lunes, 19 de febrero de 2018

"La niña herida que habita en ellas: trauma y apego en trastornos alimentarios", por Gema García Marco, psicóloga y psicoterapeuta.



Diez meses, diez firmas III

Profesional invitada en el mes de febrero de 2018: 

Gema García Marco

Título de su artículo: 

"La niña herida que habita en ellas: trauma y apego en trastornos alimentarios"


Conocí a Gema García en el Centro de Terapia Familiar Valencia en un taller sobre la caja de arena que impartí el pasado mes de junio de 2017. Compartimos una formación que resultó entrañable por la motivación, el alto nivel formativo y la particular conexión emocional que se generó entre los participantes. El conocimiento neuroceptivo que tuve de ella (un conocimiento basado en las sensaciones, sin todavía poder llegar a percibir) ese fin de semana me impresionó de manera positiva. Estar con Gema García genera sensaciones agradables de paz, tranquilidad e inspira confianza. Es algo que inicialmente no te lo puedes explicar muy bien, pero lo notas. Estoy seguro que sus pacientes sienten lo mismo, y es algo clave para ser psicoterapeuta pues lo que llamamos feeling, esa capacidad de conectar y hacer que el cuerpo se envuelva en sensaciones de confort, solo está al alcance de algunos/as privilegiados/as. Gema García es una de ellas.

A partir de esta experiencia, gracias a ese gran invento que es internet y en particular las redes sociales (cuando como todo en la vida, se usan para bien), mantuvimos el contacto y pude conocer más acerca de su trabajo como psicóloga. El conocimiento (esta vez ya perceptivo) que adquirí de Gema ratificó y llenó de contenido las primeras impresiones. Lo explícito se complementó con lo implícito. Gema es una joven veterana psicóloga porque para su edad atesora una trayectoria profesional con amplia formación y experiencia en psicoterapia individual y familiar. Experta en trastornos de alimentación, ofrece tratamiento psicológico a sus pacientes en el Centro TITCA de Valencia desde una óptica sistémica incorporando en la conceptualización de dichos trastornos también la visión del trauma y el apego temprano. Completa su labor profesional ejerciendo la docencia.

Pero, además, Gema está comprometida con la divulgación de una relación sana con la comida evitando que ésta se convierta en un falso consuelo emocional, haciendo una importantísima labor en la prevención tanto primaria como secundaria. Y tiene un gran talento para la comunicación, tanto que Radio Nacional (RNE5) no ha dudado en ficharla para sus radio-blogs, en los que no sólo divulga y hace llegar al gran público toda su sapiencia sobre el tema, sino que es capaz de transmitir y de llegar al corazón de las personas, al nivel emocional.

Cuando le propuse escribir para Buenos tratos sobre un tema que aquí no hemos tratado, accedió con un entusiasmo y una ilusión contagiosas. No os perdáis este artículo sobre trauma y apego en los trastornos alimentarios que ha elaborado en exclusiva para nosotros, ha trabajado mucho en el mismo y nos lo ofrece generosamente. Mil gracias, Gema García, de todo corazón por formar parte del elenco de profesionales colaboradores de Buenos tratos.


Gema García Marco. Soy licenciada en psicología y graduada en magisterio infantil. Actualmente trabajo como coordinadora clínica de un centro de trastornos alimentarios en Valencia, el Centro TITCA y formo parte del equipo docente de Norte Salud Nutrición.

Hace ya unos cuantos años, cuando empecé a trabajar en esta especialidad, hice formaciones de postgrado en psicología clínica y en trastornos de alimentación.

Fui dándome cuenta de que estaba ante problemáticas multideterminadas y complejas, por lo que pronto entendí que necesitaba ampliar mi mochila de recursos terapéuticos para poder mirar a cada persona que tenía enfrente desde una óptica más amplia. Por ello complementé mi formación con EMDR y terapia familiar sistémica. Además de mi labor terapéutica y docente, colaboro periodicamente en el blog y radio blog de RNE5 "Cómete el mundo TCA"

Algunos de los radio blogs grabados por Gema García:

http://www.rtve.es/alacarta/audios/comete-el-mundo/comete-mundo-duelos-adolescencia-anorexia-04-10-17/4254875/

http://www.rtve.es/alacarta/audios/comete-el-mundo/comete-mundo-modelo-maudsley-afrontamiento-familiar-22-02-17/3940154/

http://www.rtve.es/alacarta/audios/comete-el-mundo/comete-mundo-docena-sucia-imagen-corporal-1-parte-28-06-17/4086545/

http://www.rtve.es/alacarta/audios/comete-el-mundo/0125-comete-mundo-059-290617-docena-sucia-imagen-corporal-2-parte-2017-06-29t10-46-15820/4088283/

Cuando Jose Luis me pidió que escribiera para Buenos Tratos sentí una gran ilusión pero sobre todo una enorme responsabilidad, ya que en este blog he leído a terapeutas y docentes a los que admiro, y de los que aprendo cada día. He escrito este post desde  el  enorme cariño que le tengo al alma mater de este blog y al trabajo con trastornos alimentarios, esperando poder aportar un granito de arena a este maravilloso proyecto.

Para empezar os voy a pedir que visualicéis un iceberg. La parte que emerge del iceberg, la que se ve, simboliza los síntomas visibles del trastorno alimentario (en adelante, TA) Síntomas que asustan a todo el mundo alrededor, incluidos a veces los clínicos que podemos quedar cegados por la gravedad con la que llegan a consulta: restricciones severas, infrapeso, rasgos obsesivos y compulsivos, depresión, ansiedad, impulsividad, atracones, vómitos, autolesiones, intentos de suicidio...

Pero exactamente igual que en un iceberg, más allá de lo que se ve, en las profundidades, se esconde una enorme complejidad intrapsíquica y relacional: se hiperfocaliza en la belleza externa quien no se siente bella por dentro, busca el control del cuerpo quien no siente el control de su vida, persigue la perfección quien se siente insuficiente... los síntomas NO son el problema.

Si vamos más allá de lo que nos enseñan en un primer vistazo, encontraremos a una niña herida (hablaré en adelante en femenino, dada la mayor prevalencia en mujeres) que se ha cubierto de defensas para sobrevivir, ser vista, sentirse reconocida... Es con esa niña que habita en ellas con quien tenemos que conectar en terapia, es una parte de ellas que tenemos que poder ver, ya que una de sus principales heridas es no haber sido vistas en el pasado.

Llegar a esa niña interior tan dañada no es fácil. Natalia Seijo utiliza la metáfora de la alcachofa como símbolo de las capas y capas de defensas que nos vamos a encontrar en las personas con trastornos alimentarios antes de poder conectar con su dolor. El trabajo a través de las capas externas nos permitirá llegar hasta la niña herida y su vulnerabilidad. El objetivo final, es llegar al trabajo con las partes de la niña herida: validarla, entender las estrategias que tuvo que adoptar para sobrevivir para así poco a poco poder sanarla (Seijo, 2017).

Las defensas son mecanismos o estrategias puestas en marcha para hacer frente a la realidad y mantener la autoimagen, son todo aquello que las pacientes han tenido que hacer para sobrevivir (Seijo, 2017). Tenemos que tener presente que, sobre todo al principio, las pacientes no se van a dejar ver, están acostumbradas a esconder lo que son detrás de un montón de capas. Algunas de ellas lo relatan como si hubieran desarrollado un personaje (un “alter ego”) que interpretan cuando están con los demás en base a  lo que creen que los demás esperan o necesitan de ellas: dentro de su mundo interno hay partes que quieren recibir ayuda, pero en la superficie nos vamos a encontrar con alguien que se muestra “aparentemente bien”, que no se da permiso para confiar ni para mostrarse vulnerable y que intenta complacernos. Las defensas entran en juego. Iremos trabajando con ellas según vayan apareciendo de forma espontánea, haciendo consciente a la paciente de cada una de ellas.




En la historia de las personas con TA encontramos traumas de apego, heridas de humillación y/o traición,  rupturas de vínculos... por lo que el terapeuta tiene que ser una figura de apego seguro para ellas, el vínculo terapéutico será determinante en el proceso. Natalia Seijo nos dice que “dedicar tiempo al vínculo terapéutico es invertir en éxito terapéutico”

Pero, vamos al origen. ¿Cuáles son las experiencias traumáticas más comunes que nos encontramos en el trabajo con trastornos alimentarios?

Inversión de roles (parentalización o apego invertido). La inversión de roles supone estar en un lugar en la jerarquía familiar que no les corresponde, que implica poder y también mucha responsabilidad, más de la que un niño puede manejar. Nos encontraremos en consulta que estas personas han desarrollado partes de sí mismas complacientes, cuidadoras, perfeccionistas y con un exceso de responsabilidad. En la mayoría de los casos, esta conducta “adulta” ha sido muy reforzada por el entorno. Es importante que no perdamos de vista que  si hay una niña que ha tenido que dejar de serlo y crecer muy rápido, hay una niña que no pudo ser niña. Hablaremos de ambas más adelante.

·       Falta de cuidados, negligencia, desatención…
·       Control parental excesivo, sobreprotección…
·       Violencia, abuso de poder, abuso emocional
·       Abuso sexual

Además de todos esos traumas tempranos, tenemos que tener en cuenta otras situaciones adversas que pueden vivir más adelante como relaciones de maltrato, bullying…etc. y las que  trae consigo la propia enfermedad, como las continuas hospitalizaciones.

Las personas con TA han estado expuestas a situaciones traumáticas y/o experiencias vitales adversas que han ido más allá de lo que podían tolerar, esto hace que su mundo interno se colapse activando la creación de partes de sí mismas para poder proteger el sistema (Seijo, 2017).

Con frecuencia ellas mismas relatan en consulta que sienten que van en direcciones opuestas, saben lo que tienen que hacer pero no pueden hacerlo, o incluso terminan haciendo lo contrario de lo que saben que les viene bien. Manuel Hernández lo explica muy bien en su libro Apego y Psicopatología: “Las partes del mundo interno del paciente pueden tener objetivos diferentes e incompatibles. Una parte puede estar enfocada a la necesidad de afecto y otra en la de protección por el miedo al rechazo. Esto genera mucha ansiedad ya que haga lo que haga, sufrirá” (Manuel Hernández, 2017) “Dentro del mundo interno del paciente hay fuerzas opuestas: las partes heridas queriendo ser escuchadas y atendidas y las partes impulsivas y controladoras tratando de evitar el dolor”  (Manuel Hernández, 2017)

En el trabajo con partes la psicoeducación va a ser de gran ayuda: valida su experiencia interna, les alivia porque da sentido al caos que sienten y facilita la  mejor coordinación de las partes.




Mosquera, González y Leeds han desarrollado la Escala de Experiencias Familiares en la Infancia (EARLY) que evalúa aspectos de los anteriormente citados y algunos otros que también encontraremos con frecuencia en TA: abandono emocional, sobreprotección, maltrato físico, presenciar problemas en casa, inversión de roles, alta exigencia y abuso emocional.  Actualmente se encuentra en fase de análisis de sus características psicométricas, pero puede usarse con fines clínicos. Aprovecho esta plataforma para agradecer la generosidad de las autoras, ya que han puesto la escala a nuestra disposición. La podéis encontrar en el siguiente enlace:

·       https://www.intra-tp.com/investigacion-y-escalas/

Recordemos que aprendemos a calmarnos como nos calmaron y aprendemos a cuidarnos como nos cuidaron, por lo que las conductas de regulación y autocuidado las internalizamos a partir de nuestras figuras de apego. Si buscamos en la historia de las personas con TA encontramos figuras de apego inseguro: evitativo, ansioso o desorganizado. No han tenido una base segura de apego seguro y la comida funciona para ellas como elemento de base segura, es algo a lo que recurren como intento de solución  (la restricción o los atracones les han ayudado en momentos de su vida a sentirse mejor), pero que al generalizarse y perdurar en el tiempo, se ha convertido en otro problema.  

En ocasiones encontramos figuras de apego (sobre todo abuelas) que desde pequeñitas las han calmado con comida, esto hace que comer les conecte con una base segura  de su infancia. En otras ocasiones, si no se han sentido vistas, calmadas o validadas por sus figuras de apego, buscan una  base segura externa.  En palabras de Manuel Hernández (2017): “Al nacer, todos los niños necesitan el amor y el afecto de sus cuidadores. Tratan de regularse emocionalmente en su relación con ellos, pero si esto no es posible, se ven forzados a buscar estrategias de regulación ajenas mediante objetos, actividades o amigos que aporten la sensación de calma que no han podido encontrar en las personas que deberían habérsela proporcionado”

En este contexto, una parte del trabajo con ellas tiene que enfocarse en que puedan progresivamente ser una base segura de apego seguro para sí mismas: que la adulta que es ahora pueda mirar a sus heridas desde los ojos de la persona que es en la actualidad,  fortalecer un “yo adulto” que pueda ver, validar, calmar y cuidar a esa niña.

A continuación os voy a presentar las principales partes en el mundo interno de las personas con TA según las expone Natalia Seijo en su artículo sobre disociación y trastornos alimentarios (2015) que os dejaré referenciado al final del post. El protocolo de trabajo con TA de la autora, será publicado a lo largo de este 2018 en un manual de protocolos EMDR.




La niña que nunca lo fue: Es la parte más dañada del mundo interno, es la parte de sí mismas que sintió que sus necesidades no eran cubiertas: es la que ha tenido que apañárselas sola, la que se ha visto obligada por las circunstancias a ser mayor demasiado pronto, la que ha tenido que tirar de la comida como forma de regularse, es la que ha aprendido a mostrarse encantadora para que la quieran. Se muestra desconfiada en consulta porque a lo largo de su historia ha sentido que no era seguro confiar ¿Cómo podemos validar a esta parte? Trasmitiéndole confianza (“está bien pedir ayuda”, “está bien poder confiar”) y validando de su dolor (“está bien ser vulnerable”, “las experiencias que has vivido no te las has inventado y has sufrido por ello”).

La niña que no pudo crecer: Esta parte de sí mismas que no pudo hacer un desarrollo madurativo adecuado porque no ha podido ser niña, ha encontrado en sus problemas con la comida la forma en la que se la vea. ¿Cómo podemos validar a esa parte? Validando sus emociones (“tienes derecho a sentirte cómo te sientes”, “está bien sentirse así”) y haciéndola sentir vista sin necesidad de que se haga ver a través de los síntomas.




La piraña (autocrítica patológica): Es la parte de la crítica interna, una crítica feroz y cruel que las somete a un machaque constante. Esta parte contiene los mensajes interiorizados de las figuras críticas de la historia de la paciente y contiene mucha culpa. Las personas con TA cargan con una enorme mochila de culpas, se culpan a sí mismas de las cosas difíciles que les han pasado. Culparse a ellas mismas les permite “salvar” a sus figuras de apego para poder seguir vinculadas, y les da cierta sensación de control (“si es mi culpa, hay algo que puedo hacer para que esto deje de ser así”). Encontraremos en ellas culpa por nacer, culpa por los problemas de pareja de sus padres, culpa por un abuso, culpa por un abandono, culpa de que les hayan pegado, culpa por el bullying que sufrieron… etc. Terminan interiorizando creencias sobre si mismas como: “Soy mala”, “no me merezco ser feliz”, “hago daño a todo el mundo a mi alrededor”... etc.

El yo rechazado: Es la parte de sí mismas que contiene la distorsión de la imagen corporal, representa la parte de ellas que nunca quieren volver a ser. El “yo rechazado” se empieza a integrar cuando el rechazo y la vergüenza dan lugar a la compasión, por lo que tenemos que acompañarlas a entender qué rechazan de aquella que fueron, a conectar con su dolor en ese momento. Algunas preguntas que pueden ser de ayuda son: "¿Qué estaba pasando en tu vida cuando fuiste consciente de que no te gustaba tu cuerpo?" "¿Sólo rechazas de esa que fuiste su cuerpo o hay otras cosas de ella que te cuesta aceptar?"



Hace poco, trabajando este “yo rechazado” con alguien en consulta, me dijo una frase que creo que puede ayudar a entender este concepto: “Tengo que atreverme a mirar al dolor de esa que fui en la adolescencia y que llevo rechazando toda mi vida, para poder dejar de verla en el espejo cada vez que me miro”



Yo escondido: Es una parte de sí mismas que contiene miedo y vergüenza, la parte que ha sentido que mostrarse era peligroso y que hay algo rechazable en ella. Hay que dar tiempo a esta parte para que pueda sentirse suficientemente segura como para poderse mostrar.


Trabajar con el mundo interno de las personas con TA es una estupenda llave de acceso a su compleja organización interior, acompañarlas a descubrir y entender las diferentes partes de sí mismas es un trabajo complejo pero apasionante.




Las pacientes se van a relacionar con nosotros como aprendieron a relacionarse con sus figuras de apego, y hasta considerarnos alguien seguro para ellas, nos van a poner constantemente a prueba. Por ello, como terapeutas, tenemos que prepararnos para unos cuantos retos: mostrar interés genuino por la persona que tenemos enfrente, ser confiables y consistentes en todo momento, acompañar en mucho dolor, tolerar la frustración, confiar en el proceso y no desmotivarnos porque no haya resultados rápidos, no contagiarnos de la prisa de la familia, buscar constantemente un equilibrio entre poner límites y ser compasivos, estar suficientemente cerca pero no contagiarnos de sus emociones ni sobreprotegerlas, confiar en ellas incluso cuando ellas mismas no ven ni un poquito de luz (ahí es cuando más necesitan nuestra confianza), moverlas con suavidad para que puedan explorar más allá de sus zonas de seguridad pero siempre sin que salgan de su ventana de tolerancia, ver más allá de lo que se nos enseña… y tantos otros.

Pero creedme cuando os digo que todo merece la pena.

Con un tratamiento adecuado, las  personas con TA recuperan sus ganas de vivir, su capacidad de regular sus emociones y cuidar de sí mismas, consiguen llorar su duelos y hacer las paces consigo mismas, con su cuerpo y con su historia.

De tratamiento hablaremos en otro post dedicado a ello.

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

González A. No soy yo. Entendiendo el trauma complejo, el apego y la disociación: una guía para pacientes y profesionales. Anabel González; 2017

Hernández M. Apego y Psicopatología: la ansiedad y su origen. Conceptualización y tratamiento de las patologías relacionadas con la ansiedad desde una perspectiva integradora. Bilbao: Desclée de Bouwer; 2011.

Seijo N. EMDR y trastornos alimentarios. Nivel 2. Asociación española de EMDR. 2017

Seijo N. El yo rechazado. Trabajando la distorsión de imagen corporal en los trastornos alimentarios. ESTD Newletter. 2016.

Seijo N. Trastornos alimentarios y disociación. ESTD Newsletter. 2015; 4


domingo, 18 de febrero de 2018

1ª Jornada de Apego: Vínculo afectivo y seguridad. Organizadas por el Centro VITALIZA, en Pamplona, 26 de mayo de 2018.

El próximo 26 de mayo tendré el gusto de participar junto a grandes profesionales en la

 I Jornada de Apego: 
Vínculo afectivo y seguridad
Pamplona-Iruña
26 de mayo de 2018

Organizadas por VITALIZA, os dejo el enlace donde podéis conocer más sobre los ponentes invitados, el interesantísimo programa y el modo de inscribirse.

http://www.vitaliza.net/es/agenda/jornadasapegopamplona


¡Os esperamos a todos/as!


lunes, 5 de febrero de 2018

Consecuencias de los malos tratos en el desarrollo de los niños y posibilidades de reparación desde la resiiliencia.

El pasado post estuvimos hablando sobre los malos tratos y las consecuencias que este tiene sobre el desarrollo cerebral. Nos basamos en las recientes investigaciones de un psiquiatra, Martin Teicher, el cual estuvo como ponente en el Congreso Europeo de EMDR celebrado en Barcelona el pasado mes de julio de 2017. Teicher afirmó algo que ha revelado la investigación científica y que no mencioné en último post: no sólo tenemos que pensar en el maltrato continuado en forma de violencia física y verbal sobre los niños como dañino, sino que el tradicional (y en la sociedad aún apoyado y reclamado por algunos como necesario para educar) castigo físico como medida de disciplina puede llegar a afectar al cerebro. Porque todo lo que genere estrés excesivo es tóxico para este órgano, y ser castigado con tortas, azotes en el trasero o similares genera amenaza, y ante la misma, el cerebro activa la respuesta a estrés a través de la activación del llamado Eje HHA (Hipotálamo – Hipófisis – Adrenal) del cerebro, el cual produce cortisol, la hormona del estrés.




La autora Sue Gerhardt nos explica -en la capítulo del libro dedicado a esta hormona y titulado: “El cortisol es destructivo”- que la regulación de los niveles aceptables de cortisol, aunque existan diferencias individuales debidas a factores genéticos, se consigue en los primeros dos años de vida (siendo críticos incluso los seis primeros meses) y gracias a un ambiente que satisfaga las necesidades del individuo y le provea a este de seguridad y confianza ante el mundo y su exploración, ante las amenazas que pueden surgir. Es increíble la enorme trascendencia que tiene el ambiente (donde dice “ambiente”, sustitúyase por “cuidador/a”, pues eso es el ambiente para un infante)

Si el cuidador interviene calmando y reconfortando a un bebé que explora el mundo y que ha sido sobresaltado o perturbado por una amenaza, el niño recupera sus niveles normales de cortisol. Si, en cambio, la amenaza continúa y se repite y nadie puede ser un filtro calmante y reconfortante para el niño, entonces su cerebro puede sufrir una inundación de esta hormona que puede dañarlo (por ejemplo, el hipocampo, un área del cerebro importante para la memoria verbal y para situar la información histórica en un tiempo y un contexto determinados) Sobre todo si sufre amenazas extremas para su seguridad como separaciones de la madre, falta de alimentación, higiene, abandono (llora muchas horas y nadie consuela ni satisface la necesidad del niño), abusos físicos...

Los traumas menores (menos continuados y/o intensos) no quiere decir que no alteren el desarrollo cerebral solo que no lo harán, probablemente, de manera tan tóxica como lo pueden hacer las carencias y los malos tratos duros y extremos.

¿Y el castigo físico? Desde luego que Teicher no ha dejado lugar a las dudas. Además, es posible que, si los adultos lo usan, no se limiten a utilizarlo solamente una vez, sino que recurran al mismo como medida habitual supuestamente para disciplinar al niño. Esta percepción de amenaza, de que el castigo físico puede ocurrir cuando el niño transgreda, se equivoque o sólo cuando el adulto esté alterado y sobrecargado emocionalmente y necesite liberarse (porque muchas veces el adulto castiga así, para desahogar su cólera sobre el niño, con tortas y/o con insultos), sitúa al infante en un estado de estrés permanente y de activación frecuente del Eje HHA, lo cual puede conllevar el exceso de producción de cortisol que se torna tóxico para el cerebro y el desarrollo del niño. También es perjudicial desde el punto de vista del desarrollo psicológico, pues la confianza y seguridad en el mundo adulto se ven perturbadas con los castigos. La autoestima y el sentido de valía personal mermados. Y el modelado de que la violencia es un camino para conseguir las metas.





Por lo tanto, además del daño psicológico, el castigo físico puede afectar al desarrollo cerebral. Así pues, no lo podemos considerar nunca una medida de disciplina, sino maltrato. Yo, al menos, así lo veo, y la ciencia lo respalda. No estamos en el terreno de lo especulativo sino en el de las evidencias: castigar pegando, por poco que sea, es tóxico para el niño y le daña física y psicológicamente.

Hay muchos factores que concurren para que un niño sea maltratado por sus propios padres o en una familia. Uno de los más relevantes es la historia transgeneracional de maltrato en dicha familia, con historias traumáticas -no elaboradas ni reflexionadas- que transmiten las incompetencias parentales de una generación a otra. Si, además, los menores nacen con tendencias temperamentales o un nivel de excitación alto, más hiperdemandantes y exigentes, pueden exasperar a padres o familias incompetentes que maltratan tempranamente. En el periodo de la vida (0 – 3 años) en el cual tiene lugar un espectacular neurodesarrollo y el cerebro del niño es más sensible y dependiente de cuidados empáticos para adquirir los recursos de regulación emocional y conformarse organizadamente, si se produce maltrato, en determinados niños con predisposiciones o tendencias genéticas, las secuelas pueden ser mucho más complicadas de revertir.

Antes de proponer unas orientaciones para fomentar la resiliencia secundaria de estos menores, voy a ahondar un poco más en las secuelas que el maltrato puede dejar en los niños.

Los niños maltratados presentan muchos aspectos de su desarrollo afectados. Resulta muy complicado tanto regularles emocionalmente, en la frustración, como contenerles en las transgresiones normativas. Ellos no se representan a sí mismos como seres valiosos y dignos de amor y respeto. Por ello, pueden, inconscientemente, sentir que "merecen" ese trato e incluso llegar a "provocar" al adulto con el que convivan para que éste actúe una vez más, agrediéndole física o psicológicamente. O, para protegerse de la baja autoestima y del sentimiento devaluatorio y de ira que el menor acumula al sufrir maltrato, pueden desarrollar mecanismos más omnipotentes y de control del otro  mostrando conductas agresivas. Otras veces pueden mostrarse colaboradores, cercanos y agradables en el trato (complacer). O mostrar deseos irrefrenables de afecto. Y es posible que cambien de un estado a otro, de manera que no haya continuidad. Y es que el maltrato por parte de los padres o familia se produce dentro de una relación de apego, es decir, las mismas personas que se ocupan de tus cuidados y de las que dependes son las que te pueden llegar a agredir. Cuando los niños se hiperactivan y se descompensan, es como si entraran en un patrón relacional que reproduce transferencialmente lo vivido con sus cuidadores y que está almacenado en la memoria traumática, disociado, y se comportan durante ese tiempo, como si fueran otros niños, no son los habituales. ¿Qué les sucede?

Es muy probable que los menores hayan podido verse abocados a padecer un patrón relacional, de naturaleza vincular, con sus cuidadores tempranos, llamado desorganizado. Es el tipo de patrón de apego más frecuente en la infancia maltratada, se da hasta en un 80% de las muestras de infancia maltratada estudiadas.

Estoy leyendo varios libros a la vez, voy del capítulo de un libro al capítulo de otro, así voy variando la lectura y esta se hace más placentera. Hace unas semanas, os he reseñado varios libros, pero me dejé uno que me ha cautivado especialmente: “No soy yo”, escrito por Anabel González, psiquiatra y psicoterapeuta, formadora EMDR y una de las mayores especialistas a nivel internacional en trastornos disociativos. Participó hace poco como firma invitada del blog escribiendo sobre la terapia EMDR.


Portada del libro de Anabel González "No soy yo"

Es un libro ideado para que todas las personas que sufren trauma complejo y trastornos del apego con síntomas o alteraciones disociativas tengan un manual terapéutico que les permita conocer qué les ocurre. Es una guía para comprenderse a uno mismo desde otra óptica y con un cambio de mirada respecto a las visiones psiquiátricas más biologicistas o intrapsíquicas. También puede ser muy útil para los profesionales que trabajan con este tipo de pacientes, e incluso diría que para todo tipo de pacientes y personas en general. En la reseña del libro nos explican que “la desconexión emocional o la dificultad para regular nuestras emociones, la presencia de lagunas de memoria, creencias negativas muy profundas sobre nosotros mismos, los demás o el mundo, cambios marcados de personalidad, tener en la cabeza voces o pensamientos que no parecen nuestros, la necesidad extrema de control o perfección, y muchas otras situaciones, pueden derivarse de experiencias adversas o traumáticas, que configuran nuestro funcionamiento psicológico”

El libro está escrito en un lenguaje comprensible, es ameno, cercano y centrado en ayudar a las personas que sufren las secuelas que los traumas dejan en el cerebro/mente, con preguntas para la reflexión. Es fruto de la formación y el aprendizaje profesional de años de trabajo clínico de la autora. Aprovecho para recomendároslo cien por cien.

Pues bien. En este libro Anabel González explica qué les ocurre a los niños que presentan el patrón de apego desorganizado: “Que la persona que nos cuida sea justo la que más daño nos hace, literalmente no nos cabe en la cabeza. Así que formamos un compartimento para cada cosa. Cuando nos vinculamos a alguien no vemos lo que tiene de malo, cuando vemos lo malo, nos olvidamos de que esa persona nos importa” El niño desarrollará una parte que vincula, afectiva, colaboradora, más tranquila, pero también tendrá la parte, el compartimento, como dice Anabel, más dañado. Así pues, el daño supone “…o estamos en modo necesito afecto desesperadamente, no soporto estar solo” o “estamos me peleo con el mundo, no necesito a nadie” "Con algunas personas podemos relacionarnos más desde un lado y con otras desde el otro, o con la parte afectiva de una misma persona nos manejamos desde un registro distinto que con su parte hostil" […] “Es como si sacáramos un yo diferente en unos momentos y en otros” 

Además -nos dice Anabel González en esta joya de libro-, un yo se asentará en unos circuitos cerebrales determinados y no conectados con los circuitos cerebrales del otro yo, por eso parece que estemos relacionándonos con personas distintas. Y cuando están bajo la influencia de uno de los yoes, se hace muy complicado que perciban los acontecimientos y las relaciones desde otro esquema, eso complica el cambio. La esperanza está en una terapia que favorezca que vaya –poco a poco y con precauciones, apoyando primero la regulación emocional y el autocuidado- integrando ambos aspectos.

Jorge Barudy, neuropsiquiatra, psicoterapeuta, amigo y profesor, experto internacional en el ámbito, con muchos años de experiencia en el estudio, investigación y tratamiento de los menores, víctimas de malos tratos y sus familias, co-director de IFIV (Instituto para la Investigación Acción de la Violencia y la Promoción de la Resiliencia), co-director del Postgrado en Traumaterapia infanto-juvenil sistémica, señala en un artículo titulado “El impacto traumático de los malos tratos infantiles” que las consecuencias de los malos tratos pueden comprobarse clínicamente en los niños en las siguientes áreas, de manera resumida:

Trastornos de las capacidades sensoriales: esto explica las dificultades que pueden presentar los niños o niñas en percibir y reconocer sus vivencias internas, así como para percibir las amenazas o peligros del entorno o distinguir los que es producto de su imaginación o de sus deseos de la realidad. 

Deficiencias en el reconocimiento y manejo de las emociones: muy conectado con lo anterior pueden tener muchas dificultades en reconocer sus emociones, o mejor dicho en discriminarlas. Como sus experiencias relacionales les provocaron diferentes grados de sufrimiento y dolor, sus vivencias prevalentes son el miedo y la desconfianza. Esto explica que, frente a los estímulos relacionales actuales, pueden reaccionar estereotipadamente con agresividad o en el caso contrario con temor. Diferentes investigaciones han mostrado una mayor excitabilidad de la amígdala en estos niños, que es la región del sistema límbico en donde se percibe el miedo y las amenazas y se dispara la agresividad. 

Portada del libro "Los buenos tratos a la infancia", de
Jorge Barudy y Maryorie Dantagnan.

Trastornos de la empatía: al sistema límbico se le atribuye ser el asiento estructural de esta capacidad fundamental de los seres humanos, es decir sintonizar emocionalmente con los demás y actuar en consecuencia para apoyarle o calmarle cuando se percibe en el otro un sufrimiento o una necesidad. La empatía sana “es hija” del apego seguro y por ende de las memorias implícitas, es también resultado del funcionamiento del sistema límbico. La empatía parental es lo que le permite a los bebes y los niños de corta edad ser comprendidos por sus madre o padre y atendidos en sus necesidades. Solo si un niño o niña conoce esta experiencia puede sensibilizarse para reconocer los estados de ánimo y los ámbitos emocionales de los demás y actuar en consecuencia. Los infantes afectados por el abandono afectivo y el estrés que vivieron tienen un sistema límbico desorganizado y disfuncional. Por esta razón pueden tener dificultades en sintonizar emocionalmente con sus padres adoptivos y parecer como niños o niñas egocéntricas, egoístas y súper exigentes. Esto se manifiesta también por dificultades para obedecer y/o para manejar las frustraciones. 

La existencia de memorias emocionales traumáticas: las investigaciones sobre el cerebro permiten hoy día distinguir dos tipos de memoria: (1) Las memorias implícitas: no existe recuerdo, en el sentido de una representación, pero si una memoria de las percepciones, emociones y vivencias internas, esta es la memoria más importante en la infancia temprana, porque el cerebro no está aún listo para operar con una memoria explicita.  (2) Las memorias explicitas corresponden a las representaciones de lo que se vive internamente o de la realidad externa. Esto se traduce por la existencia de recuerdos. 

Los niños y niñas que han sufrido diferentes tipos de malos tratos en su infancia, no poseen un recuerdo o memoria explicita de los que les sucedió, todas sus experiencias se inscriben en formas de memorias implícitas, que corresponden mayoritariamente a sensaciones dolorosas de privación, estrés y dolor físico. Por esta razón se utiliza el término de memorias implícitas traumáticas. Estos “recuerdos”, no se pueden traducir en palabras porque el cerebro en esas etapas de su desarrollo no puede simbolizar lo que le sucede al niño o niña, por lo que la experiencia se manifiesta por comportamientos o manifestaciones somáticas específicas. Estos comportamientos pueden parecer muy extraños, porque su contenido e intensidad no está en relación con un hecho real, sino con la memoria traumática “almacenada” en el sistema límbico. En este sentido se explica la frase que repetimos a menudo “el sistema límbico emociona, pero no piensa ni reflexiona”. 

Trastornos en la regulación del apetito, agresividad, frustración y la excitación sexual: Como ya lo hemos señalado en el sistema límbico o cerebro emocional, se regulan las pulsiones que tienen que ver con la mantención, preservación y protección de la vida. Para que esto ocurra es fundamental que los niños o niñas desarrollen la capacidad de modular y educar estas pulsiones. Son los contextos de buenos tratos en las edades tempranas especialmente entre los cero y tres años que crean las condiciones para que esto ocurra. Cuando esto no es así, son los contextos de buenos tratos ofrecido por el acogimiento familiar, la adopción o el acogimiento residencial acompañado de una trauma-terapia, lo que puede facilitar una reorganización del sistema límbico y como resultado una superación gradual de estos trastornos. En este sentido el papel que puede jugar la escuela, los profesores, es muy importante.

Cuando el niño está ya protegido, en un contexto de buen trato y con unos cuidadores competentes y muestra todas las secuelas, “llevando” al adulto, a su vez, a activar sus propias defensas o pautas coercitivas de crianza, y desesperándose porque no sabe cómo tratarle, ¿cómo podemos ayudarle a integrarse, a organizarse, a entrar en patrones de relación más sanos? ¿Cómo podemos reparar el daño del niño, que es de naturaleza relacional? 

Ya hemos comentado muchas veces que la crianza de estos niños debe ser, como decimos, reparadora de esos daños, que debemos olvidarnos de las pautas clásicas de disciplina -¡después de lo que hemos leído hoy del castigo físico hay que descartarlo totalmente porque es maltrato y supone ahondar en la herida de los niños ya dañados por los malos tratos, lo cual conlleva más dolor para ellos!–, que es necesario a todas luces ser asesorados por profesionales, estar acompañados y no solos y aislados en la crianza. Tratar de revisar la propia historia de uno mismo, cómo fuimos criados y que patrones de relación y métodos de disciplina usaron con nosotros. Abrirse a la ayuda profesional: grupos de padres o familias, foros, trabajo personal –si lo necesito- con un profesional de confianza y competente del ámbito. Todo eso es necesario para que podamos fomentar la capacidad de resiliencia del niño, de rehacerse de los malos tratos, capacidad que existe, pues el cerebro puede, como dice Teicher, compensar y reconstruirse. Lleva tiempo y trabajo, pero se puede. Hay que ir sembrando para poder recoger el fruto tiempo después.

No hay recetas, ni soluciones. Os propongo algunos aspectos importantes que yo he comprobado, trabajando con las familias, que ayudan a hacer un proceso resiliente en los niños:

Modelamos como personas: Mostrar equilibrio y estabilidad emocional; transmitir con nuestra conducta y autorevelaciones pertinentes; con nuestras cualidades. La paciencia, la perseverancia y la confianza de la persona-profesional son FUNDAMENTALES.

La gestión de nuestras propias emociones y creencias: Revisar nuestros auto-referenciales educativos. Nuestra ansiedad, rigidez, exigencia, expectativas elevadas…

El papel de la narrativa y reconstrucción de historia de vida: Reconocer al niño/adolescente su dolor y permitirle la expresión de todo tipo de emociones. No minimizar nunca este dolor ni las experiencias traumáticas (el cerebro es el mismo órgano para toda la vida) Ayudarle a encontrar sentido a las duras experiencias vividas.

La mentalización: Enseñarle a identificar los estados internos de los demás y reflexionar sobre los mismos, marcar sus emociones, intenciones y deseos como propios del niño/adolescente, sin invadirlos.

La empatía: ¡No la usamos casi nada! Sin dejar mi propio yo, transmitir al niño/adolescente que sentimos lo que siente (Sentirse sentido, Siegel, 2007)

La importancia de la reparación, enseñar a los niños a arreglar sus acciones moralmente inaceptables y a ponerse en la perspectiva del otro.

REFERENCIAS

Barudy, J.; Dantagnan, M. (2005) Los buenos tratos a la infancia. Parentalidad, apego y resiliencia. Barcelona: Gedisa.

González, A. (2017) No soy yo. Entendiendo el trauma complejo, el apego y la disociación: una guía para pacientes y profesionales. 

Siegel, D (2007) La mente en desarrollo. Bilbao: Desclée de Brouwer.