lunes, 13 de febrero de 2017

Reproducir un ambiente protector

El pasado mes de enero de 2017 publicamos una entrevista (dentro de un reportaje monográfico, excelentemente enfocado, sobre los menores que están bajo el amparo de la administración pública) que la periodista Arantxa Iraola le hizo a una joven que había sido protegida por la Diputación Foral de Gipuzkoa. Dicha entrevista se publicó en el diario Berria el 11 de diciembre 2016 (íntegramente en euskera) y dado el interés que tenía, le pedí permiso a la periodista para poder publicarla en castellano en mi blog Buenos tratos. Arantxa Iraola no solo me concedió amablemente el permiso sino que ella la tradujo al castellano para todos/as los/as lectores/as de Buenos tratos.

Ahora, nuevamente, una persona se ha ofrecido a traducir al castellano un reportaje que estaba incluido dentro del monográfico que Arantxa Iraola preparó. Se trata de Diego Andrés Sánchez, responsable de un centro de acogida para menores sito en Lezo (Gipuzkoa), justamente el educador con el que Arantxa se entrevistó para darnos a conocer qué es y cómo viven los menores en un hogar. Conozco a Diego Andrés desde hace muchos años y hemos compartido el trabajo (él como referente educador responsable de menores y yo como psicoterapeuta) de ayudar a sanar a menores dañados emocionalmente. Diego es un educador con una gran trayectoria profesional, pero además comprometido e implicado en su labor, creyendo firmemente en estos recursos residenciales como algo más que un lugar donde guardar a los menores: como recursos educativos y terapéuticos para los/as niños/as y jóvenes que están en situación de desprotección y que necesitan de dichos recursos.

Diego Andrés ha aprovechado la traducción para realizar unas apostillas al magnífico reportaje, cuya autoría es de Arantxa Iraola. La propia Arantxa ha autorizado a que se publique este reportaje traducido al castellano con las aportaciones de Diego Andrés.

Las aportaciones de Diego Andrés figurarán entre corchetes [ ]

Muchas gracias a los dos.

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Reproducir un ambiente protector


En los hogares de acogida, el objetivo en la medida de lo posible es reproducir un ambiente familiar: al fin y al cabo, estos hogares donde viven los niños y los adolescentes son su casa.




“Es muy importante trabajar las rutinas. Muchos de los que están aquí no han conocido nada así antes”. Son las explicaciones de Diego Andrés Sánchez, profesional de Fundación Eudes y el responsable del recurso residencial que hay en Lezo (Gipuzkoa) para niños en situación de desprotección – de entre 3 y 12 años, aproximadamente-. [Uno de los 34 recursos residenciales que tiene la Diputación Foral de Gipuzkoa]. Cuenta con nueve plazas. “Una familia muy diversa” e intenta enfatizar Diego la palabra familia; de hecho, así es el trabajo que intentan hacer los educadores dando a esos menores lo mejor de una familia. [Este es uno de los pilares básicos del trabajo del equipo educativo: proteger, acompañar y cuidar a los chicos y chicas en su proceso.]

Son catorce para nueve niños. En todo caso, es necesario: siempre tiene que haber alguien en casa, noche y día, lectivo o festivo. “Los niños están como en cualquier familia." “La estabilidad es muy importante puesto que da seguridad al niño”. Tampoco quiere olvidar otro ingrediente: “el amor: por las carencias que tienen en ese aspecto” y su complemento: “los niños también necesitan límites; las carencias vienen muchas veces también por este aspecto”.

El hogar tiene un largo pasillo: a un lado las habitaciones de los niños, niñas y adolescentes, acondicionadas según las necesidades de cada uno. Al otro lado, la sala de estar, los baños, la cocina y el comedor. No es muy diferente de cualquier otra casa. Está pensada para niños hasta los 12 años, pero a menudo “hay excepciones”. Así, “actualmente por ejemplo viven dos hermanos: de ellos, uno es un chico de 15 años”. La última en llegar al recurso, una chica de 13 años. “En este, como en todos los casos, se analiza su situación personal, sus necesidades y se decide lo mejor para ella; en su caso ingresar en nuestro recurso, antes que en un centro de adolescentes”. La más pequeña de la casa tiene 4 años.

Se intuye que todos son una gran familia numerosa: los educadores organizados van y vienen por el largo pasillo; es la hora en la que los niños salen del colegio. “Los mayores vienen solos desde el instituto, pero a los pequeños hay que ir a buscarles”. Todos tienen planes concretos para la tarde: actividades extraescolares, tiempos de estudio, ocio, parque, psicólogos... “Dos niños, por ejemplo, tienen que ir a la piscina hoy”. Asimismo, han de gestionar las visitas que los niños tienen con sus familias de origen. En cada caso está regulado [por Orden Foral o Resolución Administrativa], qué tipo de visitas tienen, con quién, así como su frecuencia y en qué condiciones (acompañada o no por ejemplo).

Algunos niños pueden estar con sus padres sin acompañamiento, otro tipo de visitas se realizan bajo la supervisión de los educadores. “Para que ambas partes –padres y niños- estén a gusto, tenemos que ayudarles”. [Se ha de garantizar su protección y que las visitas sean un espacio seguro, en el que los niños, niñas y sus familias puedan disfrutar juntos. En el acompañamiento de las visitas, la labor del supervisor es fundamental.] Del mismo modo, hay que prestar mucha atención a todo lo que sucede después de las visitas. Muy frecuentemente las emociones de los niños y niñas se desbordan, [descompensándose tras los encuentros], necesitando del educador, que acompaña y recoge su malestar emocional. “Tenemos que escucharles y explicar a los niños muy bien todo y decirles que estamos aquí para lo que necesiten”, [siempre disponibles.]

De la mano de un tutor

Se supone que alguno de los menores que están en el centro tendrán modo de volver a sus casas: en concreto, la entidad foral está trabajando con las familias de los menores. En otros casos no se ve esta opción y tal vez, se optará por el cuidado de una familia de acogida: la decisión se toma caso a caso. Todos llegan de situaciones delicadas y complejas y en general, la mayoría tienen un futuro lleno de dudas e incógnitas por delante. Por eso es importante responder a las preocupaciones e inquietudes de cada uno de los niños. En el recurso residencial todos los profesionales del equipo educativo se preocupan de ello, pero existe la figura del educador tutor, que es su “referente” principal, “el encargado de gestionar y coordinar todos los aspectos relacionados con el niño”: todo ello enmarcado por un protocolo de actuación.

Por ejemplo, las visitas al pediatra, al psicólogo –muchos de los menores de edad están en terapia-, las comunicaciones con los maestros de la escuela, todo lo relacionado con su familia… Del mismo modo, [“son quienes normalmente más cerca están de ellos, las personas en las que pueden empezar a confiar sus preocupaciones, miedos, sus deseos…”] Acompañan a los niños y adolescentes de un lado a otro, y aprovechan muchos de estos momentos para hablar con ellos –para saber qué llevan dentro- “Las paradas son oportunidades muy buenas para hablar con ellos” añade el responsable. [“La importancia de aprovechar todos los espacios cotidianos, valorar los pequeños momentos y todas las oportunidades que se presentan en la interacción con cada uno de ellos. Las experiencias que compartimos son el mayor aprendizaje”.]

Entre semana y festivos

También los fines de semana. De hecho, la mayoría se quedan en el recurso. El objetivo es, sin embargo y en la medida de lo posible, orientar a los niños a disfrutar de un hogar externo, [donde poder beneficiarse de una atención individualizada, y llevar a la práctica todo lo que han ido aprendiendo] Para ello hay diversos recursos: [“De los nueve niños, en este momento seis cuentan con una familia Izeba*, esto les da la gran oportunidad de hacer planes diferentes con esas familias, les permite también conocer otra realidad”. Cuando se puede, en el día a día, se intenta, sin embargo, vivir como una familia: “la hora de la cena, por ejemplo, es un buen momento. Es importante estar, crear un ambiente adecuado. Eso también lo hace el educador”. La expresión “etxekoak” (los de casa) está muy presente y en el hogar se respira un ambiente de tranquilidad y cuidado.] El objetivo es, dentro de lo posible, reproducir un ambiente familiar adecuado, con una gran profesionalidad. Varios protocolos establecen cómo trabajar –todo está escrito con exactitud: la ropa de los niños, los regalos, las pagas…- y a eso se le intenta añadir unos cuantos abrazos. [Aspectos tan básicos y necesarios en nuestra vida como el afecto, los besos, la aceptación, el respeto, la confianza…]

* El Programa Izeba de la Diputación Foral de Gipuzkoa tiene como finalidad contribuir a la mejor integración de los niños, niñas y adolescentes que se encuentran en desprotección, mediante la creación de una red de familias (tíos y tías acogedores) que actúan como referentes en el entorno, complementando el trabajo desarrollado por los centros de acogimiento residencial. Es gestionado por Baketik Fundazioa. 

martes, 7 de febrero de 2017

Taller para el aprendizaje de la técnica de la caja de arena, organizado por el Centro Reddes, en Sevilla, 3 de marzo de 2017.

Organizado por el Centro Reddes de Intervención de Sevilla


Impartido por: José Luis Gonzalo Marrodán, psicólogo clínico y psicoterapeuta infantil


 3 de marzo 2017



PRESENTACIÓN

Esta técnica permite trabajar cuando resulta difícil la verbalización de los contenidos psíquicos; y esto es especialmente importante cuando el paciente tiene dificultades en ponerlos en palabras, como ocurre habitualmente en los niños. Cuando el origen del problema es un trauma infantil, recordar y explicar es una fuente adicional de sufrimiento. Utilizar la caja de arena permite la distancia emocional necesaria para ir elaborando la experiencia traumática sin tanto dolor. Además, el juego es el lenguaje natural del niño y le aporta una narrativa que le permite liberar, expresar y simbolizar, desarrollando sentimientos de control, lo que sucede y lo que vive en su interior. El modelo teórico en el que insertamos la aplicación de la técnica se basa, pues, en las aplicaciones del trauma, el apego y la resiliencia.

OBJETIVOS DEL TALLER

Conocer los orígenes de la técnica, hacer un poco de historia.

Perfilar para quienes está indicada la técnica

Aprender los pasos en la conducción de una sesión con la técnica de la caja de arena

Explicar cuál debe ser la actitud del terapeuta

Alcances y límites de la técnica

FECHAS

3 de marzo de 2017


METODOLOGÍA

La metodología del taller es vivencial y comprende la elaboración de cajas de arena por parte de los alumnos, aprendiendo los pasos en la aplicación  y conducción de una sesión junto con breves exposiciones teóricas y el visionado de vídeos con casos prácticos reales.


INFORMACIÓN Y PRECIO

160 Euros

Se abonarán 80 Euros en concepto de inscripción. El importe restante se abonará el día del seminario. El número de cuenta ING Direct: ES 13 1465 0100 98 1800626652

Para ampliar información ponerse en contacto con la organización en centroreddes@gmail.com o en el teléfono 676 50 85 76

LAS PERSONAS QUE UNA VEZ INSCRITAS ANULEN SU PLAZA, NO TENDRÁN DERECHO A LA DEVOLUCIÓN DE LA MATRÍCULA.

Nuevo taller de la caja de arena en Sevilla: Metodologías de trabajo con la caja de arena para la integración de los problemas emocionales y/o contenidos traumáticos. Organiza Centro Reddes de Intervención.

Metodologías de trabajo con la caja de arena para la integración de los problemas emocionales y/o contenidos traumáticos.

En  Sevilla, Centro Reddes, 4 de marzo de 2017






Cuando se padecen trastornos emocionales o traumas, hablar resulta potencialmente peligroso porque sitúa a los pacientes fuera de la ventana de tolerancia a las emociones y éstos se des-regulan (se hiperactivan o se hipoactivan) Transformar los contenidos psíquicos internos traumáticos en formas físicas concretas que representan símbolos (que se pueden tocar y manipular) y hablar desde lo que se ha representado con ellos en el mundo en la arena, favorece la expresión y elaboración psicológica sin tanto dolor y de una manera segura. En este taller aprenderemos qué particularidades tienen los pacientes víctimas de traumas y qué precauciones debemos de tener. Además, veremos las diferentes metodologías de trabajo con la técnica de la caja de arena: desde la libre o no directiva (que tiene poder para capturar los traumas del paciente) como la directiva, en la cual el paciente representa contenidos traumáticos genéricos o con miniaturas que le representan. El acercamiento al contenido traumático se hace desde la distancia máxima (no directiva) hasta la menor distancia (directiva) La caja de arena potencia el pensamiento en imágenes propio del hemisferio derecho del cerebro; posteriormente, en la co-exploración, participa el izquierdo dando sentido a lo representado. Conoceremos qué preguntas concretas se pueden hacer para reflejar y ayudar al paciente a regularse emocionalmente, a empoderarse y a elaborar lo traumático. Desde el respeto absoluto al ritmo y posibilidades (recursos) del paciente.



ASPECTOS A TRATAR

Concepto de trauma: ampliación de la visión clásica.

Cómo la caja de arena ayuda a la integración de contenidos traumáticos.

Metodologías de aproximación a la técnica de la caja de arena, según distancia del contenido traumático o problema emocional. 

  Caja arena libre 
  Caja arena enfocada: intermedia 
                                     directa

Limitaciones y precauciones en el uso de las metodologías.

METODOLOGÍA DEL TALLER

La metodología del curso es vivencial y el/la alumno/a trabaja los contenidos temáticos elaborando cajas de arena.

No es necesario haber asistido a los anteriores talleres de la caja de arena.

Se darán certificados de asistencia.

FECHA

4 de marzo de 2017

PRECIO

160 Euros

Se abonarán 80 Euros en concepto de inscripción. El importe restante se abonará el día del seminario. El número de cuenta ING Direct: ES 13 1465 0100 98 1800626652

Para ampliar información ponerse en contacto con la organización en centroreddes@gmail.com o en el teléfono 676 50 85 76

LAS PERSONAS QUE UNA VEZ INSCRITAS ANULEN SU PLAZA, NO TENDRÁN DERECHO A LA DEVOLUCIÓN DE LA MATRÍCULA.

lunes, 6 de febrero de 2017

Implicancias de la teoría del apego para las políticas públicas, por Inés Di Bártolo, doctora en psicología.

El pasado post ya anuncié que el de hoy se centraría nuevamente, en el magnífico libro de la Doctora en psicología Inés di Bártolo “El apego. Cómo nuestros vínculos nos hacen quienes somos” En concreto, voy a transcribir el epígrafe 6 del capítulo tercero donde la autora se refiere al tema de las implicancias de la teoría del apego para las políticas públicas. La intención de este post es hacer llegar a todos/as los/as profesionales que trabajamos en el ámbito de la protección a la infancia las directrices de la Dra. Inés Di Bártolo, las cuales deben de regir las intervenciones con los menores cara a garantizar su desarrollo y bienestar y que se derivan de las aportaciones científicas de la teoría del apego. Me ha encantado que la autora incluya un epígrafe con este tema en su libro porque puede beneficiar y pautar las prácticas de los profesionales (en especial, los técnicos de protección a la infancia que toman las decisiones sustantivas) para concienciarles de la trascendencia que tiene para todo menor contar con una figura de apego durante su desarrollo. El compromiso ético de la autora con la infancia vulnerable se trasluce en este epígrafe. Además, es un estímulo, un refuerzo y una motivación enormes descubrir que académicas y profesionales tan prestigiosas como Inés Di Bártolo refrendan desde la investigación científica nuestra labor y el modelo de intervención en el que –en nuestras manos está- puede contribuir a sanar a los menores que presentan trastorno del apego. Es cierto que nuestra sociedad está muy lejos aún de llevar a la práctica, hasta el final, las implicaciones que la académica nos propone. Pero también es cierto que en los últimos años se han ido consiguiendo logros en pro de la infancia vulnerada y se van integrando conocimientos científicos en las políticas públicas que ponen por encima de todo el interés superior del menor. Pero queda aún mucho por hacer en el ámbito judicial y de protección. Especialmente eliminar el mito de que el bienestar del menor reside en el vínculo con la familia biológica, con sus padres, tomando así decisiones y prolongando innecesariamente intervenciones familiaristas con familias irrecuperables, privando al menor de lo que realmente necesita: un cuidador, al menos uno, estable y competente, con el que pueda desarrollarse. Porque el establecimiento del vínculo de apego no se basa en lazos de sangre sino que se hace con cuidadores competentes y se fundamenta en lazos afectivos y de seguridad que pueden descansar en los padres biológicos o, cuando estos no pueden por incompetencia, en otros adultos.


Dra. Inés Di Bártolo

En cursiva, el texto del libro de Inés Di Bártolo. En letra normal y dentro de corchetes, los comentarios que he hecho en base al texto de la profesora.

La comprensión de los trastornos del apego, en especial de los trastornos por falta y disrupción del apego, plantea una serie de cuestiones éticas. La intervención básica de estos trastornos implica dar al niño la posibilidad de establecer una relación primaria, continua, estable y positiva con un cuidador de tal manera que el apego pueda desarrollarse. Es crucial evitar la institucionalización. [En este sentido, hemos avanzado con la Ley de Protección la cual dicta que los menores de seis años no deben ser institucionalizados. Pero en la práctica no siempre es así] La urgencia de los periodos sensibles involucrados en el proceso de formación del apego tiene como correlato evidente la necesidad de acelerar los tiempos de espera y modificar los criterios de adopción a nivel de las políticas públicas. El margen para que se establezca el trastorno reactivo de apego es relativamente breve y una vez establecido es de difícil recuperación [Los dos primeros años en la vida de todo ser humano son claves para el futuro joven y adulto que ese bebé será. El neurodesarrollo, para completarse bien, no espera ni entiende de tiempos. Precisa de cuidadores competentes que orquesten el desarrollo. Las decisiones deben ser rápidas y satisfacer cuanto antes las necesidades de apego del bebé y el niño]

En esta misma línea, en cuanto a los hogares sustitutos, la investigación respalda la enorme importancia de que el niño permanezca el mayor tiempo posible con las mismas figuras de apego, favoreciendo la permanencia del niño en el mismo hogar sustituto hasta su adopción. Los cambios deben evitarse o minimizarse [Las administraciones públicas que subcontratan empresas para que gestionen el acogimiento residencial y guarden y cuiden a los menores deben de ofrecer medios económicos y de otro tipo para que las condiciones laborales de los educadores sean dignas y acordes a la enorme trascendencia que su trabajo tiene, con el fin de que el grado de satisfacción sea alto y reducir la movilidad laboral. Los cambios continuos de profesionales en estos centros suponen la pérdida de la figura de referencia del menor de edad y con ello la posibilidad de establecer una relación vincular reparadora. Como profesional he podido asistir y compartir con menores de edad el sufrimiento por la pérdida de su educador de referencia y la aparición de una ‘fobia al apego’, como la denomina el experto Van der Hart, como consecuencia del daño que se hace en este dominio. Los cambios de referentes educativos no favorecen la sanación de los/as niños y niñas porque no puede crearse un vínculo. Los niños en este tipo de centros con múltiples cambios de educadores estarán bien cuidados pero no pueden reparar el apego porque esto se consigue con la palabra PERMANENCIA. La permanencia de una figura adulta con quien poder vincular y sanar de las heridas del maltrato y el abandono. Así pues, los cambios deben ser los menos posibles y los responsables de las políticas públicas velar por ello]

En función de la evidencia sobre la importancia en el desarrollo de las relaciones de apego, y de las consecuencias negativas de su disrupción, distorsión o ausencia, es preciso desplazar la importancia del vínculo sanguíneo al vínculo de apego. Las decisiones con respecto a la guarda de menores se toman en gran medida atendiendo al vínculo biológico, mientras que al vínculo de apego se le da menor importancia. Hay un respeto reverencial por el lazo biológico, que les otorga un derecho automático sobre los hijos. El derecho de guarda del padre o madre biológico es reconocido inmediatamente, mientras que el derecho de un niño de conservar el lazo afectivo que forma con alguien con quien no tiene la misma sangre es ignorado. Es como si no se diera crédito a la capacidad de un niño pequeño de formar relaciones importantes, o se pensara que fácilmente pueden reemplazarse por otras. Así se cambia al niño de hogar sustituto sin tener en cuenta la importancia de los lazos construidos con esas figuras de apego [Todos pensamos en el reciente caso de una familia de Valencia en el que no se hicieron bien las cosas porque no prevalece el interés superior del menor y hay una sentencia que ordena el cese del acogimiento preadoptivo y se obliga al menor a retornar con la familia biológica. ¿Dónde queda aquí el derecho del niño a conservar el vínculo afectivo que había creado con la familia? No se conoce el daño que esto puede causar en la mente en desarrollo]




Se cree que al niño siempre o casi siempre le conviene vivir con sus padres biológicos, y por eso se les concede a los padres biológicos un tiempo extenso y una exigencia mínima para la recuperación de la guarda, así como nuevas oportunidades cuando demuestran ser inadecuados. En otros casos se eligen para la guarda figuras vinculadas biológicamente con el niño, como abuelos o tíos, aún cuando no puedan ofrecerle al niño las condiciones que una familia adoptiva sí puede. Es necesario evaluar en detalle si valen la pena los esfuerzos y el tiempo que se invierten en establecer una vinculación de un niño con sus padres biológicos cuando esta está muy perturbada. Los cambios profundos que, en los casos graves, verdaderamente habilitan a los padres a funcionar de forma suficientemente buena llevan tiempo y son de alcance muchas veces limitado. Mientras tanto, el tiempo pasa y el desarrollo avanza, a veces de manera irreparable. Existe la evidencia de que en los casos en los que fue necesaria la intervención de los servicios sociales y los niños debieron ser separados de su familia, estos últimos presentaron una mejor evolución a largo plazo en familias adoptivas que devueltos a sus familias biológicas, aun luego de que esta recibiera apoyo y entrenamiento 

[Inés Di Bártolo comparte con Jorge Barudy el concepto de incompetencia parental. Cuando ésta es severa y crónica, los cambios que se requieren en las familias deben ser profundos y de gran calado como para decidir el retorno de los menores a la familia biológica. Las intervenciones de los equipos de valoración con las familias que presentan incompetencia parental grave no deberían extenderse en el tiempo, pues los cambios sustantivos en sus capacidades como cuidadores no se restauran, y además la afectación suele ser crónica. Sobre todo cuando tras un período de tiempo de trabajo, no hay modificaciones en las capacidades de los padres y por lo tanto condiciones que garanticen el bienestar y el óptimo desarrollo del menor. Por ello, en estos casos, ofrecer a los menores víctimas una alternativa vincular (centro de acogida, familia acogedora, adoptiva… competentes) donde sus necesidades se satisfagan debe ser la intervención prioritaria. A veces, se evalúa demasiado superficialmente a las familias: a nivel de habilidades (nivel de la conducta) y no de competencias (nivel intrapsíquico) A veces, en el caso de los retornos que se proponen -tras un periodo de separación del menor en centro o familia acogedora-, se valoran como adecuadas familias no competentes para que los menores regresen a su hogar. Sin embargo, en mi opinión, en primer lugar, muchas veces estas familias no han recuperado las capacidades parentales básicas como lo son el apego adulto y la empatía -que son fundamentales, tanto como alimentar o llevar al niño al colegio, o más- aunque sí hayan recuperado otras habilidades. Recuperar habilidades no es lo mismo que recuperar capacidades, cuyo sustrato es intrapsíquico. En segundo lugar, a veces no se da el tiempo suficiente a los menores para tratar con ellos el trauma intrafamiliar y el trauma de apego y se les dicta el regreso con los padres biológicos aduciendo que estos han hecho un buen proceso. En cambio, el menor de edad aún no ha hecho ese proceso de sanación del trauma (los/as niños y niñas tienen otro ritmo y además deben de poder estar en condiciones de beneficiarse de una psicoterapia que incluya a padres que tengan conciencia de problema y deseen colaborar e implicarse en las distintas medidas psicoterapéuticas y educativas que sanen a sus hijos/as dañados) El menor aún no ha reparado las secuelas ni a nivel individual ni mucho menos familiar. Por ello, retornar en condiciones como estas es psicológicamente perjudicial para los niños/as y adolescentes, amén del riesgo de fracaso en el proyecto de regreso al hogar, la nueva ruptura y la consiguiente retraumatización]

Las decisiones que se toman en relación con la minoridad y la familia, desde la legislación hasta los casos concretos, tienen que dar prioridad al establecimiento de vínculos positivos de apego sobre la preservación del vínculo biológico, atendiendo a los posibles trastornos a largo plazo. El derecho del niño a crecer contando con figuras de apego suficientemente positivas debe estar por encima del derecho de los padres biológicos a conservar a sus hijos. Es el niño quien es más vulnerable y quien precisa la máxima protección. El desarrollo infantil se produce íntegramente en el marco de la vincularidad. Las investigaciones respaldan que las consecuencias de la relación de apego con las figuras primarias se extienden a lo largo del ciclo vital e impactan en muy diversos aspectos del desarrollo y la salud mental [Las investigaciones, y la práctica clínica nos confirma desgraciadamente, que las relaciones de apego muy perturbadas -o inexistentes- a lo largo de la infancia, periodo vulnerable, se asocian -no como único factor pero sí como uno muy relevante- con trastornos emocionales y de la personalidad de muy difícil recuperación. Contar con tutores de resiliencia y un entorno afectivo y solidario favorece que los menores cuenten con puntos de apoyo y transformen su mundo, parafraseando a Arquímedes y tomando prestado el subtítulo de un precioso libro de José Luis Rubio Rabal y Gema Puig: Tutores de resiliencia]





Es básico que los jueces, legisladores, asistentes sociales, profesionales de la salud mental y demás personas que toman decisiones que involucran a menores conozcan y actualicen sus conocimientos con al desarrollo e incorporen lo que las investigaciones con respecto al apego han demostrado. La política respecto a las decisiones para las guardas de los bebés y los niños tienen que estar centradas en las necesidades de apego de los niños y no en las necesidades o los derechos biológicos de sus padres. Los niños tienen el derecho de establecer y de conservar una relación con una figura de apego que les permita organizar su vincularidad y regular sus emociones, y es la obligación de la sociedad proteger este derecho básico para la construcción del psiquismo y para la salud mental.


Muchísimas gracias a Inés Di Bártolo por esta inestimable contribución.

lunes, 23 de enero de 2017

Acoger es crecer, por Rocio Fraga Vázquez, educadora social y acogedora.


Diez meses, diez firmas II

Invitada del mes de enero de 2017:

Rocío Fraga Vázquez, educadora social.



Título del artículo: Acoger es crecer


Hace aproximadamente diez años conocí a Rocío Fraga Vázquez, nuestra firma invitada de este mes. Precisamente en el contexto laboral de tratamiento de los menores víctimas de malos tratos y que residen en pisos de acogida. Ella trabajaba entonces para la AEEG (Asociación de Educadores Especializados de Gipuzkoa) y yo me encargaba de la psicoterapia de varios menores que residían en los centros de acogida de esta institución. Rocío Fraga me cautivó por su capacidad para poder sintonizar emocionalmente con los niños/as pero a la par ser consistente en sus respuestas hacia ellos respecto a las normas y a los límites. Niños/as, por desgracia, muy dañados en su desarrollo, vinculación y personalidad. Porque la sintonía emocional y la consistencia de respuesta son dos habilidades que pueden reparar la capacidad de vincular de los menores cuando su apego temprano fue dañado. Y Rocío las tiene. Los niños y adolescentes con los que trabajé en psicoterapia siempre hablaban de Rocío con palabras afectuosas. ¡Buena señal! Los menores sentían que a ella le importaba de verdad sus vidas y su bienestar. Tuve la enorme suerte de trabajar con Rocío Fraga en el acompañamiento de los menores dañados por los malos tratos y aprender de ella cómo consigue ganarse la confianza, el afecto y la seguridad de los niños/as y jóvenes. Desde entonces hemos mantenido el contacto y he estado al tanto de su evolución personal y laboral. Dada su experiencia como acogedora y educadora y su buen hacer, me ha parecido que a todos/as los/as que nos juntamos en este blog nos aportaría conocer muchos aspectos del acogimiento, sobre todo emociones y procesos internos de los que no se habla y que de su resolución puede depender en parte que un acogimiento sea una experiencia de éxito para el niño  o niña. "Porque al acoger un niño/a en casa estamos introduciendo una historia de dolor que va a trastocar todos nuestros cimientos" - dice Rocio sabiamente. Os dejo con ella, nuestra invitada de este primer mes del año. Rocío Fraga ya forma parte del elenco de grandes profesionales que nos visitan mes a mes desde hace dos años. Muchas gracias, Rocío, por tu colaboración.


Rocío Fraga Vázquez. Me llamo Rocío. Soy educadora y pedagoga social. Master en cooperación internacional al desarrollo. Monitora de tiempo libre. Tengo 31 años, y trabajo en la red de protección infantil desde hace casi diez. Los primeros ocho, estuve trabajando en los pisos de acogida de la AEEG, realizando diferentes funciones, y desde que finalizó esa etapa, mi pareja y yo tenemos a una persona en acogimiento profesionalizado. 

El día que José Luis me pidió que relatara mi experiencia como acogedora y/o educadora, me surgieron muchas dudas, pero entre todas ellas, la más obvia fue pensar en que función iba a centrarme. Dándole vueltas al asunto, concluí que aunque son ocupaciones diferentes, tienen en común, a mi parecer, que para que ambas medidas de protección sean constructivas y exitosas, la figura en cuestión (ya sea acogedor/a o educador/a) ha de ser un/a tutor/a de resiliencia; con las diferentes connotaciones e implicaciones de cada contexto, por supuesto.

Por lo tanto, desde ahí es de dónde escribo. Sintiéndome (o al menos esperando poder ser) tutora de resiliencia. En este proceso de convertirme en tutora, me he encontrado con personas que me han apoyado, formado y dado miles de oportunidades, y no puedo hablar de mi camino sin rememorarlas. Entre ellas está María José Gorrotxategi, una persona infinitamente especial, que me enseñó a trabajar con el corazón, me dio grandes oportunidades a nivel laboral, y nos ofreció a todas las personas que trabajamos con ella aprendizajes inestimables para realizar la labor de educadora. También me brindó la posibilidad de conocer a dos grandes profesionales, una de ellas es Itziar Landaburu, y el otro José Luis; gracias a ellos he podido seguir formándome, y entre otras cosas, he podido sentirme apoyada en esta tarea tan difícil que hacemos. 

Aunque me parece que la función de educador/a y acogedor/a tienen en común que ambos son tutores de resiliencia, he pensado que será más interesante el enfoque práctico como acogedora, ya que el trabajo en pisos de acogida ya está más regulado y seguramente los lectores y lectoras de este blog ya conocen la práctica y las implicaciones de este trabajo. Además, creo que lo que voy a relatar es aplicable para educadores/as, pero vicerversa, sería más difícil, puesto que como acogedor abarcas aspectos que como educador es más difícil hacerlo; la intervención no llega a ser tan profunda. 

En estas líneas, voy a dar mi respuesta a dos preguntas que creo que se hacen muchas personas al hablar o plantearse un acogimiento, sin especificar profesionalizado o voluntario; creo que las necesidades y características son las mismas, solo que cambia la intensidad de ellas. La primera de las preguntas es:


¿Qué es un acogimiento?

Es muy difícil de explicar exactamente que es un acogimiento, pero se puede empezar por dejar claro que no es una adopción. Parece muy obvio, pero en la práctica te encuentras con dilemas, situaciones, e historias de niños/as que te hacen sentir necesario aclararlo. Técnicamente, acoger a una persona es darle, temporalmente, un hogar que por diversos motivos no puede vivir con su familia. Es tan difícil de definir lo que es un acogimiento de manera más concreta, porque cada persona que participa en el proceso tiene motivos, deseos y expectativas diferentes respecto al proceso. Es decir, los/as acogedores/as lo hacen por unos motivos (cada acogedor los suyos propios) y los/as niños/as que son acogidos lo son también por otros completamente diferentes (cada niño/a también por razones distintas). Esto, convierte el proceso en una coctelera que agita emociones a veces contrapuestas entre los miembros del proceso, y puede resultar doloroso. Pongamos que alguien desea acoger para darle lo mejor de sí a un niño y salvarle de una situación horrible, pero ese niño o esa niña va a su casa porque no le han dado alternativa desde las instituciones, y realmente no desea ser acogido/a. Es un ejemplo drástico, pero no por ello poco habitual…

Lo que acabo de mencionar tiene mucho que ver con el primer punto importante, en mi opinión, al tomar la decisión de acoger, que es pensar muy bien porque uno quiere dar ese paso. Creo, en mi humilde opinión, que las personas que realizamos trabajos asistenciales, buscamos siempre el motivo en las personas atendidas, y no miramos nuestros propios motivos, que siempre existen, por muy ocultos que estén. Es importante marcar cual es nuestro objetivo personal con esta labor. Qué es lo que queremos conseguir. En mi caso, yo lo hice porque trabajar con la infancia desprotegida me aporta muchísima satisfacción, cuando los niños que he atendido han hecho avances, he sentido una sensación incomparable dentro de mi ser, quiero que sea mi aportación al mundo, mi forma de estar viva y poder hacer un efecto positivo en los demás, porque eso es lo que me hace sentirme bien; realizar un trabajo que me de algo más que una remuneración económica, un beneficio al mundo donde vivimos. Siempre he sido una persona muy crítica con la sociedad y el dolor que a veces produce su funcionamiento, y necesito ser consecuente con ello; dando mi pequeño granito de arena para mejorar nuestro mundo. 

¿Qué es necesario para un acogimiento exitoso?

Antes de comenzar a dar mi opinión, me gustaría señalar que no porque se cumplan todos los puntos que voy a exponer, un acogimiento va a ser exitoso, puesto que hay otras cuestiones en juego, como por ejemplo las medidas administrativas, que escapan de nuestro control. Pero sí que me atrevería a afirmar, que si no se dan, al menos en su mayoría, es difícil que haya podido ser un proceso constructivo.

Voy a comenzar expresando cuales son las características esenciales respecto a él/la acogido/a. En primer lugar, la persona tiene que estar preparada para afrontar el proceso; tiene que tener una capacidad emocional estructurada por unos mínimos, para resistir todo lo que se le va a trastocar, que va a ser, esencialmente, todo. Funcionalmente, va a cambiar casi seguro de lugar de vida, amigos, espacios de ocio,…va a cambiar hasta su alimentación. Socialmente, se le van a pedir otro tipo de comportamientos; el nivel de exigencia es infinitamente mayor. 

Además, tiene que tener una familia biológica que aunque no apoye, por lo menos entienda el acogimiento. De no ser así, es probable que el acogido se vea envuelto en una lucha entre acogedores y familia biológica, y/o sufra un gran conflicto de lealtades que le impida aprovechar la oportunidad que se le brinda. A veces se toma la medida de iniciar el acogimiento aunque la familia este totalmente en contra, y esto solo se puede hacer si luego se podrá garantizar que no se permitirá a la familia boicotear el acogimiento, puesto que de otra manera, se condenará al niño o a la niña a otro fracaso cuya responsabilidad no es suya pero que él o ella sentirá así. 

Por último, los/as niños/as, exceptuando los bebés, tienen que tener un mínimo de capacidades para integrarse en una familia. Este mínimo va también en proporción de que puede resistir la familia y que no, pero hay casos tan extremadamente dañados, que proponerles un acogimiento es dañarles más aún porque no van a poder con ello, ya sea la familia, el/la acogido/a o ambos los que no puedan. Esta decisión es muy complicada, porque nunca sabes hasta qué punto es irreparable una situación, pero el daño que se le puede hacer a una persona al condenarle a otro abandono más puede ser muy grave. 

La familia también tiene que tener ciertas características y condiciones. La primera condición es que todos los miembros del núcleo familiar han de estar de acuerdo, y si la familia extensa esta también de acuerdo, mejor aún, pero esto no es esencial. 

Respecto a las características necesarias, enumeraría las humanas en primer lugar: capacidad de escucha activa, empatía, altruismo -de esto una buena dosis-, capacidad para poner límites asertivamente…Pero sobre todo sensibilidad, amor y humor a raudales. Porque un acogimiento, a veces es tal infierno, que o te lo tomas con humor, o no sales bien parada, y el niño o la niña peor aún. 

Por otro lado, para atender adecuadamente a los/as niños/as que han sufrido historias de abandono o malos tratos, es imprescindible una adecuada formación. Leer sobre el tema es muy beneficioso, ya que aunque tengas la formación, retomar aspectos teóricos a menudo siempre es interesante, puesto que todo se olvida en el día a día, y nos sale lo más primario; actuar desde las emociones y los instintos. Supone un esfuerzo y tiempo del que a veces no disponemos. Pero siempre merece la pena, en mi caso, me ayudaron a enfocar mi labor los libros “El niño abandonado” de Rygaard y “La Inteligencia Maternal” de Barudy, Dantagnan, Comas y Vergara [Aprovechamos la ocasión para informaros que Rygaard estará con todos/as nosotros/as en San Sebastián los días 6 y 7 de octubre]

Y por último, lo más difícil. Saber pedir ayuda. Pero de verdad. Cuando te encuentras desesperado/a -que si acoges, lo estarás-, es increíblemente difícil reconocer que estas fatal en esos momentos. O que no sabes cómo intervenir en alguna situación. Esto ocurre, desde mi punto de vista, por dos factores: el primero es porque en general, los/as acogedores/as nos creemos superhéroes; y por otro lado, por miedo a que la administración nos juzgue y tome medidas al respecto. Pero sobre todo por lo primero, es por ello que realizar un trabajo personal es imprescindible, o al menos estar dispuesto/a a hacerlo cuando sea necesario. 

Un desafío interesante en el proceso del acogimiento, es saber aceptar que no somos los salvadores de las/os niñas/os, que va muy unido a ese complejo de superhéroe que tenemos. Aprender a aceptar a las/os niñas/os y a su situación es muy difícil.

En mi caso, aparentemente, ya sabía que no iba a salvar a este niño de nada...Pero una vocecita, muy pequeña, me decía que sí, que yo conocía de cerca estas situaciones, y que estaba preparada para abordarlas, que sabía dónde me estaba metiendo, y que le iba a poder cambiar la vida al niño o a la niña que me asignaran ¡Ja!

Actualmente, después de mucho trabajo, he podido modificar mi objetivo: No le voy a salvar, pero sí que puedo ayudarle a ser su mejor versión. Para ello hay que aceptarle a él y a toda su mochila. 

Y aquí viene lo rematadamente difícil. Su mochila tiene diferentes compartimentos; primero están los dos más grandes, que son su historia y su comportamiento (posiblemente disruptivo) y emociones. Después está un segundo bolsillo lateral, su familia, o familias de acogida anteriores, pisos de acogida, familia extensa…En el otro bolsillo están las dificultades añadidas que él o ella pudiera tener: una discapacidad, enfermedad…Y todo eso, lo tienes que aceptar. Pero no para llevarlo tú, si no para enseñarle a ella, o a él, después de hacer el largo proceso de aceptación, a llevarla dignamente. Esto supone que le puedes ayudar a ordenar la mochila, o a saber cómo quitarse un peso que le impide caminar, pero lo tiene que hacer él o ella y cuando esté preparado/a. Y a veces queremos ayudarle demasiado, y lo queremos hacer con prisa por la urgencia de “curarle”, y no nos damos cuenta de que en ese momento no puede. 


Por último, diré que un acogimiento es un desafío, y es un proceso muy complicado, en el que influyen innumerables factores. Hay que ser consciente de que estas metiendo una historia de dolor en tu casa. Cuando llegas a entender que no le vas a salvar, que ya es muy difícil de asumir, y has llegado a poder reflexionar sobre esto, te das cuenta de que de alguna manera, el sufrimiento que trae el niño te ha comido terreno en tu vida. Se te mueven todos tus cimientos emocionales, y te contagias, de alguna manera, de su dolor. Ellos devuelven al mundo lo que este les ha dado, y en ese momento, por simplificar, nosotras/os somos los que recibimos ese daño. Hay veces que una no se reconoce en sus respuestas o emociones ante algunos actos del niño o niña. Y eso asusta. Ojalá tuviéramos libertad de hablar de esas emociones oscuras que sentimos las acogedoras o acogedores; del gran apoyo que necesitamos para poder llevar a cabo nuestra labor. 



Desde esas emociones que he sentido en el duro proceso de adaptación, puedo decir que me ha llevado a conectar y entender porque la persona que yo atiendo no puede (aún) modificar -o al menos pensar- sobre algunas reacciones disruptivas que presenta. Si yo tengo estas emociones, ¡¡qué no tendrá este niño!! Hay algo que a veces hacemos las personas que nos dedicamos al trabajo asistencial, y es pedir cambios comportamentales más rápidos, reflexiones más profundas o respuestas más maduras a las personas que atendemos que a nosotras mismas, o incluso a nuestros/as familiares o amigos/as adultos/as. Además de pedirles que nos cuenten todo lo que les pasa, sabiendo que gran parte de lo que nos cuenten lo vamos a tener que contar a toda la red que le atiende. 


Me gustaría finalizar esta aportación enfatizando lo importante que es que las acogedoras y acogedores tengamos un apoyo antes, durante y después del acogimiento. Entiéndase por apoyo: formación permanente de calidad, supervisión cercana y constante del caso y de ayuda para el acogedor y la acogedora; a todos los niveles que pueda necesitar cada persona, ya sea en recursos materiales, como en colaboración interprofesional. 

Sería interesante que se garantice que todos los/as acogedores/as puedan sentirse aceptados/as y reconocidos/as, que se le facilite identificar, admitir y trabajar esas emociones que sentimos todos/as cuando acogemos, sin miedo, puesto que trabajarlas es lo que hará que el acogimiento pueda ser exitoso, sentir que el hogar que ofreces es algo más que un lugar donde la institución pone a un número de expediente, poder hablar con confianza y ser tratado de la misma manera, para que la acogedora o el acogedor pueda ofrecer, a su vez, un espacio reparador y resiliente a la persona o personas que atiende. Estas emociones, son comparables a las crisis, cuándo se elaboran, pueden ser enriquecedoras. 

Me gusta pensar que los tutores de resiliencia somos jardineros de las flores que son nuestros niños, que pese a la dura tierra donde les ha tocado crecer, florecen, con un buen cuidado. Pero no se nos puede olvidar que el jardinero también descansa y se cuida. Y crece.