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lunes, 27 de abril de 2026

La teoría clásica del apego de John Bowlby y el modelo de los estados del yo de Waters (II)


Aunando la teoría del apego de John Bowlby con el 
modelo Star Theoretical Model (STM) de Waters (II)


Manual donde está publicado el STM
En la etapa uno descrita por Bowlby (1973), vemos que el niño protesta con rabia para lograr a toda costa el retorno del cuidador. Sus pensamientos y emociones quedan fijados al tsunami interior que se produce ante la mayor amenaza que  existe a esa edad: el abandono.

En el modelo comparativo STM, los niños traumatizados experimentan pérdida y duelo por el progenitor, el cuidador o cualquier otra persona que los haya dañado: la pérdida de quien, en teoría, debía protegerlos. Esto lo observamos en el presente en muchas manifestaciones de los niños y adolescentes que sufren muchas reconexiones con emociones disociadas que se activan cuando alguien los aparta, rechaza o discrimina (o cuando se sienten así). También en los momentos en los que han de separarse de sus actuales cuidadores o padres de acogida o adoptivos. Pueden mostrar hostilidad indiscriminada o tener súbitamente una conducta negativa o de ataque.

No olvidemos que en etapa descrita por Bowlby (1973), como dice Waters (2025), “los niños en instituciones de cuidado mostraban hostilidad hacia cualquier persona que intentara brindarles afecto o protección. Para enfrentar los sentimientos abrumadores de pérdida y desesperanza, el niño desconfía de los demás y experimenta rabia, enojo y agresión”.

Desarrollan estos estados como una forma de expresar lo que de otro modo no pueden comunicar y para protegerse de nuevos daños. No es infrecuente que estos estados se manifiesten de manera intensa o persistente. Los niños pueden oscilar entre rechazar los cuidados y aferrarse intensamente a sus cuidadores. Pueden expresar rabia y traición frente al trauma vivido y, en el momento siguiente, sentir un miedo intenso al abandono junto con un deseo desesperado de ser amados y consolados. Este comportamiento contradictorio se observa con frecuencia en niños disociativos que alternan entre estados con funciones diferentes” (Waters, 2025) 

Felipe es un niño de nueve años que siente un gran duelo por la pérdida y el abandono de sus padres biológicos en su país de origen. Suele aferrarse a su padre, con un gran deseo de tumbarse junto a él y que le acaricie y le diga que le quiere. Parece no tener fondo en esto, se muestra hiperdemandante. Pero si el padre marca algún límite, por ejemplo, a la hora de ir a la cama o le corrige en los deberes, se siente humillado y ataca al padre hasta el punto de lanzarle violentamente objetos y decirle que es una mala persona, chillándole e insultándole, todo de un modo súbito y violento, como un estado del yo disociado. Después el niño dice no recordar nada de lo ocurrido. 


“Estas respuestas pueden generalizarse hacia todos los cuidadores —incluidos padres adoptivos o de acogida— que intentan brindar afecto o cuidado. El estado del niño puede atacar incluso a quienes lo atienden si percibe una amenaza, aunque sea mínima, a su supervivencia, como una voz elevada por preocupación cuando se niega a prepararse para ir al colegio. Los niños traumatizados son sumamente sensibles a los desencadenantes. Los padres o cuidadores se sienten abrumados, confusos y a menudo atribuyen a un mal carácter, problemas de conducta e inclusive maldad hacia el niño. La gran paradoja es que el niño lo que más necesita es lo que más teme: los cuidados de sus padres o responsables”. (Waters, 2025) “El estado hostil o agresivo puede además culpar al propio niño por su «debilidad» y generar conductas autolesivas, como golpes en la cabeza, cortes, quemaduras, purgas o consumo de sustancias”. (Waters, 2025)

En efecto, se ve a menudo en la adolescencia de chicos con historia de trauma complejo temprano. Las autolesiones son el lenguaje del trauma y suceden cuando un gatillador como el rechazo, la traición o la desaparición de una pareja, por ejemplo, que les maltrata dispara una gran desregulación; y dichas autolesiones son reflejo de la internalización tóxica, como una culpa inconsciente de creer ser merecedores de ese desprecio y daño.

“Actúan sobre otros para descargar su rabia. Por eso, se requiere una intervención cuidadosa para ayudar al niño y a los cuidadores a desarrollar una aproximación empática y apreciativa hacia el estado hostil, reconociendo lo que este estado ha asumido para proteger al niño. Esto tenderá un puente entre ambos y permitirá que el estado hostil adopte una función constructiva, redirigiendo la rabia hacia el agresor original en lugar de contra el niño o el cuidador. Una tarea fundamental consiste en reformular el papel del estado hostil: pasar del poder agresivo al poder asertivo en la relación con los demás”. (Waters, 2025)

“Para el niño traumatizado, el único recurso que conoce es disociar estas emociones contradictorias en estados separados de miedo, rabia o agresividad que actúan y protestan contra el dolor contenido. Sus respuestas pueden generalizarse hacia todos los cuidadores —incluidos padres adoptivos o de acogida— que intentan nutrir al niño. Los estados del niño pueden atacar a los cuidadores que lo atienden si perciben incluso una amenaza mínima a su supervivencia, como por ejemplo una voz elevada que exprese preocupación porque el niño no se prepara para ir a la escuela. Los niños traumatizados son altamente sensibles a los desencadenantes”. (Waters, 2025)

Portada del Manual de competencias
de Barudy y Dantagnan (2010)
Esto es muy complicado como sabemos, porque no es una tarea que dure meses, sino que puede ser una labor continua. Desgasta mucho, estresa y no siempre los padres y las familias pueden mantenerse reguladas. Las competencias parentales (Barudy y Dantagnan, 2010) son fundamentales, y estas se logran cuando los padres y/o madres 
han revisado su propia infancia y son conscientes de qué aspectos personales gatilla el niño en ellos. Y aun cuando tengan una infancia elaborada y/o una experiencia de apego seguro, el desafío de una parentalidad terapéutica es tan grande que no se puede ejercer aquella en soledad y sin apoyo profesional adecuado. 

Las primeras llamadas de ayuda del niño no son respondidas, y este acaba resignándose dolorosamente a la ausencia de su madre. Esto hace que el infante sienta un gran miedo y vulnerabilidad, emociones que se fragmentan internamente porque contenerlas se vuelve insoportable.


“El niño desarrolla estados del yo internalizados que expresan sentimientos de miedo, impotencia y dependencia. El deseo subyacente es agradar a los demás para evitar más abandono, rechazo o daño. Este estado infantil puede buscar consuelo y mostrar lealtad hacia el progenitor agresor o hacia compañeros que lo tratan mal. Debido a su deseo de evitar el abandono, pueden ponerse en mayor peligro al convertirse en blanco de abuso o maltrato”. (Waters, 2025)

A una joven no parecía importarle mantener relaciones y prácticas sexuales insatisfactorias y vejatorias con su pareja. Además, reproducía, como si fuera un ritual, el “cuidado compulsivo” a dicha pareja: le preparaba la comida y le liaba los cigarrillos. Después, más tarde, si podía, él flirteaba descaradamente con otra chica, a sabiendas de que su pareja sufría y se revolvía con esta conducta. Pero para no perderla, la joven se sometía y aguantaba todo este maltrato para evitar el fantasma del abandono. 

“Más vale mal acompañada que sola” – le dijo a su psicólogo. 



“Dado que los estados hostiles desprecian el miedo y la debilidad, puede surgir un conflicto interno entre los estados hostiles y los estados temerosos o dependientes dentro del niño disociativo. El estado hostil puede dañar al estado débil hiriendo el cuerpo —por ejemplo, cortándose—, sin reconocer que ambos comparten el mismo cuerpo. El niño puede no recordar esos momentos”. (Waters, 2025)

“A continuación, llega la etapa de la desesperación. Bowlby (1973) descubrió que los niños pequeños que fueron separados de sus madres mostraban rabia intensa, desesperación, retraimiento, regresión y desorganización. Bowlby citó la investigación de Heinicke (1956), quien estudió a niños de entre 16 y 26 meses que fueron colocados durante cortos períodos de tiempo en una guardería residencial con un número limitado de enfermeras a cargo. Heinicke observó que los niños buscaban a sus madres durante todo el día, la mayoría llorando por ellas y mostrando actividad autoerótica e intensa agresión. En su investigación, Bowlby observó que los niños oscilaban entre el retraimiento, la apatía, la regresión, el duelo y la agresión”. (Waters, 2025)

Continúa Waters (2025): “En el modelo STM, las respuestas caóticas y desorganizadas son indicadores de una disociación rápida y variada, como se describió antes. Estos niños desarrollan estados del yo con diferentes edades, roles discretos y variadas necesidades y sentimientos que intentan calmar, consolar, defenderse y protegerse de amenazas percibidas. Los estados del yo suelen presentarse con distintos niveles de madurez y preferencias respecto a la comida, la ropa, las actividades, etc. Pueden cambiar rápidamente entre esos dominios, mostrando una regulación extremadamente disfuncional y una presentación caótica. Irónicamente, la desregulación del niño traumatizado es un intento de regular la desesperación, la vergüenza y el dolor por el abandono y la traición, a raíz de la pérdida de seguridad, confianza y cuidado.

Con frecuencia, existe un estado del yo más joven que representa el yo original, congelado en el tiempo y que muestra lo que parece ser un comportamiento regresivo. Recuerdo a una niña de diez años que había sufrido graves abusos desde la infancia hasta que fue adoptada a los ocho años. Tenía una configuración compleja de estados del yo que cambiaban rápidamente como respuesta a pequeños estresores. En un momento podía estar acurrucada en posición fetal chupándose el pulgar y, al siguiente, ponerse de pie y gritar improperios a su madre adoptiva. Estos estados del yo tan cambiantes pueden causar estragos en la capacidad del niño para formar vínculos y en la habilidad del cuidador para gestionarlos.

Como estos estados del yo se forman con una tarea de supervivencia específica y no dentro de una relación de cuidado nutritiva, no han aprendido habilidades interpersonales ni de reciprocidad. Comprender esto puede ayudar a los clínicos y cuidadores a no asumir que estos niños actúan intencionadamente para desobedecer o dañar a otros, sino que operan en un modo de supervivencia orientado a tareas. Perciben erróneamente las amenazas y proyectan en su cuidador actual lo que sintieron hacia su abusador. Harán comentarios contradictorios que muestran cambios de estado. Una niña me dijo sobre su madre adoptiva” (Waters, 2025):

“Mi mamá siempre es mala conmigo, pero ella es buena conmigo.”

Por ejemplo, cuando la madre adoptiva de Coro le insistía en que tenía que pagar una letra del banco a una joven de veinticinco años, ella interpretaba el tono de voz, la mirada y su insistencia como un gatillador que hacía emerger un estado del yo hostil. Se sentía perseguida por una “madre mala” que le quería hacer daño (sufrió un terrible maltrato físico en su infancia por parte de su madre biológica). Así, durante ese estado, Coro le insultaba e incluso le golpeaba fuertemente con intención de hacerle daño. Después, caía en un estado depresivo y permanecía horas en cama, agotada y como desconectada de lo ocurrido. Se negaba a hablar de ello. 


“Es un desafío para los cuidadores ser empáticos con los estados del yo, disminuir su defensividad y abrir una puerta para desarrollar una relación con ellos. Apreciar y respetar lo que cada estado representa para el niño es fundamental para ayudar a los estados defensivos a reconocer que el cuidador no es una amenaza, sino alguien que quiere comprenderlos y colaborar con ellos”. (Waters, 2025)

Posibilidades de sanación

“Bowlby (1973) indicó que la reorganización ocurre en parte en conexión con la imagen del objeto perdido (la madre) y en parte en conexión con un nuevo objeto o nuevos objetos. Esta es la fase final del duelo, en la que el objeto perdido regresa o se encuentra un nuevo objeto —otra persona— a quien el niño puede apegarse. Bowlby observó que, si el niño lograba establecer un vínculo con un adulto, el duelo cesaba; sin embargo, si el niño había estado expuesto a numerosos adultos (a través de distintos acogimientos o cuidadores), podía volverse ensimismado y mantener relaciones superficiales a lo largo de su vida" (Waters, 2025). 

Por ello, los acogimientos familiares de urgencia -lo más tempranamente posible y sin cambios de figuras de apego- son lo que el niño necesita. Romper este vínculo es hacer daño, además de atentar contra un derecho preconizado por el abogado Hernán Fernández: El derecho al buen vínculo. 

"Contar con un cuidador comprensivo y sintonizado constituye la línea vital necesaria para reparar el pasado traumático del niño disociativo.

Todos los aspectos del STM reconocen que el factor clave es construir relaciones saludables con cuidadores seguros y protectores. Los cuidadores, junto con terapeutas, educadores, entrenadores y otros, desempeñan un papel importante al demostrar el valor y la dignidad del niño fragmentado.

El andamiaje relacional —especialmente entre los cuidadores y el terapeuta trabajando al unísono— proporciona una base firme para procesar el trauma. Procesar los acontecimientos traumáticos y elaborar las pérdidas y el dolor en todas las partes del niño es esencial para la integración de los distintos estados del yo y para la capacidad de establecer apego con los cuidadores actuales”. (Waters, 2025)

REFERENCIAS

Barudy, J., & Dantagnan, M. (2010). Los desafíos invisibles de ser madre o padre: Manual de evaluación de las competencias y la resiliencia parental. Gedisa Editorial.

Bowlby, J. (1973). Attachment and loss: Volume II. Separation: Anxiety and anger. Basic Books.

Gómez, A. M., & Hosey, J. (Eds.). (2025). The Handbook of Complex Trauma and Dissociation in Children: Theory, Research, and Clinical Applications. Routledge. 

Heinicke, C. M. (1956). Some effects of separating two-year-old children from their parents: A comparative study. Human Relations, 9, 105–176. 

Waters, F. S. (2025). Clinical applications of the Star Theoretical Model. En A. M. Gómez & J. Hosey (Eds.), The handbook of complex trauma and dissociation in children: Theory, research, and clinical applications (pp. xx–xx). Routledge.

lunes, 16 de marzo de 2026

La teoría clásica del apego de John Bowlby y el modelo de los estados del yo de Waters (I)


Como sabemos las personas que nos citamos aquí, John Bowlby fue pionero en poner el foco de los trastornos emocionales de los niños/as en los factores relacionales en base a las experiencias reales de estos con sus padres o cuidadores. 

Para elaborar este texto nos vamos a basar en las ideas de Waters (2025) y en Bowlby (1973)

John Bowlby, creador de la teoría del apego, describió cómo los bebés y niños pequeños reaccionan ante la separación prolongada o la pérdida de su figura de apego principal (generalmente la madre o el cuidador primario). A partir de observaciones clínicas y estudios con niños separados de sus familias, Bowlby identificó tres etapas principales en la respuesta del bebé ante la separación y la pérdida: protesta, desesperación y desapego. Estas etapas no deben entenderse como rígidas o idénticas en todos los casos, sino como patrones generales de reacción emocional.

La primera etapa es la protesta. En esta fase, el bebé reacciona de manera intensa e inmediata ante la separación. Llora con fuerza, grita, se muestra irritable y busca activamente a la figura de apego. Puede rechazar el consuelo de otras personas y mantenerse en un estado de agitación constante. Estas conductas tienen una función adaptativa: el llanto y la búsqueda aumentan la probabilidad de que el cuidador regrese. Desde la perspectiva del apego, la protesta es una respuesta normal y saludable, ya que refleja un vínculo afectivo fuerte. El bebé aún mantiene la expectativa de que la figura de apego volverá, por lo que su conducta está orientada a recuperarla.

Si la separación se prolonga y el reencuentro no ocurre, el niño puede pasar a la segunda etapa: la desesperación. En esta fase, el llanto disminuye, pero no porque el bebé esté tranquilo, sino porque comienza a experimentar una profunda tristeza y sensación de pérdida. El niño puede mostrarse apático, retraído, con menor interés por el entorno, el juego o las personas que lo rodean. Aparecen signos similares a la depresión, como falta de energía, expresiones faciales apagadas y dificultades para consolarse. Aunque externamente el niño parece más calmado, internamente sigue experimentando malestar emocional. Bowlby señalaba que en esta etapa el niño empieza a perder la esperanza de que la figura de apego regrese.

La tercera etapa es el desapego. Aquí el niño parece haber superado la separación, pero en realidad se trata de una adaptación defensiva. El bebé o niño pequeño comienza a mostrar aparente indiferencia hacia la figura de apego, incluso si esta regresa. Puede evitar el contacto, no buscar cercanía o mostrarse distante emocionalmente. Además, puede interactuar con otras personas sin dificultad, lo que puede dar la falsa impresión de que la separación ya no le afecta. Sin embargo, Bowlby advertía que este desapego no implica ausencia de dolor, sino una forma de protegerse frente a nuevas pérdidas. A largo plazo, esta etapa puede tener consecuencias en la capacidad del niño para establecer vínculos afectivos seguros.

En conclusión, las etapas de protesta, desesperación y desapego descritas por Bowlby muestran que la separación y la pérdida tempranas tienen un impacto profundo en el desarrollo emocional del bebé. Estas reacciones son respuestas normales ante la ruptura del vínculo de apego y subrayan la importancia de relaciones estables y continuas en la primera infancia. Comprender estas etapas permite valorar la relevancia del cuidado sensible y constante para el bienestar emocional del niño.

Portada del manual de Gómez y Hosey (Eds.)

Recientemente, he conocido a través de un completo manual que se publicó el pasado año titulado: The Handbook of Complex Trauma and Dissociation in Children: Theory, Research, and Clinical Applications, del que son editores Gómez y Hosey, un modelo desarrollado por Waters (2025) llamado STM (The Star Theoretical Model) en el que relaciona y armoniza estas fases de separación de Bowlby con los estados del yo. 

Estos estados del yo en el niño son cambios en el modo de comportarse, sentir y pensar del niño, que han sido disociados, y que contienen las memorias de la adversidad y el trauma, normalmente recuerdos de experiencias abrumadoras y que amenazaban la estabilidad y como dice Bromberg (2011), la cordura. Según Waters (2025) “los estados del yo pueden ir desde fragmentos del self, con una capacidad limitada para procesar ideas, conductas y afectos, hasta estados más desarrollados que asumen control ejecutivo sobre la conducta del niño. Es importante recordar que estos estados se crean para manejar el acontecimiento o acontecimientos traumáticos y las emociones, sensaciones y conductas intensas asociadas”. Por ejemplo, una ira intensa con una agresividad desmedida es un estado que puede contener un terror intenso a ser abandonado, como a menudo sucede en los niños que en su infancia temprana han sufrido esta terrible experiencia y la tienen sin elaborar y sin simbolizar, con el afecto desregulado disociado al hemisferio derecho (Schore, 2025) 

Continúa Waters (2025): “A menudo, estos estados no están orientados al tiempo, al lugar, a las personas ni a los objetos del entorno. Reaccionan desde una necesidad impulsiva de defenderse de lo que perciben como un entorno amenazante. Muestran cambios de ánimo extremos y alternancias conductuales, exhibiendo lo que Putnam llamó «estados conductuales discretos» y lo que Bowlby denominó «modelos operativos internos incompatibles». Efectivamente, esto lo conocen y lo sufren los propios niños y sus cuidadores, porque son reacciones de un sistema nervioso que almacena los contenidos tempranamente en su hemisferio derecho, sin conexión con el hipocampo (sede que sabe dónde están los recuerdos, es como dice Rafael Benito (2024), el código QR), sin integración horizontal (el hemisferio izquierdo no ha podido desarrollar un relato coherente de lo vivido) ni vertical (la corteza prefrontal no puede modular esas intensas y terribles oleadas emocionales) Por eso la orden inmediata de la amígdala es llamar al sistema simpático y atacar para defenderse; o la de llamar al parasimpático para desconectarse o disociarse. 

Portada del libro de Rafael Benito

Waters (2025) afirma lo que muchos que nos relacionamos y trabajamos y acompañamos familias adoptivas, acogedoras y biológicas cuyos niños han sufrido trauma complejo, que “el deseo de estar a salvo, protegido o ser rescatado cuando ocurren hechos amenazantes es universal”. Esa es la función del apego primario que ya está formado para el primer año de vida y que se consolida o recalifica posteriormente a lo largo de la vida: la búsqueda de ese sentimiento se protección que todo bebé y niño necesita de sus padres o cuidadores para crecer desarrollando un sentimiento de confianza en ellos y atreverse a explorar y aprender el entorno con esa seguridad interiorizada progresivamente, porque las experiencias con esos cuidadores han sido repetidamente de sentirse así”. 

Cuando eso no sucede —y especialmente cuando el daño proviene de alguien conocido por el niño—, Waters dice que “este se siente vulnerable y pierde su sentido de autoeficacia, quedando con una sensación de impotencia. El niño internaliza el trauma y se culpa a sí mismo, sintiéndose indigno de ser amado y protegido. Esto puede conducir a la desesperanza y la depresión”.

“El dilema insoportable de desear protección, amor y cuidado y no recibirlos puede provocar el conflicto de querer depender de otros para obtenerlos y, al mismo tiempo, sentir desconfianza y temor a la traición. Además, la necesidad inmediata de consuelo impulsa al niño traumatizado a compensar desarrollando estados internos —cuidadores, figuras heroicas o ayudadores— que respondan a esas necesidades”. Esto ya nos es conocido porque es la dinámica del apego desorganizado que hemos expuesto en otros posts. Liotti sostiene que el niño/a que ha padecido en edades tempranas claves para la formación de la representación mental de un apego seguro (como lo es el periodo de 0 a 3 años) la vivencia de situaciones continuadas de terror donde la naturaleza del daño sufrido por el niño/a es relacional (la figura adulta es para el niño/a la persona de la que va a tratar de obtener seguridad pero al mismo tiempo, y paradójicamente, es la que atemoriza, asusta, genera desconfianza, pánico… con sus gritos, insultos, abusos sexuales, palizas físicas) intenta (como todo bebé) activar el sistema de apego (acercarse al adulto, llorar, pedir brazos, solicitar consuelo, necesitar afecto mediante besos, juegos, caricias) para atraer al cuidador hacia sí y comenzar el mágico proceso de establecimiento del vínculo de apego seguro; pero como se ha encontrado con súbitas, bruscas y marcadamente terroríficas respuestas por parte de ese cuidador, activa, simultáneamente, otro sistema llamado de defensa y que también tienen los humanos. 

Afirma Liotti (2012): “La acumulación de traumas es también una causa de la persistente activación del sistema de defensa. Esto es típico del desarrollo del trauma complejo durante la infancia en el que la figura de apego o bien no protege al niño frente a las experiencias traumáticas (negligencia, maltrato…) o, si no, es el victimario de abusos repetidos. El trauma complejo es el cuadro que se produce como consecuencia de la existencia de este contexto extremadamente complicado para el desarrollo de la personalidad. Al igual que sucede en la génesis del trauma complejo, la contradictoria y persistente activación de los sistemas de apego y de defensa es el signo distintivo de la desorganización de los apegos”

Waters (2025) nos recuerda que, “al mismo tiempo, el niño puede disociar los eventos traumáticos para mantener el apego con el progenitor abusivo y/o evitar los sentimientos intolerables de impotencia, rabia, dolor y pérdida. El niño puede no recordar los eventos traumáticos y, en su lugar, desarrollar partes protectoras, como un cuidador idealizado interno y otros ayudadores, que le permitan sobrellevar sentimientos no deseados. Confiar en un ayudador interno resulta más seguro, especialmente cuando la ayuda externa no ha estado disponible de manera consistente”.

Dentro de quince días, la segunda parte de este artículo.

REFERENCIAS

Benito Moraga, R. (2024). Cerebros moldeando otros cerebros: Cómo las relaciones interpersonales guían la evolución del cerebro infantil y adolescente desde el nacimiento. Desclée De Brouwer. ISBN 978-84-330-3254-6.

Bowlby, J. (1973). Attachment and loss: Volume II. Separation: Anxiety and anger. Basic Books.

Bromberg, P. M. (2011). The shadow of the tsunami: And the growth of the relational mind. Routledge. ISBN 9780415886949.

Gómez, A. M., & Hosey, J. (Eds.). (2025). The Handbook of Complex Trauma and Dissociation in Children: Theory, Research, and Clinical Applications. Routledge. 

Liotti, G. (2012). Disorganized attachment and the therapeutic relationship with people in shattered states. En K. White & J. Yellin (Eds.), Shattered states: Disorganised attachment and its repair (pp. 127–156). Karnac.

Schore, A. N. (2022). Psicoterapia con el hemisferio derecho (A. Aguilella, Trad.). Editorial Eleftheria. ISBN 978-84-1258310-6

Waters, F. S. (2025). Clinical applications of the Star Theoretical Model. En A. M. Gómez & J. Hosey (Eds.), The handbook of complex trauma and dissociation in children: Theory, research, and clinical applications (pp. xx–xx). Routledge.

lunes, 15 de enero de 2024

"Tratamiento del trauma y la disociación en la infancia. En busca de la seguridad perdida", por Sandra Baita, psicóloga, nos presenta su nuevo libro

 


Nuevo libro de Sandra Baita
Para adquirir el libro, haz click aquí


Sandra Baita es psicóloga clínica graduada en la Universidad Nacional de Buenos Aires, Argentina, donde completó estudios de Postgrado en Clínica de Niños. Complementó su formación realizando una Especialización en Trauma Psicológico e Intervención en Catástrofes, dictada por la Sociedad Argentina de Psicotrauma, y el Entrenamiento Básico en EMDR y EMDR en Niños, siendo hoy Terapeuta Certificada y Supervisora aprobada certificada, y dictando cursos de educación avanzada para profesionales EMDR en las temáticas de trauma complejo y disociación en la infancia, adolescencia y edad adulta.

Tenemos el honor de que Sandra Baita haya escrito, expresamente para nosotros, un texto para presentar su nuevo libro. Sandra es experta en trauma y disociación y nos ha aportado una nueva manera de mirar a los niños/as para aprender a comprender los síntomas desde el lenguaje disociativo infantil relacionado con el trauma, que tiene una manera muy concreta de expresarse. A menudo este lenguaje refleja la existencia de un sufrimiento en los niños/as y unas historias en las que la seguridad de base ha estado ausente en sus vidas, porque desde temprana edad han padecido, a veces de manera continuada, malos tratos, negligencia y/o abuso sexual. 

En este nuevo libro Sandra Baita nos plantea una cuestión que es fundamental y sin la cual no puede haber psicoterapia. Es algo que desde la RED APEGA Maryorie Dantagnan viene preconizando desde sus comienzos: la seguridad y la protección del niño/a. Los recursos terapéuticos son importantes pero sin duda lo son aun más las relaciones que entretejamos en torno al niño/a: "El viaje en el que nos adentramos no está exento de turbulencias y la primera pregunta que el terapeuta deberá responderse es: ¿está mi paciente en un contexto de seguridad real, en el que no siga siendo maltratado? Si esa seguridad real existe, entonces pasamos al siguiente nivel: ¿pueden sus cuidadores proveerle una experiencia relacional segura, estable, reparadora? Y si no es así ¿qué necesitan para poder hacerlo? Pero el terapeuta es parte de la ecuación, entonces deberá responderse, además, esta otra pregunta: ¿qué debo hacer (y cómo puedo hacer) para ofrecerle a mi paciente una experiencia de seguridad en la relación terapéutica? Y ¿qué puedo hacer para ayudar a los cuidadores a ser los verdaderos sostenes de la vida y el desarrollo de estos niños y niñas?" (Sandra Baita).


Sandra Baita

"Tratamiento del trauma y la disociación en la infancia. 
En busca de la seguridad perdida"

Un texto de Sandra Baita


Llevaba casi un año de trabajo con Paloma (su nombre es ficticio) y nuestra relación parecía ir viento en popa. Desde el principio habíamos logrado establecer un vínculo fluido. Ya me había convertido en custodia de sus recuerdos más dolorosos, y poníamos estrellas de premio a los guardianes que tenían por trabajo, evitar que los recuerdos salieran del cofre donde los habíamos guardado. Un día, creyendo yo ilusoriamente que ya podíamos avanzar algún paso, e ir reconociendo al menos los bordes de ese universo de memorias, Paloma me dijo con mucha tranquilidad que para eso yo debería atravesar un túnel, y que en el túnel me estarían esperando monstruos cuya tarea era asesinarme para que no me acercara al cofre de sus recuerdos. Me explicó que ella podía entrar porque la conocían, pero nadie más podía hacerlo. El mensaje implícito era claro: “Me caes muy bien Sandra, pero eso no es suficiente para que yo te abra mi mundo interno...”

Y tenía todo el sentido del mundo. Porque esos recuerdos guardaban historias en las que, su derecho indiscutible a sentirse segura en el seno de los vínculos con las personas que hubieran debido cuidarla, había sido herido de muerte. Para Paloma, la seguridad era una promesa difusa en la que no podía confiar. 

Para quienes trabajamos atendiendo a personas de todas las edades que han sufrido situaciones de trauma interpersonal temprano, el Santo Grial de nuestro trabajo es el procesamiento de las memorias del trauma. Estamos ávidos de conocer los avances de nuestra disciplina a la hora de llegar a la profundidad de ese dolor, porque sabemos que cuando lo logramos, el pasado queda verdaderamente donde debe estar, y deja de ser un fantasma que agobia el presente y amenaza al futuro.

El punto es que justamente, la matriz de todas las heridas provocadas por el maltrato y la negligencia, radica en la seguridad. Allí donde debieran haberme protegido del peligro, lo generaron. Donde debieran haberme cuidado, me descuidaron. Donde debieran haberme llenado de elogios y palabras bonitas de amor, me derramaron reproches e insultos. El lugar de la seguridad, lo ocuparon la amenaza, el alerta y el miedo. Desde entonces, acercarme a cualquier ser humano es la posible antesala de más daño. No me puedo relajar. No puedo confiar. 

Muchos niños y niñas como Paloma me enseñaron que la falta de seguridad que ellos sienten, se esconde en mil huecos y se manifiesta de mil formas. Que no alcanza con crear recursos una vez y esperar que funcionen siempre. Y tampoco alcanza conque les digan que los quieren y que jamás los van a dañar ni a abandonar.

Donde la seguridad que debieran haber sentido no estuvo o fue precaria, se impone tejerla despacio y con paciencia, hilándola en un telar de múltiples relaciones, en el que los cuidadores aportan la estructura y los hilos, y los terapeutas su habilidad de tejedores. 

Ese fue mi propósito al escribir “En busca de la seguridad perdida”. Transmitir a mis colegas la sabiduría aprendida de tantas Palomas que pasaron y siguen pasando por mi consulta, ayudarles a reconocer las sutiles formas en que la falta de seguridad se manifiesta, y a detectar las desconexiones -las de nuestros pequeños pacientes, la de sus padres, pero también las nuestras- para tratar de transformarlas en re-conexiones. 

Reconocernos como parte de ese entramado, es una invitación a observarnos en la relación con estos pequeños sobrevivientes: porque, así como ellos pueden oscilar entre sentir demasiado o no sentir en absoluto, nosotros también podemos oscilar entre hacer por demás y no hacer lo que es más necesario. 

Ayudar a los cuidadores a convertirse en redes de sostén capaces de tolerar las tempestades más complejas -de las que suele haber varias en la crianza de estos niños y niñas- es todo un desafío, porque estos adultos, a su vez, también pueden tener sus propias heridas no curadas de cuando eran pequeños, o quizá hayan sido parte -por acción o por omisión- del dolor y el daño sufrido por nuestro pacientito.

El desarrollo y el fomento de la seguridad relacional duran todo el tratamiento, y probablemente (ojalá), cuando este haya finalizado, seguirá creciendo y floreciendo sin que nosotros lo sepamos. Habremos sido testigos durante un tiempo de un acontecimiento importante: sentar las bases para que la conexión sea el legado futuro de estos pequeños invitados a la mesa de nuestra labor diaria. 

lunes, 22 de mayo de 2023

Tierra Daurora, una historia de disociación relacionada con el trauma y la resiliencia, por Tamara Iglesias Costas, psicóloga y traumaterapeuta sistémica

 


Tamara Iglesias Costas

Psicóloga

Autora de:

Tierra Daurora, una historia de disociación relacionada con el trauma y la resiliencia

Uno de los fantásticos dibujos que ilustran el libro de Tamara Iglesias

Solamente unas breves líneas para introducir a mi colega y compañera de la Red Apega de Profesionales, Tamara Iglesias Costas, quien ha creado este excelente relato para ayudar a los profesionales y a los niños y niñas -usando símbolos y un mundo imaginario, siguiendo la mejor tradición junguiana- en su proceso traumaterapéutico, como herramienta -con el acompañamiento insustituible de un profesional conectivo y seguro- psicoeducativa y terapéutica. 

Es muy complicado encontrar materiales de este tipo en el mercado, y también es complejo crearlos. Plasmar simbólicamente el universo mental de las personas que han sufrido trauma y concebir una alegoría de lo que es la conciencia del self fragmentada como consecuencia de los procesos traumáticos -experiencia temprana que sufren muchos de nuestros niños y niñas-, no es nada fácil y Tamara Iglesias lo ha logrado. He tenido el placer de leerlo y revisarlo y me atrapó desde el principio. Creo que el enfoque que usa, el tratamiento bondadoso del trauma y la visión resiliente se recogen maravillosamente en este sugestivo, imaginativo y bello relato de superación, que pone el acento en la necesidad de ser acompañados en un viaje de transformación, no exento de dolor y retos, como le sucede a la pequeña dragona de la historia. 

Este relato es fruto de un recorrido vital y de aprendizaje a todos los niveles que Tamara Iglesias ha hecho durante estos años en los que, además, hemos tenido el placer de acompañarla en su proceso formativo durante nuestro Postgrado de Traumaterapia de Barudy y Dantagnan. Es una satisfacción ver que profesionales como Tamara Iglesias hacen procesos formativos y vitales capaces de crear imágenes e historias que, una vez que emergen, tienen gran poder sanador, como este precioso relato. Os dejo con ella, que nos presenta su obra a continuación, no sin antes darle nuestra efusiva enhorabuena: ¡muchas felicidades por tu trabajo, Tamara!

Tamara Iglesias Costas. Soy compañera de la promoción Apega 9 Barcelona, del posgrado en Traumaterapia Infanto-Juvenil Sistémica de Barudy y Dantagnan. Soy psicóloga sanitaria por la Universidad de Santiago de Compostela y la Universidad a Distancia de Madrid y a lo largo de mi trayectoria profesional he tenido la experiencia de formarme y trabajar tanto en el ámbito público como privado en diferentes proyectos y con diferentes colectivos que me han aportado gran conocimiento dentro del ámbito de la psicología evolutiva y el trauma interpersonal temprano. Entre ellos, he tenido la oportunidad de trabajar en Vincles (vínculos) , Casal dels Infants Barcelona, para intervenir y acompañar a mamás junto con sus bebés en el desarrollo de un apego seguro y un vínculo sano, muchas de ellas mujeres migradas y víctimas de violencia de género. Además, también he podido trabajar tanto en Pontevedra como en Barcelona en centros de acogida con menores tuteladxs haciendo valoraciones e intervenciones en casos de acogimiento familiar y adopción, siendo Príncipe Felipe, en la Diputación de Pontevedra, el lugar donde me he iniciado a mi mundo laboral y en el cual he tenido el honor de desarrollarme y encaminarme hacia lo que soy y donde estoy ahora mismo. Sígueme en Instagram: @tierra.daurora y @lo.boreal

Presentación de Tierra Daurora
Tamara Iglesias Costas

Vídeo de presentación de Tierra Daurora

A lo largo de los años he estado realmente implicada en la infancia y las familias, por lo que además de mi recorrido profesional he realizado muchos viajes a nivel personal que me han dado la oportunidad de expandir mi mente y mi conciencia abriéndome a diferentes culturas y participando en proyectos internacionales como Thrive Seed en India, a través del acompañamiento a mujeres y niñxs en slums en West New Delhi o la realización de talleres e intervenciones terapéuticas en grupos de familias autogestionadas en Oaxaca y Quintana Roo, México.

Hoy día, tengo el placer de compartir en el blog de Buenos Tratos el cuento que recientemente he escrito e ilustrado fruto de mis últimos viajes por México, Brasil y Canadá, siendo este último país, concretamente British Columbia, el lugar de mayor inspiración para su elaboración y publicación. Se trata de Tierra Daurora, una historia de Trauma y Resiliencia.

Este es un cuento para todas las edades en el que narramos las aventuras de una pequeña Dragona, con alma de guerrera y corazón de fuego, que viaja al interior de su propia conciencia fragmentada como consecuencia del trauma vivido durante su infancia. La conciencia de nuestra protagonista está representada como una selva boreal, mágica y oculta en la que habitan aquellas criaturas que representarán las partes disociadas de su self. A lo largo del relato nuestra protagonista se tropezará con estos seres que representarán el encuentro con ella misma y con las partes dañadas de su propia conciencia, lo cual será fundamental para la integración y sanación de las mimas.

En este cuento, he intentado hacer una analogía fantástica del cerebro de un humano que ha sufrido trauma interpersonal temprano y la conciencia disociada de una Dragona llamada Daurora. Mi intención ha sido narrar una historia con el objetivo de que esta pueda ser una herramienta para acompañar los procesos de trauma, disociación y recuperación de la herida emocional de la experiencia traumática.

Esta creación ha sido fruto de muchos meses e incluso me atrevería a decir años de introspección y trabajo personal, que todavía hoy continúa, pues siento que como terapeutas es fundamental sanar nuestras heridas más profundas para poder sostener de una forma genuina y auténtica las heridas ajenas. Por ello, en mi caso, como guinda del pastel, he tenido el honor de contar con el apoyo de José Luis Gonzálo Marrodán, que me ha ayudado a completar y cerrar la historia de Tierra Daurora. Gracias a su visión y su conocimiento del trauma y la disociación, pienso que este cuento ha quedado como una herramienta estupenda para acompañar la sintomatología disociativa en niños y adolescentes, especialmente en estos últimos.

Os invito a que si queréis saber más de Tierra Daurora le echéis un vistazo a mi página web www.loboreal.com. Aquí encontraréis un aparatado donde podéis encontrar más información sobre esta fantástica historia, así como adquirir el libro en el caso de que os interese. Hasta ahora, el libro se encuentra únicamente publicado mediante una autoedición de Amazón pero con expectativas de publicarlo en una editorial reconocida que quiera acoger esta pequeña idea y compartirla con el mundo entero.

Espero de todo corazón que os guste.

¡Muchas gracias!

lunes, 12 de diciembre de 2022

La invalidación en los niños/as víctimas de trauma de desarrollo

Los orígenes de la invalidación

De Peru.com
El modo en que una persona procesa los acontecimientos y las experiencias de la vida es propio y subjetivo. La necesidad de "sentirnos sentidos" (Siegel, 2007) –y por lo tanto, existentes- está presente desde que somos bebés. Tenemos, desde nada más nacer, un sistema nervioso preparado para conectar (Benito, 2020): el bebé pronto podrá centrar la mirada en el rostro de la madre, que mediante sus expresiones -a través de la vía viso-facial-, que sirven de reflejo, aquel aprenderá a tratar de responder a dichas expresiones tratando de imitar los gestos; disponemos de una amígdala preparada para reaccionar defensivamente ante las amenazas mediante el llanto –este órgano se activará ante los desconocidos, pero no ante los conocidos-; de un bulbo olfatorio listo para reconocer el olor de la madre; tenemos los centros de recompensa preparados para registrar esas experiencias de placer y con una memoria implícita que guardará la información proveniente del cuerpo y de las vísceras, que comunicarán calma y regulación, si el sistema de regulación interactiva (Schore, 2011) que establecemos con la madre (o cuidador) logra progresivamente modular esa activación y mantenerla en niveles tolerables. Disponemos de un oído que puede escuchar y familiarizarse con la prosodia del cuidador, que transmitirá señales de calma y confort, si las palabras se emiten suaves y acariciantes. La piel, a través del canal táctil sensorial, nos comunicará que las caricias, el baño suave, el contacto con la dermis del cuidador, si este está regulado y tranquilo, es una fuente de sosiego. O, si hay violencia, será una fuente de estrés que inundará el cerebro de sensaciones desagradables abrumadoras.

Todo este caudal de experiencias -cuando son agradables y calmantes- repetidas es una primera forma de validación del mundo subjetivo del infante, donde nada está ordenado y organizado aún. El bebé puede sentir angustia interna, o los cambios del entorno ser tan bruscos que provocan alto malestar; o las personas de ahí fuera –cuando aún no se diferencian del bebé- pueden generar estrés en forma de gritos, contacto brusco e incluso -como pasa en el maltrato- ataques verbales y físicos a aquel. El bebé es egocéntrico e interiorizará -y quedará registrada en su memoria implícita- que se debe a él o ella, que algo va mal en su interior. Y no se lo puede explicar. Aquí tenemos el origen temprano de muchas creencias nucleares implícitas que ponen -y pondrán- música a nuestra vida. Música de la película Tiburón, además.

Se necesita un adulto con permanencia y presencia "filtro estabilizador" (Dantagnan, 2022) que trate de conectar con y aliviar el displacer del infante, que le transmita implícitamente “puedo confortarte”, y que, además, se consiga, y que el bebé sienta e interiorice subsimbólicamente: “me siento tranquilo, importan mis demandas y malestar, me atienden, por lo tanto soy válido” Si no se consigue y se invalida al bebé activa o pasivamente (se le desconfirma gravemente en forma de maltrato o negligencia), sobre todo durante los primeros años de vida, pueden sentarse las bases que afiancen que el mundo propio no importa a nadie (tampoco a uno mismo) y que el dolor es inasumible. De ahí que muchas partes de la personalidad que los niños/as comienzan a desarrollar -sobre todo con más claridad a partir de los seis años-, tienen su origen en estas tempranas experiencias que moldean su cerebro: "Los centros cortico-límbicos superiores del hemisferio derecho, especialmente el córtex orbito-frontal, el centro del sistema de apego de Bowlby, actúan como el sistema cerebral más complejo de regulación del afecto y del estrés" (Schore, 2011)

La protección frente a la invalidación

Un bebé (Fonagy y otros, 2002) puede crecer (además quedándose en "modos prementalizadores", esto es, comprender sus estados internos y los de los otros de una manera sobreinterpretativa, tanto que se puede distorsionar los hechos de la realidad; o de un modo pseudo, es decir, creando una imagen falsa de uno mismo. Se desarrollará una u otra, o ambas, según cada persona y sus circunstancias) con este entorno invalidante durante mucho años, precisamente los más críticos, donde se desarrollan todas las capacidades humanas, incluido el sentido integrado de uno mismo, es decir, un yo que se va constituyendo de manera firme y fluida –con conciencia de continuidad y sin rupturas en este sentido-. Lo más probable es que en un entorno así la "fragmentación temprana" en partes de la personalidad (Siegel, 2007) o en "estados del yo" (Bromberg, 2011) sea la única salida para sobrevivir y evitar el dolor psíquico insoportable (el niño/a lo notará en el cuerpo).

Con la aparición del lenguaje, el hemisferio derecho del cerebro va a transmitir una información sensorial, impresionista, imágenes… al hemisferio izquierdo (Benito, 2017) que está cargada de displacer, ansiedad, malestar… a veces auténticas cataratas emocionales. El izquierdo va a recibir esta información y en ausencia de relato, tenderá de algún modo a protegerse. Y las partes se afianzan aún más con la aparición de las llamadas defensas. El niño/a en ausencia de relato coherente, lo construirá en función de lo que su imaginación le dicte, pero echando mano también de algunos recuerdos deslavazados que pueda tener y en función de lo que el mundo adulto le cuenta. Y probablemente todo será demasiado doloroso para ser contado, por lo que el niño/a recurrirá a las defensas. Muchos síntomas llamados disociativos reflejan estas defensas. Con niños/as más mayores, de diez años, podremos, si les preguntamos por su vida, observar que se protegen con relatos desconectados de la emoción; incongruentes emocionalmente con lo que se cuenta; desbordados por la emoción (casi reviven o muestran juego postraumático); finalmente, el relato puede parecer elaborado, pero es algo impostado, creado por su mente imaginativa para acomodar la realidad a sus deseos (Muller, 2020)

El niño o niña tiene muchas formas
de defenderse de un dolor insoportable 
Foto: eresmama.com

Si el niño/a tiene la suerte de encontrarse pronto –aunque sea su derecho el de la protección, es casi una lotería dar con profesionales que tengan claro qué es proteger- con una medida que vele por sus derechos a ser criado en un contexto de buenos tratos y con derecho a los buenos vínculos, aquel llegará a una familia adoptiva o acogedora que le ofrece todo un sistema de cuidados, que es lo que necesita imperiosamente, pero a la vez le genera inconscientemente miedo o terror. Su memoria implícita transmite a la amígdala mensajes de que esto es amenazador, la corteza cingulada puede informar de que la familia es una experiencia intrínsecamente dolorosa y que, a la larga, abandona; y la corteza prefrontal está ausente, ha dimitido de sus funciones, está poco desarrollada y debilitada (Benito, 2017) Por eso, el niño/a puede empezar a mostrar con fuerza las partes de su personalidad que le protegen de la dolorosa experiencia interna de la invalidación (asociada a dolor emocional, pérdida, agresividad, vergüenza…). Algunos niños/as desarrollan partes agresivas (activa o pasivamente), antisociales (robar, mentir, manipular…), insensibles (duras, secas, distantes…), complacientes (aduladoras, seductoras…) cuidadoras y adultistas (cuidan ansiosamente de los padres u otros y tienen una autonomía y razonan como si fueran personas mayores)...

¿Qué ven los demás? A veces durante muchos años...

El mundo adulto (familias, profesores, psicólogos y psiquiatras u otros profesionales, a veces) ven solamente lo aparente. Lo que se muestra. El niño/a puede mostrar una fachada aparentemente sintonizada, como una parte que muestra normalidad, complaciendo y cumpliendo en exceso con las exigencias que el mundo adulto le manda, sobre adaptado. Pero internamente puede sentir muchas emociones que están desplazadas y de las que no es consciente. Todo puede estallar en la pubertad. Este tipo de niños y niñas son valorados por los adultos porque no son perturbadores. O el niño/a puede mostrar conductas hacia fuera a través de los trastornos del comportamiento, la hiperactividad o la inestabilidad emocional, la ansiedad. A veces se producen formas mixtas donde aparecen sentimientos de tristeza, soledad, miedo, ansiedad, agitación… 

Con excesiva frecuencia, estos niños/as, que tienen a sus espaldas que soportar la pesada carga del maltrato, reciben feedback negativo. Algunos y algunas son vistos como auténticos indeseables y sufren rechazo, castigo, exclusión, etiquetación, fracaso escolar, problemas serios para hacer y mantener amistades… Hace muchos años, cuando empezaba a trabajar en la consulta y la cultura de falta de respeto a los niños/as campaba a sus anchas, un profesor me dijo, al preguntarle por un alumno y su conducta en clase, algo que se me quedó grabado y me dejó atónito: "ahí te envío a esa escoria"

Casi siempre la mirada es patográfica (les diagnostican con diferentes trastornos descriptivos y etiquetadores y no contemplan una visión comprensiva de por qué el niño/a tiene esos problemas) Muchas veces se conceptualiza como un problema de límites, de familias que les hiperprotegen, de desarrollo, de hiperactividad, de retraso en el desarrollo, de espectro autista… Sin quitar ni un ápice a que pueda ocurrir todo esto -por supuesto que es relevante- no se considera el papel que el trauma complejo y temprano ha jugado en la aparición de estas conductas y síntomas. Ni se le da al sufrimiento psíquico que el niño/a arrastra -es enorme el dolor, y ellos/as hacen lo que pueden con lo que tienen- la debida importancia. Se pierde la visión humanista, tan necesaria. Y así las intervenciones se olvidan de algo importantísimo: validar al niño/a y expresarle que es una injusticia lo que ha vivido, y que somos conscientes de que todo lo que hace es para protegerse de ese dolor, que nosotros lo vemos; y que validamos su experiencia subjetiva y entendemos sus conductas y síntomas, porque son sus defensas. Ir más allá de lo aparente y tratar de validar la experiencia interna del niño/a, y el modo que tiene de ver y sentir el mundo que le rodea y de dónde le puede venir (Barudy y Dantagnan, 2005)

Casi siempre las personas adultas de mi consulta de traumaterapia recuerdan infancias donde nadie vio el dolor, nadie mostró receptividad empática. Además de maltrato y negligencia, sufrieron la ceguera de los adultos que los acompañaban en su desarrollo, los cuales solamente veían las conductas y les castigaban -suprimiendo la visión mentalizadora- por ellas. Sumiéndolos en profundos sentimientos de vacío, soledad, vergüenza, culpa… Nadie estuvo allí para reconfortar y validar. 

Foto: Fundación Sonría 

Mensajes sociales

"Encima -me decía una joven en terapia- hemos de escuchar mensajes sociales en los que si no somos positivos, si no conseguimos las metas, si no deseamos nuestro sueño o lo decretamos, si no nos sentimos bien y nos sentimos enfadados, secos, tristes y sin ganas de nada somos gente amargada que sobra y que no genera buenas vibraciones. Sin molestarse un ápice en preguntarnos e intentar captar por qué nos sentimos así, directamente somos molestos porque no compartimos esa filosofía barata de mueble de libros de autoayuda o superación: `Consigue tus metas en 5 pasos´ `El poder de…´ `Tú puedes ser…´ `Consigue lo que otros no han conseguido…´ Y eso nos fastidia y molesta aún más. Yo me rebelo contra eso, porque el cambio es mucho más profundo y requiere implicación de quienes nos rodean."

"Yo -siguió- que además tengo un problema físico en los brazos, me enfadan también los mensajes que nos lanzan a las personas con discapacidad: no hay metas, no hay límites, tú puedes, no existen barreras… Todo esto es inalcanzable para muchos de nosotros y yo, al menos, me siento terriblemente mal cuando veo que no puedo estar a esa altura".

Esta joven jamás había sido validada emocionalmente por nadie en su dolor y en las injusticias que había vivido -su discapacidad, traumática, había sido ocasionada por la maldad de unas personas-. Ha sufrido innumerables situaciones sociales donde le han burlado y ridiculizado, muchas veces ante la mirada pasiva de los demás. 

El lento camino de la reparación

El camino de la reparación y la sanación, habida cuenta de que en muchas ocasiones las personas que acuden a tratamiento han sufrido trauma -otros seres humanos les han hecho daño-, pasa por, precisamente, sentir que por primera vez son vistas y validadas emocionalmente. Un entorno no invalidante en la experiencia subjetiva, en la manera que tiene la persona de vivenciarlo, es fundamental para sanar del trauma. Sobre todo, en el caso de los niños/as cuyas conductas más efectos negativos producen en el entorno. Ello no quiere decir que les dejemos hacer lo que quieran y que toleremos comportamientos inaceptables. No confundamos. Pero han de sentir que entendemos y vemos sus sentimientos, y ofrecerles un marco explicativo que reformule sus síntomas (Barudy y Dantagnan, 2005) 

Pero, además, el terapeuta es convocado a ser testigo de una gran injusticia y aquí no valen las medias tintas. Quiero terminar con estas palabras de Judith Herman, tan geniales y acertadas, que creo son un mensaje bien claro para todos/as hacia dónde va el camino de la recuperación. Si no, las defensas jamás dejarán de hacer acto de aparición y el dolor no podrá salir y ser sanado por personas bondadosas.

Portada del libro de Judith Herman


"Es responsabilidad del terapeuta usar el poder que le ha sido conferido sólo para fomentar la recuperación del paciente, resistiendo toda tentación de abusar de él. Esta promesa, que es central para cualquier relación terapéutica honesta, es de especial importancia para pacientes que ya están sufriendo como resultado de que un otro ha hecho un ejercicio arbitrario y abusivo del poder 

El terapeuta es convocado para ser testigo de un crimen. Debe asegurar una posición de solidaridad con la víctima. Esto no significa la idea simplista de que la víctima no puede equivocarse, sino implica más bien una comprensión de la fundamental injusticia de la experiencia traumática y la necesidad de una resolución que restaure alguna sensación de justicia. Esta afirmación se expresa en la tarea cotidiana del terapeuta, en su lenguaje, y sobre todo en su compromiso moral de decir la verdad sin evasiones ni disfraces. El rol del terapeuta es a la vez intelectual y relacional, y fomenta a la vez el insight y la conexión empática". (Judith Herman, 1992)


REFERENCIAS


Barudy, J. y Dantagnan, M. (2005). Los buenos tratos a la infancia. Parentalidad, apego y resiliencia. Barcelona: Gedisa.

Benito, R. y Gonzalo, J.L. (2017) La armonía relacional. Aplicaciones de la caja de arena a la traumaterapia. Bilbao: Desclée de Brouwer.

Benito, R. (2020). Bases neurobiológicas y desarrollo en la infancia y la adolescencia. Madrid: El Hilo Ediciones.

Bromberg, P. (2011). La sombra del tsunami y el desarrollo de la mente relacional. Madrid: Ágora relacional.

Dantagnan, M. (comunicación personal, 16 de octubre 2022).

Fonagy, P. Gergely., Jurist, E., Target, M. (2002). Affect regulation, mentalization, and the development of the self. NY: Other Press.

Herman, J. (1992). A healing relationship. in Trauma and recovery. J. Herman, Trauma and recovery Glenview, IL: Basic Books (Harper Collins), 133-155

Muller, T. (2020). El trauma y la lucha por abrirse. De la recuperación a la evitación y el crecimiento. Bilbao: Desclée de Brouwer.

Schore, A. (2011). Prólogo. En La sombra del tsunami y el desarrollo de la mente relacional. (pp 18-55). Madrid: Ágora relacional. 

Siegel, D. (2007). La mente en desarrollo. Como interactúan las relaciones y el cerebro para modelar nuestro ser. Bilbao: Desclée de Brouwer.

lunes, 14 de noviembre de 2022

Juntos podremos con eso, por Jose Luis Gonzalo / Sin prisa, con pausas, por Dolores Rodríguez

Llevo una temporada descubriendo en profundidad a Philip Bromberg, un psicoanalista relacional entroncado dentro de lo que llamaríamos la corriente intersubjetiva, basada también en los postulados del neuropsicoanálisis, cuyo principal representante es Alan Schore. Bromberg y Schore colaboraron y desarrollaron una gran amistad; y puede decirse que el primero llevó a la práctica clínica muchos de los aspectos neurobiológicos del segundo.

Portada de uno de los libros de Bromberg


El tema es complejo y no quiero abrumar al lector de tal manera que abandone el artículo en el tercer párrafo. Porque este blog, aunque lo siguen profesionales, tiene como prioridad divulgar el conocimiento científico relacionado con el apego, el trauma y la resiliencia y hacerlo digerible a los padres, madres y personas que no sean especialistas en psicología clínica y psicoterapia especializada. Por eso, voy a coger algunas ideas de Bromberg que me han parecido interesantes y útiles para ejercer la parentalidad terapéutica, las contaré de una manera sencilla -espero superar el reto porque Bromberg no es un autor fácil de entender y de aplicar- y comentaré su utilidad en nuestro trabajo diario con los niños y niñas.

Un proceso de regulación interactiva

La diada madre (cuidador) niño o niña es fundamental, y la "sincronía afectiva" (Schore, 2011) que se establece entre ambos durante los dos primeros años de vida es muy importante porque conduce al bebé a aprender a regular los estados internos altamente desregulados. Para que esta regulación interactiva sea eficaz, “la madre debe de modular los grados de estimulación excesivamente altos o bajos que inducirían en el niño niveles de activación sobre elevados o excesivamente reducidos. Funciona como una matriz interactiva en la que ambos interlocutores equiparan sus estados y de forma simultánea ajustan su atención social, la aceleración y la estimulación de la activación en respuesta a las señales del interlocutor”. (Schore, 2011)

Parece ser que el sentido de un self (sentido de quién soy yo, de mí mismo) "fluido y firme al mismo tiempo, depende de hasta donde se haya logrado la capacidad para la regulación y la competencia afectiva" (Schore, 2011). Esto proporciona unos fundamentos estables para la regulación emocional.

Cuando un bebé es maltratado física o emocionalmente, esta regulación interactiva ya no ayuda al bebé a manejar la activación interna, sino que se produce una inundación (un tsunami, en palabras de Bromberg) que afecta a todo el hemisferio derecho (predominante durante los tres primeros años de vida y sede de ese protoself fluido y a la vez estable) y que genera una ruptura en la continuidad de dicho self. Esto se experimenta como estados "no-yo" (en palabras de Bromberg, 2011) y el bebé lo vive como rupturas en la conexión con la figura de apego que hacen que entre en disociación. Para Schore (2011), la disociación “más que una alteración de procesos mentales, implica una desconexión mente-cuerpo” "La defensa disociativa, esa desconexión, supone el último intento del niño/a para bloquear el dolor emocional". 

Para entender estas rupturas en el sentido fluido y firme de uno mismo (el self) yo me imagino una orquesta bien sincronizada y armonizada que, de repente, entra en emitir, durante un tiempo, sonidos estridentes, duros (como el recuerdo del trauma) o a destiempo. No parece la orquesta de siempre. Eso es el sentido del "no-yo". No te reconoces. O como una película antigua de celuloide que avanza de manera continua a 24 fotogramas por segundo para, de repente, empezar a verse entrecortadamente; o verse en blanco, o a trozos sueltos y delavazados, para luego recuperar la continuidad y volver a visionarse a 24 fotogramas por segundo.

Fijaos en la "mala entrada" de esta orquesta, como ese estado "no-yo" inicial es "recuperado" por la reparación del director:

Una orquesta entra mal

Si volvéis a ver el vídeo del experimento Still face, creo que entenderéis mejor este concepto. Cuando la mamá del vídeo ayuda al bebé a manejar los estados internos (a través del lenguaje no verbal, hemos de resaltar que esto sucede en una etapa en la que el niño o niña no puede simbolizar estas experiencias a través del lenguaje, quedan grabadas en el hemisferio derecho, son subsimbólicas) ambos son un sistema de regulación mutuo, interactivo, y pleno de disfrute. Cuando la mamá congela la cara y desaparece de la diada, el niño se queda sin la figura “sabia y fuerte” que decía Bowlby, para comunicar y sostener las emociones. Queda en el vacío, y esto produce dolor y ruptura en esa continuidad estable que proporciona el cuidador al infante, fundamental a esa edad. Con lo cual el bebé sufre una inundación de afecto altamente desrregulado que le conduce, tras la protesta, a la disociación como defensa de algo abrumador. Si se repite de manera continuada en el tiempo y no hay reparación, la sombra de ese tsunami le perseguirá siempre, y la posibilidad de caer en estados disociativos es alta.

Experimento del "Still face"


Consecuencias de la disociación

Como dice Schore (2011), si bien es una defensa eficaz (por eso la disociación nunca se elimina en ambientes desprotectores, porque el niño/a la necesita para sobrevivir), a largo plazo “impide la exposición a experiencias potenciales de aprendizaje relacional, implícitos en los contextos intersubjetivos íntimos que son necesarios para el crecimiento personal”. Aquí tenéis, padres y madres adoptivos y acogedores, una de las causas por las cuales es tan complicada la crianza de nuestros niños y niñas: el "bloqueo de los cuidados" (del que habla Hughes, 2019) y que no es otra cosa que la entrada del niño o niña en disociación, cuando empieza a comportarse de maneras en las que rechaza o incluso ataca a las personas que ahora le quieren ayudar con afecto y límites. Mientras no se trabaje la disociación, todos y todas a una, será complicado que el niño o niña salga de ahí. El o ella se defenderá así cuando perciba en su interior que se acerca la sombra de la devastadora ola que sufrió en su interior cuando nada podía entender ni manejar. Esto es importante como padres y madres. Hay que tenerlo presente porque ayuda mucho a no tomarlo como algo personal. La ruptura en el sentido de uno mismo es una experiencia terrible. 

Cómo sabemos que un niño/a entra en estados no-yo

A partir de los cinco o seis años, muchos padres y madres adoptivos y acogedores que criais a niños o niñas de esta edad, sabéis de qué estoy hablando. Lo vivís -y a veces sufrís- en vuestras carnes, incluso los y las que -la gran mayoría- ejercéis una parentalidad suficientemente buena y competente. Los niños y niñas realmente no quieren comportarse así, pero la fuerza de lo que internamente vivieron (tsunami) es tan fuerte y desrreguló tanto su hemisferio derecho que no pueden evitar pasarlo al acto. Es lo que técnicamente Bromberg y Schore (2011) llaman en inglés los enactment (enactuaciones o pasos al acto) Fijémonos bien que antes de la palabra “actuaciones” está el prefijo “en”, para enfatizar que el adulto contribuye también sin quererlo o queriendo, a que estas enactuaciones empeoren, aumenten o disminuyan. Estamos en una matriz relacional donde el papel del adulto como figura reguladora y reparadora es fundamental. “La disociación patológica, una defensa primitiva contra los afectos abrumadores, es una característica clave del trastorno del apego reactivo en la infancia, trastorno por trastorno maltrato infantil, trastorno por estrés postraumático…” (Schore, 2011) Con estos enactment los niños y niñas y los adultos nos comunican esos estados subsimbólicos “no-yo”. Los síntomas del trastorno sugieren esa comunicación; por ejemplo, algunos de los síntomas: frialdad y distanciamiento afectivo; conducta violenta; no sentirse íntimamente ligado a nadie; inestabilidad emocional alta; hacer daño al otro, incluso intencionadamente; quedarse como congelado durante tiempo; combinar épocas de alta intensidad en la actividad diaria con épocas de apagamiento y falta de energía; indiscriminadamente afectuoso con las personas o, por el contrario, inhibición y aislamiento; conducta antisocial (robos, mentiras, engaños, inventarse historias que son reales en su imaginación, pues esta se confunde con la realidad); déficit en la capacidad de permanecer de manera autónoma y adecuada a la edad; no recordar aspectos de lo ocurrido y fácilmente tener olvidos y amnesia; frecuentes e intensas quejas somáticas; hablar de uno mismo en tercera persona. 

La violencia de un niño/a, sobre todo la súbita o desproporcionada, 
sin motivo aparente puede ser la expresión de un estado "no-yo"


Algunos apuntes sobre cómo contribuir a la reparación y favorecer un proceso de recuperación positivo

No podemos decir que no existe remedio ni sanación para estos niños y niñas. Podemos aspirar a la adaptación (a que esquiven "el destino fatal", como diría Cyrulnik, 2020) y en algunos casos a la sanación (superan lo traumático y se abren al amor, al vínculo y la integración de los estados disociativos, Hughes, 2019) Muchas veces, las etiquetas diagnósticas, mal usadas, perjudican mucho porque no nos ayudan a que veamos posible una mejora. He visto, en casi mis treinta años de carrera profesional, evoluciones hacia la fatalidad, pero también recuperaciones increíbles en niños y niñas a los que se les había sentenciado. “Es un psicópata” “No hay nada que hacer” “Ingrésalo en un centro”- se dice de ellos y ellas. Un día dedicaremos una entrada a explicar cómo contribuimos a conseguir evoluciones adaptativas, a largo plazo, en chicos y chicas muy dañados y sentenciados desde niños/as al estigma de la no recuperación, tomados por unos indeseables. No quiero engañar a nadie: han sido evoluciones que han evitado lo peor, las peores consecuencias en estos chicos y chicas: que terminen autodestruyéndose. Y han requerido mucho trabajo de manera continuada, pero ha sido posible. La clave: no tirar la toalla. 

Lo primero, hay que detectar el problema cuanto antes. Si se detecta la disociación patológica cuando se es muy pequeño/a, lo primero y más urgente es proporcionar a ese bebé o niño/a pequeñito/a un entorno de cuidados y reparación interactiva adecuado, con unos padres adoptivos o acogedores bien apoyados, formados y con sus propias infancias sanadas. Personas maduras y estables emocionalmente, fuertes y seguras. Y hasta que no haya un cambio real en las personas que favorecen y causan los estados disociativos, no tener contacto con esos adultos es clave; porque su presencia y modo de interactuar consolida neurobiológicamente el trauma en el cerebro. Recordar, como dice Rafael Benito, es reconsolidar. Lástima que no prime el derecho de los niños/as a ser neuroprotegido, por muy padres que sean. 

Si se detecta más tardíamente (suelen ser niños y niñas con muchas historias de rupturas de contextos de cuidado, con antecedentes tempranos de figuras de apego que les han dañado en forma de maltrato y abandono extremo, y que después han sufrido el síndrome del peloteo, tan perjudicial, del que habla Jorge Barudy, 2005), lo prioritario es que se les proporcione un contexto de cuidados lo más estable posible, con las figuras parentales o educadores conscientes del origen y naturaleza del problema. La reformulación de los síntomas (Barudy y Dantagnan, 2005) es imprescindible, porque las lecturas comportamentales llevan a ciclos de conducta negativa+consecuencias que sabemos que no reparan porque el niño o niña no aprende de la experiencia, la disociación crónica lo impide. 

Juntos seremos más fuertes que la sombra del tsunami


Estos cuidadores han de pedir ayuda profesional especializada. Sabiendo y siendo conscientes de que espera un trabajo largo, arduo y lento. Todos (padres o referentes del niño o niña, traumaterapeuta, tutor escolar, psiquiatra y otras personas significativas) seremos la poderosa red que se entretejerá en torno al niño/a para ayudar a regularse y sostenerle. Es clave que este equipo tenga experiencia en trabajar juntos, sobre todo el traumaterapeuta y el psiquiatra, que compartan un lenguaje y un marco común de intervención. En nuestro caso, la ©Traumaterapia infanto-juvenil sistémica de Barudy y Dantagnan nos ha dado excelentes resultados, por su modelo comprensivo y adaptado al sufrimiento de los niños y niñas. Los padres o cuidadores reciben ayuda especializada, pues la necesitan, tanto porque ellos son protagonistas co-terapeutas como porque necesitan espacio propio de cuidado. 

En la traumaterapia llamamos bloque I al primer bloque de trabajo que busca, sobre una buena base de cuidados, que podamos ayudar al niño/a a "recuperar un estado de bioregulación basal" (Barudy y Dantagnan, 2005); estimular la capacidad de autobservación, para de ahí progresar a la autoconciencia; trabajar la sintonización con sus estados internos y finalmente potenciar desde la corregulación, la autorregulación. Es un trabajo que puede llevar unos cuantos meses, quizá años, y en el que la farmacología juega también un papel coadyuvante.

Para ayudar al niño/a a abordar estos estados "no-yo", disociativos, nos iremos moviendo entre la seguridad y la confrontación (autoridad calmada pero firme), que dice Bromberg (2011). En el marco de la traumaterapia, en la sala de valientes, la psicoterapia especializada supone un cambio de paradigma de lo que como profesionales estamos acostumbrados a hacer. Como dice Schore (2011), de poner énfasis en los contenidos y en las interpretaciones, hemos de subrayar los procesos y ayudar a que las experiencias terapéuticas susciten la emoción en el niño/a y podamos desde ahí -y desde un inconsciente relacional (Schore, 2011) presente en las sesiones-, ayudar al niño/a a que la sombra del tsunami (lo traumático: el terror, la vergüenza, la humillación… sufridas, tan terribles) pierda fuerza, porque hay un tercer elemento (la relación) que es más fuerte que esa sombra. Ponemos más énfasis en el afecto que en las cogniciones, y las técnicas pierden fuerza o quedan supeditadas a las experiencias y lo relacional. Al final la psicoterapia debe ofrecer al niño/a experiencias que pueden modificar el cerebro afectado por el trauma y favorecer su integración desde abajo hacia arriba (Benito, 2020)

Dice Bromberg (2011): "El enactment es un evento disociativo compartido. Se trata de un proceso de comunicación inconsciente que se dirige a aquellas áreas de la experiencia del self del paciente donde el trauma, (ya sea del desarrollo o de inicio en la edad adulta) ha afectado, en un grado u otro, la capacidad de regulación del afecto en un contexto relacional, y por tanto, al desarrollo del self al nivel del procesamiento simbólico de pensamiento y lenguaje. Por lo tanto, una dimensión central de la utilización terapéutica del enactment es aumentar la competencia en la regulación de estados afectivos, lo cual requiere que la relación analítica se convierta en un lugar que permite el riesgo y la seguridad al mismo tiempo – una relación que permite la dolorosa reexperimentación del trauma temprano, sin que el revivir sea solo una ciega repetición del pasado. Es, en el mejor de los casos, una relación que he descrito como “segura pero no demasiado segura” (Bromberg, 2011), con lo cual me refiero a que el analista está comunicando tanto su constante preocupación por la seguridad afectiva del paciente, como su compromiso con el valor del inevitablemente doloroso proceso de reexperimentar". Así conseguiremos reducir el tsunami.

Por eso, la sintonización con los estados internos y ayudar al niño/a a reconocer e identificar esos momentos "no-yo" y ofrecerle reparación interactiva, se convierten en elementos clave a menudo no considerados en la psicoterapia. Del mismo modo, los padres o cuidadores, de la mano del profesional, bien guiados, aprenderán a reconocer las disociaciones, para en el conflicto que surja, mantenerse con consistencia, pero a la vez no abandonando y estando presentes para que el niño o niña no sea devorado o arrastrado de nuevo por la sombra del tsunami. Juntos, niño y niña y figuras de apego, podremos con ello. 

Esta es la esperanza, que puede ser real. 

Para concluir con algo bello, os ofrezco un bello escrito realizado por la psicóloga y traumaterapeuta sistémica Dolores Rodríguez, que refleja bellamente cómo es este proceso de estar presente para contribuir a la sanación de estos estados disociativos que son reflejo de la discontinuidad del self. No puede estar mejor expresado, tan bella y hondamente, como acostumbra a hacerlo Dolores, colaboradora habitual del blog. Creo que este poema refleja muy bien lo que Bromberg denomina salud mental: que el paciente pueda llegar a sentirse yo entre los yoes.

"Sin prisa, con pausas"
Dolores Rodríguez, psicóloga


-Sin prisa, con pausas-

Si pretendo mirar con mis ojos acostumbrados a la luz, 
no alcanzaré a ver lo que aguarda a ser visto en la espesa oscuridad.
Si aspiro a oír con mis oídos acostumbrados al ruido y a las voces,
no lograré escuchar a quien susurra en el silencio.

Junto a ti permaneceré en calma
mientras mis pupilas se adaptan a la ausencia de claridad, 
mientras mis oídos sucumben a la búsqueda de alguna voz en el silencio.

Sin prisa, con pausas. 

Y entonces,
lograré sentir tu miedo por abandonar la oscuridad,
pues en ella encuentras cobijo.
Se me rebelará tu resistencia a iluminar la habitación, 
pues en su penumbra te sientes acogido.
Comprenderé que no debo arrancarte de tu dolor,
pues de él obtienes abrigo.

Sin prisa, con pausas.

Invítame a transitar por tu laberinto interno,
por tenebroso que pueda parecer.
Permíteme acompañarte por cada sendero,
por temeroso que pueda parecer sentir mi compañía.

Sin prisa, con pausas. 

Nos detendremos en cada rincón agrietado por el dolor,
un dolor vivido en soledad, 
protegido por la oscuridad. 
Sentados a su vera,  
nuestra respetuosa presencia dará voz a ese dolor, a tu dolor,
liberándolo de la soledad,
sintiéndose acompañado en la oscuridad.

Y entonces,
tu ira, tu tristeza, tu llanto aflorarán con fuerza desde lo más profundo de tu ser, 
abriéndose camino desde una solitaria penumbra,
logrando alcanzar la claridad que aporta la presencia del otro frente a nosotros, 
frente a nuestro dolor, 
velando por él,
quebrando la eterna soledad que te mantenía en esa inmensa oscuridad.

Sin prisa, con pausas



REFERENCIAS

Barudy y Dantagnan (2005). Los buenos tratos a la infancia. Parentalidad, apego y resiliencia. Barcelona: Gedisa. 

Benito, R. (2020). Bases neurobiológicas y desarrollo en la infancia y la adolescencia. Madrid: El Hilo Ediciones.

Bromberg, P. (2011). La sombra del tsunami y el desarrollo de la mente relacional. Madrid: Ágora relacional.

Cyrulnik, B. (2020). Escribí soles de noche. Literatura y resiliencia. Barcelona: Gedisa.

Hughes, D. (2019). Construir los vínculos de apego. Cómo despertar al amor en niños profundamente traumatizados. Barcelona: Eleftheria.

Schore, A. (2011). Prólogo. En La sombra del tsunami y el desarrollo de la mente relacional. (pp 18-55). Madrid: Ágora relacional.