lunes, 23 de noviembre de 2020

Cómo pueden los profesores regular la conducta de los niños en época de pandemia

Uno de los asuntos que nos preocupan durante esta pandemia son las medidas de protección ante el COVID-19 que los ciudadanos debemos de seguir para preservar la vida. Por supuesto que estas son necesarias, no pretendo afirmar lo contrario, ¡ni mucho menos! Me refiero a cuidar el modo en el que presentamos las medidas y también a si estamos potenciando la promoción de alternativas de conexión emocional con los otros basadas en un nuevo lenguaje que pueda hacernos sentir calidez entre nosotros, dentro de esta ya larga, fría y devastadora pandemia.

Dentro de los ciudadanos, están los niños y adolescentes, los cuales cuentan poco socialmente. Ellos tienen que llevar -como todos- permanentemente la mascarilla y guardar la denominada distancia física o de seguridad, lo cual implica separación entre personas de al menos 1,5 metros en el espacio circundante. Como todo el mundo sabe ya a estas alturas de pandemia, no nos podemos tocar, ni besar ni abrazar. Nos está resultando muy duro, pues es una medida anti natura. La necesidad de co-regularse emocionalmente gracias al sistema de conexión social está escrita en la naturaleza del ser humano (Porges, 2011), lo cual nos mantiene equilibrados a nivel de sistema nervioso autónomo, porque nos sitúa en una zona templada: ni demasiado excitados ni demasiado apagados. Y eso se consigue gracias al contacto físico, y también a la inmovilización sin miedo: permanecer cerca unos de otros, tumbados… No hay nada como estar junto a otros en sintonía emocional. Los niños pequeños se regulan emocionalmente sobre todo gracias al contacto, piel con piel. Un bebé llora o un niño pequeño se frustra y el adulto figura de apego y de confianza, le abraza y le mece; y esa cercanía física en el espacio logra que alcance un estado de calma y desciendan las hormonas del estrés, que se habían activado previamente ante una situación que le estresaba. Pero estas formas de conexión que implican cercanía se están viendo limitadas e incluso anuladas desde que apareció el COVID-19.

La inmovilización sin miedo regula el sistema 
nervioso de los mamíferos

En el ámbito escolar, niños y profesores, como sabemos, están sufriendo también estas consecuencias debidas al COVID-19. Además, los rígidos protocolos y el miedo a la expansión del virus hace que los profesores estén pasando diariamente por momentos de mucha tensión. Los niños y los propios enseñantes me cuentan lo duro que está siendo a nivel emocional. Velar por la distancia entre alumnos y docentes, la desinfección de todo… es agotador. El miedo se puede palpar, y este conduce a vivir en un estado de alerta permanente, acelerados, activados, en tensión. Si algunos alumnos no cumplen con las medidas, algunos profesores, casi de manera reactiva (para proteger), movilizan su sistema nervioso simpático y les recriminan, censuran, expulsan o castigan. No está siendo nada fácil, no. Un profesor me decía esta semana que están todos muy alterados y nerviosos, y que acudir así a clase, enseñar y convivir es casi una misión imposible cuando vives para impedir que haya contagios; o cuando una clase se confina porque ha habido un caso de un chico o chica que ha dado positivo por el virus, se desata más el miedo. Se respira ansiedad. 

Una foto de comienzo de curso escolar 2020-21 que impresionó.

Esta fotografía que veis mostraba, a comienzo de curso, a los niños en un patio de un colegio muy separados, sentados, aislados unos de otros para mantener la llamada distancia de seguridad. [No quiero generalizar, es solo la foto de un centro escolar, en muchos no habrá sido así. Sólo pretendo sensibilizar] Provocó muchas reacciones emocionales (preocupación, indignación, rabia…) entre los profesionales y los padres porque se aplicaban las medidas rigurosamente y sin, al parecer, cuidar ni velar por el impacto psicológico que pudiesen tener en los niños, pues no se atienden sus necesidades de relación, de juego, de cercanía afectiva… El cómo se llevan adelante estas medidas sanitarias es importante, y no en todos los sitios se ha podido mimar ese cómo, por las prisas, porque las medidas no se organizaron con tiempo y se llevaron a cabo un tanto precipitadamente; y porque, quizá, aún no está tan extendido en nuestra cultura que nos hacemos bajo la influencia de otros y que las relaciones interpersonales moldean el mismísimo cerebro. Que el aprendizaje es tribal. Se pueden reforzar otros modos de sentirse en conexión y aumentar la plantilla docente para poder reforzar el sentimiento de cercanía afectiva, a pesar de tener que estar distanciados físicamente. 

Como bien ha dicho Gorka Saitua en su blog Educación Familiar, pedagogo, en este post donde también desarrolla propuestas para ayudar a los profesores y comunidad escolar, hay procesos que se reproducen una y otra vez y terminan retraumatizando a los niños, es necesario no sólo hablar de esto, describir lo que ocurre, sino que es ético y necesario ofrecer propuestas. Propuestas para que los profesores comprometidos puedan plantearse esta situación COVID en la escuela de otro modo, cuidando al máximo el nivel de conexión emocional y creando un vínculo afectivo con sus alumnos y alumnas. Como dice Gorka en su artículo, es posible que algunos docentes digan que no tienen tiempo, que son medidas muy costosas, que no se pueden desdoblar o que nadie se va a querer implicar, viviendo como vimos todos en un “ay, ay, ay, constante”, como dice Luis Eduardo Aute. Y esta exaltación permanente nos sitúa en un acting continuo sin tiempo para la reflexión. Pero nos basta que haya uno o dos docentes -como dice Gorka Saitua- que vayan contagiando a otros para que entre todos veamos cómo son posibles otras maneras y otras pautas que no sean la recriminación, la sanción, el castigo o la expulsión (que algunos docentes usan) Estas se agotan enseguida, no aportan pedagógicamente y a la larga crispan el clima afectivo del aula y generan relaciones basadas en luchas de poder.

Soy consciente del delicado papel de los profesores, empatizo con ellos, pues su tarea no es nada fácil, con este post busco aportar y apoyarles. Su labor es complicada y agotadora en esta pandemia que sume a la población en el estrés, el dolor, el aislamiento, el aumento de los trastornos mentales… Tienen que lidiar con muchos asuntos, gestionar muchas tareas administrativas (a veces una burocracia absurda que les abruma) y encima estar en condiciones psicológicas óptimas para enseñar a los chicos (y regular su conducta y reacciones emocionales) Hemos de partir de la necesidad de cuidar y ser respetuosos con los docentes, ellos hacen lo que pueden con lo que tienen. Ellos como otros profesionales en esta pandemia, tienen que estar atendiendo a otros. ¿Y quién cuida de su salud mental, de su bienestar? 

Vamos a tener en cuenta, en las estrategias de intervención que vamos a ofrecer a continuación, a los chicos y chicas que sufren o han sufrido trauma temprano en sus vidas, es decir, aquellos a quienes las personas que se supone les tenían que cuidar y proteger les han hecho daño en forma de malos tratos, negligencia, abandono y/o abuso. Son chicos y chicas cuya "capacidad bioregulatoria de base" (Dantagnan, 2020) está alterada por unos patrones de relación vincular desorganizados -mentalmente incoherentes-. Aunque Gorka Saitua afirma -y no le falta razón- que no hay alumno que no tenga “núcleos de dolor que no se han podido integrar bien, o experiencias en el contexto familiar que han dejado algunas necesidades sin cubrir”. Dentro de estos, los hay con mayores y menores desconfirmaciones a este nivel. En pandemia, con las limitaciones de la distancia y el estrés continuado que las medidas sanitarias dejan en el sistema nervioso de los seres humanos, la regulación de los chicos es aún más complicada. 

foto: amcme.es

Estrategias de intervención con el alumnado en el colegio

Voy a compartiros las estrategias de intervención que Na´ma Yehuda propone en un capítulo de su libro titulado: “Comunicar el trauma. Criterios clínicos e intervenciones con niños traumatizados” Recomiendo a todo profesional que trabaje con niños y adolescentes que se lea este libro (psicólogos, psiquiatras, trabajadores sociales, educadores sociales, pedagogos, profesores, orientadores…), porque es un completo manual que ayuda a comprender qué les ocurre a los niños traumatizados, por qué se comportan del modo en el que lo hacen y cuáles son las secuelas que los diversos tipos de malos tienen en su desarrollo a nivel de lenguaje, cognitivo, emocional y social. La gran cualidad de este libro es lo claramente que está explicado -en comparación con otros libros que abordan el trauma infantil-. Además, abre el abanico de intervenciones y las circunscribe a otros ámbitos que no son solo la psicoterapia; de ahí su utilidad en el ámbito educativo y escolar (está escrito por una logopeda especialista en lenguaje y también en trauma) Ofrece teoría, pero también muchos casos prácticos y orientaciones bien operativas y explicadas de una manera sencilla y accesible para todos. No olvidemos que no hay recetas.

1. Recontextualizar los problemas de comportamiento. Yehuda (2019) dice que a los maestros les cuesta -a todos nos costaría- conectar con los niños desafiantes. Ahora, en esta situación de pandemia, es muy probable que los niños con esta tendencia de conducta la maximicen, ante la amenaza del coronavirus y las medidas antinatura que sufrimos. Por eso, lo primero que debemos de hacer con los profesores es proporcionarles explicaciones alternativas a las clásicas sobre por qué un niño se comporta de manera desafiante: “si ubicamos el comportamiento de un niño difícil en el contexto de una situación traumática y abrumadora, es más probable que los adultos establezcamos una conexión afectuosa y gratificante. La comprensión fomenta un mejor apego y regulación”-dice Yehuda.

Portada del libro de Yehuda

2. Aclarar los límites y las expectativas. Cuando los niños no han tenido una vivencia afectuosa, congruente y respetuosa de los límites, no mantienen una buena relación con estos. Los límites son diferentes de las normas. Aluden más a la capacidad de contención (no desbordarse) emocionalmente ante una limitación o barrera que les hace estallar ante la frustración o lo que consideran injusto (no hay que olvidar que un niño maltratado ha vivido lo más injusto que se puede vivir: que un adulto que se supone debe quererle y respetarle, le haga daño físico y/o emocional) La paciencia, la calma, la seguridad y el no entrar en círculos y luchas de poder es fundamental. Sabemos lo que cuesta esto, pues que el profesor viva en clase un desafío de un alumno es desagradable y un ejemplo negativo, pues su posición y su rol de autoridad se ponen en entredicho. Además, que un alumno se muestre retador, a su vez, activa el sistema defensivo del profesor, quien basándose en argumentos de norma y respeto reaccionará imponiéndose, expulsando, castigando aplicando el reglamento…Necesitamos apoyar a los profesores para que puedan probar otras estrategias.

Por ejemplo, estos niños o jóvenes, como dice Yehuda (2019) “necesitan oportunidades para aprender a practicar los límites” Los profesores deben dirigirse con firmeza pero amabilidad a ellos, hacerles notar la transgresión con respeto (estos chicos no conocieron el respeto) y si es preciso poner la consecuencia que se considere mejor puede enseñar a ese niño en concreto (normalmente, poder reparar su acción negativa, para hacerle consciente de la repercusión que tiene) Para ello, es muy importante que antes se haya hablado con ellos sobre lo que pueden esperar de los demás, lo que sucederá y lo que no. Que el profesor jamás hará, ante un conflicto, nada que pueda lastimarlos. Ni les faltará al respeto. Y que, si por error, hace algo que pueda interpretarse así, el docente les pedirá disculpas. Como bien dice Yehuda: “para algunos niños esto es una novedad, pues nunca han tenido control sobre las acciones de los adultos en relación con su cuerpo, y mucho menos permiso para decirles a los adultos que se equivocan y que deben disculparse” 

Si el niño se muestra agresivo, hay que hacérselo notar de manera descriptiva: “por favor, deja de golpear la mesa, la vas a romper, solo voy a sujetar tus brazos para que no golpees más y rompas algo” “Pegar no está bien, hace daño” En cuanto deja de golpear, se le dice si se le puede soltar sin que siga golpeando. Sin embargo, algunos pueden vivir muy mal tocarles, por lo que antes de recurrir al contacto (además, ahora, tocar o sujetar no puede hacerse por el coronavirus) podemos acercarnos con palabras suaves, validando sus emociones y su experiencia subjetiva. Esto no quiere decir darles la razón cuando no la tienen, sino validar su manera de vivirlo. “Entiendo y respeto tu enfado; pero si dejas de gritar podemos buscar una manera de entendernos” Yo suelo decir a los chicos que en las relaciones entre personas es muy normal que se den malentendidos o que surjan problemas, pero que si esto ocurre ambos tendremos algo que ver y ambos podremos buscar una manera de entendernos y repararlo. Para muchos es algo que equivale a ciencia-ficción porque las relaciones, en su vida, han terminado en conflicto, pelea, ruptura, abandono... 

Como nos recuerda Yehuda (2019), los niños traumatizados no saben muchas veces explicar el por qué de sus acciones. El adulto suele buscar estas razones sin saber que el trauma bloquea la capacidad de acceder a la zona del cerebro donde se procesa el lenguaje. Además, como ya expliqué en este post, el trauma altera la capacidad de atención y memoria de los chicos y chicas; por lo que su manera de procesar y narrar los acontecimientos se hace de una manera fragmentada. Carecen también, muy a menudo, de herramientas verbales y cognitivas con las que puedan identificar, expresar y modular las emociones. 

Finalmente, Yehuda (2019) nos recuerda unas herramientas que se enseñan e implementan a nivel internacional para ayudar a los niños traumatizados. Y ahora estamos viviendo todos un trauma mundial: la pandemia (miedo a contagiarse, miles de muertos, un duelo colectivo, miles de personas que pierden sus puestos de trabajo como consecuencia de la crisis económica, aumento de los trastornos mentales…) nos mantiene en el trauma, por lo que necesitamos, más que nunca, estas recomendaciones avaladas por la ISSTD International Society for The Study of Trauma and Dissociation – Child Commitee). Y estas recomendaciones han de ser llevadas a cabo por personas seguras y concienciadas de que pueden funcionar, si se aplican con paciencia y perseverancia. Los chicos y chicas, incluso los etiquetados como más rebeldes y agresivos, suelen terminar sintiéndose respetados, regulados, seguros y comprendidos por los profesores que se esfuerzan en llevarlas a la práctica. Los chavales necesitan repetir muchas veces un comportamiento para integrarlo en su repertorio:

Enraizar: Esto ayuda al niño a orientarse hacia el presente. Tan pronto como veamos que el niño comienza a desregularse, nos acercamos a él con delicadeza y le hacemos saber dónde está y con quién, sin asumir que el chico lo sabe (cuando un menor está capturado por una reacción emocional, a menudo indica un secuestro emocional traumático donde su ubicación en el espacio/tiempo no esté clara para él, pues el trauma es una irrupción del pasado en el presente) Le recordamos quién somos nosotros e incluso si el chico llega a disociarse, el día y la hora que es.

Tranquilizar. Esto es lo que más nos cuesta, pues si el joven se pone bravo, nosotros a menudo reaccionamos bravamente o contundentemente, o de maneras que le desconfirman, le descalifican o entran en escalada (quedar por encima) Le indicamos que está a salvo. Aún cuando no esté ocurriendo nada exteriormente que lo asuste, es posible que el desencadenante impida al niño saber que está a salvo. Le decimos que nadie le va a hacer daño, que está seguro en ese momento. No va a sufrir ningún daño y todo irá bien. Se le puede recordar -si procede- que respire, abra los ojos y mire a su alrededor. Vea su ropa y sienta el suelo bajo sus pies. 

Comprobar. Una vez que el niño parece más presente -está saliendo del secuestro emocional que gatilla su ira o que, al contrario, le puede como desconectar- es aconsejable preguntarle cómo está, si está bien. Algunos niños se tranquilizan teniendo en sus manos un objeto asociado con la comodidad (una pulsera, una pelotita de goma, un pequeño juguete. Dependiendo de su edad)

Narrar/describir/poner en contexto. “Alguien hizo un comentario sobre ti y eso te ha asustado. Pero todos estamos bien aquí y nadie ha sufrido ningún daño” Recordar que tienen muchas dificultades para expresar sus sentimientos con palabras, e incluso puede que no recuerden lo ocurrido.

Aplazar la investigación y posibles consecuencias hasta que el chico esté tranquilo. Si no recuerda lo sucedido, intentamos narrarle lo ocurrido. Si se trata de conducta negativa evitaremos etiquetas, lo mismo que decirle que miente o que no es así, ni afirmaciones sobre su carácter o forma de ser. Firmeza, pero calma. Le decimos algo así como: “le empujaste a Marta, ella te dijo “déjame” y tú le golpeaste” “En clase cuando pasa algo de eso sabes las normas de convivencia dicen que debes… “(lo que esté previsto) 

Dar seguridad al resto de la clase. Si el niño tiende a ser violento, hay que tener un plan de seguridad y contigencia que permita una contención adecuada. Es muy importante que el chico lo conozca de antemano. Para eso os regalo y recomiendo la guía que escribí para el apoyo educativo de los niños con trastornos del apego en el ámbito escolar, donde se explica cómo gestionar estas situaciones. 

Termino con estas recomendaciones adicionales (válidas no sólo para el ámbito escolar), importantes para poder regular a los niños en estos momentos de pandemia. Podemos proporcionar calidez, aunque haya distancia física y no podamos tocarnos. No es lo ideal, pero tenemos otros recursos, no estamos sin opciones: 

Hablar con los niños sobre lo que les preocupe, dé miedo, angustie de la pandemia, sobre lo que viven a diario... Esta es la mejor prevención sobre la salud mental de los niños que podemos hacer: interesarnos por su mundo afectivo y vivencias internas, ¡no solo por su conducta y estudios! Así el niño desarrollará la expectativa de que sus profesores son sensibles y receptivos a sus necesidades y problemas personales. 

Preguntaremos al niño por lo que nota en el cuerpo. Le preguntaremos si sienten malestar en su cuerpo y le animamos a poner la mano en la zona que duele o notan mal y cuidar de ella, estando presentes emocionalmente, hasta que se vayan calmando y regulando (¡Se puede estar presente emocionalmente incluso con distancia física!: tono de voz, mirada, gestos...! ¡Y también se puede estar cerca físicamente, pero lejos emocionalmente! Así que la llamada distancia física puede suplirse con otras formas de comunicación que hagan que los seres humanos sintamos que estamos cerca, buscar modos con el lenguaje gestual, de que esto llegue a las personas que queremos o con las que trabajamos y nos relacionamos a diario. El maestro debe trabajar con este lenguaje y buscar nuevas formas de que los niños sientan su apoyo y ayuda. Una nueva manera de comunicarse que ya existe y que hemos de reforzar: el lenguaje de la gestualidad.

Y como necesitamos abrazos y estos escasean, me despido regalándoos esta canción de Luis Eduardo Aute titulada "Abrázame". Mientras la escucháis, sentid en vuestro cuerpo la calidez y seguridad de un abrazo. Yo os envío uno muy fuerte. Nos vemos el mes que viene.




REFERENCIAS

Dantagnan, M. (2020). La autorregulación. Powerpoint presentado en el marco del Postgrado en Traumaterapia Infanto-juvenil de Barudy y Dantagnan. Documento no publicado.

Porges, S. W. (2011). The polyvagal theory: neurophysiological foundations of emotions, attachment, communication and self-regulation. New York: W.W. Norton & Company.

Yehuda, N. (2019). Comunicar el trauma. Criterios clínicos e intervenciones con niños traumatizados. Bilbao: Desclée de Brouwer.

lunes, 9 de noviembre de 2020

"Free Solo" (Y, además, grabaciones de conferencias sobre adopción / divorcio de los padres)

Estoy con mucho trabajo y proyectos entre manos, de los que pronto os hablaré en este, el blog de la red apega de profesionales, abierto también a las familias y a cualquier persona interesada en la teoría del apego, el trauma, la resiliencia y las aportaciones de la neurociencia a estos ámbitos. Sin embargo, ello no me impide comparecer aquí con el post habitual de todos los meses. Mi compromiso con vosotros -a no ser que causas de fuerza mayor me lo impidan- es total, y mi disfrute escribiendo y compartiendo estos temas con vosotros, no tiene precio.

Parque de Yosemite

Hoy quiero presentaros un documental que nos puede dar que pensar. Me lo ha dado a conocer mi amigo y colega Iván Rodríguez Ibarra, traumaterapeuta y miembro de la red apega de profesionales: “No dejes de verlo” -me dijo-. "Tiene muchas lecturas, y una de ellas puede ser desde la teoría del apego". Tardé un tiempo en visionarlo, porque la pandemia del COVID-19, en su primera fase, me requirió -como a muchos colegas- horas de trabajo para contribuir voluntariamente desde mi saber ante las necesidades de apoyo que surgieron como consecuencia del efecto psicológico del confinamiento y los duelos padecidos por muchas personas ante la enfermedad y la muerte. Pero, al final, en verano, en el mes de agosto, ya tranquilo, lo pude ver y ¡cómo lo disfruté! Es una maravilla que os aconsejo no os perdáis. Yo que tengo fobia a las alturas (me quedo literalmente congelado, sobre todo si se puede ver el inmenso vacío y hay mucha altura, bien lo saben mis amigos de Aldeas Infantiles de Cuenca cuando crucé el Puente de San Pablo, el que une las maravillosas casas colgantes con la zona donde está el precioso Parador, que me ayudaron en ese trance) conseguí verlo y superar esta fobia (por vídeo, ¿eh?) No sólo superarla, sino gozar de unas imágenes de gran belleza, nada más y nada menos que la naturaleza en todo su esplendor, tal y como se muestra en el Parque de Yosemite. 

Alex Honnold presentando el documental
en National Geographic

Pero, además, el documental me enganchó por la proeza -sin parangón- que narra: la del escalador Alex Honnold, digno de figurar en el Olimpo de los Dioses Escaladores, porque nadie ha logrado una gesta igual. Las cámaras de National Geographic acompañan al escalador en su Solo Integral por la cara sudoeste de El Capitán, la pared más impresionante del Parque National de Yosemite, en California, una hazaña que realizó sin más ayuda que ¡¡la de sus pies y manos en apenas cuatro horas!!, un tiempo muy inferior al que tardan los escaladores expertos equipados con cuerdas. Además de centrarse en la gesta de Yosemite, el documental, de hora y media de duración, recoge también la dura preparación física y mental a la que Honnold se sometió durante un año. El Free Solo (en español: escalada en solitario libre) es un estilo de escalada en que el escalador se aferra al muro sólo con el apoyo de sus manos y pies, sin utilizar ningún implemento como cuerdas, arneses, ni equipos de protección.

¿Qué me decís? ¡¡Impresionante!! De verdad que es digno de ver, increíble. Sólo te lo puedes creer si lo ves. Ver para creer, como Santo Tomás. Escalar a semejante altura esa pared (sin ninguna protección, ni sujeción ni arnés ni nada) solamente apoyando tus zapatillas en pequeñísimos salientes y agarrándote con tus manos en pequeños relieves (o en oquedades, agujeros o huecos donde hacer prensión), habiendo diseñado, previamente, un cálculo matemático y PERFECTO de cómo es la pared y todos y cada uno de los pasos a dar de principio a fin para no cometer NI UN SOLO ERROR, confiando en ti y en tu pericia, es algo que escapa de lo humano, pero que este chico ha conseguido. Otros lo han hecho, pero con sujeción. Otros lo intentaron como él, sin ningún agarre… pero murieron… Es por ello por lo que ha sido premiado -con todo merecimiento- con el Óscar al mejor documental de 2019.

Alex escalando: solo manos y pies le sujetan

Pero es que, además, National Geographic, que acompaña en esta gesta al escalador, nos ofrece un documental que se adentra no sólo en el entrenamiento físico y mental, durísimo, al que tiene que someterse Alex, sino que está enfocado desde el punto de vista emocional, sabiendo llegar a la piel de las personas, sintiendo cómo vive el escalador y quienes le acompañan en esta inverosímil experiencia. Llegamos a conocer cómo es la personalidad y los vínculos de pareja y amistad de un hombre que convive con la muerte, que se la juega. Alex puede morir, perder y hacerlo sin culminar la ilusión de su vida, sí; pero en un momento dado conecta con que los demás pueden verle morir. Así pues, los guionistas dan voz también a compañeros y a su pareja, pues la vivencia de sentir que está vinculado emocionalmente afectará notablemente a Alex y a su rendimiento. Viendo el documental, vibras y sientes, conectas y te enganchas, a los paisajes y su belleza, pero sobre todo te atrapa esta experiencia extrema sobre supervivencia. El documental es muy vibrante, vives en tensión y llega a la piel.

Hay muchas lecturas del documental que pueden sernos muy útiles para todos los que acompañamos a niños y adolescentes (padres, profesionales diversos, voluntarios…) en su camino de recuperación de las secuelas que los traumas tempranos y complejos dejan en el desarrollo de los niños. Voy a desarrollar algunas de estas posibles lecturas. Vosotros estáis invitados a compartir vuestro punto de vista en la sección de los comentarios, aquí o en redes sociales, donde suelo copiar el enlace al blog para que sea difundido.

1/ Desde el punto de vista neurocientífico, ¿cómo es el cerebro de Alex? ¿Se trata de alguien tan frío y calculador que su cerebro es diferente? ¿Se trata de un inconsciente, de alguien que se pone en peligro innecesariamente? El documental nos aporta este análisis: “A Alex no le afectan las emociones de la misma manera que al resto de la gente. Se ha especulado mucho sobre esto, sobre cómo me enfrento al miedo, sobre como soy capaz de hacer un Solo Integral. ¡Oh, debe ser un buscador de emociones! Debe tener algo defectuoso” -dice Alex en el documental. 

Se ve que le hacen una resonancia magnética: “Ya sabes, escanean tu cerebro y ven si está bien todo ahí dentro” En el documental le van poniendo imágenes que dan miedo (un barco de pasajeros que naufraga, una persona que apuñala a otra…) “A lo mejor resulta que soy una especie de monstruo. Tenía varias novias que decían que tenía desórdenes de personalidad y cosas así. Que algo no estaba bien en mí” Alex cumplimenta, durante el documental, un test de personalidad. La experta que estudia su cerebro y personalidad llega a esta conclusión: “Tu cerebro está intacto y es bastante interesante: no hay respuestas en tu amígdala (la zona del cerebro que procesa el miedo condicionado) Tu amígdala funciona, pero necesita un nivel más alto de estimulación. Las cosas que normalmente son estimulantes para el resto, a ti no te dicen nada” Alex después de la imagen de la científica, dice: “A lo mejor mi amígdala está cansada de tantos años de estar bajo presión” Y esta conclusión a la que llega él me dio que pensar. He conocido a muchos niños víctimas de malos tratos (sufrieron violencia física y emocional) que no conocían la emoción del miedo. Algunos hacían deportes de riesgo (por ejemplo, realizar saltos y piruetas en bicicleta muy peligrosos) o buscaban experiencias límite, y te decían abiertamente que no sentían miedo. Me pregunto: “¿Puede que, como Alex, la explicación esté en que su amígdala se agotó, cansó, por efecto de tantos años de exposición a los malos tratos y a la violencia y se insensibilizara, le hiciera falta mucho más estímulo para sentir el miedo?” Desde luego que su amígdala dimitió por causas diferentes a las de Alex -no podemos comparar-, pues este no ha sufrido violencia (aunque sí parece que maltrato emocional, según relata la madre del escalador) Los chicos víctimas de violencia tienen una necesidad de tener el control impresionante. Tanto de cosas como de personas. Es algo que observé en mi trabajo con ellos desde el principio. Pienso que esta necesidad es una defensa que tiene sentido, pues su vida ha sido siempre vivir en alerta continua ante la posibilidad de que sobrevenga un episodio violento del que no tienen ningún control. Sentir que ahora lo tienen es para ellos necesario. Y un deporte, en este sentido, puede ser un poderoso recurso. Para mí, Alex es una persona con una capacidad de control para su deporte (y supongo que para su vida) fuera de serie. Es un control total e intelectual, casi como el de una máquina perfecta.

Las proezas de Alex son increíbles

2/ El apego. ¡Qué interesante! No quiero destriparos todo, pero la consecución de la gesta de Alex se ve seriamente interferida por la aparición de representaciones mentales de apego que se activan en él y le hacen sentir que está más vinculado afectivamente a sus amigos y pareja de lo que hasta ahora él creía… Alex no sé si es consciente de esto, pero llega un momento en que casi abandona la hazaña. Tras hablar con su pareja y esta decirle que ella está ahí en su vida -hacerle sentir la proximidad afectiva, de alguna manera-, le despierta al vínculo emocional. No es que antes no tuviera vínculo con esta pareja (con la que permanece en la relación, ambos parecen entenderse) sino que creo que su experiencia era más cognitiva y no había aparecido el componente afectivo del vínculo. Alex empieza a sentir más. También el hecho de tener que grabar su gesta, que estén los cámaras, los compañeros y un amigo siguiéndole… no le gusta… le hace sentir mucho, yo creo. Pienso que activa su modelo representacional con respecto al apego y lo recalifica (me siento unido y vinculado, no quiero perderles) y le descompone: existen los otros en mi mundo emocional. Parece pensar algo así como que los otros le quieren y que él SIENTE que les quiere. “No me gustaría que pasara” (que me cayera y muriera delante de ellos)- dice. Que ellos tuvieran que pasar por ese horror, presenciarlo... Es como si pensara: "les importo, me importan, me siento unido a ellos...". Algo así. Él se proyecta en los otros y le surge, pienso, el miedo a la pérdida. Un tipo de miedo (pérdida del apego) que su amígdala no está acostumbrada a procesar. Se activó su sistema de apego, sentirse unido a alguien (es algo interno, estructural) Entonces, ya no puede escalar como antes, se bloquea, porque se siente más vinculado que nunca... Y este miedo es nuevo para él, más difícil de gestionar que subir una montaña. Antes en caso de morir, lo haría él solo. A fin de cuentas, todos vamos a morir, Alex solamente lo tenía más presente de lo que los demás lo tenemos. Pero, ahora, es diferente: aparece la posibilidad de la pérdida de personas con las que se siente afectivamente vinculado y tiene miedo. Todas su defensas de control se vienen abajo, ya no es el que era… perdió su esencia…  Veremos cómo lo gestiona y cómo afrontar esto le permite seguir.

La infancia de Alex está marcada por un padre que padecía Trastorno del Espectro Autista (Asperger) Alguien con enormes dificultades para establecer vinculaciones afectivas. Su obsesión eran los viajes (la madre de Alex dice que, como su hijo, pero este para la escalada) Nos cuentan en el documental que la madre considera que su hijo sufrió descalificaciones severas por parte de su padre (maltrato emocional) y que afectó mucho a su vida y autoestima. Alex en cambio, no recuerda nada de eso. Pero sí sostiene que su padre era un perfeccionista a ultranza. Los padres se separaron y poco después el padre falleció. Alex refiere que este le lanzó y promocionó para que escalara. Para su padre no existía el CASI, había que hacerlo siempre y PERFECTO. ¿Es posible que exista una identificación inconsciente con el padre y un deseo de ganar su valoración y su afecto? Alex parece ser un caso de posiblemente rasgos heredados del trastorno de su padre, pero con afectación a la capacidad para vincularse en lo emocional (casi desapegado, en el sentido de desconectado-detachment) Pero el escalador cambia y evoluciona y su pareja y compañeros de montaña tienen mucho que ver. Sorprende verle conseguir la gesta y aún así no exterioriar mucho las emociones. En un momento único en la vida de un ser humano -y de todos los seres humanos que han existido- en el que logras lo que tanto has ansiado y por lo que te has sacrificado. Lo suyo sería un derroche emocional mayor. Aunque sí dice: “Lloraré un poquito” Alex resulta tierno a pesar de tener esos rasgos tan tipo Mr. Spock. El se configuró así, es el resultado epigenético de su infancia temprana, sus vivencias y relaciones posteriores y cómo estas encienden o apagan la información sobre su personalidad que está grabada en su genética o libro de instrucciones. Alex es reflejo de la maravillosa diversidad que somos las personas: únicas, originales e irrepetibles.

Un primer plano de Alex 

3/ Finalmente, creo que la escalada es la gran metáfora de cómo muchas veces en la vida ante adversidades y momentos muy muy duros (en la metáfora, caer al vacío y morir) hemos de trazar planes, confiar en nuestros recursos (él solamente tiene sus zapatillas y sus manos, pero dice: “confío en mi pie”) y aferrarnos a la vida tal y como él se agarra con sus manos a los salientes y huecos para no precipitarse al abismo. No queda otra. Y atravesar adversidades que, a veces, nos parecerían imposibles de poder con ellas, tan imposible como lo que Alex hace posible. Y concentrarnos en ello. Hay momentos en los que hay jugársela, pues nos va la vida en ello. Cada paso muy bien medido (en su caso perfectamente medido) Pero pequeñitos salientes y oquedades, por muy débiles que sean, son puntos de apoyo suficientes para poder trepar y salir victorioso. Me recuerda a que nuestros niños y jóvenes, a veces con pequeños puntos de apoyo humanos y materiales, salen adelante y resilian de traumas complejos. En un contexto de emergencia mundial por la pandemia COVID-19, también tiene mucho sentido todo esto. Pues vivimos en peligro. 

Abrirse a la dimensión afectiva del vínculo siempre es posible, la plasticidad cerebral dura toda la vida, el cerebro es un órgano que se modifica continuamente con las experiencias. Por encima de diagnósticos categoriales que pueden caer como losas en los niños (tiene SAF, tiene TDAH, tiene trastorno del vínculo...), existe la posibilidad de transformarse. ¡Y que mejor transformación que la que sucede bajo la influencia de otros!: “El amor que nos cura”, dice Boris Cyrulnik en uno de sus libros! El amor que a Alex le cura: el de su pareja y amigos.

Alex se dedica a contar su experiencia dando conferencias por todo el mundo. Nos demuestra que, a pesar de tener una infancia difícil, esta no determina una vida, como dice Cyrulnik. Que todos los chicos y chicas tienen talento para algo y que encontrarlo y dedicar la vida a ello permite encontrarle un sentido a esta. Y recuperar el poder perdido. Incluso los que como Alex tienen rasgos y características marcadamente diferentes, pueden encontrar su sitio y su lugar en el mundo. Y regalarnos espectáculos como el que él nos brinda. Chicos con los que trabajé en terapia han podido hacer resiliencia en el deporte, además en el que conlleva cierto riesgo (bicicleta, boxeo, artes marciales, puenting…) Muchas madres y padres me diréis: "¡Por Dios José Luis, que no haga escalada ¡No podría soportarlo, conlleva un riesgo elevadísimo de muerte!" Entiendo esto perfectamente, sin duda ponerse en riesgo así es difícilmente asumible… si no se tiene un cerebro y una habilidad mega entrenada como la de Alex (y aún y todo sigue siendo muy peligroso) Pero es lo que él eligió, lo que le hace feliz. Y como bien reflexiona el joven en el vídeo, la muerte está ahí, sólo que él convive de manera más palpable con ella. El resto de personas no la tenemos tan presente, pero ¡qué duda cabe!, no podemos apartarla de nuestras vidas (está también ahí para nosotros), como lo hacemos. En esta pandemia, además, la tenemos, por desgracia, todos los días presente...

Os animo a ver el documental y espero que os abra la mente tanto como a mí. Gracias, Iván Rodríguez, por esta recomendación. ¿Dónde verlo? Se pudo ver en el canal de televisión de  National Geographic, yo pienso que lo repondrán. Os dejo con un trailer



El pasado día 18 de octubre fui invitado por la Asociación de Familias Adoptivas de las Islas Canarias (AFAIC) a impartir una conferencia vía zoom. Fue un precioso encuentro, me encantó conocer a los miembros de AFAIC y compartir ese rato con numerosas familias de diferentes partes del mundo (pues era un evento abierto), al menos on line, a la espera de que cuando la pandemia termine pueda, algún día, conocerles presencialmente. La conferencia versó sobre cómo promover la resiliencia en niños adoptados. Os dejo a continuación el vídeo con la grabación de la conferencia completa.


Y el pasado día 22 de octubre celebré el taller sobre "Divorcio de los padres y buenos tratos. ¿Utopía o realidad?" En el marco del mismo presentamos el libro que recién he publicado, "Cuando mi corazón calma. Una alianza para un divorcio con buenos tratos" El evento, retransmitido por Facebook-Live, fue grabado por la Editorial Sentir y aquí os dejo la grabación, para que la podáis disfrutar quienes no pudisteis asistir. Esperamos con ansia poder celebrar en un futuro una presentación en vivo con la magia del contacto real, y poder ¡abrazarnos!



martes, 3 de noviembre de 2020

jueves, 29 de octubre de 2020

Jornada de apego y adopción organizada por Manaia-Asociación Gallega de Adopción y Acogimiento, con Rafael Benito, Cristina Herce y José Luis Gonzalo, 31 de octubre de 2020


JORNADA DE APEGO Y ADOPCIÓN ORGANIZADA POR MANAIA- ASOCIACIÓN GALLEGA DE ADOPCIÓN Y ACOGIMIENTO

Con Rafael Benito - Cristina Herce - José Luis Gonzalo

Día 31 de octubre de 2020

Aplicación GOOGLE Meet


 PROGRAMA

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09:15 - 09:30
Apertura y presentación
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09:30 - 10:15  
NEUROBIOLOGÍA DEL APEGO Y EL TRAUMA
Rafael Benito 
10:15 - 10:25
Preguntas 
10:25 - 10:30
Descanso
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10:30 - 11:15
INTERVENCIÓN DESDE LA TRAUMATERAPIA SISTÉMICA DE BARUDY Y DANTAGNAN
José Luis Gonzalo Marrodán
11:15 - 11:25
Preguntas 
11:25 - 11:30
Descanso
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11:30 - 12:15
INTERVENCIÓN GRUPAL CON FAMILIAS ADOPTIVAS
Cristina Herce
12:15 - 12:25
Preguntas 
12:25 - 13:00
Descanso
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13:00 - 14:25
EXPOSICIÓN Y DEBATE SOBRE UN CASO
Rafael Benito, Cristina Herce, José Luis Gonzalo 
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14:25 - 14:30
Cierre de las jornadas
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Para poder participar solamente tenéis que rellenar el cuestionario que incluimos a continuación y ese mismo día recibiréis un correo de indicación para unirse.
DATA: 31/10/20
HORA: 09:30 - 14:30
LUGAR: Virtual. Aplicación Google MEET
Actividades gratuitas abiertas para todas las familias adoptivas o en espera de adopción, sean o no socias de MANAIA.

lunes, 26 de octubre de 2020

Una carta a Santa Claus, un cuento para ayudar a comprender a niños/as adoptados/as que han transitado momentos de adversidad temprana

 

José Castillo Piquer 

Trabajador Social. Terapeuta Familiar. Traumaterapeuta Infantil y Juvenil.


Nuria Molina Molina

Arteterapeuta. Psicodramatista. Traumaterapeuta Infantil y Juvenil. Artista e Ilustradora.


Nos presentan el cuento:

Una carta a Santa Claus

Para adquirirlo, haz clic AQUÍ
 


“La resiliencia es el arte de navegar en los torrentes,

el arte de metamorfosear el dolor para darle sentido;

la capacidad de ser feliz incluso cuando tienes heridas en el alma.

Es más que resistir, es aprender a vivir”.

Boris Cyrulnik

“Lo que Ana no supo en el momento de escribir su carta a Santa Claus, era la de cosas que compartía con él, y es que tanto una como otro, aun a pesar de haber tenido que mirar cara a cara a la adversidad ya desde muy pequeños, no solamente lograron crecer, sino que además acabaron convirtiéndose en dos seres realmente mágicos”. 

A su corta edad nuestra querida personaje, observadora como es y frente a la televisión, se da cuenta todas las noches de que Pepa Pig y su familia, tienen cosas que ella también quisiera tener, y que necesita -por cierto- para crecer. Así que con esa naturalidad y espontaneidad que caracteriza a la infancia, un buen día decide cambiar la carta que ese año le había escrito a Papa Noel, y con ello pedirle algunas de esas cosas que tanto desea. A cambio, renunciará a bastantes de los juguetes que en su momento pidió para navidad. 

Debéis saber que el personaje de esta aprendiz de escritora, se basa en una niña real, una niña más querida sin duda, la cual un buen día, jugando, jugando, decidió contarnos clara y rotundamente como veía su mundo interior, así como la relación que tenía con los demás. 

Se trata de una de esas niñas que pide lealtad constante a sus papas adoptivos, de esas que puede llegar a entrar en pánico si siente que éstos se retiran, de esas que salen del colegio exhaustas como si llegara de correr algo así como un maratón emocional, y de esas que necesitan controlar muchas cosas de su alrededor. Pero sobre todo se trata de una de esas niñas las cuales con el tiempo, y buenas dosis de buen trato, va siendo capaces de crecer y crecer. 

Ésta historia real, rápidamente fue complementándose con nuevas ideas y matices, para al poco tiempo darnos cuenta de que en gran parte representaba a muchos niños que han sufrido situaciones de malos tratos, o que de alguna manera han debido enfrentar situaciones de trauma temprano. Fue entonces cuando apareció Ana y el proyecto de este álbum con ella. Alrededor de él nos fuimos encontrando poco a poco las personas que figuran en la portada y algunas que no. 

En ese inicio, hace aproximadamente un año, fue Conchi Martínez Vázquez la que propuso, guio y animó, para que de ese modo Aurora y José imaginaran, mentalizaran y pusieran palabras. Fue a los días cuando a Nuria, al escuchar la historia, se le escapó un abrazo de esos que orientan, para después terminar ilustrando la historia. Y finalmente fue a los meses que Maribel Tabuenca, desde su “cofre de hilos”, permitió que de algún modo Ana se hiciera más y más grande. Al final de ese proceso, nos encontramos con José Luis Gonzalo y Maryorie Dantagnan los que con su supervisión y cariño nos ayudaron a rubricar esta historia. 

Si nos preguntan para qué construimos este álbum ilustrado diremos que lo hicimos para ayudar a “comprender mejor”. Habitualmente trabajamos, nos relacionamos e incluso criamos a niños y jóvenes, los cuales han transitado ya momentos de adversidad temprana, y por tanto con huellas considerables en sus vidas. 

En el plano profesional, de cara a aportarles algo en todo su proceso terapéutico nos vemos en la labor de ayudarles a reconstruir y reparar algunos fragmentos de vida. Y con ello motivarlos y ayudarles a regular emociones, implicarlos en el trabajo de cambio, para finalmente junto a él llevar a cabo una redefinición de algunas de sus narrativas y desarrollar o aumentar su capacidad resiliente. 



Este itinerario de intervención, sintetizado posiblemente en exceso, no va a poder dar sus frutos si no existe una mínima capacidad mentalizadora tanto por parte del propio profesional, como por parte del propio joven, así como por su red afectiva. 

Con su carta a Santa Claus, y todo lo que cuenta en ella, Ana de alguna manera pretende ayudarnos concretamente en este sentido, y a partir de ahí facilitarnos el hecho de conseguir respuestas para preguntas tan necesaria como : “qué le pudo pasar a esta niña para …”, “ cómo ve el mundo este muchacho cuando …”, “qué tuvo que ocurrir en la vida de esta familia para que …”. 

Lo diremos de otro modo, diremos que con este ejercicio de curiosidad profesional, pretendemos ayudar al lector a conectar de otra manera; por ejemplo, con ese niño que fue adoptado hace unos años y que sin saber muy bien porqué, en mitad de una fiesta de cumpleaños, acaba comportándose como si se encontrara en medio de un torneo de la edad media - con lucha entre caballeros incluida, ¡claro está!-. O comprender mejor a ese adolescente, el cual frente a una jueza de menores, reconoce los hechos de los que le acusan, mientras con gesto abatido hunde la mirada en sus zapatos y reconoce entre murmullos no saber qué le ocurre aquí -señalándose la frente- para hacer estas cosas. O quizás nos aporte ideas también para comprender a una madre o un padre, que se sienten al límite con la conducta de su hijo, que cada vez notan una mayor una carga de culpa, y que en realidad nadie les dijo que lo que realmente están haciendo, no es más ni menos que una marentalidad/parentalidad terapéutica. 

En lo personal y lo profesional, nos sentimos más satisfechos cuando al ver que con el desarrollo de esta mirada explicativa, comprensiva y mentalizadora, evitamos “cargar las tintas” -y con ello la mayoría de responsabilidad- sobre el niño/a. Y es que mirar a la infancia de un modo sistémico implica hacer un reparto justo de atribuciones a la hora de entender cómo se construyeron. Con ello, revisar niveles de competencias parentales, así como aciertos y negligencias institucionales, respuestas de la red afectiva del chico en un momento dado, o el tipo de apoyo o ausencia de redes sociales, por poner solo unos ejemplos, resulta fundamental, pues pensamos es ahí donde se encuentras las verdaderas responsabilidades. 

Por ultimo decir que todo este cuento, todo esta gran metáfora, se configura además como una puerta de entrada a gran variedad de textos y artículos teóricos que algunos/as autores/as ya han desarrollado en este sentido desde su propia experiencia. En el material se hace referencia a ellos, así como a algunas de sus ideas, tanto para comprender mejor algunos conceptos, como para poder establecer una mejor vinculación con ese joven a la espera de la sentencia del juzgado de menores, o ese niño que se que se cree en medio de una lucha entre caballeros, etc. 

Así que poco más aportaremos a este texto. Únicamente reconocer al lector nuestro deseo de que ojalá que al tiempo, pasados quizás diez o doce años, podamos reencontrarnos de nuevo con la joven Ana. Si lo hacemos, creernos que con toda seguridad nos permitiremos preguntarle si esa carta imaginaria que aquel fin de semana escribimos en su nombre, provocó de alguna manera que se sintiera interpretada y tratada de otro modo. 

lunes, 12 de octubre de 2020

"El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes", una novela de Tatiana Tîbuleac

Hay veces que los post me brotan solos. Esto me trae a la mente una frase de Boris Cyrulnik, cuando dice que el deseo de escribir se acrecienta en época de duelo. Estamos atravesando un periodo de pérdida, debido al COVID y todo lo que conlleva. Personalmente, estoy en duelo porque he perdido un ser querido, un amigo (aunque no por este virus). Y siento esto que expresa magistralmente el gran Boris Cyrulnik en su último libro, Escribí soles de noche: “De modo que es posible sufrir menos la pérdida del objeto creando un relato, ya que la conmoción afectiva de un acontecimiento evoluciona en la memoria”

A lo largo de este proceso de duelo, sorpresivamente sucede lo inesperado. "Estás sufriendo, permanece atento, algo bello va a ocurrir" -dice también Cyrulnik. ¿Qué sucede? Que una colega y compañera psicóloga-traumaterapeuta, Idoya Aragón, me anuncia en un mensaje que tiene un regalo para mí. Viene de Logroño, donde tengo la mitad de mis orígenes, una tierra muy querida para mí.

El regalo es un libro.

Portada de la novela
"El verano que mi madre tuvo los ojos verdes"

Una novela que me ha acompañado este verano pasado y me ha ayudado con mi propio duelo. Casualmente, el regalo de Idoya me llegó en un momento de necesidad. Me ha costado darme cuenta, pero este libro ha sido un tutor de resiliencia que me ha servido de punto de apoyo para poder reflexionar -gracias a la palabra escrita, como dice Cyrulnik (2020)- sobre muchas emociones, a veces oscuras y angustiantes que, como mar encrespado, sacudían mi mente. Es la angustia del sentimiento de vacío que deja el amigo perdido en tu alma. Pero al final se hace la luz en mitad de la oscuridad y comienza el renacer. Sobre todo si tienes la fortuna de tener a gente que te quiere cerca y te da el sostén que necesitas para transformarte. "Luces entre sombras de la clara oscuridad, de este mundo absurdo que no sabe adonde va" (Luis Eduardo Aute) Todavía no sé muy bien porqué este libro me ha ayudado en mi proceso. Pienso que es debido a la belleza de la literatura, con poder resiliente; y, por supuesto, el gesto de Idoya, que tuvo mucha trascendencia para mí en ese momento. Ella no sabía el alcance y el impacto tan beneficioso que su acción tendría en mí. Los gestos son importantes en la vida, por pequeños e insignificantes que nos parezcan. Pueden aportar mucho, más de lo que nos pensamos, para quien los recibe. ¡Gracias Idoya!

El regalo de Idoya llegó a mi casa… ¡junto con una carta manuscrita! ¡Qué emoción! Ya nadie se toma la molestia de escribir cartas con boli, en una hoja que conserva los rastros de haber sido arrancada de un bloc. Como las que escribía de niño a mis abuelos, a los amigos y posteriormente a una joven de la que me enamoré perdidamente, cuando tenía 20 años… No podía verla porque estudiaba en Pamplona. De repente, la carta de Idoya activó mi memoria emocional y noté en mi cuerpo toda una catarata de sensaciones dulces y cálidas que evocaban esos periodos de mi vida. ¡Qué bello es recordar cuando los recuerdos producen placer, derroche de neuroquímica dopaminérgica en mi cerebro!

Pero si decido compartir con todos y todas vosotras este libro no es por el tema de mi duelo, obviamente, pues este blog no es para hablar de mi persona, sino porque nos ofrece el relato de la historia de una relación materno-filial dañada y de cómo, durante un verano, sucede la reparación, vista desde el punto de vista del hijo (Aleksy), que narra en primera persona. También nos habla del duelo posterior y de la resiliencia del personaje a través de la pintura. Se trata de un joven maltratado por su padre y abandonado emocionalmente por su madre, que sorpresivamente recibe la llamada de esta para pasar juntos la época estival... Y la reparación la hacen del modo en que estas dos personas afectadas psicológicamente por sus propias historias pueden hacerlo, desde el vínculo que se -y les- transforma; y desde los recursos supervivenciales con los que cuentan. Pero esa reparación sucede... Asistiréis a ella, si leéis la novela. Siempre se está a tiempo de reparar la relaciones, si surge esa necesidad internamente y se hace genuinamente. A la autora, Tatiana Tîbuleac, no le ha costado ponerse en la piel de este chico, haciendo que este nos cuente, tiempo después de lo acontecido, por recomendación de su psiquiatra, los recuerdos de lo vivido el último verano con su madre. Esto se convierte en su terapia narrativa. 

Idoya me dijo que se acordó al leer la novela de los chicos maltratados y abandonados que pueblan nuestras consultas en busca de un psicoterapeuta que empatice con ellos y no que les analice o interprete. “Bien pudiera ser uno de nuestros chicos o chicas” – me dice por el whataap Idoya. La carta manuscrita, que está cuidadosamente doblada dentro del libro, dice sobre el personaje de Aleksy :

"Un día antes del confinamiento mi librero de confianza me descubrió esta joyita literaria. La leí en un santiamén entre el desgarro, la avidez, el asombro, la tristeza, la ternura… muchas emociones fluían y se mezclaban apenas de modo perceptible con lo aprendido en y a partir del Máster [se refiere al de Traumaterapia de Barudy y Dantagnan en el cual participo como docente y soy parte del mismo como coordinador del programa académico en Donostia] A menudo releía frases y expresiones, con placer unas veces (contiene imágenes preciosas), con dolor otras (este niño bien puede pertenecer al mundo de la red apega)" [Quiere decir que puede ser un niño que participe en algún programa de atención psico-educativa-terapéutica de algún profesional que forma parte de la red apega, constituida por psicólogos, educadores, trabajadores sociales… egresados del Postgrado de Traumaterapia]

Es entonces cuando miro la portada y después la contraportada, como hacemos casi siempre con los libros y leo esta sugerente reseña:

"Aleksy aún recuerda el último verano que pasó con su madre. Han transcurrido muchos años desde entonces, pero, cuando su psiquiatra le recomienda revivir esa época como posible remedio al bloqueo artístico que está sufriendo como pintor, Aleksy no tarda en sumergirse en su memoria y vuelve a verse sacudido por las emociones que lo asediaron cuando llegaron a aquel pueblecito vacacional francés: el rencor, la tristeza, la rabia. ¿Cómo superar la desaparición de su hermana? ¿Cómo perdonar a la madre que lo rechazó? ¿Cómo enfrentarse a la enfermedad que la está consumiendo? Este es el relato de un verano de reconciliación, de tres meses en los que madre e hijo por fin bajan las armas, espoleados por la llegada de lo inevitable y por la necesidad de hacer las paces entre sí y consigo mismos".

Entonces, ya siento que el libro me atrapa. Lo abro y comienzo a leerlo, pero no vorazmente, sino despacio, saboreando la peculiar manera en la que está escrito. Su prosa ágil y sin circunloquios, directa e incisiva, capaz de revolver todo el sistema emocional y penetrar hondo. Así es la buena literatura, al menos para mí. Te tiene que zarandear. Si no, no me llena y cierro el libro. Literatura y psicología, una combinación excelente que siempre ha atraído a numerosos profesionales a irse de un campo al otro porque ambas ¡tienen tanto en común!

Tatiana Tîbuleac, autora de la novela

Os comento algunos aspectos de la novela que me han cautivado:

1/ El personaje del joven. El protagonista de la novela me parece entrañable. Aleksy, ¡me recuerda tanto a los chicos traumatizados que pueblan mi sala de terapia (sala de valientes, como la llamamos los traumaterapeutas de la red apega)! ¡Cuánta razón llevas, Idoya! Con ellos he compartido y comparto la aventura de hacer psicoterapia juntos. Para algunos he sido importante porque me han hecho el regalo de decírmelo; lo cual me hace consciente de la enorme relevancia y responsabilidad que tiene cuidar la relación terapéutica y el poder sanador del vínculo terapéutico. Hay chicos -cuando empecé mi trabajo no me lo podía imaginar, pero Cyrulnik ya nos advierte que el tutor de resiliencia ignora lo importante que fue para el otro- que te recuerdan de por vida, ¡es increíble!. Pero también te pueden recordar para mal, por eso nuestro trabajo requiere de un cuidado y una sensibilidad exquisitas. Este mismo verano me encontré con un joven de 26 años que me dijo que ha tenido muchas cosas de la terapia en su cabeza durante todos estos años que no nos hemos visto... han transcurrido… ¡14! 

Cuando los chicos que han sufrido maltrato conservan capacidad de simbolizar su mundo interno y sienten libertad y confianza (la relación terapéutica les debe proporcionar, además, una sensación de contención -como dice Muller, 2020- para que se atrevan a expresar todo el dolor en forma de rabia, pena, desesperación… hacia sus figuras parentales. El profesional no lo debe minimizar ni racionalizar ni juzgar, sino que debe empatizar y contener) entonces son capaces de crear frases como las que el protagonista de la novela dice, que sugieren toda la crudeza del mundo, que te pueden hacen "sonreír" -por lo grotesca de la descripción-, pero es una sonrisa tragicómica que se te hiela en la cara porque alude a una doliente realidad. La autora de la novela, Tatiana Tîbuleac es como si conociera bien el mundo interno de estos muchachos. Me ha gustado porque ella no es políticamente correcta y se atreve a enseñarnos sin ambages qué puede pensar y sentir un muchacho de estos cuando se sabe víctima de malos tratos y abandono por parte de quienes debieron de amarlo y cuidarlo. Pero el chico jamás se lo dice a la madre, se lo guarda y lo vuelca en su relato. Es un detalle importante que implica que no existe sentimiento de venganza sino de expresar por escrito su legítimo dolor. Os dejo sólo una muestra:

"Aquella mañana en la que la odiaba más que nunca, mi madre cumplió treinta y nueve años. Era bajita y gorda, tonta y fea. Era la madre más inútil que haya existido jamás. Yo la miraba desde la ventana mientras ella esperaba junto a la puerta de la escuela como una pordiosera. La habría matado con medio pensamiento" […] 

"En la contribución de mi padre no quería ni pensar. La idea de mi padre me hacía vomitar. Mi padre había huido de mi madre, la abandonó por una polaca con un piercing en la lengua. Se había divorciado porque, si la hubiera matado -eso es lo que habría preferido él y lo más rápido-, habría acabado en la cárcel. Mi padre también me habría matado a mí si no hubiera estado seguro de que me moriría enseguida".

Frases de este tipo -u otras igual de duras- que el mundo adulto no quiere oír porque son demasiado horribles para ser creíbles. "Has de considerar el diagnóstico, pues puede modificar las percepciones de estos chicos y hacer que se confundan" -me dijeron en una reunión de profesionales hace muy poco. Y la verdad es que los chicos rara vez se confunden, puedo dar fe de ello, de que incluso las cosas son peor de lo que nos las cuentan. La enfermedad mental puede ser utilizada torticeramente para argumentar que los horrores que nos cuentan los chicos son producto de una fantasía enajenada por su mente trastornada... 

Otras veces directamente se les fuerza a distorsionar lo que viven con frases estereotipadas: “los padres lo hacen lo mejor que pueden, no son perfectos”; "padres son los que te han tocado"; "¿eres consciente de la trascendencia que tiene lo que dices?, puedes ir a un centro de menores por eso" -como si fuera algo malo ir a un centro, etc. Nos asustan las emociones que experimentan (odio, crueldad, rabia, ironía sardónica...) y el horror de lo que dicen. Cuando lo que necesitan, antes de poder reintegrarlo y elaborarlo, es un psicoterapeuta sensible y empático que de credibilidad honesta y valide la experiencia, que dé espacio a que esas emociones puedan aparecer y ser escuchadas, reconocidas y contenidas respetuosamente.  En el libro aparecen muchas de estas emociones, y el personaje puede dar rienda suelta a todo su dolor. Por eso esta novela me ha fascinado: porque nos muestra el horror tal cual lo viven, sin edulcorar. Que los chicos puedan poner la cólera donde deben de ponerla es necesario, es una fase, porque si no se les permite expresarla, no se avanza en la terapia hacia la elaboración. Pero sucede que algunos adultos les cortan y les dicen que son pensamientos distorsionados o inaceptables y sienten que está prohibido expresarlos; y así interiorizan que no pueden hablar porque no considerarán lo que ellos dicen... 

2/ La relación materno-filial. A lo largo del relato esta relación experimenta una transformación y se produce un cambio en la mirada del joven sobre la madre. Aleksy empieza accediendo a pasar el verano con su madre porque esta se encarga de prometerle algo material (lo funcional, que es el modo en el que estos muchachos han aprendido a sobrevivir) para lograrlo, pues sabe que por motivos de vínculo afectivo no lo lograría.  Pero durante ese verano, en un pueblito al que su madre le lleva,  Aleksy descubrirá la razón por la que esta le ha invitado a pasarlo con ella. La relación entre ambos se transformará de cuidador complaciente (que por dentro esconde gran ira) y madre vulnerable -pero con una energía que le agarra a la vida-, a vínculo afectivo reparado en el que el amor y el perdón -un perdón genuino y sin presión externa de ningún tipo- emergen y se constituyen en los ingredientes necesarios para que se dé dicha reparación vincular. 

Así, las metáforas sobre los ojos verdes de la madre de Aleksy que emplea la autora, son tremendamente bonitas y nos hablan del proceso de transformación de la relación materno-filial. Al joven estos ojos verdes le empiezan pareciendo un despropósito; pero esta percepción va cambiando y con ella los sentimientos de odio y rabia iniciales hacia su madre se vuelven ambivalentes (odio, rabia y pena-ternura) para terminar transformándose en sentimientos de amor (un tanto compasivo), pues el perdón aparece -pero no forzado ni exigido externamente, como ya he dicho- sino de una manera genuina y natural. Como debe ser. Aleksy en un verano descubrirá lo que es sentir el vínculo afectivo con su madre y lo que es perderlo y sufrir por ello. Lo que es sentir que tiene una madre a sentir que en breve la perderá irremisiblemente. Tanto que el duelo que sufrirá le descompensará de su enfermedad mental (que no se nombra, solo se dice que tiene 6 letras, esto me encantó). Sentimos cariño hacia la madre y el hijo pues nos damos cuenta de que ambos han sido víctimas: ella porque perdió una hija y porque no tuvo unas figuras de apego seguras y amorosas en su infancia y su marido la maltrataba; y el joven porque es la última víctima de todo ello en una suerte de transmisión transgeneracional. 

He conocido varias personas -incluso entre gente muy cercana a mí- que han tenido que acompañar y cuidar de padres muy enfermos -estos les maltrataron y abandonaron cuando niños y aparecen, de repente, en sus vidas, para un buen morir y algunos probablemente, para reparar la relación e irse en paz- y viven esta transformación que va desde la rabia y el odio hacia el perdón. Pero ese genuino perdón fue fruto de la elaboración psicológica, de la capacidad de aceptación y del resultado de ser acompañado por un profesional que les ofrece un vínculo y una narrativa que les permite encontrar un sentido. La propia autora de la novela, en una entrevista, opina parecido: "quizá sea ingenuo pensar que unos meses pueden cambiar una vida, pero creo sinceramente que puede suceder, que siempre hay tiempo para hacer las paces. Incluso puede suceder después de la muerte. Creo que estos son los mensajes del libro, la reconciliación y el perdón, que las cosas pueden repararse a pesar del tiempo y a pesar de todo, aunque sea en el último momento".

Madre e hijo viven su último verano juntos en una atmósfera de desenfreno, se beben y se comen la vida a puñados, con avidez (como si no hubiera un mañana, esto en su caso, además, es más que una metáfora) sabedores de que no habrá más experiencias compartidas... El relato está plagado de grandes viñetas tan bien narradas que sentimos las sensaciones que tienen los protagonistas cuando van al mercado, a la playa, beben, comen o fuman...

3/ La visión de la enfermedad mental, ligada al trauma. Nos interpela sobre la mirada que tenemos sobre estas personas, quienes en realidad tienen, en muchos aspectos, una mente más preclara que la nuestra. Quizá lo que les ha ocurrido a las personas con trastorno mental es que el trauma desintegró su mente (como se está planteando hoy en día, es una de las hipótesis plausibles de la psicosis) Y una manera de tratar de recomponerla, aliviar el sufrimiento y resiliar es gracias al genio creativo que a algunos les brota y les convierte en excelentes artistas. Porque cuando hay dolor la capacidad para crear belleza en algunas personas con talento es impresionante. Como los cuadros que el personaje de Aleksy pinta. Y como los de cientos de pintores y artistas a lo largo de la historia de la humanidad.

4/ Finalmente, os traslado lo que Idoya me comentó en la carta que me envío y que es un buen colofón final y que quizá os anime a leer la novela: “Pienso que el arte de la buena literatura y las bases de un cerebro y corazón desorganizados se conjugan en estas páginas de manera poética y descarnada. La vida, la muerte, el odio y el perdón, el poder reparador del amor, las limitaciones del ser humano… forman este libro amargo y exquisito”

Gracias, Idoya, de corazón, por haberme hecho este regalo, así, inesperadamente. La buena literatura es también la que va de boca en boca y cuenta con el apoyo popular. Tienes un librero que es un lujo. Apoyemos las pequeñas librerías, si es que queremos que no sean devoradas por los gigantes comerciales.

REFERENCIAS

Cyrulnik, B. (2020). Escribí soles de noche. Barcelona: Gedisa.

Muller, T. (2020). El trauma y la lucha por abrirse. De la evitación a la recuperación y el crecimiento. Bilbao: Desclée de Brouwer.