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lunes, 25 de mayo de 2026

"Conducta materna atemorizante, apego desorganizado y problemas infantiles", importantes conclusiones de un estudio publicado en la revista "Apego y Desarrollo Humano".

AVISO



Último artículo del blog Buenos tratos por esta temporada. 

A partir de junio, nos vamos a dedicar a presentar el programa y los ponentes que participan en las VII Conversaciones sobre apego y resiliencia infantil que se celebrarán en San Sebastián (España) los días 13 y 14 de noviembre de 2026.

Fechas importantes: 

El 1 de junio publicamos el programa de Las Conversaciones

El día 1 de septiembre se abre el plazo de inscripción hasta el 31 de octubre



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Presentación

Mary Main
Tenía pendiente escribir sobre varios artículos que se han ido publicando en la revista Attachment and Human Development (Apego y Desarrollo Humano). Se me había ido acumulando el trabajo y por fin he tenido tiempo de traducirlos y resumirlos también. Son muchos los artículos de esta excelente revista científica que podrían ser mencionados en este blog. Pero, obviamente, todos no pueden ser. Por ello, para los últimos post, he seleccionado los que me han parecido más relevantes. 

Este artículo del que nos hacemos eco hoy pertenece a un número dedicado íntegramente a la figura de Mary Main, fallecida en el año 2023. Ella fue una ilustre investigadora que propuso una nueva categoría: el apego desorganizado, que tanta polémica ha generado. También desarrolló la famosa Adult Attchment Interview - Entrevista de Apego Adulto, instrumento clave para evaluar el estado de mente con respecto al apego que un paciente adulto presenta, y valorar cómo se ha estructurado la narrativa de este en base a los recuerdos de sus experiencias de apego desde lo más temprano que pueda recordar en adelante. 

De entre todos los artículos de este número, el que más interesante me ha parecido es este que os ofrezco -resumidamente y traducido al castellano- a continuación, teniendo en cuenta que el maltrato es uno de los problemas y experiencias que más nos encontramos, por desgracia, los y las que nos citamos en este blog. 

Os dejo un resumen con las ideas principales para los que no tenéis tiempo de leer textos largos y otro más extenso y desarrollado sobre el artículo. 

Jacobvitz, D., Aviles, A. I., Reisz, S., & Hazen, N. (2025). Frightening maternal behavior over the first 2 years of life: Effects on children’s behavior problems in middle childhood. Attachment & Human Development, 27(1), 99–115. https://doi.org/10.1080/14616734.2024.240628

Ideas principales

La conducta materna atemorizante es un factor central en la desorganización del apego infantil.

Cuando el cuidador se convierte simultáneamente en fuente de protección y de miedo, el niño entra en una paradoja irresoluble que rompe sus estrategias organizadas de regulación emocional.


El trauma materno no resuelto aumenta la probabilidad de conductas parentales atemorizantes.

Madres con pérdidas o abusos no elaborados muestran más conductas disociativas, impredecibles o amenazantes hacia sus hijos.


La conducta atemorizante no desaparece necesariamente después del primer año de vida.

El estudio demuestra continuidad entre la conducta FR (atemorizante) a los 8 meses y la conducta AN/FR (anómala/atemorizante) a los 24 meses.


La conducta atemorizante cambia de forma según el desarrollo del niño.

A los 2 años aparecen nuevas formas más simbólicas y complejas de intimidación parental, especialmente durante el juego imaginario.


La catastrofización en el juego simbólico es una aportación novedosa del estudio.

Algunas madres introducen escenarios extremos y aterradores durante el juego ("está muerto", "se está desangrando"), generando ansiedad y confusión en el niño.


La desorganización del apego y la conducta materna atemorizante tienen una relación bidireccional.

La conducta parental genera desorganización, pero la relación desorganizada también aumenta la probabilidad de que el cuidador continúe actuando de forma atemorizante.


La conducta materna AN/FR predice problemas psicológicos posteriores.

Especialmente síntomas internalizantes como ansiedad, miedo, depresión y somatización a los 7 años.


Los problemas internalizantes parecen relacionarse más con la continuidad del miedo parental.

El estudio sugiere que cuando la conducta atemorizante persiste en el tiempo, el niño desarrolla una visión del mundo como impredecible y peligrosa.


La conducta parental atemorizante puede transmitirse intergeneracionalmente.

El niño internaliza modelos relacionales basados en miedo, indefensión y ausencia de protección, reproduciendo posteriormente estados mentales desregulados.


La intervención temprana puede modificar estas trayectorias evolutivas.

Detectar y reducir conductas parentales atemorizantes durante los primeros años podría disminuir la desorganización del apego y prevenir futuros problemas emocionales y conductuales.

 

 




Resumen del artículo "Conducta materna atemorizante, apego desorganizado y problemas infantiles".

Autores: Jacobvitz, D., Aviles, A. I., Reisz, S., & Hazen, N. (2025)

Ideas principales

El texto examina el papel de la conducta materna atemorizante en la desorganización del apego infantil y en la aparición posterior de problemas emocionales y conductuales. Desde la teoría del apego, el miedo activa en el bebé la búsqueda de proximidad, consuelo y protección. Sin embargo, cuando la propia figura cuidadora se convierte en fuente de miedo, el niño queda atrapado en una paradoja irresoluble: necesita acercarse a quien, al mismo tiempo, le provoca alarma. Esta situación puede desorganizar sus estrategias de apego y dificultar la regulación emocional.

El estudio parte de la hipótesis de Main y Hesse según la cual algunos progenitores con traumas no resueltos relacionados con pérdidas o abusos pueden experimentar miedo, disociación o estados mentales desorganizados en el contexto de la crianza. Estos estados pueden expresarse en conductas impredecibles, anómalas o atemorizantes, muchas veces breves y no plenamente conscientes. El niño, al no poder anticipar ni comprender estas conductas, pierde seguridad en el cuidador como base de protección.

Objetivos del estudio

El trabajo tuvo tres objetivos principales. Primero, analizar si la conducta materna atemorizante se mantiene o cambia durante los dos primeros años de vida. Segundo, comprobar si dicha conducta incrementa el riesgo de problemas emocionales y conductuales posteriores, incluso más allá del efecto del apego desorganizado. Tercero, explorar si la continuidad del cuidado atemorizante ayuda a explicar la relación entre la desorganización temprana del apego y los problemas conductuales en la niñez media.
Medidas utilizadas

El trauma materno no resuelto se evaluó prenatalmente mediante la Adult Attachment Interview (AAI), que permite detectar fallos en el razonamiento o en el discurso al hablar de pérdidas o abusos. Las madres clasificadas como No Resueltas podían mostrar, por ejemplo, confusión, contradicciones, frases incompletas, atribuciones de culpa ilógicas o respuestas emocionales extremas al recordar experiencias traumáticas.

A los 8 meses, la conducta madre-bebé se observó en el hogar durante situaciones cotidianas como juego, alimentación y cambio de ropa. Se empleó la escala FR, que codifica conductas atemorizantes o atemorizadas cuando aparecen fuera de contexto, de forma súbita y sin carácter lúdico. Entre ellas se incluyen conductas amenazantes o agresivas, disociativas, atemorizadas, sexualizadas o de inversión de roles. Algunos ejemplos son gruñir, mostrar los dientes, invadir bruscamente el cuerpo del bebé, entrar en estados similares al trance, cambiar de voz de forma extraña o parecer temer al propio bebé.

La desorganización del apego se evaluó entre los 12 y los 15 meses mediante la Situación Extraña. Se consideró que un bebé presentaba apego desorganizado cuando no mostraba una estrategia coherente para obtener consuelo del cuidador. Los indicadores incluían miedo hacia la madre, aproximaciones contradictorias, conductas desorientadas, congelamiento, caídas o comportamientos incompatibles con una búsqueda organizada de protección.

A los 24 meses se creó una nueva medida, la escala de Conducta Parental Anómala/Atemorizante (AN/FR), diseñada para captar formas evolutivamente más complejas de conducta atemorizante en niños que ya usan lenguaje y juego simbólico. Esta escala incluye cuatro dimensiones: conducta atemorizante, desorientación/disociación, conyugalización y catastrofización. La catastrofización es especialmente relevante: se refiere a la introducción por parte de la madre de temas de juego excesivamente alarmantes, dramáticos o aterradores, que pueden confundir al niño entre fantasía y realidad. Por ejemplo, convertir un juego médico en una escena de muerte, hospitalización o peligro extremo.
Resultados principales

Los hallazgos indican una cadena evolutiva significativa. El trauma materno no resuelto evaluado antes del nacimiento predijo mayor conducta materna atemorizante a los 8 meses. Esta conducta FR predijo, a su vez, desorganización del apego entre los 12 y 15 meses. Posteriormente, la desorganización infantil predijo mayor conducta materna AN/FR a los 24 meses. Finalmente, la conducta AN/FR a los 24 meses predijo problemas conductuales a los 7 años, especialmente síntomas internalizantes, y en menor medida síntomas externalizantes.

Un resultado especialmente importante es que la conducta materna AN/FR a los 24 meses predijo problemas infantiles posteriores independientemente de la desorganización del apego. Esto sugiere que el cuidado atemorizante no solo afecta al niño a través del apego desorganizado, sino que también puede tener efectos negativos directos sobre su desarrollo emocional. La exposición continuada a una figura cuidadora impredecible, alarmante o catastrofizante puede afectar a la capacidad del niño para regular el miedo, la ansiedad y el malestar.

Interpretación clínica

El estudio plantea que la conducta materna atemorizante puede reflejar un estado mental desorganizado o desregulado de la madre, frecuentemente vinculado a trauma no resuelto. Cuando la madre introduce miedo, amenaza o catástrofe en situaciones de cuidado o de juego, el niño puede internalizar una representación del mundo como peligroso e impredecible, de sí mismo como indefenso y del cuidador como incapaz de proteger, o incluso como fuente de temor.

La continuidad de la conducta atemorizante parece ser un factor clave. Si el bebé experimenta miedo en la relación temprana y posteriormente, durante la etapa de niño pequeño, continúa expuesto a interacciones anómalas o catastrofizantes, aumenta el riesgo de que aparezcan síntomas internalizantes como ansiedad, depresión o quejas somáticas. Cuando la desorganización no se asocia a una continuidad del cuidado atemorizante, podrían predominar más los problemas externalizantes, relacionados con ira, falta de control o conducta agresiva.

El texto también subraya una posible relación bidireccional: la conducta materna atemorizante puede favorecer la desorganización del apego, pero una relación de apego desorganizada, marcada por miedo, desconfianza y mala comunicación, puede aumentar a su vez la probabilidad de que la madre siga activándose emocionalmente y mantenga conductas AN/FR. Esto convierte los primeros años en un periodo especialmente sensible para la intervención.
Implicaciones e importancia.

"La conducta materna atemorizante no es un fenómeno puntual,
puede mantenerse y transformarse durante la primera infancia..."


La aportación principal del estudio es haber desarrollado una medida específica para evaluar la conducta parental anómala/atemorizante a los 24 meses, más allá de la infancia temprana. Esta medida permite observar cómo las conductas atemorizantes se transforman con el desarrollo del niño, especialmente cuando aparecen el lenguaje y el juego simbólico. La identificación de formas como la catastrofización materna puede enriquecer los programas de intervención, ayudando a los padres a reconocer conductas que quizá no perciben como dañinas, pero que pueden resultar desorganizadoras para el niño.

Desde una perspectiva preventiva, los hallazgos apoyan la necesidad de intervenciones tempranas dirigidas a reducir las conductas parentales atemorizantes y favorecer interacciones más predecibles, seguras y reguladoras. Ayudar a los cuidadores a identificar sus estados traumáticos no resueltos, sus momentos de disociación, sus respuestas alarmantes o sus juegos catastrofizantes podría disminuir la desorganización del apego y reducir el riesgo de problemas emocionales y conductuales posteriores.
Conclusión

En conjunto, el texto muestra que la conducta materna atemorizante no es un fenómeno puntual ni limitado al primer año de vida. Puede mantenerse y transformarse durante la primera infancia, adoptando formas más simbólicas y relacionales. Su continuidad desde los 8 hasta los 24 meses constituye un eslabón importante entre el trauma materno no resuelto, la desorganización del apego y los problemas infantiles a los 7 años. La investigación destaca la importancia clínica de observar no solo la sensibilidad parental, sino también las conductas atemorizantes, disociativas, sexualizadas, de inversión de roles o catastrofizantes que pueden comprometer profundamente la seguridad emocional del niño.

lunes, 4 de septiembre de 2023

La Revista de Neuroeducación publica un número dedicado a la neurociencia, el trauma, la familia y la escuela elaborado por miembros de la Red apega de profesionales


Recientemente, hemos publicado una serie de artículos en la Revista de Neuroeducación, los cuales comparto en el blog porque creo que os pueden ser de utilidad. 

Un aspecto bien interesante y novedoso que esta revista ofrece es una versión de cada uno de los artículos que publica escrita adaptada en su lenguaje para los más jóvenes. Se llama NEUROMAD. 




En este número hemos participado los siguientes miembros de la RED APEGA de profesionales:


Rafael Benito Moraga

Dolores Rodríguez Domínguez

Conchi Martínez Vázquez

Beatriz Remiro

José Luis Gonzalo


Editorial de la Revista

Es un placer presentar este número especial del Journal of Neuroeducation abriendo su cuarto volumen. Sabemos de la importancia del apego seguro y de los vínculos a lo largo de toda la vida, muy especialmente en la primera infancia. 

A este respecto, este número está dedicado monográficamente a los temas de trauma, apego y resiliencia, así como a sus implicaciones en la familia y en la educación. Queríamos, desde la neuroeducación, acercarnos a estos conceptos clave; por ello, este el motivo por el cual este monográfico nos va a aproximar a ellos y podamos profundizar en su alcance. 

Actualmente, cada vez existe una mayor sensibilidad y reconocimiento de que los acontecimientos que ocurren en la vida de las personas y la calidad de las relaciones juegan un papel clave en el desarrollo humano, y que son fundamentales para el mantenimiento de una óptima salud física y mental, sobre todo en la primera infancia. 

En este número de la revista queremos ahondar en cómo facilitar buenos tratos cuando estos no se dan y producen consecuencias muy negativas para la salud física y mental de los niños. Es un desafío al cual toda la sociedad debe dar respuesta, empezando por el apoyo y la intervención con la familia o los adultos responsables del niño y continuando con la institución escolar, donde las personas menores de edad pasan la mayor parte del tiempo y cuyo potencial reparador es muy alto. Por ello, comienza a hablarse de las escuelas sensibles al trauma, la disciplina positiva, la parentalidad positiva, entre otros. Porque el trabajo conducente a la recuperación de las secuelas que los malos tratos producen en los niños es tarea de todos: si el daño psiconeurológico lo han causado seres humanos, son estos los que tienen el potencial para contrarrestar ese daño mediante el establecimiento de relaciones afectuosas y la creación de contextos psicoeducativos seguros y contenedores. Si todo esto no se produce, podemos llegar a situaciones donde la traumaterapia puede facilitar procesos de cambio, que son el eje principal de este monográfico. 

Los autores de los artículos del monográfico se han formado en un modelo común de evaluación e intervención ante el trauma complejo causado por los malos tratos: el modelo de traumaterapia infantojuvenil sistémica de los autores Jorge Barudy y Maryorie Dantagnan, nuestros maestros. Este modelo se aplica desde hace veinte años y es comprensivo y adaptado al sufrimiento infantil, refrendado por la experiencia de más de 600 profesionales que lo utilizan diariamente. Es un modelo que no solo se aplica en el ámbito de la psicoterapia, sino que se puede y debe implementar en otros contextos psicosocioeducativos mediante la modalidad ecosistémica. Esta modalidad promueve los recursos personales, sociales y educativos que pueden favorecer que un niño mejore su funcionamiento y aumente su bienestar tras haber sufrido diferentes tipos de trauma, como son el abuso físico, emocional, sexual o la negligencia física o afectiva.

Los artículos están presentados en el orden que proponemos a continuación porque siguen la lógica del modelo de la traumaterapia. 

En primer lugar, y dado que se trata de una revista dedicada a la neuroeducación, Rafael Benito, psiquiatra y traumaterapeuta, expone qué ocurre en el cerebro cuando este sufre malos tratos y cómo el trauma produce alteraciones en el funcionamiento e integración cerebrales. Benito también preconiza que la resiliencia es posible porque el cerebro es plástico a lo largo de toda la vida y sensible a intervenciones que, de ser repetidas y reparadoras, producen cambios epigenéticos. 

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En el segundo artículo, Dolores Rodríguez, psicóloga y traumaterapeuta, nos transporta al primer escenario fundamental donde los traumas pueden generarse: la familia, y después, en un segundo escenario, la escuela. Rodríguez se centra en el impacto que pueden tener en las familias y, en especial, en los niños y niñas ciertos eventos que pueden ocurrir en la vida cotidiana. Se aborda el concepto de trauma y las consecuencias de sufrirlo en edades tempranas, y de cómo el con-texto familiar y escolar pueden erigirse como potentes antídotos que favorezcan y colaboren en el alivio de sufrimientos inevitables y prevengan traumas infantiles evitables. 

Acceso gratuito al artículo: click  AQUÍ


Seguidamente, Concepción Martínez, psicóloga y traumaterapeuta, nos presenta el modelo de traumaterapia infanto-juvenil sistémica y su aplicación en el ámbito educativo escolar. Este modelo se muestra aquí como un marco comprensivo que ayuda a los docentes a dar respuesta a los niños que, desde la familia, más allá del tiempo que ocurrieron los malos tratos, entran en la escuela. Los docentes encuentran en este modelo, basado en una lógica neurosecuencial y en cómo el cerebro es afectado por el trauma de los malos tratos, una metodología que les permite adaptar su labor educativa a las necesidades de estos niños. 

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En el cuarto artículo, Beatriz Remiro, psicóloga y traumaterapeuta, nos propone una experiencia de aplicación concreta del modelo de traumaterapia infanto-juvenil sistémica en centros de la comunidad de Aragón, donde ella trabaja. En el marco de la orientación educativa en escuelas de educación infantil y primaria se proponen actuaciones para promover la comprensión de las dificultades de convivencia, conducta y aprendizaje; la reflexión sobre las actuaciones que pueden prevenirlas y sobre las que se requieren para intervenir cuando surgen, así como la necesidad de acompañamiento a todos los miembros de la comunidad educativa en estas tareas. En el artículo se muestran experiencias con profesionales de la educación, con familiares y con alumnos y alumnas. 

Acceso gratuito al artículo: click AQUÍ

Finalmente, José Luis Gonzalo, psicólogo clínico y traumaterapeuta, desarrolla una experiencia de implementación de los principales elementos del modelo de traumaterapia en centros escolares de la provincia de Gipuzkoa durante la época de la pandemia por la covid. Esta revista de neuroeducación no puede permanecer ajena a este trauma colectivo que hemos padecido y cuyas secuelas en la salud mental se están poniendo de manifiesto, sobre todo, en época pospandémica. Es un artículo donde, desde la práctica real, se explica cómo se ha trabajado tanto con los profesores como con los alumnos para que los primeros valoren, apoyen, cuiden y orienten, en colaboración con otros profesionales de la salud mental, los problemas psíquicos que los niños han presentado durante –y también después– de la pandemia, que ha desatado un auténtico tsunami de trastornos y alteraciones psicológicas. Todos los artículos, como es requisito de la revista, se basan en la neurobiología del cerebro en interacción con las relaciones y los contextos sociales y educativos, que modelan y nos hacen ser quienes somos.

Acceso gratuito al artículo: click AQUÍ

lunes, 15 de noviembre de 2021

Declaración de consenso sobre el apego desorganizado, artículo publicado en la revista Attachment and Human Development

Presentación

No hace mucho, la revista oficial sobre teoría del apego y sus aplicaciones ha publicado una declaración de consenso sobre el apego desorganizado, conscientes de que la popularización de la teoría y su uso en diferentes contextos clínicos y de intervención puede conllevar errores y equívocos sustantivos, con consecuencias negativas para los pacientes o usuarios de los diferentes dispositivos de salud o atención psicosocial.

El apego es mucho más que las clasificaciones de apego. Lo expresan claramente Leticia Linares e Iñaki Bilbao en una reflexión sobre el vínculo afectivo en la situación terapéutica dentro del libro “La teoría del apego. Un paradigma revolucionario”: “si bien estas clasificaciones resultan estimulantes y útiles en investigación, cabe destacar que la realidad asistencial nos devuelve una mayor complejidad en lo que al funcionamiento del apego se refiere, de manera que una persona no demuestra, por ejemplo, de manera continua conductas propias de un apego seguro, o inseguro ansioso/evitativo. Los autores estamos interesados en destacar esta realidad, pues tal y como los doctores Mario Marrone y Mauricio Cortina apuntan, existe una extendida idea equivocada acerca que de la aplicación clínica de las clasificaciones de apego es lo que caracteriza a dicho paradigma. Bowlby prefería hablar de disposición antes que, de patrón, ya que una disposición puede tomar una forma u otra según la respuesta del otro en un marco interaccional” (p. 136).

En concreto, el uso de la categoría de apego desorganizado no debe presuponer un rasgo permanente y generalizable, porque este es reflejo de la observación en una situación experimental concreta (Situación Extraña) donde se codifican unas conductas idiosincrásicas, que se ponen de manifiesto en la interacción cuidador principal/bebé, tanto en la separación como en el reencuentro entre estos, y cuya sobregeneralización y asociación con el maltrato -sin tener presente ni cotejar estos resultados con entrevistas y observaciones en el ámbito familiar y escolar- puede dar lugar a conclusiones erróneas y, en consecuencia, a una toma de decisiones equivocada. 

Por ello, el apego desorganizado no es equivalente a maltrato. No a todos los niños y las niñas maltratados por sus padres o cuidadores se les puede asignar la categoría de apego desorganizado por defecto. En este artículo los autores que firman la declaración de consenso sobre el apego desorganizado nos explican las salvedades y precauciones que debemos de tener presentes cuando trabajamos e intervenimos con población (niños y niñas y sus familias) víctimas de malos tratos. El apego desorganizado es una excelente contribución que nos ayuda a desarrollar una visión comprensiva y relacional de muchas situaciones familiares, pero su evaluación debe de hacerse de un modo riguroso. 


Transcribiré a continuación un resumen -que los autores que firman la declaración de consenso ofrecen al principio del artículo publicado en la revista Attachment and Human Development- traducido por mí, pero es absolutamente necesario leerlo entero, pues todo lo que exponen es de enorme trascendencia y conviene tenerlo muy en cuenta. Del mismo modo, todos los que quieran trabajar motivados por la teoría del apego deben de recibir formación y práctica supervisada, pues la combinación de las variables escaso tiempo para evaluar y desconocimiento pueden dar como resultado malas prácticas profesionales. Sin ninguna duda que la teoría del apego ha revolucionado nuestra manera de trabajar con los niños, los jóvenes, sus familias y los pacientes adultos, entregándonos grandes aportes. Pero conviene conocerla en profundidad, formarse y adquirir experiencia porque de lo contrario corremos el riesgo de reducirla a un subproducto de libro de autoayuda de supermercado, pensando que todo son tips y meras fórmulas. Y nada más lejos de la realidad y nada más equivocado. En este sentido, Mario Marrone y Mauricio Cortina nos dicen que "...la teoría del apego es una teoría muy específica sobre la naturaleza de estos vínculos afectivos. No es una teoría general sobre las relaciones interpersonales y los vínculos afectivos” (Mario Marrone, p. 106) “Otros malentendidos que están circulando en nombre de la teoría del apego son los libros o la literatura enfocados a aconsejar a los padres de familia sobre cómo criar a sus bebés” (…) (Mauricio Cortina (p. 106) (…) “…no debemos tratar de reducir la teoría del apego a fórmulas simplistas sobre la parentalidad” (Mario Marrone, p. 107)

Os dejo con la parte inicial del texto donde podéis leer los diez temas más importantes que se desarrollan en el artículo sobre el apego desorganizado.

Para comprender mejor y contextualizar cada uno de los puntos de esta declaración es imprescindible leer el artículo completo.

Apego desorganizado en la infancia: una revisión del fenómeno y sus implicaciones para los clínicos y los responsables políticos

Traducción al castellano de José Luis Gonzalo Marrodán

Revista Attachment and Human Development

Autores: Pehr Granqvist, L. Alan Sroufe, Mary Dozier, Erik Hesse, Miriam Steele, Marinus van Ijzendoorn, Judith Solomon, Carlo Schuengel, Pasco Fearon, Marian Bakermans-Kranenburg, Howard Steele, Jude Cassidy, Elizabeth Carlson, Sheri Madigan, Deborah Jacobvitz, Sarah Foster, Kazuko Behrens, Anne Rifkin-Graboi, Naomi Gribneau, Gottfried Spangler, Mary J Ward, Mary True, Susan Spieker, Sophie Reijman, Samantha Reisz, Anne Tharner, Frances Nkara, Ruth Goldwyn, June Sroufe, David Pederson, Deanne Pederson , Robert Weigand, Daniel Siegel, Nino Dazzi, Kristin Bernard, Peter Fonagy, Everett Waters, Sheree Toth, Dante Cicchetti, Charles H Zeanah, Karlen Lyons-Ruth, Mary Main y Robbie Duschinsky

Para citar este artículo: Pehr Granqvist, L. Alan Sroufe, Mary Dozier, Erik Hesse, Miriam Steele, Marinus van Ijzendoorn, Judith Solomon, Carlo Schuengel, Pasco Fearon, Marian Bakermans- Kranenburg, Howard Steele, Jude Cassidy, Elizabeth Carlson, Sheri Madigan, Deborah Jacobvitz, Sarah Foster, Kazuko Behrens, Anne Rifkin-Graboi, Naomi Gribneau, Gottfried Span 

Mary J Ward, Mary True, Susan Spieker, Sophie Reijman, Samantha Reisz, Anne Tharner, Frances Nkara, Ruth Goldwyn, June Sroufe, David Pederson, Deanne Pederson, Robert Weigand, Daniel Siegel, Nino Dazzi, Kristin Bernard, Peter Fonagy, Everett Waters, Sheree Toth, Dante Cicchetti, Charles H Zeanah, Karlen Lyons-Ruth, Mary Main y Robbie Duschinsky (2017) Apego desorganizado en la infancia: una revisión del fenómeno y sus implicaciones para los clínicos y los responsables políticos, Apego y desarrollo humano 19: 6, 534-558, DOI: 10.1080 / 14616734.2017.1354040

Para vincular a este artículo: https://doi.org/10.1080/14616734.2017.1354040  

© 2017 El autor (es). Publicado por Informa UK Limited, comercializado como Taylor & Francis

  Grupo.  Publicado en línea: 26 de julio de 2017.


Este artículo de revisión representa un consenso generalizado sobre lo que entendemos actualmente sobre el apego infantil desorganizado y sus implicaciones en las prácticas clínicas y de bienestar infantil. Nuestra esperanza es que esta revisión resulte útil tanto para respaldar las mejores prácticas como para cubrir las brechas que ocasionalmente rodean el concepto de desorganización del apego, particularmente entre la teoría básica y la investigación, por un lado, y sus aplicaciones en la práctica clínica y del bienestar infantil, por el otro.

Resumen de 10 temas que se desarrollarán en esta revisión

(1) La categoría de apego infantil desorganizado puede ser asignada por entrenadores formados y certificados en la conducta infantil (de 12 a 20 meses de edad) durante la Situación Extraña, cuando se da un ajuste suficiente en uno o varios de los comportamientos enumerados por Main y Solomon (1986, 1990) dentro de los siete epígrafes temáticos descritos por las autoras. Las personas interesadas en formarse para codificar el apego desorganizado deben ir directamente a la página attachment-training.com.

(2) Los comportamientos de la lista de Main y Solomon pueden ocurrir por una variedad de razones. Son bastante comunes en clases bajas en la Situación Extraña entre los bebés de poblaciones que enfrentan la adversidad. Sólo cuando estos comportamientos son lo suficientemente intensos se puede asignar una clasificación de apego desorganizado.

(3) El apego infantil desorganizado es más común entre los niños maltratados, pero no necesariamente indica maltrato. En su forma actual, la clasificación de apego desorganizado no se puede utilizar para detectar maltrato. Esto se debe a que una proporción significativa de niños maltratados no muestran un apego desorganizado en la Situación Extraña, y muchos niños que muestran un apego desorganizado en la Situación Extraña no han sido maltratados. Por lo tanto, existen otras vías para el apego desorganizado además del maltrato.

(4) Estas otras vías hacia el apego desorganizado pueden deberse a traumas o pérdidas no resueltas en los padres. Tales experiencias pueden llevar a un padre a comportarse de manera sutilmente atemorizante o atemorizada, o a mostrar conductas disociativas hacia sus hijos. Otros factores que contribuyen para clasificar algunos de los comportamientos de un niño como apego desorganizado pueden incluir la susceptibilidad genética y temperamental del bebé. Además, las separaciones significativas o repetidas pueden causar comportamientos desorganizados. Por lo tanto, para los niños en situación de acogida que sufren tales separaciones, los comportamientos desorganizados pueden inducir a error con respecto al estado habitual del apego padre-hijo.

(5) La investigación a nivel de grupo ha establecido el apego infantil desorganizado como un predictor leve-moderado del desarrollo de problemas sociales y de conducta. Sin embargo, el apego infantil desorganizado no causa inevitablemente problemas posteriores. Cuando los bebés clasificados como desorganizados desarrollan tales problemas, esto puede ser el resultado de una continuación de las circunstancias de la vida difíciles más que únicamente un efecto del apego desorganizado temprano.

(6) El apego infantil desorganizado no es un diagnóstico clínico validado a nivel individual. Esto es diferente a los dos trastornos relacionados con el apego incluidos en los sistemas de diagnóstico DSM / ICD, desarrollados para la categorización clínica de niños pequeños criados en condiciones de negligencia severa. Estos trastornos se expresan en distintos contextos, es decir, están presentes en múltiples entornos y con diferentes adultos. En contraste con esos trastornos clínicos, el apego infantil desorganizado no es una propiedad fija del niño individual, sino que es una relación específica.

(7) Es crucial reconocer que algunas aplicaciones erróneas de ideas relacionadas con la desorganización el apego se ha acumulado en los últimos años (por ejemplo, en el contexto de decisiones conducentes a la remoción de menores). Tales aplicaciones incorrectas pueden resultar de suposiciones erróneas de que (1) las medidas de apego pueden usarse como evaluaciones definitivas del individuo en entornos forenses / de protección infantil y que el apego desorganizado (2) indica de manera confiable el maltrato infantil, (3) es un fuerte predictor de patología, y (4) representa un “rasgo” fijo o estático del niño (es decir, no es modificado por el desarrollo o cambios en el apoyo familiar disponible). Estos son mitos o exageraciones con respecto al apego desorganizado, sin apoyo de evidencia de investigación.

(8) Es probable que las aplicaciones incorrectas perjudiquen de forma selectiva a las familias ya desfavorecidas (por ejemplo, aquellos menores criados por padres en situaciones de adversidad socioeconómica o con discapacidades funcionales). Las aplicaciones incorrectas pueden violar los derechos humanos de los niños y los padres y representar una práctica discriminatoria contra las minorías que necesitan apoyo social y material. La separación del niño de su familia original nunca puede justificarse únicamente por la demostración del apego desorganizado del niño a un cuidador.

(9) Es importante reconocer que existe evidencia sólida de que tanto (1) las intervenciones basadas en el apego como (2) las experiencias reparadoras que ocurren de forma naturalista (relaciones estables, seguras y enriquecedoras) pueden romper los ciclos intergeneracionales de abuso y reducir la proporción de niños con trastornos desorganizados. 

(10) La verdadera utilidad práctica de la teoría y la investigación del apego reside en apoyar la comprender a las familias y en proporcionar intervenciones basadas en la evidencia. De esta manera, la teoría del apego, las evaluaciones y la investigación pueden tener un papel importante que desempeñar en la formulación clínica, el cuidado solidario y el trabajo clínico. Ofrecemos ejemplos clave de intervenciones en la sección “Intervenciones clínicas basadas en el apego”.

Introducción

No es raro escuchar a clínicos, profesionales y a técnicos de protección social hablar sobre el apego desorganizado entre padres e hijos. El concepto de apego infantil desorganizado se propuso inicialmente para tener en cuenta el comportamiento en conflicto, desorientado o temeroso mostrado por los bebés hacia su cuidador en un entorno de laboratorio (Main y Solomon, 1986, 1990). Este trabajo ha llevado a una serie de investigaciones empíricas que han probado supuestos clave sobre las causas e implicaciones del apego desorganizado (Madigan et al.,2006; Van IJzendoorn, 1995) y fundamenta los programas de intervención basados en la evidencia (ver Facompré, Bernard y Waters, 2017; Steele y Steele, en prensa). También se ha apelado a la clasificación de apego desorganizado en el contexto de decisiones de guardia y custodia y evaluaciones de bienestar infantil.

A veces, pensar en el apego desorganizado ha apoyado una práctica excelente, al informar a los profesionales clínicos y responsables del bienestar infantil acerca de cómo reflexionar sobre las necesidades familiares y la provisión de servicios en diferentes contextos evaluativos. Sin embargo, lamentablemente, también ha sido evidente que el uso de la clasificación de apego desorganizado a veces ha supuesto un uso seriamente equivocado de la teoría del apego y la investigación relacionada (ver discusiones de Alexius & Hollander, 2014; Granqvist 2016). Simpatizamos de todo corazón con los profesionales, que a menudo se ven enfrentados a tareas desafiantes e importantes, pero sin los recursos necesarios para llevar a cabo esas tareas con el tiempo y el rigor suficientes, y sin la formación necesaria en apego. Reconocemos que esta deficiencia estructural, que coloca a los profesionales en la necesidad de un atajo, probablemente sea el núcleo de los problemas que se discutirán (Boris & Renk,2017).

Esta declaración de consenso tiene tres objetivos. La desinformación sobre la clasificación está realmente muy extendida. Por tanto, nuestro primer objetivo es caracterizar y explicar el concepto de apego infantil desorganizado. En segundo lugar, queremos prevenir el uso indebido del concepto apego en el futuro, identificando los conceptos y las aplicaciones erróneos de la idea de apego desorganizado, especialmente en el contexto de la evaluación. En tercer lugar, ofrecemos recomendaciones sobre la relevancia de la teoría del apego y el valor de las intervenciones basadas en la evidencia de la teoría del apego para los profesionales, que favorecerán la reflexión sobre la mejor manera de ayudar a las familias; aquí es donde reside la verdadera utilidad práctica de la teoría del apego. Comenzamos describiendo formas seguras y organizadas-inseguras de apego infantil con el fin de situar el apego desorganizado y su relevancia para los profesionales [...]

REFERENCIAS

Bilbao, I. y Linares, L. (2017). El vínculo afectivo en la situación terapéutica. (p. 135-155). En Cortina, M. y Marrone, M. (Comps.) Apego y psicoterapia. Un paradigma revolucionario. Madrid: Psimática Editorial.

Cortina, M. y Marrone, M. (2017). Algunas controversias en las teorizaciones sobre el apego. En Cortina, M. y Marrone, M. (comps.). Apego y psicoterapia. Un paradigma revolucionario. Madrid: Psimática.

lunes, 2 de abril de 2018

10 preguntas que los padres o cuidadores se hacen sobre resiliencia infantil.

Adrián Cordellat me entrevistó para la revista Padres y colegios de la que es redactor. Parte de lo que le transmití ha quedado recogido en la entrevista. Pero queda otra parte -que no se reflejó en la misma- y que no quiero que se quede en el cajón. Así pues, os la ofrezco esperando que os sea útil.

¿Cómo definirías el concepto de resiliencia?

Es un fenómeno que siempre ha existido pero que recientemente le hemos puesto nombre. La resiliencia es la capacidad de todo ser humano no sólo de reponerse de las adversidades de la vida y de los traumas, sino incluso de crecer a partir de los mismos y salir transformado y fortalecido. Dentro de la resiliencia hay dos visiones: una que proviene de Estados Unidos que pone el acento en el afrontamiento positivo tras la aceptación de la adversidad o la crisis vital; y otra, más afianzada en Europa, que postula que la resiliencia no sólo sería eso, sino que supondría el desarrollo de cualidades insospechadas, un crecimiento postraumático. Boris Cyrulnik, principal representante, afirma que es “un lugar, un acontecimiento, una obra de arte que provoca un renacer del desarrollo psicológico tras el trauma” Su obra clave titulada “Los patitos feos: una infancia infeliz no determina una vida” pone el énfasis en esta idea de la reconstrucción: el patito feo del cuento se transforma en un bello cisne.

Jorge Barudy es experto en el tema de la resiliencia y un ejemplo personal
de que esta es posible.

Hablamos de una cualidad cada vez más mencionada y a la que se le da más valor e importancia. ¿Por qué es importante la resiliencia?

Como dice Jorge Barudy, amigo y colega, uno de los autores y referente en el ámbito de estudio de la resiliencia, y una persona que ha demostrado que esta es posible (él es superviviente de la tortura por parte del régimen de Pinochet, haciendo un proceso de reconstrucción admirable y convirtiéndose en un psiquiatra que trabaja y se compromete con la infancia maltratada), se ha puesto tan de moda que el concepto puede ser desvirtuado. Puede usarse como receta para la felicidad y nada más lejos de eso. La resiliencia es importante porque pone el acento en el estudio de los aspectos que mantienen a las personas sanas o adaptadas psicológicamente frente a las adversidades de la vida y no en lo que nos hace enfermar. Hasta hace no mucho, la psicología y la psiquiatría han estado más ocupadas en el estudio científico de lo que nos hace desarrollar patología. La resiliencia es un cambio de mirada sobre la persona y cree en las posibilidades y los recursos internos de esta para sanar de las heridas emocionales. Pero siempre y cuando a las personas les proveamos de otras personas y entornos solidarios que potencien dichas cualidades, pues la resiliencia es una construcción social. Es peligroso pensar que como las personas tienen cualidades resilientes “per se”, apoyemos los recortes en servicios sociales y sanidad, por ejemplo. Sin un "otro" con quien vincules, al lado, y un entono favorecedor y proveedor de recursos, la emergencia de la resiliencia es más complicada.

¿Una persona nace con resiliencia o se hace? Quiero decir, ¿la resiliencia es algo a lo que tenemos predisposición genética o algo en lo que hay que trabajar?

Hoy en día una ciencia emerge con fuerza: la epigenética. Significa literalmente “sobre la genética” Rafael Benito, psiquiatra y psicoterapeuta, amigo y colega, nos enseña que, aunque heredamos unas predisposiciones genéticas y un temperamento, los genes sin variar la estructura del ADN, pueden ser influenciados por el ambiente (desde el minuto cero de nacimiento) de tal modo que unos se expresen y otros se silencien. Hay personas que pueden nacer con una predisposición a tener problemas mentales o emocionales, pero si se encuentran con un entorno afectivo y contenedor, no desarrollarán dichos problemas. 


Rafael Benito Moraga, psiquiatra experto en neurobiología del maltrato infantil
y un gran estudioso y apasionado del tema.

La resiliencia es, desde luego, algo a trabajar, necesita del apoyo de personas y experiencias significativas para que hagamos un proceso en el que desarrollemos cualidades que nos permitan afrontar constructivamente los problemas y golpes de la vida, y que podamos aprender y crecer desde los mismos, crecer desde la adversidad. Como dice Boris Cyrulnik, “estás sufriendo, permanece atento que algo bello va a suceder” Se refiere entre otros aspectos, a esa capacidad de crecimiento postraumático.

Tengo entendido que hay dos tipos de resiliencias: primaria y secundaria. ¿En qué se diferencian?

Jorge Barudy es quien diferencia entre resiliencia primaria y secundaria. La resiliencia primaria es la experiencia de contar desde el principio de la vida con unos padres o cuidadores competentes que nos dan seguridad, los cuales, a través de la empatía y el afecto, con sensibilidad y también con contención y límites, son quienes nos otorgan el fundamento para estar y ser en el mundo. Gracias a esa experiencia de vínculo de apego seguro hacia los padres o cuidadores primarios nuestro cerebro-mente se organiza, siendo la primera escuela de aprendizaje emocional y social. Tomando como metáfora un edificio, la resiliencia primaria serían los cimientos.

La resiliencia secundaria sería la que podemos desarrollar aunque no hayamos contado con una experiencia de apego suficientemente segura, o cuando hayamos sufrido experiencias duras como el abandono, la negligencia, el maltrato, las pérdidas de seres queridos u otro tipo de traumas como guerras, pobreza, privaciones, exilio, enfermedades… sobre todo a edades tempranas, porque gracias a personas (o experiencias significativas) y entornos de apoyo y sostén, podemos extraer de las mismas los recursos necesarios para rehacernos. Son los denominados tutores de resiliencia, personas que bien de una manera explícita o implícita están a nuestro lado, cambian la mirada sobre nosotros, nos aceptan incondicionalmente (a la persona, al ser humano), creen en nuestras posibilidades, nos dan oportunidades y nos proveen de diferentes recursos para poder encontrar un punto de apoyo y desde ahí transformarnos, sanar de las heridas emocionales o psíquicas y proyectarnos a futuro como seres humanos válidos y dignos para nosotros y los demás. La metáfora de la palanca de Arquímedes, como dicen los autores, psicólogos Gema Puig y José Luis Rubio en el libro Tutores de resiliencia”, lo explicaría muy bien: “Dadme un punto de apoyo y moveré MI mundo” Esto es lo que los niños (y también los adultos en momentos críticos) necesitan para hacerse resilientes.

¿Cómo podemos ayudar/enseñar a los niños a ser resilientes?

Todo niño necesita al menos una persona a su lado que crea en él durante todo el tiempo que dure su crecimiento y maduración y satisfaga sus necesidades (físicas, afectivas, éticas y normativas) Un adulto principalmente coherente pero flexible, estable emocionalmente, afectivo pero firme en los momentos en los que hay que mantener la consistencia ante transgresiones y que estimule el desarrollo del niño a través del juego. No alguien perfecto -que no existe-, sino alguien consciente de su trascendente labor de padre, madre o adulto cuidador y dispuesto a reflexionar sobre su tarea de crianza o educativa. El resto de personas que conforman la red social de un niño (su familia extensa, su profesor, educadores deportivos, artísticos, amigos…) son también importantes referentes. Porque los niños, sobre todo, aprenden de lo que ven en nosotros, de nuestro modelo de actuación (de si somos coherentes entre lo que decimos y hacemos), de cómo reflexionamos y afrontamos las dificultades y adversidades de la vida. Aprenden de lo que ven y de lo que les inculcamos y enseñamos, porque lo interiorizan. Y ¡ojo! que resiliente no implica no sentir dolor ni ser invulnerable o todopoderoso. El dolor forma parte de la experiencia de la vida. Resiliente quiere decir que, a pesar de todo -con apoyo, pero sin suplantar a la persona-, te rehaces y continuas el camino de la vida transformándote gracias a las cualidades internas que emergen.


Un niño construye resiliencia si tiene a lo largo de su desarrollo
un adulto competente que crea en sus posibilidades.

¿Cómo podemos hacerlo si nosotros, como padres, no somos resilientes? ¿Dificulta esto la tarea?

Sí que la dificulta. Porque un niño necesita a ese adulto competente. Si los padres no son resilientes, dejarse ayudar para ser conscientes de ello y hacer un trabajo personal para serlo, sería un buen indicador. Los niños pueden desarrollar, en caso contrario, un proceso resiliente gracias a otras personas: familias de acogida o educadores en casos graves de desprotección. También un maestro o escuela pueden ser favorecedores de resiliencia. Si hay un potente cambio de mirada en el profesor hacia el niño, puede hacer emerger lo mejor de este. Hay niños que tienen en los maestros a referentes muy importantes, vitales, y como dice Boris Cyrulnik, ellos no saben cuán trascendentes fueron para el niño.

¿Qué beneficios tendrá para ellos a medio y largo plazo esta resiliencia?

Uno de los estudios pioneros en resiliencia (Werner, 1992) estudió, en una isla de Hawái azotada por la adversidad y los traumas como ninguna, a las personas desde su niñez hasta la vida adulta, lo que se denomina un estudio longitudinal. Se esperaba en la adultez obtener un índice alto de patología, pero los investigadores se llevaron una sorpresa: un 30% de personas se encontraban psicológicamente bien y llevaban una vida adaptada a pesar de haber padecido traumas severos en su infancia. ¿Qué marcaba la diferencia? Los que no enfermaron mentalmente tuvieron la oportunidad de tener a su lado un adulto que los aceptó incondicionalmente con independencia de su raza, religión, etnia… Esto nos indica la enorme importancia para la salud mental que tiene ser respetuoso siempre con la persona del niño. Así pues, lo que está en juego a medio y largo plazo es nada más y nada menos que la salud mental y el bienestar físico. Un pilar importantísimo lo es el fomento de la la resiliencia acompañando al niño en su desarrollo. Lo malo es que nuestra sociedad fuerza a los niños a una autonomía cada vez más prematura y al “háztelo tú mismo”. Los niños para desarrollarse bien necesitan adultos competentes emocionalmente a su lado, primero a los padres o cuidadores, y después, a otras personas significativas de su entorno. La sociedad no lo pone fácil porque cada vez los adultos pasan más tiempo fuera, en el trabajo, o llegan agotados tras una dura jornada y no tienen energía para criar al niño.

¿Qué cualidades suelen tener, generalizando, los niños resilientes?

Personalmente no soy partidario de hablar de resiliencia como algo logrado sino como un proceso que empieza desde que nacemos, sentando, gracias a los buenos tratos, las bases de un desarrollo sano físico y mental, hasta que morimos. Constantemente estamos en ese camino de cultivar la resiliencia. Los niños que van construyendo resiliencia van presentando cualidades en la primera infancia de confianza y seguridad en el mundo adulto. Hacia los cuatro años, van siendo capaces de regular sus emociones y pueden comprender que el otro tiene una mente. Hacia la edad de comienzo de la primaria, están en situación de socializar adecuadamente colaborando con los iguales. En la segunda infancia, son más estables emocionalmente, toleran mejor las frustraciones, perseveran ante las dificultades, se muestran más optimistas y esperanzados ante los reveses de la vida y creen más en sí mismos. Muestran más capacidad para compartir y participar en actividades con gozo y disfrute. ¡Siempre con un adulto a su lado!, porque los cerebros de los niños son inmaduros y están en desarrollo, y precisan, como dice Jorge Barudy, “tomar prestado” el de los adultos. No nos olvidemos que los niños, con ayuda, pueden ir consiguiendo estas cualidades si no antes, posteriormente.



Capacidad de adaptación, positivismo, gestión emocional… ¿la resiliencia ayuda a desarrollar muchas de las características cada vez más cotizadas y que los padres más deseamos en nuestros hijos?

Sí, pero no nos olvidemos que no hay recetas. Y que los niños no son de ninguna manera por ellos mismos, que los rasgos que desarrollan son de naturaleza interpersonal en función de la calidad de las relaciones que hayan tenido, y que la resiliencia se va consiguiendo a lo largo del desarrollo vital siempre y cuando los padres y adultos que formen la red psicosocial del niño se impliquen y trabajen por y para ello. Sin tiempo y sin dedicación al niño, sin presencia y permanencia adulta, es muy complicado hacerse resiliente. Que nadie piense que la resiliencia te cae del cielo o naces con ella.


Cuando se habla de resiliencia infantil, muchas veces nos referimos a la capacidad de los niños de sobreponerse a situaciones traumáticas, como malos tratos, durante sus primeros años de vida, y desarrollar elementos positivos a partir de esas experiencias. Pero la resiliencia, ¿se puede trabajar también a partir de situaciones menos traumáticas?

Por supuesto, el proceso de construirse como una persona resiliente no sólo es a partir de traumas complejos como lo son el abandono y el maltrato. De las adversidades, crisis vitales, retos y desafíos de la vida, de su aprendizaje y superación, también se desarrolla la resiliencia. Si un niño, por ejemplo, tiene que repetir curso, de cómo los adultos que estén a su lado le ayuden a entenderlo, aceptarlo y afrontarlo dependerá que desarrolle una sana autoestima. Si procesa constructivamente la experiencia, eso le fortalecerá. Boris Cyrulnik afirma que no podemos ser felices tanto si vivimos sin tener que afrontar ninguna adversidad como si sólo recibimos golpe tras golpe, trauma tras trauma. Un ser humano feliz y pleno es el que ha sido capaz de integrar el placer y el dolor como parte de la vida, y aprender de ambos. Tenemos que enseñar a los niños (desde la familia y la escuela) que todas las experiencias que nos toque vivir nos van a aportar -nos harán sentir emociones intensas como la rabia, la frustración, el miedo y, a veces, dolor emocional-, vamos a forjarnos como seres humanos aprendiendo de ellas, atravesándolas y saliendo fortalecidos. Pero es imprescindible que los niños no estén solos en esto, tiene que haber, insisto, un adulto competente –al menos uno- a su lado el tiempo que necesiten antes de que puedan ser autónomos. Y después, cuando ya somos adultos, yo apostaría, como dice la psicóloga Maryorie Dantagnan, profesora, amiga y colega, por una independencia, pero con otros.

REFERENCIAS


Werner, E. (1992). Protective factors and individual resilience. In S. Meisels &J. Shonkoff (eds.) Handbook of early childhood intervention, (pp. 115-133). New York: Cambridge University Press.