Como sabemos las personas que nos citamos aquí, John Bowlby fue pionero en poner el foco de los trastornos emocionales de los niños/as en los factores relacionales en base a las experiencias reales de estos con sus padres o cuidadores.
Para elaborar este texto nos vamos a basar en las ideas de Waters (2025) y en Bowlby (1973)
John Bowlby, creador de la teoría del apego, describió cómo los bebés y niños pequeños reaccionan ante la separación prolongada o la pérdida de su figura de apego principal (generalmente la madre o el cuidador primario). A partir de observaciones clínicas y estudios con niños separados de sus familias, Bowlby identificó tres etapas principales en la respuesta del bebé ante la separación y la pérdida: protesta, desesperación y desapego. Estas etapas no deben entenderse como rígidas o idénticas en todos los casos, sino como patrones generales de reacción emocional.
La primera etapa es la protesta. En esta fase, el bebé reacciona de manera intensa e inmediata ante la separación. Llora con fuerza, grita, se muestra irritable y busca activamente a la figura de apego. Puede rechazar el consuelo de otras personas y mantenerse en un estado de agitación constante. Estas conductas tienen una función adaptativa: el llanto y la búsqueda aumentan la probabilidad de que el cuidador regrese. Desde la perspectiva del apego, la protesta es una respuesta normal y saludable, ya que refleja un vínculo afectivo fuerte. El bebé aún mantiene la expectativa de que la figura de apego volverá, por lo que su conducta está orientada a recuperarla.
Si la separación se prolonga y el reencuentro no ocurre, el niño puede pasar a la segunda etapa: la desesperación. En esta fase, el llanto disminuye, pero no porque el bebé esté tranquilo, sino porque comienza a experimentar una profunda tristeza y sensación de pérdida. El niño puede mostrarse apático, retraído, con menor interés por el entorno, el juego o las personas que lo rodean. Aparecen signos similares a la depresión, como falta de energía, expresiones faciales apagadas y dificultades para consolarse. Aunque externamente el niño parece más calmado, internamente sigue experimentando malestar emocional. Bowlby señalaba que en esta etapa el niño empieza a perder la esperanza de que la figura de apego regrese.
La tercera etapa es el desapego. Aquí el niño parece haber superado la separación, pero en realidad se trata de una adaptación defensiva. El bebé o niño pequeño comienza a mostrar aparente indiferencia hacia la figura de apego, incluso si esta regresa. Puede evitar el contacto, no buscar cercanía o mostrarse distante emocionalmente. Además, puede interactuar con otras personas sin dificultad, lo que puede dar la falsa impresión de que la separación ya no le afecta. Sin embargo, Bowlby advertía que este desapego no implica ausencia de dolor, sino una forma de protegerse frente a nuevas pérdidas. A largo plazo, esta etapa puede tener consecuencias en la capacidad del niño para establecer vínculos afectivos seguros.
En conclusión, las etapas de protesta, desesperación y desapego descritas por Bowlby muestran que la separación y la pérdida tempranas tienen un impacto profundo en el desarrollo emocional del bebé. Estas reacciones son respuestas normales ante la ruptura del vínculo de apego y subrayan la importancia de relaciones estables y continuas en la primera infancia. Comprender estas etapas permite valorar la relevancia del cuidado sensible y constante para el bienestar emocional del niño.
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| Portada del manual de Gómez y Hosey (Eds.) |
Recientemente, he conocido a través de un completo manual que se publicó el pasado año titulado: The Handbook of Complex Trauma and Dissociation in Children: Theory, Research, and Clinical Applications, del que son editores Gómez y Hosey, un modelo desarrollado por Waters (2025) llamado STM (The Star Theoretical Model) en el que relaciona y armoniza estas fases de separación de Bowlby con los estados del yo.
Estos estados del yo en el niño son cambios en el modo de comportarse, sentir y pensar del niño, que han sido disociados, y que contienen las memorias de la adversidad y el trauma, normalmente recuerdos de experiencias abrumadoras y que amenazaban la estabilidad y como dice Bromberg (2011), la cordura. Según Waters (2025) “los estados del yo pueden ir desde fragmentos del self, con una capacidad limitada para procesar ideas, conductas y afectos, hasta estados más desarrollados que asumen control ejecutivo sobre la conducta del niño. Es importante recordar que estos estados se crean para manejar el acontecimiento o acontecimientos traumáticos y las emociones, sensaciones y conductas intensas asociadas”. Por ejemplo, una ira intensa con una agresividad desmedida es un estado que puede contener un terror intenso a ser abandonado, como a menudo sucede en los niños que en su infancia temprana han sufrido esta terrible experiencia y la tienen sin elaborar y sin simbolizar, con el afecto desregulado disociado al hemisferio derecho (Schore, 2025)
Continúa Waters (2025): “A menudo, estos estados no están orientados al tiempo, al lugar, a las personas ni a los objetos del entorno. Reaccionan desde una necesidad impulsiva de defenderse de lo que perciben como un entorno amenazante. Muestran cambios de ánimo extremos y alternancias conductuales, exhibiendo lo que Putnam llamó «estados conductuales discretos» y lo que Bowlby denominó «modelos operativos internos incompatibles». Efectivamente, esto lo conocen y lo sufren los propios niños y sus cuidadores, porque son reacciones de un sistema nervioso que almacena los contenidos tempranamente en su hemisferio derecho, sin conexión con el hipocampo (sede que sabe dónde están los recuerdos, es como dice Rafael Benito (2024), el código QR), sin integración horizontal (el hemisferio izquierdo no ha podido desarrollar un relato coherente de lo vivido) ni vertical (la corteza prefrontal no puede modular esas intensas y terribles oleadas emocionales) Por eso la orden inmediata de la amígdala es llamar al sistema simpático y atacar para defenderse; o la de llamar al parasimpático para desconectarse o disociarse.
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| Portada del libro de Rafael Benito |
Waters (2025) afirma lo que muchos que nos relacionamos y trabajamos y acompañamos familias adoptivas, acogedoras y biológicas cuyos niños han sufrido trauma complejo, que “el deseo de estar a salvo, protegido o ser rescatado cuando ocurren hechos amenazantes es universal”. Esa es la función del apego primario que ya está formado para el primer año de vida y que se consolida o recalifica posteriormente a lo largo de la vida: la búsqueda de ese sentimiento se protección que todo bebé y niño necesita de sus padres o cuidadores para crecer desarrollando un sentimiento de confianza en ellos y atreverse a explorar y aprender el entorno con esa seguridad interiorizada progresivamente, porque las experiencias con esos cuidadores han sido repetidamente de sentirse así”.
Cuando eso no sucede —y especialmente cuando el daño proviene de alguien conocido por el niño—, Waters dice que “este se siente vulnerable y pierde su sentido de autoeficacia, quedando con una sensación de impotencia. El niño internaliza el trauma y se culpa a sí mismo, sintiéndose indigno de ser amado y protegido. Esto puede conducir a la desesperanza y la depresión”.
“El dilema insoportable de desear protección, amor y cuidado y no recibirlos puede provocar el conflicto de querer depender de otros para obtenerlos y, al mismo tiempo, sentir desconfianza y temor a la traición. Además, la necesidad inmediata de consuelo impulsa al niño traumatizado a compensar desarrollando estados internos —cuidadores, figuras heroicas o ayudadores— que respondan a esas necesidades”. Esto ya nos es conocido porque es la dinámica del apego desorganizado que hemos expuesto en otros posts. Liotti sostiene que el niño/a que ha padecido en edades tempranas claves para la formación de la representación mental de un apego seguro (como lo es el periodo de 0 a 3 años) la vivencia de situaciones continuadas de terror donde la naturaleza del daño sufrido por el niño/a es relacional (la figura adulta es para el niño/a la persona de la que va a tratar de obtener seguridad pero al mismo tiempo, y paradójicamente, es la que atemoriza, asusta, genera desconfianza, pánico… con sus gritos, insultos, abusos sexuales, palizas físicas) intenta (como todo bebé) activar el sistema de apego (acercarse al adulto, llorar, pedir brazos, solicitar consuelo, necesitar afecto mediante besos, juegos, caricias) para atraer al cuidador hacia sí y comenzar el mágico proceso de establecimiento del vínculo de apego seguro; pero como se ha encontrado con súbitas, bruscas y marcadamente terroríficas respuestas por parte de ese cuidador, activa, simultáneamente, otro sistema llamado de defensa y que también tienen los humanos.
Afirma Liotti (2012): “La acumulación de traumas es también una causa de la persistente activación del sistema de defensa. Esto es típico del desarrollo del trauma complejo durante la infancia en el que la figura de apego o bien no protege al niño frente a las experiencias traumáticas (negligencia, maltrato…) o, si no, es el victimario de abusos repetidos. El trauma complejo es el cuadro que se produce como consecuencia de la existencia de este contexto extremadamente complicado para el desarrollo de la personalidad. Al igual que sucede en la génesis del trauma complejo, la contradictoria y persistente activación de los sistemas de apego y de defensa es el signo distintivo de la desorganización de los apegos”
Waters (2025) nos recuerda que, “al mismo tiempo, el niño puede disociar los eventos traumáticos para mantener el apego con el progenitor abusivo y/o evitar los sentimientos intolerables de impotencia, rabia, dolor y pérdida. El niño puede no recordar los eventos traumáticos y, en su lugar, desarrollar partes protectoras, como un cuidador idealizado interno y otros ayudadores, que le permitan sobrellevar sentimientos no deseados. Confiar en un ayudador interno resulta más seguro, especialmente cuando la ayuda externa no ha estado disponible de manera consistente”.
Dentro de quince días, la segunda parte de este artículo.
REFERENCIAS
Benito Moraga, R. (2024). Cerebros moldeando otros cerebros: Cómo las relaciones interpersonales guían la evolución del cerebro infantil y adolescente desde el nacimiento. Desclée De Brouwer. ISBN 978-84-330-3254-6.
Bowlby, J. (1973). Attachment and loss: Volume II. Separation: Anxiety and anger. Basic Books.
Bromberg, P. M. (2011). The shadow of the tsunami: And the growth of the relational mind. Routledge. ISBN 9780415886949.
Gómez, A. M., & Hosey, J. (Eds.). (2025). The Handbook of Complex Trauma and Dissociation in Children: Theory, Research, and Clinical Applications. Routledge.
Liotti, G. (2012). Disorganized attachment and the therapeutic relationship with people in shattered states. En K. White & J. Yellin (Eds.), Shattered states: Disorganised attachment and its repair (pp. 127–156). Karnac.
Schore, A. N. (2022). Psicoterapia con el hemisferio derecho (A. Aguilella, Trad.). Editorial Eleftheria. ISBN 978-84-1258310-6
Waters, F. S. (2025). Clinical applications of the Star Theoretical Model. En A. M. Gómez & J. Hosey (Eds.), The handbook of complex trauma and dissociation in children: Theory, research, and clinical applications (pp. xx–xx). Routledge.


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