lunes, 30 de marzo de 2026

¿Pueden las redes sociales sustituir el apego interpersonal o grupal?, por Arturo Ezquerro, psiquiatra.

Esta entrevista ha sido publicada por el periódico La Vanguardia y realizada por Jana Valls el día 1 de marzo de 2026 y es reproducida con la autorización de Arturo Ezquerro, colaborador habitual del blog Buenos tratos

Arturo Ezquerro


Arturo Ezquerro es médico-psiquiatra, psicoterapeutapsicoanalítico y grupo-analista, nacido en Logroño, La Rioja (España), con más de 40 años de trabajo en salud mental en Londres, donde se formó en psiquiatría de la infancia y la adolescencia con John Bowlby (padre de la teoría del apego) como su supervisor y su mentor. Primer español en conseguir una Jefatura de Servicios Públicos de Psicoterapia en Reino Unido, por la que obtuvo premios y reconocimientos de excelencia clínica, otorgados por Central & North West London Mental Health NHS Trust. Es profesor en el Instituto de Grupo- Análisis, Londres, y miembro honorario de la Red Internacional de Apego y de la Asociación Mundial de Estudios Internacionales.


¿Pueden las redes sociales sustituir el apego interpersonal o grupal?


El psiquiatra logroñés Arturo Ezquerro ha publicado Estados de ánimo: Belleza y perversión del apego (Editorial Sentir), editado también en catalán, Estats d'ànim: Bellesa i perversió del vincle afectiu. Formado en la Tavistock Clinic, en Londres, bajo la tutela de John Bowlby, el creador de la teoría, Ezquerro plantea un enfoque más social. Su objetivo es acercarla al público general para que comprenda mejor cómo las relaciones afectivas tempranas influyen en el desarrollo psicológico de las personas.

Portada del último libro de Arturo Ezquerro en colaboración
con María Cañete

La obra se centra sobre todo en las dinámicas de grupo (en la familia y la sociedad actual) y analiza cómo las problemáticas del mundo contemporáneo afectan a los estados de ánimo de las personas, abordando temas incómodos pero necesarios para entender mejor la mente humana.

¿Qué pretende aportar su libro a la teoría del apego?

La literatura científica sobre la teoría del apego, desde que John Bowlby la formulase por primera vez en Londres en 1957, no ha dejado de crecer. A día de hoy, se superan con creces los ocho mil registros bibliográficos. Con este nuevo libro, Estados de ánimo, busco aportar un enfoque más social o colectivo que el de las publicaciones convencionales. De ahí el énfasis en el apego grupal, que siempre es necesario y resulta especialmente clave cuando falla el apego interpersonal. A veces la dinámica benigna del apego, como el afecto, la protección, los cuidados y el estímulo para explorar, se pervierte, como en los casos de violencia sexual infantil.

¿Qué le gustaría que el lector de su libro comprendiera mejor sobre los vínculos afectivos?

En primer lugar, me gustaría que el lector valore los vínculos afectivos en su justa medida, descubriendo que son fundamentales para el bienestar emocional y para un desarrollo equilibrado de la personalidad. Para aquellos lectores que hayan tenido experiencias adversas con sus vínculos afectivos primarios, también me gustaría infundirles esperanza porque siempre van a tener oportunidades de establecer nuevos vínculos, más saludables. Por otro lado, hay vínculos afectivos secundarios que ayudan a seguir adelante.

Usted trabajó con John Bowlby en la Tavistock Clinic mientras desarrollaba la teoría del apego. ¿Cómo fue esa experiencia personal y profesional? ¿Qué rasgos de Bowlby le marcaron más?

De John Bowlby destacaría su gran capacidad para expresar ideas complejas en un lenguaje accesible y su carácter conciliador, que incluía el respeto a las personas que no pensaban como él. A nivel profesional, a mí me marcó especialmente el hecho de que él se convirtió en una base segura, con la que podía contar, y en un estímulo para crecer y ser útil a mis pacientes, haciéndoles saber que podían contar conmigo como su base segura. A nivel personal, Bowlby cambió mi manera de entender el complejo mundo de las relaciones humanas.

¿Qué cree que se ha malinterpretado más de la teoría del apego?

El pecado original de estas malinterpretaciones es pensar que el apego se trata sólo de la búsqueda de cercanía, una especie de aferramiento. En realidad, el apego es un sustrato instintivo, profundamente ligado a la supervivencia, por el cual se regula la distancia (tanto física como emocional) según las condiciones del entorno. Un apego sano conlleva un sentimiento de seguridad emocional y estimula la exploración.




¿Si Bowlby pudiera observar el mundo actual (hiperconectado y con vínculos cada vez más frágiles) qué cree que diría?

Creo que se sentiría preocupado, pero, al mismo tiempo, pondría su empeño en fomentar cambios sociales y educativos.

Un apego sano conlleva un sentimiento de seguridad emocional y estimula la exploración.

¿Existen señales tempranas que permitan detectar un apego dañado o inseguro en la infancia?

Sí, en el libro me refiero a varios indicadores o señales de alarma, como cambios bruscos del estado de ánimo, conducta incontrolada, aislamiento, dificultades de aprendizaje, etc. En este sentido, es importante formar a los docentes en una cultura de apego, que les ayude a comprender mejor los problemas de sus alumnos y a tomar medidas reparadoras en las etapas más tempranas posibles.

Desde la teoría del apego, ¿cómo debería abordarse terapéuticamente el acompañamiento a víctimas de violencia familiar o abusos?

Es fundamental que las víctimas puedan recuperar un sentimiento de confianza y de seguridad. El acompañamiento terapéutico debe proporcionar un sentido de base segura a la que se pueda acudir cuando sea necesario.

¿Puede un apego frágil durante la adolescencia explicar el auge de la extrema derecha y la polarización política entre jóvenes?

Sí, la necesidad del adolescente de establecer conexiones con grupos fuera de la familia y por encontrar sentido a la vida puede ser explotada por ideologías extremas de carácter político o religioso. Los adolescentes con dificultades en sus relaciones tempranas de apego son más vulnerables a estas influencias.

¿Qué papel juegan los grupos, reales o virtuales, en la construcción del apego adolescente?

Los grupos reales benignos, basados en experiencias presenciales, favorecen el apego sano. Los grupos virtuales pueden ser coadyuvantes y complementar el contacto cara a cara, pero nunca llegarán a ser un reemplazo del genuino contacto en persona.

El Gobierno ha anunciado la intención de limitar el uso de redes sociales a menores de 16 años, ¿cree que esta medida puede proteger el desarrollo emocional o es insuficiente?

Es un paso importante en la dirección adecuada: ayudará a los más jóvenes a establecer relaciones personales, que son más saludables que las relaciones con las pantallas. Por supuesto, el Gobierno tendría que ser más ambicioso y sentar las bases de una educación que ayude a estos jóvenes a entender mejor sus emociones, sus vínculos afectivos y sus estados de ánimo, en beneficio de ellos mismos y de la sociedad en la que gradualmente desempeñarán roles más relevantes.

¿Pueden las redes sociales sustituir el apego interpersonal o grupal?

La respuesta es no: las redes sociales no pueden sustituir el apego auténtico de persona a persona o de persona a grupo.

¿Qué relación ve entre la masacre en Palestina y los vínculos afectivos dañados a nivel social y generacional?

Lo que llamas masacre es, en realidad, mucho más que eso. Se trata del intento deliberado y sistemático de destruir a un pueblo, como se refleja en el informe de la ONU (al que hago referencia en el libro), que muestra la evidencia de la destrucción masiva de embriones humanos en las clínicas de fertilidad que había en Gaza. Estoy agradecido a Editorial Sentir, que vela por los derechos y los cuidados de la infancia, por haber permitido la publicación de mis reflexiones en defensa de la humanidad. Un brutal trauma de estas características puede transmitirse de generación en generación. A veces ocurre, trágicamente, que las víctimas o los descendientes de las víctimas se convierten en perpetradores.

"Un brutal trauma como la masacre de Gaza puede transmitirse 
de generación en generación" (Arturo Ezquerro) Foto: sana.sy


En el contexto actual de Estados Unidos, con las deportaciones y actuaciones del ICE, ¿cómo afecta al apego una detención o separación forzada y qué impacto tiene en los niños afectados?

Las noticias que llegan de las actuaciones violentas del ICE resultan alarmantes. Los vínculos de apego son esenciales para la supervivencia psíquica. Ese tipo de separaciones forzadas causan una angustia tremenda y un enorme daño emocional que, en algunos casos, resulta muy difícil de reparar.

¿Cómo afecta el apego interpersonal y grupal a las personas mayores, especialmente a quienes viven en soledad?

Para las personas mayores que no tienen relaciones interpersonales cercanas, es crucial que establezcan lazos con un grupo de pares donde puedan compartir sus experiencias y sentirse entendidas. La soledad no deseada es un peligro para la salud y acorta la esperanza de vida.

¿Qué soluciones propone para prevenir el aislamiento emocional en la vejez desde una perspectiva comunitaria?

Es importante llevar una vejez activa y establecer vínculos significativos con otras personas dentro de la comunidad donde uno vive, en especial con los coetáneos. Según dijo Simone de Beauvoir, en la vejez, la mejor solución consiste en seguir persiguiendo fines que den sentido a la existencia, como la dedicación a otras personas, grupos o causas, así como al trabajo social, político, intelectual o creativo, ya que nuestra vida sólo puede tener auténtico valor en la medida en la que atribuimos valor a la vida de los demás.

¿Son suficientes las relaciones interpersonales saludables o necesitamos también estructuras sociales de cuidado?

Las relaciones interpersonales son esenciales pero insuficientes. En momentos de crisis estas relaciones pueden resquebrajarse; las personas más vulnerables pueden llegar a sentirse atrapadas en estados de desesperación y a contemplar quitarse la vida. Por eso, como bien dices, es crucial contar con estructuras sociales protectoras y de cuidado a donde acudir. En el libro subrayo que el suicidio se puede prevenir y ésta es una tarea que nos incumbe a todos, a toda la sociedad.

lunes, 16 de marzo de 2026

La teoría clásica del apego de John Bowlby y el modelo de los estados del yo de Waters (I)


Como sabemos las personas que nos citamos aquí, John Bowlby fue pionero en poner el foco de los trastornos emocionales de los niños/as en los factores relacionales en base a las experiencias reales de estos con sus padres o cuidadores. 

Para elaborar este texto nos vamos a basar en las ideas de Waters (2025) y en Bowlby (1973)

John Bowlby, creador de la teoría del apego, describió cómo los bebés y niños pequeños reaccionan ante la separación prolongada o la pérdida de su figura de apego principal (generalmente la madre o el cuidador primario). A partir de observaciones clínicas y estudios con niños separados de sus familias, Bowlby identificó tres etapas principales en la respuesta del bebé ante la separación y la pérdida: protesta, desesperación y desapego. Estas etapas no deben entenderse como rígidas o idénticas en todos los casos, sino como patrones generales de reacción emocional.

La primera etapa es la protesta. En esta fase, el bebé reacciona de manera intensa e inmediata ante la separación. Llora con fuerza, grita, se muestra irritable y busca activamente a la figura de apego. Puede rechazar el consuelo de otras personas y mantenerse en un estado de agitación constante. Estas conductas tienen una función adaptativa: el llanto y la búsqueda aumentan la probabilidad de que el cuidador regrese. Desde la perspectiva del apego, la protesta es una respuesta normal y saludable, ya que refleja un vínculo afectivo fuerte. El bebé aún mantiene la expectativa de que la figura de apego volverá, por lo que su conducta está orientada a recuperarla.

Si la separación se prolonga y el reencuentro no ocurre, el niño puede pasar a la segunda etapa: la desesperación. En esta fase, el llanto disminuye, pero no porque el bebé esté tranquilo, sino porque comienza a experimentar una profunda tristeza y sensación de pérdida. El niño puede mostrarse apático, retraído, con menor interés por el entorno, el juego o las personas que lo rodean. Aparecen signos similares a la depresión, como falta de energía, expresiones faciales apagadas y dificultades para consolarse. Aunque externamente el niño parece más calmado, internamente sigue experimentando malestar emocional. Bowlby señalaba que en esta etapa el niño empieza a perder la esperanza de que la figura de apego regrese.

La tercera etapa es el desapego. Aquí el niño parece haber superado la separación, pero en realidad se trata de una adaptación defensiva. El bebé o niño pequeño comienza a mostrar aparente indiferencia hacia la figura de apego, incluso si esta regresa. Puede evitar el contacto, no buscar cercanía o mostrarse distante emocionalmente. Además, puede interactuar con otras personas sin dificultad, lo que puede dar la falsa impresión de que la separación ya no le afecta. Sin embargo, Bowlby advertía que este desapego no implica ausencia de dolor, sino una forma de protegerse frente a nuevas pérdidas. A largo plazo, esta etapa puede tener consecuencias en la capacidad del niño para establecer vínculos afectivos seguros.

En conclusión, las etapas de protesta, desesperación y desapego descritas por Bowlby muestran que la separación y la pérdida tempranas tienen un impacto profundo en el desarrollo emocional del bebé. Estas reacciones son respuestas normales ante la ruptura del vínculo de apego y subrayan la importancia de relaciones estables y continuas en la primera infancia. Comprender estas etapas permite valorar la relevancia del cuidado sensible y constante para el bienestar emocional del niño.

Portada del manual de Gómez y Hosey (Eds.)

Recientemente, he conocido a través de un completo manual que se publicó el pasado año titulado: The Handbook of Complex Trauma and Dissociation in Children: Theory, Research, and Clinical Applications, del que son editores Gómez y Hosey, un modelo desarrollado por Waters (2025) llamado STM (The Star Theoretical Model) en el que relaciona y armoniza estas fases de separación de Bowlby con los estados del yo. 

Estos estados del yo en el niño son cambios en el modo de comportarse, sentir y pensar del niño, que han sido disociados, y que contienen las memorias de la adversidad y el trauma, normalmente recuerdos de experiencias abrumadoras y que amenazaban la estabilidad y como dice Bromberg (2011), la cordura. Según Waters (2025) “los estados del yo pueden ir desde fragmentos del self, con una capacidad limitada para procesar ideas, conductas y afectos, hasta estados más desarrollados que asumen control ejecutivo sobre la conducta del niño. Es importante recordar que estos estados se crean para manejar el acontecimiento o acontecimientos traumáticos y las emociones, sensaciones y conductas intensas asociadas”. Por ejemplo, una ira intensa con una agresividad desmedida es un estado que puede contener un terror intenso a ser abandonado, como a menudo sucede en los niños que en su infancia temprana han sufrido esta terrible experiencia y la tienen sin elaborar y sin simbolizar, con el afecto desregulado disociado al hemisferio derecho (Schore, 2025) 

Continúa Waters (2025): “A menudo, estos estados no están orientados al tiempo, al lugar, a las personas ni a los objetos del entorno. Reaccionan desde una necesidad impulsiva de defenderse de lo que perciben como un entorno amenazante. Muestran cambios de ánimo extremos y alternancias conductuales, exhibiendo lo que Putnam llamó «estados conductuales discretos» y lo que Bowlby denominó «modelos operativos internos incompatibles». Efectivamente, esto lo conocen y lo sufren los propios niños y sus cuidadores, porque son reacciones de un sistema nervioso que almacena los contenidos tempranamente en su hemisferio derecho, sin conexión con el hipocampo (sede que sabe dónde están los recuerdos, es como dice Rafael Benito (2024), el código QR), sin integración horizontal (el hemisferio izquierdo no ha podido desarrollar un relato coherente de lo vivido) ni vertical (la corteza prefrontal no puede modular esas intensas y terribles oleadas emocionales) Por eso la orden inmediata de la amígdala es llamar al sistema simpático y atacar para defenderse; o la de llamar al parasimpático para desconectarse o disociarse. 

Portada del libro de Rafael Benito

Waters (2025) afirma lo que muchos que nos relacionamos y trabajamos y acompañamos familias adoptivas, acogedoras y biológicas cuyos niños han sufrido trauma complejo, que “el deseo de estar a salvo, protegido o ser rescatado cuando ocurren hechos amenazantes es universal”. Esa es la función del apego primario que ya está formado para el primer año de vida y que se consolida o recalifica posteriormente a lo largo de la vida: la búsqueda de ese sentimiento se protección que todo bebé y niño necesita de sus padres o cuidadores para crecer desarrollando un sentimiento de confianza en ellos y atreverse a explorar y aprender el entorno con esa seguridad interiorizada progresivamente, porque las experiencias con esos cuidadores han sido repetidamente de sentirse así”. 

Cuando eso no sucede —y especialmente cuando el daño proviene de alguien conocido por el niño—, Waters dice que “este se siente vulnerable y pierde su sentido de autoeficacia, quedando con una sensación de impotencia. El niño internaliza el trauma y se culpa a sí mismo, sintiéndose indigno de ser amado y protegido. Esto puede conducir a la desesperanza y la depresión”.

“El dilema insoportable de desear protección, amor y cuidado y no recibirlos puede provocar el conflicto de querer depender de otros para obtenerlos y, al mismo tiempo, sentir desconfianza y temor a la traición. Además, la necesidad inmediata de consuelo impulsa al niño traumatizado a compensar desarrollando estados internos —cuidadores, figuras heroicas o ayudadores— que respondan a esas necesidades”. Esto ya nos es conocido porque es la dinámica del apego desorganizado que hemos expuesto en otros posts. Liotti sostiene que el niño/a que ha padecido en edades tempranas claves para la formación de la representación mental de un apego seguro (como lo es el periodo de 0 a 3 años) la vivencia de situaciones continuadas de terror donde la naturaleza del daño sufrido por el niño/a es relacional (la figura adulta es para el niño/a la persona de la que va a tratar de obtener seguridad pero al mismo tiempo, y paradójicamente, es la que atemoriza, asusta, genera desconfianza, pánico… con sus gritos, insultos, abusos sexuales, palizas físicas) intenta (como todo bebé) activar el sistema de apego (acercarse al adulto, llorar, pedir brazos, solicitar consuelo, necesitar afecto mediante besos, juegos, caricias) para atraer al cuidador hacia sí y comenzar el mágico proceso de establecimiento del vínculo de apego seguro; pero como se ha encontrado con súbitas, bruscas y marcadamente terroríficas respuestas por parte de ese cuidador, activa, simultáneamente, otro sistema llamado de defensa y que también tienen los humanos. 

Afirma Liotti (2012): “La acumulación de traumas es también una causa de la persistente activación del sistema de defensa. Esto es típico del desarrollo del trauma complejo durante la infancia en el que la figura de apego o bien no protege al niño frente a las experiencias traumáticas (negligencia, maltrato…) o, si no, es el victimario de abusos repetidos. El trauma complejo es el cuadro que se produce como consecuencia de la existencia de este contexto extremadamente complicado para el desarrollo de la personalidad. Al igual que sucede en la génesis del trauma complejo, la contradictoria y persistente activación de los sistemas de apego y de defensa es el signo distintivo de la desorganización de los apegos”

Waters (2025) nos recuerda que, “al mismo tiempo, el niño puede disociar los eventos traumáticos para mantener el apego con el progenitor abusivo y/o evitar los sentimientos intolerables de impotencia, rabia, dolor y pérdida. El niño puede no recordar los eventos traumáticos y, en su lugar, desarrollar partes protectoras, como un cuidador idealizado interno y otros ayudadores, que le permitan sobrellevar sentimientos no deseados. Confiar en un ayudador interno resulta más seguro, especialmente cuando la ayuda externa no ha estado disponible de manera consistente”.

Dentro de quince días, la segunda parte de este artículo.

REFERENCIAS

Benito Moraga, R. (2024). Cerebros moldeando otros cerebros: Cómo las relaciones interpersonales guían la evolución del cerebro infantil y adolescente desde el nacimiento. Desclée De Brouwer. ISBN 978-84-330-3254-6.

Bowlby, J. (1973). Attachment and loss: Volume II. Separation: Anxiety and anger. Basic Books.

Bromberg, P. M. (2011). The shadow of the tsunami: And the growth of the relational mind. Routledge. ISBN 9780415886949.

Gómez, A. M., & Hosey, J. (Eds.). (2025). The Handbook of Complex Trauma and Dissociation in Children: Theory, Research, and Clinical Applications. Routledge. 

Liotti, G. (2012). Disorganized attachment and the therapeutic relationship with people in shattered states. En K. White & J. Yellin (Eds.), Shattered states: Disorganised attachment and its repair (pp. 127–156). Karnac.

Schore, A. N. (2022). Psicoterapia con el hemisferio derecho (A. Aguilella, Trad.). Editorial Eleftheria. ISBN 978-84-1258310-6

Waters, F. S. (2025). Clinical applications of the Star Theoretical Model. En A. M. Gómez & J. Hosey (Eds.), The handbook of complex trauma and dissociation in children: Theory, research, and clinical applications (pp. xx–xx). Routledge.

lunes, 2 de marzo de 2026

Enseñar a los niños/as a decir NO (Y la complacencia como defensa en el trauma complejo)

 ¿Por qué es importante que los niños aprendan a decir “no”?

Es necesario educar a los niños/as para que aprendan a respetar sus límites y los de los demás. Un niño/a que no aprende a decir “no” será complaciente y terminará la mayor parte de las veces comportándose de acuerdo con la expectativa de los otros. Desde el punto de vista del desarrollo emocional, la complacencia oculta mucha rabia reprimida que luego puede devenir en trastornos del estado de ánimo (la depresión puede ser ira volcada contra uno mismo); o puede expresarse en forma de ataques explosivos e inesperados de ira. 

Por otro lado, desde la óptica de la seguridad personal, un niño/a que no dice “no” puede ser influenciable y manipulable por personas desaprensivas, de tal modo que a la larga se convertirá en un adulto que se sentirá utilizado y nunca defenderá sus derechos ni promoverá su respeto y dignidad. Crecerá pensando que los derechos de los demás son más importantes que los suyos propios. Puede desarrollar un autoconcepto muy negativo y un sentimiento de poca valía. Además, si a los niños/as se les enseña la obediencia ciega a los adultos, si no se les dice que hay peticiones de un mayor que pueden ser injustas e incluso abusivas (hay que razonar con ellos sobre cuáles son estas peticiones), actuará conforme a la obediencia debida a la autoridad. Asumirá que los adultos le puedan maltratar y/o abusar como algo normal. Los niños/as tienen derechos y es necesario que se les diga cuáles son. Hay que enseñarles que existe la Convención de los Derechos de los Niños. 


Cuidado con la obediencia debida - Investigación cuyos resultados estremecen

NO DEJES DE VERLO


“Los aspectos legales y filosóficos de la obediencia son de enorme importancia, pero dicen muy poco sobre cómo la mayoría de la gente se comporta en situaciones concretas. Monté un simple experimento en la Universidad de Yale para probar cuánto dolor infligiría un ciudadano corriente a otra persona simplemente porque se lo pedían para un experimento científico. La férrea autoridad se impuso a los fuertes imperativos morales de los sujetos (participantes) de lastimar a otros y, con los gritos de las víctimas sonando en los oídos de los sujetos (participantes), la autoridad subyugaba con mayor frecuencia. La extrema buena voluntad de los adultos de aceptar casi cualquier requerimiento ordenado por la autoridad constituye el principal descubrimiento de la investigación”.


Stanley Milgram. The Perils of Obedience (Los peligros de la obediencia. 1974)




Errores más comunes de los adultos…

El principal, el que acabo de comentar de la supuesta obediencia debida. Sólo por el hecho de ser niño/a eres invisible en cuanto a tus sentimientos y necesidades, en cuanto a tu valor como persona que eres. Es llevar hasta las últimas consecuencias la norma que les transmite a los niños/as: “te quedas con la persona X, ¡has de obedecerle en todo!” No. Hemos de explicar a los niños/as qué aspectos son los que no deben de obedecer y han de negarse: respeto a los cuerpos, hacer cosas que sientan que están mal, no tolerar insultos ni desprecios, poder hablar y expresarse con libertad, aprovecharse de ellos… Con ejemplos claros. 

Los adultos en seguida mandamos callar a los niños/as sin ni siquiera escucharlos antes de valorar una situación. Sobre todo, con aquellos infantes que previamente tenemos etiquetados como perturbadores u oposicionistas. Pensamos que como niños/as que son no saben, mienten por sistema, no reconocen sus errores y buscan salirse con la suya, sin ni siquiera atender a qué pueden sentir y pensar por dentro. El propio adulto comete otro error y es creer que el niño/a que se niega es un rebelde o un descarado. Cuando en realidad es una expresión sana. Los adultos deberíamos pensar qué le puede ocurrir internamente al niño/a para negarse y valorar (e incluso reforzar) que lo haga, porque es posible que tenga sus buenas razones. 

Lo primero que tenemos que hacer los adultos en pensar si estamos cómodos nosotros mismos diciendo “no” y defendiendo lo que pensamos y sentimos. Así seremos capaces de enseñarles a ser asertivos. Porque si los niños/as no aprenden a ser asertivos, el camino que les queda es ser pasivos y/o agresivos frente a los demás. 

La autoridad debe ser enseñada basándose en el respeto total a la integridad del niño/a, fundamentada en lo que se debe o no se debe hacer, en un razonamiento moral y en lo que es éticamente correcto. El adulto como figura mas fuerte pero por sabiduría. La disciplina inductiva es lo que debemos de promover en la educación de nuestros hijos/as y niños/as, que consiste en:

La disciplina inductiva es un modelo educativo centrado en la razón, la explicación y el diálogo, buscando que los niños/as y adolescentes comprendan las normas y las consecuencias de sus actos, en lugar de solo obedecer por miedo o imposición, fomentando así su autorregulación y autonomía a través del apoyo emocional y la autoridad razonada. Este enfoque se diferencia de la disciplina autoritaria (basada en "porque lo digo yo") y la permisiva, enfocándose en desarrollar habilidades internas para tomar decisiones correctas.

Características clave: 

Explicación de normas: Los padres explican el porqué de las reglas y los riesgos asociados, no solo las imponen.

Diálogo y consenso: Las normas se discuten y se llega a acuerdos, aunque la autoridad de los padres prevalece por su experiencia.

Apoyo emocional: Se acompaña de una relación de cuidado y protección, clave para adolescentes con TDAH, por ejemplo.

Foco en las consecuencias: Ayuda al niño a ver el impacto negativo de su conducta en sí mismo y en otros, promoviendo la reflexión.

Autorregulación: El objetivo final es que el individuo interiorice las razones y sea capaz de controlarse solo, volviéndose independiente de la autoridad externa.

Asimetría de roles: Los padres tienen autoridad y deben guiar, pero lo hacen de forma reflexiva y no coercitiva. 

¿Cómo se aplica?

Al corregir: En lugar de castigar directamente, se conversa sobre el acto, se exploran alternativas y se discuten las consecuencias para que el niño razone.

En la enseñanza: Similar a la educación inductiva, se presentan situaciones para que el niño/a descubra las reglas y el porqué de ellas.

En límites: Se negocian y se justifican, buscando la comprensión y el compromiso, no solo la obediencia ciega. 


Obligar a ciertas convenciones (por ejemplo, besar a un adulto por protocolo al saludar): los niños/as son personas y pueden decidir sobre sus cuerpos




Hay un cuento que se titula “Ningún beso a la fuerza”. Enseña a los niños/as que la expresión del afecto nunca se fuerza. Debe ser un acto de libertad para todas las personas, incluidas los niños/as, que son personas también. El respeto al propio cuerpo y a no invadirlo con acciones indeseadas por parte del otro es un potente mensaje que se le lanza al niño/a: “solo besas si lo deseas”. A los padres les diría que un niño/a que se niega a dar un beso a un adulto es un niño/a que promueve su propio autocuidado y respeto por sus límites. También les diría que fueran valientes y rompieran las convenciones sociales. Parece que si el niño/a no besa a un desconocido o a un vecino o familiar es un maleducado y no es así. La norma social nos dice que seamos educados y saludemos y no faltemos a nadie al respeto. Si un niño/a no quiere besar, no está siendo irrespetuoso con nadie. Simplemente él/ella tiene otros modos de saludar o la cercanía corporal no le gusta, excepto con quien él/ella quiere. Yo a los padres los animaría a reforzar esta conducta, decirle que hace bien, al tiempo que le comenten que con decir “hola” es suficiente para ser amable. Hay que tener especial cuidado con esto con las niñas, que tienen un peso mayor para educarlas en que sean sumisas y complacientes frente a los mayores. Luego no nos podemos llevar las manos a la cabeza si en la adolescencia o vida adulta le cuesta poner límites. ¡Esto se aprende desde niños!

El adulto “no besado” debe de entender que no tiene ningún derecho a obligar al niño/a y que incluso estaría muy bien que le dijera que respeta su conducta. El problema aquí es de los adultos.

Acompañar la frustración ante el límite del otro…

Existe la otra cara de la moneda que es que otro le ponga un límite al niño/a. Aquí es importante ayudarle, primero, a modular sus emociones y validar que se sienta frustrado. Cuando esté más tranquilo y abierto mentalmente (dependiendo de cada niño/a puede llevar más o menos tiempo) es necesario acompañar la reflexión y desafiar su mente para que evolucione y comprenda y acepte el punto de vista del otro. Si a mí me molesta que los demás no acepten mis límites, yo mismo tengo que aprender a regular las emociones propias cuando me dicen “no”. Hay que ser firme y decirle al niño/a: “siento que no te agrade y que te moleste un “no”, pero tu compañero te ha dicho que no le gusta que le toques el pelo. Piensa en lo mal que te sientes cuando a ti te hacen algo que no te gusta”

En ocasiones al niño/a le puede generar culpa manifestarse y decir “no”. Si la relación con la persona es significativa, puede temer perder su amistad, su amor y su reconocimiento. O cree que está mal negarle a un adulto algo inadecuado, tiene miedo de las represalias o de perder su consideración. Es muy importante enseñar a los niños/as que si alguien sólo le aprecia cuando dice “sí” a todo, eso no es una amistad, cariño o consideración sincera y buena para él/ella, sino una esclavitud; y que esa relación no merece la pena. 

La complacencia en los niños/as y adultos que sufren trauma complejo

La complacencia es mecanismo de defensa en el trauma complejo La complacencia, también conocida como people-pleasing, es una conducta que muchas veces se malinterpreta como simple amabilidad o buena disposición hacia los demás. Sin embargo, en personas que han vivido trauma complejo, esta actitud suele ser en realidad un mecanismo de defensa profundamente arraigado, desarrollado como forma de supervivencia emocional.

El trauma complejo generalmente se origina en entornos prolongados de estrés interpersonal, especialmente durante la infancia. Puede incluir experiencias de negligencia emocional, críticas constantes, imprevisibilidad, rechazo o relaciones donde el afecto dependía del comportamiento del niño o la niña. En estos contextos, expresar necesidades, emociones o desacuerdos podía generar conflicto, castigo o abandono. Como resultado, el menor aprende que adaptarse a los demás, no molestar y anticipar las necesidades ajenas aumenta sus probabilidades de estar a salvo.

Con el tiempo, esta adaptación se convierte en un patrón automático. La persona desarrolla una fuerte tendencia a priorizar el bienestar emocional de otros por encima del propio, evitar conflictos a toda costa y decir “sí” incluso cuando desea decir “no”. No se trata de una decisión consciente, sino de una respuesta aprendida por el sistema nervioso, que asocia el agrado y la sumisión con la seguridad, y el desacuerdo con el peligro.



En la vida adulta, esta defensa puede manifestarse de múltiples maneras: dificultad para poner límites, culpa intensa al decepcionar a alguien, miedo excesivo al rechazo, problemas para identificar deseos propios y relaciones desequilibradas donde la persona da mucho más de lo que recibe. Además, quienes viven en este patrón suelen estar tan acostumbrados a ignorar sus propias necesidades que a veces solo notan su malestar cuando ya están emocionalmente agotados.

El problema no es la amabilidad en sí, sino que la complacencia nace del miedo, no de la elección libre. Lo que en el pasado ayudó a sobrevivir, en el presente puede llevar al desgaste emocional, la pérdida de identidad y la dificultad para construir relaciones sanas y recíprocas. La persona no actúa desde la autenticidad, sino desde la vigilancia constante de cómo no incomodar a los demás.

El proceso de sanación implica aprender que tener necesidades no es peligroso, que el conflicto no siempre significa abandono y que poner límites no convierte a alguien en egoísta. Este aprendizaje no ocurre solo a nivel racional, sino también corporal y emocional, ya que se trata de reeducar un sistema nervioso que durante mucho tiempo vivió en estado de alerta relacional.

En conclusión, la complacencia en el trauma complejo no es un rasgo de personalidad superficial, sino una estrategia de supervivencia que alguna vez fue necesaria. Comprender su origen permite mirarla con compasión y empezar, poco a poco, a construir formas de relacionarse más equilibradas, donde la propia voz y las propias necesidades también tengan un lugar seguro.