miércoles, 15 de abril de 2015

El Centro Alen de A Coruña organiza un curso de formación para aprender a utilizar un procedimiento para evaluar el modelo interno de apego de los niños/as.



AVISO IMPORTANTE: LA ORGANIZACIÓN SUSPENDE EL CURSO DEBIDO A QUE EL PROFESORADO NO PUEDE ACUDIR POR CAUSAS FAMILIARES.

El Centro Alen me hace llegar esta interesante propuesta para aprender a utilizar un procedimiento para evaluar los modelos internos de apego de los niños/as, impartido por una experta y cualificada profesional en la materia, Emilia Comas, psicóloga. 

Os transcribo la información.

Se tratará de una mañana dedicada al conocimiento de uno de los instrumentos de valoración del estilo de apego en niños con mayor reconocimiento.

Tendrá lugar el día 23 de abril de 2015, en nuestro centro Alen.

La jornada correrá a cargo de la psicóloga Emilia Comas.


Attachment Story Completion Task (Bretherton, Ridgeway y Cassidy, 1990)



El ASCT, tarea de completar historias de apego, fue diseñado para evaluar el modelo interno de trabajo para niños/as de 3 a 8 años. La prueba consta de cinco historias creadas para provocar una variedad de temas relacionados con el apego utilizando distintos muñecos y soportes para que el niño/a pueda completar la historia. La codificación de las historias ofrece una puntuación del grado de seguridad-inseguridad del apego del niño/a. Con un material complementario se puede identificar el estilo de apego: Seguro, inseguro ansioso-ambivalente o evitativo, y desorganizado.

LUGAR DE CELEBRACIÓN:

Centro Alén. 
C/Alfredo Vicenti , nº 26, 2º derecha. A Coruña

FECHA/HORARIO:

Jueves 23 de abril de 2015. 9,00-15,00h.

GRUPO: Máximo de 20 participantes

PRECIO: 70 €

DESTINATARIOS:

Psicoterapeutas, psicólogos, profesionales vinculados a la infancia, pedagogos, educadores sociales, profesionales pertenecientes al sistema de protección de menores, médicos, psiquiatras.

OBJETIVOS DEL CURSO:

- Transmitir el procedimiento de aplicación de la prueba.
- Compartir el material necesario para la codificación de las historias del ASCT y conocer su funcionamiento.
- Practicar con la ayuda de audiovisuales la codificación de la prueba.

DOCENTE:

Emilia Comas

Psicóloga. Postgrado en Psicoterapia Familiar Sistémica en la “Fundació Universitat de Girona”. Diplomado de Formación Especializada en Trauma-Psicoterapia Infantil Sistémica en IFIV (Instituto de Formación e Investigación-acción sobre las consecuencias de la violencia y la promoción de la resiliencia). Experiencia de terapeuta infantil en programas de atención psicoterapéutica especializada para niños/as en el ámbito de la protección infantil, la atención en centros de menores y el acogimiento familiar; y terapeuta familiar en el apoyo a la marentalidad de mujeres víctimas de violencia. Ha diseñado y/o colaborado en programas de apoyo psicosocial Camboya, India y Nepal.

MODO Y PLAZO DE INSCRIPCIÓN:

- Enviando un email a centroalen@centroalen.org
- Plazo de inscripción: 21/abril/2015
- La inscripción se realizará por orden de solicitud hasta cubrir las plazas.
- Pago en el momento del curso mediante tarjeta bancaria

lunes, 13 de abril de 2015

Factores asociados a las rupturas en adopción y acogimiento familiar. Y una novedad editorial: Desclée de Brouwer acaba de publicar "Educar amando desde el minuto cero", gran libro de la psicóloga Paloma López Cayhuela.

Uno de los asuntos que más me preocupan son los fracasos en la adopción y el acogimiento familiar. Ese niño o adolescente que tras una situación de crisis no resuelta, prolongada y angustiosa para todos, debe de dejar el hogar familiar para ser tutelado por la administración (en el caso de las familias adoptivas) O manteniendo su tutela, el régimen de guarda pasa a ser ejercido por un centro de acogida en vez de la familia. Nuevas rupturas. Un fracaso para todos. Un nuevo abandono, una nueva desprotección. Y muchísimo dolor. Y el niño o adolescente que acumula daño emocional. Lo dijo Bowlby, el padre de la teoría del apego: tan dañina es la ausencia de vínculos afectivos como la ruptura de los mimos (y si ésta es reiterada, más daño) Sé que a algunos les cuesta entender el concepto de daño. Cuando hablamos de daño físico, en el cuerpo, todos entendemos perfectamente de lo que estamos hablando. Y la empatía se nos activa para ponernos en la piel de esa persona y movilizar todo un sistema de cuidados. Cuando el daño es en el vínculo, al ser invisible a los ojos, lo que sólo vemos es lo que se manifiesta: alteraciones de conducta y desregulación emocional. Esto hace que nos sea más difícil comprender a los niños que sufren heridas por rupturas vinculares. El acento se pone más en tratar de modificar sus conductas alteradas que en mostrarles, primero, conexión emocional.

Es muy doloroso para un niño o adolescente dejar a su familia de acogida o adoptiva y volver a escenificar un nuevo abandono. Creo que los esfuerzos de todos los profesionales deben de encaminarse a tratar de evitar por todos los medios que esto suceda. Un día en una entrevista en un periódico, afirmé que un fracaso en la adopción era un fracaso de todos los que habíamos intervenido. Y sigo pensando que es así, que todos tenemos una cuota de responsabilidad.

Creo que los equipos que se dedican a la complicadísima tarea de seleccionar y otorgar los certificados de idoneidad a las familias no lo tienen nada fácil. Quien quiere ser padre o madre vía adopción va a actuar consciente o inconscientemente mediante un constructo llamado deseabilidad social. En otras palabras: va a dar buena imagen de sí mismo, va a negar o minimizar errores. Y esto hace aún más ardua y compleja la tarea de los profesionales. Teniendo esto presente, creo que los protocolos de evaluación de los solicitantes deben de incluir la evaluación de las competencias parentales fundamentales (desconozco si se hace), con el fin de detectar incompetencias severas, no susceptibles de modificación, y no conceder en esos casos los certificados de idoneidad. 

Por mi parte, quiero hacer una modesta contribución sobre el particular y ofreceros desde mis conocimientos y experiencia en estos años de trabajo con las familias adoptivas y de acogida, qué factores he observado están asociados a los fracasos en adopción y acogimiento. Los factores no son mutuamente excluyentes:

Decisión consciente. No se buscan padres o madres ni acogedores o acogedoras perfectos/as. Porque no existen. Se buscan padres o madres con las capacidades parentales básicas (apego seguro y empatía), porque eso les permitirá tener las bases fundamentales para ejercer una parentalidad o marentalidad con aciertos y errores pero pudiendo aprender de ellos. Sobre todo poder sentir al niño/a y empatizar con su dolor por el maltrato que haya podido sufrir. Se buscan padres adoptivos y familias de acogida conscientes de la decisión que van a tomar: "acoger o adoptar a un niño/a es llevarse con él también su pasado", afirmamos en nuestra guía para padres adoptivos “Todo niño viene con un pan bajo el brazo” Y el pasado de muchos niños adoptados o acogidos contiene experiencias tempranas, traumáticas, donde el daño que han padecido es de naturaleza relacional. Por eso la adopción y el acogimiento son medidas de protección porque para llevarlas a cabo se necesitan familias que puedan contribuir a reparar el trauma y el vínculo de apego alterado. Esto debe de decirse con toda claridad y rotundidad en los procesos de selección y formación para que las familias que hayan ido con una idea equivocada, conscientemente, den marcha atrás a tiempo.

Informarse y formarse en parentalidad terapéutica. A pesar de la decisión consciente, el acompañamiento educativo no es tarea nada fácil para ningún padre, madre adoptivo/a o acogedor/a. Ni siquiera ser acogedor/a profesionalizado garantiza el éxito. Como Giménez Alvira escribió con ciertas dosis de fino humor en su libro titulado: “Indómito y entrañable. El hijo que vino de fuera”, que es ya un referente: “padre psicólogo y madre pedagoga, la pareja ideal para adoptar” Pues no. Lo verdaderamente crucial es primero, informarse (psicoeducarse en las consecuencias del abandono y el maltrato y cómo afectan al cerebro/mente en desarrollo) pero sobre todo y ante todo, formarse. Formarse como padres o acogedores que necesitan ser “terapéuticos” para sus niños/as. Ello requiere por un lado, aprender todos los contenidos referidos al apego, el trauma y la resiliencia, aplicados al ejercicio de la parentalidad y cómo convertir ésta en una experiencia y vivencia terapéutica para los menores de edad (sanadora y reparadora a nivel emocional y de apego); y, por otra, la revisión de nuestra propia historia de vida, de nuestro propio modelo de apego y de nuestros referenciales como cuidadores a la hora de educar. Hay que mirar a uno mismo, conocerse y conocer nuestro interior. Aprender a ver nuestra propia mente para poder ver la del niño y sus necesidades y no quedar entrampados por aspectos de nuestro pasado no resueltos que se actúan en la relación con los niños/as. Y finalmente, acompañamiento: nutrirse de una red de apoyo donde pueda encontrar el sostén emocional y la energía para seguir con una forma de parentalidad y marentalidad exigente pero muy gratificante.

Exigir al niño más allá de sus posibilidades. Expectativas poco realistas. Cuando no se ha hecho un trabajo personal, o cuando se normaliza en exceso por desconocer los efectos del abandono y el maltrato en el cerebro/mente en desarrollo, nos encontramos con padres y madres que empiezan a exigir a los niños más allá de sus posibilidades de desarrollo. Y hay que tener mucha cautela porque los niños y adolescentes pueden “engañar” mucho: parecen muy resueltos en algunas cosas pero en otras son sumamente inseguros. Esto pasa mucho con la presión escolar, que se retroalimenta entre los profesores y los padres para  terminar descargándose en el chico/a. Los niños o jóvenes pueden tener una inteligencia normal, y los padres, madres o acogedores reciben de sus tutores el “puede hacer más”, “es vago, si se esforzara...”, “es inteligente”, “entiendo que ha sufrido de niño pero hay que aprobar, es lo que hay” etc. Sin darse cuenta que aprender es un acto emocional que supone poder manejar y regular el estrés ¡Primera gran dificultad para muchos adoptados y menores en acogida! Y segundo, ir al colegio implica también relacionarse con otros niños y niñas, con quienes a veces por las dificultades que tienen, no logran integrarse. Son así, rechazados/as muchas veces y esto les hace entrar en desregulación emocional intensa y respuestas desadaptadas que van desde deprimirse o disociarse hasta hiperactivarse. En el ámbito familiar, por su parte, se les supone que “por la edad” deben de tener muchos hábitos y conductas adquiridas. Pero muchos tienen niveles de auto-organización muy bajos y no pueden dar respuestas planificadas, ordenadas y previendo las consecuencias de sus actos. Falla el capitán del barco, las denominadas funciones ejecutivas. Y se les pone una exigencia que no alcanzan. Necesitan el acompañamiento y la regulación externa de los padres, las familias, profesores y otros profesionales para conducirse.

Sé que no hay formaciones en parentalidad terapéutica en muchas comunidades autónomas. Ni siquiera hay en algunas de ellas -por lo que me contáis muchas familias adoptivas- un programa en postadopción. Os dejan solos y solas en este aspecto y eso es un grave error e indefensión para vosotros/as. Algunos padres y madres, en algunas comunidades, estáis luchando por tener al menos, un seguimiento postadoptivo desde la administración. Pero lo que realmente se necesita, si queremos invertir en recuperar y sanar a estos niños y niñas, es una formación en parentalidad terapéutica. Debemos dirigir nuestros esfuerzos con las administraciones públicas en lograr un programa formativo de esa naturaleza. En el centro Alen, en A Coruña, hay un programa en crianza terapéutica -concepto diferente del de parentalidad terapéutica- dirigido a los profesionales (médicos, maestros, profesores, pedagogos, educadores, acogedores profesionales...) que acompañan a niños con trauma complejo y trastorno del apego. Os lo recomiendo a todos/as. Para más información, haced click aquí.

Valorar su persona sólo si hay logro. Hay padres adoptivos y familias acogedoras que, por cómo fueron ellos educados, valoran a los demás sólo si consiguen cosas, logros, tienen méritos, aprueban… Si no, no hay valoración o el mensaje es negativo e implícitamente se transmite (incluso con gestos) un “no pongo a tu persona y su valor por encima de lo que consigas". Esto los niños con trauma temprano pueden interpretarlo como que deben de conseguir cosas para ser aceptados y queridos. Es un grave error. El niño o niña crecerá y llegará a la adolescencia no comprendido o herido y estallará y romperá contra los padres (o contra lo que represente a la sociedad, en una estrategia proyectiva) al no sentirse jamás valorado y reconocido en nada.

Ausencia de receptividad empática. Hay padres y madres (o acogedores/as) prácticos, funcionales, normativos, que dan límites y además sancionan o castigan si se transgreden los mismos. El mensaje que se comunica es que no estamos al lado del niño cuando nos necesita. Esto por si sólo es un exceso (a veces también exceso de coerción) que conduce a adolescencias en las que los hijos pueden romper las estructuras familiares porque no se han sentido sentidos. Provoca rebeldía. La receptividad empática supone hacerle sentir al niño que estoy con él siempre, se porte bien o mal. Como dice Siegel, si sólo transmitimos a los niños/as que estamos con ellos cuando se portan bien, están regulados, contentos, aceptan las normas, no perturban a los adultos… pues no ejercemos una parentalidad competente y reparadora. Los niños y niñas necesitan saber que estamos con ellos cuando sufren, no pueden regular una emoción, se frustran, siente rabia y odio… Lo cual no equivale a dejarles hacer lo que quieran. Supone identificar y reconocer las emociones, y validarlas. Dice Siegel que cuando nos mostramos receptivos y devolvemos al niño que sentimos su mundo emocional, conectamos con él. La conexión puede costar un tiempo, pero lleva al niño, cuando se encuentra alterado, a cambiar de estado (a uno más calmado) y a volverse poco a poco, más abierto a la disciplina. El sistema límbico, responsable de la activación emocional, se va desactivando. La conexión emocional fortalece la entrada en acción (y por lo tanto el ejercicio) de los lóbulos frontales, los cuales se empiezan a activar y el niño puede reflexionar, pensar, ver alternativas, aceptar su papel en el problema, negociar con el adulto, prever para la próxima vez… La receptividad empática construye el cerebro. Y no olvidemos que en el caso de muchos niños adoptados y acogidos, su cerebro límbico está hiperexcitado por todas las experiencias de maltrato vividas. Por lo tanto si queremos reparar tenemos que darle al niño estas experiencias de conexión sana y sentida con un adulto tranquilo, el cual no ha tenido en su vida. Lo mismo que le damos de comer, le tenemos que dar el alimento de la empatía. Las familias con dificultades en esta área deben de trabajar en psicoterapia para poder aprender a ser empáticos. En el caso concreto del acogimiento familiar los niños necesitan empatía cuando se desregulan emocionalmente antes o después de las visitas, algo que sucede con bastante frecuencia.

Ausencia de base segura para los niños. Más que cariño y afecto (que también) muchos niños y niñas (no digo todos/as, pero sí en especial los de apego desorganizado, cuyo porcentaje en las poblaciones de niños maltratados o abandonados es alto. En el ámbito de la adopción internacional es frecuente que los niños/as tengan antecedentes de este tipo en sus vidas y en edades tempranas claves para el neurodesarrollo y para la adquisición de un apego seguro) los menores de edad necesitan un entorno seguro. “Jamás te haremos daño” “Aquí estás seguro, mira a tu alrededor, no hay peligro” Las maneras al hablar, transmitir las normas, los consejos, los aspectos que el niño debe mejorar, al estudiar, al aprender algo nuevo, etc. Todo lo que es autonomía, en suma, deben hacerlo con un adulto que es su base segura. No hay que hacerle las cosas ni hacerle dependiente de los padres. Eso no es fomentar el apego seguro sino insegurizar al niño/a. ¿Por qué necesitan seguridad?Levantad la mano cuántos de los padres y madres que estáis aquí en esta sala, consideráis que vuestro hijo/a tiene un problema de inseguridad” – Les pregunté a unos padres y madres en una formación que recientemente tuve con ellos/as. Levantaron la mano casi todos/as. ¿Por qué esto es así? Porque la gran mayoría no han podido tener, en las fases clave para la creación del vínculo de apego seguro (6 y los 18 meses), una base segura. El bebé recurre al adulto -hacia quien tiene creado el vínculo de apego seguro- cuando quiere explorar el mundo y se encuentra con una amenaza o un peligro. Este adulto calmará, tranquilizará y hará retornar al bebé a un estado de sosiego mediante el contacto. Con la esperanza y la SEGURIDAD de que podrá retornar de nuevo donde él si lo necesita, el niño vuelve a atreverse a explorar el mundo que le rodea. Los bebés con apegos inseguros exploran menos el mundo que les rodea o lo hacen de una manera hiperatrevida. Por eso ahora necesitan de ese adulto que les acompañe. Es como cuando el niño monta en bici: el adulto va ayudando y, al final, termina desapareciendo y desvaneciendo su ayuda y apoyo cuando el niño ya anda solo en la bicicleta. De este modo debemos de proceder en los aspectos de la vida que el menor de edad muestre inseguridad.

Ausencia de autoridad calmada. Para transmitir y hacer cumplir las normas no hace falta montar en cólera ni ponerse los bigotes o poner la cara de un ogro. El afecto o la amabilidad y hacer cumplir las normas no son incompatibles. Por otro lado, existe un tipo de padres y madres (o acogedores) que cuando el niño se comporta negativamente, está alterado o no logra las metas propuestas (va en asociación con bastantes de los aspectos anteriores) pierden el control emocional y llegan a cargar su cólera contra aquél: castigos desproporcionados, gritos, enviarle al cuarto… Y en los casos más extremos, insultar, desvalorizar y hasta repudiar al niño o adolescente. Éste puede a su vez, responder en la misma línea (activando el sistema de lucha/huida) y con ello, se puede instalar una dinámica maltratante peligrosa en la familia. Suelen ser padres que no pueden ver sus errores y proyectan en los niños o jóvenes pautas interiorizadas (o heridas sufridas) con sus propios progenitores. En estos últimos supuestos se puede llegar ya al maltrato y a la retraumatización del niño/a o joven. Pueden ser padres y madres que por circunstancias transitorias y vitales (estrés) pierden el control pero pueden darse cuenta y están abiertos a reparar y hacer un trabajo personal en terapia para que no vuelva a suceder. Pero también pueden ser padres y madres con incompetencias parentales no detectadas (trastornos del apego, de personalidad y traumas no resueltos en su historia de vida) De ahí la necesidad de evaluar las competencias parentales. El material de Jorge Barudy y Maryorie Dantagnan en su magnífico libro está ahí dispuesto a ser estudiado y aplicado por todos los profesionales de la protección a la infancia: Los desafíos invisibles de ser padre o madre. Manual de evaluación de competencias y resiliencia parental. 

La rigidez. “O lo haces de este modo y a mi manera y como te digo, o nada” “O lo tomas o lo dejas” “Es así porque lo digo yo” Los niños y niñas con padres rígidos y con trauma en su desarrollo probablemente activarán toda sus defensas para protegerse del miedo y de la inseguridad que les produce un marco normativo férreo y una relación de apego que no contempla nunca el punto de vista del niño, su mente (sus necesidades, emociones, formas de pensar…) ¡Y los niños traumatizados suelen necesitar como el comer padres o acogedores que fomenten la función reflexiva! Los menores de edad se acercarán a la adolescencia con alteraciones de conducta que tratarán de romper esa pétrea rigidez. De niños pueden ser sumamente complacientes o conformistas para llegar a la adolescencia rompiendo de algún modo. La rigidez consiste en no ser adaptable a las circunstancias, necesidades, ni emociones del niño. Se puede ser coherente pero flexible. Por ejemplo, vienen los primos a ver al niño y éste se encuentra haciendo los deberes. Rígido: “Sólo cuando acabes tus deberes saldrás a verles” (sí y sólo sí) Coherente pero flexible: “Tiene que ser difícil hacer los deberes y concentrarse sabiendo que han venido los primos. Los deberes son importantes pero los hacemos todos los días a la hora (coherente); por eso hoy, por un día, los podemos dejar para dentro de una hora, cuando se hayan ido” (flexible)

No respetar sus orígenes y no abordar su historia de vida. Los orígenes son lo más sagrado que existe para todo el mundo. De dónde venimos, que también tiene que ver con el quién somos. Esto es crucial para la construcción de la identidad y la pertenencia, especialmente en la adolescencia. Los padres adoptivos que pretenden hacer tabula rasa del pasado del niño, que tratan de que su identidad exista sólo a partir de la fecha en la que llega a la familia adoptiva (algo imposible), que no honran a la familia biológica por haberle dado la vida a ese niño o niña, que no homenajean a su país de origen y su cultura, que no quieren escuchar ningún relato del niño o niña porque lo que van a oír no les gusta o entran en rivalidad con los padres biológicos. Padres, madres o acogedores/as que niegan, minimizan o dicen que son imaginaciones del niño o niña cuando éste/a cuenta o narra algo traumático del pasado, no reconociendo su dolor, e impidiendo con ello que el niño/a pueda beneficiarse de un relato que dé sentido a la adopción, están causando un grave perjuicio al menor de edad con repercusiones psicológicas a largo plazo de todo tipo.

“Yo no tengo nada que ver en cómo se comporta este/a niño/a, las causas están en él/ella o fuera de mí” Cuando el niño o niña entra (muchas veces porque ha habido rigidez, ausencia de receptividad empática, sólo te acepto si consigues logros…) en una espiral de conductas desadaptadas de diversa índole y perturba el ambiente social y/o familiar, existe un paso más que es negar cualquier influencia mía como padre o madre en los problemas o dificultades del niño o niña. Se empiezan a buscar otras causas: genéticas, biológicas, psiquiátricas, escolares… con el fin de evitar la parte de responsabilidad que nos corresponda como adultos que se relacionan con e influyen en el niño/a y por ende, en sus respuestas, reacciones, emociones y forma de pensar.

Es posible que vosotros/as contempléis más factores de riesgo. Podéis dejar vuestros comentarios o puntos de vista sobre el particular.

No quiero terminar el post de hoy sin afirmar que conozco y trato con muchos padres y madres, acogedores y acogedoras excelentes: solidarios, comprometidos, conscientes, dispuestos y abiertos a colaborar en todo para ayudar a sanar y reparar el daño vincular que el niño o niña tiene. Personas que conforman, como dice Barudy, la manada de gente buena, de hombres y mujeres buenos/as cuya labor educativa y de crianza con los niños y niñas es encomiable. Mis felicitaciones y reconocimiento desde estas líneas. Por el camino de los buenos tratos, a la larga, modificarán muchas de las defensas que los menores de edad traen consigo y que necesitaron para sobrevivir. Parece que el post que he escrito hoy se olvida de estos padres y madres (y acogedores) Pero no es así. He querido subrayar aspectos importantes que creo que debemos tener todos presentes. En especial los padres y madres que presentan más dificultades y cuyas conciencias quiero despertar para ayudarles a activarse y a hacer cambios. Porque sus hijos/as lo merecen y necesitan.

Nos despedimos con la consuetudinaria picada, que está en total sintonía con el post de hoy: mi colega Paloma López Cayhuela (a quien no tengo el gusto de conocer en persona) acaba de publicar, en la editorial Desclée de Brouwer, dentro de la colección AMAE (que sabéis que se caracteriza por presentar temas y contenidos útiles, para el gran público, con ejercicios prácticos y sencillos, que sin dejar a un lado la reflexión, se puedan aplicar en nuestro entorno de modo eficaz y con sabiduría), un gran libro titulado: “Educar amando desde el minuto cero” Nada más tener noticia de su aparición, me he acercado al mismo y lo he devorado con fruición y gran gusto. Esta obra cuadra perfectamente con los contenidos de este blog y con los temas que tratamos aquí: el respeto total por el niño. Pero es que además, el libro se lee con ganas, con entretenimiento, deseando pasar de página y continuar avanzando en sus capítulos. Combina acertadamente (como debe ser en la colección AMAE) la reflexión con ejercicios prácticos aplicables que nos invitan a pensar con cuidado sobre cómo ejercemos nuestra parentalidad. Interesando tanto a familias biológicas como adoptivas porque sus presupuestos son aplicables a toda forma de parentalidad, Paloma, en complicidad con nosotros, nos dice que para educar niños sanos tenemos primero que “sanar nuestro niño” Ella ante todo, hace que nos demos cuenta de que necesitamos un trabajo de preparación personal a la parentalidad y marentalidad; para después, invitarnos a que revisemos las herramientas que tenemos para ejercer el papel de padre o madre competente. Ya sabéis que esa es la palabra clave: competencia. Pasado el prólogo, nos adentra en un capítulo donde nos propone que mientras esperamos al niño, hagamos de ésta una espera reflexiva: cómo nos fue cuando éramos niños y pensar sobre las prácticas educativas que sirven y las que no sirven. Termina este primer capítulo animándonos a que revisemos nuestra inteligencia emocional aplicada a la tarea de ser padre o madre y propone el concepto de padres realistas.

En el segundo capítulo nos lleva de la mano tratando de sacudir nuestras conciencias para que “no pidamos peras al olmo”, esto es, para que eduquemos al niño real y no a aquél que nuestra mente desea porque idealizó a la criatura. Entonces se puede empezar a no ver al niño, ni sus pensamientos, ni sus emociones, ni sus intenciones… con los consiguientes perjuicios a su desarrollo. Esta es la gran pregunta a responder: ¿qué esperamos del hijo? En el tercer capítulo, nos habla Paloma de la pareja: el antes y el después de ser padres: las cosas van a cambiar, y mucho, con la paternidad o la maternidad. En el capítulo cuarto, perfila lo que es una relación que educa desde el minuto cero: la que fomenta el apego seguro, por eso dedica gran parte de este capítulo a hablarnos del apego.

En el quinto capítulo revisa algunas de las claves que permitirán a los padres desempeñar su papel ajustándose al perfil de lo que ella llama los padres realistas, los que no se crean falsas expectativas, proponiéndonos unos puntos que son fundamentales tener en cuenta a la hora de educar.

En el sexto y último apartado, Paloma versa sobre la formación para padres y madres: lo que no debe ser y lo que debe ser. Todo ello como digo, explicado de manera comprensible, entretenida y sentida, informando y formando, tanto en lo teórico como en la reflexión práctica: sus hojas al final de cada capítulo, tituladas recuerda (resume lo principal de cada capítulo) y reflexiona (plantea unas preguntas que nos invitan a acercar y pensar detenidamente el contenido de cada capítulo aplicándolo a nuestra vida particular) son metodológicamente un acierto porque ayudan a aprender y a trabajarse personalmente.

En suma, un libro recomendable cien por cien al cual le vais a sacar un gran aprovechamiento. Felicito a Paloma por esta gran aportación. Como siempre digo, libros sesudos sobre psicología hay muchos; libros que sepan llevar al gran público la psicología, sin perder rigor y verdaderamente terapéuticos y educativos, no tantos. El de Paloma López Cayhuela es uno de ellos.



El post que rescato hoy de Buenos tratos (ya sabéis que recupero entradas escritas hace un tiempo, para volver a leerlas y tenerlas en cuenta) es sobre la plasticidad del apego, si pueden cambiar las primeras tendencias infantiles que las personas (y los niños adoptados y acogidos) traen a la familia. 


Cuidaos / Zaindu

martes, 24 de marzo de 2015

Comienzan las entrevistas para el curso especialista en técnicas gestálticas aplicadas a la infancia 2015-16, en UmayQuipa, Madrid

Comienzan las entrevistas para el

Curso Especialista en Técnicas Gestálticas Aplicadas a la Infancia 2015-16

Formación intensiva teórico-práctica 
Organizado por El Centro de Psicoterapia UmayQuipa, en Madrid




La Terapia Gestalt está incluida dentro de las terapias humanistas, aquellas que se acercan al paciente de un modo activo y con una relación más cercana.

Pero ¿es posible que un terapeuta entrenado para hacer psicoterapia con adultos pueda ejercer en la ayuda a los niños?

No creemos que sea lo mismo y es por esto que después de muchos años de investigación y práctica, venimos desarrollando este seminario de especialización.


Está dirigido a toda persona y profesional que trabaje con niños y necesite de un amplio abanico de técnicas para su mejor desempeño: psicólogos, médicos, mediadores, educadores, profesores, pedagogos, enfermeras pediátricas, facilitadores emocionales...


Este seminario es impartido por diversos profesionales del sector bajo la supervisión de Loretta Cornejo Parolini. Consta de catorce módulos, que se dan a razón de un sábado al mes. 

Programa

Diagnostico gestáltico en niños. (Loretta Cornejo)

Concepto de figura y fondo. Primeras entrevistas con los padres y el niño (Loretta Cornejo)

Relajación para niños, visualización, imaginación, meditaciones y fantasías (Ysabell Izquierdo)

El Dibujo del problema (Loretta Cornejo)

Del Yo Piel al Yo Ideal. De Winnicott a la Gestalt (Diana Baumann)

Introducción a las Constelaciones Familiares aplicada a niños (Peter Bourquin y María Colodrón)

Técnicas en sesiones de padres. Ejercicio de las normas y rituales en el niño (Marga de La Torre)

Técnicas gestálticas aplicadas a los niños. Segismundo o el uso de la silla vacía. El uso del cuaderno de terapia, el uso del animal doméstico dentro de la sesión (Loretta Cornejo)

Grupo de crecimiento personal para niños (María Barbero)

Casos clínicos, incidentes críticos en terapia. Resistencias a la terapia (Marga de La Torre)

Resilencia y Apego. Contratransferencia y transferencia en la terapia gestalt (José Luis Gonzalo)

Introducción al Focusing aplicado a los niños (Lucía Ema)

Cómo cerrar sesiones. La despedida. Interrupción de las sesiones. (Loretta Cornejo)

Programa revisado y aprobado por la Asociación Española de Terapia Gestalt, ya que se ha considerado que las técnicas o herramientas terapéuticas que deben ser utilizadas en el tratamiento de niños deben ser diferentes y otras adaptadas al desarrollo evolutivo del niño.

Información en UmayQuipa

C/ Juan Álvarez Mendizabal, 13, 1º dcha.

Tel.: 91 5493 878

E-mail: umayquipae@gmail.com

lunes, 23 de marzo de 2015

Receptividad, empatía y estrategias para preparar a un niño adoptado/acogido traumatizado antes de verbalizar sus vivencias del pasado (II y final)

Proseguimos con la segunda parte de este tema referido a cómo preparar a los niños adoptados/acogidos antes de verbalizar sus vivencias del pasado.

Antes de continuar, creo que es necesario hacer una puntualización muy importante, la cual ha venido motivada a partir de un comentario que un persona dejó en el post anterior. Dicho comentario lo firma Itsaso y dice, entre otras cosas, literalmente así: "En ocasiones mi hija ha percibido ese agujero negro y doloroso, pero hablar de esas emociones tan agrias, tan oscuras y dolorosas sin recuerdo es... imposible y no sé qué palabra usar pero creo que traumatiza más" No puedo estar más de acuerdo con Itsaso. En el post que escribí no lo dije pero Itsaso ya se encargó, con buen criterio, de afirmarlo. Eso es lo bueno que tienen los comentarios, que enriquecen los posts. Efectivamente, así es: hay niños cuyos recuerdos son anteriores a la formación del lenguaje, son preverbales. Son recuerdos (de naturaleza traumática) que permanecen en forma de sensaciones y emociones almacenadas en la memoria sensorial y emocional, en la memoria implícita. Hablar de esas emociones es imposible porque no hay nada que se pueda recordar conscientemente. No es una memoria que se active mediante una acción consciente. Pero incluso cuando el niño tiene recuerdos dolorosos conscientes (referidos al estrés del abandono u otras vivencias potencialmente traumáticas) porque las experiencias sucedieron en un periodo de la vida en el cual aquél puede recordar porque la memoria explícita (la que contiene hechos, circunstancias, episodios...) estaba desarrollada (a partir de los dos años y medio el órgano cerebral responsable de almacenar los recuerdos explícitos, el hipocampo, ya está maduro) acceder en el presente, preguntando al niño, es muy doloroso, puede desregularle emocionalmente, con potencial para retraumatizarle. Es por eso por lo que con algunos niños no debemos nunca forzar la verbalizacion, sino que debemos ofrecerles alternativas adaptadas a sus posibilidades y respetuosas con su sufrimiento. Con estos niños, cuando el recordar mediante la palabra es doloroso y difícil, podemos utilizar otras técnicas o procedimientos como el dibujo, la caja de arena, el juego, las metáforas... No hay que presionar a la palabra cuando el niño no puede. 

Sin embargo, hay otros niños o adolescentes que pueden o tienen más capacidad (incluso dicen que les alivia y les sana) para poder usar el lenguaje verbal para expresar su mundo interno, estructurarlo y ordenar sus duras vivencias. Pero incluso con éstos, que se lanzan y animan pronto a expresar muchos sucesos adversos potencialmente traumáticos (como el maltrato físico y el psicológico), hemos de tener mucha prudencia. Porque es verdad que son momentos en los que los padres y las familias adoptivas y de acogida pueden conectar emocionalmente, mostrarse receptivos y empaticos y fortalecer el vínculo, haciéndoles sentir sentidos; momentos en los que los adultos podemos darles un sentido a las duras vivencias que han padecido, desculpabilizándoles por lo vivido y favoreciendo la reconstrucción psicológica. Sin duda. Y no es menos cierto que un nivel moderadamente alto de activación puede propiciar que el niño o joven procesen e integren lo vivido, los contenidos de la memoria traumática (sobre todo y ante todo, si el vínculo con el adulto es seguro). Favorece la liberación de las emociones. Sí. Pero en los casos de niños o jóvenes traumatizados (con trauma complejo: múltiples eventos traumáticos almacenados y no integrados en el cerebro-mente, de naturaleza relacional) es difícil y complicado calibrar un nivel moderado alto de activación y ansiedad. Muchas veces (y nos pasa a los profesionales también) y debido a que son niños muy desregulados, éstos se descompensan y se hiperactivan (o hipoactivan: se quedan entumecidos, desconectados) Hay una invasión de la memoria traumática que inunda al niño o joven.

Por ello, es siempre mucho mejor empezar (con todos los niños y jóvenes) por darles oportunidades de expresión seguras donde mediante el lenguaje del dibujo, la gramática en la caja de arena u otras metáforas como los cuentos, las historias o películas, puedan expresarse con total control y libertad. Este tipo de lenguaje (el juego, la caja de arena...) le da al niño la oportunidad de simbolizar y transformar lo vivido tal y como a él le habría gustado que pasara (le empodera: recupera el poder perdido) Los mismos padres y familias podéis jugar con los niños y mediante este lenguaje accederéis a muchas de sus vivencias que de alguna manera se traslucirán ahí.

Posteriormente, y sólo con los niños que puedan (con algunos he trabajado sólo con técnicas no verbales porque lo que había que trabajar -horribles maltratos y vejaciones- era imposible ponerlo en palabras. Y con buenos resultados. Y es una manera adecuada y segura de hacerlo) se puede pasar a la palabra. Personalmente (y aunque los niños o jóvenes se atrevan a verbalizar) suelo pararles si comienzan a contarme. Les felicito, valoro su valentía, les honro... pero les digo que es necesario prepararse antes de hablar. Que puede parecer que no sucede nada pero que pueden quedar más alterados de lo que ellos piensan y que es necesario que ellos puedan regular las emociones que surgen. La gran mayoría lo comprenden y agradecen. Incluso en los niños o jóvenes que cuentan hechos muy duros y parecen, al contarlos, imperturbables, conviene no confundir esto con valentía y coraje.Puede serlo, pero también es un indicio de un distanciamiento disociativo, como si no me ocurriera a mí, una suerte de despersonalización.

Es importante no confundir el preparar al niño para hablar con el miedo del adulto a que aquél hable. Si el adulto trasmite al niño o joven implícita o explícitamente que no se puede hablar porque verbalizar le atemoriza, entonces se impondrá la ley del silencio. Cyrulnik ha referido en más de una ocasión que el niño (o la persona traumatizada) necesita de un ambiente que acepte los relatos por muy duros que sean. Y ser acogido con empatía, claro.

Por ello, el post de hoy es una continuación del anterior que pretende seguir ofreciéndoos herramientas en este sentido: estrategias para preparar al niño o joven antes de verbalizar cualquier suceso traumático, narrar sus vivencias o contarle nosotros lo que sabemos de su historia de vida, cuando los menores nos reclaman saber de dónde vienen y qué pasó para que les adoptáramos o acogiéramos. Pero, por supuesto, nunca forzando nada ("a ti ya te han forzado bastante en tu vida como para que te forcemos nosotros") y sólo usando la palabra con los niños o menores que sean capaces de aceptarla. Y siempre que el adulto (o adultos) que rodeen al niño o joven sean capaces de ser fuente de seguridad y refugio para ayudarles a recuperar la calma. Los padres adoptivos o acogedores que puedan tranquilizar mediante el contacto y la palabra a sus hijos ya han recuperado una de las funciones del apego: regular emocionalmente al niño después de un acontecimiento estresante (como lo puede ser hablar de su vida y de su historia) 

Además de las estrategias que expusimos en la primera parte de este post, suelo preparar a los niños o jóvenes utilizando estas otras que dan buen resultado: 

La estrategia on-off: Entramos un poco en las vivencias, recogemos las emociones y el niño sabe que puede dejarlo (off) cuando quiera. Son exposiciones a intervalos cortos donde después, si es necesario (normalmente sí) permitimos al menor jugar (para liberar la emociones: después de hablar sobre algo sobrecargante, jugar es muy terapéutico) o regularse de otro modo (respirando jugando a apagar una vela, oyendo música o de otro modo) Podemos volver (on) a retomar el tema en otro momento. Él decide en qué momentos, nosotros sólo podemos invitarle en este sentido. Le empoderamos porque él tiene el control: si siente malestar sabe que tiene la posibilidad de usar todos los breaks (paradas) que desee.

La metáfora del Polo Norte: Es una metáfora de gran ayuda y que los niños captan enseguida. Si tuvieras que viajar al Polo Norte, ¿lo harías sin nada, así, con la ropa de aquí, con una mano por delante y otra por detrás? Noooo, dicen rápidamente los niños. Nos equiparíamos. Vamos a dibujar en un papel todas las cosas que nos llevaríamos en nuestro viaje de exploración al Polo Norte. Resulta divertido. Vamos dibujando o nombrando todo lo que necesitaríamos para ir bien equipados. Al terminar, concluimos diciendo que con todo lo que llevamos podríamos ir sin problema y afrontar seguros el viaje. Después, se le dice: "para ese viaje a la memoria de tu vida que es hablar de las cosas desgraciadas que te han ocurrido, ¿qué necesitarías?" Se le ayuda al niño activamente: fuerza, apoyo, seguridad, coraje, que me contengan, cariño, valentía... Todas se dibujan. Y después se ponen encima de la mesa en todas las sesiones o momentos que trabajemos con el niño, junto con la hoja en la que aparece la técnica de "El equipo de ayudantes" que vimos en la primera parte de este post.

El mando a distancia: Esta técnica de Dan Siegel me encanta porque le da un control sobre los eventos traumáticos y empodera al niño como ninguna otra. Además de que gradúa la exposición con la que el niño puede ir narrando. Ya sabemos que cuando la palabra es bien tolerada por el niño favorece la integración interhemisférica (comprometida en los niños que han sufrido trauma complejo) Siegel propone que el niño imagine que ve la película de su vida en una pantalla. El tiene el mando a distancia. Y puede ir contando la película desde el principio, pero como él tiene el mando, los episodios o trozos que le resulten más duros o dolorosos los puede dejar para el final o para un momento en el que él se sienta capaz de poder contarlo. Sólo tiene que pulsar figuradamente el mando para dar a entender que se salta un trozo.


Resolución presente: Esta técnica es de Ana María Gómez y es muy útil para situar al niño en el presente y que sea consciente de cómo se ha desarrollado, evolucionado y empoderado todos estos años desde que sucedió lo traumático. Es para profesionales. Se le dice al niño que "comenzamos haciendo un dibujo o si lo prefieres una caja de arena. El título del primer dibujo es “Éste soy yo antes” Piensa en todas las cosas desgraciadas o malas que te ocurrieron y dibuja lo que sucede a tu alrededor, quién estaba allí, cómo te estabas sintiendo, qué estabas haciendo o cómo eras de mayor. Si mientras estás haciendo este dibujo los sentimientos se hacen demasiado fuertes, tú puedes usar la señal de parar diciendo: “Necesito un break” Puedes parar todas las veces que quieras. Y entonces piensas en tus ayudantes o figuras de apoyo. 

Una vez que el dibujo está terminado, se le dice al niño: “Bien. Ahora quiero que hagas un segundo dibujo (o bandeja de arena) titulado: “Este soy yo ahora” Una vez que el niño ha completado el dibujo o la caja de arena, ayudar al niño a concretarlo lo más posible, a hacerlo específico. Hacer preguntas que puedan ayudar al niño a reconocer qué es diferente ahora. Preguntas como: ¿Cómo eres de grande (en el sentido de mayor, de haber crecido) ahora?” “¿Cómo de fuerte?” “¿Qué es lo que sabes ahora que antes no sabías?”Además, hacerle al niño consciente de las habilidades que ha desarrollado, los ayudantes que están presentes en la vida del niño, las fortalezas y recursos que antes no estaban presentes y ahora sí. En general, preguntar o inquirir acerca de las habilidades que el niño ha desarrollado y que muestren una resolución a cualquier nivel del trauma o la adversidad pasada. 

Una vez que este segundo dibujo (o cajón de arena) se ha terminado, empezar a pendular de un dibujo a otro: Pedirle al niño que mire al dibujo o a la caja de arena de “ahora” dándose cuenta de los sentimientos que siente y dónde los siente en su cuerpo. Pedirle al niño después que mire al dibujo o a la caja de arena de “antes” y que note cualquier cosa que venga a su mente, corazón o cuerpo. Empezar por unos pocos segundos, cinco o diez, dependiendo de cuánto pueda tolerar el niño pensando en el evento perturbador que refleja el dibujo o bandeja de arena. Después, invitamos al niño a que regrese al dibujo o bandeja de “ahora” y que lo mire de nuevo. De nuevo, se le pueden preguntar cosas al niño sobre el dibujo de “ahora”: “¿Estás seguro ahora?” “¿Este suceso desgraciado te está pasando ahora?” “¿Tienes figuras de apoyo ahora?” Si el niño informa de emociones positivas, permitidle que tome conciencia de las mismas y las sienta. Permitirle todo el tiempo que necesite para pasar de un estado negativo a uno positivo. 

A partir de aquí, se va pendulando entre el dibujo o la caja de “antes” y la de “ahora”, aumentando el intervalo de tiempo que permanece mirando y sintiendo la de “antes” Se está todo el tiempo que el niño pueda tolerar (mirando la de “antes”)"

Cuando acompañamos al niño o joven en los relatos, en sus vivencias, pasadas o presentes, tened en cuenta que lo más importante, por muy duro que sea lo que haya padecido, es el vínculo (esa unión segura con vosotros/as), el alimento emocional de la empatía ("es muy doloroso, lo siento mucho") y la presentificación ("estoy contigo aquí, ahora, eso ya pasó")

Me despido, como es cortesía de esta casa, con la picada de la semana. Hace un par de meses, fui invitado por la Asociación Ume Alaia Gipuzkoa para dar una jornada en torno al tema de cómo las familias adoptivas pueden fomentar un apego ganado a la seguridad. Allí se encontraban muchas madres y padres, y una de ellas me ofreció la picada de hoy, que desde aquí os ofrezco a todos y todas vosotros/as: se trata de la publicación, en el número de enero de 2015 de la revista National Geographic titulado en portada "Los primeros artistas", de un reportaje amplio sobre el primer año del cerebro. El artículo desarrolla ampliamente (con estudios referidos a la adopción) todo lo relativo a la extrema importancia que tiene la infancia temprana: el cerebro comienza a desarrollarse en el vientre materno y alcanza unos niveles de crecimiento asombroso durante los primeros años de vida. Las experiencias positivas vividas en esos años contribuyen a construir una arquitectura cerebral sólida. Os dejo el enlace a la página web de la revista haciendo clic aquí.

Post que elijo hoy y rescato del recuerdo: ya que hemos vuelto a hablar del trauma, es una gran ocasión para repasar las contribuciones de los distintos autores a la teoría del trauma. 

Que paséis unas felices vacaciones de Semana Santa, nos volvemos a encontrar aquí el día 13 de abril. Cuidaos / Zaindu

jueves, 12 de marzo de 2015

Charla-coloquio desde Barcelona y el ordenador de tu casa organizada por el Instituto Familia y Adopción, el 21 de marzo, sobre los adolescentes y las redes sociales, con Jordi Bernabéu

Charla Coloquio del mes de marzo 2015

Desde Barcelona y el ordenador de tu casa

"Los adolescentes y las redes sociales"







Todos sabemos de casos de cyberbulling, o chicos/as que hacen lo que alguien les pide degradándose a través de internet. Son adolescentes que tienen una baja autoestima y que necesitan ser queridos y aceptados por sus “amigos/as” y hacen lo que sea por ello. De estos temas hablaremos y trataremos estrategias y recursos para evitarlo. 
Ponente:
Jordi Bernabeu Farrús. Psicólogo y educador. Desarrolla su actividad profesional mayoritariamente en el Servicio de Salud Pública del Ayuntamiento de Granollers. Profesor del Grado de Educación Social de la Universidad de Vic. Especializado en el consumo de drogas y en la adicción a internet.

Día y hora: Sábado 21 de marzo de 2015, de 11:30 a 13:30.
Más información e inscripciones: 
Instituto Familia y Adopciónwww.familiayadopcion.com

lunes, 9 de marzo de 2015

Receptividad, empatía y estrategias para preparar a un niño adoptado/acogido traumatizado antes de verbalizar sus vivencias del pasado (I) Además, celebramos la publicación de un excelente libro sobre adopción: “Fui adoptado ¿y qué?” de María Assumpció Roqueta

Casi todos los niños adoptados (por no decir todos) han sufrido adversidades. Un número nada desdeñable de ellos presentan trauma. Cyrulnik explica la diferencia entre ambas (lo he leído recientemente en el magnífico libro “Tutores de resiliencia” de Gema Puig y José Luis Rubio): el trauma equivale a un desierto, a estar muerto en vida. La adversidad, en cambio, no.

Para las personas no familiarizadas, es difícil reconocer el trauma en los niños. Normalmente, éste cuando es relacional (como sucede en la mayoría de los niños adoptados o acogidos que lo padecen), es decir, cuando el daño provino de un adulto con el que el niño tuvo un vínculo (de apego u otro) y si dicho daño sucedió a edad temprana (entre los 0 y los 3 años), las secuelas más evidentes se van a observar a nivel de regulación emocional y relaciones interpersonales, con dificultades para mantenerse dentro de la ventana de tolerancia a las emociones (el niño, ante estímulos determinados puede hiperactivarse -se mostrará más alterado, inquieto, movido, incluso con reacciones de ataque/huida, si interpreta el estímulo como peligroso porque le recuerda a alguna amenaza de su pasado- o hipoactivarse (parecería estar en un estado de desconexión emocional, a veces de embotamiento y en casos más graves, de disociación) El problema es que muchas de las respuestas al trauma son evaluadas por los adultos (padres, profesores y otros profesionales) como problemas de comportamiento e hiperactividad (muchos niños no tienen el diagnóstico de hiperactividad realmente, es un déficit de regulación emocional debido a que el cuidador principal con el que estuvo el niño perturbó la relación de apego y éste aprendió a activar su sistema de defensa. Una de las manifestaciones en el presente es la hiperactividad como respuesta a la activación emocional y la desregulación, nefasta herencia del trauma relacional) y los menores reciben muchas consecuencias en forma de reconvenciones, castigos, gritos, expulsiones y etiquetaciones... que no contribuyen a reparar al niño de las consecuencias de la traumatización, crónica. Al contrario, esa reactividad por parte del adulto puede ahondar en las heridas y contribuir a reforzar el trauma.

Cuando alguien padece un trauma, además de estar muerto, como afirma Cyrulnik, su cerebro está situado en el pasado. Da igual que hayan transcurrido décadas. Si el trauma no se ha trabajado y tratado, la persona permanece fijada al mismo. Es un mito falso pensar que el tiempo lo cura todo. El cerebro es el mismo y lo que se vivió queda registrado para siempre. Se trata de ayudar a la persona a integrarlo, a que forme parte de su vida, suavizando el dolor. En el caso de los niños, éstos se quedan en posición de supervivencia, y pueden responder a los estímulos del presente con antiguas estrategias como atacar y huir o embotarse y/o quedarse como congelados. 

Un ejemplo literario de persona atrapada por un trauma (hay muchos) es Miss Havisham, personaje de la magistral novela "Grandes Esperanzas", de Dickens. Está atrapada en el tiempo y vive, a causa del trauma, para vengarse de los hombres. Tal y como refieren en esta web (cito literalmente) "...cabe recordar que la señorita Havisham es uno de los personajes literarios más fascinantes y recordados de Dickens. Su oscuridad es tan siniestra que produce ternura. Es una solterona de mediana edad que fue plantada por su novio el día de su boda y que a partir de entonces se ha retirado del mundo a su mansión en ruinas y ha detenido el tiempo en el momento de la traición. Los relojes de su casa marcan para siempre las nueve menos veinte de la mañana, la hora en que recibió la nota en que el novio arrepentido y pleno de remordimientos le explicaba que no se casaba con ella porque nunca la había amado y que sólo perseguía su fortuna. El salón de su casa se queda con la mesa del banquete puesta, con los platos y cubiertos para los invitados que nunca llegaron tapados con el polvo de los años y el gran pastel de bodas pudriéndose en un lugar destacado. Miss Havisham se viste con el mismo traje de novia todos los días, pero no lleva el conjunto completo sino que sólo utiliza las prendas que sus asistentes habían alcanzado a ponerle hasta el momento en que recibió la nota de cancelación (el ramo de flores se marchita en una esquina y sólo lleva un zapato) Su figura adquiere rasgos fantasmagóricos, avanzando con el ruido de su paso desnivelado por la mansión ruinosa y arrastrando la cola cada vez más gris del vestido sobre la suciedad del piso nunca más limpiado"




Dickens no fue el único novelista decimonónico que empezó a reflejar y denunciar de algún modo las nefastas consecuencias de los traumas. Muchos otros escritores del siglo XIX hicieron este tipo de literatura: Balzac, Víctor Hugo (inolvidable "Los miserables"), Flauvert, Zola, Verne... 


Los niños traumatizados, cual Miss. Havisham, quedaron detenidos en el tiempo con sus estrategias supervivenciales; ellos no tuvieron ninguna culpa, son los adultos que actualmente conformamos su red afectivo-social los que les tenemos que enseñar a dejar atrás esos trajes... 

Bueno, tras este excursus, retomo: este concepto de la reparación del daño psicológico es difícil de entender para algunos adultos que trabajan o se relacionan con el niño traumatizado. Porque lo visible (que en realidad, es la manera que el niño tiene de comunicarnos sus problemas, dificultades, desregulaciones, malestar…no sabe hacerlo de otro modo), lo que se observa, es la conducta (sin saber que detrás de ésta hay un problema denominado trauma; por eso algunos autores, como he contado en otras ocasiones, a éste le llaman la epidemia oculta. Porque no se detecta a tiempo) Y dicha conducta suele ser negativa y desadaptada en los distintos contextos en los que se desenvuelve el niño o joven.

El adulto (al etiquetar esta conducta como rebeldía, desobediencia, perturbación, molestia…) busca frenar y parar dicha conducta del niño, ponerle el límite. Por supuesto que el límite es necesario para todos los niños y en especial para los traumatizados, que necesitan contención, sujeción y andamiaje por parte de un adulto. Una consecuencia como castigar o expulsar podrá parar a un niño (a veces ni eso); pero lo que es seguro es que no repara. No aporta nada constructivo (incluso para algunos niños, estas medidas de disciplina, como hemos dicho, pueden retraumatizar) Y nosotros tenemos la tarea de reconstruir su cerebro, remodelarlo. La labor de favorecer la vinculación con un adulto que le dé seguridad, que le enseñe con consecuencias constructivas y reparadoras y le ayude a reflexionar y darse cuenta sobre las consecuencias de sus acciones, cómo éstas impactan en los demás, dando nuevas oportunidades para aprender. Como dice Siegel en su último libro titulado: “Disciplina sin lágrimas” (que os recomiendo cien por cien), como padres y educadores aspiramos y debemos no sólo aportar un límite sino favorecer que el niño desarrolle cualidades como la compasión, la moral, captar los sentimientos de los otros, reflexionar, valorar los riesgos, ser responsables… Y esto se consigue con adultos que no sean reactivos (el niño hace una conducta negativa, desobedece, y el adulto, presa de rabia y hartazgo, pone una consecuencia impulsiva consistente normalmente en gritar, reconvenir y castigar) sino receptivos (conectar con el niño, con lo que puede sentir o querer comunicar con esa conducta, ponernos primero en su emoción y en su piel) y reflexivos (que los padres valoren primero, qué quieren transmitir y enseñar al niño para el futuro, con el fin de que con nuestra actuación pedagógica, contribuyamos a que éste desarrolle cualidades y habilidades y crezca como persona) Porque los niños con sus conductas siempre nos quieren decir algo; y los adultos casi siempre optamos por ir a la carga. Bueno, somos humanos y cometemos errores, no buscamos padres perfectos; pero sí padres conscientes que opten por aprender a ser conectivos, a entrar en conexión emocional con sus hijos y enseñarles, que se propongan gestionar sus emociones y ser mucho menos reactivos. Estos padres están trabajando a futuro para sus hijos y son los que recogerán los frutos el día de mañana.

Además de esto -que favorece la reparación del niño mediante la construcción de un vínculo seguro con los padres y madres adoptivas o acogedores/as,  la denominada resiliencia secundaria (vínculos de seguridad para el niño que le sostienen, toda la red afectiva que le rodea)-, los menores de edad traumatizados necesitan exteriorizar y simbolizar para elaborar (procesar) el trauma. Una de las formas que eligen para hacer esto -la más accesible para ellos- con los padres o acogedores suele ser hablar. Los niños, en la medida que se sienten en seguridad, pueden empezar a hablar. A veces lo hacen abruptamente, coincidiendo con momentos determinados (por ejemplo, una niña oyó una noticia en la televisión informando que una joven había sido atacada sexualmente y repentinamente le dijo a su madre adoptiva: “eso me ha pasado a mí”) Otras veces lo hacen en momentos en los que los padres o acogedores crean un clima apropiado, por ejemplo, a la noche cuando están compartiendo un espacio y tiempo afectivo con el niño. En la segunda infancia, comienzan a preguntar a los padres adoptivos (porque quieren saber y conocer, normal, es una necesidad en los seres humanos, de dónde venimos y qué ocurrió para que me adoptaran) por cosas muy concretas. Los padres, madres y familias ya sabéis de qué hablo, muchos/as de vosotros/as lo habéis vivido o lo vivís.

Que el niño/a ponga en palabras (exteriorice y simbolice) y sea sentido por el padre y/o la madre u otro adulto, es sanador. Es muy importante la actitud y disposición que el adulto que acompaña y quiere al niño muestre con éste. Ser receptivos, escuchar, acoger (abrazar y besar si es necesario, y si el niño o niña lo vive bien) y sobre todo, validar. El mayor daño que se le puede hacer al niño es no reconocerle el sufrimiento o minimizar lo ocurrido. Escuchar, ser receptivo y empático: “Lo siento, es doloroso; pero ahora estás aquí con nosotros, eso ya no volverá a ocurrir nunca más” Esto es lo que mejor pueden hacer los padres y madres o las familias, por el niño o joven: empatía. Lo que más repara, es alimento emocional para el niño, lo que no ha tenido.

Unos padres o madres o acogedores no dispuestos a escuchar, o que se derrumben y no sean seguros y no puedan contener su miedo o angustia (que no es lo mismo que ser sensible a sus emociones) insegurizarán y angustiarán más al niño o joven. Que quizá aprenderá a callar para no perturbar.

Suelo ser partidario de validar y felicitar al niño por hablar (“Qué bueno que tienes valor para contarlo, eres  un valiente; te escuchamos”) Pero es necesario, si el niño presenta una historia muy traumática a sus espaldas, o tiene tendencia a presentar estados disociativos (leed este post los que no estéis al día de qué es la disociación) que pueden hacer que se desregule severamente, preparar al niño antes de que hable sobre lo traumático. Suele dar muy buenos resultados. Voy a facilitaros algunas pautas sobre cómo lo hago, que podréis usar los profesionales -y pienso que también los padres y madres adoptivos y acogedores-. Para éstos últimos lo más importante es que sepáis que el vínculo seguro con ellos es lo que más hace sanar tanto el vínculo de apego dañado como otras experiencias adversas y/o traumáticas que hayan padecido en sus hogares de origen o en las instituciones en las que fueron ingresados. Por ello, todas las experiencias de seguridad emocional que interioricen con vosotros/as son fundamentales para que puedan reparar ese primer vínculo (con sus padres o cuidadores) dañado (apegos inseguros o trastorno de apego reactivo)

Lo primero es evaluar en qué medida el niño es capaz de poder verbalizar sin salirse fuera de la ventana de tolerancia a las emociones. Si es un niño que ha sufrido múltiples eventos traumáticos y ha padecido experiencias de horror con cuidadores que le han aterrorizado, lo más probable es que presente desregulación emocional severa, oscilando entre la hiperactivación y la hipoactivación. En estos casos el tratamiento psicológico es imprescindible (porque estamos hablando de niños con apego desorganizado o trastorno de apego reactivo) Por ello, el profesional sabrá cuándo y cómo trabajar lo traumático con el niño. En esos casos lo más prudente y beneficioso es no hacer nada sin la consulta y la orientación profesional.

Lo segundo es valorar en qué medida el padre o la madre adoptivos (o acogedores) son capaces de hacer una de las funciones del apego más importantes: mediante el contacto y la palabra calmante, poder estabilizar y tranquilizar al niño tras un episodio de estrés (como puede ser hablar de su dura vida pasada) Si los padres o madres adoptivos -o los acogedores/as- veis que el niño os vive como fuente segura y es capaz de regresar a un estado de calma (gracias a vuestra ayuda y presencia) tras hablar de lo que le duele, es que habéis conseguido restaurar una de las funciones del apego con ese niño. Es necesario, para esto, que el padre o la madre adoptiva (o el acogedor/a) lleven tiempo de convivencia y el vínculo se haya trabajado y construido. Se puede llevar mucho tiempo de convivencia con el niño pero no tener un vínculo sólido porque no ha habido un proceso de construcción entre ambos de dicho vínculo (entre el niño/a y padre, madre o acogedor/a) Sólo es conveniente hablar de las experiencias pasadas del niño si el adulto puede ser fuente de calma y seguridad. "Sólo el vínculo seguro sana", lo dijo Ana María Aarón en las Jornadas Europeas de Resiliencia celebradas el pasado octubre de 2014 en Barcelona.

En tercer lugar, es necesario enseñar al niño una técnica para estabilizarse y calmarse emocionalmente. Una que me parece muy adecuada es la de poner un peluche en su estómago mientras está tumbado y enseñarle a respirar con el vientre (la respiración ventral activa la rama ventral del nervio vago y promueve estados de calma y de conexión con el propio cuerpo y con los demás) Se coge aire por la nariz y se expulsa por la boca. El peluche se mece con la inspiración-espiración; el niño ha de seguir respirando hasta que sienta que el peluche se duerme. Las respiraciones ventrales ayudan a presentificar al niño, a hacerle sentir que está aquí, con nosotros. “Tú estás aquí, ahora, conmigo. Estás seguro. Todo eso tan doloroso que me has contado es pasado. Yo estoy contigo, a tu lado” Es dar presencia, como cuando un bebé se calma gracias a la presencia calmante del padre o de la madre, sin hacer nada especial, solo estar ahí dando paz y seguridad. Otro modo de poder calmar a los niños, después de que hayan hablado con los padres, madres o acogedores/as sobre su pasado y sus emociones, son los estados de inmovilización tranquila (leed este post donde lo explicamos, no hace demasiado tiempo) Es una manera espontánea y natural de calmar.

En cuarto lugar, una estrategia que les ayuda a prepararse y sentirse seguros antes de hablar es conectar emocionalmente con todas las personas significativas de su vida a las que llamaremos “el equipo de ayudantes” Es una técnica para dotarles de un recurso psicológico (calma y seguridad) cuando se sientan muy tristes o conecten con la soledad, los sentimientos de abandono, la rabia… Se le pide al niño que se dibuje en el medio de una hoja a sí mismo (hay que decirles que no hay nada en lo que se pueda equivocar, no es una clase de dibujo, que nos gustará el dibujo que haga, sea cuál sea; buscamos su dibujo) Después va eligiendo en el orden que él quiera, aquéllas personas que le ayudan y le hacen sentir bien (tranquilo, calmado; o feliz, divertido… cualquier sentimiento que el niño viva como ayuda) y las va dibujando formando un círculo que le rodee en el dibujo. Cuando ha terminado, se le pide que exprese cómo se siente, si le llegan sentimientos buenos, si los nota en el cuerpo… Entonces, se le dice que los note, que sienta lo bueno que es para él sentir esa seguridad, calma, bienestar… Que sienta que le rodea, que la respira, que le envuelve y le acompaña, para que la pueda usar en los malos momentos.

Es fundamental insistir en que si el adulto (padre o madre, acogedor/a, profesional…) no tiene un vínculo con el niño/a y no es una persona sólida (tranquila, firme y segura) es mejor no hacer nada de esto. Puede ser contraproducente. Entendemos (y no culpamos a nadie) que los padres pueden sentir pena, ansiedad, angustia… al ver a su hijo expresar el sufrimiento. Por eso, en esos casos en los que no podemos hacer de holding o sujeción para el niño, es mejor recurrir a un tratamiento psicológico que dé espacio de trabajo al niño pero también a los padres con el fin de que aborden ellos sus propias emociones y aprendan a gestionarlas. La mejor experiencia que puede sentir un niño dañado es ser capaz de que un adulto con quien tiene un vínculo sólido sienta y dé contención segura a su sufrimiento. En caso de dudas con todo esto, para eso estamos los profesionales.

Continuaremos con este interesantísimo tema, que es particularmente necesario en los casos de niños traumatizados durante años por el abandono, la violencia, los continuos cambios de cuidadores… Suelo utilizarlo siempre con los menores de edad que han sido adoptados a edades tardías (con cinco, seis, siete u ocho años de edad) y que tienen el diagnóstico de trauma en el desarrollo, apegos inseguros y disociación. A los recién llegados a este blog y que han leído por primera vez este artículo, les aconsejo que accedan a las etiquetas de “apego” y “trauma” y lean todo lo que hemos escrito anteriormente, para ponerse al día en estos conceptos.

Os digo adiós como siempre, con la picada y con un post escrito anteriormente en Buenos tratos y que os recomiendo volváis a leer.

La picada de hoy es celebrar que tenemos una magnífica novedad bibliográfica que me ha hecho especial ilusión: se trata del libro titulado “Fui adoptado ¿y qué?” escrito por María Assumpció Roqueta Sureda, psicóloga especialista en psicomotricidad, pedagogía terapéutica y en audición y lenguaje. Es colega y compañera de la red APEGA (formada por todos y todas los/as profesionales egresados/as del Diplomado en trauma terapia infantil sistémica de Barudy y Dantagnan) y ha tenido el detalle de regalarme el libro, además dedicado. Me alegra muchísimo que una compañera (con su dilatada trayectoria profesional y su amplia y completa formación, además especializada en el ámbito) haya publicado un libro. Además, uno que hunda sus raíces teóricas en el modelo del buen trato y los marcos explicativos del apego y del trauma para poder entender y tener una nueva mirada sobre la adopción. Necesitamos que los profesionales se impliquen en estas tareas divulgativas porque es preciso que lleguen al mayor número posible de familias adoptivas. A María Assumpció le conozco personalmente y doy fe de su profesionalidad, implicación y compromiso con los niños y las familias adoptados/as. Tuvo el enorme detalle de acompañarme en las jornadas formativas (Las Conversaciones) que organizamos en Donostia con motivo de la aparición del libro que sobre la caja de arena publiqué en marzo de 2013. Y pude conocerla un poco más.

He revisado el libro y es muy completo, amenamente redactado y con rigor científico. El modelo desde el que la autora nos propone es (por eso lo recomiendo, porque lo comparto) un modelo que es respetuoso con el niño y que no patologice. Assumpció, en “una nueva mirada de la adopción desde un enfoque sistémico, comprensivo e integral” nos dice que "España es el segundo país del mundo en adopciones internacionales (…) Cada vez son más los padres que consultan a especialistas y niños que son diagnosticados erróneamente, especialmente de TDAH (Trastorno por Déficit de Atención con Hiperactividad-Impulsividad)" Y ya sabemos que en vez de este trastorno lo que presentan es una historia de vida tan dura que ha generado trauma. Digo que el libro es muy completo porque nos ofrece primero, como debe ser, el fundamento teórico (todo libro sobre adopción debe de tener una base teórica en el que sustentar su intervención): "...la teoría del apego, del trauma, la resiliencia y los aportes de la neurociencia sobre el desarrollo cerebral. A continuación, desde un enfoque sistémico se estudian todos los sistemas que rodean al niño y se dedica un capítulo por sistema y de esta forma se analiza al propio niño, a la familia, a la escuela, al entorno social y a los recursos externos" Esta última parte de recursos e intervención con el niño y su entorno me ha gustado especialmente porque Assumpció ofrece a los padres, madres y familias adoptivas guías y pautas muy bien explicadas y necesarias para contribuir a la sanación emocional de los niños y adolescentes.

El libro es útil tanto a padres como profesionales (los maestros encontrarán un amplio capítulo dedicado a adopción y escuela, muy útil porque no abundan los materiales de este tipo) Antes de hacer o de intervenir hay que comprender en profundidad, como Assumpció nos dice. Y este libro ofrece ambas aproximaciones (comprender) y herramientas (fundamentadas en un modelo teórico) para poder intervenir sin patologizar al niño o adolescente. Al contrario: favoreciendo su sanación.

Así pues, os recomiendo que lo adquiráis porque es uno de los imprescindibles de nuestra biblioteca. Felicito efusivamente desde estas líneas a Assumpció Roqueta por esta inestimable aportación (todos los que escribimos un libro sabemos lo que cuesta hacerlo) que será todo un éxito.


Assumpció ha dejado un comentario que copio aquí: "Durante el curso 2008-2009 gracias a una licencia de estudios pude valorar a más de 35 niños/as adoptados en la escuela y después de 5 años, volví a verlos; y finalmente he escrito el libro.

Es un libro sentido, escrito desde la emoción. Espero que todos estos niños/as lo puedan leer algún día y que ayude a padres, madres y profesionales a comprender muchas de las conductas, y que sirva para saber dar las respuestas necesarias.


Os dejo mi correo por si alguien quiere comentar algo personal":


aroqueta@xtec.cat

El post que rescatamos es uno que escribimos no hace mucho pero que va muy bien con el tema que hoy hemos desarrollado. Es más, forman parte del mismo tema: Cómo las familias adoptivas y acogedoras pueden hablar con y honrar a los niños/as que tienen una historia traumática.

Cuidaos / Zaindu