lunes, 15 de junio de 2020

Acompañamiento en el duelo infantil. Una reflexión contracultural, por Alma Serra, psicóloga.

Firma invitada:
Alma Serra
Psicóloga


Alma Serra. Psicóloga y antropóloga. Actualmente ejerzo como psicóloga en la cooperativa Rumbos. Recursos Educativos Especializados, centro que fundé hacer casi ocho años para trabajar con niños y adolescentes desde el ámbito terapéutico y psicoeducativo con enfoques humanistas y de tercera generación. Soy psicoterapeuta Gestalt especializada en bioenergética y, en los últimos años, me he centrado en el acompañamiento de duelo a través de mi formación, hace casi diez años, en el Proceso M.A.R. (Movimiento hacia el Agradecido Recuerdo) con su creador, Carlos Odriozola, y Teresa Garcés. Máster en Neurociencias, Mindfulness y enfoques de Tercera Generación, Posgrado en Técnicas Gestálticas y Bioenergéticas, formación en Musicoterapia modelo Benenzon, nivel Proto y I en terapia Transpersonal del Dr. Claudio Naranjo (Programa SAT), formación en Programación Neurolingüística, nivel avanzado el modelo SHEC con Maruxa Hernando. Actualmente me estoy formando en Técnicas Sicodramáticas, modelo Rojas Bermúdez, con Graciela Moyano.También licenciada en Antropóloga Social y Cultural, certificada con el Diploma de Estudios Avanzados (doctorado) en la misma diciplina, habiendo trabajado como investigadora en contextos socioculturales desfavorecidos, menores y población migrante.

Mi formación inicial fue como docente especialista en música, lo que me permitió trabajar con niños y niñas en escuelas y centros de formación como complemento a mis años de formación en el conservatorio.

Dirijo, junto al catedrático de psicología Jose Antonio Sánchez Medina, el Máster de Educación Emocional de la Universidad Pablo de Olvide, en Sevilla. Directora del curso de verano de la Universidad Pablo de Olavide “Neuroeducación, mindfulness y conflicto en el aula. Una aproximación desde el enfoque sistémico’. Fundadora y presidenta de la Asociación Española de Educación Emocional y colaboradora de universidades españolas en diferentes masters de trastorno de conducta, educación y enfoques de tercera generación. Y fundadora del Centro de Psicología Humanista de Sevilla a través del cual imparto, junto con otros compañeros, el título en Terapia Gestalt y Bioenergética. 

Colaboro con los Centros de Formación del Profesorado de la Junta de Andalucía y la Consejería de Educación en la formación y asesoramiento educativo a equipos de trabajo específicos, equipos directivos o claustros en todo el ámbito de la educación emocional, trastorno de conducta, innovación educativa y duelo. 

Autora de diferentes libros sobre el ámbito social, hace unos años me centré en la publicación de materiales psicoeducativos con “Un pellizco en la Barriga” sobre el duelo infantojuvenil, y “Ahora me veo” sobre la transexualidad infantojuvenil”.

Actualmente estoy inmersa en la investigación académica sobre el duelo a través de la realización de la tesis doctoral. En la elaboración de un tercer cuento para el trabajo con los miedos infantiles y terminando el diseño metodológico de material proyectivo a través de juegos para el psicodiagnóstico y elaboración del duelo.  

Me podría definir como una persona buscadora. Desde que inicié mis estudios cómo maestra, he estado buscando explicaciones a una idea que uno de mis profesores nos planteaba en clases de Historia de la Antropología: “por qué la gente es tan rara”. Considero que mis padres han sido los causantes de esta vocación incansable en la búsqueda explicaciones. Mi madre, maestra, siempre ha estado vinculada al ámbito de la exclusión social, trabajando desde hace muchos años en la cárcel de hombres de Sevilla. Y mi padre, profesor de fisiología médica en la facultad de medicina, siempre nos ha presentado la vida desde un enfoque absolutamente diferente a lo que los niños están acostumbrados a entender. Por eso, y porque la música ha sido la raíz de todo el desarrollo de mi creatividad, considero que toda mi formación etnopsicológica y docente, me aporta una mirada amplia que pongo en práctica a la hora de acompañar y formar a otras personas. Madre de tres hijos en las tres etapas educativas obligatorias (secundaria, primaria e infantil), y con unos maestros a los que admiro y que me guían en cada paso profesional y personal que doy, Carlos Odriozola y Teresa y Carolina Garcés, me aporta el contacto con la realidad y el compromiso que tengo con la sociedad para intentar mejorarla un poquito.

Presentación

Solamente unas palabras para agradecer profundamente la participación de Alma Serra en el blog Buenos tratos. A su brillante carrera profesional y completa formación, se le une una especial sensibilidad hacia las personas. Una gran profesional con un corazón grande y tierno. Le conocí hace unos años, cuando me envió un ejemplar del cuento titulado "Un pellizco en la barriga" y me encantó su trabajo para acompañar a los niños durante el proceso de duelo. Hace tiempo que leo sus aportaciones sobre este tema y sobre el modelo explicativo y de trabajo del duelo MAR© (Movimiento hacia el Agradecido Recuerdo), en el que Alma se ha formado, el cual aporta un marco comprensivo diferente en el que se tiene en cuenta, entre otros aspectos importantes, el contexto cultural y de creencias de las personas. Alabo los modelos terapéuticos innovadores, con miradas amplias y que incorporan la valoración del contexto que rodea a las personas, teniéndolo en cuenta antes de entrar con ninguna intervención. Creo que el modelo con el que trabaja Alma Serra sintoniza muy bien con el paradigma de los buenos tratos. 

Estando en época de duelo por la situación que atravesamos con la emergencia mundial por la pandemia del COVID-19 y la cantidad de seres humanos que han fallecido y fallecen a diario, me pareció que había que escribir sobre este tema para ayudar a las familias y a los profesionales menos familiarizados con el tratamiento del duelo. Por ello, pensé en Alma Serra, por su experiencia y formación especializada y también por cómo es ella. Se lo propuse y aceptó entusiasmada y emocionada. Muchísimas gracias, Alma Serra, por regalarnos tus expertos conocimientos y tu tiempo generosamente. Os dejo con su artículo.


Portada del cuento "Un pellizco en la barriga"


Acompañamiento en el duelo infantil. Una reflexión contracultural
Por Alma Serra

Hablar del duelo, duele. Duele porque supone un encuentro, cara a cara, con una de las paradojas, “hecho aparentemente contrario a la lógica” (RAE, 2019), más profundas de la vida. ¿Cuál es esa lógica? Que todos debemos morir cuando nos hacemos mayores, que la muerte forma parte de la vida, que la vida son dos días, que todo tiene un fin… Sí, pero el contrasentido surge cuando la despedida llama antes de tiempo, a veces sin avisar, y rompe todo el ciclo que la vida entiende por “natural”.

Si, además, hablamos de duelo infantil, el encontronazo es mayor. Ya que no sólo asumimos la variable “antinatural” como uno de los elementos básicos en la necesidad de elaborar el duelo, sino que surge otra consustancial: un cerebro con dificultad para entender un hecho tan abstracto como es el de la irreversibilidad.



Caracuel (1983) argumentaba que, hasta mediados del siglo XX, la muerte solía afrontarse en el domicilio familiar y esto hacía que, hasta los niños, la vivieran como algo normal o natural dentro del proceso vital. En los últimos cincuenta o sesenta años, a nivel social, se ha relegado todo el complejo emocional de la despedida a espacios hospitalarios y tanatoriales (para adultos). Esto ha hecho que, sobre todo en zonas urbanitas, los tiempos y espacios en los que antes participaban los niños, y que suponían rituales muy necesarios para procesar e integrar el proceso de duelo, han ido desapareciendo. Además, con la desnaturalización de la sociedad y la enseñanza, cada vez se habla menos de la muerte, se ven menos animales morir… convirtiéndose en un tabú pedagógico, con la asombrosa contradicción de entender que estamos en un momento de la historia con la mayor exposición mediática y diaria a muertes accidentales, asesinatos (sólo hay que pensar en cuántas veces han puesto -en horario infantil- la escena del policía asfixiando a George Floyd en EEUU). Todas, generalmente, muy traumáticas. Y esto agrava la situación: “si no me acompañan a entender o integrar este concepto tan difícil y me exponen a mucha información de ese tipo, tenderé a insensibilizarme o a crear fantasías que me generen mucho miedo”. “Si me hablasen del tema, omitieran escenas tan horrorosas, se pudiera conversar en las aulas y en mi familia, donde le dieran un sentido a lo que siento y me pudiera expresar, quizás me facilitaría elaborar una despedida cuando me encuentre con ella”. 

Esta argumentación es una de las razones por la que el duelo es, para mí, uno de los nexos más férreos que entre la psicología y antropología. Superando el debate biologicista o culturalista, la antropología y la psicología hacen un tándem indisoluble. La forma en la que culturalmente abordamos la muerte actualmente va en contra, radicalmente, de una pedagogía que ayude a entender a los más pequeños, un tema tan complejo. Si desde que comenzamos a socializarnos, nos enseñasen que la muerte forma parte de la vida, los niños tuvieran espacios y tiempos para elaborarla, acompañados por adultos sostenedores capaces de dar explicaciones comprensibles y sanadoras… no tendríamos las consultas llenas de padres y madres (y otros profesionales) desconcertados porque no saben qué explicaciones dar o cómo acompañar a los niños. Además, el hecho de haberlos erradicado de los rituales de despedida dificulta el proceso psicológico de elaboración, aunque la tuviéramos más integrada. La pedagogía de la pérdida es una forma de prevenir mucho sufrimiento, pero se le ha olvidado a nuestra sociedad occidental.

En otras culturas, la forma en la que se integra la muerte en la vida es muy diferente. La participación de toda la sociedad (niños y niñas incluidas), los ritmos de las despedidas, la música, las oraciones, los silencios… hacen que las consecuencias psicológicas sean muy diferentes a la de una población que evita hablar del tema, pese a estar expuesto continuamente. Siempre pongo el ejemplo de la película “Coco” (2017), como ilustración de una cultura en la que la muerte está integrada con la vida. 



Esta es una de las primeras ideas que trabajo con mis alumnos y alumnas de las formaciones sobre acompañamiento en el duelo infantojuvenil. Es fundamental conocer la cultura, religión, ideario o filosofía de vida de la familia del niño o niña al que vamos a acompañar. Como profesionales, tenemos que hacer un ejercicio de descentración cultural si la familia que tenemos delante no comulga con nuestra forma de entender la muerte. Y es que el abordaje desde el que yo hago el acompañamiento tiene cinco componentes básicos: emocional, intelectual, corporal, sistémico y espiritual. Considero que, si me falta alguna de estas “patas”, el acompañamiento no está completo. 

El proceso M.A.R.® (Movimiento hacia el Agradecido Recuerdo), creado por el psicólogo vasco Carlos Odriozola, es, de todo en lo que me he formado e investigado, el modelo que más respuestas da a mis inquietudes como profesional y la forma en la que entiendo los procesos psicológicos de despedida (y la vida en general). Fusiona la antropología y la psicología de una forma difícilmente distinguible y centraliza, como elemento esencial que dificulta la despedida sana, el trabajo con las culpas. En el trabajo con el duelo, hay tres indicadores que aportan una información básica a la hora de realizar el acompañamiento: los sentimientos de culpa, si hubo despedida o no, y el tipo de relación que se tuviera con la persona fallecida.

Desde este enfoque, no se le da tanta importancia a identificar las fases del duelo que tantos autores y autoras han clasificado (precisamente por las razones antropológicas que antes he argumentado: cada persona es un mundo y no tiene porqué pasar por las mismas fases, ni de la misma forma), sino que se centra en la elaboración, el proceso, los pasos que hay que ir dando para resolver esas tres variables, y terminar con el objetivo final del trabajo: la capacidad de recordar a la persona perdida sin ningún tipo de culpa y bajo un profundo agradecimiento.

¿Cuáles son las etapas desde las que se orienta el acompañamiento? La aceptación de la irreversibilidad a través de la conexión con el dolor; la identificación de los motivos de culpa y su elaboración/saneamiento; la elaboración del legado psicológico con las cosas que la persona fallecida considero que desearía para mí; el agradecimiento; y la devolución de lo aprendido y vivido a la sociedad. Cada una de ellas implica una serie de ejercicios que van a ayudar a conseguir los objetivos que he planteado a modo de etapa. 

En niños, esta propuesta es como el timón del barco que guía mi trabajo. Si son duelos simples (no traumáticos), la aceptación de la irreversibilidad la trabajo realizando un álbum de recuerdos de la historia de la relación con la persona; los motivos de culpa (si hay), los trabajo como “secretos” que el niño alberga y que le hubiera gustado decirle mientras vivía; creamos un legado psicológico con aquellas cosas que el niño desearía que la persona fallecida desee o hubiera deseado; hacemos un manifiesto del agradecimiento con cosas o situaciones muy concretas que queremos expresar y, finalmente, vemos de qué forma podemos ayudar a las personas que tenemos cerca, si se encuentran en una situación parecida. Todo ello con juegos, cartas proyectivas, collage, murales, caja de arena, vídeos, muñecos, telas, canciones, cuentos… Me he encontrado con situaciones absolutamente mágicas que me han embargado, hasta el punto de dedicarme, prácticamente en exclusiva, a la psicoterapia del duelo. Cada experiencia en la consulta o en centros educativos, ha sido un halo de esperanza para entender que, elaborar algo tan difícil como la muerte es posible, si se tiene claro cómo hacerlo. Y digo “claro” porque considero que el acompañamiento en el duelo requiere una formación muy específica para el que no todo el mundo está preparado profesional y emocionalmente. Dedicarme a esto ha supuesto elaborar mis propios duelos, formarme de forma incansable y, sobre todo, ir adquiriendo mucha experiencia y dedicar tiempo a supervisarme. Sin formación ni experiencia, se puede -como todo en la vida- hacer mucho daño a las personas que acompañamos. Sobre todo, en lo que concierne a los motivos de culpa. Una praxis inadecuada puede dar lugar a situaciones en la que, lejos de elaborar, generemos más sentimientos de culpa, a través de juicios o instauración de “mandatos” o “responsabilidades”, que generen más angustia que paz. Normalmente suele ocurrir cuando hay un desconocimiento del proceso o cuando el terapeuta no ha elaborado previamente sus duelos y surgen transferencias psicológicas que se instauran y dificultan el proceso. 



Aunque todas las pérdidas no naturales (todas las que no son por muerte natural) tienen un componente traumático, es importante diferenciar el duelo “simple” del duelo “complejo.” Nos encontramos con un duelo complejo cuando una o todas las variables anteriores están muy activas: hay negación de la irreversibilidad o disociación, no ha habido despedida y la relación era muy compleja o abandónica. En estos casos, el trabajo con el duelo se convierte en una etapa dentro del proceso terapéutico bajo protocolos de trauma. De esta forma, he acompañado el duelo tras mucho trabajo de desensibilización, integración y estabilización; pero lo he trabajado como parte del proceso. 

También puede ocurrir que, siendo un duelo en el que ha habido aceptación de la irreversibilidad, la relación que se tenía era sana y ha habido despedida; la persona fallecida era una figura de apego primario o secundario esencial. Si ha habido despedida y ha sido amorosa (se ha acompañado con madurez), podemos sentir el alivio de un gran parte del trabajo psicológico realizado. Pero, pese a que todas estas variables fueran favorables, el hecho de haber perdido a una figura de sostén principal es profundamente desorganizante. En palabras de Bowlby, la pérdida produce un desequilibrio en la homeostasis del sistema comportamental de apego y desestabiliza los mecanismos y cimientos psicológicos que regulan la relación entre el individuo y el mundo. Todo ello puede llegar a condenar la vida de un niño o niña, si no se hace un acompañamiento adecuado y sistémico en el que se ayude en el proceso de reelaboración de la identidad individual y relacional. 

Pero no me gustaría reducir la psicología del duelo exclusivamente a la muerte. El Proceso M.A.R., como enfoque psicológico, aborda otras situaciones que consideramos también duelos porque implican procesos de despedida-elaboración-integración. Duelo evolutivo, afectivo, laboral, material, social, espiritual, corporal, mediático, de género (identidad de género o sexual), anticipado, migratorio y por suicidio. Las variables desde las que se establece esta clasificación son diferentes, pero me sirve a modo de resumen para transmitíroslo. Es el amplio abanico en el que se ha demostrado que este enfoque tiene un efecto absolutamente transformador, llegando incluso a aplicarlo como proceso psicoeducativo en situaciones de acoso escolar, cambios de etapa educativa, cierres de actividades… en centros en los que he intervenido.



Como decía S. Rimponché (1992) en su “Libro tibetano sobre la vida y la muerte”, aprender a vivir es aprender a desprenderse. Pero, para aprender a desprenderse de una forma sana y agradecida, hace falta que nuestra cultura recupere esa mirada, cargada de rituales, en la que la muerte se integraba con la vida. Desarrollar una pedagogía del duelo es algo imperante para prevenir muchas dificultades con las que nos encontramos día a día a nivel psicológico. Supone comenzar por aceptar que cuanto más negamos la muerte, menos disfrutamos de la vida. Es un cuestionamiento óntico sobre cómo queremos vivir y, cuando comenzamos a entenderlo, la fluidez en el acompañamiento psicoterapéutico y educativo es mágica, los recursos afloran y las personas con las que trabajamos, se sienten seguras. Esa es la clave.

Referencias

Real Academia Española: Diccionario de la lengua española, 23.ª ed., [versión 23.3 en línea]. https://dle.rae.es 

Caracuel, M. (1983). Actitudes ante la muerte y los enfermos terminales en los estudiantes de 
Enfermería de la Escuela Universitaria de Córdoba. Tesis de licenciatura. Univ. de Córdoba.

S. Rimponché (1992). Libro tibetano sobre la vida y la muerte. Urano.


sábado, 13 de junio de 2020

La traumaterapia de las consecuencias de los procesos discriminatorios y racistas en las personas, las familias y la comunidad, por Jorge Barudy, psiquiatra.


Diploma de postgrado en 

Traumaterapia Sistémica Infanto-juvenil

 

13ª Promoción Apega 13 Barcelona 2020-2022

7ª Promoción Apega 7 Donostia 2020-2022

2ª Promoción Apega 2 Madrid 2020-2022

7ª Promoción Apega 7 Chile 2020-2022

 

Abierto el plazo de pre-inscripción:

http://www.traumaterapiayresiliencia.com


 

La traumaterapia de las consecuencias de los procesos discriminatorios y racistas en las personas, las familias y la comunidad


Autor: Jorge Barudy
Director de la Red apega.

En memoria y en homenaje a George Floyd y todas las víctimas del racismo.

Querido hermano blanco: 

Cuando yo nací era negro
Cuando crecí era negro
Cuando me da el sol soy negro 
Cuando estoy enfermo soy negro
Cuando muera seré negro 
Mientras tanto tu 
Cuando naciste eras rosado
Cuando creciste fuiste blanco
Cuando te da el sol eres rojo
Cuando sientes frio eres azul
Cuando sientes miedo eres verde 
Cuando estas enfermo eres amarillo
Cuando mueras serás gris
Entonces cual de nosotros dos
es un hombre de color  

Leopóld Sedar Senghór (Poeta senegalés)

Introducción 

Millones de personas a través de todo el mundo se han vuelto a despertar para mirar de nuevo a través de la niebla impuesta por los detentores del poder, ya que la discriminación y en particular el racismo que afecta a millones de personas en el mundo nunca desapareció. Cientos de miles de personas en todo el mundo salimos a la calle participando en una de las mayores protestas por la justicia racial, al grito de “las vidas negras importan” (“The Black Lives Matter”), al conocer las imágenes del cobarde asesinato de George Floyd ocurrido el 25 de mayo de 2020. Un hombre, un ser humano, cuyo color de piel era negro, era ahogado bajo la rodilla de otro ser humano, un policía blanco, durante ocho minutos y 46 segundos que transcurrieron desde su detención hasta su muerte en una calle de la ciudad de Mineápolis en Estados Unidos. "¡Por favor, por favor, por favor, no puedo respirar. Por favor!", fueron las ultimas palabras de George Floyd, mientras agonizaba. 

Funeral por George Floyd. Foto: elpais.com
Funeral de George Floyd. Foto: elpais.com


Para sumarnos como Red Apega a este movimiento queremos compartir este artículo. Su contenido emerge de nuestras investigaciones y nuestro trabajo traumaterapéutico para reparar las consecuencias de la violencia organizada –siendo el racismo una de sus manifestaciones- sobre las personas, las familias y las comunidades. 

Retomando la definición del Comité de Derechos Humanos de la ONU, el racismo es parte de lo que se define como discriminación (1) y sigue siendo una forma de violencia que no reconoce fronteras. Durante años, pasados y recientes, hemos visto esclavizados (2) a pueblos enteros a partir de una creencia de superioridad de los esclavistas.  En el caso de las mujeres, la discriminación racista ha tenido múltiples dimensiones. Así, han sufrido la supremacía masculina impuesta por los hombres y sostenida por la ideología patriarcal; pero, además, por el color de su piel y sus rasgos cuando no corresponden con la clase dominante. 

En términos históricos la discriminación y el racismo han provocado enormes atrocidades, millones de personas judías aniquiladas por el nazismo, por el régimen estaliniano… O en fechas no tan lejanas, los africanos en los genocidios por pertenecer a una etnia determinada. O más reciente aún, la persecución del pueblo rohinyá en Birmania. Pero situaciones como estas las tenemos mucho más cerca; por ejemplo, en los campos de refugiados en las islas italianas, en Grecia o en Turquía. Las condiciones de vida discriminatorias y racistas de esas poblaciones constituyen una vergüenza para los estados que componen la Unión Europea que gestionan estas situaciones a través de una retórica que camufla y justifica la indolencia y el derecho a la asistencia humanitaria.   
 
Poblaciones enteras han sido esclavizadas por su color de piel debido a la superioridad racista, apoyada por creencias e instituciones religiosas. El caso mas vergonzante y no tan lejano fue la esclavitud de las poblaciones africanas por las potencias europeas y por el país que aún se jacta de ser una democracia que da lecciones al mundo, como los Estados Unidos de Norteamérica.  En la actualidad, este país como otros de la parte rica del planeta, ha reciclado esta esclavitud por la explotación de cientos de inmigrantes de los países pobres –mejicanos, centro americanos, africanos, sudamericanos, magrebíes, etc.- que cuando logran entrar a estos países viven como inmigrantes ilegales explotados trabajando en condiciones inhumanas, como lo hacían los y las esclavas de antaño, por ejemplo, en las plantaciones de siempre, o en las nuevas como las de Andalucía en España.  

Hoy gracias a las luchas de los movimientos sociales de defensa de los derechos humanos y en particular los que luchan contra el racismo, la situación no es tan brutal ni legitimada como antaño, pero hay que seguir atento en la actualidad a las nuevas maneras en que esta se ejerce, disfrazada por nuevas formas de micro racismo cuya tarjeta de presentación es la sutileza. Son los gestos cotidianos de violencia racial y que es tan corrosiva como cualquier agresión que va desde la pregunta a un inmigrante si realmente es español o las agresiones invisibles en la calle con gestos o miradas de desprecio. Todas ellas se retroalimentan y se hacen fuertes en una España donde existen movimientos políticos que legitiman el racismo, por eso hay que insistir “una sociedad es racista o no lo es, no hay grados de racismo” Frantz Fanon (3).


Las esclavitud de las poblaciones africanas por las potencias Europeas
Foto: cadenaser.com

La etiqueta de “país racista” incómoda a muchos, que por lo general definen a España como un país receptor, hospitalario y acogedor de culturas y razas. Desgraciadamente no es así para todos, por ejemplo, el pueblo gitano, lleva cinco siglos siendo discriminado, estigmatizado, criminalizado y obligado a encerrarse en guetos. 

No podemos dejar de reconocer en este articulo que históricamente el grupo social más discriminado ha sido la infancia, a su vez el grupo más vulnerable por su dependencia total para su sobrevivencia del mundo adulto, y el que tiene menos posibilidades de defender sus derechos y contar con posibilidades de acceder libremente a alguna instancia para denunciar la discriminación que sufre y ser protegido.  Su pertenencia a un grupo étnico diferente como ser hijo o hija de una familia inmigrante, de una clase social desfavorecida o haber sido adoptado por una familia española en África subsahariana, Asia o en un país del Magreb, aumenta las posibilidades de ser víctima del racismo cotidiano en la escuela y en el barrio. Existe actualmente otro tipo de discriminación racista que está produciendo mucho sufrimiento en la infancia y adolescencia: el de los chicos y chicas que sufren diariamente los insultos y vejaciones de algunos de sus compañeros por ser, simplemente, diferentes.  

"La infancia es el grupo que menos puede defender sus derechos"
(Jorge Barudy)

Lo más preocupante no es solamente que el racismo siga vivo, sino que es mantenido por los sistemas de dominación y que desgraciadamente hoy están globalizados porque el racismo es parte central de las ideologías y prácticas políticas que sostienen el modelo económico neoliberal de mercado. 

El racismo es una forma de violencia organizada porque está constituida por un conjunto de agresiones intencionales, por acción y omisión, estudiadas, programadas y ejecutadas por seres humanos con poder e ideológicamente alienados, por una cultura que se define como superior, que legitima, banaliza y justifica el asesinato, la humillación, la violación de los derechos humanos de otro grupo de seres humanos considerados diferentes por sus rasgos y el color de su piel. 

Desde otra perspectiva, todo gesto o acto racista es un atentado a la dignidad humana o el derecho que tiene cada ser humano, por el solo hecho de existir, de ser respetado incondicionalmente  y valorado como ser individual y social, es decir, como una persona cualesquiera que sean sus características y condiciones particulares. Por esta razón todos los actos de discriminacion racista dirigidos a las personas provocan sufrimiento y en los casos más graves trastornos traumáticos de diferentes contenidos, duración y gravedad. 

Un modelo comprensivo de la discriminación: una lectura ecosistémica

Este modelo consiste en considerar la discriminación racista como una producción social donde intervienen diferentes personajes, contextos y circunstancias (Bronfenbrenner, 2002).  

La aplicación de este modelo nos permite considerar el racismo desde una lectura que evite el reduccionismo lineal y que incorpore la complejidad creada por las múltiples personas y sus interacciones entre ellas y los diferentes factores que determinan los contextos en que estas interacciones se producen. El racismo se explica desde esta mirada como una producción social donde intervienen diferentes personajes, contextos y circunstancias. Esto le da sentido a su existencia. Desde los múltiples seres humanos en interacción y sus sistemas de pertenencia, que por activa y por pasiva intervienen en la producción del fenómeno (afectados, perpetradores directos, los terceros-cómplices y los y las terceras-activistas sociales que tratan de apoyar a los y las afectadas y realizar intervenciones de defensa de los derechos humanos para prevenirlo). Este conjunto de personas e instituciones con sus creencias motivaciones y conductas crean un sistema social que desde el punto de vista histórico y en el presente juegan un papel que produce y mantienen los fenómenos racistas o al contrario hacen que disminuyan o no ocurran.

El impacto de las conductas y las narrativas racistas 

Los proyectiles que cargan las armas del racismo son los prejuicios que se entienden como una actitud, expresados por conductas y expresiones verbales denigrantes hacia los miembros de un grupo que por ser diferente es considerado inferior y/o peligroso. Los gestos y actos discriminatorios son estímulos que el cerebro de las personas afectadas percibe como estresores o estímulos amenazantes porque violan la necesidad fundamental del ser humano de ser respetado en su dignidad, es decir, bien tratado en las relaciones interpersonales. Estas agresiones racistas cuando son graves y permanentes pueden causar dolor, sufrimiento y respuestas de estrés que por su intensidad y duración pueden agotar los recursos naturales tanto individuales como familiares y sociales que cada ser humano posee para hacer frente a la adversidad. Los dolores, el sufrimiento y el impacto de las respuestas de estrés se interiorizan como memorias traumáticas que se expresan como síntomas y síndromes diversos. En los casos mas extremos provocan la muerte de los afectados como es el caso de George Floyd. Actualmente, la discriminación racista se está convirtiendo en una violencia que se generaliza en Europa. En muchos países, el racismo está alimentado por unas respuestas a la inmigración de millones de personas que buscan sobrevivir, por parte de los estados de los países ricos con partidos políticos que son cada vez más xenófobos y que se camuflan con retoricas que banalizan o niegan el contenido racista de sus proclamas.

El racismo como una transgresión a la neurobiología del amor

La discriminación racista puede ser entendida como una transgresión a la neurobiología del amor que, según los biólogos y neurocientíficos chilenos Maturana y Varela (1984) define la naturaleza humana. (4) Esto se corresponde con la conectividad como imperativo neurobiológico propuesta por Porges (2017).

La discriminación puede ser entendida aplicando las ideas de estos autores, por la paradoja que crea la emergencia primitiva en los hombres y las mujeres consistente en la posibilidad de simbolizar en palabras y signos la experiencia y la realidad donde ocurre esta experiencia. La capacidad de simbolización abre también el camino a la producción de ideas y creencias que permiten la representación o consciencia de sí mismo y de los demás. Esta capacidad debería estar solo al servicio de la vida, o de la conectividad interpersonal, pero desgraciadamente esto no siempre es así. El racismo nos muestra dramáticamente la capacidad de los seres humanos de destruir a otros seres humanos a partir de representaciones ideológicas, religiosas u otras, todas posibles gracias a esta capacidad de representación de sí mismo y de los otros y del mundo que nos rodea. Esta posibilidad de existencia en "un relato" emerge de la experiencia y la consciencia de pertenecer a un grupo, a una especie particular y singular, distinta de otras especies, o de otros grupos de la misma especie. Esto proporciona al individuo la vivencia de grupo, de masa y como consecuencia la experiencia de no estar solo en el mundo y de sentirse seguro frente al vacío y el misterio de lo desconocido y lo incontrolable. El sentimiento de pertenencia a un grupo surge como fenómeno social inevitable, ligado al hecho de poder representarse la realidad transformándose en una necesidad vital pues aquel proporciona a los miembros individuales una experiencia de fuerza y de poder. La pertenencia a una familia, a un grupo, a una colectividad, amplifica por una parte las capacidades de adaptación al medio porque el "nosotros" posee más recursos y poder que el "yo" y el "tú"; pero, por otra parte, la perversión de este fenómeno por grupos de poder introduce el peligro de que el otro u otra diferente pueda ser vivido, en determinados momentos, como un peligro que cuestiona y amenaza este sentimiento de cohesión y de unidad. Esto puede llevar a dinámicas de control, sometimiento, maltrato y/o destrucción de otro ser humano por el sólo hecho de que éste sea diferente. Estas ideas pueden ser la base de la neurobiología del racismo, profundamente enraizada en el grupo de los perpetradores y los instigadores de las practicas racistas. 

Cada vez que un sujeto o un grupo humano cree que sus "formas" de ver y comprender el mundo (sistema de creencias, ideología, teorías científicas…) son verdades absolutas para defender a cualquier precio, aun destruyendo otras formas de vida y por ende otros seres humanos, estamos en la zona límite donde comienza la violencia organizada y una de sus manifestaciones: el racismo.  

En esta situación, las ideas o las creencias defendidas son más importantes que la condición humana del otro. Estas mismas creencias servirán para legitimar la discriminación y los racismos cuyas expresiones más atroces son la esclavitud, las guerras, los genocidios, la tortura, la violación y la mutilación genital de las niñas, la violencia a la mujer, los malos tratos a la infancia… 

No hay nada mas opuesto al racismo que las relaciones interpersonales de buenos tratos que tanto en la infancia como en la vida adulta permiten el desarrollo de las capacidades resilientes.  

El modelo de traumaterapia sistémica: una posibilidad de reparar el daño de la violencia racista   

El modelo de la traumaterapia sistémica es sistémico porque permite comprender el impacto traumático del racismo, considerando la relación entre el sujeto afectado, con sus contextos vitales y los entornos donde se produjeron las agresiones.  

Su base teórica científica está basada en los aportes de las neurociencias, los resultados de las investigaciones relacionadas con el impacto de los traumas en la personalidad y en el paradigma de la resiliencia. De este último hemos integrado que ninguna experiencia por muy traumática que sea tiene el poder de determinar la vida de los afectados, siempre y cuando estos reciban el apoyo solidario que merecen, es decir que conozcan el valor terapéutico de la reparación de la dignidad por el afecto y la solidaridad. Para que esto se produzca, los profesionales de la terapia tienen que servirles como una red humana donde cada uno con sus competencias y formaciones se impliquen para vincularse afectivamente con ellos y ellas asociándose a sus recursos, reconociéndoles como afectados, aportándoles apoyo y acompañamiento social y psicológico, mostrándoles alternativas realistas y esperanzadoras, creando climas de humor y ternura. Las intervenciones basadas en el apoyo y la promoción de la resiliencia individual, familiar y grupal tienen que asociar el realismo con la esperanza. El realismo es reconocer que cuando el daño es muy severo se puede aliviar el sufrimiento y el dolor pero como las heridas en la piel que cicatrizan, estos traumas resultado de la discriminación racista intensa y crónica pueden volver a doler en determinados contextos. Realista en el sentido de que las leyes y el sistema judicial que deben garantizar la restitución y la reparación social están como todos los sistemas humanos formados por personas que tienen sus propias visiones del mundo y es posible que sus creencias sean racistas en relación a los inmigrantes o a las personas de otros orígenes. Hay que ayudar a las personas discriminadas por el racismo a hacer la diferencia entre "la justicia" como un valor fundamental para garantizar los derechos humanos y "el ejercicio del poder judicial" que no siempre es justo, lo que da todo el sentido al combate, para que este responda a los valores que fundamentan el ejercicio de una justicia justa. 

El modelo de la traumaterapia sistémica está legitimado por más de 30 años de atención de personas afectadas por violaciones de los derechos humanos donde el fenómeno de la discriminación racista está presente de manera transversal. 

El racismo como experiencia traumática

Es toda aquella acción u omisión realizada por personas, grupos o instituciones que produce y reproduce desigualdades en el acceso a recursos y oportunidades tan disímiles como comida, servicios de salud, trabajo, educación o empleo, en favor o en contra de otras personas, grupos o instituciones. O el acto de separar o formar grupos de personas a partir de criterios determinados. O la violación de la igualdad de los derechos humanos por edad, color, altura, capacidades, etnia, familia, género, características genéticas, estado marital, nacionalidad, raza, religión, sexo u orientación sexual producen experiencias traumáticas o traumas.  

Las conductas racistas como estresores que activan el sistema de respuesta al estrés: una mirada traumaterapéutica 

Todos los actos y discursos enunciados y otros que forman parte de las pragmáticas de la discriminación racista son en el modelo traumaterapéutico considerados como estresores.  

Los estresores corresponden al conjunto de estímulos que pueden provenir del interior del organismo o del entorno exterior a él y que movilizan los recursos naturales del cerebro y del sistema nervioso para responder a ellos a través de lo que se conoce como respuestas de estrés, destinadas a mantener el funcionamiento sano o la homeostasis del conjunto de sistemas que componen el organismo humano.

Según su contenido, duración e intensidad se pueden distinguir: 

a) Estresores saludables internos como la sed, que conduce a la respuesta de hidratarse; o estímulos del entorno necesarios para el desarrollo de la mente, como los estímulos educativos.

b) Estresores que producen sufrimiento o dolores internos. Por ejemplo, un dolor de cabeza. O externo, como un acto o experiencia única de discriminación racista. O a nivel más personal, la pérdida de un ser querido. Estos estímulos pueden ser modulados con los recursos del organismo y el apoyo social. 

c) Estresores traumáticos o mórbidos. Internos, como una enfermedad grave. Externos, como un asalto, un secuestro, actos terroristas, malos tratos, procesos de discriminación prolongados como el racismo, la homofobia o el machismo etc. que provocan sufrimientos, trastornos y/o enfermedades. Porque sobrepasan o agotan los recursos naturales de las persones y sus redes sociales de apoyo. 

d) Estresores mortales. Son los que producen una amenaza a la vida y en muchos casos conducen a la muerte, como el caso del asesinato que inspira este articulo 

Foto: psicoactiva

Los estresores que producen sufrimiento -más aun los traumáticos o los mortíferos- son estímulos que por su contenido duración e intensidad desafían el equilibrio y amenazan la homeostasis del organismo humano -en este caso conductas y discursos racistas-. El cerebro activa de preferencia al sistema nervioso autónomo que tiene dos ramificaciones: el sistema simpático y el parasimpático, que a menudo producen reacciones coordinadas pero antagónicas. El Sistema Nervioso Simpático (SNS) responde a las situaciones que producen amenazas de alarma activándose: con miedo, lucha, huida y/o respuestas sexualizadas (Sapolsky y otros, 1990). En cambio, el Sistema Nervioso Parasimpático (SNPS) lleva a la inhibición. Ambos no pueden funcionar a la vez, la activación de un sistema hace que el otro se desactive. A estas respuestas se las conoce como respuestas al estrés y pueden producirse en cualquier momento de la vida cotidiana y desaparecen cuando la situación amenazante finaliza. Este conocimiento científico tiene una gran importancia para la comprensión de los malestares y de los síntomas psíquicos de personas afectadas por eventos o procesos de discriminación racista.

Los trastornos de estrés postraumático

Un acto, un insulto o un discurso racista es percibido por el cerebro como una amenaza. El cerebro registra la señal de alarma en un núcleo nervioso que se llama amígdala cerebral (hay una en cada hemisferio cerebral), la cual estimula el hipotálamo, otra región importante del cerebro llamado sistema límbico o emocional que produce una descarga de neuroquímicos: cortisol, epinefrina, norepinefrina y otros neuropéptidos, que activan intensa y repentinamente al Sistema Nervioso Autónomo (SNA) a través del Sistema Simpático, todo esto para hacer frente al estímulo (Perry 1994a). Cuando la amenaza es la consecuencia de estresores traumáticos severos, casi en la frontera con los estresores mortales, se puede activar bruscamente e intensamente el Sistema Parasimpático, llegando a producir una paralización global del organismo que puede llegar hasta un estado de petrificación o sideración que en los casos más severos algunos le llaman reflejo cadavérico. 

La activación del Sistema Nervioso Autónomo, con su rama simpática y parasimpática frente a las agresiones, resultado de la discriminación, es una respuesta adaptativa para hacer frente a estos estresores. Por las perturbaciones que produce puede generar un trastorno de estrés post traumático.

Las respuestas a las agresiones discriminatorias racistas, dependen de su contenido y duración, de cómo estaba la persona antes de sufrirlas y de la existencia o no de fuentes de apoyo afectivo social, jurídico y terapéutico que encuentre en sus redes familiares y sociales. Esto explica que las consecuencias pueden ser desde un malestar hasta un trastorno traumático de la personalidad o trauma complejo. 

En general, el contenido del acto de discriminación es vivido como una amenaza que implica un riesgo tanto para la vida como para la integridad psicológica de la persona. Por ejemplo, una mujer inmigrante es amenazada de muerte con un cuchillo, en un tren de cercanías, casi vacío, por una banda de sujetos racistas. Un ejemplo de amenaza psicológica o amenaza a la integridad o dignidad de la persona sería el de un hombre de origen africano que reclama porque la cajera de un supermercado le tira el ticket de compra a la par que le responde: “¡que me vienes a reclamar a mí, este es mi país, vuélvete al tuyo donde seguro recién están aprendiendo a bajarse de los árboles!”. En los dos casos el organismo de la persona puede responder con las manifestaciones que corresponden a los trastornos de estrés post traumático. 

El racismo base de trastornos traumáticos que pueden reactivarse en el tiempo

Cuando las agresiones de discriminación racistas corresponden a estresores traumáticos que produjeron trastornos de estrés postraumático en el pasado, aunque fueran tratados, es posible que, en el presente, al enfrentarse a nuevas situaciones de racismo -aunque sean de una modalidad diferente- puedan volver a presentar una sintomatología, como si estuvieran reviviendo en la actualidad lo que les sucedió en el pasado. Esto se explica por mecanismos neurobiológicos que son la base de lo que Boris Cyrulnik (2003) llama el “el murmullo de los fantasmas” y que corresponden a reviviscencias traumáticas. En situaciones reales o en las reviviscencias gatilladas por la activación de las memorias traumáticas, el cuerpo se prepara para defenderse o luchar. Lo que hemos aprendido que los estímulos o situaciones en el presente, con un parecido aunque sea pequeño, a situaciones de amenazas en el pasado, activarán el Sistema Nervioso Autónomo, que a su vez activará múltiples áreas cerebrales desde el bulbo raquídeo, pasando por el mesencéfalo (parte del encéfalo cuya tarea es conducir e impulsar los impulsos motores de la corteza cerebral de vuelta al tronco encefálico), el tálamo, el sistema límbico y las áreas corticales.  Es en este viaje donde emerge la sensación de malestar traumático que se expresa por los diferentes componentes de los trastornos de estrés traumático. 

Si la nueva amenaza en el presente es igual o peor a la vivida en el pasado, junto con las manifestaciones descritas, la respuesta de lucha, que puede manifestarse por desconfianza, criticas u hostilidad -dirigida incluso en contra de los suyos, o a los profesionales que les quieren apoyar-, la otra posibilidad es la activación de los mecanismos de huida o evasión. 

Cuando las amenazas desaparecen y/o las o los afectados se sienten de nuevo en seguridad por las acciones de otra persona o grupo de personas, que con una actitud afectiva y contenedora les aportan protección y acciones para que recuperen la confianza, el Sistema Parasimpático se activará normalmente, desconectando la activación simpática y permitiendo recuperar el estado de funcionamiento mental y la seguridad que existía antes de la amenaza. 

A título de conclusión 

Esto ultimo nos permite concluir este articulo afirmando que el mas valioso antídoto contra el racismo son las conexiones genuinas entre los seres humanos, a partir del respeto de sus diferencias y la reparación del daño sufrido por las agresiones traumáticas mediante la traumaterapia sistémica basada en los buenos tratos, la promoción de la resiliencia y en el  valor terapéutico del amor y la solidaridad.

Referencias

(1) El racismo es una de las tantas formas de discriminación que existen que están definidas por Comité de Derechos Humanos de las Naciones Unidas que recoge el término en el Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos de 1966: "... Cualquier distinción, exclusión, restricción o preferencia basada en determinadas razones, tales como raza, color, sexo, idioma, religión, opinión política o de otro tipo, origen nacional o social, posición económica, nacimiento o cualquier otra condición social, y cuyo objetivo o resultado sea cancelar o subrayar el reconocimiento, disfrute o ejercicio en condiciones de igualdad. , los derechos humanos y las libertades fundamentales de todas las personas”.

(2) Para saber mas sobre el impacto de la esclavitud ver “L´esclavage: quel impact sur la psychologie des populations? De Aimé Charles-Nicolas y Benjamin Bowser. Editorial Idem Campus, 2018. 

(3) Nació el 20 de julio de 1925 en Fort-de-France. A los diecisiete años se unió al Ejército Francés de Liberación para luchar contra la Alemania nazi. Volvió de la guerra indignado por la discriminación racial que existía en sus propias filas. Joven doctor en medicina psiquiátrica, jefe de servicio del hospital psiquiátrico de Blida (Argelia), donde pone en marcha un «servicio abierto» a disposición de europeos y argelinos. En noviembre de 1954, se incorpora al Frente de Liberación Nacional argelino (FLN) y las autoridades francesas lo expulsan de Argelia. En su primer libro titulado: ”Peau noire, masques blanc” [“Piel negra, máscaras blancas”], publicado en 1952, denuncia el racismo en Francia y en sus colonias.

(4) Ver El árbol del conocimiento. Maturana y Varela, 1984. Editorial Universitaria, Santiago de Chile. 

Bronfenbrenner, U. (2002). La ecología del desarrollo humano. Paidós Ibérica: Barcelona.

Cyrulnik, B. (2003). El murmullo de los fantasmas. Barcelona: Gedisa.

Perry, B. D. (1994a). Neurobiological sequelae of childhood trauma: post-traumatic stress disorders in children. In M. Murberg (Ed.). Catecholamines in Post-traumatic Stress Disorder: Emerging Concepts. Washington, D.C.: American Psychiatric Press.

Porges, S (2017). The Pocket Guide to the Polyvagal Theory. Norton: New York.

Sapolsky, R. M. (1990). Hippocampal Damage Associated With Prolonged Glucocorticoid Exposure in Primates. Journal of Neuroscience, 10 (9), 2897-902.

martes, 9 de junio de 2020

Curso internacional on line con Stefano Cirillo, organizado por Humaniza Santiago.

Curso internacional on line
17 - 24 de junio - 1 - 8 julio 2020


Stefano Cirillo
Información e inscripciones:


El desafío del trabajo terapéutico con adolescentes y jóvenes adultos.

¿Cuál es la mejor intervención posible?

Elección entre terapia familiar, terapia individual y terapias paralelas (paciente y familia).

Presentación

Stefano Cirillo nos presentará el modelo clínico de terapia individual y familiar desarrollado por la Scuola Mara Selvini Palazzoli en el trabajo con adolescentes, jóvenes adultos y sus familias. Esta perspectiva, que releva la importancia de una comprensión y abordaje relacional del adolescente con su sintomatología y sufrimiento, integra conceptualizaciones ligadas al apego y la personalidad que favorecen el desarrollo de una terapia sistémica compleja en la cual es posible abordar al adolescente y su familia, saliendo del “tabú terapéutico” que señala que la terapia indicada con el adolescente es una terapia individual e inhibe que el terapeuta genere otro tipo de sesiones conjuntas, ya sea a nivel diagnóstico o una terapia familiar, con la presencia del adolescente, sus padres y hermanos.

En el marco de la celebración de nuestros 20 años de existencia es, para el Instituto Humaniza Santiago, una inmensa alegría contar nuevamente con la presencia de Stefano Cirillo, a quien valoramos como un notable maestro sistémico del cual hemos aprendido sobre psicoterapia en diferentes contextos y de sus posibles intervenciones.

Stefano Cirillo es psicólogo, terapeuta familiar y formador de terapeutas, Co-Director de la Escuela de Psicoterapia Mara Selvini Palazzoli de Milán, Italia. Se ha dedicado por más de treinta años a la terapia familiar, la investigación y la formación de terapeutas sistémicos, y se ha especializado en temas como el cambio en contextos no terapéuticos y la aplicación del modelo sistémico en servicios sociales y de protección.

Ha publicado constante y rigurosamente las reflexiones que despierta su trabajo clínico y psicosocial, por mencionar alguno de ellos podemos nombrar: “Niños maltratados: diagnóstico y terapia” (1991), “La familia del toxicodependiente” (1999), “Malos padres: Modelos de intervención para recuperar la capacidad de ser madre y padre” (2005), y recientemente junto a la autoría de Matteo Selvini y AnnaMaria Sorrentino, el libro “Entrar en terapia. Las siete puertas de la Terapia sistémica” (2016).

El profesor Cirillo se ha dedicado de manera ininterrumpida a la atención clínica, la formación de terapeutas y la asesoría y capacitación de equipos, compartiendo con gran generosidad, sencillez y empatía sus aprendizajes con terapeutas sistémicos alrededor del mundo.

Dada las condiciones sanitarias actuales es que el Instituto Humaniza Santiago ha organizado el curso para dictarse de manera online, integramente en idioma español, a realizarse durante 4 miércoles en jornada de mañana hora de Chile: 17 y 24 de junio, 1 y 8 de julio de 2020.

Dirigido a psicólogos, psiquiatras y profesionales de la salud mental que trabajen en espacios públicos o privados.

El curso se realizará íntegramente en idioma español.

lunes, 8 de junio de 2020

Seminario: Cómo promover la resiliencia en psicoterapia infanto-juvenil, impartido por José Luis Gonzalo en el COP de Madrid, 18 y 19 de septiembre de 2020.


Seminario: Cómo promover la resiliencia 
en psicoterapia infanto-juvenil
(18 y 19 septiembre 2020)

Fuente foto: educayaprende.com

Imparte: 
José Luis Gonzalo Marrodán


Organiza: Colegio Oficial de la Psicología de Madrid

Información e inscripciones:


OBJETIVOS 


• Conocer el concepto de resiliencia y la diferencia entre resiliencia primaria y secundaria.

• Aprender de una manera aplicada los modelos de intervención en resiliencia infanto-juvenil.

• Acercarse al conocimiento de la terapia ecosistémica.

• Compartir diferentes experiencias fomentadoras de la resiliencia.

CONTENIDOS

• Concepto de resiliencia.
• La resiliencia primaria: resiliencia familiar.
• La resiliencia secundaria, de Jorge Barudy.
• Cómo promover los recursos de los niños y jóvenes para favorecer un proceso resiliente.
  - La rueda, de Bernardt
  - La casita, de Vanistendael
  - La bicicleta, de Forés y Grané
  - Factores de resiliencia, Grotberg
  - La tutorización de resiliencia (vínculo y sentido), Cyrulnik
• La traumaterapia ecosistémica de Barudy y Dantagnan.
• Experiencias
 - Resiliencia en acogimiento residencial
 - Resiliencia en el deporte (ciclismo)
 - Resiliencia en adopción
 - Los talleres fomento resiliencia infantil
 - Resiliencia en acogimiento familiar
• Otras

lunes, 25 de mayo de 2020

Introducción al nuevo libro de Rafael Guerrero, psicólogo, "Educar en el vínculo"



Educar en el vínculo

Rafael Guerrero, psicólogo

Para adquirirlo, haz click AQUI

Recientemente, ha salido a la venta el nuevo libro del psicólogo Rafael Guerrero, psicólogo. Él me invitó a escribir una introducción al mismo y yo accedí encantado y muy agradecido, pues me entusiasmó su propuesta. Me siento además próximo a los postulados psicoeducativos de mi colega Rafa, los cuales comparto. Pienso que emitimos en la misma frecuencia, y que el trabajo divulgativo (que llegue a las familias y a los profesionales que no conozcan la teoría del apego) es muy importante, clave. Rafael sabe, y además lo estructura, ordena y cuenta muy bien. Por todo ello, su invitación a que arropara su obra ha sido como un regalo para mí.

He planteado la introducción del libro tratando de anunciar y resaltar muchos de los contenidos que Rafael Guerrero aborda en él. A modo de aperitivo, mi intención ha sido despertar vuestro apetito por Educar en el vínculo, pues verdaderamente merece la pena aprender de la mano de Rafa cómo vincularnos sanamente con los niños, favoreciendo su autonomía y fomentando su regulación emocional y autoestima. En este libro lo desarrolla de una manera amena, pero sin perder ni un ápice de rigor científico y aportando sus conocimientos y experiencias en el trato con los niños y las familias.

Os copio la introducción que aparece en el libro para que os hagáis una idea de su contenido y os animéis a haceros con un ejemplar.

Introducción

Recibo como un regalo la petición de mi colega Rafael Guerrero de escribir unas líneas introductorias de su nuevo libro Educar en el vínculo. Usando una metáfora musical, Rafael me ha concedido el honor de ser el telonero de esta completa y atractiva obra que ha escrito sobre el apego y su aplicación a distintos ámbitos del desarrollo, la crianza y la educación.

Hablaré sobre la importancia de los buenos tratos a la infancia y presentaré el vínculo de apego seguro como la primera relación de buenos tratos que necesitamos experimentar las personas, tema central de este libro.

Antes de hablar de los buenos tratos a la infancia, ¿tenemos claro que son los malos tratos? Si hiciéramos una encuesta preguntando qué es maltratar, seguramente la mayoría de los participantes responderían que maltratar es toda acción que conlleve un daño físico y/o psíquico. Muchos de nosotros diríamos que maltratar es cualquier conducta que golpee, pegue, corte, produzca hematomas, lesione, queme, etc.  También mencionaríamos el maltrato psicológico: vejar, humillar, insultar, menospreciar, ofender, zaherir…  Lo más seguro es que, en los resultados de la encuesta, existiese un consenso claro sobre qué es maltratar. Sin embargo, es probable que muchas personas no incluyeran en esta definición dos aspectos que todavía, socialmente, no se consideran maltrato: el abandono y la negligencia emocionales, es decir, experiencias que teniendo que ocurrir en la vida del niño y necesarias para su desarrollo, no suceden (Winnicott, 2009). Y esto, aunque de manera pasiva, también daña. En el abandono emocional, el niño no cuenta con una figura adulta que le acompañe y permanezca involucrada mostrando empatía (una capacidad parental fundamental) y dándole la seguridad que necesita, para que pueda evolucionar desde la dependencia a la autonomía progresiva. En la negligencia afectiva, el niño no recibe todas esas vivencias de contacto afectivo y juego temprano, lo que Trevarthen (2016) ha llamado intersubjetividad: ese mundo privado e íntimo de comunicación sintonizada adulto-bebé donde ambos son una unidad, en cuyo contexto relacional el niño aprende a experimentar que es experimentado y darse cuenta de la existencia de la mente humana, desarrollando así la capacidad de reflexionar sobre la misma. Que un niño reciba esto de un adulto emocionalmente presente, empático e involucrado en juegos y estimulación afectiva y lúdica forma parte de las necesidades de aquel. ¡Y esto también son buenos tratos! Y si el niño no lo recibe, ¡esto también son malos tratos!, algo que nuestra sociedad aún no considera que es tan necesario para el desarrollo del niño como lo son la satisfacción de las necesidades fisiológicas. La conciencia de la mente humana, «la capacidad imaginativa para interpretar el sentido de la conducta de otros considerando sus estados mentales y sus intenciones, así como comprender el impacto de nuestros afectos y conductas en los otros», surge en interacciones afectivamente sincronizadas con un cuidador sensible y empático. (Fonagy, P. Gergely., Jurist, E., Target, M., 2002) En este sentido, Rafael Guerrero se extenderá sobre las investigaciones que nos muestran cómo la privación afectiva es tremendamente dañina para el desarrollo integral de los niños.

Existe socialmente un conocimiento y una toma de conciencia de que los malos tratos son perjudiciales para el niño, pero en general se tiene la expectativa de que es una experiencia que se puede superar. Sin embargo, esto no es exactamente así. ¿Por qué? Porque los malos tratos afectan -e incluso dañan- el cerebro en desarrollo de los niños, alterando (a veces de por vida) y desorganizando su funcionamiento. Teicher (2019), un eminente investigador de la Universidad de Harvard, ha demostrado que el cerebro se ve tempranamente afectado por el estrés de los malos tratos y ha recogido numerosas anormalidades en el funcionamiento cerebral. Este psiquiatra refiere que el cerebro puede desarrollar resiliencia de tal modo que las experiencias reparadoras (nuevos vínculos, una terapia, un programa educativo especializado…) pueden compensar las redes neurales afectadas y reducir la probabilidad de padecer un trastorno mental. Una persona, por tanto, puede transformarse y crecer desde la adversidad y el trauma, pero no puede resetearse como un ordenador, como si el maltrato no hubiese ocurrido. El cerebro es el mismo órgano para toda la vida y el estrés de los malos tratos puede resultar tóxico. Precisamente, Rafael Guerrero desarrolla en el libro la perspectiva de cómo las relaciones de buenos tratos tempranos favorecen la integración cerebral. Creo que estas investigaciones deben de concienciarnos aún más sobre la necesidad de que se instauren políticas de buenos tratos en todos los ámbitos y estratos sociales: familia, escuela, administración pública, juzgado, deporte… pues el bienestar y la salud de las generaciones futuras está en juego. 

Ahora que ya sabemos que son los buenos tratos, podemos centrarnos en por qué son tan necesarios para el desarrollo humano. Se ha descubierto en la investigación científica que los buenos tratos activos -todo lo que hacemos positivamente por nuestras crías- favorecen un sano desarrollo infantil. Los pioneros y fundadores del paradigma de los buenos tratos, Jorge Barudy y Maryorie Dantagnan, desde que escribieron en el año 2005 el libro Los buenos tratos a la infancia. Parentalidad, apego y resiliencia, en el cual expusieron ampliamente todos sus conocimientos sobre la materia (en la actualidad siguen su práctica profesional en IFIV y forman a profesionales desde este paradigma), dejaron claro que «los niños y las niñas necesitan ser educados con amor que no es incompatible con la autoridad, y también necesitan construir una identidad individual y social a partir de relatos coherentes, verídicos y respetuosos de los derechos humanos. Para organizar su cerebro y desarrollarse, los bebés necesitan sentir de sus padres o sus cuidadores: 

El contacto físico, en forma de caricias. 
Palabras que transmitan una melodía amorosa. 
Comportamientos constantes y coherentes que sean capaces de calmar la excitación provocada por sus estados de necesidad.
Una estimulación permanente que tome en cuenta la singularidad de su desarrollo».

Rygaard (2008) ha descubierto que «el tomar en brazos a un bebé, procurarle masajes y mecerle produce una estimulación vestibular que provoca las interconexiones entre neuronas de diferentes áreas, así como la mielinización, creando redes funcionales que garantizan su desarrollo psicomotor, la instauración del pensamiento, su inteligencia emocional, sus modelos relacionales, así como la emergencia del lenguaje, primero comprensivo y luego narrativo».

La afectividad es una necesidad para todo ser humano, y sobre todo para los niños, pues como dicen Siegel y Payne (2012) «si quieres que crezca su cerebro, alimenta su corazón». Son muchas las investigaciones que correlacionan los niveles de afecto materno temprano en la infancia con la capacidad de regulación de la ansiedad en la vida adulta. Así, por mencionar una, Maselko, Kubzansky, Lipsitt y Buka (2011) descubren en una amplia muestra que «niveles normales, e incluso altos, de afecto materno a los 8 meses tienen una relación directa con menores niveles de angustia a los 34 años…» Esto es trascendente por las implicaciones que tiene para una sociedad, por otro lado, cada vez más volcada en hacer a los niños prematuramente autosuficientes e individualistas, soslayando las necesidades afectivas. Socialmente se habla mucho más de que un bebé reciba estimulación cognitiva en los dos primeros años de vida (por ejemplo, estudie chino, aprenda música e idiomas) cuando lo que más va a influir en el pleno desarrollo de su cerebro y su bienestar biopsicosocial es el afecto que reciba de sus padres -o de los cuidadores- y de las personas con las que se relacione.  

Todo esto pone el acento en que el mundo adulto (empezando por los padres y terminando por cada uno y cada una de nosotros y nosotras, desde el rol que nos corresponda en la crianza y desarrollo de los niños) debe de procurar relaciones, actividades y entornos de buenos tratos. No buscamos padres ni adultos cuidadores perfectos (¡esto también sería negativo para el desarrollo del niño!) Necesitamos padres y adultos que -como todos- cometan errores pero que tengan suficiente capacidad de empatía y de reflexión para reparar sus actos, pues cuando fallamos también podemos darle al niño una lección ética y de recuperación de la conexión emocional, demostrando con ello que las discusiones o los desencuentros no lesionan el vínculo afectivo que nos une. (Siegel, 2012). Necesitamos padres y adultos conscientes de su responsabilidad y papel en el desarrollo del niño, pues este, para que pueda darse de manera sana, depende del entorno. Para un niño, su primer y principal entorno son sus padres (o figuras adultas que le cuidan). Y, después, las relaciones posteriores que establezca y que influenciarán su identidad: familiares, profesores, educadores, monitores deportivos, amigos, vecinos, compañeros, pareja… El desarrollo humano no depende solo de los genes sino de las relaciones, y estas han de ser de buenos tratos. La calidad de nuestro sistema nervioso depende de la calidad de nuestras relaciones (Siegel, 2012). De todo esto, y de cómo el primer y más importante lazo afectivo, el vínculo de apego, es clave para obtener el fundamento seguro para ser y estar en el mundo, se ocupa de manera brillante, creativa -estimulando la curiosidad con atractivas metáforas- y rigurosa -pero entretenida a la vez- este libro que tienes en tus manos, lector.


Rafael Guerrero desarrolla en este excelente libro la importancia de esta primera relación de buen trato que todo ser humano debe vivir y que es paradigmática de las relaciones que posteriormente vivirá. Me refiero a lo que acabamos de nombrar: el vínculo de apego. Solamente voy a dedicar unas líneas a enfatizar la enorme trascendencia de este vínculo temprano, pues Rafael Guerrero hace en el libro un cumplido y exhaustivo recorrido del apego y su trascendencia en la crianza y la educación.

Bowlby (1989), cuya infancia nos cuenta Rafael Guerrero, fue uno de los pioneros de la teoría del apego. Sus descubrimientos fueron asombrosamente simples a la vez que trascendentes: los bebés nacen con un equipamiento conductual, programado biológicamente, para vincularse con un adulto, pues ello les garantiza la supervivencia. Si el adulto le proporciona al niño cuidados y es sensible en captar sus necesidades, satisfaciéndolas adecuadamente, el niño crecerá, con alta probabilidad, sanamente. Por el contrario, unos cuidadores insensibles, negligentes, inconstantes o incoherentes, que no satisfacen apropiadamente las necesidades del bebé y no le ofrecen una experiencia de seguridad, traen como consecuencia un niño que no crecerá de manera saludable (Siegel 2007). 

Todas estas demandas que el bebé hace deben de ser atendidas porque son necesidades de apego para encontrar confort y regulación emocional a través del contacto con la madre o figura de apego. Cuando un bebé llora es necesario aliviar lo que internamente puede sentir (miedo, incomodidad, ansiedad, hambre, sueño, necesidad de confort afectivo…), porque no dispone de ninguna herramienta cognitivo-emocional para calmarse ni comprender lo que pasa. No puede decirse «tranquilo, cálmate, que tus padres se van de fiesta, pero luego vienen y están contigo, no llores». Necesita la presencia y el contacto de los padres para lograrlo. Si el bebé entra en un estado prolongado de necesidad y de llanto y está por un largo periodo estresado, segrega la hormona llamada cortisol que se ha demostrado que en grandes cantidades puede inundar el cerebro del niño y resultar tóxica (Gerhardt, 2016)  Por eso, cuando un bebé es tranquilizado mediante el contacto (las palabras suaves, los brazos, el mecimiento…) sus niveles de estrés se reducen y se regulará emocionalmente, entrando en un estado de calma y tranquilidad necesarios como «primera fotografía» que le deja la experiencia y la expectativa de que sus demandas y necesidades serán atendidas, desarrollando así una confianza y seguridad en el mundo humano y en el entorno. Aprenderá de esta manera, con el tiempo y las experiencias de confort y seguridad repetidas a lo largo de muchas interacciones con sus padres, a adquirir herramientas de auto-calma. Irá desde la corregulación con un adulto, a regularse solo. Desde la dependencia a la autonomía progresiva.

Además, es asombroso que el bebé para el primer año de vida y en función de lo que ha interiorizado en las experiencias de relación interpersonal con su cuidador principal, ya tenga una primera representación en su mente acerca de cuánta seguridad le merece este. El objetivo principal del vínculo de apego del bebé al cuidador es otorgarle una experiencia de seguridad.

El niño necesita al cuidador, por lo tanto, como base segura sobre la cual poder cimentar su desarrollo y crecimiento. Bowlby (1989) es el autor de este concepto y tiene un libro, En busca de la base segura, que me parece precioso. Porque todos necesitamos de una base segura a lo largo de la vida en la que apoyarnos en momentos críticos.

Los buenos tratos a la infancia no solo comienzan en la vida intrauterina con una madre que se cuida y recibe las atenciones médicas que necesita, con una pareja involucrada y capaz de compartir y apoyarle durante los nueve meses de desarrollo del feto, para que pueda estar tranquila y sea un embarazo donde ella y su pareja mentalicen y conecten emocionalmente, mediante felices comunicaciones neuroafectivas, con su hijo. Los buenos tratos realmente están inscritos en las historias de vida de los futuros padres, en la medida que han recibido ellos buenos tratos o han sido capaces de reflexionar y modificar la actitud y desarrollar capacidades parentales. Esto es lo que realmente va a propiciar que los padres traten bien a sus hijos desde el mismo momento en que son concebidos. Si, por ejemplo, un padre o madre tiene una historia de maltrato transgeneracional, una primera e importante tarea que tienen que hacer para no repetirlo con las generaciones futuras es reflexionar sobre estas experiencias y elaborarlas, cuestionando todo aquello negativo y dañino que hicieron con ellos -y con las generaciones anteriores- y que es muy probable que actúen con sus propios hijos, si no son conscientes, acrítica y procedimentalmente. Lo importante no es tanto haber sufrido un trauma de apego sino poder reflexionar, resignificarlo y cambiar la propia actitud. Esto es lo que más influye para que los padres tengan capacidad de proveer de buenos tratos a sus crías: sanar la propia infancia. Si los padres son capaces de esto, de reflexionar antes de ser padres sobre sus experiencias con sus propios padres y sobre su historia de vida, con esto ya comienzan a dar un buen trato a sus crías. 

Como corolario final podemos afirmar sin ambages: «No cabe ninguna duda de que el propio desarrollo cerebral depende de los cuidados y de los buenos tratos que cada persona haya recibido en su niñez como en su vida adulta» (Barudy y Dantagnan, 2005):
Hoy en día disponemos de unos conocimientos sobre el desarrollo infantil y la ciencia del cerebro como nunca antes habíamos tenido. Incluso teorías como el apego, muy relegadas durante años, han sido refrendadas por la neurociencia actual como el marco privilegiado desde el cual apoyar la educación infantil. Rafael Guerrero ha creado un completo libro dirigido a padres y profesionales donde desarrolla con detalle y de una manera más extensa, lo que en esta introducción estamos apuntando: que el buen trato y el vínculo de apego seguro son experiencias necesarias que aseguran el bienestar infantil.

La sociedad no nos lo pone nada fácil porque entre las fuentes de la parentalidad bientratante, como dice Jorge Barudy, también está la conciliación de la vida laboral y familiar. Hemos dicho que la afectividad es la necesidad más importante para el desarrollo del cerebro de los niños y, en consecuencia, es la base para que estos crezcan sanos y felices. Pero, paradojas de nuestra sociedad, las familias viven sin tiempo, corriendo y al finalizar la jornada están estresadas y cansadas como para poder escuchar, jugar y tener tiempo para la afectividad y la conexión emocional con sus hijos, que es lo que da calidad al vínculo de apego (experiencias más necesarias que los deberes escolares o estudiar música) Creo que algo no estamos haciendo bien pues sabiendo que el vínculo de apego es clave para el desarrollo del niño, los padres tienen largas jornadas laborales que les agotan y los horarios no se han creado pensando en los niños y en que aquellos puedan estar tiempo con ellos para poder darles lo que como niños necesitan y es su derecho. Por ello, aumentan los casos de negligencia afectiva, familias con «padres físicamente presentes, pero emocionalmente ausentes» (Schore, 2003). Y aumentan, con ello, alarmantemente, los adolescentes que se autolesionan, y el suicidio en esta etapa de la vida es la primera causa de muerte. Todo esto nos interpela seriamente y nos obliga a un cambio social profundo donde hagamos caso a la ciencia e invirtamos la escala de valores neuroprotegiendo a los niños, favoreciendo que los padres tengan una jornada laboral que les permita dedicar tiempo a sus hijos. Pero también psicoeducando a los padres sobre qué son -y la trascendencia que tienen- los buenos tratos y ofreciéndoles, desde la sanidad pública, recursos terapéuticos a todos los padres para que antes de serlo, puedan reflexionar sobre su propia historia de vida y crianza. 

A pesar de todo, creo que hay motivos para el optimismo. Pienso que los grandes cambios sociales empiezan por un número creciente de pequeños-grandes cambios que, como un reguero de pólvora, se van extendiendo y calando en muchas personas e instituciones. Incluso en pueblos enteros como Burlada (estructurado en torno a los buenos tratos) Un libro como Educar en el vínculo es una contribución inestimable para promover este cambio que se va gestando. Los profesionales del buen trato, como Rafael Guerrero, aportan una nueva mirada a la infancia que apuesta por relaciones sanas y de buenos tratos. Y esta pequeña-gran revolución esperamos que avance hacia quienes toman las decisiones sustantivas a nivel de política social y educativa (ya asistimos a experiencias de este tipo). Es el «realismo de la esperanza» (Cyrulnik y otros, 2004). Rafael Guerrero, con su gran labor, es uno de los protagonistas y promotores de este realismo esperanzador. 

Espero haber cumplido la misión de ser un telonero que haya despertado vuestro interés porque empiece el gran concierto que son las próximas páginas de este precioso libro, cuyas notas musicales traen la sinfonía del apego, la cual orquesta la partitura del desarrollo del niño de una manera armónica y bella.

REFERENCIAS

Barudy J., Dantagnan, M. (2005). Los buenos tratos a la infancia. Parentalidad, apego y resiliencia. Barcelona: Gedisa.

Bowlby, J. (1989). Una base segura: aplicaciones clínicas de la teoría del apego. Barcelona: Paidos Ibérica.

Cyrulnik, B., Vanistendael, S., Guénard, T. y otros (2004). El realismo de la esperanza.  Testimonios de experiencias profesionales en torno a la resiliencia. Barcelona: Gedisa Editorial.

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