lunes, 5 de octubre de 2026

"Quiero acercarme... pero también necesito protegerme": comprender el apego desorganizado en hijos/as adoptivos/as o acogidos/as.

 

VII Conversaciones apego y resiliencia

9 de octubre último día de cuota reducida

Información e inscripciones:

https://joseluisgonzalo.com/conversaciones-2026/ 



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«Quiero acercarme… pero también necesito protegerme»: comprender el apego desorganizado en las familias adoptivas y acogedoras

Por José Luis Gonzalo Marrodán

Psicólogo y traumaterapeuta sistémico

Portada del libro "Vincúlate" donde presento 
la dinámica del apego desorganizado y su relevancia 
para las familias adoptivas y acogedoras

Presentación

Este pasado lunes tuve un encuentro con un grupo de familias adoptivas donde estuvimos hablando sobre el apego desorganizado, un patrón diferente de apego, no clasificable en las categorías descubiertas anteriormente (seguro e inseguro), al presentar en la conducta y reacciones del niño/a ante la separación, manifestaciones mezcla del inseguro evitativo y del inseguro ansioso-ambivalente de una manera incoherente y sin presentar una conducta organizada de apego. La funcionalidad del apego que es el logro de la proximidad colapsaba

Hemos hablado en este blog de este tema muchas veces, os dejo los artículos anteriores para que podáis repasar los conceptos fundamentales. Nos hicimos eco, además, de la publicación del último libro de Nacho Serván, experto en el tema, sobre la desorganización del apego, que postula que debemos conceptualizarlo más como una dimensión y no una categoría:







Conducta materna atemorizante y apego desorganizado: http://www.buenostratos.com/2026/05/conducta-materna-atemorizante-apego.html


He preparado un texto con los aspectos fundamentales que compartí en el encuentro con las familias, para que podías disponer de ellos. Previamente, he hecho un breve resumen de lo que es el apego desorganizado y su trascendencia en el ámbito de la adopción. Incluyo también alguna de las técnicas que hicimos con las familias para que pudieran comprenderlo mejor y favorecer la reflexión. 

Espero que os sea de utilidad. 

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¿Qué es el apego desorganizado?

Hay niños que parecen estar atrapados en una contradicción difícil de comprender para quienes los acompañan: necesitan intensamente a los adultos, pero cuando estos se acercan pueden rechazarlos; buscan afecto y, cuando lo encuentran, parecen sabotearlo; reclaman proximidad y, al mismo tiempo, pueden comportarse como si necesitaran alejarse. A veces controlan constantemente lo que ocurre a su alrededor, reaccionan de manera desproporcionada ante pequeñas correcciones o se enfurecen precisamente cuando intentamos consolarlos.

Para las familias adoptivas y acogedoras, estas conductas pueden resultar especialmente desconcertantes. El adulto puede pensar: «Si estoy aquí para cuidarle, ¿por qué me rechaza?», «¿Por qué no confía en mí?», «¿Por qué necesita controlarlo todo?» o incluso «¿Qué más puedo hacer para que entienda que le quiero?».

Una de las claves para comprender estas situaciones consiste en recordar que la llegada a un entorno seguro no hace desaparecer automáticamente las estrategias de protección que el niño aprendió en relaciones anteriores. El contexto puede haber cambiado mucho antes de que cambien las expectativas internas del niño.

Para entenderlo tenemos que remontarnos a los trabajos de Mary Ainsworth y a la denominada «Situación Extraña» (1), un procedimiento diseñado para observar cómo los niños pequeños utilizan a su figura de apego como base de seguridad ante situaciones de separación, reunión y presencia de una persona desconocida.

A partir de estas investigaciones se identificaron inicialmente tres patrones principales de apego: seguro, evitativo y resistente o ambivalente. Sin embargo, algunos niños mostraban comportamientos que no podían ser comprendidos adecuadamente dentro de ninguna de estas categorías. En determinadas situaciones de separación y, especialmente, durante los reencuentros con la figura de apego, podían aparecer conductas contradictorias, movimientos interrumpidos, aproximaciones que se detenían bruscamente, inmovilidad, expresiones de temor hacia el cuidador o aparentes episodios de desorientación.

Fueron Mary Main y Judith Solomon (2), investigadoras vinculadas a la Universidad de California, Berkeley, quienes estudiaron sistemáticamente este fenómeno y propusieron en 1986 una nueva clasificación denominada apego desorganizado/desorientado. Posteriormente, en 1990, desarrollaron los procedimientos específicos para identificarlo dentro de la «Situación Extraña» (3).

Es importante hacer una precisión. Hoy resulta más adecuado hablar de clasificación o patrón de apego desorganizado/desorientado que de un «cuarto estilo» completamente independiente de los otros. La desorganización puede aparecer sobre diferentes organizaciones del apego y se refiere, fundamentalmente, a una alteración o ruptura de la estrategia organizada que el niño utiliza para afrontar la activación de su sistema de apego (4) 

La aportación de Main y Solomon fue especialmente relevante porque permitió describir algo que hasta entonces resultaba difícil de conceptualizar: ¿qué sucede cuando el sistema que debería conducir al niño hacia la protección no consigue organizar una respuesta coherente?

«Necesito al adulto… pero también tengo que protegerme del adulto»

Podemos imaginar el sistema de apego como un sistema que se activa especialmente cuando el niño siente miedo, dolor, amenaza o inseguridad.

Ante el peligro, una respuesta organizada sería:

MIEDO → BUSCO A MI ADULTO → ENCUENTRO PROTECCIÓN

El problema aparece cuando la persona de la que depende el niño para sentirse protegido ha sido también, en determinados momentos de su historia, una fuente de miedo, amenaza, imprevisibilidad o desregulación.

Entonces aparece una contradicción:

NECESITO ACERCARME

↕

NECESITO ALEJARME O PROTEGERME

El niño necesita al adulto porque tiene miedo, pero ese mismo adulto puede activar simultáneamente respuestas defensivas. No dispone de una estrategia suficientemente organizada para resolver el dilema.

Esta es una de las ideas que considero más importantes para las familias: el comportamiento aparentemente contradictorio puede tener una lógica desde la historia relacional del niño.

No significa que todas las conductas difíciles tengan necesariamente su origen en un apego desorganizado, ni que toda desorganización pueda atribuirse de manera simple a una única experiencia. La investigación ha encontrado asociaciones entre la desorganización y contextos de alto riesgo, maltrato y determinadas formas de cuidado atemorizante o atemorizado, pero la relación es compleja y no debe reducirse a una explicación única. (5)

Cuando cambia la familia, pero todavía no ha cambiado el mapa interno

Esta cuestión adquiere una importancia extraordinaria en la adopción y el acogimiento.

Un niño puede llegar a una familia que le ofrece algo muy diferente de lo que ha conocido anteriormente: adultos disponibles, sensibles, protectores y comprometidos con su bienestar. Sin embargo, sus expectativas acerca de las relaciones no se modifican de un día para otro.

Podríamos expresarlo de una manera sencilla:

HA CAMBIADO EL LUGAR.

HAN CAMBIADO LOS ADULTOS.

PERO SU SISTEMA DE PROTECCIÓN TODAVÍA NO HA CAMBIADO.

La literatura sobre adopción y acogimiento muestra que estos niños presentan, en conjunto, un riesgo mayor de dificultades en la organización del apego, aunque existe una gran variabilidad individual. Una revisión sistemática sobre niños adoptados y acogidos señala precisamente la relevancia de las experiencias de separación, las relaciones previas y las nuevas relaciones con los cuidadores. (6)

Por eso, cuando un niño llega a una familia y aparentemente «no aprovecha» las oportunidades de seguridad que esta le ofrece, podemos estar ante una cuestión mucho más compleja que una simple falta de confianza.

El adulto puede decir:

—«Estoy aquí. Puedes confiar en mí».

Y el niño, desde su historia, puede escuchar:

—«Eso ya me lo dijeron».

—«¿Hasta cuándo?».

—«No dependas demasiado».

—«Comprueba primero si es verdad».

La seguridad objetiva y la seguridad sentida no aparecen necesariamente al mismo tiempo.

«¿Por qué se comporta así?» frente a «¿De qué aprendió a protegerse?»

Esta pequeña modificación en la pregunta puede cambiar profundamente la mirada de una familia.

Imaginemos algunas situaciones:

- El niño rechaza un abrazo precisamente cuando peor está.

- Controla constantemente dónde se encuentra su madre o su padre.

- Se enfurece cuando intentan consolarlo.

- Parece no necesitar a nadie.

- Quiere decidir absolutamente todo.

- Ante una pequeña corrección reacciona como si estuviera en peligro.

- Busca afecto y, cuando lo encuentra, lo rechaza.

- Por la noche necesita desesperadamente al adulto, pero durante el día lo mantiene alejado.

Podemos preguntarnos:

«¿Qué está haciendo?»

Pero también:

«¿Qué puede estar tratando de proteger?»

El control puede estar relacionado con la necesidad de anticiparse a lo imprevisible.

El rechazo puede protegerle de depender demasiado de alguien.

La provocación puede constituir una manera de comprobar qué ocurre cuando la relación se pone a prueba.

La reacción desproporcionada ante una corrección puede estar relacionada con una historia en la que los errores tuvieron consecuencias amenazantes. Con las familias, en el encuentro reflexionamos que esto no significa justificar cualquier conducta. Comprender la función de una conducta no equivale a permitirla. Significa que podemos responder al comportamiento sin perder de vista la experiencia que puede existir debajo de él.


El apego desorganizado puede conllevar problemas para
la construcción de un self estable y coherente


«Ahora estoy a salvo… pero todavía no lo sé»

Una casa segura no garantiza inmediatamente un sentimiento interno de seguridad.

Podemos decirle a un niño:

«Aquí nadie te va a hacer daño».

Pero su sistema de protección puede necesitar mucho tiempo y muchas experiencias repetidas para incorporar esa nueva información. De hecho, quizá una de las tareas más importantes de una familia adoptiva o acogedora sea precisamente ofrecer experiencias que contradigan, una y otra vez, las antiguas expectativas relacionales:

«Cuando me enfado, el adulto no desaparece».

«Cuando pongo a prueba la relación, el adulto continúa estando ahí».

«Cuando cometo un error, no pierdo el vínculo».

«Cuando necesito ayuda, alguien responde».

«Cuando el adulto se equivoca, puede reparar».

«Cuando me ponen un límite, la relación continúa».

La seguridad no se construye únicamente mediante explicaciones. Se construye a través de una enorme cantidad de experiencias cotidianas, pequeñas y repetidas.

Como planteó una dinámica que hicimos con las familias, el niño no aprende que está seguro porque se lo expliquemos, sino porque vive progresivamente experiencias de seguridad.

¿Qué puede hacer la familia?

Comprender el apego desorganizado no significa convertir la convivencia en una sucesión de interpretaciones psicológicas. Al contrario: necesitamos traducir esta comprensión en respuestas concretas.

1. Preguntarnos «¿qué le pasa?» antes que «¿qué pretende?»

Ante el control, el rechazo, la agresividad, la provocación o una reacción desproporcionada, podemos intentar preguntarnos qué puede existir debajo: miedo, vergüenza, sensación de amenaza, necesidad de control, temor al abandono o dificultad para confiar.

La conducta puede ser problemática y, al mismo tiempo, haber sido una solución que el niño aprendió en otro contexto.

2. Regular antes de razonar

Cuando el niño está muy activado, no suele ser el momento adecuado para largos razonamientos, sermones o preguntas como: «¿Por qué has hecho esto?».

Primero necesitamos ayudarle a recuperar la calma: bajar el tono de voz, reducir estímulos, acompañar y favorecer la regulación.

Primero seguridad; después reflexión.

3. Ser predecibles

Las rutinas, anticipar los cambios, explicar qué va a suceder, cumplir lo prometido y evitar amenazas que después no se cumplen son formas concretas de construir seguridad.

Para un niño que ha vivido mucha imprevisibilidad, saber qué ocurrirá después puede disminuir la necesidad de controlarlo todo.

4. Poner límites firmes sin amenazar el vínculo

Una experiencia profundamente reparadora puede ser descubrir: «Puedes hacer algo que no está bien y yo seguiré aquí». Por ejemplo: «No voy a dejar que me pegues. Voy a ayudarte a parar. Estoy aquí contigo». El límite contiene la conducta sin convertir la relación en un castigo.

5. Evitar las luchas de poder

Algunos niños intentarán controlar las situaciones porque el control les proporciona una sensación de seguridad. Si el adulto responde aumentando todavía más el control, ambos pueden quedar atrapados en una escalada. Las pequeñas elecciones dentro de límites que corresponden al adulto pueden ser útiles: «Hay que ducharse. ¿Prefieres hacerlo antes o después de cenar?». No se trata de que el niño decida si existe o no el límite, sino de ofrecerle cierto margen de autonomía dentro de un marco seguro.

6. No forzar el afecto ni la proximidad

Un niño puede necesitar muchísimo el vínculo y, paradójicamente, sentirse amenazado por la intimidad. Por eso no necesitamos exigir besos, abrazos, confidencias o demostraciones de cariño. Podemos transmitir disponibilidad sin invasión: «Estoy aquí cuando me necesites».

7. Reparar después de los conflictos

Los niños no necesitan padres perfectos. Necesitan experimentar que una relación puede sufrir una ruptura y que después es posible repararla. Un adulto puede decir: «Antes me enfadé demasiado. Tenía que ponerte ese límite, pero podría habértelo dicho de otra manera». Esta experiencia transmite algo extraordinariamente importante: un conflicto no significa necesariamente el final de una relación.

8. No interpretar los retrocesos como un fracaso

La evolución no suele ser lineal. Cumpleaños, separaciones, cambios escolares, visitas, aniversarios, adolescencia o momentos de mayor intimidad pueden reactivar estrategias antiguas. Esto lo saben bien las familias. Que reaparezca una conducta de protección no significa necesariamente que todo lo conseguido haya desaparecido.

9. No tomárselo todo como algo personal

Pensamientos como: «No me quiere». «Después de todo lo que hacemos por él…». «Solo se porta así conmigo»... Son comprensibles, pero pueden dificultar la respuesta del adulto si terminan guiando su conducta. En algunos casos, precisamente cuando un niño comienza a sentirse suficientemente seguro, puede atreverse a mostrar necesidades, emociones y conductas que anteriormente mantenía más controladas.

Por eso puede ser útil preguntarnos:

«¿Qué me está mostrando que todavía no sabe expresar de otra manera?»

Una secuencia para recordar

Cuando la situación se desborda, podemos resumir esta manera de acompañar en cinco palabras:

PARAR → REGULAR → CONECTAR → PONER EL LÍMITE → REPARAR

No siempre será posible hacerlo perfectamente. Tampoco necesitamos convertir cada conflicto en una intervención terapéutica. Se trata de ir construyendo, día tras día, una experiencia relacional diferente. Porque quizá la pregunta más importante no sea:

«¿Cómo conseguimos que deje de comportarse así?»

sino:

«¿Cómo conseguimos que, poco a poco, ya no necesite comportarse así para sentirse protegido?»

Un niño con una historia de apego desorganizado no necesita únicamente que le expliquemos que ahora está a salvo. Necesita vivirlo. Necesita encontrar adultos que sean suficientemente predecibles, disponibles y protectores como para que, poco a poco, su sistema de protección pueda aprender algo nuevo:

«Puedo necesitar a alguien sin perderme».

«Puedo acercarme sin dejar de estar seguro».

«Puedo enfadarme y la relación puede continuar».

«Puedo equivocarme y después reparar».

Y quizá, con el tiempo, aquella antigua contradicción —«quiero acercarme, pero también necesito protegerme»— pueda empezar a transformarse en una experiencia diferente: «Puedo acercarme porque ahora estoy a salvo».

Referencias

(1) Ainsworth MDS, Bell SM. Attachment, exploration, and separation: illustrated by the behavior of one-year-olds in a strange situation. Child Dev. 1970;41(1):49-67. doi:10.2307/1127388.

(2) Main M, Solomon J. Discovery of an insecure-disorganized/disoriented attachment pattern. In: Brazelton TB, Yogman MW, editors. Affective development in infancy. Norwood (NJ): Ablex; 1986. p.95-124.

(3) Main M, Solomon J. Procedures for identifying infants as disorganized/disoriented during the Ainsworth Strange Situation. In: Greenberg MT, Cicchetti D, Cummings EM, editors. Attachment in the preschool years: theory, research, and intervention. Chicago: University of Chicago Press; 1990. p.121-160.

(4) Serván García I. Desorganización del apego: clínica y psicoterapia con adultos. Bilbao: Desclée de Brouwer; 2023.

(5) van IJzendoorn MH, Schuengel C, Bakermans-Kranenburg MJ. Disorganized attachment in early childhood: meta-analysis of precursors, concomitants, and sequelae. Dev Psychopathol. 1999;11(2):225-49. doi:10.1017/S0954579499002035.

(6) García Quiroga M, Hamilton-Giachritsis C. Attachment styles in children living in alternative care: a systematic review of the literature. Child Youth Care Forum. 2016;45:625-653. doi:10.1007/s10566-015-9342-x