lunes, 2 de abril de 2018

10 preguntas que los padres o cuidadores se hacen sobre resiliencia infantil.

Adrián Cordellat me entrevistó para la revista Padres y colegios de la que es redactor. Parte de lo que le transmití ha quedado recogido en la entrevista. Pero queda otra parte -que no se reflejó en la misma- y que no quiero que se quede en el cajón. Así pues, os la ofrezco esperando que os sea útil.

¿Cómo definirías el concepto de resiliencia?

Es un fenómeno que siempre ha existido pero que recientemente le hemos puesto nombre. La resiliencia es la capacidad de todo ser humano no sólo de reponerse de las adversidades de la vida y de los traumas, sino incluso de crecer a partir de los mismos y salir transformado y fortalecido. Dentro de la resiliencia hay dos visiones: una que proviene de Estados Unidos que pone el acento en el afrontamiento positivo tras la aceptación de la adversidad o la crisis vital; y otra, más afianzada en Europa, que postula que la resiliencia no sólo sería eso, sino que supondría el desarrollo de cualidades insospechadas, un crecimiento postraumático. Boris Cyrulnik, principal representante, afirma que es “un lugar, un acontecimiento, una obra de arte que provoca un renacer del desarrollo psicológico tras el trauma” Su obra clave titulada “Los patitos feos: una infancia infeliz no determina una vida” pone el énfasis en esta idea de la reconstrucción: el patito feo del cuento se transforma en un bello cisne.

Jorge Barudy es experto en el tema de la resiliencia y un ejemplo personal
de que esta es posible.

Hablamos de una cualidad cada vez más mencionada y a la que se le da más valor e importancia. ¿Por qué es importante la resiliencia?

Como dice Jorge Barudy, amigo y colega, uno de los autores y referente en el ámbito de estudio de la resiliencia, y una persona que ha demostrado que esta es posible (él es superviviente de la tortura por parte del régimen de Pinochet, haciendo un proceso de reconstrucción admirable y convirtiéndose en un psiquiatra que trabaja y se compromete con la infancia maltratada), se ha puesto tan de moda que el concepto puede ser desvirtuado. Puede usarse como receta para la felicidad y nada más lejos de eso. La resiliencia es importante porque pone el acento en el estudio de los aspectos que mantienen a las personas sanas o adaptadas psicológicamente frente a las adversidades de la vida y no en lo que nos hace enfermar. Hasta hace no mucho, la psicología y la psiquiatría han estado más ocupadas en el estudio científico de lo que nos hace desarrollar patología. La resiliencia es un cambio de mirada sobre la persona y cree en las posibilidades y los recursos internos de esta para sanar de las heridas emocionales. Pero siempre y cuando a las personas les proveamos de otras personas y entornos solidarios que potencien dichas cualidades, pues la resiliencia es una construcción social. Es peligroso pensar que como las personas tienen cualidades resilientes “per se”, apoyemos los recortes en servicios sociales y sanidad, por ejemplo. Sin un "otro" con quien vincules, al lado, y un entono favorecedor y proveedor de recursos, la emergencia de la resiliencia es más complicada.

¿Una persona nace con resiliencia o se hace? Quiero decir, ¿la resiliencia es algo a lo que tenemos predisposición genética o algo en lo que hay que trabajar?

Hoy en día una ciencia emerge con fuerza: la epigenética. Significa literalmente “sobre la genética” Rafael Benito, psiquiatra y psicoterapeuta, amigo y colega, nos enseña que, aunque heredamos unas predisposiciones genéticas y un temperamento, los genes sin variar la estructura del ADN, pueden ser influenciados por el ambiente (desde el minuto cero de nacimiento) de tal modo que unos se expresen y otros se silencien. Hay personas que pueden nacer con una predisposición a tener problemas mentales o emocionales, pero si se encuentran con un entorno afectivo y contenedor, no desarrollarán dichos problemas. 


Rafael Benito Moraga, psiquiatra experto en neurobiología del maltrato infantil
y un gran estudioso y apasionado del tema.

La resiliencia es, desde luego, algo a trabajar, necesita del apoyo de personas y experiencias significativas para que hagamos un proceso en el que desarrollemos cualidades que nos permitan afrontar constructivamente los problemas y golpes de la vida, y que podamos aprender y crecer desde los mismos, crecer desde la adversidad. Como dice Boris Cyrulnik, “estás sufriendo, permanece atento que algo bello va a suceder” Se refiere entre otros aspectos, a esa capacidad de crecimiento postraumático.

Tengo entendido que hay dos tipos de resiliencias: primaria y secundaria. ¿En qué se diferencian?

Jorge Barudy es quien diferencia entre resiliencia primaria y secundaria. La resiliencia primaria es la experiencia de contar desde el principio de la vida con unos padres o cuidadores competentes que nos dan seguridad, los cuales, a través de la empatía y el afecto, con sensibilidad y también con contención y límites, son quienes nos otorgan el fundamento para estar y ser en el mundo. Gracias a esa experiencia de vínculo de apego seguro hacia los padres o cuidadores primarios nuestro cerebro-mente se organiza, siendo la primera escuela de aprendizaje emocional y social. Tomando como metáfora un edificio, la resiliencia primaria serían los cimientos.

La resiliencia secundaria sería la que podemos desarrollar aunque no hayamos contado con una experiencia de apego suficientemente segura, o cuando hayamos sufrido experiencias duras como el abandono, la negligencia, el maltrato, las pérdidas de seres queridos u otro tipo de traumas como guerras, pobreza, privaciones, exilio, enfermedades… sobre todo a edades tempranas, porque gracias a personas (o experiencias significativas) y entornos de apoyo y sostén, podemos extraer de las mismas los recursos necesarios para rehacernos. Son los denominados tutores de resiliencia, personas que bien de una manera explícita o implícita están a nuestro lado, cambian la mirada sobre nosotros, nos aceptan incondicionalmente (a la persona, al ser humano), creen en nuestras posibilidades, nos dan oportunidades y nos proveen de diferentes recursos para poder encontrar un punto de apoyo y desde ahí transformarnos, sanar de las heridas emocionales o psíquicas y proyectarnos a futuro como seres humanos válidos y dignos para nosotros y los demás. La metáfora de la palanca de Arquímedes, como dicen los autores, psicólogos Gema Puig y José Luis Rubio en el libro Tutores de resiliencia”, lo explicaría muy bien: “Dadme un punto de apoyo y moveré MI mundo” Esto es lo que los niños (y también los adultos en momentos críticos) necesitan para hacerse resilientes.

¿Cómo podemos ayudar/enseñar a los niños a ser resilientes?

Todo niño necesita al menos una persona a su lado que crea en él durante todo el tiempo que dure su crecimiento y maduración y satisfaga sus necesidades (físicas, afectivas, éticas y normativas) Un adulto principalmente coherente pero flexible, estable emocionalmente, afectivo pero firme en los momentos en los que hay que mantener la consistencia ante transgresiones y que estimule el desarrollo del niño a través del juego. No alguien perfecto -que no existe-, sino alguien consciente de su trascendente labor de padre, madre o adulto cuidador y dispuesto a reflexionar sobre su tarea de crianza o educativa. El resto de personas que conforman la red social de un niño (su familia extensa, su profesor, educadores deportivos, artísticos, amigos…) son también importantes referentes. Porque los niños, sobre todo, aprenden de lo que ven en nosotros, de nuestro modelo de actuación (de si somos coherentes entre lo que decimos y hacemos), de cómo reflexionamos y afrontamos las dificultades y adversidades de la vida. Aprenden de lo que ven y de lo que les inculcamos y enseñamos, porque lo interiorizan. Y ¡ojo! que resiliente no implica no sentir dolor ni ser invulnerable o todopoderoso. El dolor forma parte de la experiencia de la vida. Resiliente quiere decir que, a pesar de todo -con apoyo, pero sin suplantar a la persona-, te rehaces y continuas el camino de la vida transformándote gracias a las cualidades internas que emergen.


Un niño construye resiliencia si tiene a lo largo de su desarrollo
un adulto competente que crea en sus posibilidades.

¿Cómo podemos hacerlo si nosotros, como padres, no somos resilientes? ¿Dificulta esto la tarea?

Sí que la dificulta. Porque un niño necesita a ese adulto competente. Si los padres no son resilientes, dejarse ayudar para ser conscientes de ello y hacer un trabajo personal para serlo, sería un buen indicador. Los niños pueden desarrollar, en caso contrario, un proceso resiliente gracias a otras personas: familias de acogida o educadores en casos graves de desprotección. También un maestro o escuela pueden ser favorecedores de resiliencia. Si hay un potente cambio de mirada en el profesor hacia el niño, puede hacer emerger lo mejor de este. Hay niños que tienen en los maestros a referentes muy importantes, vitales, y como dice Boris Cyrulnik, ellos no saben cuán trascendentes fueron para el niño.

¿Qué beneficios tendrá para ellos a medio y largo plazo esta resiliencia?

Uno de los estudios pioneros en resiliencia (Werner, 1992) estudió, en una isla de Hawái azotada por la adversidad y los traumas como ninguna, a las personas desde su niñez hasta la vida adulta, lo que se denomina un estudio longitudinal. Se esperaba en la adultez obtener un índice alto de patología, pero los investigadores se llevaron una sorpresa: un 30% de personas se encontraban psicológicamente bien y llevaban una vida adaptada a pesar de haber padecido traumas severos en su infancia. ¿Qué marcaba la diferencia? Los que no enfermaron mentalmente tuvieron la oportunidad de tener a su lado un adulto que los aceptó incondicionalmente con independencia de su raza, religión, etnia… Esto nos indica la enorme importancia para la salud mental que tiene ser respetuoso siempre con la persona del niño. Así pues, lo que está en juego a medio y largo plazo es nada más y nada menos que la salud mental y el bienestar físico. Un pilar importantísimo lo es el fomento de la la resiliencia acompañando al niño en su desarrollo. Lo malo es que nuestra sociedad fuerza a los niños a una autonomía cada vez más prematura y al “háztelo tú mismo”. Los niños para desarrollarse bien necesitan adultos competentes emocionalmente a su lado, primero a los padres o cuidadores, y después, a otras personas significativas de su entorno. La sociedad no lo pone fácil porque cada vez los adultos pasan más tiempo fuera, en el trabajo, o llegan agotados tras una dura jornada y no tienen energía para criar al niño.

¿Qué cualidades suelen tener, generalizando, los niños resilientes?

Personalmente no soy partidario de hablar de resiliencia como algo logrado sino como un proceso que empieza desde que nacemos, sentando, gracias a los buenos tratos, las bases de un desarrollo sano físico y mental, hasta que morimos. Constantemente estamos en ese camino de cultivar la resiliencia. Los niños que van construyendo resiliencia van presentando cualidades en la primera infancia de confianza y seguridad en el mundo adulto. Hacia los cuatro años, van siendo capaces de regular sus emociones y pueden comprender que el otro tiene una mente. Hacia la edad de comienzo de la primaria, están en situación de socializar adecuadamente colaborando con los iguales. En la segunda infancia, son más estables emocionalmente, toleran mejor las frustraciones, perseveran ante las dificultades, se muestran más optimistas y esperanzados ante los reveses de la vida y creen más en sí mismos. Muestran más capacidad para compartir y participar en actividades con gozo y disfrute. ¡Siempre con un adulto a su lado!, porque los cerebros de los niños son inmaduros y están en desarrollo, y precisan, como dice Jorge Barudy, “tomar prestado” el de los adultos. No nos olvidemos que los niños, con ayuda, pueden ir consiguiendo estas cualidades si no antes, posteriormente.



Capacidad de adaptación, positivismo, gestión emocional… ¿la resiliencia ayuda a desarrollar muchas de las características cada vez más cotizadas y que los padres más deseamos en nuestros hijos?

Sí, pero no nos olvidemos que no hay recetas. Y que los niños no son de ninguna manera por ellos mismos, que los rasgos que desarrollan son de naturaleza interpersonal en función de la calidad de las relaciones que hayan tenido, y que la resiliencia se va consiguiendo a lo largo del desarrollo vital siempre y cuando los padres y adultos que formen la red psicosocial del niño se impliquen y trabajen por y para ello. Sin tiempo y sin dedicación al niño, sin presencia y permanencia adulta, es muy complicado hacerse resiliente. Que nadie piense que la resiliencia te cae del cielo o naces con ella.


Cuando se habla de resiliencia infantil, muchas veces nos referimos a la capacidad de los niños de sobreponerse a situaciones traumáticas, como malos tratos, durante sus primeros años de vida, y desarrollar elementos positivos a partir de esas experiencias. Pero la resiliencia, ¿se puede trabajar también a partir de situaciones menos traumáticas?

Por supuesto, el proceso de construirse como una persona resiliente no sólo es a partir de traumas complejos como lo son el abandono y el maltrato. De las adversidades, crisis vitales, retos y desafíos de la vida, de su aprendizaje y superación, también se desarrolla la resiliencia. Si un niño, por ejemplo, tiene que repetir curso, de cómo los adultos que estén a su lado le ayuden a entenderlo, aceptarlo y afrontarlo dependerá que desarrolle una sana autoestima. Si procesa constructivamente la experiencia, eso le fortalecerá. Boris Cyrulnik afirma que no podemos ser felices tanto si vivimos sin tener que afrontar ninguna adversidad como si sólo recibimos golpe tras golpe, trauma tras trauma. Un ser humano feliz y pleno es el que ha sido capaz de integrar el placer y el dolor como parte de la vida, y aprender de ambos. Tenemos que enseñar a los niños (desde la familia y la escuela) que todas las experiencias que nos toque vivir nos van a aportar -nos harán sentir emociones intensas como la rabia, la frustración, el miedo y, a veces, dolor emocional-, vamos a forjarnos como seres humanos aprendiendo de ellas, atravesándolas y saliendo fortalecidos. Pero es imprescindible que los niños no estén solos en esto, tiene que haber, insisto, un adulto competente –al menos uno- a su lado el tiempo que necesiten antes de que puedan ser autónomos. Y después, cuando ya somos adultos, yo apostaría, como dice la psicóloga Maryorie Dantagnan, profesora, amiga y colega, por una independencia, pero con otros.

REFERENCIAS


Werner, E. (1992). Protective factors and individual resilience. In S. Meisels &J. Shonkoff (eds.) Handbook of early childhood intervention, (pp. 115-133). New York: Cambridge University Press.

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