sábado, 31 de enero de 2009

El trauma de las guerras

“No hay nada más dañino en la vida que la violencia ejercida por el hombre hacia el hombre” Esta frase de Jorge Barudy viene a cuento de la Guerra de Gaza a la cual asistimos impotentes en los últimos meses. También viene en relación a otras muchas guerras que se suceden en el mundo, o a cualquier otra forma de causarse daño unos a otros, de un modo cruel.

La población civil, hombres, mujeres y niños que ni siquiera tienen voz en los conflictos armados, los ciudadanos, alejados de la clase política y de otros poderes fácticos, sufren y padecen las consecuencias de las guerras, de los que toman la decisión de enfrentarse despiadadamente implicando a personas incocentes. Ahora parece que hay decretado un alto el fuego para que se pueda seguir un proceso de paz (que no se respeta, pues hoy leo en los medios de comunicación que se han lanzado cohetes hacia Israel) Este proceso siempre llega cuando ya hay muchas personas muertas o vivas pero destrozadas por el dolor.

El trauma que las guerras, o la violencia, genera en el ser humano puede ser indeleble y de consecuencias devastadoras. Toda ayuda humanitaria será poca, no sólo para cubrir las necesidades físicas sino las psicológicas de unas personas que viven aterrorizadas ante la incertidumbre de ser alcanzados por una bomba.

¿Qué le puede responder un padre o una madre a un niño que pregunta por qué los hombres se hacen tanto daño entre sí y no son capaces de dirimir sus problemas dialogadamente encima de una mesa? ¿Por qué nos llevamos las manos a la cabeza cuando los jóvenes utilizan la violencia para conseguir sus fines? ¿Qué les enseña el mundo adulto?

¿Qué se le puede explicar a un niño que pregunta por qué los adultos se enfrentan a sangre y fuego, por qué no respetan a los niños, mujeres y hombres inocentes? "¿Qué hemos hecho nosotros, mamá?" – dirán muchos niños víctimas de las guerras. Y los niños son clarividentes, mucho más de lo que demuestran ser los adultos que pueden decidir.

La neurosis de guerra fue estudiada en los años cincuenta, comprobándose cómo los supervivientes de la Segunda Guerra Mundial presentaban cuadros de estrés postraumático graves de los cuales no se recuperaban, causando, en muchos casos, daños irreparables en las estructuras cerebrales responsables de codificar las emociones.

Ansiedad crónica, un sistema de alerta hiperactivado, sentimientos depresivos, la sensación de que se están reviviendo (como si volviera a ocurrir realmente) los sucesos que pusieron en riesgo la propia vida o integridad personal (flashback), miedos, fobias, desconfianza, recelo en las personas, síntomas disociativos, agresividad… son manifestaciones de lo que se denomina trastorno por estrés postraumático, el cual arruina la vida de muchas personas inocentes.
Es verdad que las víctimas de las guerras o la violencia nos enseñan mucho acerca de cómo se puede conseguir superar el trauma y mantenerse equilibrado, o incluso aprender de una experiencia tan demoledora (lo que se llaman personas resilientes), pero no es menos cierto que hay seres humanos que no pueden superarlo.

“Puesto que las guerras nacen en las mentes de los hombres, es en éstas donde deben erigirse los baluartes de la paz", reza el preámbulo de constitución de la UNESCO. Trabajemos todos para que esto pueda hacerse realidad, aunque suene a utopía.

viernes, 9 de enero de 2009

Series de TV y niños y jóvenes

El columnista y crítico de televisión José Javier Esparza da cuenta de un estudio llevado a cabo por la periodista y técnica de Igualdad Carmen González Vicente para la Asociación Plaza del Castillo de Usuarios de Medios de Comunicación, en colaboración con el Departamento de Consumo del Gobierno de Navarra.

El estudio versa sobre 50 personajes infantiles y juveniles de las series de televisión, centrándose en las series de producción española emitidas por Antena 3 y Telecinco: “Hospital Central”, “MIR”, “Aída”, "Escenas de Matrimonio”, “Cámera Café”, “Sin tetas no hay paraíso”, “Yo soy Bea”, “Impares”, “Los hombres de Paco”, “Lalola”, “Física o Química” y “El Internado” Como se puede comprobar, las series son de lo más visto en televisión por niños y jóvenes.

Conclusiones del estudio:

1/ En general se trata de personajes que transmiten rasgos de comportamiento demasiado exagerados y estereotipados.

2/ Los personajes actúan como soportes comerciales de una amplia gama de productos que van desde la música hasta las mochilas.

3/ Los jóvenes de televisión carecen de cualquier profundidad; cosas como la cultura, la política, la espiritualidad, por ejemplo, rarísimas veces aparecen en las frases que pronuncian. Lo que más les preocupa son el materialismo y el sexo.

4/ En el caso de los personajes infantiles, éstos aparecen asociados siempre a una gran preferencia por las nuevas tecnologías.

5/ Las series se sitúan en un entorno urbano y “la mejora de la situación individual mediante el esfuerzo, ya sean los estudios o el trabajo, no es considerada como una opción en la vida”

¿Se trataría de prohibir el visionado de estas series o de acompañar a los jóvenes y ayudarles a discernir entre la fantasía y lo real, tratando de que comprendan que el mundo en el que vivimos se rige o se ha de regir por otros valores? ¿Tienen más influencia en los niños y jóvenes estas series o nuestro modelo de actuación como padres que debe encarnar valores, actitudes y normas basadas en lo contrario a la felicidad mediante lo material, el tener y el consumir? Es decir, ¿podemos confiar en que la familia se convierta en el espacio privado que contrarreste estas influencias que deshumanizan a las personas? ¿O hay quien ve con buenos ojos que los jóvenes sean socializados en estos valores porque lo que importa en la vida es el éxito a través de ser atractivo, tener mucho dinero, usar las nuevas tecnologías, dejarte llevar por los impulsos y considerar las relaciones con los otros con un fin funcional?

Que cada uno reflexione y extraiga sus conclusiones.

jueves, 18 de diciembre de 2008

"Me gusta la Navidad"

El año pasado, por estas fechas, estuve comentando lo que muchos pacientes, amigos, conocidos... me transmitían acerca de la Navidad: su sentimiento generalizado de rechazo por muchas razones: por la hipocresía de la sociedad que instrumentaliza la Navidad; por el consumo desbocado (mientras hay quien no tiene nada); por la obligación que el sistema te impone para que te sientas alegre (y si no lo estás, eres un marginado que sólo expresa mal rollo) cuando lo que yo quiero es sentirme de otro modo; porque estas fechas pueden estar asociadas para mucha gente con experiencias dolorosas (pérdidas de seres queridos); y por un sinfin de razones, tantas como personas existen.

El año pasado recomendé a estas personas que partieran del hecho de que no pueden luchar contra lo inmutable: la Navidad está aquí, como dice la canción de la película Love actually, Christmas is all around me!, no podemos hacer nada por evitarla. Por lo tanto, no merece la pena gastar energía en lo que no podemos controlar. Lo que sí podemos controlar es nuestra actitud interior. Por lo tanto, si la Navidad no te gusta, mentalízate de que es desagradable, pero para nada catastrófica. Y no debes de sentirte de ninguna manera, date permiso para sentirte como tú quieras, con independencia de que a los demás les guste o no.

Pero de esto ya hablamos el año pasado, no vamos a ser reiterativos. Este año quiero mostrar la otra cara de la moneda, la de las personas a quienes les entusiasman estas fiestas y te dicen: "Me gusta la Navidad" Experimentan una corriente de emociones positivas que les conducen a transmitir buenos deseos a todos; a ser generosos; a preparar con mimo los christmas para sus amigos, familiares...; a escoger los villancicos; a esperar anhelantes la llegada de los seres queridos ausentes el resto del año; a sentir la experiencia religiosa que recuerda que un Hombre nació en un pobre portal en el seno de una familia humilde, siendo esperanza para muchos desheredados; a disfrutar de los niños y su inefable manera de vivir la Navidad, los regalos… que inyectan magia y alegría a todos… En suma, rezuman optimismo, vitalidad y alegría por doquier, y no piensan que todo es un engaño, sino que tratan de alargar esta actitud todo el año, considerando que el espíritu de la Navidad (la esperanza de un cambio y un mundo mejor para quienes no lo tienen y sufren por ello) debe patentizarse en estas fechas y tratar de extenderlo al resto del año. Para ellos, lo principal es lo que se celebra y los valores que sienten; la consecuencia es todo lo demás: las felicitaciones, la buena mesa y el buen vino, los regalos… Y una vida con valores es una vida plena.

Yo respeto todas las posturas, pero tengo mi opinión y me apunto a la última actitud. Así que, por todo ello, y con verde esperanza,

¡¡FELIZ NAVIDAD!!
¿Qué opináis?

miércoles, 10 de diciembre de 2008

¿Ignoramos a los otros como personas?

Una persona me ha pasado la siguiente información leída en un diario argentino, La Nación, recogida de un grupo de expertos que debaten en un congreso acerca de las causas que nos llevan a ignorar a los otros. Creo que da en el clavo de los males que nos aquejan:
Expertos en salud mental debaten sobre las razones que llevan a los argentinos a olvidar que los otros son también personas.

Tesy de Biase, Para LA NACION

La clásica ley universal que niega al otro para actuar sin culpa ("ojos que no ven") se ha corporizado con particular intensidad en la argentinidad actual. El otro (el prójimo, el semejante) aparece desdibujado, como si sus fronteras fueran invisibles. "Cuando vas por la calle la gente te atropella como si fueras transparente, te quiere pasar por encima, no existís", se queja la diseñadora gráfica Lorena Szenkier. "Esta impersonalización que transforma al otro en una cosa es hoy una característica de nuestra sociedad, que nos empuja a vivir hacia afuera, con cierta huida de nosotros mismos", dice el psicoanalista Alfredo Painceira, que dictó la conferencia "El mal como la negación del otro ", en el VII Congreso Argentino de Psicoanálisis, realizado en Córdoba. "Los vínculos entre las personas tienden a hacerse cada vez más instrumentales -dice Painceira-. El otro pierde su carácter de semejante para convertirse en cliente, rival o sencillamente en un instrumento para obtener algo." "El automatismo y la anomia de las ciudades superpobladas ceden en pueblos del interior, en donde la trama social se teje con nombres propios, los vínculos son más personalizados y cada uno ocupa un rol irreductible. Sin embargo, la tendencia general es de pérdida progresiva de la capacidad de empatía, de reconocer al otro y armonizarse con sus parecidos y diferencias." "La raíz de muchos males contemporáneos tiene estrecha relación con esta imposibilidad de reconocer al otro", dice Painceira, y rescata una advertencia de Juan Pablo II, quien poco antes de morir dijo que el peor de los males de este tiempo es el de inadvertencia. Pero la conversión del otro en un "objeto/nada", tal como lo definió la licenciada Estela Bichi, que también participó del citado congreso, no lleva patente argentina. Mediante este procedimiento, la civilización ha realizado, a lo largo de su historia, innumerables actos de incivilización y barbarie, aunque no siempre con la premisa del sadismo, sino de lo que la filósofa y pensadora alemana Hannah Arendt llamó "banalidad del mal". "Una de las cosas que más extrañaron a Arendt cuando conoció al genocida Adolf Eichmann, corresponsable de "la solución final" planificada por los nazis contra judíos y opositores, fue que se trataba de un burócrata: despersonalizando a las víctimas, transformándolas en simples números, convertía el Holocausto en un problema matemático". "Tenemos que matar a cinco millones de personas con el menor costo. ¿Cuál es el método más barato?" Sin alcanzar el dramatismo extremo que se ha repetido a lo largo de la historia en infinitas escenas de crueldad acompañada de anestesia, la vida actual multiplica cotidianamente escenas protagonizadas por quienes hacen del otro una nada, hecho que los avala a proceder con la mayor de las libertades sin asumir compromiso alguno sobre su propia conducta. El saber popular lo resume con la frase "La libertad de uno termina donde empieza la del otro". La ecuación es sencilla: si el otro no existe, la libertad de uno se expande. Pero el otro existe. Prohibido hacerse el autista. Uno de los resortes psicológicos que subyacen a este pase de magia que esfuma al otro tiene seguramente una raíz primitiva: "Quien no ha sido percibido, tratado ni sentido como persona en sus primeros años no puede desarrollar él mismo la capacidad de hacerlo", explica Painceira. Las personas con estas características "no sienten, viven desconectadas de sus afectos, en un cuerpo que sienten como un objeto más en un mundo de objetos". Sin embargo, la multiplicación del fenómeno permite pensar en mecanismos sociales que activan los engranajes del individualismo extremo. "En nuestra cultura cada vez es menos frecuente la relación yo-tú, y cada vez es más frecuente el contacto puramente instrumental del otro, que pasa a existir exclusivamente cuando es un obstáculo o cuando lo necesitamos." Para muestra, un estudio reciente realizado por el Instituto Nacional contra la Discriminación, la Xenofobia y el Racismo (Inadi) detectó que el 70% de los argentinos asume conductas discriminadoras, especialmente hacia las personas pobres. Es decir que la mayoría de nosotros segregamos a quienes no vemos como semejantes, salvo cuando resuelven nuestras necesidades. La manifestación de esta devaluación del otro se manifiesta en hechos cotidianos que, en opinión de Renata Pavani, demuestran "una brutal pérdida de valores y prioridades, además de una despersonalización de nosotros mismos". Desde la experiencia que adquirió invirtiendo tres horas diarias en viajar desde y hacia su trabajo como product manager de una editorial médica, comenta: "Hemos llegado a tal nivel de patetismo, que el otro día en el subte descubrí un cartel, paralelo al oficial, que decía "Prohibido hacerse el dormido", y se veía a una mujer embarazada colgada del pasamanos y a un chico joven sentado, que parecía dormido...". "El mecanismo es similar con las normas de tránsito y tantas otras normas -concluye-. Todos sabemos lo que tenemos que hacer, pero cuando nos toca hacerlo, nos hacemos los autistas"

Para mí, el análisis no puede ser más certero. Apliquémonos todos el cuento...

lunes, 24 de noviembre de 2008

Así me ayudó mi madre adoptiva

Una joven seguidora del blog (les doy mi más sincera enhorabuena, a la madre y a la hija, y les agradezco que compartan su experiencia con todos nosotros) me envía esta excelente vivencia que nos enseña y nos da las claves, sobre todo a los padres adoptivos, de cómo podemos acompañar a nuestros hijos en su dificil recorrido vital. Es un relato emotivo, lleno de sugerencias prácticas, que rezuma inteligencia y que nos da las pistas sobre cómo educar y cuál es el papel de los padres en esa educación. Con la garantía de una joven cuya experiencia ha merecido mucho la pena (desea conservar el anonimato), visto por ella. Os transcribo lo que me envía, pues no tiene desperdicio y nos puede ser de inestimable ayuda:

Así me ayudó mi madre adoptiva

Lo primero que señalaría es que me enseñaba sin castigo físico. “¿Me vas a pegar?” – le preguntaba cuando hacía algo mal. Y me respondía: “Jamás te pondré la mano encima” Incluso cuando era joven e inconsciente, tampoco lo hizo. Si de joven llegaba tarde por la noche, fuera de la hora convenida, me decía: “Vete a la cama, mañana hablamos” Eso lo hacía para que yo me quedara reflexionando sobre lo que había hecho. Al día siguiente me contaba lo preocupada que había estado por la noche con mi ausencia. Si reincidía, me prohibía salir por la noche dos fines de semana. Entonces, yo ya sabía que había hecho algo mal y aceptaba el castigo.

A veces me reñía, si hacía algo mal, y me enviaba a mi cuarto a reflexionar. De pequeña nunca me puso un castigo. Me decía que le pidiera perdón. Cuando estábamos enfadadas, me pedía que le diera un beso. ¡Eso me daba una rabia! Pero con el tiempo comprendí que con ello me enseñaba que estar enfadadas no tenía porqué cuestionar el vínculo y el afecto. El enfado era por mis comportamientos, no por mí. “Nada va a cambiar que yo te quiera” – decía frecuentemente. Y aquello a mí me reconfortaba por dentro porque había venido de un lugar donde recibí malos tratos.

Una pregunta que quema los labios de todo hijo adoptivo es la que yo le formulaba a mi madre con mucha insistencia desde los 13 años: “¿Por qué me has sacado de mi país?” “¡Me has quitado de mis raíces!” Se lo decía con mucha rabia, y a pesar de todo, ella no me recriminaba. Al contrario, toleraba mis emociones; decía que sentía que yo me sintiera así de mal. Y es que durante años estuve preguntándole cuándo nos íbamos a mi país. Siempre mantenía la calma, nunca se sulfuraba. Y es que yo quería volver a mi país, era mi mundo. Es como si arrancas la planta pero dejas la raíz allí… Fueron años duros, pero mi madre aguantó y estuvo ahí.

No pudimos ir a mi país tan rápido como yo hubiera querido por distintos asuntos. Cuando finalmente fui (mi madre también accedió a esto, creo que cuando me vio más fuerte para ello), me decepcionó mucho. Un mundo muy artificial. Me sentí fuera de lugar. No sentí el cobijo que yo pensé que sentiría. La verdad es que lo que sentía era curiosidad por mis orígenes, algo muy normal, creo. Y se pudo dar el caso de conocer algunos de mis familiares, pero creo que ni ellos ni yo estábamos realmente preparados para un encuentro. Hubiera sido negativo para ambas partes. Yo me habría derrumbado al ver tanto sufrimiento. Porque soy capaz de empatizar. No iba, además, poder ayudarles en nada. ¡Con 19 años y sin trabajo! Pero aquella experiencia y el que mi madre me ayudara a elaborarla, me ayudó mucho a comprender la adopción y lo feliz que era con mi madre.

Otro aspecto que destacaría de mi madre adoptiva es la tolerancia que tuvo y tiene. Hay muchos padres adoptivos que se enfadarían sólo por el mero hecho de mentar mi pasado. Mi madre escuchaba que yo quería irme. Y a pesar de que le doliera tanto oír que yo no me vinculaba a ella y a lugar, ¡era capaz de escuchar y entender mis frustraciones y mis sentimientos! Yo podía contar con mi madre, ella estaba a mi lado… ¡Mi madre me ha aguantado tanto! Otros padres hubieran dicho: “¡¡Pero quieres callarte ya con tu pasado!!” Mi madre no, mi madre me apoyaba.

Como veis, hay otra cualidad que se deduce de lo último que estoy contando: la paciencia. Mi madre la tenía, y mucha. Yo pienso que no hay amor si no hay paciencia. Comprendía, por ejemplo en la adolescencia, que es una etapa en la que más acusas la crisis de identidad, que estaba en un mal momento, me entendía en el aspecto de calmarme, estar ahí para que no sufriera… Recuerdo, en la adolescencia, un periodo difícil en el cual me rebelaba a través de la negativa a comer (me obsesioné con la comida, aunque sin llegar a un trastorno), no me invadía con su rabia y emociones negativas (que las tendría) sino que sabía comprenderme y me planteaba que comiera sólo un poquito. Y cuando me sentía infeliz, inútil o triste hacía lo mismo: estar a mi lado. Siempre. Y eso que en ocasiones me salía decirle frases como: “¡Tú no eres mi madre!”, cuando me enfadaba con ella. Pero nunca se la dije. Me callaba porque sabía que una persona que me daba tanto no me podía hacer daño, por lo que yo no podía dañarle a mi vez. Creo que empatizaba con ella. Probablemente porque ella empatizó primero conmigo.

También destacaría cómo me enseñó para la vida, con mucho diálogo y hablándome con toda sinceridad, sin tabúes, de todos los temas: sexo, drogas… Podía hablar con ella de todo. Creo que no caí en nada negativo precisamente porque me enseñaba y hablábamos de ello. Aprendí a decir “no” y a ser diferente del grupo cuando lo necesitaba. Utilizaba un material pedagógico que explicaba distintos aspectos educativos de la vida de un joven (también hablaba de las agresiones sexuales y como yo sufrí una de niña, mi madre usó un recurso indirecto que me ayudó a enfrentar y elaborar esa dura vivencia, que hoy día tengo superada) y, gracias al material y al diálogo que salía, fui comprendiendo y aprendiendo muchas cosas de la vida, y preparándome para ellas, claro.

En conclusión, mi madre adoptiva ganó mi confianza y ha podido llegar a ser mi madre. No puedo poner ninguna diferencia entre si es biológica o adoptiva. Hicimos vínculo de madre-hija, como sé que les pasa también a las biológicas.

Gracias a mi madre yo he aprendido a ser madre
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sábado, 22 de noviembre de 2008

Charla-coloquio en el Colegio Marianistas de San Sebastián sobre el duelo en el desarrollo evolutivo de los niños

Por segundo año consecutivo, los padres y madres de familia del Colegio de los Marianistas de Donostia, tuvieron a bien invitarme a impartir una charla, para posteriormente mantener un debate conjunto.

Este año la charla se centro en el tema del duelo en los niños. Se abordaron los siguientes puntos: qué es el duelo, cómo se manifiesta en los niños, cuándo podemos hablar de duelo complicado y qué ocurre cuándo hay ausencia de manifestaciones. Al mismo tiempo, se dieron pautas sobre cómo acompañar a los niños en distintas situaciones de duelo a lo largo del ciclo vital a las cuales pueden estar expuestos: la muerte de seres queridos, la separación de los padres y los niños que experimentan múltiples pérdidas.

Se inicio la charla subrayando que el duelo es una experiencia normal ante una pérdida, que precisamos expresar el dolor y elaborar la pérdida. Aunque hay personas que no precisan esa liberación y por ello no son raras ni nada parecido. Hay tantas reacciones al duelo como personas.

Se expuso cómo los niños responden ante una pérdida: con ira, con culpa, con alteraciones del comportamiento y manifestando regresiones (conductas de etapas anteriores a las cuales regresan, transitoriamente, como chuparse el dedo u orinarse en la cama) Hay niños que van a exteriorizar las reacciones y otros que van a dar una respuesta interiorizada.

Se puso el acento en lo que la corriente de la psicología positiva preconiza: la ausencia de manifestaciones y el mantenerse equilibrado ante un evento potencialmente traumático no implica nada negativo, sino que puede sugerir todo lo contrario: que la persona es resiliente (concepto que significa la capacidad de resisitir con equilibrio los impactos duros de la vida) y capaz de mantenerse estable pese al impacto. Y que algunas personas pueden, incluso, beneficiarse de la experiencia y aprender de ella. Ahora bien, cuando se trata de niños, es casi matemático que adultos resilientes, niños resilientes.

El debate fue animado, con numerosas intervenciones, de altura, donde los presentes pudieron exponer sus dudas, inquietudes, experiencias… y compartirlas. Un tema difícil de verbalizar al que hay que perderle el miedo y enfrentarlo, pues tarde o temprano todos viviremos experiencias de duelo. Y hay que preparar a los niños para ello.

Agradezco a toda la comunidad escolar de los Marianistas la invitación, la excelente acogida dispensada y el alto grado de participación
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domingo, 16 de noviembre de 2008

Conferencia a las Familias Acogedoras de Gipuzkoa en su Noveno Encuentro, organizado por la Diputación Foral de Gipuzkoa

Ayer tuve el honor de compartir una jornada de trabajo y convivencia con las familias acogedoras de Gipuzkoa, en el Palacio de Miramar de Donostia.

Organizada por la Diputación Foral de Gipuzkoa, con la colaboración de la Asociación BEROA (Asociación de familias acogedoras de Gipuzkoa) y el Centro Lauka (Equipo psicológico especializado en el apoyo al acogimiento familiar), me pidieron impartir la conferencia marco sobre la cual pivotaría el resto de la jornada de trabajo: “El conflicto de lealtades en el acogimiento familiar. La perspectiva del niño y del adolescente”


La inauguración de la jornada fue presentada por el Director del Departamento de Política Social de la Diputación Foral de Gipuzkoa, José Ignacio Insausti. Después intervino, dentro de la inauguración, la presidenta de la Asociación BEROA.

Posterior a la charla-marco, se organizaron tres grupos de trabajo de familias, divididos en función de la edad que tuviesen los menores acogidos, donde tenían que trabajar en base a unas preguntas orientadoras. Posteriormente, se realizó una puesta en común al gran grupo. Tras ello, se celebró una comida de cierre de la jornada. A todo esto, los niños también disfrutaron de un día de convivencia, pues estuvieron realizando distintas actividades lúdicas.

Me impresionó y emocionó la entrega de los acogedores, su dedicación a los niños a quienes han integrado en sus familias, gracias a los cuales pueden recibir la educación y la experiencia vincular que necesitan para poder interiorizar el fundamento seguro del que carecieron por las experiencias adversas que sufrieron en forma de malos tratos, abandono, abuso o negligencia. “El mundo funciona gracias al trabajo callado de gente buena”- suele decir un amigo mío. Y se puede aplicar con total rotundidad en este caso.

Asistieron 125 acogedores que tienen a su cargo (cuidando, dando afecto, cariño, normas, valores, actitudes…) a 202 menores. Una madre expresó en uno de los grupos una frase que concentra el sentir se estas familias: “Para mí es lo más positivo que me ha pasado en la vida, poder asistir a la felicidad de la niña que tengo acogida”

Gracias a todos, y en particular a la Unidad de Acogimiento Familiar y Adopción de la Diputación Foral de Gipuzkoa, quien me propuso acudir, por invitarme a la ya novena jornada. Felicidades por la labor que hacéis y continuad adelante, espero poder haber aportado algo positivo a vuestro camino con los niños. El camino es duro y dificil, sí, pero a la par muy gratificante, pues un ser humano en desarrollo puede ser rescatado y recibir lo que merece para que el día de mañana pueda estar en disposición de integrarse en sociedad.