buenos tratos preconizaba por Jorge Barudy (2005). Creo que las cuidadoras de Benjamina -a buen seguro serían hembras- son el primer arquetipo conocido (arquetipo: primer grabador) de la cultura de los cuidados y la solidaridad social. Esto me reconcilia con el ser humano porque en el origen de nuestra especie está el prodigarnos buenos tratos y cuidarnos, sin ninguna duda. 

[Excursus: Querida amiga Iciar: la primera prueba incontrovertible de que hace miles de años existían los cuidados a los más desfavorecidos se encontró en tu tierra, precisamente. ¡No podía ser de otro modo! Hace 530.000 años... ¿No es prodigioso que sucediera esto? Te estoy agradecido, Iciar, porque si tú no me hubieras cursado tu amable invitación no me habría enterado de esta historia y este post no estaría delante de vuestras pantallas, queridos lectores. Nos cuidaste muy bien en tu ciudad natal, por cierto]. 

Esta foto de familia tomada de la Guía Gráfica de Atapuerca nos dice que "mujeres, hombres y niños/as tenían conciencia de grupo. Se alimentaban de vegetales y de las trampas que ponían a los herbívoros. Es una tribu que cuidaba a los enfermos y que los acumulaba en algún lugar al morir".


Foto de familia, hace 530.000 años
Foto: tomada de la Guía gráfica de Atapuerca


En aquellos tiempos, de hace ¡¡530.000 años!! la vida sería muy dura, la esperanza de vida muy corta y la lucha por la supervivencia ardua. De tal modo que sólo serían capaces de salir adelante si formaban un clan; por eso se cohesionaron y colaboraron entre sí (sistema de colaboración social, descrito por Porges, 2011), porque sólo de esta manera tendrían posibilidades de sobrevivir. El apego al grupo era un imperativo biológico. Esto incluía tener un cerebro diseñado para la empatía, creo yo, capaz de dar una respuesta sensible al débil y vulnerable, como Benjamina, que sin estos cuidados y apoyos específicos jamás hubiese sobrevivido. 

¿Y hoy en día? No estamos como nuestros antepasados de Atapuerca, tenemos mil veces más medios que ellos, pero tanto en aquella época como ahora lo que no cambia es que nos vemos abocados a apoyarnos los unos en los otros, máxime si queremos sobrevivir a esta pandemia. Necesitamos que los más desfavorecidos, los benjamines y benjaminas de hoy en día sean especialmente cuidados por nosotros/as. Yo tengo un recuerdo cariñoso estos días para las mujeres (también hombres) que cuidan a muchos niños y niñas, que como Benjamina de Atapuerca no sobrevivirían si no es por la responsabilidad, entrega, solidaridad y dedicación, como dice mi querido amigo Jorge Barudy, de la "manada de hombres y mujeres buenos y buenas", sobre todo de estas últimas. Como decía mi otro gran amigo Juanito Aranzabal, gracias a la "labor callada de mucha gente buena que sostiene el mundo". 





¿Y cuál es el mensaje de la Navidad? La esperanza de un mundo mejor. La tradición cristiana espera que nazca un Salvador que rescate al pueblo y lo libere, el Mesías. Viene anunciado por una estrella, una Luz. La Luz de la esperanza. Para nosotros y nosotras, creyentes o no creyentes, pero solidarios y comprometidos con el sufrimiento humano, simbolizado/a este en todos y todas las benjaminas del mundo, el mensaje puede ser el de la esperanza (esta ayuda a seguir adelante a pesar de los momentos de incertidumbre) de que seamos capaces de cuidarnos los unos a los otros, con mención especial a los niños/as, de cohesionarnos y darnos puntos de apoyo y solidaridad. Sólo así podremos tener más probabilidades de que todos y todas podamos atravesar resilientemente este periodo tan complicado de la humanidad que vivimos con la pandemia de la COVID 19, que como a los Homo Heilderbergensis de Burgos nos obliga a unirnos y apoyarnos para salvarnos. 

Así pues, Navidad, Pandemia y Museo de la Evolución Humana de Burgos (con la historia de Benjamina, ¡tan bonita!) quedan íntimamente relacionados en este artículo que con todo mi afecto os regalo esta Navidad, con esa esperanza de que todos y todas extendamos los buenos tratos allá con quien estemos y nos relacionemos. 

¡Feliz Navidad, un abrazo muy cariñoso para todos y todas! 

REFERENCIAS

Barudy J., Dantagnan, M. (2005). Los buenos tratos a la infancia. Parentalidad, apego y resiliencia. Barcelona: Gedisa.

Díez Fernández-Lomana, J.C., Navazo Ruiz, M., Alonso Alcaide, R., Pérez-Moral, M.A. (Equipo Investigador de Atapuerca) (2014). Guía gráfica de Atapuerca. Burgos: Editorial Diario de los Yacimientos de la Sierra de Atapuerca.

Porges, S.W. (2011). The polyvagal theory: neurophysiological foundations of emotions, attachment, communication and self-regulation. New York: W.W. Norton & Company.

Siegel, D. (2011). Mindsight: La nueva ciencia de la transformación personal. Barcelona: Paidós Ibérica.

lunes, 20 de diciembre de 2021

El ciclo del miedo ante el abuso sexual, por Dolores Rodríguez Domínguez, psicóloga


Firma invitada

Dolores Rodríguez Domínguez


Nuestra sociedad bajo el pesado yugo del miedo: librarnos es nuestro gran reto pendiente para que las víctimas de abuso sexual en la infancia y adolescencia y sus familias se sientan arropadas por el cálido manto protector que entre todos y todas debemos tejer. 

Las informaciones publicadas en el periódico El Diario Vasco, el 18 de noviembre de 2021 sobre los datos que recoge el último informe realizado por Save the Children en torno a las cifras registradas de denuncias por abuso sexual a menores son abrumadoras y angustiantes. Cito textualmente: [A diario más de 15 niños y adolescentes denuncian haber sido víctima de abuso sexual ante la policía y los jueces. En 2020 fueron 5.865 las denuncias con menores víctimas…”Son cifras para la vergüenza”….., ....“se trata de un problema invisibilizado y desatendido desde el ámbito político y judicial.” Afirma Andrés Conde, director general de esta ONG.]. Y desde luego, razón no le falta. Cada vez son más habituales las publicaciones relacionadas con esta realidad tan dolorosa y sangrante, que nos habla de la crueldad y sufrimiento que nuestros niños, niñas y adolescentes están padeciendo, y cómo los organismos políticos y el sistema judicial actuales siguen sin estar a la altura para poder garantizar la protección y seguridad de los/as menores y sus familias. 

Estos informes estiman que sólo en un 15% de los casos se llega a denunciar, y que las víctimas en España podrían situarse entre 800.000 y el millón. Si la cifra de denuncias realizadas puede hacernos estremecer, éste cálculo estimado de las posibles víctimas puede llevarnos a un estado de temor intenso como sociedad. 

Si a todo esto le añadimos, los datos también publicados sobre el porcentaje de casos denunciados que se desestiman, que no llegan a cruzar ni siquiera las puertas de las salas de los juzgados, entonces puede llevarnos a la pérdida de la seguridad y confianza en la justicia. Dejándonos en la más profunda desesperación y desesperanza. 

 

Justicia
Foto: desdelaplaza.com

 

Dar a conocer todos estos datos supone una denuncia pública de las deficiencias del propio sistema judicial. Una reclamación más que justificada para exigir una mejora en los recursos ya existentes. Recursos que deberían garantizar la cobertura y protección a menores víctimas de violencia o abuso sexual, cualquiera que fuera su tipología, y que a día de hoy no logran hacer.

Pero si permanecemos atentos y observamos el sentir y el actuar de la población, podremos descubrir que también infunde, sin que esa sea su intención, una tremenda alarma y miedo en la sociedad. Inseguridad en las familias, en las/os menores de edad, y en los/as profesionales que debemos velar por garantizar la seguridad y la protección de las víctimas y sus familias. 

Alarma, inseguridad, temor, desesperación, desesperanza, todas estas emociones y sensaciones de peligro, que van filtrándose lentamente en los cuerpos y mentes de todos y todas, y que como consecuencia de ello, activarán nuestro sistema nervioso autónomo. Según la Teoría Polivagal (Stephen W. Porges), éste será el sistema encargado de poner en marcha los mecanismos de defensa, de lucha, huída o bloqueo, para hacer frente a cualquier situación percibida como amenazante o peligrosa.

¿Es éste nuestro problema?, ¿que se activen nuestros sistemas de defensa? Muy probablemente no, pues estos vienen programados de forma biológica y son necesarios para la supervivencia de la especie. Sin embargo, no darnos cuenta de que a través de ellos no logramos regular ni reducir nuestro miedo, quizás si pudiera serlo. 

Y es que, bajo el pesado yugo del miedo, lograr que la sociedad pueda hacer frente a una situación de abuso sexual sufrida por un/a menor, se puede convertir en un “sálvese quien pueda”. Y así, unos y otros, nos dejaremos llevar por las señales de peligro que nuestro cuerpo capta sin intentar entender por qué nos estamos sintiendo de ese modo y por qué actuamos del modo en que lo hacemos [negando/minimizando el impacto que ha podido tener la experiencia de abuso en el/la menor, apostando por las capacidades innatas de los/as niños/as por llegar a una auto-sanación, confiando en que la memoria de los/as más pequeños/as no recordarán lo ocurrido, confiando que sea el otro quien intervenga o tome parte, justificando nuestra no actuación por la ineficacia de la justicia…].

Sin darnos cuenta y muy a nuestro pesar, nos convertiremos en mensajeros de más desesperanza, inseguridad, y miedo que impactarán de lleno en las víctimas y sus familias.

 

El código del miedo
Imagen: blog.cristianismeijusticia.net


Ayudar a las familias en su propio miedo y desborde, cuando nos encontramos igualmente asustados y desbordados, se convertirá en un imposible. Dando origen a un imparable “Ciclo disregulador” (Porges, 2020).

Atrapados en este ciclo, fracasaremos en el desempeño de la función co-reguladora que tanto necesitan estas familias para lograr regular su estado de profunda inseguridad y desprotección. Nuestro miedo y el de las familias crearán una alianza sólida, logrando que permanezcamos conjuntamente “In-Movilizados” por él.

Y como consecuencia, tampoco lograremos construir un entorno seguro y protector para las víctimas, pues ellas se verán expuestas a la propia desregulación y miedo de sus familias, de la sociedad.

Ante esta situación, familias y víctimas quedarán, solas, abandonadas por todos y todas y acompañadas por el miedo. A la deriva y a merced de sus propios sistemas de defensa permanentemente activados para hacer frente a la gran amenaza y sufrimiento que supone la situación de abuso, así como un posible proceso judicial. Los mecanismos de afrontamiento como la huída, el bloqueo, y la lucha (Stephen W. Porges) serán sus únicas armas para defenderse, y en la gran mayoría de las ocasiones se mantendrán activadas por la soledad, el secretismo, la vergüenza y el silencio. 

Pero, ¿sería este escenario el idóneo para fomentar los procesos resilientes (Jorge Barudy) en las/os menores víctimas de abuso sexual? Me temo que no. No debemos olvidar, que son los contextos (interpersonales) protectores y seguros los que favorecen los procesos resilientes en las personas que han sufrido situaciones traumáticas. Pero, ¿estaríamos siendo conscientes de la gran importancia de los mismos? Me temo que no siempre.

Ante todo lo expuesto, tendría sentido pensar que sería nuestro deber y responsabilidad, conocer este proceso de activación de nuestras estrategias defensivas movilizadas por el miedo. De cómo nos puede condicionar a la hora de actuar y de qué podemos hacer para liberarnos y liberar a las víctimas y sus familias de su efecto. 

Pero ¿Cómo lograrlo?

Las luchas en solitario desprotege al guerrero, pues aunque albergue enorme energía que le moviliza para la pelea, no sentir el arrope de su batallón puede llevarle al peor de los finales: al abandono o al agotamiento total. 

Frente a una lucha de esta envergadura, como es el abuso sexual en la infancia y en la adolescencia, no podemos emprender una batalla en solitario. Debemos lograr inocular en la sociedad una cultura basada en el cuidado mutuo, donde la preocupación de todos y todas sea garantizar el bienestar colectivo. Generar un sentido de responsabilidad frente a los colectivos más débiles y desprotegidos.

 

Dibujo de una niña

 
Como sociedad, debemos lograr sensibilizarnos frente al abuso sexual y la violencia contra cualquier colectivo, sin distinción alguna, para lograr una movilización colectiva protectora. No debemos permitir quedarnos amparados por el impacto del miedo, pues debilita nuestros recursos como sociedad, y nos lleva a la inmovilización, y por extensión a la desprotección de todos y todas.

“Nada en la vida debe ser temido, solamente comprendido. Ahora es el momento de comprender más para temer menos” Marie Curie.

Es momento de comprender nuestro miedo y el de la sociedad, de comprender cómo condiciona nuestro funcionamiento y de cómo nos hace sentir y cómo podemos hacerles sentir a los demás. De comprender que permaneciendo en los estados de miedo nuestra capacidad de co-regulación se repliega, emergiendo comportamientos centrados en la supervivencia y protección individual y no la colectiva.

Comprender el poder del comportamiento social, comportamiento que nos lleva a mantener la cercanía y proximidad con los demás. Comprender los beneficios de la conectividad social como sistema de regulación fisiológico y emocional (Dr. Stephen W. Porges, 2020). De cómo sentirnos conectados reduce y regula de forma recíproca nuestra sensación de miedo y el impacto desorganizador o paralizante del mismo. 

Comprender que permanecer conectados nos protege, nos hace sentir seguros para “poder desafiar al mundo y que el mundo nos desafíe” (Dra. Sue Carter, 2020). Sólo así podremos superar los difíciles obstáculos que nos impongan en nuestro camino, y podremos tener la posibilidad de reparar el daño sufrido. 

 



Disponer de un sistema judicial versado en leyes defensoras del bienestar del menor y donde se preserve en la práctica el interés superior del menor, es un pilar fundamental del que no podemos prescindir. Y desde luego nos queda un largo y agotador camino que recorrer. Pero si lo que pretendemos es llegar a recorrerlo hasta el final, debemos cargar nuestras mochilas de viaje de abundante antídoto contra el miedo. Elaborado con los valiosos ingredientes como son la movilización, compasión, comprensión y la protección del grupo. Parece claro que el sistema judicial no está a la altura pero, ¿y la sociedad?, ¿logra estarlo? Me temo que todavía no.

Si queremos promover el proceso a través del cual las familias puedan sentirse seguras para poder hacer el acompañamiento de sus hijas/os que desgraciadamente han sufrido situaciones de abuso sexual, y puedan actuar desde el empoderamiento, debemos lograr que se sientan arropados y aupados por nosotros/as, por todas las personas, por la sociedad.

Como expresa el siguiente relato, “prestar nuestras alas” a quien ha podido perder las suyas, hasta que se sientan seguros para sustituir las alas robadas, y recuperar la seguridad para volver a volar con ellas. Informar e informarnos como ciudadanos y formarnos concienzudamente como profesionales para poder ser igual de sabios que “el viento”, capaz de impulsar a quien lo necesita para no decaer y mantener el vuelo con seguridad hasta llegar al destino final: “volver a sentirse libres surcando el cielo”.

Te presto mis alas
Un relato de Dolores Rodríguez Domínguez

Personajes alados de Yoi
Imagen: aminoapps.com



Si cierro mis ojos, soy capaz de volver a sentir el modo en que llegaste a este mundo. No sabría explicar con palabras ese momento. Miedo, dolor, incertidumbre, deseo, alegría. Como un huracán, así fue tu llegada, logrando poner toda nuestra vida del revés. Eso fue lo que pensamos entonces. Ahora quizás después de todo lo ocurrido, quizás ahora siento que tu llegada supuso mucho más que eso. 

Juntos fuimos construyendo tu pequeño mundo, desde lo que creíamos que era lo mejor para ti. De la forma más segura que podíamos. Es posible que también cometiéramos errores, pero siempre creímos que con nuestro esfuerzo, apoyo y amor lograrías volar por ti misma. Y así fue durante unos años. Tus pequeñas alas iban desplegándose, llevándote a cada rinconcito de tu pequeño mundo. Explorando cada flor, cada piedra, cada lugar a donde tus pequeñas y curiosas alas te invitaban a visitar. Cada día que pasaba ibas ganando confianza, en ti, en tus alas, en el mundo. 

Creímos que estabas segura, y que nosotros también lo estábamos. Hasta que sin previo aviso, todo se vino abajo. Y es que ese día, mirando a través de la ventana, nos dijiste que preferías caminar en vez de volar. Que ya no confiabas en tus alas. 

No nos lo podíamos creer ¿Qué había podido pasar? ¿Por qué ibas a querer renunciar a la libertad que te daban tus alitas? Aquellas que te daban la oportunidad de perseguir tus sueños, cualquiera que estos fueran. 

En nuestra mente no entraba semejante renuncia. Me entristece recordar, que en un principio pudimos ser poco comprensivos con aquella extraña elección que habías hecho. Renunciar a volar. 

Nuestra hija, aquella pequeña que tanto había disfrutado de cada vuelo que habíamos hecho con ella, y de los que había empezado a hacer ella por sí misma.

Nos sentíamos confusos, sin saber muy bien cómo ayudarte, ayudarte a recuperar tu ilusión por volar, por ser libre nuevamente. A veces, intentábamos provocar tu interés, sin lograrlo. Y logrando sin quererlo, que entre nosotros se creara esa distancia. 

Nunca nos habíamos sentido tan lejos de nuestra pequeña, ni incluso cuando acostumbraba a surcar el cielo, lejos de nosotros. Puesto que en esas ocasiones sentíamos el calor de nuestros corazones, físicamente lejanos pero amorosamente conectados, y muy pero que muy cercanos.

Cada mañana amanecíamos juntos y separados a la vez. 

Nosotros queriendo creer que quizá no era tan malo dejar de volar, que podrías caminar igualmente. Que tus pequeñas piernas cumplirían sin apenas darte cuenta la función de tus alas. Y que también te guiarían para alcanzar tus sueños. 

Tú con tus ojitos brillantes pero a la vez tan distintos, distintos a los que creíamos conocer, recordar, cuando surcabas el infinito cielo.

Y así pasaron los días, quizás más de los que debieron pasar. Y poco a poco, dejaste de hablar del cielo, de lo bonito que era volar. De lo libre que te sentías desplegando tus ligeras alitas. Y tus ojitos dejaron de brillar, y ya no se veían distintos. Se veían tristes, sin luz. Y nosotros nos fuimos contagiando de tu tristeza, o quizás tu tristeza era la que nuestros ojos reflejaban desde hacía tiempo. 

Todos parecíamos haber cambiado tanto. Y no sabíamos bien el por qué. El por qué de tu mirada triste, ni el por qué de la tristeza de la nuestra. Intentamos con todas nuestras fuerzas convencernos de que realmente no querías volar, intentamos olvidar que un día lo podíamos hacer juntos. Hasta que finalmente todos dejamos de hacerlo, todos dejamos de volar. 

Sin embargo, cuando pensábamos que todo estaba perdido, que te habíamos perdido, que nos habíamos perdido, un golpe de viento inesperado abrió las ventanas de tu habitación, dejando caer tus alas al suelo. Estaban escondidas, tras las tupidas cortinas, bien ocultas para que nadie pudiera encontrarlas. Nos miramos en silencio antes de que sintiésemos cómo despertaba en cada uno de nosotros un profundo dolor que comenzó a recorrer nuestro interior sin control.

No fue fácil. Nos enfadamos con nosotros mismos, con el viento, porque con su descaro descubrió tus alas. Y aunque nos duela en lo más profundo de nuestra alma, también nos enfadamos contigo. Pues pensamos que era una manera de mostrar tu rebeldía contra nosotros, dejar tus alas para ponerte a caminar.

Y entonces apareciste tú ante nosotros. Y al alzar tus pequeñas alas hacia ti, tus ojos volvieron a brillar y como si de un manantial se tratase, comenzaron a brotar de ellos, infinitas lágrimas. Y con ellas, se iban desvelando todos tus secretos hasta ahora ocultos, ocultos junto a tus alas. Tu vergüenza, tu culpa, tu dolor, tu incomprensión, tu miedo, tu soledad. En silencio, sin apenas quejarte, llorabas. Y nosotros contigo. 

Nuestras lágrimas seguían a las tuyas, queriendo alcanzarlas, queriendo abrazarlas. Al acercarnos a ti, bajaste tu mirada, mientras tu cuerpo temblaba. Desplegamos nuestras alas, y te envolvimos suavemente con ellas. Permanecimos en silencio, meciéndote al compás del batir de nuestras alas. Levantaste la mirada, esta vez posaste tus ojos en los nuestros, y con los nuestros te invitamos a mirar el cielo. Tus ojos volvieron a brillar, pero esta vez reflejaban una profunda calma y cierta esperanza.

Y entonces volvió a ocurrir, el viento volvió a soplar, esta vez de forma más suave, logrando que nuestros corazones de nuevo sintieran esa conexión, ese calor que habíamos dejado de compartir, y que tanto necesitábamos volver a sentir.

Y dejándonos llevar por el viento y el lenguaje de nuestros latidos, abrimos nuestras alas, y manteniendo tu mirada con la nuestra, alzamos el vuelo, contigo sobre nosotros. Recibiendo nuestra protección, nuestro soporte para volver a volar, para volver a recuperar tu libertad, surcando nuevamente el cielo. 

Pero nuestro entusiasmo no nos permitió ver que quizás fue demasiado pronto para ti, pues en pleno vuelo, atemorizada cerraste fuertemente tus ojos. Tu cabello suelto comenzó a enredarse con el nuestro y sintiendo que podíamos perder el control, el temor se apoderó de los tres. 

Y entonces volvió a ocurrir. Sin saber muy bien cómo, el viento nos susurró al oído, sosegándonos, y logrando que el calor de nuestro corazón brotara más fuerte. Y de forma mágica, como si de un bálsamo milagroso se tratara, la calidez de nuestros corazones acarició tu temor, acunándolo. Y de nuevo tus ojos volvieron a brillar, reflejándose el cielo en ellos. 

En pleno vuelo, y al volver a mirarte, quisimos gritar que nadie debió arrebatarte tus pequeñas alas, y con ellas tus sueños, tus deseos. Pero nuestras voces apenas podían escucharse. Es por eso, que sentimos que debíamos compartirlo con el viento. Nuestro gran aliado en el vuelo, cuando con su destreza nos ayuda a mantener nuestro rumbo. Quien nos empuja con su fuerza cuando nuestras alas pierden la suya. Ese gran sabio del arte de volar, que planea sobre el aire, la tierra y el mar. Que puede llegar a cualquier rincón, rompiendo el silencio del lugar para desvelar aquellos secretos que nunca debieron serlo. Y que si la ocasión lo requiere, puede tornarse con fuerza y convertirse en un poderoso huracán, para proteger otras alas, otros sueños, otras almas.

De regreso, todo parecía tan distinto, el cielo, nosotros, tú. No podemos decir si era mejor o peor que tiempo atrás, cuanto tú tenías tus alitas. Sólo que era distinto.

Reconozco que tardamos tiempo en poder entender y aceptar lo que te había ocurrido, lo que te habían hecho a ti y a tus pequeñas alas. Ahora sabemos y sentimos que fue profundamente doloroso e injusto para ti, que sin piedad se atrevieran a dañar tus alas. Nunca debió pasar. Y aunque lo hemos deseado y reclamado con todas nuestras fuerzas, no hemos encontrado la manera de que pudieras recuperar tus antiguas y queridas alas. Pero a pesar de todo, creemos que no debes renunciar a tus sueños, renunciar a la libertad que te ha dado volar, y si de momento quizás no puedes tener tus alas, nosotros podemos prestarte las nuestras para seguir volando, para seguir soñando. 

Y así nuestra valiosa niña, cuando tus nuevas alas estén acabadas y tú estés preparada para poder volver a vestirlas, volverás a volar por ti misma y nosotros volveremos a volar contigo. Nuevamente libres, nuevamente surcando el cielo.

No tengas prisa pequeña, esperemos al viento. Él guiará nuestras alas, para nosotros guiar las tuyas.


REFERENCIAS

“La neurobiología del amor y las relaciones humanas” (2020) Dr. Stephen W. Porges y  Dra. Sue Carter Porges . Formación Instituto Cuatro Ciclos.