lunes, 3 de noviembre de 2014

Un tipo concreto de conectividad que favorece estados neurofisiológicos regulados en los niños y niñas adoptados-as / acogidos-as: la inmovilización sin miedo


Hace unas semanas una joven adoptada, una auténtica superviviente -que ha llegado al nivel de viviente (puede sentir alegría de vivir pese a todo lo sufrido) dentro de su proceso de reconstrucción como víctima de malos tratos por parte de sus figuras parentales en su país de origen-, me expresaba que (y al tiempo preguntaba mi opinión) durante muchos años, casi a diario, se levantaba de su propia cama y acudía a la de su madre adoptiva. Se abrazaba a ella y ambas inmovilizadas, en silencio, la una junto a la otra, compartían un estado de mente conectado y sintonizado de tranquilidad, paz y sosiego. Ello le otorgaba a mi joven paciente un sentimiento de seguridad que llevaba después consigo. Esta pauta relacional la estuvo manteniendo durante muchos años, incluso en la adolescencia.

Como he comentado, al tiempo que me contaba esta experiencia, me interpelaba también en cuanto a si ese comportamiento lo categorizaríamos los psicólogos de normal o anormal. Su tono de voz era un tanto dubitativo e incluso, transmitía cierta inseguridad e incertidumbre acerca de la respuesta que le podía dar. La línea que define lo normal de lo anormal no está claramente delimitada y el constructo normalidad/anormalidad puede analizarse y valorarse desde muchas vertientes. Pero analizar esta cuestión no es lo que hoy nos ocupa aquí.

Cuando la joven relataba esta experiencia, sentí que la misma tenía carácter sanador para ella, reconfortante y reparador. Su vida anterior estaba definida por una historia en la que el abandono y el maltrato físico y emocional por parte de sus figuras parentales, sus padres biológicos, constituía, desgraciadamente, la experiencia predominante. De niña no había podido vivir experiencias de calidez, afecto, sintonía emocional y conexión interhemisférica cerebral con estados de placidez y calma maternas y/o paternas. Esas experiencias de sentirse sentida, de sensibilidad y empatía maternal y paternal no habían, prácticamente, existido. Por lo tanto, podéis imaginaros sin temor a equivocaros, que su apego era inseguro. Aunque dada su gran capacidad de reflexión, el trabajo de su madre adoptiva (increíblemente competente marentalmente, una crianza totalmente terapéutica para ella) a partir del cual obtuvo los elementos necesarios de resiliencia secundaria (aquella que se desarrolla cuando la primaria, que la otorga el apego seguro con los primeros cuidadores, no pudo producirse) y la psicoterapia (donde hizo y sigue haciendo un excelente proceso) le proporcionaron la posibilidad de adquirir un apego ganado a la seguridad.  Hoy por hoy es una joven feliz, uno de los casos que con gran alegría, asistimos a una evolución positiva y una total recuperación. ¡La admiro muchísimo!

Por ello (hecho este inciso en torno a sus antecedentes biográficos que nos ayudan a comprender lo que exponemos), sólo por el carácter reparatorio y viendo el beneficio psicológico que la joven ha obtenido de abrazarse, durante años, junto a su madre y sentirse emocionalmente segura, ya es una medida que a priori, nos sale decir que es adecuada. El criterio de la edad (eso de estar en la cama de los padres a edades tardías puede ser evaluado por algunas escuelas psicológicas como evolutivamente inapropiado) no lo debemos de tener en cuenta porque con los niños y las niñas adoptados, en general, nuestra referencia debe ser la edad madurativa.

Pero aún hay más argumentos (de índole científica) que apoyan el que nos abracemos a nuestros hijos (sobre todo si éstos nos buscan) o a nuestra pareja, o amigos, o alguien con quien tengamos un vínculo afectivo seguro. Los argumentos vienen de la mano de un autor llamado Porges, psiquiatra, que está revolucionando en los últimos años las teorías sobre qué factores son cruciales en la futura socialización de los niños. Ya lo conocéis, porque os hablé de su genial teoría (la polivagal) hace unos meses (y en el último post volví a mencionarla cuando tratamos el tema del juego)

Porges estuvo como ponente en el congreso de apego y trauma que se celebró en Roma y presentó una ponencia que encandiló al público. No voy a exponer de nuevo las bases de su teoría polivagal, los que no estéis al día os leéis el mencionado post donde tenéis un resumen de la misma. Hablaré de un aspecto de la teoría que guarda relación con lo que os he empezado a contar sobre la experiencia que esta joven adoptada compartió conmigo en la consulta.

Porges sostiene que los humanos necesitamos a los otros. Desde el principio necesitamos a los cuidadores que son reguladores de la fisiología de nuestro sistema nervioso. Conectarse con los otros es un imperativo biológico, en palabras de Porges. La conducta social es un ejercicio neural que promueve estados neurofisiológicos que apoyan la salud mental y física. Los niños adoptados y acogidos que han sufrido trauma crónico en sus primeros años de vida no han experimentado la vivencia de una conducta social que regule su fisiología. Por ello, su conciencia social se distorsiona. Las conductas de vinculación social (que habrían tenido que ser estimuladas por los cuidadores a través de la conectividad y de la regulación del sistema nervioso asociado a la rama ventral del nervio vago -que es la que apoya los estados fisiológicos óptimos- que favorecen la conducta social y el equilibrio visceral) no se han desarrollado. Por el contrario, en estos niños predominan las reacciones defensivas de lucha/huida o inmovilización (disociación)

Sin embargo, Porges nos habla de otros estados de inmovilización que son satisfactorios y beneficiosos (imprescindibles, diría en mi opinión) que son los relativos a la conectividad. Una manera de promover la conectividad con el niño son los estados de inmovilización que no conllevan miedo (no se trata de la inmovilización disociativa, la que el sistema nervioso del infante desarrolla cuando no se puede escapar de la amenaza o el peligro): Porges se refiere a conductas como estar abrazados juntos (o uno al lado del otro), tumbados, con los ojos cerrados, sintiendo la respiración, la piel del otro, sus sensaciones de calma y tranquilidad… Estos estados apoyan la salud, el crecimiento y la reparación. Por ello, ahora entendemos lo que esta joven estaba haciendo cuando se acercaba a la cama de su madre para abrazarse y junto a ella, estar las dos inmovilizadas en calma, algo realmente beneficioso para su salud.

Si nos paramos a pensar un momento, la madre que tiene a su bebé en sus brazos, en su pecho, o se abraza a éste, y es una madre tranquila, calmada y regulada emocionalmente, transmitirá sensorialmente piel con piel, dichos estados al bebé, que los interiorizará sintiendo una seguridad y confort plenos (quedarán grabados en su memoria emocional) Y esto construye, moldea y regula la psicofisología del niño. Los niños que de bebés desafortunadamente fueron maltratados o abandonados no pudieron sentir suficientemente (o ni las tuvieron) estas experiencias de adecuada conexión. Os imagináis, por lo tanto, lo que fueron obligados a sentir: tensión, agresividad, rabia, miedo, terror, confusión… Y todo ello a nivel de piel, sensorialmente; con lo cual sus estados psicofisológicos predominantes son altamente desregulados desde muy temprana edad, en pleno desarrollo del sistema nervioso central y periférico.

Me imagino que no os será ajeno observar, más adelante, cómo es la socialización de algunos de estos niños: o se muestran altamente desconectados o, por el contrario, manifiestan respuestas psicofisológicas hiperactivas o de alerta constante. No pueden regularse interpersonalmente en la relación. A todos seguramente, nos están viniendo a la mente las imagenes de muchos niños con este problema. En consecuencia, nos dice Porges, la teoría polivagal puede ser un nuevo paradigma desde el cual poder entender a nuestros niños: ¿las conductas sociales no son aprendidas sino que emergerían de propiedades a partir de estados neuropsicofisiológicos específicos? Pienso que estos estados desde luego, condicionan toda la socialización de los niños.

Por ello, estimo que la psicoterapia está evolucionando (sin olvidarnos nunca de la orientación humanista y el vínculo terapéutico, que son ingredientes imprescindibles para producir un beneficio terapéutico) también hacia la incorporación de técnicas que la transforman, como dice mi gran amigo y colega Rafael Benito, psiquiatra, en una psico-neuro-fisio-terapia. Los psicólogos especialistas en psicoterapia también producimos con nuestras intervenciones cambios en las redes neurales del cerebro y del sistema nervioso. Por ejemplo, el modelo de psicoterapia de Barudy y Dantagnan sigue un orden neurosecuencial en su implementación y está basado, en una parte, en las aportaciones de la neurociencia. El neurofeedback es un tipo de neuroterapia que se está revelando muy eficaz para favorecer la regulación de estos estados internos psicofisiológicos desregulados desde muy temprana edad que padecen algunos niños adoptados y acogidos. EMDR es una técnica terapéutica que incide directamente en las redes neurales produciendo cambios hacia un procesamiento adaptativo de la información. La caja de arena, lo mismo: favorece la regulación emocional porque el hemisferio izquierdo, tras la creación de la escena en la caja, da forma y sentido, con sus palabras, a lo construido en la bandeja desde el hemisferio derecho. 

En consecuencia -junto con lo que os hablé del juego en el último post-, aconsejo hacer lo que esta joven adoptada (con cuya historia he comenzado este post) y su madre hacían (y de vez en cuando siguen haciendo): si ellos (los niños) están dispuestos y lo viven internamente bien (sin amenaza), estad juntos inmovilizados (abrazados o no), conectando. Para ello es necesario que el niño os sienta seguros y que seáis personas de autoridad calmada.

Nuestra ya entrañable picada para despedir el post de hoy: Maryorie Dantagnan, Jorge Barudy y su magnífico equipo formado por Emilia Comas y María Vergara tienen nuevo libro. Fue presentado en primicia en las III Jornadas Europeas de Resiliencia que se celebraron en Barcelona el pasado mes de octubre. Titulado: “Inteligencia maternal”, las autoras y el autor mantienen que “...la crianza de los hijos e hijas sigue siendo el resultado de acciones realizadas mayoritariamente por las mujeres, pero gracias a la existencia de un número cada vez más significativo de hombres -pertenecientes a la manada de hombres buenos- constatemos que muchos padres se implican de una forma igualitaria en la crianza de sus hijos e hijas rebelándose del dominio de la ideología patriarcal y creando la esperanza que un cambio cultural es posible. Este libro contiene un manual para compartir nuestro programa, apoyar y promover las competencias maternales de las mujeres, especialmente de aquellas afectadas por experiencias de malos tratos en sus infancias y/o de la violencia de sus parejas, así como de diferentes formas de violencia: violencia organizada, guerras, genocidios, violaciones masivas, tortura y exilio. Tanto los fundamentos de este programa como los objetivos y su metodología son aplicables para apoyar la tarea maternal de los padres. En la medida, que no tenemos una casuística significativa para testimoniar los resultados de la aplicación del programa con ellos, hemos optado por presentar la aplicación de este con las madres. Las diferentes actividades que componen los talleres de este programa tienen en común promover la participación activa de las madres a través del reconocimiento de sus experiencias y vivencias, como fuentes de conocimiento, porque las expertas de lo que les ha pasado son ellas. Esto permite no solo el reconocimiento de sus dificultades y sufrimientos, sino que también ayudarles a reconocer y aceptar sus recursos personales y sus capacidades para sobrevivir, así como el de recibir y aportar apoyo social a otras mujeres, que han pasado por lo mismo. Por esta razón en este manual se proponen actividades grupales en forma de conversaciones alrededor de temas significativos, así como actividades para ayudarles a reconocer y modular sus emociones, conductas y representaciones para ponerlas al servicio de una marentalidad bien tratante. El conjunto de talleres que componen este programa está también concebido como una forma de prevenir los malos tratos a los hijos e hijas y una forma de apoyo para introducir en los modelos de crianza de sus hijos e hijas estrategias para que estos puedan aprender modelos relacionales y de resolución de conflictos no violentos. Al mismo tiempo facilitar la búsqueda de alternativas, que ayuden a sus hijas e hijos a protegerse de eventuales agresiones”

Es un excelente libro, con el privilegio de poder aprender la manera en la que este equipo de profesionales trabaja con estas mujeres en su práctica profesional mediante los referidos talleres que vienen en el libro especificados. También presenta una introducción teórica en la cual este programa se sustenta: las competencias parentales (como el apego y la empatía) y la ecología social de los buenos tratos, en las que este equipo es referencia internacional.

El post que rescatamos hoy del baúl de los recuerdos almacenados en internet es el referido (dado que hoy hemos hablado de regulación) a los alumnos con dificultades para regular su comportamiento. Creo que el libro del que hablé en su momento es una excelente herramienta para precisamente, poder intervenir con niños y adolescentes con severas dificultades en este sentido. Cómo poder trabajar con este alumnado para que la escuela pueda hacer intervenciones que sean terapéuticas con ellos y no meramente normativas.

4 comentarios:

Chiquita adorada dijo...

Mi hija llegó con casi dos añitos y mucho miedo. La primera noche era tal su terror que me la puse sobre el pecho, oyendo mi corazón, se tranquilizó y se durmió. Así seguimos varias semanas hasta que se sintió lo suficientemente segura como para dormir al lado mío dándonos la mano.

Hace unos meses, una mamá adoptiva en un grupo compartió su técnica de acunamiento 10-10-10, que nos ha dado resultados muy buenos. Se trata de acunar a nuestros hijos 10 minutos por la mañana, antes de ir al cole, así salen, como dice la chica de tu entrada, con un sentimiento de seguridad. 10 minutos antes de los deberes, que como muchas sabemos de primera mano, es un momento de estrés y tensión. Y finalmente 10 minutos por la noche antes de dormir. Mi amiga recomienda hacerlo en una mecedora, yo no la tengo y sólo nos abrazamos y balanceamos. Actualmente mi hija cuando se siente estresada o descolocada, de inmediato corre a buscar sus mimitos. Son pequeñas estrategias que afianzan el vínculo, nos sintonizan con nuestros hijos y les dan una fuerte sensación de seguridad.

Como siempre, una entrada de lo más interesante y útil!!

Un abrazo,
Alejandra

José Luis Gonzalo Marrodán, psicólogo dijo...

Hola Alejandra, un placer volver a verte por aquí. Gracias por tu aportación. Me ha encantado (y veo que puede ser de gran ayuda para favorecer la regulación emocional y la seguridad de los niños) el método 10-10-10. Un afectuoso saludo

deiane dijo...

Deiane
Me siento identificada con lo que has dicho todas las mañanas me meto en la cama con mi hija,es el mejor momento del día ,paz,paz,y como entre nosotras decimos cargar batería.
Me gusta oír cuándo cuentas historias de adoptados que salen
Adelante mi hija esta preadolescente,y los momentos de rabia e ira salen y eso hunde,pero gracias a ti se que hay esperanza
Gracias











José Luis Gonzalo Marrodán, psicólogo dijo...

Me ha gustado mucho tu expresión, "cargar baterías". Con trabajo, paciencia, perseverancia y acompañando al menor en su desarrollo (ni por delante de sus posibilidades ni por detrás), con el tiempo, van haciendo procesos resilientes. Esperanza hay siempre. Gracias por tu aportación. Saludos cordiales.