lunes, 5 de febrero de 2018

Consecuencias de los malos tratos en el desarrollo de los niños y posibilidades de reparación desde la resiiliencia.

El pasado post estuvimos hablando sobre los malos tratos y las consecuencias que este tiene sobre el desarrollo cerebral. Nos basamos en las recientes investigaciones de un psiquiatra, Martin Teicher, el cual estuvo como ponente en el Congreso Europeo de EMDR celebrado en Barcelona el pasado mes de julio de 2017. Teicher afirmó algo que ha revelado la investigación científica y que no mencioné en último post: no sólo tenemos que pensar en el maltrato continuado en forma de violencia física y verbal sobre los niños como dañino, sino que el tradicional (y en la sociedad aún apoyado y reclamado por algunos como necesario para educar) castigo físico como medida de disciplina puede llegar a afectar al cerebro. Porque todo lo que genere estrés excesivo es tóxico para este órgano, y ser castigado con tortas, azotes en el trasero o similares genera amenaza, y ante la misma, el cerebro activa la respuesta a estrés a través de la activación del llamado Eje HHA (Hipotálamo – Hipófisis – Adrenal) del cerebro, el cual produce cortisol, la hormona del estrés.




La autora Sue Gerhardt nos explica -en la capítulo del libro dedicado a esta hormona y titulado: “El cortisol es destructivo”- que la regulación de los niveles aceptables de cortisol, aunque existan diferencias individuales debidas a factores genéticos, se consigue en los primeros dos años de vida (siendo críticos incluso los seis primeros meses) y gracias a un ambiente que satisfaga las necesidades del individuo y le provea a este de seguridad y confianza ante el mundo y su exploración, ante las amenazas que pueden surgir. Es increíble la enorme trascendencia que tiene el ambiente (donde dice “ambiente”, sustitúyase por “cuidador/a”, pues eso es el ambiente para un infante)

Si el cuidador interviene calmando y reconfortando a un bebé que explora el mundo y que ha sido sobresaltado o perturbado por una amenaza, el niño recupera sus niveles normales de cortisol. Si, en cambio, la amenaza continúa y se repite y nadie puede ser un filtro calmante y reconfortante para el niño, entonces su cerebro puede sufrir una inundación de esta hormona que puede dañarlo (por ejemplo, el hipocampo, un área del cerebro importante para la memoria verbal y para situar la información histórica en un tiempo y un contexto determinados) Sobre todo si sufre amenazas extremas para su seguridad como separaciones de la madre, falta de alimentación, higiene, abandono (llora muchas horas y nadie consuela ni satisface la necesidad del niño), abusos físicos...

Los traumas menores (menos continuados y/o intensos) no quiere decir que no alteren el desarrollo cerebral solo que no lo harán, probablemente, de manera tan tóxica como lo pueden hacer las carencias y los malos tratos duros y extremos.

¿Y el castigo físico? Desde luego que Teicher no ha dejado lugar a las dudas. Además, es posible que, si los adultos lo usan, no se limiten a utilizarlo solamente una vez, sino que recurran al mismo como medida habitual supuestamente para disciplinar al niño. Esta percepción de amenaza, de que el castigo físico puede ocurrir cuando el niño transgreda, se equivoque o sólo cuando el adulto esté alterado y sobrecargado emocionalmente y necesite liberarse (porque muchas veces el adulto castiga así, para desahogar su cólera sobre el niño, con tortas y/o con insultos), sitúa al infante en un estado de estrés permanente y de activación frecuente del Eje HHA, lo cual puede conllevar el exceso de producción de cortisol que se torna tóxico para el cerebro y el desarrollo del niño. También es perjudicial desde el punto de vista del desarrollo psicológico, pues la confianza y seguridad en el mundo adulto se ven perturbadas con los castigos. La autoestima y el sentido de valía personal mermados. Y el modelado de que la violencia es un camino para conseguir las metas.





Por lo tanto, además del daño psicológico, el castigo físico puede afectar al desarrollo cerebral. Así pues, no lo podemos considerar nunca una medida de disciplina, sino maltrato. Yo, al menos, así lo veo, y la ciencia lo respalda. No estamos en el terreno de lo especulativo sino en el de las evidencias: castigar pegando, por poco que sea, es tóxico para el niño y le daña física y psicológicamente.

Hay muchos factores que concurren para que un niño sea maltratado por sus propios padres o en una familia. Uno de los más relevantes es la historia transgeneracional de maltrato en dicha familia, con historias traumáticas -no elaboradas ni reflexionadas- que transmiten las incompetencias parentales de una generación a otra. Si, además, los menores nacen con tendencias temperamentales o un nivel de excitación alto, más hiperdemandantes y exigentes, pueden exasperar a padres o familias incompetentes que maltratan tempranamente. En el periodo de la vida (0 – 3 años) en el cual tiene lugar un espectacular neurodesarrollo y el cerebro del niño es más sensible y dependiente de cuidados empáticos para adquirir los recursos de regulación emocional y conformarse organizadamente, si se produce maltrato, en determinados niños con predisposiciones o tendencias genéticas, las secuelas pueden ser mucho más complicadas de revertir.

Antes de proponer unas orientaciones para fomentar la resiliencia secundaria de estos menores, voy a ahondar un poco más en las secuelas que el maltrato puede dejar en los niños.

Los niños maltratados presentan muchos aspectos de su desarrollo afectados. Resulta muy complicado tanto regularles emocionalmente, en la frustración, como contenerles en las transgresiones normativas. Ellos no se representan a sí mismos como seres valiosos y dignos de amor y respeto. Por ello, pueden, inconscientemente, sentir que "merecen" ese trato e incluso llegar a "provocar" al adulto con el que convivan para que éste actúe una vez más, agrediéndole física o psicológicamente. O, para protegerse de la baja autoestima y del sentimiento devaluatorio y de ira que el menor acumula al sufrir maltrato, pueden desarrollar mecanismos más omnipotentes y de control del otro  mostrando conductas agresivas. Otras veces pueden mostrarse colaboradores, cercanos y agradables en el trato (complacer). O mostrar deseos irrefrenables de afecto. Y es posible que cambien de un estado a otro, de manera que no haya continuidad. Y es que el maltrato por parte de los padres o familia se produce dentro de una relación de apego, es decir, las mismas personas que se ocupan de tus cuidados y de las que dependes son las que te pueden llegar a agredir. Cuando los niños se hiperactivan y se descompensan, es como si entraran en un patrón relacional que reproduce transferencialmente lo vivido con sus cuidadores y que está almacenado en la memoria traumática, disociado, y se comportan durante ese tiempo, como si fueran otros niños, no son los habituales. ¿Qué les sucede?

Es muy probable que los menores hayan podido verse abocados a padecer un patrón relacional, de naturaleza vincular, con sus cuidadores tempranos, llamado desorganizado. Es el tipo de patrón de apego más frecuente en la infancia maltratada, se da hasta en un 80% de las muestras de infancia maltratada estudiadas.

Estoy leyendo varios libros a la vez, voy del capítulo de un libro al capítulo de otro, así voy variando la lectura y esta se hace más placentera. Hace unas semanas, os he reseñado varios libros, pero me dejé uno que me ha cautivado especialmente: “No soy yo”, escrito por Anabel González, psiquiatra y psicoterapeuta, formadora EMDR y una de las mayores especialistas a nivel internacional en trastornos disociativos. Participó hace poco como firma invitada del blog escribiendo sobre la terapia EMDR.


Portada del libro de Anabel González "No soy yo"

Es un libro ideado para que todas las personas que sufren trauma complejo y trastornos del apego con síntomas o alteraciones disociativas tengan un manual terapéutico que les permita conocer qué les ocurre. Es una guía para comprenderse a uno mismo desde otra óptica y con un cambio de mirada respecto a las visiones psiquiátricas más biologicistas o intrapsíquicas. También puede ser muy útil para los profesionales que trabajan con este tipo de pacientes, e incluso diría que para todo tipo de pacientes y personas en general. En la reseña del libro nos explican que “la desconexión emocional o la dificultad para regular nuestras emociones, la presencia de lagunas de memoria, creencias negativas muy profundas sobre nosotros mismos, los demás o el mundo, cambios marcados de personalidad, tener en la cabeza voces o pensamientos que no parecen nuestros, la necesidad extrema de control o perfección, y muchas otras situaciones, pueden derivarse de experiencias adversas o traumáticas, que configuran nuestro funcionamiento psicológico”

El libro está escrito en un lenguaje comprensible, es ameno, cercano y centrado en ayudar a las personas que sufren las secuelas que los traumas dejan en el cerebro/mente, con preguntas para la reflexión. Es fruto de la formación y el aprendizaje profesional de años de trabajo clínico de la autora. Aprovecho para recomendároslo cien por cien.

Pues bien. En este libro Anabel González explica qué les ocurre a los niños que presentan el patrón de apego desorganizado: “Que la persona que nos cuida sea justo la que más daño nos hace, literalmente no nos cabe en la cabeza. Así que formamos un compartimento para cada cosa. Cuando nos vinculamos a alguien no vemos lo que tiene de malo, cuando vemos lo malo, nos olvidamos de que esa persona nos importa” El niño desarrollará una parte que vincula, afectiva, colaboradora, más tranquila, pero también tendrá la parte, el compartimento, como dice Anabel, más dañado. Así pues, el daño supone “…o estamos en modo necesito afecto desesperadamente, no soporto estar solo” o “estamos me peleo con el mundo, no necesito a nadie” "Con algunas personas podemos relacionarnos más desde un lado y con otras desde el otro, o con la parte afectiva de una misma persona nos manejamos desde un registro distinto que con su parte hostil" […] “Es como si sacáramos un yo diferente en unos momentos y en otros” 

Además -nos dice Anabel González en esta joya de libro-, un yo se asentará en unos circuitos cerebrales determinados y no conectados con los circuitos cerebrales del otro yo, por eso parece que estemos relacionándonos con personas distintas. Y cuando están bajo la influencia de uno de los yoes, se hace muy complicado que perciban los acontecimientos y las relaciones desde otro esquema, eso complica el cambio. La esperanza está en una terapia que favorezca que vaya –poco a poco y con precauciones, apoyando primero la regulación emocional y el autocuidado- integrando ambos aspectos.

Jorge Barudy, neuropsiquiatra, psicoterapeuta, amigo y profesor, experto internacional en el ámbito, con muchos años de experiencia en el estudio, investigación y tratamiento de los menores, víctimas de malos tratos y sus familias, co-director de IFIV (Instituto para la Investigación Acción de la Violencia y la Promoción de la Resiliencia), co-director del Postgrado en Traumaterapia infanto-juvenil sistémica, señala en un artículo titulado “El impacto traumático de los malos tratos infantiles” que las consecuencias de los malos tratos pueden comprobarse clínicamente en los niños en las siguientes áreas, de manera resumida:

Trastornos de las capacidades sensoriales: esto explica las dificultades que pueden presentar los niños o niñas en percibir y reconocer sus vivencias internas, así como para percibir las amenazas o peligros del entorno o distinguir los que es producto de su imaginación o de sus deseos de la realidad. 

Deficiencias en el reconocimiento y manejo de las emociones: muy conectado con lo anterior pueden tener muchas dificultades en reconocer sus emociones, o mejor dicho en discriminarlas. Como sus experiencias relacionales les provocaron diferentes grados de sufrimiento y dolor, sus vivencias prevalentes son el miedo y la desconfianza. Esto explica que, frente a los estímulos relacionales actuales, pueden reaccionar estereotipadamente con agresividad o en el caso contrario con temor. Diferentes investigaciones han mostrado una mayor excitabilidad de la amígdala en estos niños, que es la región del sistema límbico en donde se percibe el miedo y las amenazas y se dispara la agresividad. 

Portada del libro "Los buenos tratos a la infancia", de
Jorge Barudy y Maryorie Dantagnan.

Trastornos de la empatía: al sistema límbico se le atribuye ser el asiento estructural de esta capacidad fundamental de los seres humanos, es decir sintonizar emocionalmente con los demás y actuar en consecuencia para apoyarle o calmarle cuando se percibe en el otro un sufrimiento o una necesidad. La empatía sana “es hija” del apego seguro y por ende de las memorias implícitas, es también resultado del funcionamiento del sistema límbico. La empatía parental es lo que le permite a los bebes y los niños de corta edad ser comprendidos por sus madre o padre y atendidos en sus necesidades. Solo si un niño o niña conoce esta experiencia puede sensibilizarse para reconocer los estados de ánimo y los ámbitos emocionales de los demás y actuar en consecuencia. Los infantes afectados por el abandono afectivo y el estrés que vivieron tienen un sistema límbico desorganizado y disfuncional. Por esta razón pueden tener dificultades en sintonizar emocionalmente con sus padres adoptivos y parecer como niños o niñas egocéntricas, egoístas y súper exigentes. Esto se manifiesta también por dificultades para obedecer y/o para manejar las frustraciones. 

La existencia de memorias emocionales traumáticas: las investigaciones sobre el cerebro permiten hoy día distinguir dos tipos de memoria: (1) Las memorias implícitas: no existe recuerdo, en el sentido de una representación, pero si una memoria de las percepciones, emociones y vivencias internas, esta es la memoria más importante en la infancia temprana, porque el cerebro no está aún listo para operar con una memoria explicita.  (2) Las memorias explicitas corresponden a las representaciones de lo que se vive internamente o de la realidad externa. Esto se traduce por la existencia de recuerdos. 

Los niños y niñas que han sufrido diferentes tipos de malos tratos en su infancia, no poseen un recuerdo o memoria explicita de los que les sucedió, todas sus experiencias se inscriben en formas de memorias implícitas, que corresponden mayoritariamente a sensaciones dolorosas de privación, estrés y dolor físico. Por esta razón se utiliza el término de memorias implícitas traumáticas. Estos “recuerdos”, no se pueden traducir en palabras porque el cerebro en esas etapas de su desarrollo no puede simbolizar lo que le sucede al niño o niña, por lo que la experiencia se manifiesta por comportamientos o manifestaciones somáticas específicas. Estos comportamientos pueden parecer muy extraños, porque su contenido e intensidad no está en relación con un hecho real, sino con la memoria traumática “almacenada” en el sistema límbico. En este sentido se explica la frase que repetimos a menudo “el sistema límbico emociona, pero no piensa ni reflexiona”. 

Trastornos en la regulación del apetito, agresividad, frustración y la excitación sexual: Como ya lo hemos señalado en el sistema límbico o cerebro emocional, se regulan las pulsiones que tienen que ver con la mantención, preservación y protección de la vida. Para que esto ocurra es fundamental que los niños o niñas desarrollen la capacidad de modular y educar estas pulsiones. Son los contextos de buenos tratos en las edades tempranas especialmente entre los cero y tres años que crean las condiciones para que esto ocurra. Cuando esto no es así, son los contextos de buenos tratos ofrecido por el acogimiento familiar, la adopción o el acogimiento residencial acompañado de una trauma-terapia, lo que puede facilitar una reorganización del sistema límbico y como resultado una superación gradual de estos trastornos. En este sentido el papel que puede jugar la escuela, los profesores, es muy importante.

Cuando el niño está ya protegido, en un contexto de buen trato y con unos cuidadores competentes y muestra todas las secuelas, “llevando” al adulto, a su vez, a activar sus propias defensas o pautas coercitivas de crianza, y desesperándose porque no sabe cómo tratarle, ¿cómo podemos ayudarle a integrarse, a organizarse, a entrar en patrones de relación más sanos? ¿Cómo podemos reparar el daño del niño, que es de naturaleza relacional? 

Ya hemos comentado muchas veces que la crianza de estos niños debe ser, como decimos, reparadora de esos daños, que debemos olvidarnos de las pautas clásicas de disciplina -¡después de lo que hemos leído hoy del castigo físico hay que descartarlo totalmente porque es maltrato y supone ahondar en la herida de los niños ya dañados por los malos tratos, lo cual conlleva más dolor para ellos!–, que es necesario a todas luces ser asesorados por profesionales, estar acompañados y no solos y aislados en la crianza. Tratar de revisar la propia historia de uno mismo, cómo fuimos criados y que patrones de relación y métodos de disciplina usaron con nosotros. Abrirse a la ayuda profesional: grupos de padres o familias, foros, trabajo personal –si lo necesito- con un profesional de confianza y competente del ámbito. Todo eso es necesario para que podamos fomentar la capacidad de resiliencia del niño, de rehacerse de los malos tratos, capacidad que existe, pues el cerebro puede, como dice Teicher, compensar y reconstruirse. Lleva tiempo y trabajo, pero se puede. Hay que ir sembrando para poder recoger el fruto tiempo después.

No hay recetas, ni soluciones. Os propongo algunos aspectos importantes que yo he comprobado, trabajando con las familias, que ayudan a hacer un proceso resiliente en los niños:

Modelamos como personas: Mostrar equilibrio y estabilidad emocional; transmitir con nuestra conducta y autorevelaciones pertinentes; con nuestras cualidades. La paciencia, la perseverancia y la confianza de la persona-profesional son FUNDAMENTALES.

La gestión de nuestras propias emociones y creencias: Revisar nuestros auto-referenciales educativos. Nuestra ansiedad, rigidez, exigencia, expectativas elevadas…

El papel de la narrativa y reconstrucción de historia de vida: Reconocer al niño/adolescente su dolor y permitirle la expresión de todo tipo de emociones. No minimizar nunca este dolor ni las experiencias traumáticas (el cerebro es el mismo órgano para toda la vida) Ayudarle a encontrar sentido a las duras experiencias vividas.

La mentalización: Enseñarle a identificar los estados internos de los demás y reflexionar sobre los mismos, marcar sus emociones, intenciones y deseos como propios del niño/adolescente, sin invadirlos.

La empatía: ¡No la usamos casi nada! Sin dejar mi propio yo, transmitir al niño/adolescente que sentimos lo que siente (Sentirse sentido, Siegel, 2007)

La importancia de la reparación, enseñar a los niños a arreglar sus acciones moralmente inaceptables y a ponerse en la perspectiva del otro.

REFERENCIAS

Barudy, J.; Dantagnan, M. (2005) Los buenos tratos a la infancia. Parentalidad, apego y resiliencia. Barcelona: Gedisa.

González, A. (2017) No soy yo. Entendiendo el trauma complejo, el apego y la disociación: una guía para pacientes y profesionales. 

Siegel, D (2007) La mente en desarrollo. Bilbao: Desclée de Brouwer.

No hay comentarios: