lunes, 17 de noviembre de 2014

Otro tipo de conectividad vital entre seres humanos: las interacciones cara a cara favorecen la futura socialización de los niños

Continuamos con la teoría de Porges (quien, como sabéis, participó como ponente invitado en el Congreso de Apego y Trauma celebrado en Roma el pasado mes de septiembre), un modelo teórico desde el cual fundamentar nuestras intervenciones psicoterapéuticas y educativas realmente fascinante.

En el último post nos centrábamos en la conectividad, un imperativo biológico para Porges. Y exponíamos un tipo concreto de conectividad: la inmovilización sin miedo, totalmente diferente de la inmovilización con miedo (que es la disociación, la cual tiene lugar como respuesta defensiva ante la amenaza cuando la persona no puede escapar de la misma) La inmovilización sin miedo conlleva estados psicofisiológicos que se desarrollan y son frecuentes en todos los mamíferos cuando yacemos juntos, entrelazados o no, compartiendo un estado de profunda conexión en la calma, la tranquilidad y el contacto corporal sintonizado, regulando los ritmos biológicos (como es el caso, por ejemplo, de la madre y el bebé cuando vinculan, la madre regula los ritmos biológicos de éste; y también toda la activación psicofisológica que el bebé puede presentar) Esta inmovilización promueve la salud física y mental y es clave para desarrollar estados psicofisiológicos óptimos que favorezcan la conexión con los otros y, en suma, la socialización.

Para la entrada de hoy retomamos nuevamente a Porges (que tanto nos está aportando, fue de los mejores ponentes en el Congreso de Roma; se nota que además de ser un excelente teórico cultiva la práctica clínica) y el imperativo biológico que, para él, es la conectividad, centrándonos en otra clase o tipo de conectividad (fundamental también entre seres humanos), que favorece estados psicofisiológicos óptimos: las interacciones cara a cara. La ausencia de este tipo de interacciones cara a cara (o un déficit acusado en esta experiencia) ha estado presente en la biografía de algunos niños adoptados (especialmente en la de aquéllos que estuvieron en un orfanato con cuidados de baja calidad y con escasas horas durante el día de contacto e interacción humanos)

El niño nada más nacer prefiere la cara de los humanos como estímulo principal al que dirigirse. Progresivamente, la cara de la madre (y también la del padre) serán siendo sus objetos preferentes. Hay un imperativo que es conectar con el otro en interacciones cara a cara que viene inscrito en la biología, ésta nos impulsa para que el cerebro se configure, se desarrolle y se convierta progresivamente en un cerebro social. Es la neurobiología interpersonal: el desarrollo no solo depende de la biología sino de las relaciones interpersonales. Las relaciones interpersonales orquestan toda la biología -o el equipamiento que innatamente traemos- y que nos impele inexorablemente a conectar con otros.

De la cara de los humanos el niño va a extraer los elementos necesarios para poder socializarse adecuadamente en un futuro. Lo primero que necesita detectar el bebé es que esa cara transmite seguridad. La conectividad depende de la seguridad, afirma Porges. Sentirse seguro es un prerrequisito necesario antes de que puedan establecerse sólidas relaciones con los otros y antes de que el apoyo social pueda ser efectivo. Si el niño no encuentra seguridad en las interacciones cara a cara (porque éstas se tornan amenazantes o se interrumpe bruscamente el flujo de la comunicación y la cara del adulto se torna inexpresiva, como vacía) la conectividad y el sentimiento de estar en vínculo con los otros en el futuro se verá seriamente afectado. Lo que se desarrollarán son defensas ante los demás porque no se ha estimulado suficientemente el sistema de conexión social y desde temprana edad hay en palabras de Porges, una neurocepción de inseguridad. El niño en un futuro, tenderá a estados de desconexión, embotamiento, flacidez y en muchas ocasiones, a la desconexión disociativa (cuando hay percepción de peligro o amenaza); o a estados de hiperactivación asociados a una hiperreactividad del sistema nervioso simpático (incluyendo la hiperexcitación de la respuesta de lucha/huida ante la amenaza)

Las interacciones cara a cara son fundamentales también porque a través de las mismas (además de desarrollar estados psicofisológicos óptimos favorecedores de la socialización futura del niño) los menores de edad aprenden a conocer y etiquetar las emociones mediante el lenguaje. Además, adquieren las herramientas emocionales y psicosociales necesarias para reconocer en el otro sus estados internos, aprendiendo a auto-regularse desde experiencias co-reguladoras con el cuidador. Como en una ocasión referimos, el médico inglés Winnicott ya postulaba que la madre en los primeros años de vida del bebé es un espejo en el que no sólo mirar sino mirarse. Y la neurociencia le está dando la razón con sus actuales aportaciones.

Esa relación sintonizada, esa interacción cara a cara entre madre (o padre) e hijo, ese estado psicofisiológico óptimo que favorece la CONEXIÓN, co-regulado entre ambos, ese flujo de comunicación energético positivo que se puede observar cuando vemos a unos papás cómo disfrutan, ríen, vocalizan, se adivinan intenciones, juguetean, reflejan estados internos con tonos de voz, gestos expresivos… que configuran todo lo que llamamos pre-verbalidad donde se aprenden las primeras lecciones de socialización, en fin, todo ese mundo interactivo tan maravilloso y fascinante donde biología y psicología se dan la mano... ¿Qué sucede si se corta, se interrumpe -o se viola, en palabras de Porges- bruscamente? Las conductas de vinculación social se desplazan y emergerían las respuestas ante la amenaza.

El vídeo que os pongo a continuación (ya lo mencioné cuando lo utilizamos en el acto de presentación del libro del que soy co-autor junto con mi amigo y colega Óscar Pérez-Muga, titulado: “¿Todo niño viene con un pan bajo el brazo? Guía para padres adoptivos con hijos con trastornos del apego”) es un ejemplo de esta violación de una interacción cara a cara. Algunos y algunas de vosotros y vosotras ya lo conocéis; otros probablemente, no. Siempre suelo decir que (al menos a mí) deja una sensación de mal cuerpo (aunque afortunadamente termina bien) Pero es un ejemplo clarísimo que habla por sí sólo (sobran las palabras) de qué ocurre en un bebé (necesitado de seguridad para conectar) cuando la cara que le devuelve la madre se congela y se torna un tanto inquietante y totalmente inexpresiva. Esto es, la cara de la madre, literalmente, se hiela, se vuelve como fría. Por ello se le llama “Still face experiment” (“Experimento de la cara congelada”) El Dr. Tronick y equipo en 1978, quisieron demostrar con sus trabajos que los niños (los seres humanos) entran en una conexión e implicación social desde muy temprana edad y que no proporcionársela supone una vulnerabilidad para el desarrollo de futuros y diferentes problemas en la socialización. Si la madre no hubiese cambiado y recuperado la conexión con el niño (esto es lo principal: que exista reparación, vuelta a la interacción, recuperación del estado óptimo anterior) a éste, después de una aguda fase de protesta y tras deprimirse, no le habría quedado otra alternativa que recurrir a la disociación como respuesta defensiva. Y eso es lo que probablemente, les pudo haber ocurrido a algunos niños y niñas que padecieron un orfanato de baja calidad y escaso o nulo juego interactivo y conectivo. ¡Ah, y este niño recupera bien porque existe un vínculo seguro previo con su madre!




Por todo ello, lo que como padres y profesionales debemos hacer es (especialmente para aquéllos y aquéllas cuyo hijo o hija acaba de llegar a la familia) tratar de conectar y mantener interacciones cara a cara con los niños; interacciones no forzadas, naturales y que fomenten en el niño progresivamente, una neurocepción de seguridad. La mejor manera de hacerlo es jugando. El juego es clave y básico para los niños que han carecido de experiencias gratificantes, estimulantes y fomentadoras de la interacción entre humanos.

Todo esto que os digo es extremadamente importante y cuanto antes vayamos trabajándolo, mejor.

Además, debemos aprender, ensayar y practicar con el niño interacciones en las que conectemos: antes de exigir, mandar, ordenar, esperar que nos obedezcan e interioricen normas y valores... hemos tenido, primero, que conectar emocionalmente con cada niño hasta el nivel de profundidad que pueda tolerar. Por ejemplo: el niño no quiere hacer los deberes; en vez de entrar en la exigencia, las amenazas, los gritos y los castigos, debemos de agacharnos, ponernos a su altura, en cuclillas, mirarle a la cara (si tolera el contacto físico, pasarle una mano por la cabeza, acariciándole) y decirle: “entiendo que no te apetezca, sé que te cuesta y/o que es aburrido; pero tenemos que hacer la tarea si queremos aprender. ¿Qué te parece (con una sonrisa) que miremos las mates un rato?; si lo conseguimos lo celebramos después jugando al balón”  Algunos padres y madres dicen que no funciona, pero lo que ocurre es que no tienen la paciencia para esperar que el niño esté preparado para empezar y no le dan su tiempo (los niños quieren intentarlo siempre); o bien la dinámica familiar está muy viciada y cuesta cambiar de estados. Pero esta manera sí funciona, y es totalmente necesaria siempre (en toda familia) pero en particular con los niños cuyas primeras interacciones cara a cara vinieron marcadas por una inseguridad y una amenaza. En un reciente taller con mis amigos de la Asociación Manaia de Axuda á Adopción hicimos una representación de este tipo (cómo conectar con un niño) y los participantes (padres y madres) estuvieron de acuerdo en que sí funciona y que debemos tener la calma y la paciencia suficientes para que el niño conecte con la seguridad que le transmitimos y se anime a hacer las cosas bien. El lema sería: “antes de exigir hay que conectar”

La picada de esta semana es una gran picada. Me ha emocionado y la quiero compartir con todos/as y vosotros/as: recientemente en la revista del Consejo de Colegios Oficiales de Psicólogos de España, denominada “Papeles del psicólogo” (Vol. 35, 2014) hay un artículo (excelente) de Antonio Galán Rodríguez titulado: “Tratamiento psicológico de niños y adolescentes en acogimiento residencial. Aportaciones a un campo específico de intervención”, en el que el autor plantea y propone como una de las psicoterapias adecuadas y respetuosas con estos menores la de Barudy y Dantagnan. En concreto, dice: “Más allá de estos formatos estandarizados, hay propuestas concretas especialmente inspiradoras para muchos profesionales en nuestro país, a modo de las “figuras prominentes” que antes señalábamos, y entre las que podríamos incluir al Centro per il bambino maltratto e la cura della crisi familiare de Milán, Jorge Barudy…” ¡Desde aquí mis felicitaciones! porque aunque esta psicoterapia es reconocida por el elevado número de alumnos/as (mayor cada vez) que cursa el diplomado de especialización en trauma terapia infantil sistémica y por el prestigio y dilatada carrera profesional de Barudy y Dantagnan, estimo que en un artículo científico-profesional publicado en la revista de todos y todas los/as compañeros/as de profesión se priorice y elija a esta psicoterapia es un espaldarazo muy importante para la misma. Se premia la calidad y el esfuerzo de muchos años de trabajo.

Precisamente el diplomado de trauma terapia infantil sistémica sigue creciendo: además de los alumnos de Barcelona (van por la séptima promoción) acaban de comenzar la primera en Bilbao (primera promoción APEGA en Euskadi) y en Chile. Sin olvidarnos de los alumnos/as de Galicia (A Coruña) que se forman no para ser psicoterapeutas sino para ser profesionales de la crianza terapéutica.

Motivos para estar más que satisfechos pues el mejor aval que tiene esta forma de entender y tratar a los niños en psicoterapia, en la educación y en la crianza son los alumnos que cada año solicitan entrar para aprender el modelo de intervención.

El post que rescatamos hoy del almacén virtual de Buenos tratos no puede ser otro que el que dediqué a la Asociación EXIL dirigida por Barudy y Dantagnan

Cuidaos / Zaindu