lunes, 20 de mayo de 2013

Una experiencia de tratamiento en trastornos del apego en un centro especializado


Hoy iba a hablar de las funciones ejecutivas, la segunda parte del post que publiqué hace unas semanas. Pero ha llegado a mis manos el último número de la gran revista “Mente y cerebro”, la cual nos ofrece un artículo sobre apego titulado: "El peso del apego temprano", escrito por Katja Gachsler, redactora de la versión alemana de la revista, y he decidido postponer el tema de las funciones ejecutivas una semana más. Me he entusiasmado tanto con su contenido que no he podido aguantar escribir sobre ello ¡Y es que cada cosa nueva que descubrimos sobre este tema nos apasiona!

El artículo en cuestión es una buena compilación de lo que es el apego, sus clasificaciones, la forma de evaluarlo, la población de niños que con más probabilidad presenta problemas o trastornos del apego (habla de casos reales -aunque con nombres figurados- de niños acogidos con historias de abandono y malos tratos) y acerca del pronóstico que tienen los afectados. Hasta aquí, nada nuevo bajo el sol. Sin embargo, al final la autora expone una experiencia de intervención que me ha resultado novedosa e interesantísima: un tratamiento intensivo -en un centro especializado en trastornos del apego graves situado en la ciudad de Múnich- para niños mayores de seis años. Seguramente existen más centros de este tipo en el mundo, pero esta es la primera iniciativa -con esta especialización concreta- de la cual he tenido conocimiento (gracias a la revista “Mente y cerebro”)

Voy a transcribir la parte final del artículo en la que explican cómo realizan este tratamiento y, a la vez, voy haciendo algunos comentarios. Hemos caído en la cuenta -compartiendo el contenido del artículo con algunos colegas- de que bastantes de los componentes que integran este tratamiento intentamos incluirlos, dentro de nuestras posibilidades, en nuestro trabajo de psicoterapia en las consultas. Aunque, evidentemente, no articulamos todos estos elementos como lo hacen desde un centro de estas características. La experiencia en sí, de cualquier modo, nos aporta un novedoso programa cuyos elementos más relevantes podemos incorporar  y coordinar dentro de un diseño de tratamiento integral desde una consulta ambulatoria de psicoterapia. Lo ideal, claro está, sería un centro terapéutico como el que nos presentan en el artículo; sobre todo cuando no podemos contar con un contexto que pueda ser red de apoyo para el menor de edad.

Transcribo literalmente la parte final del mismo:

En numerosos casos, un tratamiento ambulatorio no resulta suficiente, en especial si el niño presenta un trastorno grave o si no se puede contar con el apoyo de su entorno. El equipo de Brisch ofrece desde el año 2000, en el Hospital Infantil Dr. von Hauner en Múnich, un intervención clínica intensiva para jóvenes a partir de los seis años. La terapia no se lleva a cabo en una clínica al uso: se desarrolla en un ambiente familiar de un enorme piso ubicado en un edificio antiguo.

Cada niño dispone de una enfermera de referencia. Esta se ocupa en especial de él, es decir, se convierte en un referente estable para el niño durante un período que puede durar de seis a doce meses. La casa cuenta con reglas estrictas: no se tolera la violencia. En tal caso, hay que correr con las consecuencias, a saber, recortes en el tiempo de juego con la videoconsola o el desarrollo de tareas especiales.

La novedad radica aquí en que es una enfermera y no un educador quien se constituye en el referente del niño. En los pisos tutelados suele ser un educador con quien normalmente, nos coordinamos durante el tratamiento psicoterapéutico que hacemos desde la consulta ambulatoriamente. O la familia de acogida o adoptiva, si el menor de edad es acogido o adoptado. En este centro terapéutico de Múnich es, en cambio, una enfermera quien se constituye en el referente del niño durante el programa. La idea es positiva porque la enfermera o el enfermero están asociados a cuidados en la mente de los niños. Pero en los centros de acogida y en los centros de acogida terapéutico-educativos que conozco, es un educador/a el referente para el menor de edad. Ahora bien, entiendo que la experiencia de Munich no se refiere a un centro de acogida sino a un programa terapéutico que no se desarrolla en un hospital sino en una casa que quiere generar un ambiente familiar (con el fin de potenciar una mayor calidez y evocar el apego seguro), en el cual pueden participar menores de edad desde los seis años que no están (al menos necesariamente) tutelados. La figura de la enfermera como proveedora de cuidados y referente estable (esto último es fundamental: sin permanencia no hay posibilidad de trabajar para crear modelos internos de apego seguro) puede ejercer una importante función calmante y estabilizadora en la mente del niño. Permanencia externa que vaya fomentando la noción de permanencia interna, déficit que como ya sabemos, presentan los trastornos de apego reactivo severos (Rygaard lo explica con detalle en su libro “El niño abandonado”)

Cuando un niño agresivo -continúa el artículo- desata su ira, uno o varios trabajadores lo acompañan a una habitación acolchada donde debe reconducir su rabieta. La sala no se ha ideado en el sentido de un espacio de tiempo de espera, como algunos asesores educativos aconsejan en estas situaciones. Un cuidador del centro permanece en todo momento junto al infante, con el fin de protegerle de posibles autolesiones, pero sin contenerle durante largo tiempo. Los especialistas consideran que la terapia de contención (agarrar al individuo en contra su voluntad), técnica a veces muy extendida en el tratamiento de los jóvenes tutelados, resulta contraproducente e incluso peligrosa.

Esto es lo que, desde mi experiencia, venimos recomendando a padres y familias adoptivas y acogedoras. Uno de los principales problemas de estos niños son las enormes dificultades de regulación emocional que padecen. Tienen reacciones de ira y agresividad ante la frustración, no son capaces de modular los estados emocionales ante distintos sucesos vitales, y sufren cambios de humor y de estados mentales. Ello es porque su figura de apego primaria no cumplió la función principal que el apego seguro tiene: la de enseñar al niño a autorregularse haciendo una función reflexiva adecuada. Por lo tanto, los padres adoptivos, de acogida y los profesionales debemos de trabajar con el menor de edad esa habilidad, haciendo lo que sus cuidadores no hicieron. Nuestra palabra, poco a poco, irá favoreciendo que el niño la incorpore como herramienta de modulación y monitoreo interno de sus emociones. Solamente hay que intervenir, en efecto, si el niño va a dañarse o dañar a otros. Añadiría que hay que explicárselo previamente para que entienda que esa pauta se hace desde el cariño y para cuidarle, no para hacerle daño; pues el contacto físico es algo que viven como una auténtica invasión e interpretan como ataque, tal y como se sigue diciendo en el artículo:

En opinión de Brisch, el niño debe determinar por sí solo cuánto contacto está dispuesto a tolerar: «En especial en los niños que han sufrido abusos o malos tratos, el acercamiento físico puede desatar grandes miedos, ya que les recuerdan experiencias violentas anteriores». La persona cuidadora trata de conectar con el afectado a través de sus sentimientos impetuosos, adjudicándoles un nombre y transmitiéndole su apoyo emocional, experiencia que confiere un apego positivo destacable. En esta fase del tratamiento (tiempo intensivo), el cuidador ayuda al niño alterado a regular sus sentimientos y emociones. «Los niños solo pueden aprender a calmarse mediante la corregulación —destaca Brisch—. Abandonarlos no aporta nada; con ello solo aprenden a desconectar de sus sentimientos; en cambio, desaprenden el modo de percibir sus miedos y su cuerpo.» (La negrita es mía)

Tras la crisis, el infante suele necesitar consuelo; también se halla emocionalmente accesible. Es el momento para recapitular junto al terapeuta lo sucedido en esos instantes con el fin de comprender qué ha provocado la rabia y de qué otra manera habría podido reaccionar. Asimismo, se comenta el modo de reparar el daño personal y material que ha causado.

Es satisfactorio comprobar que otros profesionales ratifican una forma de trabajo  similar a la que venimos desarrollando desde que nos formamos en el Diplomado en psicotrauma infantil de Barudy y Dantagnan. En general, los castigos y el llamado tiempo fuera, para niños traumatizados por la violencia, no son recomendables. Los castigos (la palabra "castigo" puede resonar internamente como una experiencia asociada a dolor y humillación) desatan la cólera de los niños, cólera que les es muy familiar por toda la violencia vivida. Es mejor referirnos a consecuencias, y que éstas enseñen al niño cómo actuar. 

Por su parte, para niños traumatizados, el “tiempo fuera” o apartarlos y llevarlos a un lugar para que reflexionen, no cumplirá la función que se pretende. Desconectarán de sus sentimientos, como nos dice el artículo. Los niños con trastornos del apego necesitan “tiempo dentro”, pues con la actuación competente del adulto que actualmente se ocupa de su cuidado es la manera en la que aprenderán a calmarse gracias a esa co-regulacion. Como veis, es una pauta basada totalmente en la teoría del apego.

El componente que incluyen en el tratamiento de hablar y poner palabras para que aprendan a identificar qué disparó la rabia y poder domar esas emociones tan explosivas, así como trabajar con el niño la manera de poder resolverlo, es totalmente necesario. En psicoterapia lo hacemos cada vez que ha ocurrido un incidente de este tipo tratando de que el niño sea capaz de verbalizar lo ocurrido, identificar el estado interno y poder canalizarlo sin dañarse o dañar a otros. Muchos padres y familias me dicen que lo intentan en casa, pero que el niño no quiere hablar de ello, desea pasar página o actúa como si ese momento no hubiese sucedido. Bien, es necesario tener paciencia y detectar cuándo el niño o joven pueden mostrarse más predispuesto a hablar de ello. Algunos padres y familias me dicen que a veces sí encuentran ese momento y que son capaces poco a poco de ayudar a sus niños a que manejen esas explosiones de ira sin destructividad.

La necesidad de reparación, que tantas veces hemos comentado, que el niño o joven pueda recomponer el mal causado o compensarlo, el pedir disculpas y hacer algo positivo por las personas agraviadas, es otra pauta que como vemos, utilizan. Normalmente se le ponen al niño consecuencias de todo tipo, pero no las reparatorias, que son las que le dan la oportunidad de sentir que puede arreglarlo, y además favorece el desarrollo de la empatía.

Los niños pasan a diario varias horas al día con terapeutas especializados. Al principio solo es posible un tratamiento individual, puesto que los jóvenes pacientes no se encuentran preparados para integrarse en un grupo. Más tarde, se complementa el proceso con una terapia grupal. Esta incluye métodos de arteterapia, musicoterapia y terapia de movimiento concentrativo. Dichos tratamientos ayudan a que el niño exprese sin palabras sentimientos relacionados con traumas de su infancia temprana.

Algo que estamos constatando es que además de un tratamiento individual, estos niños necesitan una intervención grupal. En este centro la incorporan dentro de su programa pero todo niño pasa primero por el tratamiento individual. Este año hemos puesto en marcha para la Asociación de  Familias Adoptivas de Gipuzkoa Ume Alaia un taller terapéutico-educativo basado en el modelo del apego y la resiliencia y hemos comprobado que los niños que más se benefician de este tipo de intervenciones son los que previamente han hecho un tratamiento psicoterapéutico individual. Y en efecto, las técnicas de arte-terapia, música y movimiento (el especialista en trauma Van der Kolk postula que las terapias que incluyen componentes sensorio-motrices son necesarias para estos niños) son las que mejores resultados nos han brindado. Eso sí, los terapeutas de grupo han de trabajar con los niños para que estos vayan aprendiendo a regularse interpersonalmente y a aceptar los límites, con firmeza pero con aceptación incondicional.

Cada vez observo con más claridad que la psicoterapia individual para algunos o bastantes casos puede resultar insuficiente; y que hay que incorporar la psicoterapia de grupo y, por supuesto, el trabajo con los referentes o familia del niño. Sobre todo cuando estos últimos desconocen las secuelas que el trauma deja en los menores. Necesitan nuestro apoyo, comprensión y asesoramiento psicoeducativo. Y en ocasiones, psicoterapia para ellos.

El artículo prosigue así:

Aceptar el pasado

La primera fase de la psicoterapia intensiva se caracteriza por crear un vínculo seguro con el terapeuta y establecer un equilibrio emocional. Más adelante, y de manera progresiva, el pequeño integra sus experiencias de vínculo en sus juegos y en la relación con el terapeuta. Tras la elaboración de las experiencias traumáticas por parte del paciente, puede seguir una fase de trabajo de duelo, en la que el niño llega a comprender por qué su vida ha transcurrido de esa y no de otra forma.

En ese momento, se requiere con frecuencia un acompañamiento especialmente intensivo, ya que es probable que el paciente atraviese fases depresivas; incluso que piense en el suicidio. No obstante, algún día podrán aceptar mejor su pasado e integrarlo en su historia vital. Brisch resume la experiencia de la persona que pasa por este proceso de la siguiente manera: «Lo que me ha ocurrido es terrible, y hay cosas que aún no comprendo, pero la vida continúa ahora para mí».

La fase de despedida de la terapia comprende entre cuatro y seis semanas. Durante ese período se prepara al niño para el día de la separación. Llegado el momento, experimenta la tristeza que siente el equipo y la persona de referencia por su marcha. Se celebra una fiesta y se le entregan regalos. En la mayoría de los casos, es la primera vez que el niño vive una experiencia semejante; hasta ese día solo había conocido rupturas violentas.

Ciertamente, la psicoterapia debe convertirse más en una experiencia en la que propiciemos situaciones en las que el menor de edad viva un apego terapéutico reparador, que en un trabajo técnico en sí (aunque también) Pero cuando alguna vez he podido conversar con algún adulto que de niño estuvo en mi consulta, éste me transmite lo sanador que fueron para él las experiencias en las que se sintió sentido. Lo sanador, sí, pero algo que les descolocó también. Porque es una manera de contribuir a que su memoria codifique experiencias reparadoras, y que no sólo contenga las maltratantes. Estas irán con ellos, y el modelo interno mental que generan también irá con ellos. No se puede borrar. Pero sí se pueden crear nuevas conexiones cerebrales que contengan nuevas informaciones emocionales (además, positivas) respecto a la interpretación de la conducta y la expectativa de cómo se comportará un otro significativo (el terapeuta) con ellos y generalizarlo. Una de las experiencias que también cuidamos  nosotros en la terapia son las despedidas y también los cumpleaños, y los convertimos en ocasiones para trabajar con los menores de edad. Porque estos eventos han podido ser vividos por ellos de manera disruptiva. Son momentos ideales, terapéuticamente hablando. Hacer un cierre de la psicoterapia con una despedida adecuada es parte de la terapia.

A pesar de que los problemas de apego temprano conllevan efectos dramáticos, las experiencias clínicas aportan esperanza: los patrones de apego pueden modificarse. Un proyecto de intervención iniciado en el año 2000 con niños de acogida rumanos confirmó tal efecto. El comportamiento de apego de los pequeños (un 65 por ciento estaba diagnosticado como desorganizado) mejoró después de que una familia los acogiera. Además, tras ocho meses en su nueva familia, el diagnóstico por trastorno del apego de tipo evasivo resultó menos frecuente en los niños en acogida que entre los que no habían tenido esa oportunidad.

La necesidad de vincularse parece muy anclada en la biología humana. Puede ocultarse, pero no perderse. Incluso la disposición de apego ambivalente de Lisa se irá difuminando con el tiempo, siempre que Ana le demuestre que está allí y la trate con cariño. Los padres de Emma, con la que conviven desde hace pocos meses, reconocen que su hija todavía no ha superado traumas anteriores, por lo que no les extraña que exija más cercanía de lo que parece adecuado para su edad. Por su parte, los padres de Luis se saben tranquilos al entender que las pataletas de su hijo no se deben a la educación que le confieren, sino a un comportamiento con el que intenta demostrarles que se atreve a confiarles sus sentimientos. Como muchos niños en esta situación, aún le queda un largo camino por recorrer, pero ya ha dejado atrás lo peor.

Así es, largo es el camino por recorrer. Pero una vez más vemos que este tipo de intervenciones (aunque no tengamos una casa de tratamiento terapéutico intensivo ni un programa como el de Múnich, sí podemos incorporar a nuestro trabajo muchas de sus pautas y componentes del mismo, pues sabemos que a la larga van a beneficiar a los menores de edad) nos infunden esperanza. Los comportamientos de apego mejoran si los vamos encauzando de esta manera. Posiblemente, las representaciones mentales internas de apego no sea posible cambiarlas, sobre todo cuando acceden en momentos de estrés, pero sí proporcionarle a la persona representaciones nuevas.

Personalmente, me reconforta, anima y motiva leer experiencias de este tipo. Y me aporta una visión que ya venimos barruntando varios profesionales que solemos hablar sobre cómo ayudar aún mejor a los niños: la necesidad de que al tratamiento psicológico se le sumen sí o sí el trabajo en grupo y la labor psicoeducativa con los padres y las familias. Y eso si que podemos hacerlo desde una consulta.

Espero que a vosotros/as os haya gustado y aportado también luz sobre cómo educar y tratar a nuestros niños. Os recomiendo que compréis la revista (porque no es cara para la calidad que ofrece) y leáis el artículo entero sobre apego. Dentro de nuestros temas, este numero de “Mente y cerebro” también incluye un artículo sobre el Síndrome de Munchausen por Poderes, una poco frecuente forma de maltrato que consiste en la simulación de síntomas físicos o mentales propias de enfermedades por parte del padre o de la madre en el niño. Es la madre quien con más frecuencia ejerce este maltrato que se inserta dentro de los denominados trastornos facticios.

La semana que viene, prometido está, la segunda parte de la psicoeducación sobre funciones ejecutivas.

Cuidaos / Zaindu

lunes, 13 de mayo de 2013

Diálogos mano a mano sobre el buen trato en las "II Jornadas de Resiliencia Aplicada: Tutores de Resiliencia", organizadas por Addima en Zaragoza


El pasado 26 de abril, Addima (Asociación para el Desarrollo y Promoción de la Resiliencia) sita en Zaragoza, me invitó a participar en las “II Jornadas de Resiliencia Aplicada: Tutores de Resiliencia” Era la jornada de clausura del Curso que sobre Resiliencia Aplicada han estado llevando a cabo los alumnos/as. El colofón a dicho curso. Para mí ha sido un honor y una satisfacción poder participar aportando mi experiencia en este apasionante terreno de la resiliencia desde el marco de la psicoterapia, que es donde la aplico.

La Jornada de Clausura de Addima fue diferente a lo que estamos acostumbrados a ver. Dinámica, original, participativa y creativa. Se puede contar lo que es la resiliencia pero es mucho mejor tener experiencias. Y allí las hubo. Muchas y de calidad. Uno de los aspectos innovadores de Addima estuvo en sus diálogos mano a mano. Me invitaron a uno de ellos, en concreto a interactuar y generar conocimiento compartido con la Red de Promoción de Buen Trato a la Infancia y la Adolescencia de Burlada (representada por dos maravillosas personas: Gema Mañu y Rocío Ibáñez) Ya sabéis de sobra que mi blog se llama Buenos tratos. Con lo cual nos juntamos para dialogar tres personas que sintonizan y conectan emocionalmente pues comparten lugares comunes. Un caldo de cultivo ideal para que fluyan ideas y conocimientos sobre cómo trabajamos para que emerja en los niños ese fenómeno que llamamos resiliencia.

Toda la jornada brilló a gran altura. Podría hablaros de muchos temas que salieron, a cual más interesante. Por mi parte, en concreto, os presento un relato escrito en tercera persona que recoge, desde mi punto de vista, lo que en ese diálogo mano a mano, y en relación a los buenos tratos, reflexionamos. Espero que os guste y que os aporte ideas interesantes para vuestra tarea:

Gema Mañu y Rocío Ibáñez como representantes de la Red de Promoción del Buen Trato a la Infancia y la Adolescencia de Burlada, por un lado; y, por otro, José Luis Gonzalo como psicoterapeuta que trabaja también con niños y adolescentes en el ámbito privado de una consulta desde un modelo psicoterapéutico adaptado y respetuoso con el sufrimiento infantil y que dirige el blog Buenos tratos, cada uno desde diferentes realidades socioculturales pero desde un marco ideológico similar (promotor de la parentalidad positiva y del buen trato, conceptualizando al niño desde una visión ecosistémica y no patográfica) se descubrieron muchas afinidades y puntos en común en los diálogos mano a mano que mantuvieron en el marco de las jornadas organizadas por Addima con motivo de la clausura del II Curso de Resiliencia Aplicada.

Los ejes en torno a los cuales fluyó el diálogo y la co-construcción del conocimiento fueron los siguientes: cómo es el apoyo instrumental y de la red; la empatía y la comunicación; cómo nos posicionamos ante el sufrimiento del otro y, finalmente, experiencias.

Burlada y José Luis Gonzalo son dos redes de trabajo que comparten una filosofía común pero dos realidades distintas: Burlada es una red macrosocial y la de José Luis es una red microsocial. Burlada tiene un programa institucional para tratar y prevenir el maltrato infantil a gran escala que implica a los diferentes agentes de la comunidad y con participación de diferentes recursos, donde la coordinación es un aspecto central y clave. La coordinación es llegar a pensar no auto-referencialmente sino transprofesionalmente. La red de Burlada, ejemplo paradigmático que puede exportarse a otros municipios, nace en marzo del año 2000. La red se propone como finalidad promocionar el buen trato. Agrupa a todos los agentes sociales que trabajan con niños y adolescentes. Es una red organizada en tres niveles: la Asamblea (se reúne dos veces al año), el Grupo de trabajo de cada caso (profesionales que trabajan con el menor y la familia, en base a unos protocolos) y el Grupo pequeño de la red (es el auténtico motor de la red, el grupo operativo)

A José Luis Gonzalo, durante los diálogos, le pareció que esta red se puede comparar con el viejo adagio que reza: “hace falta toda una tribu para educar a un menor” O le resonó a una idea -que aún cuesta que sea asumida por la sociedad- que defiende que los niños no son propiedad de nadie, nos pertenecen a todos y todos hemos de velar por su cuidado, buen desarrollo y bienestar. Y para ello es indispensable trabajar los casos de maltrato y sobre todo difundir la cultura del buen trato a nivel social. Todo un pueblo (Burlada) se compromete socialmente en ello, es un logro admirable. Pensar que un bombero y un policía, que los maestros y los médicos, o cualesquiera otros profesionales, estén formados, sensibilizados y preparados para actuar ante el maltrato y quede todo recogido en un protocolo, a la par que se trabaje por el fomento del buen trato, es caminar hacia un modelo de sociedad avanzada porque no hay peor futuro social que menores que han sido maltratados y llegan a la vida adulta con un dolor invisible y un trauma oculto. Por lo tanto, no es sólo una red, sino unas actitudes, una construcción social compartida por un territorio. La red está pensada, ha sido construida pero hay que mantenerla día a día.

En un ámbito psicoterapéutico, el espacio pequeño de la consulta, la propuesta tiene vocación similar. José Luis Gonzalo parte de la idea de que la terapia sucede y debe suceder en el marco relacional privado de una consulta, en un espacio y tiempo protegido. Pero eso no quiere decir que el psicoterapeuta trabaje con el niño ignorando la realidad social en la que éste se desenvuelve. En los casos en los que el niño no ha desarrollado suficiente resiliencia primaria (un apego seguro=los cimientos de la casa) la única manera de ayudarle a desarrollar la secundaria es disponer en torno a él de una red que es en pequeño lo que Burlada es en grande. Una psicoterapia para un menor víctima de malos tratos en la cual el profesional no trabaje en coordinación con el referente adulto del niño, los maestros, otros profesionales (psiquiatras…), los responsables de caso en la administración, etc. está abocada al fracaso y no tiene sentido. Primero porque el psicoterapeuta, antes de comenzar con un tratamiento, ha de cerciorarse de si el menor cuenta con al menos un referente adulto que pueda acompañarle, brindarle apoyo y afecto y contenerle. Y también ha de estar en coordinación con todos los demás profesionales que intervienen para juntos diseñar y marcar un camino y una forma de pensar común para ayudar a resiliar a ese menor. Menor que debe de conocer esta red y saber cuál es su lugar en la misma y qué papel desempeña cada uno. Esta red microsocial que José Luis Gonzalo trata de impulsar desde su manera de trabajar en la consulta sería como el grupo de casas que sujetan a la casa que no tiene cimientos. Donde dice casa, póngase niño o menor de edad. Y le sujetan el tiempo que necesite, pues de ellas va a extraer los recursos internos para ir sanando de sus heridas. Lo que Burlada hace en una dimensión macrosocial, José Luis trata de hacerlo en una microsocial. La experiencia de José Luis, como Maura comentó, es más a nivel de su baldosa.

La idea de trabajo en red, en la mente del niño, tiene unas connotaciones que son terapéuticas en sí mismas. Como Giovanni Liotti expone, que el niño sienta que existen unas mentes que se conectan con otras mentes para hablar de la suya propia favorece un déficit que algunos niños maltratados suelen presentar, que no es otro que el de carecer de la capacidad de mentalizar (el otro tiene una mente con intenciones, deseos, emociones y pensamientos propios)

Para el niño importan más las personas. Las instituciones no existen en su mente, son algo inconcreto. Cuando por temas profesionales o de otra índole, alguien debe de dejar la red y viene otro profesional, es un momento muy delicado. Supone un duelo y posiblemente una regresión en los logros del niño.

La empatía es una de las capacidades humanas que muestran tanto los profesionales de la red de Burlada como José Luis Gonzalo. Ambos coincidieron en que transmitir a alguien esa sensación interna de sentirse sentido, es vital cuando estamos tratando con personas que han sufrido la terrible experiencia de los malos tratos. Nadie se puso en su piel, nadie les hizo sentir que lo sentían. Los profesionales empáticos y que favorecen la comunicación segura se convierten en tutores de resiliencia de los menores de edad. Muchas personas víctimas de malos tratos nunca han recibido ese reconocimiento de que su dolor y su sufrimiento se ratifique, legitimarlo. A partir de aquí se puede empezar uno a ver como víctima y no como culpable de lo ocurrido. Esta genial idea del reconocimiento del dolor (y la necesidad de reflejarlo por parte de los profesionales de manera empática) del menor maltratado es compartida tanto por Burlada y José Luis, pues ambos tienen el mismo origen formativo: la persona de Jorge Barudy (pionero en reconocer esta necesidad en las víctimas) Cuando una persona comienza a verse como víctima puede ir avanzando, con el apoyo de la red, hacia la posición de supervivencia y de ahí hacia la vivencia (alegría de vivir pese a lo ocurrido). Entonces emergen los aspectos resilientes de la misma. Es la visión que el niño o el menor debe ir desarrollando en su trabajo con los adultos que le tutorizan: él es el “héroe de una historia” Puede sentir orgullo por estar saliendo adelante. Esto permite el cambio de mirada (un concepto importante y que salió una y otra vez a lo largo de las jornadas de Addima): de alguien culpable, humillado, devaluado y merecedor del maltrato, el menor pasaría a verse a sí mismo como una persona a la que admirar y elogiar por su capacidad de lucha, que está en proceso de resiliar pues se está transformando al ir elaborando su historia (cuando la trabajas, te apropias de ella, te empoderas de la misma y ésta ya no te acontece) y desarrollar una visión de sí mismo como alguien merecedor de buen trato, afecto, cualidades, límites y apoyo.

Finalmente, hemos de destacar las experiencias tanto de Burlada como de José Luis. Burlada lleva adelante un innovador proyecto dentro de su red que es un taller para el fortalecimiento del vínculo afectivo entre las madres y sus bebés, sobre todo aquellas madres que están en riesgo de generar apegos inseguros. En este periodo de la vida, los cambios en el bebé se logran de una manera más rápida y asombrosa. Es más fácil reorientar al bebé hacia un apego seguro cuando se trabaja con la madre y se le pauta sobre la trascendencia del vínculo. José Luis por su parte habló -dentro del apartado experiencias- de cómo la red física que se tejió en torno al niño permanece en su mente tiempo después. Y que en un momento dado hace uso de la misma en caso de necesidad (para una orientación, un apoyo o búsqueda de ayuda)

En conclusión, en Burlada un pueblo entero, una tribu entera, educa y promociona el buen trato. El ciudadano, además, encuentra una respuesta ante la dura experiencia del maltrato y el dolor que genera. Toda la comunidad, articulada y coordinada, actúa de una manera sensible, comprometida y organizada. José Luis comparte esa visión y manera de trabajar y trata de llevarla adelante desde su pequeña baldosa.

En  la página web de Addima podréis leer más sobre esta experiencia tan gratificante que fueron estas jornadas. Anuncio que  el "III Curso de Resiliencia Aplicada" comenzará en breve. Os lo recomiendo por la calidad con la que Addima trabaja.

Cuidaos / Zaindu

lunes, 6 de mayo de 2013

Psicoeducación para familias adoptivas y/o acogedoras: la importancia de las funciones ejecutivas (I)


Llevamos unas cuantas semanas en las cuales tenemos olvidada la psicoeducación para familias adoptivas y acogedoras. Uno de los objetivos del blog  para este curso -en cuanto a temáticas- es el de ofreceos información sobre cómo los sucesos traumáticos influyen negativamente en el desarrollo del niño. Creo que estamos consiguiendo el objetivo.

Además de proporcionaos información, estas entradas os sugieren orientaciones prácticas para trabajar cada una de las áreas. Desde el pasado otoño venimos exponiendo estos temas, y hoy nos toca empezar el referido a las denominadas funciones ejecutivas, a menudo debilitadas en los menores de edad acogidos o adoptados y que han sufrido una historia de vida traumática. Funciones como el mantenimiento de la atención, el control de impulsos y emociones, la planificación de tareas, la previsión de las consecuencias de los propios actos están relacionadas con las funciones ejecutivas. Tareas que no pueden desempeñar los niños traumatizados con competencia suficiente y, por ello, a menudo, generan no pocas situaciones de tensión y conflicto en las familias. Situaciones que no son bien gestionadas por éstas pues presuponen que el niño quiere y puede afrontarlas y manejarlas cuando, en realidad, no es así porque dependen de unas funciones cerebrales que aún no están suficientemente estimuladas.

Nos basamos, como lo hemos hecho en toda la psicoeducación, en el libro de Blaustein y Kinniburgh titulado: “Tratando estrés traumático en niños y adolescentes”, publicado solo en ingles.

La idea principal es  la de trabajar con los niños para que aprendan a actuar en vez de reaccionar, mediante el uso de procesos cognitivos de orden superior para resolver problemas y hacer opciones adecuadas.

Vamos, primero, a aprender cuáles son los conceptos clave

¿Qué son las funciones ejecutivas?

Las funciones ejecutivas pueden ser conceptualizadas o entendidas con este símil: “son el capitán del barco cognitivo” Estas funciones ayudan al ser humano a navegar a través del mundo de manera que nos dirijamos a metas y meditemos sobre las mismas.

Muchas habilidades son clasificadas como funciones ejecutivas. Entre ellas, estas:

Demorar o inhibir respuestas

Toma de decisiones activa

Anticipar consecuencias

Evaluar resultados

Generar alternativas de solución

¿Por qué potenciar las habilidades que fomentan las funciones ejecutivas?

Para contestar a esta pregunta, primero debemos de conocer cómo impacta el trauma en las funciones ejecutivas. Como ya hemos hablado en multitud de ocasiones, la palabra trauma se refiere no sólo a un suceso puntual que pone en riesgo o es una amenaza potencial para la seguridad e integridad personal, sino que abarca también una sucesión de experiencias de carácter relacional en la que el niño ha vivido carencias prolongadas afectivas y/o negligencia, abandono y/o malos tratos. La falta de nutrimiento emocional, de alimento emocional tiene unas consecuencias para el cerebro. Que un niño esté, por ejemplo, viendo solo, durante horas, el techo blanco de un orfanato es como la desnutrición en el plano físico: falta la “comida” emocional. Eso es desnutrición emocional. El cerebro no recibe la estimulación, a través del contacto físico, el lenguaje del cariño, la comunicación no verbal lúdica… que son necesarias para que las neuronas se interconecten y las funciones del cerebro se vayan consolidando. Ya sabéis que todavía algunas (o bastantes personas) creen que los niños no necesitan desarrollarse a nivel emocional. Estas personas tuvieron una infancia en la cual las emociones eran negadas, reprimidas e incluso, infravaloradas. Puede sorprender, pero esto es así. En un libro que ya os he mencionado, excelente, titulado “Amar sin miedo a malcriar”, de Yolanda González, se explica esto en base a un sencillo argumento: si la educación emocional fuera realmente una prioridad de la sociedad, nuestro mundo sería realmente mucho más humano y solidario de lo que es. Ha habido muchas revoluciones a lo largo de la historia pero ninguna de ellas ha supuesto un cambio radical en la humanidad. La verdadera y auténtica revolución comienza por un profundo conocimiento de uno mismo.
 
El desarrollo de las funciones ejecutivas camina en paralelo al desarrollo del cortex prefrontal. Las funciones ejecutivas se desarrollan a lo largo de la infancia y la adolescencia, permitiendo a los niños llegar a ser cada vez más sofisticados en sus recursos cognitivos y en la solución de problemas. La conducta humana dirigida a objetivos o metas está guiada por esta parte del cerebro la mayor parte del tiempo.

Juntamente con otros sistemas cerebrales, el cortex prefrontal está implicado en la respuesta al estrés traumático. Cuando el estrés oprime o abruma los mecanismos de afrontamiento normales y se activa la respuesta ante el peligro, los sistemas clave para la supervivencia (por ejemplo, el sistema límbico del cerebro, el área emocional del mismo) toman el mando y los sistemas no esenciales en ese momento son desactivados. ¡En un momento de peligro significativo los procesos cognitivos superiores son considerados no esenciales o sin importancia! Pensad si estáis en el medio de la jungla, y un león se aproxima hacia vosotros: ¿Vais a pensar qué hacer o vais a salir corriendo?

El sistema límbico y el cortex prefrontal son mutuamente inhibitorios: mientras uno entra en activación, el otro decrece, y viceversa. Pensad cuando estáis frustrados si podéis ejecutar la habilidad para manteneros centrados en algo y continuar trabajando. Mientras aumenta el arousal o la activación, los procesos cognitivos no entran en acción. Considerad ahora la manera en la cual usáis vuestro “cerebro pensante” (por ejemplo, centrarse en la lógica; descomponer la tarea paso a paso) porque ayuda a reducir los sentimientos abrumadores. El modo en que empleamos las cogniciones de orden superior puede servir para regular los niveles de arousal o activación del organismo.

Para los niños que han experimentado trauma crónico, la exposición continua al peligro (a ambos: al real y al percibido) se cobra un peaje en el desarrollo de las habilidades cognitivas superiores. Con una sensibilidad aumentada a las señales de peligro, el cerebro de un niño crónicamente traumatizado está frecuentemente preparando el cuerpo para correr delante del león, y por lo tanto para priorizar el sistema límbico antes que la activación del prefrontal. Porque hay muchos disparadores potenciales de peligro, estos niños pueden estar bajo el control del sistema límbico en mitad de la clase de matemáticas como si estuvieran en mitad de la jungla.

La investigación indica que los niños que han experimentado trauma se retrasan respecto a sus iguales en el desarrollo de habilidades ejecutivas apropiadas a su edad. Ellos son menos competentes en tareas que requieren diversas habilidades como inhibir respuestas, planificar, hacer opciones activas y mantener la atención.

Este tipo de habilidades se ponen de relieve claramente cuando los niños deben de rendir académicamente. Muchos profesionales de la educación las tienen en cuenta, pero otros las pasan por alto y no disponen a los niños de las ayudas psicopedagógicas que precisan para enseñarles a aprender a aprender las tareas. Se valora que el niño es inteligente y puede acceder a los contenidos del curriculum. Pero si se obvian las funciones ejecutivas y no se atienden a tiempo, a la larga estos niños se ven impelidos a estudiar con sus padres (padre o madre) al lado, que toman esta decisión porque si dejan al niño solo se distrae, quiere terminar cuanto antes porque no tolera la frustración de tener que repetir los ejercicios, da respuestas impulsivas a la tarea o se cansa rápido y no puede perseverar. El estudio se convierte en una pelea y un agotamiento y sufrimiento diario para los niños y las familias. Llegando a la preadolescencia, los jovencitos ya no soportan estudiar y abandonan pues resulta frustrante y les desmotiva el no conseguir aprobar o suspender muchas asignaturas. Lo que estos niños necesitan es que se evalúen estas habilidades y se trabajen y estimulen, con un profesional al lado que les enseñe progresivamente a darse cuenta de cómo son sus procesos emocionales y cognitivos, que se observen cuando aprenden y cómo aprenden, enseñándoles estrategias, habilidades llamadas “meta” (ser consciente de tu propia atención para aprender a regularte y parar cuando lo necesites, por ejemplo) Ahora bien, es una tarea ardua y a largo plazo. No es fácil, no. Pero lo que opino no puede ser es que –por desconocimiento y guiándose por el “más es mejor”- se les infle a deberes porque estos niños no se van a beneficiar de este refuerzo. Necesitan, primero, aprender a aprender. Lo que más importa es que el niño aprenda a auto-monitorizar el aprendizaje no cuánta tarea haga.

Vemos un ejemplo: Lorenzo es un niño que entregado por sus padres biológicos a un orfanato al no poder cuidarle, sufrió abandono emocional y físico al no dispensarle las atenciones empáticas, rápidas y sensibles que se requieren a esa edad en la cual el desarrollo es completamente dependiente de la experiencia. Además, Lorenzo nació prematuro (bajo peso), probablemente porque los cuidados de la madre durante el embarazo fueron deficitarios. Cuando tiene que estudiar, Lorenzo ya se siente activado. Es algo que no le gusta porque le genera malestar. Tener que centrarse y mantenerse en la tarea le desagrada. Pero sabe que tiene que hacerlo, aunque le estrese porque quiere hacerlo bien a toda costa para que sus padres adoptivos estén contentos y para no ser de los peores de la clase. A pesar de esta buena intención, Lorenzo no puede regular y modular ese estrés. Su sistema límbico, alterado desde bebé, le coloca en posición de supervivencia y empieza a moverse, a pensar en los videojuegos… Por eso, se equivoca en las sumas. Los padres le dicen que no está bien, que tiene que repetir. Lorenzo, incapaz de inhibir las emociones y los impulsos ante la frustración, dice que no quiere repetir. Los padres le insisten y Lorenzo estalla tirando los libros al suelo, gritando e insultando. Tienen que sujetarle para que no se haga daño a sí mismo o dañe a los demás. Cada día aumenta la exigencia de deberes y ese estrés no puede ser manejado por el niño. Los padres, desesperados, no saben qué hacer.

Este es un ejemplo típico de este problema que, a menudo, es interpretado etiquetando al niño como rebelde, malo o desobediente. Puede existir un  problema de funciones ejecutivas que conviene evaluar. Porque la manera de ayudar a Lorenzo es, primero, bajar ese estrés y propiciar que pueda empezar a aprender a aprender acompañado de una persona que sea capaz de ayudarle a potenciar sus funciones ejecutivas. Existen profesionales formados en este sentido que pueden enseñar a los niños cómo hacerlo y orientar a las familias sobre cómo llevar el estudio, coordinándose con el tutor escolar.

Las funciones ejecutivas no sólo tienen implicaciones a nivel escolar sino también en la inhibición de los impulsos (por ejemplo, la conducta de robo), prever las consecuencias de tus actos, planificar y tomar las decisiones reflexivamente… en otras áreas de la vida. De ellas iremos hablando en el blog. Pero antes, la semana próxima, os hablaré de las Jornadas de Clausura del "II Curso de Resiliencia Aplicada" Organizadas por Addima (Asociación para el Desarrollo y Promoción de la Resiliencia), tuvieron lugar en Zaragoza el pasado 26 de abril. ¡Fueron excelentes!

Cuidaos / Zaindu

lunes, 29 de abril de 2013

Los daños que el desamor provoca en el cerebro de los niños no tienen por qué ser permanentes, afirma un estudio de la Universidad de Yale

En alguna ocasión os he hablado de la revista "Mente y cerebro", excelente publicación bimensual que trata sobre psicología y psiquiatría aunando ambas perspectivas. De vez en cuando suele traer artículos relacionados con nuestro campo de interés principal, a saber, el apego, el trauma y la resiliencia.

En el número correspondiente a marzo-abril de este año, publican un artículo que alude a una noticia referente a una nueva investigación que pone de relieve que el desamor y el estrés en el hogar afectan al cerebro del niño durante la crianza. Lo que más me ha sorprendido de la noticia es que habla de que, con terapias adecuadas, los daños o disfunciones cerebrales pueden recuperarse. Es una noticia muy esperanzadora. Si os parece, os comparto el texto -el cual transcribo a continuación- y hago algunos comentarios sobre el mismo:

"El estrés y el desamor en el hogar suponen a los niños un daño evidente durante su crianza. Decenios de investigación han permitido documentar, además, las consecuencias psicológicas en la edad adulta de tales experiencias (entre ellas, depresiones latentes y dificultades para mantener relaciones afectivas) Estudios actuales confirman que una vida familiar conflictiva provoca efectos fisiológicos graves en el desarrollo neural".


Sobre esto añado que, en efecto, durante estos años de trabajo con adultos que acuden a mi consulta a recibir tratamiento psicoterapéutico y que presentan historias de vida traumáticas, durante una gran parte de su vida han podido desarrollar un proceso de adaptación positiva meritorio. Pero en un momento dado, ante un suceso vital que actúa a modo de precipitante, el dolor emocional durante tiempo manejado o apartado vuelve a aflorar (el factor de vulnerabilidad de una infancia caracterizada por el abandono o la negligencia emocional influye de nuevo; los cimientos de la casa se tambalean a pesar de que esa persona durante muchos años hizo un trabajo encomiable, de apuntalamiento) y surge un episodio por ejemplo, depresivo, o un ataque de pánico u otro síntoma. La vida familiar adversa puede afectar al desarrollo neural dejando una insuficiente resiliencia cerebral. De ahí que estas personas hayan desarrollado mecanismos adaptativos para vivir, pero esa vulnerabilidad psicológica y neural se mantiene. No es menos cierto que la mayoría de estas personas se recuperan bastante bien con el tratamiento psicoterapéutico y social adecuado -y el apoyo farmacológico, si es preciso-.

El cerebro infantil -continua el artículo- posee una exquisita sensibilidad. Las discusiones acaloradas afectan a los pequeños incluso cuando duermen. Investigadores de la Universidad de Oregón han hallado, mediante imágenes por resonancia magnética funcional, que los niños de familias que informaban sobre fuertes conflictos hogareños (superiores a los habituales), se mostraban más sensibles a voces agresivas o airadas. De hecho, manifestaban un repunte de actividad cerebral en respuesta a frases leídas en tono agrio mientras dormían. La excitación cerebral se concentraba en las áreas responsables de la regulación de las emociones y del estrés.

«Los pequeños absorben información y aprenden sin cesar, no solo cuando nosotros creemos que les estamos enseñando», explica Alice Graham, quien ha dirigido el estudio integrado en su tesis doctoral y de próxima aparición en la revista Psychological Science. «Deberíamos tener en cuenta que lo que ocurra en el ambiente puede estar, literalmente, configurando las conexiones físicas en su cerebro.»

"Ni la negligencia afectiva ni las disputas familiares dejan señales externas, pero sí afectan de forma notable la arquitectura cerebral. Un estudio sobre adolescentes desarrollado por la Universidad de Yale halló, mediante resonancia magnética funcional, que el desamor y el abuso emotivo en la infancia reducen la densidad celular posterior de las regiones cerebrales que regulan las emociones. Según el artículo, publicado en Journal of the American Medical Association en 2011, aunque los adolescentes del estudio no llegaban a cumplir los criterios definitorios de trastornos psiquiátricos por completo, muchos de ellos sí experimentaban problemas emocionales (conductas irreflexivas o arriesgadas)"


Esto nos lleva al tema del Déficit de Atención con Hiperactividad que con tanta frecuencia suele aparecer en niños que presentan una historia de vida donde el abuso emotivo ha estado presente, y que tanto preocupa a las familias. Esta patología se esta reconceptualizando. Debemos de olvidarnos de que es un niño que “no atiende” y que “se mueve mucho”. Es, al parecer, un problema en el que los menores de edad presentan un déficit de regulación de las emociones, y en su génesis influyen los factores epigenéticos (un ambiente adverso que actúa sobre una genética concreta: puede activar unos genes e inhibir otros) El abuso emocional, la negligencia afectiva, en suma, la ausencia de un clima de buen trato reducen la densidad celular de las zonas cerebrales que regulan las emociones. Como vemos, además, no se cumplen cuadros psiquiátricos completos sino algunos síntomas. Y es que el uso de la dimensión dificultades con la regulación de las emociones sería mucho más útil que el empleo de una categoría diagnóstica. La visión del niño sería mucho más dimensional, sin soslayar, además, el papel trascendental que el apego inseguro y el trauma han tenido en la aparición de esas dificultades (no es casualidad que entre la población de niños adoptados o acogidos se presente, con una frecuencia alta, el diagnostico de hiperactividad con déficit de atención; muchos de estos niños tienen en común y comparten historias de vida en las que han sufrido maltrato y/o abandono) Por lo tanto, es necesario ver a la persona integralmente y desde un punto de vista ecosistémico e historiográfico.

"Incluso bien entrada la edad adulta -prosigue el artículo-, los frutos del desamor son amargos. En una encuesta llevada a cabo en adultos en el Centro Médico de la Universidad Rush de Chicago se apreció que la desatención emotiva en la infancia elevaba el riesgo de accidente vascular cerebral al envejecer. Se desconoce el mecanismo subyacente a tal exacerbación del riesgo, indica el correspondiente artículo de Neurology, publicado en Internet el 12 de septiembre de 2012"


Este artículo publicado en Neurology confirma lo que desde hace ya unos años saben muchos profesionales: las víctimas de malos tratos continuados y repetidos durante años, con un sufrimiento severo, tienen más probabilidad de muerte prematura. Yo he podido vivirlo con gran tristeza cuando he sabido de la trayectoria en la vida adulta de algunos niños que conocí y que presentaron un severo maltrato. No hallaron en el entorno una disposición de recursos para resiliar.

"Aunque el descuido afectivo o el estrés en el hogar familiar parezcan lesionar fácilmente el cerebro juvenil, resulta improbable que tales daños se tornen permanentes si se tratan a tiempo, asegura Hilary Blumberg, profesora de psiquiatría en Yale y autora del estudio con adolescentes. Asimismo, reconoce que si la falta de control de estos sujetos sobre sus impulsos pudiera corresponder a un síntoma de alteraciones cerebrales inducidas por la falta de cariño, tal fenómeno facilitaría a los asistentes sociales o a los profesionales de la salud la aplicación de los tratamientos apropiados. En el futuro, algunas terapias podrían orientarse directamente hacia las alteraciones neurológicas. Si bien se ha probado que el ejercicio regular frena la pérdida por envejecimiento de materia gris en el cerebro, tal vez pudiera proteger también contra pérdidas asociadas al desamor. Se confía en que la investigación de los cambios cerebrales inducidos por una vida familiar tormentosa acabará proporcionando formas de deshacer tales daños en cualquier momento de la vida"

Es esperanzador y prometedor lo que Hilary Blumberg refiere. Hay que hacer notar que estamos hablando de la Universidad de Yale, una de las mejores del mundo. Los daños (normalmente funcionales) en el cerebro si se tratan a tiempo, no se tornan permanentes. Y lo puedo confirmar porque casos graves que hemos tratado han podido retomar un buen desarrollo y llevar una vida adaptada. Y digo hemos tratado porque evidentemente no lo he hecho yo solo: el trabajo es siempre e imprescindiblemente en red (psicoterapeuta, psiquiatra, maestros y orientadores escolares, otros profesionales y, fundamentalmente, que la familia sepa ponerse en el sentir del niño adaptándose a su ritmo, exigiendo lo que puede dar en cada momento, teniendo paciencia y aceptándole como es) Creo que debemos y debéis desmitificar a los psicoterapeutas. Podemos hacer un buen e importante trabajo con los niños pero como un elemento más que cumple una función dentro de la red que le sujeta y acompaña. Pero no podemos ni debemos sustituir la labor de los padres de dispensar afecto y límites adecuados. La idea de que el profesional repara externamente a los niños sin que los demás tengan que hacer gran cosa, hay que quitarla de la mente.
Respecto al ejercicio físico, tampoco resulta sorprendente que pudiera contribuir a la recuperación o mejoría de los daños o secuelas que los malos tratos dejan sobre el cerebro. Algunos prestigiosos autores en trauma refieren que las terapias basadas en lo sensorio-motriz aportan beneficios al cerebro pues el trauma queda grabado y registrado en el cuerpo (como sostiene Van der Kolk) Siegel también comenta que si queremos que el estado de ánimo de un menor mejore o se modifique, hemos de hacer que el cerebro se mueva mediante actividad o ejercicio (uno de los principios por los que Siegel se guía en relación al cerebro y a cómo éste es influido literalmente por el movimiento: muévelo o piérdelo)

Os animo a que nos quedemos con ese mensaje esperanzador de que es posible revertir los daños mentales y cerebrales del menor de edad que ha sufrido malos tratos en cualquiera de sus presentaciones y formas. El cerebro se crea y modifica constantemente, como afirmó mi amigo y colega Rafael Benito en su ponencia Resiliencia cerebral presentada en las pasadas jornadas sobre apego y resiliencia infantil que celebramos en Donostia el pasado mes de marzo. Estamos siempre, literalmente, influyendo en el cerebro del niño. Todos podemos con pautas adecuadas incidir, durante el tiempo que sea necesario, en el cerebro del niño desregulado emocionalmente como consecuencia de su historia de vida emocionalmente abusiva. Hasta conseguir que el menor de edad aprenda a regularse por sí mismo. Dado que este trabajo es un proceso de acompañamiento y turorización de resiliencia durante el tiempo que el niño precise, debemos de buscar redes de apoyo para nosotros también y promover nuestro autocuidado.

sábado, 20 de abril de 2013

Adopción, búsqueda orígenes y trauma


Me adelanto al lunes 22 -día habitual en el que publico la entrada semanal- pues no puedo hacerlo ese día.  Escribo sobre un tema, en relación a la adopción, que me interesa mucho y al que vengo dandole vueltas desde hace un tiempo. Es algo delicado y sobre lo que nadie tiene la última palabra. Lo expongo con todo el respeto. Nada más lejos de mi intención que adscribirme a posturas radicales. Mi propósito, como acostumbro, es suscitar el debate, que nos paremos todos a reflexionar un rato (y si este blog sirve para eso, me daría por satisfecho. El día a día, las numerosas ocupaciones que nos absorben y el tener que funcionar, no nos permiten parar y pensar con detenimiento) y ofreceos mi punto de vista, el cual sustento en mis conocimientos y experiencia en psicoterapia con niños y jóvenes adoptados. Pienso, además, que sobre el tema de hoy todos (familias adoptivas, profesionales, adoptados...) estamos llamados a opinar y contar nuestras experiencias para poder ayudarnos los unos a los otros en la tarea de acompañar a nuestros niños y hacerlo lo mejor posible con ellos.
 
Hecha esta necesaria introducción, voy con el tema que, en la entrada de hoy, quiero desarrollar.
 
Algunas familias decidieron -o deciden- en un momento determinado (unos años después de incorporarse el niño a la familia adoptiva) contactar con la familia biológica (se tienen o se pueden conseguir datos de la misma, evidentemente) y emprender un viaje al país de origen con el fin de que el menor de edad (y la familia adoptiva) puedan saber de ellos e incluso retomar la relación. Creo que lo denominan adopciones abiertas. Me corregís si no es así.

Los niños y las familias adoptivas se han preparado psicológicamente con profesionales y han valorado que ese viaje y reencuentro con los orígenes (lugar, pais, costumbres, familia biologica...) puede ser positivo en su proceso y para su trayectoria vital, con el fin de favorecer la integración y trabajar dichos orígenes. Los niños, ya más mayores, son capaces de poner palabras con más precisión y pueden comprender muchos aspectos que con anterioridad no se podían asimilar, dada su corta edad. Éstos se hacen más preguntas y, claro, buscan respuestas.
 
En algunos casos, ademas, se ha valorado la conveniencia de que los niños vean y se relacionen con los padres (o la madre, o el padre; a veces también con los abuelos, si éstos tuvieron un papel relevante en la crianza del niño) biológicos con el fin de confrontarles mediante preguntas (preparadas con anterioridad) que los niños desconocen -o quieren saber- acerca de los motivos por los cuales no pudieron cuidarles u otros aspectos vitales e importantes de su biografía, cada uno según su historia de vida y circunstancias familiares y sociales. En algunos de estos casos, el niño encuentra -por parte de la familia biologica- respuestas y una adecuada acogida; y, en otros, lo contrario. Algunas familias adoptivas refieren que incluso hasta en los casos en los que el menor de edad no recibe un relato o explicación, ha merecido la pena porque han observado que ayuda a que el niño pueda trabajar su historia desde lo real.
 
Mi dudas son las siguientes, y son las que quiero compartir con vosotros/as: en los casos de familia biológica con incompetencias parentales (que han abandonado y/o maltratado física y emocionalmente al niño) es decir, carentes de capacidades básicas como la empatía, padres o madres con trastornos del apego que no pueden mentalizar al niño (verlo como una mente independente con deseos, necesidades e intenciones) y con déficit en las habilidades de crianza, ¿es positivo confrontar al niño con ese tipo de progenitores pudiendo prever que corre un riesgo alto de no encontrar reparación? ¿Puede resultar retraumatizante para el niño contactar con esa cruda realidad? En un libro llamado "Padres que odian" -lo leí con un entusiasmo increíble, en su momento. Es un libro totalmente practico, autoterapeutico para quienes han sufrido maltrato y con un planteamiento valiente y empatico con las víctimas- la autora refiere que una confrontación con padres maltratadores es muy delicada, y hay que ser muy maduro y mostrar mucha entereza (estar preparado psicológicamente, y aún así es dolorosisimo) porque aquellos podrían negar, justificar, proyectar o ignorar la experiencia maltratante. Y esta autora se refería a adultos. ¿Esto mismo, con niños, es conveniente? ¿No sería más prudente, primero, una psicoterapia -durante el tiempo que sea necesario- para que el niño se reconozca como víctima, pueda ir elaborando la experiencia dura de maltrato -interiorizar que los padres fueron incompetentes y no demonizarlos o idealizarlos- procesando emocionalmente el dolor, y posteriormente, más mayor, con mas madurez, que decida si quiere y/o puede hacer ese viaje, reflexionando con mas conciencia sobre el impacto psicológico que tendría?
 
Cuando el menor contacta con las figuras de apego primarias que le maltrataron, su mente recuerda la experiencia y las emociones y contenidos -tanto explícitos como sensoriales y emocionales- que quedaron registrados en la memoria. Y son recuerdos dolorosos. Esos recuerdos puede que no estén integrados, siendo posible que se produzca un desbordamiento emocional o, al contrario, una disociación; y cuando las emociones exceden el margen de tolerancia, el cerebro no puede procesar la información.
 
No pretendo alarmar a ningún padre o madre adoptivo que este leyendo esta entrada y se vea reflejado en una experiencia de este tipo. También hemos de considerar que los niños cuentan antes y después -así suele ser- con el refugio, cariño, comprensión y contención de sus padres adoptivos. Ademas, es deseable y necesario que los menores trabajen después, en psicoterapia, sobre estas experiencias que pueden procesarse y repararse. Y, finalmente, no es menos cierto que los niños pueden hacer un proceso resiliente si tienen los contextos y los entretejidos interpersonales apropiados que permitan que éste vaya emergiendo. Además, cada niño es un universo propio y cada caso se valora de manera individual. Y, finalmente, no todos los niños que vivieron estas experiencias de maltrato tienen que presentar matematicamente un trauma de apego. Hay casos en los que presentan problemas o alteraciones menos graves que el trauma de apego y pueden afrontar la experiencia sin desbordarse. Los que presentan apego desorganizado o trauma de apego pienso no deberían pasar por ello. Es muy probable que los padres biologicos tengan, a su vez, un apego no resuelto, con lo cual no pueden mentalizar al niño.
 
Mis interrogantes son si ésta es la secuencia y la edad apropiada para plantear este tipo de viajes y reencuentros. No lo tengo del todo claro por las razones que os he expuesto. Creo, en efecto, que es un viaje físico y mental que muchos adoptados emprenden o emprenderán, no exento de dudas, miedos, inseguridades, ambivalencias, dolor y posible retraumatización en algunos casos. Cada caso hay que estudiarlo muy bien. Es su derecho decidir libremente si necesitan ese viaje o encuentro con el ayer para poder descubrir un sentido y rehacer y reconstruir su vida; con el fin de experimentar con plenitud el presente y poder proyectarse al futuro. Pero, en general, pienso que para hacer esto se necesita una madurez, a mi modo de ver. Madurez que aún no se posee en la infancia.

Cyrulnik cuenta en su libro "Me acuerdo..." sus memorias a partir de su viaje a los lugares donde residió de niño, acogido por diversas personas, pues quedó huérfano por la crueldad nazi. Este autor comenta que a la sociedad le ha costado mucho escuchar los relatos de las víctimas y darles estatus de credibilidad, han sido necesarios muchos años para poder encontrar esa disposición a aceptar socialmente estas experiencias. Todavía hay quienes dudan (por desconocimiento) de los relatos de las víctimas o no pueden tolerar su escucha y las emociones que suscitan. Estos niños presentan historias, a veces escalofriantes, y hemos de ser conscientes de ello para saber acompañarles adecuadamente en su propio viaje. Sobre cuándo y cómo plantearlo he expuesto mi personal punto de vista. Ahora me gustaría conocer el vuestro. Por eso espero, como siempre, vuestros comentarios.

Hasta el próximo lunes 29, cuidaos / zaindu

martes, 16 de abril de 2013

Participemos en una investigación sobre alteraciones del aprendizaje en niños/as adoptados promovida por el Centro ALEN y la Universidad de La Coruña (Galicia)


Recabo vuestra atención para recomendaros y animaros a todas las familias que tenéis hijos/as adoptivos a que participéis en una investigación que están llevando a cabo desde el Centro de Psicología ALEN (que dirige la psicóloga Elena Borrajo en La Coruña, Galicia, España) y la profesora de la Universidad de La Coruña (Rosa Fernández) sobre alteraciones del aprendizaje en niños/as que son adoptados. Podemos beneficiarnos todos mucho con los resultados y conclusiones de esta investigación, sabiendo qué necesidades tienen a nivel psicopedagógico y de aprendizaje. Podremos así determinar cómo apoyarles adecuadamente.

Transcribo la carta de presentación de la investigación, con el vínculo a la encuesta que la familia debe de responder y con los correos electrónicos de las responsables de la misma para poder contactar con ellas en caso de duda o necesidad.

Les felicito por dedicar sus esfuerzos, saber y tiempo en pro de los niños/as adoptados/as. Ánimo en vuestra labor, y me encantará conocer los resultados y conclusiones y darlos a conocer desde este blog.

Estimados amigos/as:

Desde el Departamento de Psicología de la Universidad de A Coruña y el Centro ALEN de atención a familias adoptivas y/o acogedoras, varios profesores y profesionales de la adopción hemos unido nuestros esfuerzos con la intención de aumentar el conocimiento sobre las necesidades y propuestas de intervención idóneas para las familias y niños/as que atendemos.

Dentro de este proceso de aprendizaje hemos centrado nuestra atención en la incidencia de diagnósticos de TDAH, al detectar y escuchar de las familias la preocupación que les genera la presencia de síntomas y la propuesta de abordaje que se hace de los mismos.


Nos llama la atención y preocupa especialmente, el proceso diagnóstico que precede a la propuesta de tratamiento, que en la mayor parte de los casos no sigue las indicaciones que los colectivos médicos dictan, y por otro lado, nos preocupa también la ausencia de seguimientos que puedan informar de los efectos y eficacia de los tratamientos propuestos, en especial, la medicación.
Es por esto por lo que hemos generado una investigación que pretende agrupar datos referidos a la presencia de síntomas, procesos diagnósticos y efectividad de los tratamientos, entre las familias adoptivas.


Es aquí en donde solicitamos su colaboración, haciéndoles llegar el vínculo de la dirección web en la que se aloja la encuesta, al objeto de que valoren la pertinencia de colaborar en la investigación, exponiéndolo e invitando a su cumplimentación en su página web a las familias adoptivas relacionadas con su entidad.

Se trata de una encuesta que ha de ser respondida por la familia, en soporte electrónico, con una duración aproximada de treinta minutos y siempre de forma anónima.

El tratamiento de los datos, garantiza la confidencialidad de los participantes en la investigación y los resultados serán publicados y expuestos para que puedan ser conocidos por profesionales, familias e investigadores en el ámbito de la adopción y el acogimiento.

En todo caso, y si están interesados en ello, su colaboración quedará reflejada en toda publicación o exposición de los resultados.

Cualquier duda o aclaración necesaria, puede realizarla directamente a través de las direcciones de contacto que se indican a continuación.

Sin ningún otro particular agradeciéndole de antemano su atención.

Se despiden atentamente:

Rosa Fernández (Profesora Titular del Departamento de Psicología de la UDC)

Eduardo Barca (Psicólogo psicoterapeuta Centro Alén)

María Elena Rodríguez Borrajo (Directora Psicóloga Centro Alén)

Vínculo de la encuesta:


Direcciones de contacto:

Rosa Fernández rossa@udc.es

Elena Rodríguez Borrajo centroalen@centroalen.org