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viernes, 16 de mayo de 2025

Podcast Capítulo 3: Traumaterapia Sistémica® y su enfoque relacional en la reparación del trauma infantil, por Carolina Saavedra, psicóloga y traumaterapeuta.

 

Podcast Capítulo 3





Para seguir el podcast, click en este vídeo de Youtube:




Damos comienzo a un nuevo proyecto que desde la Traumaterapia Sistémica hemos puesto en marcha. A través de varios capítulos, una serie de podcast, vamos a daros a conocer los fundamentos de este modelo, su metodología, sus modalidades de intervención... Somos más de 800 profesionales repartidos por toda España e Hispanoamérica, que trabajamos aplicándolo después de egresar del Postgrado. 

Participarán los miembros del equipo docente del diplomado, los profesionales que aplican la Traumaterapia en el ámbito de la protección a la infancia (técnicos de infancia, trabajadores sociales, psicólogos, educadores...), la enseñanza (maestros, orientadores...), la psicoterapia (psicólogos que la utilizan en sala de valientes), lo judicial (abogados, educadores, psicólogos...), así como las familias que han trabajado como coterapeutas y han participado llevando adelante una parentalidad terapéutica. 

En este tercer capítulo, nos acompaña Carolina Saavedra, psicóloga y traumaterapeuta. En este podcast nos habla de su trabajo con los niños/as y adolescentes supervivientes de abuso sexual y su asesoría técnica a programas de maltrato especializados en Chile. De cuáles son los aportes de la Traumaterapia Sistémica en el tratamiento de las secuelas del abuso sexual, de su labor al frente del Diplomado de Traumaterapia como coordinadora en Chile-Hispanoamérica, de cómo es el proceso de recuperación de los supervivientes de abuso sexual y de la enorme importancia que tiene la valoración y mirada ecosistémica en este proceso... Ella nos expone su experiencia clínica en un ámbito tan sensible como lo es el acompañamiento a supervivientes de abuso sexual. 

Carolina Saavedra es psicóloga de origen chileno. Actualmente, se desempeña como coordinadora y docente del Diplomado Formación Especializada en Traumaterapia Sistémica Infantil (versión Chile-Hispanoamérica), dirigido por Dr. Jorge Barudy y la Psicóloga Maryorie Dantagnan (Instituto de Formación e Investigación-Acción sobre las Consecuencias de la Violencia y la Promoción de la Resiliencia IFIV), y como asesora técnica de programas especializados en reparación de grave vulneración de derechos infantiles en la Corporación ONG Paicabi. Co-autora de artículos en áreas asociadas a la intervención psicosocial y vulneración de derechos en infancia. También trabaja en consulta privada como psicóloga y psicoterapeuta infantil y de adolescentes. Licenciada en Psicología Universidad de Valparaíso. Diplomada en Formación Especializada para Psicoterapeutas Infantiles IFIV Barcelona. Master en Paidopsiquiatría y Psicología de la Infancia y la Adolescencia, Universitat Autónoma de Barcelona. Magíster en Psicología, Mención Psicología Comunitaria, Universidad de Chile. Diplomada (en línea) en Terapia Narrativa, Pranas Chile y Capacitada (en línea) y teórico-práctica en Terapia Cognitiva Conductual Focalizada en el Trauma, The Medical University of South Carolina – Universidad Santo Tomás.

El blog Buenos tratos, el oficial de la Traumaterapia Sistémica, contribuye encantado a la difusión de estos podcast, que serán una entrada más, esta vez hablada, dentro de toda la información que por aquí compartimos desde hace años.

Ya sabéis que podéis escuchar los podcast a ratos y que es muy cómodo oírlos mientras hacemos otras tareas con las que esta escucha es compatible.

Os dejo con el Capítulo 3.

lunes, 30 de octubre de 2023

Experiencias adversas en la infancia en la era de internet, inteligencia artificial y macrodatos, por Iciar García Varona, doctora en psicología y traumaterapeuta



Experiencias adversas en la infancia en la era de internet, 
inteligencia artificial y macrodatos



Iciar García Varona
Doctora en psicología
Traumaterapeuta


Adicciones conductuales: internet

Hace solo unos días, varios medios de comunicación informaban sobre el encausamiento de varios niños y adolescentes en un caso de vulneración de la intimidad y la propia imagen de un grupo de niñas de entre 11 y 17 años. Mediante el uso de herramientas de Inteligencia Artificial (El País, 2023) crearon presuntamente falsos desnudos con el rostro de las chicas, convertidas en víctimas de una violencia articulada sobre las posibilidades (y los riesgos) de las nuevas tecnologías.

Y no es el único episodio. Han llegado recientes informaciones sobre el riesgo elevado de uso compulsivo de redes en menores entre 12 y 16 años (El Periódico, 2023).







Estas y otras noticias nos alertan sobre la necesaria mirada y atención hacia las nuevas formas de adicción, victimización y exposición temprana a la adversidad que los distintos agentes (padres, iguales, profesores y toda la sociedad en general) hemos de explorar con una finalidad protectora. A su vez, lo abrupto de la entrada en las sociedades actuales de estas nuevas plataformas, susceptibles de ser mal utilizadas con el fin de vulnerar los derechos de las personas y especialmente de la infancia (tenemos conferido un deber de protección), nos ha de inducir a la búsqueda de caminos que, en estos novedosos y en ocasiones desconocidos contextos de posible vulnerabilidad, faciliten y promueva el buen trato y la cultura de no violencia. Por estas razones, vamos a dedicar dos entradas en este blog para profundizar en la experiencia temprana de adversidad y el mundo de las nuevas tecnologías. En estos dos análisis, pretendemos advertir de posibles riesgos que la experiencia temprana de adversidad puede conllevar en torno al uso de Internet.

La primera de ellas, versará sobre la asociación entre las Experiencias Adversas en la Infancia (EAI) y las denominadas adicciones conductuales relacionadas con el uso de Internet, el juego y las compras online. La siguiente entrada (en el mes de noviembre) girará en torno al uso de redes como nuevas formas de victimización y agresión y su relación con las EAI. Aludirán ambos textos tanto a formas de comunicación electrónica (redes sociales, sitios web…etc.) como a todo lo relativo a las nuevas tecnologías (incluida la Inteligencia Artificial)

El primer bloque engloba canales donde se generan comunidades en línea en la que se comparte tanto informacióncomo imágenes vídeos y otros contenidos, siendo así escenarios de relación en las que desplegar herramientas sociales (Kircaburun et al., 2019) que, como sabemos, no siempre están disponibles por distintas circunstancias en niños, niñas y adolescentes o que se desconoce cómo han de ser utilizadas, lo que puede configurarse como un potentefactor de riesgo psicosocial.

Lo cierto es que las experiencias traumáticas están significativamente asociadas con la psicopatología en cada etapade la vida (Frewen y Lanius, 2006) y esto también se aplica al uso problemático de Internet (Dalbudak et al., 2014, Rafla et al., 2014, Schimmenti and Caretti, 2010, Schimmenti et al. otros, 2012).



Cabe en este punto hacer un inciso que pueda servir de recordatorio con respecto a la experiencia temprana de adversidad, que como vamos a ver se conforma como un potente predictor de uso adictivo deredes sociales o como un potencial elemento pronóstico para el uso violento o abusivo de estas. Es importante incidiren la terminología que alude a Experiencias Adversas en la Infancia (EAI) es indicativo de formas de exposición que apuntan a situaciones no únicamente referidas a los malos tratos infantiles, sino que también apunta a experiencias potencialmente traumáticas como la pérdida de un hermano, la violencia de género, el encarcelamiento de uno de los progenitores etc. (p. ej., Atzl et al., 2019; Felitti et al., 1998., Narayan et al., 2017., Negriff, 2020). A su vez, la literatura destinada al estudio de la experiencia temprana de adversidad más reciente, coincide en señalar la inclusión de exposición a la factores estresantes dentro de la comunidad (violencia, factores económicos y sociales desfavorecidos,racismo, xenofobia, etc.) a las categorías tradicionales de EAIs (Cronholm et al., 2015, Finkelhor et al., 2015), lo que se sumaría al conocimiento existente sobre la relación entre los factores contextuales y el abuso, maltrato y traumainfantil (Wolff et al., 2018) y alerta sobre distintas formas de exposición no contempladas con anterioridad y quealuden a contextos desfavorecidos o desnutridos de oportunidades y de dinamismo social y económico.

La Adicción a Internet es un trastorno del control de impulsos que se refiere a un comportamiento desadaptativo y persistente que genera angustia y provoca un deterioro funcional significativo (Young, 1998). La creciente prevalencia de adicción a Internet se ha relacionado con escasa capacidad de autorregulación y estabilidad emocional en muestras de adolescentes estudiados (Sasmaz et al., 2014 y Dong et al., 2021). Uno de los modelos que han influido en la adicción a Internet es el denominado modelo de Interacción-Persona-Afecto-Cognición (I-PACE), que indica que factores biopsicológicos como las EAI contribuyen a adicción a Internet (Brand et al., 2016 y 2019) que afectarían al desarrollo cerebral y, por lo tanto, al control inhibitorio de conductas asociadas a la adicción a Internet.


Figura 1. I-PACE Model


Existe una estrecha relación entre las EAI y la desregulación afectiva (Burns et al., 2010, Poole et al., 2017). La ciencia psicológica ha ido estableciendo relaciones entre la desregulación afectiva y distintos modos de adicción conductual como puede ser el juego y el uso de redes. La literatura en este sentido advierte de cómo las experienciasinfantiles adversas aumentan el riesgo de adicciones a sustancias y comportamientos (Konkolÿ Thege et al., 2017), incluidos los juegos en línea (Bussone et al., 2020). Las personas con antecedentes de EAI podrían intentar lidiar conlos problemas psicológicos, físicos, emocionales y sociales mediante el uso excesivo de redes y adicción al juego en línea, lo que se explicaría por una asociación con la desregulación del sistema de recompensa de dopamina (Kuss et al., 2018), una mayor impulsividad (Şalvarlı y Griffiths, 2019) y mayores síntomas de psicopatología, como ansiedad y depresión (Bargeron y Hormes, 2017). Es relevante observar cómo el uso de Internet podría servir como una estrategia de afrontamiento desadaptativa para personas con dificultades en la regulación de las emociones, de manera que Internet sea concebido como un distractor de emociones de corte negativo y de escape de una realidad hostil o como un mediador que amortigüe sentimientos de soledad, depresión o sentimientos ansiógenos (Spada y Marino, 2017; Moet al., 2018).

Como ya sabemos, las habilidades en la regulación de las emociones se han relacionado en gran medida con las experiencias con los cuidadores durante la infancia y los estilos de apego (Musetti et al., 2018; Schimmenti, 2016). Así, podemos ver como en algunos estudios revisados se describía la capacidad de regulación de las emociones como un mediador significativo en la relación entre la calidad de la relación entre padres y adolescentes y el uso problemático de Internet, siendo que una buena relación entre padres y adolescentes se asocia positivamente con la capacidad de regulación de las emociones de los adolescentes y, al mismo tiempo, se asociaba negativamente con el uso problemático de Internet (Wang et al., 2018 ). Lo mismo ocurre en lo que respecta a la calidad de la relación entre padres y adultos jóvenes y el uso problemático de las redes sociales (Liu y Ma, 2019; Yu et al., 2013), siendo que elevados niveles de percepción en calidad en las relaciones paterno – filiales se asocia a una mejor capacidad regulatoria a nivel emocional en los chicos y las chicas y, por lo tanto, a un uso adecuado de redes sociales e Internet. En este mismo sentido, un apego deficiente predice el uso problemático de Internet en los adolescentes (Estévez etal., 2017; Karaer y Akdemir, 2019). De nuevo la regulación emocional es un importante elemento mediador en este tipo de asociaciones. En estos estudios al apego ansioso se configura como un importante predictor del uso adictivo de Internet como medio de regulación, siendo menos probable que las personas evasivas utilicen estrategias de regulaciónen línea desadaptativas (Ceyhan et al., 2019).

La falta de apoyo social como parte de la cognición social que subraya el modelo I- PACE puede predisponer a unuso excesivo de Internet (Brand et al., 2016), lo que puede convertirse en adicción a Internet, como han determinado varios estudios de menores víctimas de adversidad temprana por maltrato, cuya percepción de apoyo social es claramente negativa ante la indisponibilidad de sus cuidadores (Negriff et al., 2019). En sentido contrario, la percepción positiva de apoyo social de los adolescentes se asoció con un menor nivel de desregulación emocional, que a su vez se asoció con un menor nivel de uso problemático de Internet (Mo et al; 2018). Un buen apoyo social desempeñará un importante papel mediador en los efectos adversos del estrés tóxico en los primeros años de vida, lo que aportará factores psicológicos positivos y reducirá el riesgo de adicción a Internet (Negriff et al., 2019). Por el contrario, si no hay conexiones sociales estimulantes en el mundo real, será más fácil que niños, niñas y adolescentes establezcan relaciones más estrechas en el mundo virtual de Internet donde adquieren sentido de pertenencia, disfrutan del placer lúdico que no alcanzan en espacios naturales y donde liberan emociones que en otros escenarios no consiguen aliviar, lo que aumentará el riesgo de adicción a Internet (Jia et al., 2018).

Otro de los elementos asociados al afrontamiento traumático de la experiencia temprana de adversidad y en estrecha relación con la regulación emocional alude a la disociación como una fórmula “neuromental”, que contribuye automáticamente a la sobremodulación de los estados emocionales a través de reacciones de evitación de la realidad interna y externa (Cavicchioli et al., 2021). La disociación puede interferir con las conexiones entre los afectos, las cogniciones y el control voluntario de la conducta al influir en el desarrollo de la alexitimia y dar como resultado la disociación de los componentes fisiológicos, cognitivos y afectivos de las emociones. Tanto la disociación como la alexitimia se han considerado alteraciones de la percepción emocional que ayudan a los sobrevivientes de un trauma a gestionar estados afectivos abrumadores o difíciles (Craparo et al., 2014). Estudios recientes revelan que una combinación de alexitimia, experiencias disociativas, baja autoestima y desregulación de los impulsos pueden ser un factor de riesgo de adicción al uso de Internet (De Berardis et al., 2021); además de indicar que la realidad virtual induce o favorece la disociación, estableciendo así un doble vínculo causa-efecto.

Todo este cuerpo teórico invita a concluir en tres líneas fundamentales:

-Como adultos y por lo tanto agentes de protección del mundo y del bienestar infantil, hemos de estar atentos las conductas de reclusión y evitación que pueden estar relacionadas con la adicción conductual al uso de Internet, tratando de buscar las causas que subyacen a este tipo de situaciones, con el fin de prevenir y procurar la necesaria atención a la experiencia temprana de adversidad.

-A nivel terapéutico, resaltar la visión de que el niño o la niña emiten “respuestas” a la amenaza percibida, en un contexto de supervivencia y adaptación al entorno y a sus relaciones. Las experiencias definidas como «síntomas» se entienden mejor como reacciones a la amenaza o «estrategias de supervivencia»” (Johnstone y Boyle, 2018, p.21). Con estas premisas se hace necesario que antes de desproveer de estas estrategias (en el caso que nos ocupa, la adicción a Internet), el profesional sea respetuoso con el tiempo y el avance del niño en la co-construcción de nuevos recursos más adaptativos y menos perjudiciales, sin obviar que únicamente dentro de un entorno protegido y seguro el niño o la niña podrá ponerlos en práctica. Dentro del marco de intervención de la Traumaterapia de Barudy y Dantagnan, el trabajo por bloques, indicará cuando el niño o la niña está los suficientemente estabilizados para iniciar esta translación recursiva.

-Por último, indicar que son necesarias relaciones de calidad con los cuidadores principales y con el grupo social como maquinaria preventiva en el ámbito del uso excesivo y/o patológico de Internet y otros tipos de tecnologías, donde los niños, las niñas y adolescentes vean satisfechas sus necesidades afectivas y de relación y, en general, dedesarrollo. Se hace necesario ofrecer contextos en los que el desarrollo emocional infantil sea reconocido, compartido y satisfecho a través de un/unos otro/s disponibles, accesibles, sostenedores y reparadores. Estas relaciones se han de procurar dentro de contextos ricos, dinámicos y estimulantes donde exista un flujo óptimo de comunicación afectiva y empática.

Bibliografía

Atzl, V. M., Narayan, A. J., Rivera, L. M., & Lieberman, A. F. (2019). Adverse childhood experiences and prenatal mental health: Type of ACEs and age of maltreatment onset. Journal of family psychology, 33(3), 304.

Brand, M., Wegmann, E., Stark, R., Müller, A., Wölfling, K., Robbins, T. W., & Potenza, M. N. (2019). The Interactionof Person-Affect-Cognition-Execution (I- PACE) model for addictive behaviors: Update, generalization toaddictive behaviors beyond Internet-use disorders, and specification of the process character of addictive behaviors. Neuroscience & Biobehavioral Reviews, 104, 1-10.

Brand, M., Young, K. S., Laier, C., Wölfling, K., & Potenza, M. N. (2016). Integrating psychological andneurobiological considerations regarding the development and maintenance of specific Internet-use disorders: An Interaction of Person- Affect-Cognition-Execution (I-PACE) model. Neuroscience & Biobehavioral Reviews,71, 252-266.

Burns, E. E., Jackson, J. L., & Harding, H. G. (2010). Child maltreatment, emotion regulation, and posttraumatic stress: The impact of emotional abuse. Journal of Aggression, Maltreatment & Trauma, 19(8), 801-819.

Bussone, S., Trentini, C., Tambelli, R., & Carola, V. (2020). Early-life interpersonal and affective risk factors forpathological gaming. Frontiers in psychiatry, 11, 423.

Cavicchioli, M., Scalabrini, A., Northoff, G., Mucci, C., Ogliari, A., & Maffei, C. (2021). Dissociation and emotionregulation strategies: A meta-analytic review. Journal of Psychiatric Research, 143, 370-387.

Ceyhan, E., Boysan, M., & Kadak, M. T. (2019). Associations between online addiction attachment style, emotionregulation depression and anxiety in general population testing the proposed diagnostic criteria for Internet addiction. Sleep and Hypnosis, 21(2), 123-139.

Craparo, G., Ardino, V., Gori, A., & Caretti, V. (2014). The relationships between early trauma, dissociation, andalexithymia in alcohol addiction. Psychiatry investigation, 11(3), 330.

De Berardis, D., D'Albenzio, A., Gambi, F., Sepede, G., Valchera, A., Conti, C. M., ... & Ferro, F. M. (2009).Alexithymia and its relationships with dissociative experiences and Internet addiction in a nonclinical sample. CyberPsychology & Behavior, 12(1), 67-69.

Dong, X., Zhang, R., Zhornitsky, S., Le, T. M., Wang, W., Li, C. S. R., & Zhang, S. (2021). Depression mediates therelationship between childhood trauma and Internet addiction in female but not male Chinese adolescents andyoung adults. Journal of clinical medicine, 10(21), 5015.

Estévez, A. N. A., Jáuregui, P., Sanchez-Marcos, I., López-González, H., & Griffiths,

M. D. (2017). Attachment and emotion regulation in substance addictions and behavioral addictions. Journal ofbehavioral addictions, 6(4), 534-544.

Karaer, Y., & Akdemir, D. (2019). Parenting styles, perceived social support and emotion regulation in adolescents withInternet addiction. Comprehensive psychiatry, 92, 22-27.

Kircaburun, K., Griffiths, M. D., & Billieux, J. (2020). Childhood emotional maltreatment and problematic socialmedia use among adolescents: The mediating role of body image dissatisfaction. International Journal of MentalHealth and Addiction, 18, 1536-1547.

Konkolÿ Thege, B., Horwood, L., Slater, L., Tan, M. C., Hodgins, D. C., & Wild, T. C. (2017). Relationship betweeninterpersonal trauma exposure and addictive behaviors: a systematic review. BMC psychiatry, 17, 1-17.

Kuss, D. J., Pontes, H. M., & Griffiths, M. D. (2018). Neurobiological correlates in Internet gaming disorder: asystematic literature review. Frontiers in psychiatry, 9, 166.

Liu, Q. (2011). Relationship between emotion regulation strategies and emotion regulation competence of adolescent.Psychological Research, 4, 37-43.

Mo, P. K., Chan, V. W., Chan, S. W., & Lau, J. T. (2018). The role of social support on emotion dysregulation andInternet addiction among Chinese adolescents: A structural equation model. Addictive behaviors, 82, 86-93.

Musetti, A., Terrone, G., & Schimmenti, A. (2018). An exploratory study on problematic Internet use predictors: Whichrole for attachment and dissociation?. Clinical Neuropsychiatry, 15(1).

Negriff, S., Cederbaum, J. A., & Lee, D. S. (2019). Does social support mediate the association between maltreatmentexperiences and depressive symptoms in adolescence. Child maltreatment, 24(2), 203-212.

Poole, J. C., Kim, H. S., Dobson, K. S., & Hodgins, D. C. (2017). Adverse childhood experiences and disordered gambling: Assessing the mediating role of emotion dysregulation. Journal of Gambling Studies, 33, 1187-1200.

Şalvarlı, Ş. İ., & Griffiths, M. D. (2019). The association between Internet gaming disorder and impulsivity: Asystematic review of literature. International Journal of Mental Health and Addiction, 1-27.

Şaşmaz, T., Öner, S., Kurt, A. Ö., Yapıcı, G., Yazıcı, A. E., Buğdaycı, R., & Şiş, M. (2014). Prevalence and risk factorsof Internet addiction in high school students. The European Journal of Public Health, 24(1), 15-20.

Schimmenti, A. (2016). Dissociative experiences and dissociative minds: exploring a nomological network ofdissociative functioning. Journal of Trauma & Dissociation, 17(3), 338-361.

Spada, M. M., Nikčević, A. V., Moneta, G. B., & Wells, A. (2008). Metacognition, perceived stress, and negativeemotion. Personality and Individual Differences, 44(5), 1172-1181.

Young, K. S. (1998). Internet addiction: The emergence of a new clinical disorder. Cyberpsycholoy & Behavior, 1, 237-244.

Yu, J. J., Kim, H., & Hay, I. (2013). Understanding adolescents’ problematic Internet use from a social/cognitive and addiction research framework. Computers in Human Behavior, 29(6), 2682-2689.

lunes, 25 de abril de 2022

Abuso sexual: el ciclo del miedo, mesa de experiencias en las V Conversaciones sobre apego y resiliencia infantil, San Sebastián, 6 y 7 de mayo de 2022. ¡Última semana para inscribirse!


Conociendo a los ponentes de las V Conversaciones
y los temas sobre los que nos hablarán


Programa e inscripciones

https://joseluisgonzalo.com/producto/v-conversaciones-sobre-apego-resiliencia-infantil/ 

Hoy presentamos a:

La Mesa de experiencias 1 y sus protagonistas


Maryorie Dantagnan
Psicóloga y traumaterapeuta


Ester Cabanes Vall
Educadora social
Directora Infancia y Juventud Generalitat Catalunya


Dolores Rodríguez Domínguez
Psicóloga y traumaterapeuta

José Luis Gonzalo Marrodán
Psicólogo y traumaterapeuta

Tengo el gusto y el placer de presentaros la última mesa de experiencias y por añadidura a las últimas -pero no por ello menos importantes, last but not least- ponentes que participarán en las V Conversaciones sobre apego y resiliencia infantil. Es un honor para mí participar en esta mesa, co-animándola, junto con mi amiga, colega y profesora Maryorie Dantagnan, y acompañando a dos expertas en el tema de los abusos sexuales y con amplia experiencia en este delicado tema: Ester Cabanes Vall y Dolores Rodríguez Domínguez.

Como os he dicho en otras ocadiones, las mesas de experiencias siempre han sido idiosincrásicas de las Conversaciones. En esta edición, Maryorie Dantagnan, Dolores Rodríguez, Ester Cabanes y servidor de ustedes, José Luis Gonzalo, pondrán encima de la mesa para el debate el ciclo del miedo que invade a los adultos cuando tienen noticia de un abuso sexual perpetrado sobre una persona menor de edad, las reacciones que coluden con la ley del silencio y los argumentos racionales que refuerzan ese ciclo. De este modo, el abusador vive de ese silencio que lo enmascara y le mantiene en la impunidad, causando más víctimas; y estas sufren en silencio, crecen traumatizadas y sin posibilidad de resarcimiento y reparación. El abuso sexual es dañino para el desarrollo de las niñas y niños, pero también lo es estar sólo/a y sin ningún tipo de apoyo y ayuda; esto dificulta mucho la resiliencia, es complicado que esta emerja en soledad.
En esta mesa pretendemos concienciar de que una ley de protección infantil solo será un brindis al sol si no afrontamos este miedo de los adultos. De este ciclo del miedo, expresión de la psicóloga y traumaterapeuta Dolores Rodríguez, hemos hablado recientemente en el blog, si lo seguís recordaréis su artículo sobre este tema. Para revisarlo, podéis hacer clic AQUÍ. Precisamente la preocupación por este tema ha hecho que el comité organizador de las Conversaciones quiera ponerlo encima de la mesa y hablarlo claramente; porque sólo así podremos ser conscientes del miedo que nos atrapa ante los impedimentos y el silencio al que, todavía, muchas instituciones tratan de arrastrarnos. 

Un miedo que lleva a que los ojos no vean lo que no quieren ver, tal y como decía el gran John Bowlby.

Vídeo qué es Barnahus

En esta mesa hablaremos sin tapujos, pondremos encima de la mesa para el debate los grandes escollos, miedos, dificultades, ausencia de protocolos, distorsiones y creencias falsas que impiden que los niños y niñas sean protegidos de los abusos sexuales. Los participantes de la mesa nos compartirán sus experiencias reales en este ámbito. Además, conoceremos el proyecto BARNAHUS, que ya funciona en Catalunya de la mano de su valedora e impulsora, Ester Cabanes, actualmente directora de infancia y juventud de la Generalitat de Catalunya, y los primeros pasos de la implantación de este proyecto en Euskadi.

No quiero ver, ni hablar ni oír nada sobre un posible abuso sexual a una niña/o



Dicen que la sabiduría está representada por una escultura en la que tres monos no hablan (uno se tapa la boca con la mano), no oyen (otro se tapa los oídos con la mano) y no ven (el último se tapa los ojos con la mano). Aplicado a los abusos, en realidad sería la representación de las defensas para evitar el miedo a la revelación.

lunes, 7 de marzo de 2022

"Mírame", un relato de Dolores Rodríguez Domínguez, psicóloga

Mírame

Un relato de Dolores Rodríguez Domínguez

Psicóloga y Traumaterapeuta sistémica 

Mírame, ¿me recuerdas?

Es muy probable que no. Ha pasado mucho tiempo, a mí se me ha hecho eterno. Puedo confesarte que he deseado mil y una vez desaparecer, acabar con mi pobre y patética existencia. Quizás algún día, si tú quisieras podría hablarte sobre esos tristes deseos. Deseos que a punto he estado de lograr alcanzar, de hacer realidad. No hay día que no me castigue por haber sobrevivido a lo que fue mi propio exterminio. El sufrimiento que provoco en los demás y a mi misma es a veces intolerable. Quisiera poder hablarte de lo que siento cuando mi necesidad vital es dejar de respirar. Pero hoy no será ese día. 

Volvamos a hablar de nosotras. ¿Puedes hacer memoria?. La mía, parece haber olvidado su función, pues se esfuerza en que yo no recuerde. ¿Te lo puedes creer?. Una memoria que se esfuerza por no recordar. Podría parecer una cruel broma, ¿verdad? Pero desgraciadamente no lo es. Quizás después de hablar contigo, de escucharme,  y descubrir quién soy, desearías tener una memoria como la mía, que te llevase a olvidar, olvidar todo aquello que no hiciste o que hiciste sin pensar o que hiciste cabalgando sobre tu propio miedo. Pero no lo pienses ahora. Espera a acabar.


Foto: alamy.com

Por el gesto de tu rostro, parece que todavía no adivinas quién soy, ni qué hiciste por mí. ¿Te intriga?, ¿ni siquiera lo sospechas?

Quiero contarte que tú fuiste una persona muy importante para mí. No te imaginas cuánto. El día que te conocí yo me sentía aterrada, perdida, tremendamente sola, muda. Desde entonces mis días se parecen mucho a ese maldito día,  pues siento ese mismo terror y soledad. Algunos incluso, pueden llegar a ser más aterradores, y mi mente entonces se ocupa de buscar y ofrecerme mi deseado alivio. 

Necesito escucharme a mi misma diciéndome que entonces no sabías lo importante que eras para mí. Quiero pensar que de haberlo sabido habrías podido alzarte furiosa para romper la jaula donde  me mantenían presa, sola, terriblemente asustada. Incapaz de mantenerme erguida por el peso de la vergüenza, del miedo. Sólo necesitaba tu respeto, tú compasión, que tus ojos se fijasen en mí, que tu alma descubriera la mía.  Que desde donde tú te encontrabas, fuera de la jaula que a mí me atrapaba, buscaras la manera de abrir mi puerta para que pudiera salir. Pero nada de eso ocurrió. Y lejos de abrir la puerta de mi jaula, pasaste una vuelta más a la llave del candado que me custodiaba. Y ese día me condené, me condenaste a ser un alma sin luz,  un cuerpo sin corazón. 

Tu ceño fruncido parece comenzar a reflejar que tu memoria comienza a despertar ¿Vas recordando algo de lo que te cuento?

¿Qué te llevó a no poder ni siquiera intentar salvarme de mi terrible sufrimiento, de defender mi libertad?


Desde entonces, mi vida dejó de llamarse vida. A veces, me parece sentir que todavía permanezco presa dentro de mi jaula, queriendo romper desesperadamente los barrotes que me impiden salir. Sintiendo que me quemo por dentro y por fuera. Otras, en cambio, soy yo misma la que aterrada por el mundo corro casi sin aliento a esconderse tras esos fríos barrotes, candando la puerta tras de mí, tragándome la llave para impedir que nadie entre  ni yo misma vuelva a estar tentada por salir.

¿Cómo hubiera sido mi vida si con la llave de tu valentía hubieras abierto la puerta de mi jaula? ¿Si me hubieras ofrecido tu mano, para aferrada a ella poder vencer mi temor, mi vergüenza, y bajo tu protección acompañarme a un lugar seguro alejada de los monstruos que deseaban  poseer mi alma? 

Me temo decirte  y decirme a mí misma que nunca lo sabremos, que nada de eso está ya a mi alcance, pues esos bestiales monstruos lograron hacerse con mi cuerpo, absorbiendo mi corazón y  quebrando mi mente. Ellos triunfantes, y yo derrotada.

Foto: aigolocis.com

Y desde entonces…. 

Distinguir el día de la noche, no me resulta nada fácil pues mi oscuridad va más allá de la puesta y la salida del sol que tus ojos contemplan y disfrutan.

Distinguir la dulce realidad de la crueldad de mis recuerdos es tremendamente doloroso,  pues mi mente no confía en ella misma. ¿Cómo podría hacerlo si cuando lo necesitó nadie le dio la oportunidad de hacerlo? Si cuando quiso gritar su dolor, lo que ella sabía, no encontró quien supiera escuchar, pudiera entender, quisiera creer.

¿Recuerdas haberlo hecho tú?

Creo que ahora tus ojos hablan por ti, pues tu mirada parece poder traspasar mi cuerpo. Reconozco esa forma de mirar sin ver. ¿A dónde te ha trasportado tu mente?  Estás recordando, ¿no es cierto? 

Nunca lograré olvidarte ni olvidar tu cara, aunque a veces no logre recordar o  reconocer la mía cuando me miro al espejo. Es por eso, que necesito que recuerdes por mí, que  recuerdes mi cara, mi silencio, mi terror, mi dolor. El que tuve en mi pasado cuando sólo era una niña, y el que siento ahora, que soy una mujer. 

Tu mano colocada sobre tu pecho, intenta recuperar las riendas de tu desbocado corazón. Ahora  se ve agitado por todas las imágenes que inundan tu memoria adormecida. Imágenes que te hablan de aquel día que nos conocimos. De lo importante que hubieras podido ser para mí devolviéndome mi libertad. De lo importante que acabaste siendo negándomela. 

Un torrente de emociones golpean sin control tu corazón, hiriéndolo pero no de muerte. Es la culpa, el remordimiento por haberte dejado vencer por el miedo, sin pelear como la batalla lo merecía. Como yo lo merecía.

Estoy segura de que ya recuerdas la niña que fui, pues ahora puedo ver  la desolación que muestra tus ojos, la misma que sentí entonces. ¿Estás viéndome verdad?.

Tú sentada frente a mí. Mi cuerpo temblando por dentro y el tuyo por fuera. Lo mismo que tiembla ahora. De haber sabido la profunda desolación en la que ibas a dejarme enterrada ¿hubieras buscado ayuda para dejar de temblar e intentar abrir mi puerta?.

Quisiera pensar que sí.

Es por eso, que ahora que conoces mi historia, nuestra historia, necesito que luches contra tu memoria, para evitar que quiera olvidar. Que olvide lo terrible que fue y sigue siendo lo vivido entonces. Lo terrible que fue que no me abrieras la puerta. No debes permitirlo. Te lo pido acurrucada desde mi oscuridad, franqueada por mis monstruos. Debes saber que si tu mente lo lleva al eterno olvido continuaras cerrando puertas de otras muchas jaulas. Como hiciste con la mía.

Campaña Save The Children

Y, entonces, muchas más vidas dejarán de llamarse vidas. Y los dueños de esas “no vidas” desearán dejar de existir en ellas, como he podido desearlo yo, como he podido intentarlo yo.

Sí, yo soy aquella niña. Aquella que tuvo que callar su dolor, amordazada por la cobardía e ignorancia de los ojos que la miraban. ¿Fueron los tuyos unos de ellos?

No seré yo quien te dé la respuesta. 

Foto: https://es.123rf.com

Y sí, soy yo aquella niña.. Aquella de las trenzas perfectas, de los ojitos verdes, de la faldita de tablas azul. Sentada frente a ti, dentro de mi jaula, temblando por dentro.

lunes, 20 de diciembre de 2021

El ciclo del miedo ante el abuso sexual, por Dolores Rodríguez Domínguez, psicóloga


Firma invitada

Dolores Rodríguez Domínguez


Nuestra sociedad bajo el pesado yugo del miedo: librarnos es nuestro gran reto pendiente para que las víctimas de abuso sexual en la infancia y adolescencia y sus familias se sientan arropadas por el cálido manto protector que entre todos y todas debemos tejer. 

Las informaciones publicadas en el periódico El Diario Vasco, el 18 de noviembre de 2021 sobre los datos que recoge el último informe realizado por Save the Children en torno a las cifras registradas de denuncias por abuso sexual a menores son abrumadoras y angustiantes. Cito textualmente: [A diario más de 15 niños y adolescentes denuncian haber sido víctima de abuso sexual ante la policía y los jueces. En 2020 fueron 5.865 las denuncias con menores víctimas…”Son cifras para la vergüenza”….., ....“se trata de un problema invisibilizado y desatendido desde el ámbito político y judicial.” Afirma Andrés Conde, director general de esta ONG.]. Y desde luego, razón no le falta. Cada vez son más habituales las publicaciones relacionadas con esta realidad tan dolorosa y sangrante, que nos habla de la crueldad y sufrimiento que nuestros niños, niñas y adolescentes están padeciendo, y cómo los organismos políticos y el sistema judicial actuales siguen sin estar a la altura para poder garantizar la protección y seguridad de los/as menores y sus familias. 

Estos informes estiman que sólo en un 15% de los casos se llega a denunciar, y que las víctimas en España podrían situarse entre 800.000 y el millón. Si la cifra de denuncias realizadas puede hacernos estremecer, éste cálculo estimado de las posibles víctimas puede llevarnos a un estado de temor intenso como sociedad. 

Si a todo esto le añadimos, los datos también publicados sobre el porcentaje de casos denunciados que se desestiman, que no llegan a cruzar ni siquiera las puertas de las salas de los juzgados, entonces puede llevarnos a la pérdida de la seguridad y confianza en la justicia. Dejándonos en la más profunda desesperación y desesperanza. 

 

Justicia
Foto: desdelaplaza.com

 

Dar a conocer todos estos datos supone una denuncia pública de las deficiencias del propio sistema judicial. Una reclamación más que justificada para exigir una mejora en los recursos ya existentes. Recursos que deberían garantizar la cobertura y protección a menores víctimas de violencia o abuso sexual, cualquiera que fuera su tipología, y que a día de hoy no logran hacer.

Pero si permanecemos atentos y observamos el sentir y el actuar de la población, podremos descubrir que también infunde, sin que esa sea su intención, una tremenda alarma y miedo en la sociedad. Inseguridad en las familias, en las/os menores de edad, y en los/as profesionales que debemos velar por garantizar la seguridad y la protección de las víctimas y sus familias. 

Alarma, inseguridad, temor, desesperación, desesperanza, todas estas emociones y sensaciones de peligro, que van filtrándose lentamente en los cuerpos y mentes de todos y todas, y que como consecuencia de ello, activarán nuestro sistema nervioso autónomo. Según la Teoría Polivagal (Stephen W. Porges), éste será el sistema encargado de poner en marcha los mecanismos de defensa, de lucha, huída o bloqueo, para hacer frente a cualquier situación percibida como amenazante o peligrosa.

¿Es éste nuestro problema?, ¿que se activen nuestros sistemas de defensa? Muy probablemente no, pues estos vienen programados de forma biológica y son necesarios para la supervivencia de la especie. Sin embargo, no darnos cuenta de que a través de ellos no logramos regular ni reducir nuestro miedo, quizás si pudiera serlo. 

Y es que, bajo el pesado yugo del miedo, lograr que la sociedad pueda hacer frente a una situación de abuso sexual sufrida por un/a menor, se puede convertir en un “sálvese quien pueda”. Y así, unos y otros, nos dejaremos llevar por las señales de peligro que nuestro cuerpo capta sin intentar entender por qué nos estamos sintiendo de ese modo y por qué actuamos del modo en que lo hacemos [negando/minimizando el impacto que ha podido tener la experiencia de abuso en el/la menor, apostando por las capacidades innatas de los/as niños/as por llegar a una auto-sanación, confiando en que la memoria de los/as más pequeños/as no recordarán lo ocurrido, confiando que sea el otro quien intervenga o tome parte, justificando nuestra no actuación por la ineficacia de la justicia…].

Sin darnos cuenta y muy a nuestro pesar, nos convertiremos en mensajeros de más desesperanza, inseguridad, y miedo que impactarán de lleno en las víctimas y sus familias.

 

El código del miedo
Imagen: blog.cristianismeijusticia.net


Ayudar a las familias en su propio miedo y desborde, cuando nos encontramos igualmente asustados y desbordados, se convertirá en un imposible. Dando origen a un imparable “Ciclo disregulador” (Porges, 2020).

Atrapados en este ciclo, fracasaremos en el desempeño de la función co-reguladora que tanto necesitan estas familias para lograr regular su estado de profunda inseguridad y desprotección. Nuestro miedo y el de las familias crearán una alianza sólida, logrando que permanezcamos conjuntamente “In-Movilizados” por él.

Y como consecuencia, tampoco lograremos construir un entorno seguro y protector para las víctimas, pues ellas se verán expuestas a la propia desregulación y miedo de sus familias, de la sociedad.

Ante esta situación, familias y víctimas quedarán, solas, abandonadas por todos y todas y acompañadas por el miedo. A la deriva y a merced de sus propios sistemas de defensa permanentemente activados para hacer frente a la gran amenaza y sufrimiento que supone la situación de abuso, así como un posible proceso judicial. Los mecanismos de afrontamiento como la huída, el bloqueo, y la lucha (Stephen W. Porges) serán sus únicas armas para defenderse, y en la gran mayoría de las ocasiones se mantendrán activadas por la soledad, el secretismo, la vergüenza y el silencio. 

Pero, ¿sería este escenario el idóneo para fomentar los procesos resilientes (Jorge Barudy) en las/os menores víctimas de abuso sexual? Me temo que no. No debemos olvidar, que son los contextos (interpersonales) protectores y seguros los que favorecen los procesos resilientes en las personas que han sufrido situaciones traumáticas. Pero, ¿estaríamos siendo conscientes de la gran importancia de los mismos? Me temo que no siempre.

Ante todo lo expuesto, tendría sentido pensar que sería nuestro deber y responsabilidad, conocer este proceso de activación de nuestras estrategias defensivas movilizadas por el miedo. De cómo nos puede condicionar a la hora de actuar y de qué podemos hacer para liberarnos y liberar a las víctimas y sus familias de su efecto. 

Pero ¿Cómo lograrlo?

Las luchas en solitario desprotege al guerrero, pues aunque albergue enorme energía que le moviliza para la pelea, no sentir el arrope de su batallón puede llevarle al peor de los finales: al abandono o al agotamiento total. 

Frente a una lucha de esta envergadura, como es el abuso sexual en la infancia y en la adolescencia, no podemos emprender una batalla en solitario. Debemos lograr inocular en la sociedad una cultura basada en el cuidado mutuo, donde la preocupación de todos y todas sea garantizar el bienestar colectivo. Generar un sentido de responsabilidad frente a los colectivos más débiles y desprotegidos.

 

Dibujo de una niña

 
Como sociedad, debemos lograr sensibilizarnos frente al abuso sexual y la violencia contra cualquier colectivo, sin distinción alguna, para lograr una movilización colectiva protectora. No debemos permitir quedarnos amparados por el impacto del miedo, pues debilita nuestros recursos como sociedad, y nos lleva a la inmovilización, y por extensión a la desprotección de todos y todas.

“Nada en la vida debe ser temido, solamente comprendido. Ahora es el momento de comprender más para temer menos” Marie Curie.

Es momento de comprender nuestro miedo y el de la sociedad, de comprender cómo condiciona nuestro funcionamiento y de cómo nos hace sentir y cómo podemos hacerles sentir a los demás. De comprender que permaneciendo en los estados de miedo nuestra capacidad de co-regulación se repliega, emergiendo comportamientos centrados en la supervivencia y protección individual y no la colectiva.

Comprender el poder del comportamiento social, comportamiento que nos lleva a mantener la cercanía y proximidad con los demás. Comprender los beneficios de la conectividad social como sistema de regulación fisiológico y emocional (Dr. Stephen W. Porges, 2020). De cómo sentirnos conectados reduce y regula de forma recíproca nuestra sensación de miedo y el impacto desorganizador o paralizante del mismo. 

Comprender que permanecer conectados nos protege, nos hace sentir seguros para “poder desafiar al mundo y que el mundo nos desafíe” (Dra. Sue Carter, 2020). Sólo así podremos superar los difíciles obstáculos que nos impongan en nuestro camino, y podremos tener la posibilidad de reparar el daño sufrido. 

 



Disponer de un sistema judicial versado en leyes defensoras del bienestar del menor y donde se preserve en la práctica el interés superior del menor, es un pilar fundamental del que no podemos prescindir. Y desde luego nos queda un largo y agotador camino que recorrer. Pero si lo que pretendemos es llegar a recorrerlo hasta el final, debemos cargar nuestras mochilas de viaje de abundante antídoto contra el miedo. Elaborado con los valiosos ingredientes como son la movilización, compasión, comprensión y la protección del grupo. Parece claro que el sistema judicial no está a la altura pero, ¿y la sociedad?, ¿logra estarlo? Me temo que todavía no.

Si queremos promover el proceso a través del cual las familias puedan sentirse seguras para poder hacer el acompañamiento de sus hijas/os que desgraciadamente han sufrido situaciones de abuso sexual, y puedan actuar desde el empoderamiento, debemos lograr que se sientan arropados y aupados por nosotros/as, por todas las personas, por la sociedad.

Como expresa el siguiente relato, “prestar nuestras alas” a quien ha podido perder las suyas, hasta que se sientan seguros para sustituir las alas robadas, y recuperar la seguridad para volver a volar con ellas. Informar e informarnos como ciudadanos y formarnos concienzudamente como profesionales para poder ser igual de sabios que “el viento”, capaz de impulsar a quien lo necesita para no decaer y mantener el vuelo con seguridad hasta llegar al destino final: “volver a sentirse libres surcando el cielo”.

Te presto mis alas
Un relato de Dolores Rodríguez Domínguez

Personajes alados de Yoi
Imagen: aminoapps.com



Si cierro mis ojos, soy capaz de volver a sentir el modo en que llegaste a este mundo. No sabría explicar con palabras ese momento. Miedo, dolor, incertidumbre, deseo, alegría. Como un huracán, así fue tu llegada, logrando poner toda nuestra vida del revés. Eso fue lo que pensamos entonces. Ahora quizás después de todo lo ocurrido, quizás ahora siento que tu llegada supuso mucho más que eso. 

Juntos fuimos construyendo tu pequeño mundo, desde lo que creíamos que era lo mejor para ti. De la forma más segura que podíamos. Es posible que también cometiéramos errores, pero siempre creímos que con nuestro esfuerzo, apoyo y amor lograrías volar por ti misma. Y así fue durante unos años. Tus pequeñas alas iban desplegándose, llevándote a cada rinconcito de tu pequeño mundo. Explorando cada flor, cada piedra, cada lugar a donde tus pequeñas y curiosas alas te invitaban a visitar. Cada día que pasaba ibas ganando confianza, en ti, en tus alas, en el mundo. 

Creímos que estabas segura, y que nosotros también lo estábamos. Hasta que sin previo aviso, todo se vino abajo. Y es que ese día, mirando a través de la ventana, nos dijiste que preferías caminar en vez de volar. Que ya no confiabas en tus alas. 

No nos lo podíamos creer ¿Qué había podido pasar? ¿Por qué ibas a querer renunciar a la libertad que te daban tus alitas? Aquellas que te daban la oportunidad de perseguir tus sueños, cualquiera que estos fueran. 

En nuestra mente no entraba semejante renuncia. Me entristece recordar, que en un principio pudimos ser poco comprensivos con aquella extraña elección que habías hecho. Renunciar a volar. 

Nuestra hija, aquella pequeña que tanto había disfrutado de cada vuelo que habíamos hecho con ella, y de los que había empezado a hacer ella por sí misma.

Nos sentíamos confusos, sin saber muy bien cómo ayudarte, ayudarte a recuperar tu ilusión por volar, por ser libre nuevamente. A veces, intentábamos provocar tu interés, sin lograrlo. Y logrando sin quererlo, que entre nosotros se creara esa distancia. 

Nunca nos habíamos sentido tan lejos de nuestra pequeña, ni incluso cuando acostumbraba a surcar el cielo, lejos de nosotros. Puesto que en esas ocasiones sentíamos el calor de nuestros corazones, físicamente lejanos pero amorosamente conectados, y muy pero que muy cercanos.

Cada mañana amanecíamos juntos y separados a la vez. 

Nosotros queriendo creer que quizá no era tan malo dejar de volar, que podrías caminar igualmente. Que tus pequeñas piernas cumplirían sin apenas darte cuenta la función de tus alas. Y que también te guiarían para alcanzar tus sueños. 

Tú con tus ojitos brillantes pero a la vez tan distintos, distintos a los que creíamos conocer, recordar, cuando surcabas el infinito cielo.

Y así pasaron los días, quizás más de los que debieron pasar. Y poco a poco, dejaste de hablar del cielo, de lo bonito que era volar. De lo libre que te sentías desplegando tus ligeras alitas. Y tus ojitos dejaron de brillar, y ya no se veían distintos. Se veían tristes, sin luz. Y nosotros nos fuimos contagiando de tu tristeza, o quizás tu tristeza era la que nuestros ojos reflejaban desde hacía tiempo. 

Todos parecíamos haber cambiado tanto. Y no sabíamos bien el por qué. El por qué de tu mirada triste, ni el por qué de la tristeza de la nuestra. Intentamos con todas nuestras fuerzas convencernos de que realmente no querías volar, intentamos olvidar que un día lo podíamos hacer juntos. Hasta que finalmente todos dejamos de hacerlo, todos dejamos de volar. 

Sin embargo, cuando pensábamos que todo estaba perdido, que te habíamos perdido, que nos habíamos perdido, un golpe de viento inesperado abrió las ventanas de tu habitación, dejando caer tus alas al suelo. Estaban escondidas, tras las tupidas cortinas, bien ocultas para que nadie pudiera encontrarlas. Nos miramos en silencio antes de que sintiésemos cómo despertaba en cada uno de nosotros un profundo dolor que comenzó a recorrer nuestro interior sin control.

No fue fácil. Nos enfadamos con nosotros mismos, con el viento, porque con su descaro descubrió tus alas. Y aunque nos duela en lo más profundo de nuestra alma, también nos enfadamos contigo. Pues pensamos que era una manera de mostrar tu rebeldía contra nosotros, dejar tus alas para ponerte a caminar.

Y entonces apareciste tú ante nosotros. Y al alzar tus pequeñas alas hacia ti, tus ojos volvieron a brillar y como si de un manantial se tratase, comenzaron a brotar de ellos, infinitas lágrimas. Y con ellas, se iban desvelando todos tus secretos hasta ahora ocultos, ocultos junto a tus alas. Tu vergüenza, tu culpa, tu dolor, tu incomprensión, tu miedo, tu soledad. En silencio, sin apenas quejarte, llorabas. Y nosotros contigo. 

Nuestras lágrimas seguían a las tuyas, queriendo alcanzarlas, queriendo abrazarlas. Al acercarnos a ti, bajaste tu mirada, mientras tu cuerpo temblaba. Desplegamos nuestras alas, y te envolvimos suavemente con ellas. Permanecimos en silencio, meciéndote al compás del batir de nuestras alas. Levantaste la mirada, esta vez posaste tus ojos en los nuestros, y con los nuestros te invitamos a mirar el cielo. Tus ojos volvieron a brillar, pero esta vez reflejaban una profunda calma y cierta esperanza.

Y entonces volvió a ocurrir, el viento volvió a soplar, esta vez de forma más suave, logrando que nuestros corazones de nuevo sintieran esa conexión, ese calor que habíamos dejado de compartir, y que tanto necesitábamos volver a sentir.

Y dejándonos llevar por el viento y el lenguaje de nuestros latidos, abrimos nuestras alas, y manteniendo tu mirada con la nuestra, alzamos el vuelo, contigo sobre nosotros. Recibiendo nuestra protección, nuestro soporte para volver a volar, para volver a recuperar tu libertad, surcando nuevamente el cielo. 

Pero nuestro entusiasmo no nos permitió ver que quizás fue demasiado pronto para ti, pues en pleno vuelo, atemorizada cerraste fuertemente tus ojos. Tu cabello suelto comenzó a enredarse con el nuestro y sintiendo que podíamos perder el control, el temor se apoderó de los tres. 

Y entonces volvió a ocurrir. Sin saber muy bien cómo, el viento nos susurró al oído, sosegándonos, y logrando que el calor de nuestro corazón brotara más fuerte. Y de forma mágica, como si de un bálsamo milagroso se tratara, la calidez de nuestros corazones acarició tu temor, acunándolo. Y de nuevo tus ojos volvieron a brillar, reflejándose el cielo en ellos. 

En pleno vuelo, y al volver a mirarte, quisimos gritar que nadie debió arrebatarte tus pequeñas alas, y con ellas tus sueños, tus deseos. Pero nuestras voces apenas podían escucharse. Es por eso, que sentimos que debíamos compartirlo con el viento. Nuestro gran aliado en el vuelo, cuando con su destreza nos ayuda a mantener nuestro rumbo. Quien nos empuja con su fuerza cuando nuestras alas pierden la suya. Ese gran sabio del arte de volar, que planea sobre el aire, la tierra y el mar. Que puede llegar a cualquier rincón, rompiendo el silencio del lugar para desvelar aquellos secretos que nunca debieron serlo. Y que si la ocasión lo requiere, puede tornarse con fuerza y convertirse en un poderoso huracán, para proteger otras alas, otros sueños, otras almas.

De regreso, todo parecía tan distinto, el cielo, nosotros, tú. No podemos decir si era mejor o peor que tiempo atrás, cuanto tú tenías tus alitas. Sólo que era distinto.

Reconozco que tardamos tiempo en poder entender y aceptar lo que te había ocurrido, lo que te habían hecho a ti y a tus pequeñas alas. Ahora sabemos y sentimos que fue profundamente doloroso e injusto para ti, que sin piedad se atrevieran a dañar tus alas. Nunca debió pasar. Y aunque lo hemos deseado y reclamado con todas nuestras fuerzas, no hemos encontrado la manera de que pudieras recuperar tus antiguas y queridas alas. Pero a pesar de todo, creemos que no debes renunciar a tus sueños, renunciar a la libertad que te ha dado volar, y si de momento quizás no puedes tener tus alas, nosotros podemos prestarte las nuestras para seguir volando, para seguir soñando. 

Y así nuestra valiosa niña, cuando tus nuevas alas estén acabadas y tú estés preparada para poder volver a vestirlas, volverás a volar por ti misma y nosotros volveremos a volar contigo. Nuevamente libres, nuevamente surcando el cielo.

No tengas prisa pequeña, esperemos al viento. Él guiará nuestras alas, para nosotros guiar las tuyas.


REFERENCIAS

“La neurobiología del amor y las relaciones humanas” (2020) Dr. Stephen W. Porges y  Dra. Sue Carter Porges . Formación Instituto Cuatro Ciclos.

lunes, 1 de noviembre de 2021

Proteger a los niños/as de los abusos sexuales, una labor de todos/as y El abrazo voraz, un artículo de José Luis Gonzalo y un relato de Dolores Rodríguez, psicólogos/as

 


Foto: eltiempo.com

Proteger a los niños/as frente al abuso sexual, una labor de todos/as

Autor: José Luis Gonzalo Marrodán

Hace tiempo que no escribo en el blog, ya me toca, y además tengo ganas de hacerlo, por eso comparezco hoy en estas páginas. Desde verano tenía pendiente publicar varias colaboraciones de colegas que nos han aportado interesantísimos temas. Por eso llevo una temporada ausente; pero no puedo dejar de escribir en el blog porque me resulta gratificante, terapéutico y creo que útil para todos y todas que seguís este espacio desde hace ya unos cuantos años. Eso espero, al menos.

Así pues, aquí estoy para tratar un tema muy sensible y delicado: los abusos sexuales a los niños y a las niñas. Quiero compartiros mis últimas experiencias porque me preocupa mucho lo que recientemente me he encontrado. Creo que como sociedad hace falta mayor concienciación para que podamos arrojar “luz y taquígrafos” sobre esta terrible realidad. Y, sobre todo, para que apoyemos como es debido a las víctimas, incluidos los padres o responsables del cuidado de los niños y las niñas cuando se enfrentan a un hecho de estas características, que les afecta muy dolorosamente y que puede impactar en su salud mental de una manera a veces devastadora.

Algunos datos sobre el abuso sexual infantil

Tal y como refiere Van der Kolk (2015), experto en trauma, “…un epidemiólogo del Centro para el Control y Prevención de Enfermedades animó a Felitti [un médico] a empezar un estudio basado en la población general. El resultado fue el monumental estudio sobre las Experiencias Infantiles Adversas (conocido por el estudio ACE, por sus siglas en inglés), una colaboración entre el Centro para el Control y Prevención de Enfermedades y el Kaiser Permanente, con los médicos Robert Anda y Vincent Felitti como codirectores del estudio. Más de 50.000 pacientes de káiser pasaron anualmente por el Departamento de Medicina Preventiva para una revisión completa, que incluía realizar un extenso cuestionario médico. Felitti y Anda […] hicieron preguntas para incluir las categorías minuciosamente definidas de las experiencias infantiles adversas, incluyendo el abuso físico y sexual, el abandono físico y emocional y la disfunción familiar…” […] "El estudio ACE reveló que las experiencias traumáticas vitales durante la infancia y la adolescencia son mucho más comunes de lo que cabría esperar" […] "Solo un tercio de ellos afirmó no haber tenido experiencias infantiles adversas. Concretamente, para el tema que nos ocupa, el estudio ACE reveló ante la pregunta ¿algún adulto o alguna persona como mínimo 5 años mayor que usted intentó mantener relaciones orales, anales o vaginales con usted? que el 28% de las mujeres y el 16% de los hombres respondieran afirmativamente".

El estudio ACE -prosigue Van der Kolk- reveló que “…habían dado con el problema de salud pública más grave y caro de Estados Unidos: el abuso infantil. El informe ACE desgraciadamente no ha tenido el efecto que las campañas de erradicación del tabaquismo. En todo el mundo se siguen publicando estudios de seguimiento y artículos, pero la realidad diaria de muchos niños y niñas en tratamiento y hospitalizados en las unidades de psiquiatría infanto-juvenil sigue prácticamente igual". Se les administran medicamentos, seguimientos terapéuticos, pero no se les pregunta ni se indaga ni se habla de si han sufrido trauma en forma de maltrato, abandono o abuso sexual. Porque no en todas las unidades de psiquiatría consideran que los ACE influyen poderosamente en la salud mental. Las relaciones quedan excluidas como factores explicativos en la aparición de trastornos mentales. El peso de las causas se pone en los factores genéticos y biológicos del cerebro.

Según Save The Children, nuestro país no es una excepción. “Un reciente informe de la organización titulado precisamente Ojos que no quieren ver, calcula que en España se denuncian tan sólo un 15% de los abusos a menores y que el 70% de las denuncias no supera la fase de investigación, con lo que nunca llega a juicio oral. Según los datos de esta organización (que analizó más de 200 denuncias interpuestas entre los años 2012 y 2016) sólo tres de cada siete denuncias acaban en algún tipo de condena. ¿Significa esto que son denuncias falsas? En absoluto. Según denuncian muchos expertos, la mayoría de los casos naufragan en los procesos judiciales por razones que poco tienen que ver con la veracidad de las denuncias”.


Foto: Save the Children


Lo que ocurre es que el propio proceso judicial, la falta de personal especializado, la presión psicológica, la ausencia de recursos y la carencia muchas veces de un entorno de apoyo al niño y a la niña, hacen que se produzca un fracaso en el proceso judicial. La mayor parte de las veces los abusos sexuales ocurren en el ámbito familiar o son causados por personas que forman parte del entorno afectivo del niño (amigos de la familia, vecinos, profesores…) Sólo están presentes el niño/a y el perpetrador, sin más testigos, con lo cual el “in dubio pro reo” (en caso de duda, se falla al favor del procesado) prevalece. Sin duda la presunción de inocencia es un derecho, no se trata de cuestionar esto. Se trata de que el personal de los juzgados esté formado en abuso sexual, de proveer un entorno seguro y protegido para los niños/as, de garantizar las pruebas preconstituidas y de evitar que los recuerdos y el relato puedan ser contaminados, para que el testimonio y su credibilidad puedan ser valorados adecuadamente y por profesionales cualificados. A este respecto conviene recordar lo que sostiene Ayala (2011): “la incapacidad para distinguir entre los sucesos percibidos (vividos) y los inventados (imaginados), es menos habitual de lo que se cree. Los niños no suelen fantasear sobre lo que no han experimentado, cuando un niño describe en forma detallada y vívida una actividad sexual, no es posible atribuirla a su imaginación”

Los padres o responsables del cuidado del niño o niña se desaniman a interponer la correspondiente denuncia, pues los procesos judiciales abren en canal la herida traumática y para aquellos es tremendamente duro ver sufrir a su hijo/a. La culpa, aunque objetivamente el niño/a no la tiene para nada, se clava como un cuchillo dentro del cuerpo de este/a y es tremendamente desorganizadora de la psique. La propia confusión que los abusos sexuales producen cuando no se tiene una edad para poder procesar la experiencia, generada por una persona que puede tener un vínculo con el chico/a en el que dice quererle, pero le abusa (le toca en sus genitales o le hace otro tipo de prácticas sexuales) pueden producir una ruptura interna, un "doble pensar" (Muller, 2020). La traición a la confianza que este adulto provoca en este niño/a le llena también de encontrados sentimientos y a veces puede creer que él lo causó, porque además así se lo pueden hacer sentir. Al no validar su relato cuando es cierto [los estudios reportan sólo un 6% de denuncias intencionalmente falsas, por ejemplo, véase Trocmé y Bala (2005)] y dejarle como mentiroso/a, la impotencia, la confusión y la dolorosa desesperación son terribles. La mente infantil no puede integrar semejantes vivencias. No está preparada para esto. Las autolesiones y las ideas de suicidio hacen mella en los chicos y las chicas.

Por eso, muchos chicos/as y sus familias aprenden pronto a apartar de la mente esas experiencias, a "olvidar", a vivir como si no existieran o no se hubieran producido. Tanto que al final la desrealización como síntoma traumático puede tomar carta de naturaleza: ¿realmente ocurrió? ¿O lo he soñado? ¿Es esta realidad real? Así el secreto se convierte en el auténtico monarca de estas familias porque protege de contactar con lo traumático y a corto plazo alivia y se vive como si no pasara nada. Cualquiera que haya acompañado a una víctima o haya visto una película sobre abusos sexuales entenderá de lo que hablo. Por ejemplo, en la impresionante película “Ángeles e insectos” se intuye por la atmósfera reinante que existe un ominoso secreto, que algo inexplicable pero pavoroso ocurre, algo de lo que no se habla ni se nombra, pero que está ahí… “Yo tengo muchos secretos”, dicen veladamente algunos niños/as. Y en las cajas de arena, jugando con los muñecos, esconden dichos secretos; o entierran en la arena animales repugnantes como las serpientes o insectos.



 Trailer de la película "Ángeles e insectos"


Los niños y las niñas aprenden a vivir desarrollando una disociación de la estructura de su personalidad. Se produce una fragmentación en la que una parte de ellos, la llamada aparentemente normal (Van der Hart y colaboradores, 2008) se esfuerza por seguir con la vida cotidiana. Viven como si "eso" no hubiera sucedido y aprenden a segregarlo de su mente. Sin embargo, la “sombra del tsunami”, como llama a la disociación relacionada con el trauma Bromberg (2012), pugnará por salir, por encontrar un alivio. Sucede entonces el lenguaje disociativo, muy sutil a veces. Expresado mediante síntomas que un clínico no pensaría como patognomónicos del abuso sexual: somatizaciones, fobias resistentes al tratamiento, trastornos de la eliminación, ansiedad, ataques de ira, conducta desafiante, síntomas de inatención, apatía, miedo a morir, tristeza persistente, autolesiones… Y un largo etcétera.

El poder del secreto

Y es precisamente el secreto lo que impide que pueda darse un proceso resiliente (resiliente a largo plazo, a corto será resistente) En ese secreto está el poder del perpetrador que gana así la batalla y puede seguir causando víctimas. Cual vampiro que necesita alimentarse de sangre, quienes podrían enfrentarse a él no quieren ni ver su morada. El niño/a confuso no dice nada, porque a veces no es consciente de lo que le está ocurriendo. Puede incluso creer que esa relación, aunque le perturbe, es algo normal. No se ve a sí mismo como víctima. Eso le ocurre a la protagonista de la película “The tale”, que cuando niña fue abusada por un profesor de equitación que le hacía sentir especial, amada y preferida -aunque obviamente era el modus operandi para abusar de ella, es decir puro fingimiento-. Esta niña formaba parte de una familia donde existía una negligencia afectiva (no recibía la atención y los cuidados afectivos que precisaba), lo cual le predisponía para poder ser víctima de un depredador que “huele” las carencias afectivas. Los abusos sexuales, como dice Jorge Barudy, no suelen darse solos, aparecen muchas veces en contextos familiares donde el niño sufre también negligencia. Nadie de la familia, aún intuyéndolo, estuvo lo suficientemente cerca afectivamente para darse cuenta e investigar lo que ocurría. Y los niños/as tienden a no contarlo por muchos motivos, entre otros, la escasa confianza y seguridad en sus padres, sus figuras de apego. En la vida adulta la mujer protagonista de “The tale” hace todo un proceso personal y su memoria se activa, accede a los recuerdos y los va procesando, pasando de creer que “tuvo una relación con un hombre” (la víctima no suele verse como tal debido al desequilibrio de poder) a la dolorosa verdad: “fui abusada de niña sexualmente por un hombre”. Con el impresionante final donde ella confronta al abusador y le hace perder el poder porque le desenmascara públicamente. Esta película nos cuenta también cómo funciona la memoria traumática y lo dificultoso y doloroso que es el proceso de recordar.

 Trailer de la película "The tale"

Otras veces los niños/as lo cuentan, pero el dolor que causa es tan terrible, o el juego de culpas que divide a la familia -si el perpetrador forma parte de la familia nuclear o extensa-, que taparlo, minimizarlo o directamente culpar al chico/a de provocarlo, mantiene la homeostasis. Mirar para otro lado, o no ver lo que no se quiere reconocer (como decía Bowlby) son defensas psicológicas. Si el abusador es un vecino, amigo, profesional… causa tal estupor, incredulidad, miedo, rabia, impotencia… que asusta a las familias que se ven solas. Saben que tienen que denunciar, pero pueden no hacerlo porque son conscientes de lo duro que es y de lo que el niño/a va a sufrir. Si se informan y se enteran de que la mayoría de las denuncias son archivadas o se pierden los juicios por falta de pruebas, optan porque sea un tabú. Se tapa y no existe. Nadie hablará de ello y pasa a ser secreto para la familia. La disociación le mantiene al niño/a preservado, pero tiene un coste. La amnesia disociativa en algunos casos puede durar años, por eso los niños/as pueden estar asintomáticos. Algunas personas refieren revivirlo todo cuando tuvieron sus primeras relaciones sexuales…

El secreto se adueña así de todos. El silencio, "esto no ha pasado", el no hablar… hace que el trauma se viva en soledad. No se puede entonces reparar, porque se impide la posibilidad de la justicia y se le priva al niño/a de una "poderosa red de relaciones" (Perry y Szalavitz, 2017), que es lo sanador, lo que genera resiliencia secundaria (Barudy, 2021). No poder exteriorizarlo, no poder compartirlo priva del necesario apoyo y de la posibilidad de que sintonicen con el dolor emocional del niño/a. No se puede elaborar el golpe y cambiar el significado, como dice Cyrulnik (2003). Sucede, además, un nuevo golpe: el que haya sucedido algo que no debería haber pasado (el abuso) y el que no pase algo que tendría que pasar: recibir la validación, el apoyo, la sintonización con el dolor y la elaboración de la experiencia abusiva (Winnicott).


Si algo puede empoderarnos para tratar de romper ese secreto y denunciar los abusos sexuales que dañan a los niños/as es ampararnos en la nueva ley de protección a la infancia. Esta dice que todo ciudadano tiene el deber de comunicar cualquier indicio de que un chico/a esté sufriendo una situación de abuso sexual, maltrato, violencia o negligencia. Así pues, la ley afirma sin ambages dentro del Título Segundo, el deber de comunicación a las autoridades de las situaciones de violencia que se adviertan, siendo este deber especialmente exigible a aquellas personas que, por razón de su cargo, profesión, oficio o actividad tengan encomendada la asistencia, cuidado, educación o protección de menores (arts. 15 y 16). Para conocer la ley en profundidad, podéis leer este artículo escrito por nuestra compañera psicóloga Cristina Herce, en el cual nos ofrece los aspectos más importantes de dicha ley.

Si leemos la ley, vemos que hay varios avances, y es un gran paso sin duda. Ahora vamos con los peros, que también son bastantes. Primero, no hay presupuesto específico para esta ley (al menos de momento), con lo cual, ¿cómo va a poder llevarse a cabo, si precisamente son recursos materiales y humanos los que se necesitan para poder implementarla? Es necesario hacer una campaña y darla a conocer, porque lo que yo veo por ahora (se aprobó recientemente, es verdad) es que son muchos los profesionales que la desconocen. Todavía la tendencia generalizada es “yo no soy quien para meterme en la intimidad y la privacidad de una familia” “No quiero problemas, lo que ocurra fuera de mi entorno personal y de los míos, no me concierne” Hace poco fui testigo en un aeropuerto de cómo un padre desregulado daba un azote a una niña pequeña de tres años porque presentaba una rabieta. Y nadie hizo nada. En diferentes encuentros formativos, profesionales escolares me miran con extrañeza cuando les digo lo que esta ley nos exige y cómo nos empodera. No han oído hablar de ella… Estamos en octubre y no he visto ni un atisbo de movimiento para que se cree la figura del coordinador de bienestar en los colegios. Todavía hace bien poco, una niña reveló graves abusos sexuales en su colegio y le contestaron si era consciente de lo que eso iba a suponer para ella, de las consecuencias que acarreaba, como metacomunicando que era mejor no romper la familia… Hace falta mucha formación especializada y si no hay presupuesto para ello, todo puede quedar en un brindis al sol…

También la ley contempla muchas veces la coletilla “salvo excepciones”, como dice Jorge Barudy. Con lo cual se deja abierta la puerta a un terreno donde se pueden plantear muchas medidas que miran por el derecho de los padres u otros adultos, sosteniendo que es supuestamente bueno para el niño/a no romper con sus progenitores (la sagrada familia), saltándose lo que la ciencia nos dice: poner en contacto a un niño/a víctima con un progenitor maltratador o abusador retraumatiza porque consolida el recuerdo abrumador en la memoria, si es que no hay por parte del adulto un reconocimiento del daño causado y una reparación emocional adecuada (Benito, 2020).

Por eso, la ley tiene importantes obstáculos que superar. A continuación, comentaré algunos de estos.

Algunas ideas imperantes entre profesionales de la salud mental sobre el abuso sexual

Como escribió Arturo Ezquerro en este blog en un magnífico artículo titulado “El abuso sexual infantil: ¿una perversión del apego?”, “Freud se rindió a la presión externa de la sociedad burguesa del Imperio Austro-Húngaro, así como a la presión interna de sus propias dudas. Repudió su creencia inicial y afirmó en cambio que los frecuentes relatos de sus pacientes sobre abusos sexuales en la infancia eran ilusiones o fantasías”. Esto ha calado hondamente en sectores profesionales donde se sigue manteniendo esta idea, presentándola de maneras sutiles, pero en todos los casos se apela a la fantasía del niño/a. Todavía hoy en día circulan estas teorías cuando se revelan abusos sexuales. No hablo de elucubraciones, sino de experiencias de las cuales he sido testigo en mi práctica clínica. Repaso algunas de ellas.

"Creo que la patología le confunde: esto puede ser un delirio". 

El uso torticero del trastorno mental puede dejar en la más absoluta indefensión a una víctima. El uso categorial de un diagnóstico sin analizar las implicaciones en la conducta puede volverse contra la víctima y usarlo el perpetrador –y quienes le protegen- en defensa propia para librarse del escarnio y salir libre de culpa. Así en varias reuniones dentro de marco institucional donde la revelación de un abuso y el reconocimiento de este supondrían un escándalo público y una pérdida de prestigio y reconocimiento social, los profesionales han utilizado diagnósticos psiquiátricos para aludir a una supuesta y falsa confusión de la víctima y argumentar que el abuso fue sentido por ella al confundir los hechos y delirar erotomaníacamente con el perpetrador. La psicosis que presenta le hace tener trastornos del pensamiento que distorsionan gravemente la realidad y alteran los hechos, culpando de abusos a quien se acerca con otras intenciones. A pesar de existir testigos y de probarse que la víctima conservaba intactas sus capacidades para el juicio y la razón, se seguía manteniendo el argumento causando un gran daño a la víctima que se siente que le toman por "loca". Lo peor y éticamente reprobable además es que algunos colegas tapan a otros colegas para evitar manchar su nombre y el de la institución donde ejercen.


Foto: https://cnnespanol.cnn.com


“Si no te ha penetrado eso no es abuso”

Todavía hay algunos profesionales que, siguiendo la idea de la fantasía del paciente, de que esta importa más que las experiencias reales, no consideran abuso sexual otras formas de contacto que son intimidatorias y vejatorias para los niños/as. Así pues, estos y estas han tenido la desgracia de encontrarse con profesionales que les han dicho que ciertas formas de tocar –que el niño/a vivencia como agresivas e invasivas de su cuerpo y que no desea que se las hagan- y de besar no son abusos sexuales. Que te acaricien el pelo de una manera que no te gusta o que te besen el cuello o te coloquen la mano cerca de un pecho no sería abuso sexual para estos profesionales. El niño/a está fantaseando y viviendo como una seducción algo que no lo es. Sin embargo, esto implica un desconocimiento supino de lo que es un abuso sexual, pues se trata claramente de un comportamiento de traspaso de límites corporales que confunde y es trato deshonesto. Aún existe una amplia ignorancia sobre el tema, pues el abuso sexual abarca desde el lenguaje indebido cotidiano con contenido sexual y otras formas de trato y acoso ofensivas. El código penal dice claramente al respecto que el delito de abuso sexual se encuentra regulado en los artículos 181 y 182. Este se comete cuando se realiza un comportamiento que atenta contra la libertad sexual de una persona, independientemente de su sexo, sin que la víctima haya consentido y sin emplear la violencia, fuerza o intimidación

“¿No harías tú algo?” O “no te defendiste”


Foto: efe.com


Culpar a la víctima es algo muy frecuente. Por cómo va vestida, por cómo habla, por la manera de mirar, por lo que haga en el momento del ataque o abuso... Muchas víctimas responden con defensas inmovilizadoras (Ogden y Fisher, 2016), se quedan bloqueadas frente al abuso e incluso se disocian (están ausentes de la experiencia y se salen de su cuerpo y mente para defenderse) Son reacciones de su sistema nervioso autónomo que se protege de este modo. No todo el mundo puede luchar y huir frente al agresor, más fuerte y poderoso, o para evitar males mayores como la muerte. Los animales cuando se cierne sobre ellos un depredador pueden llegar a ejecutar el llamado reflejo cadavérico o la muerte simulada para poder salvarse de un terrible fin (Benito, 2020)

Los interrogatorios en los que la víctima debe de explicar todo esto y siente que ella lo ha provocado suelen denotar desconocimiento por parte del sistema judicial que necesita psicoeducarse en perspectiva de género y en la psicología informada por el trauma. Pues todo esto daña a las víctimas, les culpa sin serlo y les inunda de sentimientos de vergüenza y asco de sí mismas. Este desconocimiento del trauma y sus efectos por parte de los jueces y la sociedad en general motivó que más de 1.800 profesionales de la salud mental firmaran un manifiesto en defensa de la víctima del llamado "caso de la manada". Medios de comunicación hablados y escritos de toda España se hicieron eco y se entregaron copias en diferentes administraciones del estado y judiciales.

“Tienes que ser tú quien pare esto”

He conocido víctimas que se han llegado a reconocer como tales y que han sufrido acoso y diferentes formas de acercamiento ofensivo e intimidante, sufriendo tocamientos y roces en partes del cuerpo (pechos, nalgas…) que se hacen como si fuese un descuido o un accidente, o aprovechan la soledad y la ausencia de testigos para forzar cercanía corporal. Eligen, además, a las víctimas más indefensas, a las que se paralizan o quedan bloqueadas frente a estas conductas. Cuando se atreven, por fin, a denunciarlo a una autoridad de la institución donde suceden los hechos, se encuentran en el más terrible abandono. Una vez más se alude al “no creerás tú que eso pasa, o no confundirás ese acercamiento con abuso, o a lo mejor son historias tuyas” Y si lo dan por válido escuchan un doloroso “has de ser tú quien se lo diga” “Yo no me puedo meter en eso” Esta ausencia de credibilidad y apoyo es aún más sangrante cuando quien denuncia los hechos en una institución es una persona menor de edad… Suena increíble y terrible, pero ha sucedido. Y no debería haber pasado.

Otra idea equivocada y peligrosa es sostener que no todos los abusos sexuales causan trauma. Que las secuelas son recuperables sin tener que abordar el abuso y sin tener que proteger al niño/a. 

Esta afirmación -tan arriesgada y dudosa de ser cierta- circula en determinados contextos profesionales. Incluso hay colegas de salud mental que sostienen que los abusos sexuales no tienen por qué afectar ni causar trauma. El caso es que quienes hemos trabajado con víctimas sabemos que los abusos sexuales dejan secuelas en todas las personas, otra cosa es que:

Estas sean más o menos graves.

Se mantengan en el corto y en el largo plazo (a veces el niño/a puede permanecer asintomático).

Las personas difieran en el modo de afrontar la experiencia.

Hay muchas personas que se ven muy dañadas por los abusos sexuales. Este daño dependerá de:

La edad de la víctima cuando ocurrió el abuso.

La relación con la persona que cometió el abuso, esto es, cuanto más cercana, más grave será.

Modo en que se produjo el abuso, por ejemplo, si existió intimidación o violencia.

Personalidad de la persona abusada.

El modo en el que se resolvió el abuso, por ejemplo, si el agresor ha sido detenido.

El grado de apoyo afectivo y solidario a la víctima.

El tipo de terapia que reciban (algunas terapias y terapeutas pueden retraumatizar a las víctimas).

Según la OMS, “los datos indican que los supervivientes masculinos y femeninos de violencia sexual pueden sufrir consecuencias conductuales, sociales y de salud mental similares. No obstante, las niñas y las mujeres soportan la carga más abrumadora de traumatismos y enfermedades resultantes de la violencia y la coacción sexuales, no solo porque constituyen la gran mayoría de las víctimas sino también porque son vulnerables a consecuencias para la salud sexual y reproductiva, como embarazos no deseados, abortos inseguros y un riesgo mayor de contraer infecciones de transmisión sexual, inclusive la infección por el VIH, durante el coito vaginal. Aun así, es importante observar que los hombres también son vulnerables a la infección por el VIH en casos de violación”.


Foto: bbmundo.com


Tanto la evidencia empírica [estudio ACE que hemos mencionado o, por ejemplo, véase García Varona (2019) que refiere que “numerosas investigaciones han concluido que el abuso sexual en la niñez reportado por adultos se asoció con una amplia gama de trastornos y problemas psiquiátricos, que incluyen: depresión, fobias, trastorno obsesivo-compulsivo, trastorno de pánico, trastorno de estrés postraumático, trastornos sexuales e ideación suicida"] como la experiencia clínica nos dicen que los abusos sexuales pueden causar trauma complejo y aunque es posible la reconstrucción resiliente, es fundamental que pueda detectarse, proteger a la víctima y denunciarlo. A pesar de que la nueva ley de protección a la infancia es clara en este sentido, hay profesionales de la salud mental que aun sabiendo que los abusos sexuales han ocurrido -o están ocurriendo-, no denuncian los hechos. Incluso consideran que las terapias pueden ayudar a tratar síntomas obviando en el tratamiento la experiencia abusiva -la cual minimizan-. Ofrecen psicoterapia a los niños/as ignorando lo que los expertos en trauma (Dantagnan y Gonzalo, 2021) saben: que una psicoterapia sin protección y seguridad para el niño/a (externa e interna) está totalmente contraindicada. Esto es una mala práctica, iatrogénica además, pues los niños/as necesitan las defensas psicológicas que desarrollan para sobrevivir ante el abuso sexual. Así, se mantienen programas de intervención familiar (sin reconocimiento del daño una terapia de familia, por ejemplo, es una forma de maltrato al niño/a abusado y/o maltratado) y terapias individuales. Se confía incluso en el potencial sanador de las terapias, pues se sostiene falazmente que el niño/a tiene los recursos internos para sanar si se le ponen los recursos terapéuticos necesarios (esto es así cuando el chico/a tiene un entorno de protección, seguro y de cuidados afectivos). Hay profesionales que interpretan el juego del niño/a como proceso resiliente cuando en realidad es un claro juego postraumático que indica una llamada desesperada de aquel/lla para que le protejan de la situación abusiva que el profesional no está sabiendo -o a veces queriendo- ver. El niño/a puede estar conviviendo con el abusador o este tiene acceso a la persona menor de edad, con lo cual se está incurriendo, a la luz de la nueva ley, en un flagrante delito y se le está haciendo un terrible daño psicológico a ese chico/a al no proporcionarle la protección a la que tiene derecho. Pero claro, luego ya llegarán las constelaciones familiares cuando sea adulto y según los "órdenes del amor" de Hellinger podrá honrar a su abusador… Este es otro tema que me han contado muchas personas adultas abusadas cuando se han constelado con profesionales que no tienen un título de psicólogo o psicoterapeuta acreditado y han hecho esta especie de terapia (no está basada en la evidencia) y les han instado a un perdón que ni sienten ni quieren dar, y que les retraumatiza y les hace sentir culpa.

Todo profesional que recibe a un niño/a en su consulta, antes de tomar la decisión de comenzar una psicoterapia, debe de hacer un exhaustivo análisis de la demanda. Si se detecta que el niño/a no está protegido, la psicoterapia no será la primera medida a tomar, sino que habrá de optarse por una modalidad de intervención que Barudy y Dantagnan (2021) denominan ecosistémica. Dentro de las diferentes opciones o modalidades ecosistémicas, está como prioridad garantizar la protección del niño/a. En el caso de detección o revelación de abusos, el profesional debe señalar a la red social para que se activen los protocolos de denuncia y protección del niño/a.

“Nadie hace nada”

La nueva ley de protección a la infancia debe darse a conocer entre los ciudadanos y especialmente entre los profesionales de todos los sectores educativos, sociales y de salud mental. En algunos colegios ni han oído hablar de ella. Para que se conozca la obligatoriedad de todo ciudadano de denunciar posibles situaciones abusivas y violentas para los niños/as. También deben de hacerse campañas que indiquen a los profesionales y ciudadanos cómo y dónde interponer una denuncia. No se han desarrollado protocolos al respecto. Por eso, como toda ley, que se cumpla y que se haga cumplir.


Portada del libro de Guillem Sánchez


Aunque esta ley es un avance, los delitos por abuso ya no prescriben, todavía impera la cultura del silencio y del nadie hace nada… Y si no se dota de recursos a la ley para que se extienda y se implemente, corremos el riesgo de que quede sin aplicar. Y así imperará el “nadie hace nada”. Esto me lo han dicho recientemente varias víctimas. Lo sabían tales y cuales personas, pero nadie se movió. No podemos irnos a la situación pre-ley, como se cuenta en el impresionante libro “Crónica del caso Maristas”, del periodista Guillem Sánchez: los directores de los colegios de la orden en Cataluña lo sabían, pero no hicieron nada por proteger a los niños/as. Y esto no ocurre sólo dentro de la institución eclesiástica, que como sabemos acumula multitud de víctimas, sino dentro de otras, a veces las más comunes y cotidianas para los niños/as… Por eso, para que las historias no sean de abrazos voraces -como leeréis a continuación en este bello pero desgarrador relato de mi compañera psicóloga Dolores Rodríguez y los finales puedan ser resilientes-, los ciudadanos y en especial los profesionales que trabajamos y estamos cerca de los niños/as, debemos ser activistas (Silberg, 2019). Hay mucha cultura de buen trato que promover.

El abrazo voraz
Autora: Dolores Rodríguez Domínguez

Escucho una nana, una dulce melodía que acaricia mis oídos, que me traslada al mejor de los lugares. Tranquila, segura, relajada, feliz. Eso son tus brazos para mí, mi soporte, mi cuna, que me sustenta, que me nutre, que me presenta al mundo. Protegida tras ellos, contra tu pecho. Tu calor, tu olor. Lo confundo con el mío, con mi calor, con mi olor. Pero no importa. No necesito distinguirlo en este momento, distinguirme de ti.

Saber quién soy yo, quien eres tú, quien es el otro. Eso no necesito saberlo ahora. Esa necesidad nos llegará más tarde. Mientras, me dejo guiar a donde tú me lleves, a donde me lleven tus brazos. Me gusta su lenguaje, el lenguaje de las caricias. Ese lo entiendo, me calma, me colman de cariño, de amor. Todo parece un dulce sueño.

Y con él, llegó la luz de la primavera.

Ahora sí, llegó el momento, necesito diferenciarme, distinguir mi silueta de la tuya. No es fácil. A veces la calma nos abandona, y siento un pellizco en mi tripa. Me rebelo, tengo miedo, y grito. Te reclamo, reclamo tus brazos, mi cuna. Y ahí estás tú. Lo vuelves a hacer. Y la calma regresa a mí.

Y con ella, llegó la calidez del verano.

Mi mundo iba ampliándose, haciéndose cada vez más grande, surgiendo de él más brazos. Distintos a los que hasta entonces yo había conocido, pero a fin de cuentas brazos. Brazos que podían igualmente acunar, calmar.

Entonces le conocí a él, a sus brazos, a su lenguaje. Me dejé llevar por ellos, porque los reconocí. Eran “brazos”, iguales a los que me habían acunado y calmado. No había peligro.

Eso me decían ellos, con sus primeras nanas, con sus primeras melodías de acordes dulces. Me decían que estaba segura. Nada podía pasar. Me dejé llevar de nuevo por ese dulce sueño.

Y con él, llegó la transición al otoño.

Pero pasó. Desgraciadamente para mí, pasó. Cuando quise despertar, ya no reconocía el lenguaje de sus “brazos”. No entendía qué querían decirme, ni ellos parecían entender lo que yo necesitaba. Pensé que en algo me había equivocado, que quizás yo había hecho algo para que su lenguaje hubiera cambiado. No estaba segura de lo que estaba pasando, pero comencé a sentir dolor, asco por las caricias de esos “brazos”. Y los acordes de la dulce melodía cambiaron, convirtiéndola en una melodía amenazante, aterradora, desgarradora. Pero sólo yo podía oírla, nadie más parecía escucharla o nadie se atrevía a hacerlo. Sólo parecían existir sus brazos, el desprecio hacia mí y el silencio.

En esa profunda soledad que el silencio provoca, el dolor y el asco dejaron paso al profundo miedo, al terror. La calidez de sus abrazos se trasformó poco a poco en un abrazo inmovilizador, de aguzadas espinas. Espinas que se clavaban en mi cuerpo y como si de boas hambrientas se trataran, iban hiriendo profundamente mi piel, mi alma, mi corazón. Intenté luchar, defenderme. Quise zafarme de su terrible abrazo, evitar los terribles mordiscos, pero no lo logré. Y aunque intenté buscar otros brazos, brazos que pudieran aliviar mis heridas, que pudieran liberarme de su cruel abrazo, que volvieran a acunarme, no los encontré. A solas conmigo misma me culpé por ello y sentí que era una cobarde.

Y mi mundo comenzó a volverse cada vez más pequeño, más oscuro, más silencioso, más tenebroso. Y protegido por el mismo silencio que a mí me mantenía prisionera, sus “brazos” se fueron haciendo cada vez más poderosos, más hambrientos. Pero nadie más parecía verlo o nadie más se atrevía a hacerlo.

Sin cobijo alguno y totalmente devorada, finalmente el frío invierno llegó.



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Un sombrío y eterno invierno, capaz de devorar cualquier esperanza de una posible llegada de la luz que aporta la primavera, ni de la calidez tan apreciada del verano, ni de la transición tan esperada del otoño.

Debilitada al extremo, convencida de mi cruel pero quizás merecido destino por esconderme tras mi cobardía, que en realidad era la suya, y con la fuerza de mi último aliento decidí sucumbir a su voraz abrazo. Abrazo ante el cual enmudecí, logrando que mi voz se apagara, que mi corazón llorara de dolor. Un dolor sin límites capaz de detener hasta el más enérgico de los latidos, logrando congelar los míos.

Y tras este profundo dolor, sin posibilidad de alzar la voz ni de recuperar los latidos perdidos de mi agotado corazón, llegó mi solitario y definitivo letargo.

Letargo que fue inevitablemente letal, pues inmersa en él dejé de reconocerme, de sentir su abrazo voraz y de escuchar vuestro silencio también voraz.

Letargo letal porque no esperaba nada. Sólo permanecer inmóvil.

Letargo letal, porque ningún brazo sin espinas ni abrazo cálido lograría ya, aunque con ganas lo intentaran, volver a despertarme jamás.


REFERENCIAS

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Barudy, J. (2020). El florecimiento resiliente después de los traumas. Los fundamentos de la resiliencia infanto-juvenil. Madrid: El Hilo Ediciones.

Barudy, J y Dantagnan, M. (2021). Manual de traumaterapia sistémica. Libro en preparación.

Benito, R. (2020). La regulación emocional. Bases neurobiológicas y desarrollo en la infancia y adolescencia. Madrid: El Hilo Ediciones.

Bromberg (2012). Credo. Psychoanalitic Dialogues, 22 (3), 273-278.

Cyrulnik, B. (2003). El murmullo de los fantasmas. Volver a la vida después de un trauma. Barcelona: Gedisa.

Dantagnan, M y Gonzalo, J.L. (2021). La traumaterapia ecosistémica. PowerPoint presentado en el Postgrado de Traumaterapia de Barudy y Dantagnan. Ad usum privatum. 

García Varona, I. (2019) Proyecto Valientes. Facultad de Educación. Universidad de Burgos. Documento no publicado.

Muller, R. (2020). El trauma y la lucha por abrirse. De la evitación a la recuperación y el crecimiento. Bilbao: Desclée de Brouwer.

Ogden, P. y Fisher, J. (2016). Psicoterapia sensorio-motriz. Intervenciones para el trauma y el apego. Bilbao: Desclée de Brouwer.

Perry, B. y Szalavitz, M. (2017). El chico al que criaron como perro y otras historias del cuaderno de un psiquiatra infantil. Madrid: Capitán Swing Libros.

Van der Hart y otros (2008). El yo atormentado: el tratamiento de la disociación estructural y la traumatización crónica. Bilbao: Desclée de Brouwer.

Van der kolk, B. (2015). El cuerpo lleva la cuenta. Cerebro, mente y cuerpo en la superación del trauma. Barcelona: Eleftheria Editorial.

Silberg, J. (2019). El niño superviviente. Curar el trauma en el desarrollo y la disociación. Bilbao: Desclée de Brouwer.

Trocmé, N., & Bala, N. (2005). False allegations of abuse and neglect when parents separate. Child abuse & neglect, 29(12), 1333-1345.