lunes, 20 de octubre de 2014

Cómo pueden las familias adoptivas jugar con sus hijos/as para favorecer una vinculación segura

Seguimos dándole vueltas (si me permiten mis amigos del blog hermano usar la expresión que les denomina) al tema del juego. Ya empezamos la nueva temporada del blog indicando que en general -en el ámbito familiar y en la escuela- jugar (o la metodología que implique juego) es algo marginal. Se priorizan los deberes escolares y las actividades extraescolares (que a veces incorporan aspectos lúdicos) Pero cuando hablo del juego me estoy refiriendo a una actividad mucho más específica que implica unión, conexión y sintonización emocional con el niño.

El objetivo de la entrada de hoy es despertaros el interés por una forma de juego en concreto que podéis utilizar con vuestros/as hijos/as. Que varias veces por semana dediquéis un tiempo a jugar con los niños y niñas. Jugar contiene los elementos que necesitamos para poder ayudar a nuestros menores a sanar de sus heridas emocionales: estimula el desarrollo, fomenta la confianza, potencia el sistema de conexión social y enseña a los chicos/as a relacionarse de manera adecuada. Recordemos que muchos niños y niñas adoptados/as acogidos/as mantienen la respuesta de lucha/huida que tuvo valor de adaptación para sobrevivir en entornos hostiles y/o amenazantes para su integridad personal; o, por el contrario, tuvieron que recurrir a distintos niveles de disociación como mecanismo de defensa (hacer click aquí para recordar los post sobre disociación)

Con el juego, de una manera no amenazante, podemos contribuir progresivamente al fomento de la capacidad de vincular con las personas de manera más segura. Es imprescindible, eso sí, que seáis personas con disposición para jugar, cercanas y accesibles para el/la niño/a, y que vuestra relación con él/ella no esté severamente perturbada. Si la relación está deteriorada o estáis en un momento de crisis, es mejor que consultéis y pidáis ayuda profesional. Por otro lado, si como padre o madre no te ves jugando, tampoco te aconsejaría que pusieras en marcha lo que vamos a exponer a continuación. Es necesario que el/la niño/a nos vea como personas dispuestas al juego. Además, la actitud del adulto no debe ser correctiva, censuradora y excesivamente directiva. Hay padres que cuando juegan con sus hijos, les dicen frases de este tipo: “¿Para qué usas esto?” “Que los coches se choquen no, que sean amigos”, etc. coartando su expresividad. Solamente si el juego se torna peligroso o no se respetan los límites básicos de no hacerse daño, es cuando se debe de limitar. Si el menor de edad repite una y otra vez un determinado juego, obsesivamente y de manera circular, como en bucle, también debemos reflejarlo y proponer cambiar de actividad lúdica. El adulto se responsabiliza y hace cargo en todo momento del/la niño/a y de lo que acontezca.

El tipo de juego que me gustaría pusierais en marcha con los niños es una adaptación que realizo para vosotros/as de un tipo de terapia llamada terajuego.

El terajuego es un método terapéutico basado en la teoría del apego desarrollado por la autora Ann Jernberg. El terajuego se ha ido adaptando para focalizarse en la seguridad (aportación de Bowlby, pionero de la teoría del apego); el sistema de conexión social (teoría de Porges, que podéis refrescar consultando este post); y las aportaciones de Panskepp (otro autor del que hablamos recientemente cuando mencionamos la importancia del juego como organizador cerebral)

El terajuego se construyó basándose en la observación de las interacciones padres/hijo/a cuyos apegos y funcionamiento familiar ofrecen una base de seguridad al niño/a. Los padres capaces de crear una relación con su hijo/a que apoye, nutra (también en lo emocional), estimulante y sensible y respetuosa, pueden conducir al niño hacia el apego seguro. Los padres atentos y sintonizados a las necesidades del niño/a pueden ajustar sus actividades de acuerdo a las mismas.

Los componentes básicos de una interacción padres/hijos/as que fomenta una relación conducente a un vínculo de apego seguro son los siguientes: ESTRUCTURA-INTERACCIÓN-NUTRIMIENTO-RETO. Los/as niños/as son diferentes y precisan actividades de cada uno de estos cuatro componentes en diferentes momentos y de maneras distintas.

ESTRUCTURA: Sucede cuando los padres crean unas rutinas que sean capaces de redirigir al niño hacia conductas que puedan conducirles a la obediencia, el orden y la organización pero sin entrar en luchas de poder. Por ejemplo, el día siempre tiene una estructura pero además, termina con un juego por las noches para ayudarle a entrar en un estado de calma que favorezca el sueño: somos como la luna que ya está cansada y camina pesadamente porque es hora de dormir.

INTERACCIÓN: ¿Cuántas veces a lo largo del día tu cara mira sintonizadamente a la de tu niño/a? ¿Os miráis casi de soslayo? Cuando le hablas para cualquier cosa (darle una instrucción, hacerle un comentario, contarle algo…) ¿le miras a la cara? Mirarse a los ojos y sonreír y reír en una relación sintonizada, es la base de la interacción. Si mirar a la cara resulta amenazante para el niño/a, evidentemente no se hace (o se hace de otro modo: por ejemplo, poniéndose unas caretas) Un padre o una madre adecuados seleccionan lo que necesita en cada momento.

NUTRIMIENTO: Un niño de cuatro años entra en casa y el padre o la madre observan que tiene una herida en la rodilla. Uno de los dos le limpia la zona, le pone una tirita y le da un beso en la misma. Con este ejemplo ponemos de relieve con claridad qué queremos decir cuando hablamos de nutrimiento.

RETO: Un padre o madre persuade a su hijo para que una vez que ha conseguido lanzar la pelota hasta un determinado lugar, pueda intentar lanzarla un poco más lejos. Otro ejemplo que clarifica qué puede ser un reto. No se trata de fomentar la competitividad sino de crear retos que puedan empoderar al niño/a y animarle a superar obstáculos (a sabiendas de que puede lograrlos, claro)

Desarrollamos más extensamente estas dimensiones y proponemos algunas actividades lúdicas para fomentarlas.

ESTRUCTURA

En una relación padres/niño-a o adulto/niño-a es el mayor de edad quien está al cargo. El tono puede ser firme y directivo en el día a día, y durante el juego, si se necesita con determinados/as niños/as en momentos concretos. Firmeza no quiere decir rudeza ni pérdida del control emocional por parte del adulto ni descargar nuestra cólera en el menor. Firmeza no equivale a tratar mal al niño, ni mucho menos. La firmeza es un tono y una voz que transmiten determinación y ayudan al menor a contenerle, si lo necesita.

En el día a día con el niño/a (y cuando se juega) hay claridad y organización. Con ello ayudamos al menor de edad a reducir la ansiedad y la incertidumbre (muy presentes, por desgracia, en el pasado de muchos de nuestros niños y niñas)

El juego comienza con un principio, una mitad y un final (se pueden acordar con el niño/a) La sesión de juego tiene una duración determinada. Esto estructura ya al/a la pequeño/a.

Juegos estructurados como lanzarse la pelota, encestarla en una pequeña canasta, meter las fichas en la boca de una rana de juguete, lanzar los dardos… Pueden ser muy adecuados para ayudar al niño a seguir turnos, esperar, observar lo que hace el otro, tolerar la frustración cuando se pierde… También podemos estructurar el juego haciendo variar la intensidad del mismo (por ejemplo, vamos a lanzarnos la pelota a cámara lenta; a cámara rápida; a cámara normal) Con ello podemos enseñar al menor a regular los estados emocionales internos y la activación generalizada del organismo. En este sentido, son muy apropiados los juegos que chocan las manos entre sí -y que es más habitual verlos en las niñas- mientas se canta una canción.

El adulto siempre está preparado para modificar la actividad con el fin de adaptarla a las necesidades del niño/a. Estar al cargo no significa ponerse en una actitud de rígido control, lo cual puede ser contraproducente. Si un día el niño/a no tiene energía o está cansado y habíamos previsto jugar a lanzarse la pelota, hemos de amoldar el plan a cómo se siente ese día, con otro juego más calmado, y hacérselo notar.

Cuando se termina -adulto y niño/a ya habían quedado de acuerdo previamente-, se recogen los materiales que se hayan podido utilizar.
La estructura ayuda a que el niño/a, en el juego, desarrolle sentimientos de seguridad y confianza en el cuidador, así como la experiencia de aprender a regularse.

INTERACCIÓN

Si os imagináis la escena de un niño/a y un adulto jugando a esconderse la cara tapándose la misma con la mano (apareciendo y desapareciendo) o con una sábana, y el niño y el adulto estallando en un mar de risas (conectando cara a cara y sintonizando y resonando emocionalmente), nos podemos hacer una idea de lo que es interacción.

Hay niños/as que pueden tolerar mejor que otros el contacto y la interacción cara a cara en estos juegos. Por ello, conviene que regulemos el mismo usando quizá más paradas o no manteniendo un contacto muy prolongado, haciéndolo con aproximaciones, en intervalos de tiempo. Los juegos que suponen contacto cara a cara (como todos los que sean imitación de gestos, juguemos a mirarnos con ojos de lobo; con ojos de gato; con ojos de pez…) son muy útiles para todos/as los/as niños/as que han sufrido experiencias de deprivación (tienden a evitar el contacto e incluso, de disocian) Se puede graduar la distancia y el tipo de juego: por ejemplo, vamos a jugar a que nos miramos con catalejos.

Hay muchísimos juegos que implican interacción y que pueden servir de medio además para favorecer interacciones cara a cara. Todos los juegos de mesa (los de cartas, oca, parchís…) en los que el adulto puede jugar con la gestualidad (e incluso teatralizar los gestos, llevando a la práctica, por ejemplo, el poner cara de póquer) son muy válidos. Realmente, cuanto más sencillo el juego y menos tecnológico, mucho mejor.

NUTRIMIENTO

El nutrimiento lo conocen muy bien la mayoría de los padres y madres (y adultos) que son afectivos, cariñosos y transmiten ternura y cercanía, permitiendo vivir la misma con comodidad.

Los/as niños con apego seguro, cuyos padres y entorno han sido competentes en satisfacer sus necesidades, han brindado a sus hijos/as las primeras experiencias de nutrimiento físico y afectivo. Algo tan cotidiano como sentar al niño en las piernas, mientras se le abraza, es algo que, desgraciadamente, no experimentaron muchos niños/as que tuvieron que vivir en un orfanato desde nada más nacer. Al mismo tiempo, nutrimiento consiste también en hacer sentir al niño/a que él es especial. Especial no en el sentido de convertirlo/a en el centro del universo, hacerle egocéntrico/a, sino que él/ella es único/a con características propias que lo hacen original, irrepetible e inmejorable para nosotros/as. Hay niños/as que, desafortunadamente, no han podido experimentar sentirse pertenecientes y queridos/as por alguien de manera única.

Finalmente, muchos niños/as con experiencias extremas (como violencia en el hogar, convivencia desde edad temprana en orfanatos de baja calidad, víctimas de abandono emocional…) no han tenido a nadie que celebre sus logros: las primeras palabras, el gateo, dejar los pañales… Sólo sufrieron experiencias emocionales dolorosas (a veces en grado sumo)

Los padres pueden nutrir al niño/a (si éste lo recibe bien; siempre graduaremos las expresiones de afecto según el menor de edad las tolere; hay niños/as a quienes no les gustan los besos, pero sí reciben bien un entrechocar de manos, por ejemplo) en cualquier momento del día y de mil maneras.

El juego es ya un nutrimiento. Se puede contemplar, en el tiempo que se esté jugando, el poder tomar una ligera merienda, algunos días con algo que le guste especialmente al niño/a. Durante el juego se pueden propiciar, suceder sin forzar, excelentes, únicos e impagables momentos en los/as que el adulto y el/la niño/a se pueden sentir conectados el/la uno/a con el/la otro/a (pero sin invadir) En esos momentos, el adulto puede expresarle al niño/a que le gusta tal y como es. Hay que ser habilidoso para transmitir el mensaje de que ellos/as son amados simplemente por cómo son, incluyendo sus vulnerabilidades, defectos e imperfecciones. Esto es un poderoso mensaje sanador.

RETOS

Los retos que suponen un desafío al alcance del/la niño/a y en los que éste/a sale exitoso/a, son una importante fuente de empoderamiento y autoestima. Les permite recuperar el poder perdido (que se perdió en los momentos y situaciones en las que padecieron los distintos sucesos traumáticos, a menudo duros y a veces padecidos durante tiempo prolongado)

Los retos también ayudan a regular el nivel de activación generalizado del organismo (en psicología se le denomina arousal) y a aprender a canalizar adecuadamente emociones e impulsos como la rabia y la ira.

En el juego con el/la niño/a los/as padres/madres podréis proponerle retos acordes a sus posibilidades que traigan como consecuencia el éxito (en el caso de no calcular bien y no obtener un resultado positivo, es un buen momento para ayudarle con la frustración, para que pueda entender que los fracasos forman parte de la vida)

Retos no significa meterle al niño en una dinámica competitiva porque los menores traumatizados han tenido que pasar y sufrir desafíos innecesarios y adoptar el rol de adulto cuando no lo tenían que hacer. Los retos deben incluirse siempre como el último estadio, cuando hayamos trabajado los aspectos anteriores. Además, podemos dejar que las cosas se conviertan naturalmente en retos: “Has apilado tres cojines, ¿podrías apilar cinco cojines?”, por ejemplo. Los retos son especialmente necesarios para los/as niños/as que presentan pasividad, indefensión o tienen miedo de su propia rabia.

Otros retos ayudan al niño/a en la regulación y canalización de la ira y la agresividad. Tras este tipo de ejercicios y juegos, los menores de edad funcionan luego de una manera más tranquila. Por ejemplo, usando unos palitroques de poliespan (como unas barras con las que se puede golpear fuerte pero sin dañar) se le puede proponer golpear la pared todo lo fuerte que pueda. Podemos regular el ejercicio y conducirlo a manifestaciones más tranquilas, si el niño precisa esto. Amplificar como un eco, emocionalmente, el logro y la superación del reto, es lo que el adulto debe de devolver al niño/a.

Espero, una semana más, que esta entrada os resulte interesante y la podáis aplicar en vuestro día a día. Creo sinceramente que el juego interactivo, nutriente y estructurado con el niño/a se está perdiendo. Y nuestros menores de edad lo necesitan por encima de todo. Todos/as los/as niños/as lo necesitan, pero los traumatizados, especialmente.

Cerramos la entrada de hoy con esta picada (picada triste la de esta semana pero necesaria) que pretende denunciar y despertar nuestras conciencias. El psiquiatra donostiarra Joaquín Fuentes, una eminencia en el mundo del los trastornos del espectro autista, ha sido galardonado recientemente (agosto 2014) en el marco del XXI Congreso Mundial de Psiquiatría Infantil, con la  medalla que otorga la Asociación del mismo nombre. Es el máximo reconocimiento internacional que existe en su especialidad. Desde aquí, mis felicitaciones.

Joaquín Fuentes fue entrevistado en El Diario Vasco por este motivo el pasado 31 de agosto y afirmó lo siguiente (estamos totalmente de acuerdo): “Durban [ciudad Sudafricana donde se celebró el Congreso] ha sido la constatación por parte de todos del sufrimiento que existe en el mundo. A los seres humanos nos sale de manera espontánea cuidar a los niños y a las personas vulnerables, es algo que hemos tenido desde Atapuerca porque evolutivamente es necesario, pero resulta que de repente, en pocos años, este esquema ha cambiado y ahora tenemos niños que sufren secuestros, que son rehenes, los alistan en ejércitos, les obligan a asesinar a gente, los maltratan, los violan… es una negación horrible de algo que es consustancial con el ser humano. Estropeamos el desarrollo de estos niños para toda su vida y convertimos la promesa de la humanidad en el desastre de la humanidad”

Existe La Convención de Los Derechos del Niño desde 1989 (este año celebramos, además, el vigésimo aniversario de su proclamación) Todos los agentes sociales debemos, desde nuestros respectivos roles y lugares, velar por estos derechos. Pero los gobiernos de los diferentes países y en concreto la UNICEF, deben de poner todos los medios necesarios y adoptar todas las medidas a su alcance para evitar las atrocidades que están ocurriendo y de las que están siendo víctimas indefensas miles y miles de niños/as de todo el mundo. Fuera de nuestras fronteras donde los niños y las niñas padecen todo tipo de calamidades y atrocidades. Y también aquí, cerca, a nuestro lado, tenemos el escalofriante hecho de que han aumentado, desde 2009, las muertes de mujeres, este pasado verano, por violencia del hombre contra la mujer. Muchas mujeres injustamente asesinadas con hijos e hijas que pierden a sus madres, por lo que éstos/as son víctimas a su vez y sufren un trauma. Y no parece que esto, por desgracia, vaya a tener fin. Han de ponerse todos los medios para garantizar la protección de las mujeres y los/as niños/as

La entrada que rescato hoy de la memoria de Buenos tratos no puede ser otra que un artículo que publiqué hace un tiempo en la Revista Haurdanik que edita la Asociación AVAIM (Asociación Vasca para la Infancia Maltratada), y que también colgué en el blog, titulado: “El impacto de la violencia de género en niños y adolescentes”

POST SCRIPTUM: Antes de publicar la entrada, me llega la grata noticia (ayer domingo) de que mi amiga y colega Conchi Martínez (del blog hermano Resiliencia Infantil) ha publicado un maravilloso post en el que da cuenta, con sentido y cercanía emocional, de lo sucedido en las "III Jornadas Europeas sobre Resiliencia" celebradas esta pasada semana en Barcelona, organizadas por EXIL (dirigido por Jorge Barudy y Maryorie Dantagnan) y en las que tuve el honor de participar. Os recomiendo que leáis dicho post haciendo click aquí. Las jornadas fueron excelentes, cargadas de momentos emotivos, sabiduría científica y el reencuentro feliz con amigos/as y colegas de la red APEGA.  

Cuidaos / Zaindu

7 comentarios:

Anónimo dijo...

Qué bonita e interesante entrada, Jose Luis. Gracias como siempre. Por si alguien quiere leer un poco más sobre el tema, a mí me encantó el libro "Juegos que unen. Cómo solucionar los problemas de comportamiento de los niños mediante el juego, la risa y la conexión" de Aletha J. Soler. También muy lógico y práctico.
Un saludo y te seguimos...
Lydia

Anónimo dijo...

Interesante y precioso artículo !
nos tienes tan mal acostumbrados!
muchas gracias por ayudarnos a formarnos.
Edorta

José Luis Gonzalo dijo...

Hola Lydia, gracias por tu comentario que viene muy bien porque completa el post. Lo conozco y esta fenomenal. El blog de Conchi Martinez Vazquez tiene un post que habla del mismo. Un saludo afcetuoso!

José Luis Gonzalo dijo...

Gracias a ti, Edorta, porque lo aprecias y valoras y si no fuera por personas como tu que me lo hacéis constar, pues ni recibira ese regalo tan bonito! Un afectuoso saludo!

José Luis Gonzalo dijo...

El enlace al post del blog Resiliencia Infantil que habla del libro de Aletha:

http://resilienciainfantil.blogspot.com.es/2014/02/juegos-que-unen-juegos-de-apego.html?m=1

Saludos afectuosos para todos/as

Anónimo dijo...

José Luis, leo tus post desde hace tiempo y gracias a ellos y a vuestro libro ¿Todo niño viene con un pan bajo el brazo? he entendido muchos de los comportamientos de mi hijo que antes me tenían muy preocupada.
Pero me gustaría que alguna vez trataras también estos temas relacionados no ya con niños y preadolescentes sino con los chicos de dieciocho a veintitantos años que muchas veces tienen regresiones a algunas conductas que parecían olvidadas, por ejemplo las de robo, y que a estas edades son más peligrosas.

José Luis Gonzalo dijo...

Hola, gracias por tu comentario, para mí es una gran satisfacción que lo que escribo te sea de gran ayuda. Sobre el tema que me comentas, recojo el testigo e intentaré, más adelante, escribir sobre ello. Es posible que lo que a estos chicos les ocurra es que lo traumático no ha sido totalmente trabajado (integrado) y puede volver a emerger en otros momentos de su vida (depende también de las circunstancias vitales por las que atraviesen, que pueden actuar como disparadores de esos contenidos traumáticos) en forma de ese tipo de conductas desadaptadas. O que lo traumático, aunque haya sido muy trabajado, vuelva a resurgir y haya que abordarlo de nuevo. A estas edades en general los chicos y las chicas tienen una mayor conciencia y se implican en la terapia bien, si están motivados, es un buen momento de su vida y encuentran el profesional adecuado.

Trataré de hablar de ello más adelante. Un afectuoso saludo y gracias de nuevo! José Luis