lunes, 22 de febrero de 2021

El abuso sexual infantil: ¿una perversión del apego?, por Arturo Ezquerro, psiquiatra



Firma invitada

Arturo Ezquerro 





Arturo Ezquerro.. Nacido en Logroño, La Rioja, Arturo Ezquerro lleva 38 años ejerciendo como psiquiatra, psicoterapeuta psicoanalítico y grupo analista en Londres. Es profesor en el Institute of Group Analysis, y el primer español en conseguir una Jefatura de Servicios Públicos de Psicoterapia en Reino Unido. Es miembro honorario del International Attachment Network y de la World Assotiation of International Studies. Colabora habitualmente con los medios de comunicación y reúne más de 80 publicaciones en 5 idiomas, incluyendo los libros “Encounters with John Bowlby” (Routledge) y “Relatos de apego” (Psimática).

Portada del libro de Arturo Ezquerro
"Relatos de apego. Encuentros con John Bowlby"


Título del artículo: El abuso sexual infantil: ¿una perversión del apego? 

El lado oculto del origen del psicoanálisis 

En los seis últimos años de su vida, de 1984 a 1990, John Bowlby fue mi supervisor y mi mentor en la Clínica Tavistock de Londres. Durante ese tiempo, sólo lo vi enojado una vez. Eso sucedió cuando le pregunté ingenuamente sobre el abuso sexual infantil. Bowlby frunció el ceño y dijo con un tono apesadumbrado que el cambio de opinión de Sigmund Freud sobre este asunto, en 1897, había sido ¡un desastre! 

En aquella época hacia finales del siglo XIX, el abuso sexual infantil se escondía detrás de un muro de respetabilidad, modestia, silencio encubridor y mentiras; sobre todo en los elementos más conservadores de la sociedad. Con ese telón de fondo, en 1885, un joven Freud de 29 años obtuvo una beca para estudiar con Jean-Martin Charcot, un destacado neurólogo en el Hospital de la Salpêtrière, en París. 

Freud quedó impresionado por las presentaciones clínicas de Charcot sobre pacientes diagnosticados de ‘histeria’; en aquel momento, la condición neurótica por excelencia. Histeria es una palabra griega, que significa útero. En la antigüedad, los médicos creían que la enfermedad era causada por un ‘vagabundeo’ del útero dentro del cuerpo. 

Charcot y Blanche en: A Clinical Lesson at the Salpêtrière por L. Brouillets



Uno de los estrechos colaboradores de Charcot, Pierre Janet, fue quien describió por primera vez el origen traumático de los síntomas histéricos. Janet sentó las bases para un entendimiento más profundo y riguroso del impacto de las experiencias traumáticas, tanto en la mente como en el cuerpo. 

El primer intento de Freud de explicar los síntomas histéricos apareció en el libro "Estudios sobre la histeria", que escribió con su mentor Josef Breuer, en 1895. El libro está basado en sus observaciones clínicas sobre varios pacientes con un diagnóstico de histeria. Breuer vio los síntomas como reacciones a un trauma emocional. Freud fue más allá y consideró que eran los recuerdos reprimidos de un trauma de origen sexual los que jugaban un papel primordial en la formación de los síntomas histéricos. 

El 21 de abril de 1896, Freud presentó su controvertida tesis sobre "La etiología de la histeria", en una reunión científica organizada por la Sociedad de Psiquiatría y Neurología de Viena. En este trabajo detalló las historias de dieciocho pacientes, doce mujeres y seis hombres. 

Aquí Freud (1896) fue más audaz que en el libro publicado con Breuer y planteó la hipótesis de que los síntomas histéricos de sus pacientes eran causados por un específico trauma sexual infantil. Según los relatos de sus pacientes, el abuso sexual había sido perpetrado principalmente por padres o padrastros; pero también por otros parientes cercanos como abuelos, tíos y hermanos mayores, así como cuidadores, maestros e institutrices.

Portada del libro, edición en inglés,
de las cartas de Freud a su amigo Fliess
Foto: www.goodreads.com

De este modo, nació su llamada ‘teoría de la seducción’, la cual tuvo una vida muy corta. Después de la reunión científica, Freud escribió a su fiel amigo Wilhelm Fliess para expresarle su preocupación por el masivo rechazo a su teoría por parte de sus colegas. De hecho, el prestigioso psiquiatra Krafft-Ebing, que presidió la reunión, comentó con sarcasmo que la presentación de Freud sonaba a cuento de hadas científico. Al final de su carta a Fliess, Freud se quejó: 

"¡Y todo esto después de que uno haya demostrado la solución a un problema de más de mil años de antigüedad: el nacimiento del río Nilo!" (Freud, 1896, citado en Zulueta, 1993). 

Lo que Freud postuló fue que la experiencia del abuso sexual había sido reprimida y había permanecido latente durante años, antes de que los síntomas histéricos se manifestaran con la explosión hormonal y el florecimiento de la sexualidad en la adolescencia y en la etapa adulta temprana. La idea de un período refractario o de latencia era consistente con otras patologías médicas como la sífilis. Freud dio la siguiente explicación: 

“Las experiencias sexuales infantiles son la condición previa fundamental para la histeria ... No la causan de inmediato, sino que ejercen una acción patógena más tarde, cuando regresan a la memoria después de la pubertad en forma de recuerdos inconscientes" (Freud, 1896, citado en Ezquerro, 2017b). 

Freud no descubrió el inconsciente. En la Biblia ya se habían descrito algunas manifestaciones del inconsciente a través de las experiencias oníricas, como el sueño de José de las siete vacas gordas y las siete vacas flacas. Pero lo que sí hizo Freud fue formular una teoría e interpretación de los mecanismos inconscientes, que pudiese servir de herramienta para entender y resolver los enigmas que con frecuencia presentaban sus pacientes en la consulta. 

La inmensa mayoría de sus colegas se negaron a creer que el abuso sexual infantil en la familia hubiese podido ocurrir en realidad. Algunos de ellos incluso lo acusaron de poner esas ideas en la mente de sus pacientes. Breuer (su antiguo mentor) lo defendió de dichas acusaciones, pero su apoyo fue tibio y parcial al considerar que los descubrimientos de Freud podrían haber sido exageraciones o distorsiones. 

Breuer sí aceptó que el trauma de carácter sexual era un factor importante en la etiología de la neurosis, pero no estaba de acuerdo con la hipótesis freudiana de que la histeria era siempre una consecuencia diferida de un abuso sexual previo a la pubertad. En mayo de 1896, Freud escribió de nuevo a su fiel amigo Fliess: 

"Me siento muy aislado, como nunca pude imaginar…; la palabra me ha abandonado, un vacío se está formando a mi alrededor" (Freud, 1896, citado en Sinason, 2011). 

Como los síntomas histéricos estaban tan extendidos, que ni siquiera perdonaban a sus hermanos o a él mismo, Freud tuvo que deducir que tal vez su propio padre pudiera ser culpable. Pero enseguida cambió de opinión y excluyó a los padres como principales perpetradores del abuso sexual infantil. Se concentró más en parientes, cuidadores y hermanos mayores, aunque en este último caso Freud insinuó que el hermano mayor había sido seducido previamente por un adulto. 

Podemos decir que Freud se rindió a la presión externa de la sociedad burguesa del Imperio Austro-Húngaro, así como a la presión interna de sus propias dudas. Repudió su creencia inicial y afirmó en cambio que los frecuentes relatos de sus pacientes sobre abusos sexuales en la infancia eran ilusiones o fantasías. 

En septiembre de 1897, Freud escribió a Fliess nuevamente para informarle sobre las dificultades que estaba experimentando en el tratamiento de las víctimas del incesto, y para justificar su retirada de la teoría de la seducción. El texto de su confesión es revelador: 

"En primer lugar, la continua desilusión en mis esfuerzos por llevar el análisis a una conclusión real... 

En segundo lugar, la sorpresa de que en todos los casos el padre, sin excluir el mío, podría ser acusado de perversión... 

En tercer lugar, la percepción cierta de que en el inconsciente no hay indicaciones claras sobre la realidad, por lo que uno no puede distinguir entre la verdad y la ficción... 

En consecuencia, me queda la solución de que es la fantasía sexual la que invariablemente se apodera del tema de los padres… " (Freud, 1897, citado en Ezquerro, 2017b). 

Freud se sintió forzado a postular que los problemas emocionales de sus pacientes eran causados por ‘fantasías’ o delirios de seducción que en realidad no habían ocurrido. Según Bowlby, este giro brusco de Freud retrasó el abordaje del problema unas siete décadas, no sólo en el mundo de la psicoterapia sino también en el inconsciente colectivo de la sociedad y el concomitante sentir de los ciudadanos. Las voces disidentes fueron acalladas, con indiferencia, silencio cómplice e incluso hostilidad. 

Hubo un incidente notorio, que ocurrió 35 años después de la rendición de Freud sobre la realidad del abuso sexual infantil. El psicoanalista húngaro Sandor Ferenczi, convencido de que sus pacientes le decían la verdad, decidió exhumar la teoría de la seducción. En 1932 presentó su re-descubrimiento a una gran audiencia de psiquiatras, psicólogos y psicoanalistas en una reunión científica en Wiesbaden, en Alemania. El trabajo de Ferenczi se tituló: Confusión de lenguas entre el adulto y el niño. 

Esta confusión de lenguas se pone de manifiesto, por ejemplo, cuando una niña anhela una relación de apego afectuoso y cercano con su padre o padrastro que, desde una perspectiva perturbada, malinterpreta la necesidad de su hija en términos de una ‘lengua sexual adulta’ (un idioma que la niña no conoce) y luego la fuerza a ella a ‘hablar’ dicha lengua (Ferenczi, 1949). 

Así, este padre abusivo toca el cuerpo y los genitales de su hija de una manera sexualmente inapropiada, mientras ella habla su inocente 'lengua infantil'. Además, el padre intenta persuadir a la hija de que la lujuria paterna es en realidad el amor que ella anhela. Esto no es ‘sexualidad infantil’ sino abuso sexual y explotación de las necesidades de apego de personas vulnerables e indefensas, algo que he descrito recientemente como una ‘perversión de la relación de apego’ (Ezquerro, 2017b). 

El valiente y honesto trabajo de Ferenczi fue agresivamente rechazado por sus colegas, sobre todo por Freud, quien había sido objeto de un rechazo comparable cuando presentó sus casos de abuso sexual infantil en Viena, en 1896. Muchas preguntas quedaron en el aire: 

¿Por qué desplegó Freud hacia Ferenczi una hostilidad incluso más salvaje que la que él mismo había recibido 36 años antes por parte de Krafft-Ebing? ¿No resulta cruel que el ‘padre’ del psicoanálisis hubiera perdido todo sentido de empatía hacia Ferenczi a pesar de su propia experiencia de rechazo? ¿Fue la conducta hostil de Freud una manera inconsciente de expresar un trauma no resuelto? 

De hecho, Ferenczi fue excomulgado de la comunidad psicoanalítica; lo cual pudo contribuir a su temprana muerte el año siguiente, a la edad de 59 años. Su artículo sobre la Confusión de lenguas entre el adulto y el niño fue censurado y no pudo ser publicado en inglés durante casi dos décadas. En este trabajo, Ferenczi denunció la hipocresía bajo la que se ocultaba el crimen del abuso sexual, que entonces casi nadie se atrevía a revelar. 

En el artículo también hay una crítica honesta a los profesionales (incluido él mismo) por crear situaciones peligrosas y nocivas en las que los terapeutas transfieren sus propios problemas a sus pacientes, lo que a veces conducía a la repetición del trauma sexual infantil (Ferenczi, 1949). 

Sándor Ferenczi
Foto: Wikipedia

Bowlby consideró que el miedo de Freud y de la mayoría de sus discípulos a los hechos reales, y su refugio en el mundo de las fantasías inconscientes, contribuyeron a una práctica clínica tremendamente ignorante e infructuosa con las víctimas. El silencio colusorio de los diversos estratos de sociedad también contribuyó a la persistencia y propagación de este grave problema. En una entrevista realizada por Virginia Hunter en 1990, Bowlby afirmó: 

"Debo decir que como estudiante estaba casi prohibido prestar atención a los acontecimientos de la vida real. Bueno, estoy hablando de la década de 1930 ... y todavía creo que hay un énfasis excesivo en la fantasía" (Bowlby, 1990. citado en Hunter, 2015). 

En dicha entrevista, Bowlby explicó también que, solo cuatro años antes, había asistido a una conferencia en una clínica muy conocida en los Estados Unidos. Un psicoanalista presentó el caso de una mujer que dijo haber sido abusada sexualmente por su hermano mayor. Sin embargo, el analista estaba convencido de que esto era una fantasía. 

Bowlby no tuvo dudas de que la mujer estaba diciendo la verdad, ya que sus problemas eran típicos de lo que podría esperarse como resultado del abuso sexual infantil. Le preguntó al analista si había leído la literatura sobre el abuso sexual en la infancia y sus consecuencias. Y quedó horrorizado de que el analista no estuviese familiarizado con las publicaciones especializadas sobre el tema, a lo que Bowlby añadió: 

"Mencioné esto porque ocurrió, ya ves, hace tan sólo cuatro años. Por lo tanto, esta renuencia a creer que lo que un paciente dice es cierto todavía está presente. Creo que es … antiterapéutico” (Bowlby, 1990, citado en Hunter, 2015). 

Además del psicoanálisis, buena parte de los profesionales de la salud mental y la mayoría de las instituciones en la sociedad mantuvieron un silencio cómplice. La negación es una fuerza poderosa a todos los niveles, como magistralmente expresó el filósofo Friedrich Nietzsche, en un elogiable ejercicio de introspección sobre la conciencia del ser humano: 

"Lo hice", susurra mi memoria. 

"No, no pude hacerlo", dice mi orgullo … y continúa inexorable. 

Finalmente … la memoria cede (Nietzsche, 2000). 

La situación en Reino Unido 

En los años setenta y ochenta, el movimiento feminista contribuyó a sacar a la luz el problema del abuso sexual infantil, junto con otros temas tabú como la violación y la violencia de género. 

En el verano de 1987, el Informe Cleveland tuvo un poderoso efecto de sacudida en todos los estratos sociales de Gran Bretaña. En la primavera de ese año, 121 niños del entonces condado de Cleveland, un área de menos de 600 kilómetros cuadrados, fueron separados de sus familias y llevados a centros protegidos de los servicios sociales, ante la sospecha de haber sufrido abusos sexuales (Ezquerro, 2017a). 

Muchos de estos niños fueron nuevamente abusados por sus cuidadores, dentro de una estructura de servicios sociales que no estaba preparada para la prevención y el tratamiento del abuso sexual infantil. Lamentablemente, el proceso de la justicia penal en sí mismo agregó mucho al trauma de las víctimas, a corto y a largo plazo. Los niños recibieron muy poca información sobre lo que estaba sucediendo. 

Además, muchos de estos niños fueron aislados y sometidos a duros interrogatorios. En febrero de 2013, los medios de comunicación británicos denunciaron el suicidio de la joven Frances Andrade, después de un controvertido juicio en el que se sintió acorralada, al tener que dar detalles minuciosos sobre el abuso sexual al que había sido sometida de niña. Este trágico suceso puso de relieve la naturaleza re-traumatizante del proceso legal. 

En ese contexto, en julio 2014, la entonces responsable del Ministerio del Interior y futura primera ministra Theresa May mandó iniciar una investigación a nivel nacional sobre el abuso sexual infantil en Reino Unido. Esto ocurrió a consecuencia de la revelación de que 114 archivos del Ministerio del Interior sobre supuestos abusadores, durante el período de 1979 a 1999, habían desaparecido o habían sido destruidos. Esto implicaba que la evidencia tuvo que ser suprimida necesariamente por personas de alto rango de poder. 

La investigación todavía no ha concluido. Los cuatro primeros directores de la misma tuvieron que dimitir, debido a las muchas presiones recibidas que no les dejaban hacer su trabajo. El actual primer ministro Boris Johnson, con su cinismo característico, llegó a decir que esta investigación es una manera inútil de tirar el dinero. Este tipo de escándalos ocurren no sólo en Reino Unido sino en todos los países. 

El número de niños abusados sexualmente en Inglaterra y en Gales se estima en torno a los seiscientos mil. La estimación, que proviene de la Encuesta Nacional a Hogares con Experiencias Infantiles Adversas, seguramente se queda corta. La principal preocupación de la policía se basa en que no son las bandas del crimen organizado las que constituyen el mayor problema, sino el propio hogar: el 90% del abuso sexual es perpetrado por personas que conocen a los niños dentro de la familia. 

"El número de niños abusados sexualmente en Inglaterra
se estima en torno a seiscientos mil" (Ezquerro)
Foto: medscape.com


En Gran Bretaña, el abuso sexual en la niñez es con demasiada frecuencia un crimen oculto, que penetra con alevosía todas las clases sociales e instituciones en la comunidad. Ser un espectador y permanecer en silencio son formas de complicidad con el abuso. Desgraciadamente, las estructuras de poder prevalentes a menudo abruman a los testigos, quienes como consecuencia se sienten paralizados. 

Se necesitan más iniciativas terapéuticas para los supervivientes; por ejemplo, refugios y servicios gratuitos de información, de consejería y de psicoterapia, que operen dentro de una política de inclusividad y de confidencialidad. Al mismo tiempo, es imperiosamente necesario ir más allá del consultorio y abordar el problema de manera efectiva en los ámbitos social, cultural y político. 

En la década de 1970, Bowlby se unió activamente a las voces alarmadas por la alta incidencia del incesto y sus efectos dañinos en el desarrollo a corto, medio y largo plazo. Lo llamó sin tapujos explotación sexual y una forma de violencia intrafamiliar (Bowlby, 1984). 

Bowlby consideró que, en los casos más severos, el abuso sexual puede llevar a la psicosis y a la personalidad múltiple o ‘trastorno de identidad disociativo’. Hay varios signos característicos de este trastorno. Aunque la lista no es exhaustiva, cabe destacar los siguientes (Bowlby, 1988; Ezquerro, 2017a): 

Una constelación de diferentes síntomas que ocurren erráticamente, incluyendo intensos dolores de cabeza y otros síntomas físicos inexplicables. 

Frecuentes crisis de pánico con sudoración profusa. 

Depresión y fluctuaciones extremas del estado de ánimo, que disminuyen la capacidad y la eficacia en el trabajo y en los estudios. 

Amnesia y distorsiones y errores en el tiempo. 

‘Des-personalización’ (sentimiento de estar separado de uno mismo) y ‘des-realización’ (sentimiento de que el entorno es irreal). 

Trastornos alimenticios como la bulimia y la anorexia. 

Autolesiones y, en los casos más graves, suicidio. 

Bowlby señaló que el abuso que da lugar a tales trastornos probablemente se ha repetido durante varios años en la infancia: 

"Quizás comenzando durante los primeros dos o tres, pero generalmente continuando durante el cuarto, quinto, sexto y séptimo años y, sin duda, con frecuencia por más tiempo" (Bowlby, 1988). 

En una de nuestras supervisiones Bowlby me confesó que, durante su largo periodo de formación psicoanalítica, se negaba sistemáticamente la existencia del abuso sexual infantil y que, a lo largo de su carrera, casi nadie hacía referencia a dicho abuso. En esas raras ocasiones en las que alguien lo hacía, el abuso se consideraba producido por fantasías y no como un hecho real. 

Bowlby me recomendó encarecidamente que creyera en mis pacientes cuando me contasen experiencias de abusos sexuales en su infancia y adolescencia. También me aconsejó que fuera impecablemente ético, atento y compasivo con las víctimas para que pudiesen sentir que contaban con una ‘base segura’ que les ayudase a recomponer sus vidas. 

Un mensaje de colaboración y esperanza 

La explotación y la violencia sexual son unas experiencias traumáticas complejas. Con frecuencia incluyen confusión y ruptura de la confianza en la persona que debe proporcionar protección, refugio, y una base segura, que son elementos fundamentales en las relaciones de apego sanas. 

Con demasiada frecuencia, las víctimas no son creídas ni respetadas. Su dolor puede ser trivializado y algunas veces ni siquiera reconocido. No es inusual que el abuso tenga lugar frente a los ojos y los oídos de testigos que no quieren saber nada. 

Hemos de tener en cuenta la influencia perniciosa del inconsciente colectivo. Hasta no hace mucho, la mayor parte de la sociedad ignoraba la existencia del abuso sexual infantil y de sus consecuencias dañinas para el desarrollo personal a corto, medio y largo plazo. 

En 1988, Bowlby denunció que, tanto a nivel individual, como familiar e institucional, se elude conocer aquello que uno no quiere reconocer. Este mecanismo de defensa psicológico y de dinámica grupal perversa ha contribuido a que muchos abusadores utilicen su poder e influencia para explotar sexualmente a personas a su cargo o a su cuidado. 

En el abuso sexual infantil se elude conocer
aquello que uno no quiere reconocer (Bowlby)
Foto: huffingtonpost


Lamentablemente, el abuso sexual infantil es generalizado y se produce en la familia, en el ambiente laboral, en la consulta, en los colegios, en la sacristía, y en otros muchos lugares relacionados con actividades tan diversas como el arte, la política, la religión, el deporte, el trabajo social, la docencia o la salud. 

Muchas víctimas del abuso sexual cometido en etapas posteriores de la vida tienen antecedentes de haber sido abusadas durante la infancia o la adolescencia. 

Algunos psicoterapeutas no pueden o no quieren comprender que la búsqueda de afecto y cercanía por parte del niño o de personas vulnerables puede ser la expresión de un anhelo ansioso por un apego seguro. Esta ignorancia o negligencia profesional puede llevar a la repetición del abuso en otras fases de la vida. 

En el primer volumen de su trilogía sobre ‘El apego y la pérdida’, Bowlby (1969) sugirió que Freud, a pesar de sus ingentes contribuciones al entendimiento de la mente y de los mecanismos inconscientes, pareció haber sido incapaz de comprender la verdadera naturaleza del apego humano, tanto en la niñez y la adolescencia como en la etapa adulta, la madurez y las situaciones terapéuticas. 

Por ello, la teoría del apego es crucial para comprender el sufrimiento de los supervivientes del abuso sexual infantil perpetrados en la familia y fuera de la familia. Este tipo de abuso es siempre un crimen relacional. Debemos reflexionar y aprender de los errores del pasado. Basta ya de secretos, ambigüedades y mentiras sobre las agresiones sexuales. 

Dada su magnitud, el abuso sexual infantil es mucho más que un crimen. Desde mi punto de vista, es una ‘enfermedad social’ de proporciones epidémicas y debemos abordarla como tal, con la coordinación entre los diversos profesionales, la ayuda de políticos y de personas en posiciones de autoridad, así como con la colaboración de todos los miembros de la sociedad (Ezquerro, 2017a). 

Cuanto mejor sea la conciencia y la comprensión de una enfermedad, mayor será la posibilidad de mejorar la prevención y el tratamiento de la misma. La respuesta de nuestras sociedades ha sido con frecuencia la de negación, la de trivialización y la de racionalización. Se requieren cambios fundamentales para luchar contra esta enfermedad social, y para ayudar a las víctimas a participar en la sociedad como iguales; sin que se sientan avergonzadas, juzgadas, rechazadas, discriminadas o estigmatizadas. 

Desde la perspectiva del apego, el problema sólo puede abordarse avanzando hacia una sociedad más segura, que proteja a los niños, a las familias y a las personas más vulnerables, para que desarrollen relaciones de apego sano y perciban su comunidad como una ‘base segura’ a la que pueden recurrir a pedir ayuda cuando sea necesario. 

Afortunadamente, la sensibilidad hacia las víctimas ha ido mejorando poco a poco, a medida que ha aumentado la conciencia social del problema. Sin embargo, todavía queda mucho por hacer. Los perpetradores y las instituciones a las que pertenecen deben pedir perdón y ofrecer mayores gestos reparativos a las víctimas, para ayudarlas en su lucha por superar el trauma. 

El apego seguro es el mejor antídoto para superar y prevenir esta lacra. Reconozco que una prevención completa del abuso sexual infantil no es un objetivo alcanzable a corto plazo. Sin embargo, cada uno de nosotros (profesionales, políticos, docentes, el clero y en última instancia todos los ciudadanos) tenemos que aspirar a ello. Ésta es una batalla que deberá ser sostenida generación tras generación. Y quiero infundir esperanza. La unión hace la fuerza. 

Del mismo modo que hemos conseguido superar las enfermedades infecto-contagiosas de la infancia, como la polio, la varicela o la tosferina, gracias a las vacunaciones, también debemos unir nuestras fuerzas para no sólo vencer al coronavirus y sus cepas mutantes, sino también erradicar el virus del abuso sexual infantil. 

Queda un largo camino por andar y no hay que desfallecer. Un grano no hace granero, pero ayuda al compañero … 

Referencias bibliográficas 

Bowlby J (1969) Attachment and Loss: Vol. 1. Attachment (1991 edition). London: Penguin Books.

Bowlby J (1984) Violence in the family as a disorder of the attachment and care-giving systems. The American Journal of Psychoanalysis, 44: 9-27.

Bowlby J (1988) A Secure Base: Clinical Applications of Attachment Theory. London: Routledge.

de Zulueta F (1993) From Pain to Violence: The traumatic roots of destructiveness. London: Whurr Publishers.

Ferenczi S (1949) Confusion of the tongues between the adults and the child: The language of tenderness and passion. International Journal of Psycho-Analysis, 30: 225-230.

Ezquerro A (2017) Attachment as recovery from child sexual abuse. In Encounters with John Bowlby: Tales of Attachment. London and New York: Routledge, pp. 160-171.

Ezquerro A (2017) Professional sexual abuse: A perversion of attachment? In Encounters with John Bowlby: Tales of Attachment. London and New York: Routledge, pp. 172-188.

Freud S (1896) The Aetiology of Hysteria. In Standard Edition: Vol. 3. The Complete Works of Sigmund Freud (1953 edition). London:  Hogarth Press.

Hunter V (2015) John Bowlby: An Interview by Virginia Hunter. Attachment: New Directions in Psychotherapy and Relational Psychoanalysis, 9(2): 138-157.

Nietzsche F (2000) Basic Writings of Nietzsche. New York, USA: Random House Inc.

Sinason V (2011) Introduction. In Sinason V (ed.) Attachment, Trauma and Multiplicity: Working with Dissociative Identity Disorder. London, UK, and New York, USA: Routledge, pp. 3-20.


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