lunes, 4 de noviembre de 2024

Adolescencia en conflicto con la ley, por Jose Castillo Piquer, trabajador social y traumaterapeuta sistémico



Adolescencia en conflicto con la ley
Apego, Trauma y Mentalización

Jose Castillo Piquer, trabajador social y
traumaterapeuta sistémico


Jose Castillo Piquer es trabajador social por la Universidad de Valencia. Especialista en Situaciones de Violencia Política y Catástrofes (Grupo de Acción Comunitaria- Universidad Complutense Madrid), así como Terapeuta Familiar y de Pareja (Escuela Vasco Navarra de Terapia Familiar - Centro de Terapia Familiar Fase 2 Valencia) y Traumaterapeuta Infanto-juvenil (IFIV Barcelona).

Ha desarrollado su práctica profesional durante 29 años en el contexto de la familia, infancia y adolescencia en situación de riesgo. Durante ese tiempo, entre otros, formó parte del equipo que busca y trabaja por la reagrupación familiar de jóvenes desaparecidos durante el conflicto armado salvadoreño (Asociación Pro-búsqueda), coordinó recursos de prevención en barrios de acción preferente (Ayto. Burjassot), trabajó en diferentes equipos de intervención familiar, e igualmente dirigió varias residencias de mediación y codesarrollo destinadas a jóvenes migrantes (Ceimigra-Jovesolides). Actualmente, y desde hace 15 años, en el Ayuntamiento de Valencia lleva a cabo su labor con aquellos adolescentes a los que un juzgado de menores le ha impuesto una medida judicial. 

De forma paralela publica periódicamente materiales relacionadas principalmente con infancia y adolescencia expuestas a experiencias de trauma y procesos de resiliencia, temas sobre los que también imparte formación en foros profesionales.



Adolescencia en conflicto con la ley
Apego, Trauma y Mentalización


Por Jose Castillo Piquer
Trabajador social y traumaterapeuta

Resumen

La finalidad de este artículo se dirige, junto a todo lo escrito ya por diferentes autores, a ofrecer una mirada explicativa y comprensiva de aquella adolescencia la cual se encuentra en conflicto con la ley.

Hacemos referencia a esa mirada que nos puede ofrecer claves importantes para comprender algunas de sus reacciones, modos de estar, así como muchas de sus conductas. Mecanismos defensivos en ocasiones, los cuales suelen estar relacionados con sus historias de vida y a su vez, con las historias de vida aquellos/as que les rodean.

En este caso la Teoría del Apego, así como los conceptos de Trauma Relacional Temprano (a partir de ahora TRT), Trauma Complejo (a partir de ahora TC) y mentalización, conformarán la base desde la que llevaré a cabo mi propuesta.

Palabras clave

Adolescencia, Apego, Jóvenes en conflicto con la ley, Trauma Relacional Temprano, Trauma Complejo, Disociación y Mentalización.

Introducción

En el estado español, es principalmente la Ley Orgánica 5/2000, reguladora de la responsabilidad penal de los menores -L.O. 5/2000-, aquella que establece cómo actuar jurídica y administrativamente ante un joven el cual es acusado de haber cometido un delito. A partir de ese delito se desarrollan un conjunto de protocolos de actuación. Del mismo modo se establece un variado grupo de medidas judiciales a imponer, en el caso que se le declare autor de los hechos que se le imputan.

Lógicamente éstas tienen un carácter sancionador. Aun así, lo interesante sería que dichas medidas, según refleja la normativa, también deben tener un carácter reeducativo, lo cual implica necesariamente se deba llevar a cabo una intervención psicosocial en la realidad de este joven, más allá del componente punitivo.

Otra de las ventajas del sistema penal de menores, y que en gran medida lo diferencia del de adultos, es que tanto la propuesta de las medidas a tomar por parte de la Fiscalía de Menores, como la misma sentencia judicial que finalmente impone el Juzgado de Menores, deben contemplar en gran parte aquellos factores personales, familiares y sociales del adolescente, los cuales se consideran pudieron tener relación con los hechos delictivos.

Hay equipos de profesionales encargados de la valoración del caso, así como también hay equipos de profesionales encargados de la ejecución de las medidas, los cuales dirigimos nuestra intervención hacia la comprensión de las causas que originaron “los hechos”. Tras ello buscamos la incidencia positiva sobre esas causas, para de ese modo evitar o reducir la reincidencia. Para lograrlo, una gran parte de la labor que llevan a cabo los profesionales que hacen el seguimiento de las medidas judiciales impuestas, en las que el joven y su familia llega sin demanda explícita y muchas veces sin conciencia de problema, consiste en generar dinámicas de relación, tomar conciencia de determinadas situaciones, reinterpretar y resignificar los síntomas que se observan y que están en la base del delito.

Sabemos que la realidad del joven que pasa por el juzgado de menores es compleja y desde luego, se ha ido tejiendo a lo largo de su vida desde diferentes ámbitos. Por cuestiones de espacio, y porque quizás sea el ámbito donde más avances se han dado en los últimos tiempos, en este artículo pondremos el foco principalmente en la dimensión individual.

Como decíamos, el espacio nos limita, aun a pesar de ello es importante considerar a la familia y sus competencias parentales, la escuela, la comunidad, las instituciones y sus respuestas, la dimensión moral, el contexto histórico, los procesos de resiliencia, etc. Dicho de otro modo, y como plantea de Rachea y Fernandez (2021) la conducta delictiva no puede, ni debe explicarse por un único factor; ha de ser estudiada desde una perspectiva multidisciplinar. Tengamos presente además que no suele resultar buena idea unir necesariamente fallas en la construcción del vínculo de apego, con una conducta delincuencial.

Dentro de la complejidad a la que hacemos referencia se encuentra toda esa batería de comportamientos y reacciones a las que nos tienen acostumbrados los jóvenes en determinados momentos. Comportamientos y reacciones insertos en un entorno concreto, el cual a modo circular, responde y ayuda a crear, siendo co-constructor y co-responsable de lo que está ocurriendo junto con el joven.

En muchas ocasiones, esa complejidad podría explicarse en parte desde la necesidad de seguridad para crecer y desarrollarse, las reacciones (a veces aparentemente incomprensibles) que se pueden llegar a desarrollar para asegurarla, y los efectos que se dan cuando no se ha tenido. Si a esto le sumamos otro tipo de experiencias traumáticas que han comprometido seriamente la integridad de los/as niños y niñas (en adelante, NNA), la batería de respuestas y de comportamientos puede ser muy variada, desde luego disruptiva y porqué no, delictiva.

Neurociencia, Psiquiatria, Piscología y Pedagogía, entre otras, han aportado avances significativos en las últimas décadas, los cuales nos han acercado de forma considerable a la comprensión de la infancia y adolescencia en general. Aun a pesar de ello, la sensación de deuda puede aparecer en el momento que hablamos de aquella adolescencia en situación de trauma, aquella que comunica con hechos disruptivos y que tantas veces se encuentra en conflicto con la ley y la norma en general.

Cómo planteamos, ésta y no otra pretende ser la finalidad última del artículo. Desde la larga experiencia acumulada, desde la actitud curiosa que implica la búsqueda casi constante, y desde el respeto a la práctica de mi profesión, la propuesta se dirige a contribuir en la reducción de esa misma deuda.

Las ideas planteadas en éste articulo refuerzan conceptos ya estudiados y expuestos por otros autores, así como paradigmas que articulan, tanto el diagnóstico profesional, como los itinerarios de intervención propiamente dichos. Para la redacción de este artículo adquiere especial importancia aquél que tanto Jorge Barudy, como Maryorie Dantagnan han denominado el “Paradigma de los Buenos Tratos”.

Las viñetas presentadas corresponden a casos reales, las cuales han sido convenientemente veladas, al objeto de preservar la confidencialidad tanto de los jóvenes como de sus familias. Con ellas apoyo lo escrito, ejemplifico y animo al lector a la reflexión.

Comprendiendo el término apego

Cuando hablamos de apego lo hacemos para referirnos a la unión afectiva estable y duradera en el tiempo entre el cuidador o referente y el bebé. Hacemos referencia por tanto a la seguridad que necesita y busca el niño o el adolescente, y que va a modular la forma a través de la cual éste va a mirarse a si mismo, va a ver también a los demás y a las relaciones personales en general.

Cozolino (2010) plantea que ser padre o madre es una forma temprana de transmitir al bebé la clase de mundo que hay ahí fuera. Daniel Siegel expone que no solo se garantiza la supervivencia psicológica, sino que el niño o el joven obtendrá del adulto (siempre y cuando se haya apegado), las herramientas emocionales necesarias para aprender a relacionarse, ganar seguridad y aprender a autoregularse emocionalmente.

La importancia de esta relación entre el referente y el niño va más mucho más allá. En palabras de Maryorie Dantagnan (2019), “es necesaria que ésta experiencia co-regulada entre quien cuida y quien depende, perdure en el tiempo, ofreciendo de este modo no solo seguridad, si no ofreciendo además el moldeado de la estructura y función cerebral, así como de sus redes neuronales”.

Se van construyendo por tanto aquellos cimientos sobre los que se sustentará nuestra personalidad. Junto a dicha construcción se irá instalando igualmente en nuestros ojos, algo así como unas gafas (si se me permite el símil) las cuales harán que nos veamos a nosotros mismos de un modo determinado, e igualmente nos ayudará a que veamos a los que nos rodean como portadores de más o menos seguridad. Con este ejemplo vendríamos a definir lo que se ha denominado como Modelo Operativo Interno.

Junto a ello, el niño en un primer momento y el adolescente después, ira desarrollando la conducta de apego. Dicha conducta, fue definida inicialmente por Bowlby (1996) como “el comportamiento que permite al sujeto conseguir o mantener proximidad con otra persona considerada como referente”. En condiciones de seguridad no suele activarse; no necesita hacerlo. Necesitaría de uno o varios sucesos, percepciones, problemas de relación con la figura primaria o gatilladores en definitiva, para que ocurra. Haciendo referencia a la adolescencia disruptiva o en conflicto con la ley, cabe tener presente este termino, pues en muchos de los delitos sobre los que trabajamos a diario, la conducta como herramienta de defensa o la conducta como reclamo, puede encontrarse sobre la base y eso es algo lo cual debemos considerar.

Singularidades del apego en la adolescencia

Es fácil darse cuenta en esta etapa evolutiva como de forma natural las expresiones de afecto, así como de cercanía emocional normalmente disminuyen; por no hablar del tiempo que pasan juntos padres e hijos.

El chico se ve involucrado en algo así como un conflicto entre la necesidad de apoyo parental en un momento en el que tienen que afrontar muchas tareas evolutivas, y la exigencia de exploración que requiere la resolución de dichas tareas.

Normalmente la experiencia nos dice que el adolescente mostrará una mayor tendencia a la exploración (positiva) cuando sienta que sus padres están disponibles y le muestran su apoyo. De hecho aunque aumenta sus conductas exploratorias e inhibe las manifestaciones abiertas de apego y aprecio, en condiciones de estrés vuelven a sus padres, que continúan siendo figuras importantes. Si “abrimos un poco más el objetivo de la cámara”, más allá de las figuras de referencia, necesitará también ser parte reconocida de un sistema familiar, en el que basa su pertenencia, en el que puede apoyarse, y en el que se le valora.

Otra de las principales características del momento del ciclo evolutivo en el que se encuentra el joven resultaría ser el hecho de que en él comienza la construcción de lo que denominamos apego adulto, y lo hace a través de la creación de sus relaciones de pareja y la vinculación con el grupo de iguales.

Tipos de apego

Si tenemos en cuenta lo dicho hasta el momento, es importante considerar que la posibilidad de que el estilo de apego posea unas u otras características, dependerá en gran parte, de las experiencias tempranas que mantuvimos con nuestras figuras primarias. A partir de aquí, el adolescente se puede ver inserto en un punto concreto de la línea que oscila entre el apego seguro, al más inseguro.

Se ha escrito mucho sobre la clasificación que organiza esta del Teoría del Apego (2012). No nos extenderemos en ella. Únicamente ofreceremos una breve descripción, teniendo presente que la verdadera importancia estriba, no tanto en el punto concreto de la clasificación donde se inserta el joven, sino en su grado y dimensión.

Como decimos se organiza en dos bloques. Por un lado lo que se denominó como apego seguro y por otro apego inseguro.

Apego Seguro

Tomando las ideas planteadas por Horno (2014), y haciendo referencia al apego seguro, lo podemos caracterizar como ese modelo en el que logramos sentirnos valiosos, sentir que tenemos un lugar propio en el mundo, así como capacidad para anticipar experiencias positivas a la hora de vincularnos con otros. Esta base permite al joven sentirse flexible, conectar emocionalmente con otras personas y comprender sus propias vivencias emocionales. Se trataría así de un modelo desde el que se puede ser más fuerte afectivamente, desde el que uno puede llegar a sentirse a salvo y desde el que nos podemos “lanzar a un mundo suficientemente seguro”.

Sin embargo, las historias que conocemos de los jovenes con los que trabajamos, nos suelen llevar habitualmente al modelo más inseguro. En él encontramos los siguientes tipos:

Apego inseguro evitativo

Javier es un joven de 21 años el cual no solo ha finalizado su formación superior con notas excelentes, sino que recientemente consiguió ser campeón nacional del arte marcial que practica. En años anteriores el policonsumo estuvo muy presente en su vida, llegando a concluir tras varias sesiones que a veces “no lo aguanto” (refiriéndose a su malestar emocional).

Se trata de un joven exquisitamente asertivo a la hora de poner límites para hablar de cuestiones personales. Casi al final de su más que extensa libertad vigilada quiso hablar de algunas de ellas.

En las primeras etapas de vida, el referente del niño pudo mostrar una combinación de angustia, rechazo, repulsión y hostilidad hacia él. A partir de aquí una de las emociones principales que queda instalada es el miedo. La premisa desde la que actúan estos niños o jovenes respondería al lema: “el mejor modo de que me tengan presente es no molestar”.

Con ello desarrollan una pseudoseguridad, caracterizada principalmente por la autonomía, al objeto de protegerse del rechazo. Aprenden que la expresión emocional normalmente es contraproducente.

Pueden llegar a ser muy buenos en todo aquello que tenga que ver con logros académicos, físicos etc …, incluso son capaces de relacionarse bien con los demás, aunque sea superficialmente. Aun a pesar de ello, cuando esta relación comienza a alcanzar cotas de intimidad, fácilmente pueden sentirse amenazados. Al haber desarrollado ya diferentes estrategias para huir de estos vínculos es muy fácil observar como evitan. Bakermans-Kranenburg (2010) y Mikulincer - Shaver (2003) presentan evidencias que nos hablan del mayor número de conductas externalizantes (conductas delictivas) en este modelo de apego evitativo, conductas dirigidas a restar importancia a las relaciones y tomar distancia de las figuras primarias que no responden.

Para estos jovenes, ser aprobados equivale a ser queridos. Poseen una imagen de si mismos que en realidad no los refleja, ya que al no habérseles validado necesidades, sentimientos, etc … ellos mismos tampoco pueden validarse. Se desorientan.

En cualquiera de las etapas de su relativamente corto ciclo vital, es fácil que aparezcan respuestas disociativas. Si nos situamos en etapa adolescente y además, en etapa de ésta adolescencia concreta, hay que considerar el riesgo de que puedan darse respuestas que lo adentren en algunos de los tipos de trastornos dicosiativos.

Haciendo un breve paréntesis, diré que hablar de disociación resulta muy importante en un contexto como el nuestro. Se trata de un concepto complejo, el cual tiene en la mayoría de ocasiones una base también traumática.

Conchi Martinez Vázquez (2020) cuando hace referencia a él, lo hace del siguiente modo: “ (…) en condiciones normales el sistema nervioso está pre-programado para responder con una batería de respuestas. El problema vendría cuando estos sistemas automáticos han de mantenerse mucho tiempo, y se convierten en patrones que acaban activándose fuera del contexto para el que fueron generados, reaccionando ante situaciones inofensivas como si estuvieran ante una amenaza vital”.

A partir de aquí, a partir de este bloqueo del sistema nervioso, pueden darse muchas de las conductas que habitualmente observamos en jóvenes en conflicto con la ley. Con ello nos referimos a estallidos de ira, negación de una conducta, el sentir miedo sin motivo aparente, un consumo abusivo de un tipo u otro de droga, quedarse ensimismado o desconectado, salir de la entrevista y borrar gran parte de lo hablado ese día, y un largo y creativo, etcétera.

Con todo ello, el joven con el que trabajamos desde un programa como el nuestro, y que podría entrar en la categoría de inseguro-evitativo, es muy posible se muestre con la principal estrategia del distanciamiento, inserto en discusiones poco productivas, no pudiendo buscar soluciones a determinados problemas, y tendente a rechazar la relación con los padres, la educadora que lo atiende, el psicólogo del centro de protección, la doctora del centro de salud, etc.

En referencia a sus amistades suelen manejar una comunicación distorsionada, manteniéndose alejado y a salvo emocionalmente, así como desarrollando unas expectativas de los otros muchas veces irreales.

Apego inseguro ansioso-ambivalente

Sara, de 17 años mantiene un conflicto encarnizado con su madre, el cual le ha generado ya dos juicios y las consiguientes medidas judiciales.

Aun a pesar de ello, viendo los movimientos que con el tiempo va haciendo, no parece que éstos la encaminen a comenzar a tomar distancia de la familia e ir pensando en hacer su vida. Por su parte, tanto el padre como la madre, parecen estar muy (y únicamente) concentrados en el exitoso itinerario formativo del hermano mayor, el cual encajaría perfectamente en lo que es la empresa familiar.

Mientras tanto Sara reta, desobedece, consume e incluso en momentos de gran tensión en el domicilio, llega a agredir.

De pequeños tuvieron una falla en la sincronía y/o disponibilidad emocional de sus referentes. En muchos momentos no sabían si la madre y/o el padre estaban disponibles, y si lo estaban, tampoco sabían en qué grado.

Tatuaje de una joven que expresa la rabia


Así como en el modelo evitativo la consigna se relaciona con el no molestar, en éste tiene que ver más con el hecho de activar la conducta para de ese modo, intentar tener la sensación de que posee la atención y el cuidado de la figura de referencia Mikulincer - Shaver (2003).

El tiempo va pasando, y si esta situación se mantiene, el joven continúa sintiendo de forma protagónica un grupo de emociones relacionadas principalmente con la rabia. La conducta de apego, esa conducta que se dirige a buscar la atención de los referentes, se activa permaneciendo así la mayor parte del tiempo.

Se trata de un modelo en el que se encuentran muy presentes niveles altos de ansiedad, y en el que se observa preferencia por la fusión emocional. Se trata también de un modelo en el que las llamadas de atención, la excesiva dependencia (muchas veces disfuncional) al grupo de iguales, la agresividad, la hiperactivación del sistema nervioso y sus respuestas, los problemas para concentrarse, etc, suelen ser habituales.

La mayor parte de la energía se les suele ir en el plano afectivo, quedando bloqueados para poder concentrarse en la realización de tareas, por ejemplo formativas.

En la adolescencia es muy probable que continúen desarrollando tácticas coercitivas, las cuales en el fondo provocarán que las relaciones continúen siendo algo doloroso de manejar. De igual modo esta conducta puede ser altamente disruptiva, caracterizándose por una gran dificultad para controlarse.

En este modelo, la seguridad que pretenden alcanzar se relaciona con la ideación de que cuanto más conducta activen, más de esa seguridad obtendrán de padres, referentes, iguales y pareja. Sabemos que en realidad no será así. Es fácil observar en ellos un interés real por el grupo de amigos, pero como decimos, es fácil también observar la ansiedad que les genera el saber como actuar en él, así como las dudas que los asaltan entorno a la disponibilidad de tal amigo o tal otro.

Algo similar ocurriría con la pareja, con la que pueden sentir un nivel más que relevante de inseguridad, desencadenante en ocasiones de muchas discusiones, agresiones incluso, episodios de celos, y un destacado etcétera, con los que nos solemos encontrar a diario en una entrevista o un simple acompañamiento.

Apego desorganizado

Alvaro es un joven con un buen nivel de comunicación, respetuoso e incluso con capacidad para la autorreflexión. En ocasiones viene así ,y desde luego es fácil trabajar con él.

En otras, se presenta a las entrevistas desactivado, desafiante, pesimista e incluso agresivo y reactivo. Perdió a sus padres biológicos, perdió su país de origen, perdió a sus padres adoptivos, y ahora anda por nuestra ciudad sabiendo que en breve dejará de estar protegido.

Seguramente dormirá en la calle. Se trata de otro de los chicos, el cual defiende su necesidad de consumir, de cara a soportar el día a día.

En este modelo, las figuras que debieron proteger y dar seguridad, no solo no lo hicieron, sino que además terminaron en bastantes ocasiones convirtiéndose en fuente de terror. Si hay una emoción predominante en estos casos seguramente será la del miedo crónico.

Así como en los dos modelos anteriores se desactiva o activa la conducta, en este se pueden alternar las dos con la firme sensación de que nada funciona. De hecho sus experiencias están tan invadidas por la memoria traumática, que ni siquiera son capaces de organizar la respuesta. Las estrategias defensivas se encuentran colapsadas.

Las situaciones de trauma, como veremos más adelante, tienen consecuencias concretas en el niño y en el joven, y eso es algo que también se va a evidenciar en la comparecencia de un juzgado de menores o la exploración de un delito en la fiscalía.

De modo esquemático enumeramos algunas de ellas:

Se deben situar en la memoria a corto plazo, dado que las zonas y funciones cerebrales encargadas de enfrentar el estrés están casi constantemente activadas, impidiendo que funciones como la memoria a medio y largo plazo puedan estar presentes.

En ellos los secuestros emocionales pueden ser habituales y recurrentes, pasando de la desactivación a la explosión.

Poseen verdaderas dificultades para prever el peligro, así como dimensionar algunas de las consecuencias de sus actos, lo cual se relaciona con una afectación en la arquitectura cerebral y del sistema nervioso.

La relación con sus iguales fácilmente serán superficiales, cortas y conflictivas. Si llegan a ser duraderas, es muy posible también sean destructivas. Se acercan desconfiadamente a una nueva relación para retirarse de modo impulsivo y con gran intensidad.

Cabe tener presente cuando interactuamos con ellos, que dentro llevan bloqueada información que les resulta insoportable y que en ocasiones “acaban recordando sin saber que lo están haciendo”, a través por ejemplo de una respuesta salida de tono, una expresión somática, un estallido emocional, etc.

Y por ultimo haremos referencia a la hiperactivación, la cual también está presente en muchos de ellos, a modo defensivo. Maryorie Dantagnan utiliza una metáfora que me gusta especialmente. A través de ella compara a estos niños y a estos jóvenes con patitos de feria, los cuales pueden recibir un disparo en cualquier momento. Si de pronto convertimos ese objeto de goma, inerte por supuesto, en un niño, un joven o un adulto, resulta fácil entender que deba y pueda defenderse. Quizás escondiéndose, quizás atacando al que dispara, quizás distrayendo, tan vez haciendo como que no está, …

Se trata del modelo en el que los ejercicios de disociación están más presentes.

Pues bien, quizás se trate del modelo más complejo a interpretar, diagnosticar y sobre el que incidir. Quizás igualmente se trate del modelo en el que se se pueden situar un buen número de los jóvenes infractores con los que trabajamos.

A poco que trabajemos con ellos, con la comunidad, con la familia, con el sistema educativo, etc, será fácil observar muchas o algunas de las citadas características, las cuales van más allá de las habituales en esta etapa evolutiva del joven.

Para desarrollar mejor esta clasificación ha sido necesario crear en ella subcategorías. Basándonos en lo escrito por Barudy.J, y Dantagnan. M (2005), las expondremos como:

Controlador punitivo agresivo

Suelen canalizar el miedo y la impotencia a través de la agresión al otro. Los comportamientos oposicionistas, el culpar a los que lo quieren ayudar y las conductas coactivas tales como robos y mentiras, suelen ser habituales.

Controlador - Cuidador compulsivo

No reciben los cuidados, sino que son los que los brindan en muchas ocasiones. Suele tratarse de hijos parentalizados o conyugalizados, los cuales llegan en muchas ocasiones a ejercicios de sacrificio personal relevantes con tal de preservar el sistema familiar, por ejemplo.

Controlador Complaciente compulsivo

Suelen sentir una necesidad exagerada por complacer a sus cuidadores, sacrificando a su vez sus propias necesidades afectivas. Normalmente el grado de ansiedad en la relación con los referentes es muy alta, tal vez - y sirva como pista - porque en ella han habido episodios de prácticas abusivas y violentas. La hipervigilancia hacia sus padres es algo habitual.

Indiscriminado Inhibido

Pueden mostrarse pasivos, hipervigilantes en relación sobretodo con los adultos. Es fácil verlos en un taller o en una entrevista por ejemplo replegados sobre si mismos la mayor parte del tiempo.

Indiscriminado deshinibido

Suele tratarse de jovenes con historias largas de institucionalización. En ellos las relaciones son aparentemente ágiles y muy abiertas, pero con una carga de afecto confuso. A medida que cumplen años, el enfado, los comportamientos destructivos y la ausencia de empatía, llegan a representarles conflictos significativos. Cuando las relaciones se vuelven cercanas, la ansiedad aparece e intentan controlarla a través del control, la exigencia y el miedo.

Trauma Relacional Temprano y Trauma Complejo en jovenes infractores

La ausencia de contacto físico, de seguridad emocional y de pertenencia a la familia representa una de las privaciones más dañinas, llegando a dificultar como ya se ha apuntado , a la propia maduración cerebral. De hecho el maltrato emocional, así como el abandono crónico pueden ser igual de devastadores que el abuso físico y sexual: que no te vean, que no te reconozcan y no tener donde ir, es destructivo a cualquier edad. A partir de ahí la experimentación con drogas, alcohol, trastornos alimentarios, etc, podrían representar la búsqueda de algo de alivio (Van Der Kolk 2015).

Hasta el momento, y sin citarlo como tal, lo que se ha denominado como Trauma Relacional Temprano (TRT) ha estado muy presente en estas biografías en las que el niño, el joven ha tenido problemas a la hora de obtener la seguridad necesaria para madurar y crecer. Schore (2003) lo definió como aquellas “experiencias límite y/o carenciales repetidas en los primeros años de vida, dando especial importancia al hecho de que muchas veces se trata de experiencias relacionales fallidas”.

La siguiente dimensión tendría que ver con el Trauma Complejo (TC), el cual en palabras de Van Der Kolk (2005) quedaría definido como “la exposición continúa en niños, adolescentes y adultos a traumas interpersonales crónicos, prolongados, que en su curso presentan trastornos psicológicos”.

Ya no se trataría únicamente de la ausencia de figura de referencia en edades tempranas, sino que además se trataría también de la presencia de otras experiencias límite que se han dado y se siguen dando en la biografía del joven, y que desde luego generan sus consecuencias. Algunas de las consecuencias de estos malos tratos, en clave general, han sido expuestas también por autores como Benito. R, y Barudy. J (2021), y lo hacen con las siguientes palabras: “ (…) se trata de estresores que causan dolor físico, mental, sufrimiento y reacciones de estrés mórbido que por su intensidad y duración agotan los recursos naturales para calmar los dolores y el estrés, y se interiorizan como síntomas que en la mayoría de ocasiones corresponden a la llamada psicopatología juvenil”.

Una de las técnicas que se usan en Traumaterapia sistémica
realizada por un adolescente.


Seguimos hablando del impacto del TRT y el TC en los jóvenes. Esta vez desde un plano más concreto y para hacerlo me apoyaré en dos ejemplos.

Leo proviene de una familia monomarental de origen hondureño. Se dieron años de separación entre su madre y él cuando era pequeño. Finalmente se reencontraron en España. La madre se siente y está al límite, viéndose atrapada en la situación de exclusión en la que se encuentran, y arrastrando además experiencias límites en su propia historia, relacionadas principalmente con la violencia de género. Para ella, en muchas ocasiones, el castigo físico puede ser una herramienta educativa más en el rol marental con Leo.

Hablamos de un joven que acaba de cumplir 18 años. Se le impusieron dos medidas judiciales, las dos relacionadas con peleas con otras personas en las calles de la ciudad. Presenció el fallecimiento de su padre, así como el de los dos posteriores compañeros de la madre, con los que había generado una relación muy estrecha en su infancia y preadolescencia. Los tres murieron de forma repentina e inesperada, teniendo él solo que atender “in situ” a los dos últimos en el momento que fallecen.

Al parecer ha participado en algún que otro episodio violento más, pero no se le llegó a detener. En el escenario de las entrevistas reconoce suele alterarse mucho cuando alguien le mira fijamente. La propia madre, así como algunos de los profesionales que han pasado por su vida, lo han acusado de no querer asumir sus responsabilidades, y de “pasar de todo”. De igual manera no logra definir en qué área quiere trabajar el día de mañana, y desde luego, no parece haya desarrollado un sentimiento muy solido con sus amistades. Como él afirma “por las tardes me voy al parque, porque si no con quien voy a estar?”.

Como otros muchos jóvenes, se muestra casi constantemente en un estado de irritación, muchas veces de hipervigilancia, otras de desconexión aparente, desorientado, esquivo en la mirada y ocasionalmente muy explosivo.

Existen evidencias claras de que cualquier suceso que pudiera asociarse tanto al TRT, como al TC, así como otro tipo de traumas, va a ser susceptible de que afecte o dificulte la maduración de los lóbulos pro-frontales y con ello, hay además un riesgo más que probable de afectación en las llamadas funciones ejecutivas  (En términos generales el concepto de funciones ejecutivas hace referencia a una constelación de capacidades implicadas en la resolución de situaciones novedosas, la inhibición, la formulación de metas, la planificación y estrategia de cara a lograr objetivos, las habilidades en la ejecución de los planes, la velocidad de procesamiento cognitivo, la toma de decisiones, etc.)

Efectivamente, Leo tenía problemas en esto de observar y asumir las consecuencias de su conducta. Normalmente, o bien no llegaba a verlas, o cuando lo hacía las veía de forma distorsionada. De hecho en los momentos en los que podía llegar a reflexionar, eran evidente los sentimientos de culpa en él para con algunos de los agredidos.

Otras de las consecuencias que observamos cuando las funciones ejecutivas están dañadas son los problemas en el desarrollo de la empatía, el manejo de las frustraciones, la limitación del autocontrol, pero sobretodo la tendencia de pasar al acto agrediendo. El daño neuronal que en ocasiones se representa en las sesiones con adolescentes infractores posiblemente sea más grande de lo que imaginamos. Las situaciones de TC nos pide que cuanto menos consideremos esta opción. Autores como Pollak. S.D, (2005) nos ofrecen la idea de que “ En niños y jóvenes con trauma complejo no es solo la cantidad de conexiones neuronales que están alteradas, sino también la calidad de las mismas”. A partir de ahí, la distorsión o malinterpretación de las señales del otro, incluyendo la de los referentes, puede ser habitual.

En este tipo de historias de vida, más allá de la interpretación que en este caso Leo hace de las miradas y gestos de los demás, el sistema de respuesta está activado en muchas ocasiones. La neurobiología nos habla de que los sistemas nerviosos que han atravesado y están atravesando situaciones de TRT o TC son más sensibles que los otros. Ha demostrado que aquellos órganos cerebrales encargados de percibir el riesgo, así como activar el sistema para la respuesta, muchas veces están sobreactivados. Además, ha demostrado igualmente como hormonas y neurotransmisores, los cuales tienen como principal función preparar el cuerpo para responder a una supuesta amenaza, toman el control del sistema sin llegar después a nivel basal. Hablamos del cortisol, adrenalina, noradrenalina y dopamina, entre otros.

En el caso de Leo así fue. A raíz de su ingreso temporal en una unidad psiquiátrica, sus analíticas demostraron que, efectivamente, estos niveles de cortisol se encontraban considerablemente elevados.

Volviendo a la esfera de estas funciones ejecutivas, fácilmente podemos observar también alteraciones en las representaciones de las relaciones afectivas y sociales de estos adolescentes. En el caso de este joven, por mucho que intentemos ser exquisitos manejando, tanto la comunicación digital como analógica, su bloqueo para percibirlo e integrarlo (y por tanto para mantener sus defensas desactivadas cuando no tienen sentido) parece evidente. Puede resultar muy complicado lograr conectarnos de algún modo con ellos, y desde luego puede ser también muy complicado que integren un reconocimiento o un alago por ejemplo.

Y por último, quiero destacar igualmente las limitaciones en lo que tiene que ver con la reconstrucción de la narrativa sobre los hechos traumáticos. En el caso de este chico no llegamos realmente a este punto. Y no fue así por varios motivos: por una parte porque el programa de medidas judiciales desde el que trabajé con él no se conformaba como un espacio terapéutico, segundo porque mi rol en la intervención no era de terapeuta, y tercera porque normalmente éste es uno de los trabajos que se deberían llevar a cabo en las últimas áreas de intervención (antes se deben afianzar otros objetivos). Finalizó el cumplimiento de sus medidas antes de iniciarla.

Cuando hacemos referencia a limitaciones en la reconstrucción de la narrativa nos referimos a la verbalización, al encontrar sentido, y al hecho de llevar a cabo una narrativa coherente a través de la cual pueda empezar reconstruir. De forma puntual en varios momentos del trabajo nos encontramos con que Leo regresaba tanto a los hechos delictivos como a momentos de su historia personal. Lo hacía con lagunas en sus recuerdos, lo cual es habitual en situaciones de trauma. No lo pudo hacer hasta pasado un año aproximadamente desde que comenzamos a trabajar. Lo hacía desde nuestro temor, pues en ocasiones estaba abriendo Cajas de Pandora sin saber realmente quienes en su contexto personal y familiar le iban a ayudar a regularse en el caso de que fuera necesario (cuando lo dramático es que se siente y está solo realmente). Y desde luego lo hacía también, valorando que estas cosas le ocurrían a él porque en el fondo “soy mala persona”.

Con este y otros tantos muchachos me vienen a la mente las palabras de Jose Luis Gonzalo Marrodán cuando nos hablaba de disociación. En ellas afirmaba que “en las representaciones mentales de estos jovenes se pueden ver cosas realmente horribles”.

Un joven representa simbólicamente su yo de antes, que contiene
recuerdos traumáticos.

Veamos otro ejemplo. Conozcamos el caso de Lucía

Lucía tiene 16 años. El delito por el que se le juzgó es un delito calificado de maltrato familiar. En la casa vive con sus dos padres, al parecer enzarzados en un conflicto constante, en el que ella misma se ve atrapada en muchas ocasiones. La violencia entre los cónyuges es habitual.

Si en casa desobedece alguna vez, el padre coge al perro, le envuelve el hocico con precinto y con una bolsa comienza a asfixiarlo hasta que Lucia grita, llora y finalmente hace caso.

Paralelamente las descalificaciones hacia su persona por parte de la madre son casi constantes, así como la inmovilidad del padre cuando esto ocurre. Si no acude al gimnasio la castigan, y desde luego, todos los martes está obligada a tomarse medidas de pecho, cintura y cadera. Hace un tiempo mantuvo una relación con un joven el cual la maltrató en repetidas ocasiones, sospechando además que hubieron episodios de abuso sexual.

Cuando entra en la sala en la que solemos vernos, observa meticulosamente los cambios que han habido en el tiempo que no nos hemos visto. Si le doy a elegir donde sentarse, ella siempre escoge la misma silla, aquella que mira de frente la puerta y de lado la ventana. Un alto porcentaje de la entrevista debe invertirse en ayudarla a situarse dentro de la ventana de tolerancia; solo a partir de ahí podemos comenzar a conversar.

Hace ya un año que abandonó sus estudios. Sale muy poco de su casa. Lo hacía puntualmente cuanto estaba con su novio al que parece que cuidaba, cuidaba y cuidaba. Aunque intenta ocultarlos, es habitual observarle lesiones tanto en los antebrazos, como en los muslos. Se trata de una joven fiel defensora de la ropa ancha y oscura, nada amiga de los espejos y alguien con mucha imaginación.

De nuevo nos encontramos con una joven con un sistema de defensa hiperactivo. La singularidad en este caso es que a diferencia de Leo, normalmente Lucía no explota, sino que implota. Atrapada como se encuentra a su aun corta edad, en un sistema familiar que la descalifica, la agrede y además la instrumentaliza, en muchas ocasiones se ve sin salida y posiblemente lo esté. Atrapada así en un entorno anormal, es fácil comprender sus comportamientos anormales. La madrugada en la que ocurrieron los hechos por los que la imputaron, estos comportamientos fueron catalogados de delito.

Perry & Pollard (1997) en relación a la infancia maltratada exponen: “si el bebé o el niño tiene que estar todo el tiempo defendiendo de un entorno amenazante, entonces las funciones críticas a nivel fisiológico, cognitivo emocional y conductual, mediados por áreas como el bulbo raquídeo, sistemas de neurotransmisores del mesoencéfalo u otros sistemas llegarán a estar hipersensibles al estrés”.

Si el daño permanece, como es el caso de esta joven, uno de los escenarios más que posibles es que cualquier estímulo inesperado los ponga en alerta. Gran parte de la energía se le va por ahí, lo que podría empezar a explicar como es que nunca pudo llegar a aprender matemáticas y ciencias naturales al mismo nivel que el resto de compañeros de clase, o porqué tenemos que invertir tanto tiempo en crear un espacio seguro en las entrevistas, por citar solo algunos ejemplos. Lo que para nosotros pasa desapercibido, para ella puede ser amenazante.

Más allá de este estado de alerta constante, de nuevo debemos tener presente además la respuesta del sistema nervioso, es decir las consecuencias de la activación de esa alarma, la cual parece que en su caso está algo así como atascada. La Teoría Polivagal habla de que una de las posibles respuestas del sistema nervioso es la lucha o la huida. Parece que habitualmente Lucía “huye”. Aun así, que en momentos determinados responda también desde la “lucha”, a mi modo de ver, es fácilmente esperable, y más si observamos en ella indicadores de desorganización.

Cuando exploramos con ella el delito por el que en su día se le juzgó, así como otros momentos de violencia que hubieron en la casa, esto es algo que se ve claramente. Pensamos que no termina de dimensionar del todo el nivel de esta hiperactivación y las posibles y posteriores respuestas; aun a pesar de ello es capaz de darse cuenta de que en muchas ocasiones “está muy pendiente de todo” como nos dice, y que a veces algunas cosas le hacen explotar.

Es habitual que desde nuestra vocación tendamos a pensar que trabajar con estos adolescentes consiste principalmente en proveerlos de amor y de una relación sana. A mi modo de ver es un error. Como dice Niels Peeter en referencia a este amor: “no basta ni es lo primero en trabajar”. En el caso de esta joven, avanzando en el proceso de trabajo y ya en un contexto terapéutico, los profesionales deberemos ayudarla a comprender que los mecanismos mediante los cuales suele defenderse abarcan una parte de su persona más grande de lo que ella imagina. Volviendo a Niels Peter Rygaard (2008): “en ocasiones la defensa no es solo una parte de la personalidad, sino que es la personalidad misma”.

Esta misma defensa, desde una segregación hormonal alterada y una estructura del sistema nervioso afectada, en muchas ocasiones consiste en centrar la energía en no pensar y no sentir los residuos del terror y del pánico. Para ellos comprender cómo el cuerpo y la mente se defienden, puede resultarles muy difícil. En numerosas ocasiones no hablan, únicamente actúan y manejan como pueden los sentimientos de rabia con desconexión, con agresividad o desafiando. La agresividad que en su momento provocó fuera detenida por la policía al agredir a su madre, es una agresividad similar a la que practica en estos momentos contra ella misma autolesionándose.

Mentalización

Si todo lo expuesto hasta el momento nos lleva a dimensionar una parte considerable de la conducta de la adolescencia disruptiva, como un mecanismo de defensa, no podemos dejar de hacer referencia al término mentalización.

Cuando hacemos referencia a él, siguiendo a autores como Fonagy (2006), lo hacemos hablando de la capacidad de interpretar el comportamiento propio y de los demás a través de la asignación de estados mentales. Éstos estados se relacionarían con cuestiones tales como la percepción, el deseo, la creencia, la intención, la emoción, la memoria, entre otras.

En palabras de Jeremy Holmes (2015) se trataría de aquel mecanismo que nos ayudaría a “vernos a nosotros desde afuera y ver al otro desde dentro”. Con los jóvenes con los que trabajamos lo primero tiene su importancia en tanto y cuanto les permitiría iniciar un camino de identificación, definición y reparación. Lo segundo resulta igualmente importante a la hora de interpretar la conducta del que tenemos delante, no necesariamente en términos de amenaza (por poner un ejemplo).

Atendiendo a matices, debemos decir que las bases de la capacidad mentalizadora, en condiciones evolutivas normales, pueden estar desarrolladas ya al cumplir los primeros cinco años de vida. Para ello deben de cumplirse una serie de pasos, entre otros (quizás uno de los más importantes) el hecho de que algún referente haya mentalizado al joven, para que él a su vez, pueda mentalizarse y mentalizar sobre los demás (De hecho los autores de referencia en este tema, y dentro del reconocimiento de la transmisión integeneracional del trauma, hacen referencia a la capacidad mentalizadora de los padres como una variable de cara a medir el tipo y calidad del apego, así como a su capacidad también de modulación genética)

Pero cuando en la biografía del joven o del niño se dan experiencias de tipo límite, y muchas veces además recurrentes, el desarrollo de esta mentalización también se va a ver afectada. A partir de ahí, y ante determinados sucesos que comporten ansiedad para él, ante el colapso mentalizador, es probable active lo que se han denominado modos prementalizadores, los cuales corresponderían como decimos a la respuesta evolutiva normal de un bebé o un niño, pero que desarrollados por el adolescente, le va a generar seguramente muchos problemas.

De este modo, ¿qué ocurre cuando una joven presenta su visión del mundo y las relaciones en él no ofreciendo margen a que pueda considerarse de otro modo?; ¿qué puede estar pasando cuando un chico comienza un relato autómata, caótico e interminable en ocasiones, sobre lo que nos dice que ha sido su historia de vida, el cual está plagado de rupturas con sus figuras primarias?, y ¿como podríamos interpretar el hecho de que un ”caso” llegue al servicio con un número importante de medidas judiciales impuestas principalmente por agresiones, acompañadas por lo que parece ser una imposibilidad de contener su conducta violenta en determinados momentos?.

Bateman y Fonagy señalan tres modos prementalizadores. Serían los siguientes:

Equivalencia psíquica

Lo lógico “cuando tienes menos de tres años” es que no manejes tus ideas como representaciones, sino como verdades, las cuales además a tu modo de ver, son compartidas por todos. Como pensamiento y realidad no se diferencian, la posibilidad de que hayan diferentes puntos de vista no se da por tanto. Esto implica de igual modo que cuando además, ha habido problemas severos en la construcción de la relación de apego, y este estado prementalizador se activa, los pensamientos y sentimientos pueden ser tomados también como reales. La persona se mueve en el mundo con el lema de “todo lo que veo e interpreto es lo que es, no hay otra perspectiva”.

Hacer cuenta de

A medida que cumplimos años, y si el contexto en el que nos encontramos lo favorece, vamos aprendiendo a identificar los pensamientos como tales, diferenciándolos de la realidad. Con la aparición de experiencias límite, y al objeto de defenderse del sentimiento de vacío, el joven puede llegar a suspender la realidad haciendo referencia a sucesos que le han ocurrido, sin que observemos demasiada resonancia emocional. El discurso se vuelve catártico y sin resonancia emocional.

Modo teleológico

Tal y como lo expone Gustavo Lanza (2011), “ el comportamiento del otro es interpretado en términos de consecuencias observables, más que como estados mentales”, “ la persona no intentará incidir mediante palabras, sino a través de la acción directa mediante palabras que tengan un valor al acto”. Recordando el caso de Leo, en numerosas ocasiones, determinados gestos eran interpretados por él como una agresión, lo que habitualmente conllevaba una reacción muchas veces automática y violenta.

Consideraciones finales

Con todo lo expuesto hasta el momento, nos podemos hacer una idea de algunas de las variables internas que pueden estar operando bajo la conducta delictiva y en interior del llamado joven infractor. De cara a desarrollar una mirada comprensiva (que nos explique y que nos oriente), y de cara a trabajar la reducción de la reincidencia, así como el bienestar del joven y su familia, considero será necesario tenerlas presentes.

Tal y como planteaba al inicio del artículo, la mirada va a tener que ser más ecosistémica, y con ello necesariamente vamos a tener que tener en cuenta además el micro, meso, exo y macrosistema. Dentro del segundo y el tercero, me gustaría destacar el papel tanto de la familia, como de las instituciones que trabajamos en el ámbito de la justicia juvenil.

La primera, a mi modo de ver, por la importancia que posee en tanto y cuanto es el constructor principal del propio niño, el cual con el tiempo, se va a convertir en ese adolescente que cada mañana o cada tarde tenemos delante. Como mínimo algunas de sus formas de actuar, van a relacionarse en realidad con mecanismos defensivos y/o adaptativos, ante problemas que se dieron en etapas tempranas, y que de algún modo se siguen dando. Con ello, mi reflexión se relaciona también con la necesidad de seguir revisando todo ese sistema legislativo y administrativo el cual, sin pretenderlo, provoca que la responsabilidad penal recaiga en muchas ocasiones, casi únicamente sobre la espalda del joven, obviando la responsabilidad moral y legal que la familia tiene ante determinadas prácticas negligentes, abusivas y violentas ejercidas por parte de algunos de sus adultos.

En cuanto a los servicios y profesionales que trabajamos con ellos, mi propuesta se relaciona con la necesidad de, ante todos los aciertos y buenas prácticas con las que a diario me encuentro y de las que tanto aprendo, seguir mejorando los modelos de trabajo. Ello implicaría una integración y actualización de contenidos planteados por autores de referencia, así como la asunción de una metodología de trabajo definida, empírica y contrastable. De igual modo implicaría una organización clara de los equipos, en los que las diferentes figuras profesionales tengan definida su función en el trabajo de reparación a realizar.

Y finalmente, y ante el daño interior al que vengo haciendo referencia desde el inicio del artículo, quisiera destacar la importancia de la dimensión terapéutica que debería partir de estos modelos. Sabemos que en el contexto en el que trabajamos desarrollar esa dimensión no es fácil, bien sea porque el joven no posee una base segura desde la que llevarla a cabo, bien porque no está preparado para el cambio, o bien porque nuestro servicio no lo posibilita. No obstante considero necesario diseñar y organizar dicha intervención terapéutica cuando sí sea posible desarrollarla, al igual que, en el caso que no lo fuera, dotar al equipo de profesionales a los que hace un momento hacía referencia, de herramientas para interpretar al adolescente, así como intervenir sobre él y su contexto ayudándolo bien a reparar , bien a encaminarlo a ese espacio de trabajo terapéutico.

Bibliografía

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Barudy.J, y Dantagnan. M, (2005). “Los buenos tratos a la infancia: Parentalidad, apego y resiliencia”. Capt 8 “Los trastornos del apego: elementos diagnósticos y terapéuticos”. Ed Gedisa. Barcelona.

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Citado en Fonagy, P. (2015). “Uso de la mentalización en el proceso psicoanalítico”. Conferencia. Montevideo. Uruguay.

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Lanza Castelli. G, “Mentalización: aspectos teóricos y prácticos”. Congreso Interpsiquis. Virtual.

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Pollak. S.D, Cicchetti. D, Hornung. K, & Reed. A (2005): “Recognizing emotion in faces: Developmental effects of child abuse and dogleg”. Ed: A.P.A. PsycNet.

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Wallin. D, (2012) “El apego en psicoterapia”. Ed: Desclée de Brouwer. Bilbao.

martes, 22 de octubre de 2024

Simientes, un relato breve escrito por Thais Gamaza

Presentación

Sabéis que de vez en cuando presentamos relatos literarios relacionados con las temáticas que tratamos en este blog, un modo diferente de acercarnos a ellas, más bello y sugestivo. 

Unas breves líneas para agradecer el relato que Thais Gamaza, compañera del taller de literatura, me regaló sobre el trabajo psicológico, que se puede aplicar al trauma, precioso, que me ha gustado tanto que he querido compartirlo con todos vosotros y vosotras. 

Como veis, Thais atesora una destacada trayectoria como escritora, con un futuro brillante, dada su juventud. 

Thais Gamaza


Thais Gamaza (Cádiz, 1986). Diplomada en Magisterio y alumna colaboradora del departamento de lengua y literatura, ha realizado estudios de Creación Literaria en el Laboratorio de Escritura de la Universidad de Cádiz, dirigido por María Alcantarilla. Además continúa su formación de la mano de varias escritoras latinoamericanas. Actualmente, realiza estudios de Psicología Clínica. Su relato “Luz de gas” aparece en la antología 'Destejiendo heridas' (2021), publicada en México y prologada por la escritora Liliana Blum. Su cuento “No va más”, publicado en la antología 'En cuentos con Rosa' (Literálika, 2020), fue uno de los ganadores del concurso internacional “Las hojas de Rosa”, publicado en la antología 'Labios rojos, chocolate y una rosa' (Ediciones de Educación y Cultura, 2020), obra prologada y amadrinada por Rosa Montero. Ha sido una de las doce escritoras seleccionadas para participar en la antología 'Mujeres Perversas', prologada por las escritoras Agustina Bazterrica y Agustina Caride, editada en México y que se publicó en 2022.


Simientes


PARTE I. 

Cuando J. adquirió el superpoder, fue consciente de que debía elegir con qué cometido utilizarlo, o tal vez, incluso el hecho de no hacerlo. Mientras se decidía, sembró, en el patio pequeño situado a la entrada de su casa, una sonrisa, para que germinara y poder tener cosecha para los años siguientes.

PARTE II. 

Cada día la misma rutina. Alguien viene a verlo:

J. la mira a los ojos, y asiente. La chica no sabe muy bien qué le está queriendo decir, pero nota como si un rayo láser le atravesara el cuerpo. Ella se siente vulnerable. Cree que su vida se proyecta como una película frente a J. e intenta esquivarle la vista para que no siga mirando en los huecos tapados. No está mal para una primera sesión, piensa J.

PARTE III. 

Vuelve a casa, y, con mucho cuidado, va retirando los conflictos que se les han quedado adheridos a la piel. Los guarda en un cesto de mimbre, forrado con una tela blanca bordada con lavandas, y se mete en la ducha para limpiarse el cuerpo de los propios que se hayan despertado en ese día. Escucha el jadeo del perro, que lo espera en la puerta del baño sentado sobre sus dos patas traseras, moviendo la cola, y piensa que ojalá pudiera atravesarlo a él. Sale a la puerta de la casa a dejar la sonrisa en la tierra, para que se refresque con la humedad nocturna y poder tenerla lista para el día siguiente. 

El espejo del baño ya se ha aclarado y J. ensaya con su reflejo.

—Eres un farsante— le dice.

PARTE IV.

Al llegar el fin de semana, J. sale con su cesto, y lleva a los dolores a jugar al parque. Les acaricia el pelo. Los coge de la mano. Les habla de lo maravillosos que llegarán a ser. De hecho, ya lo son. Les cuenta lo orgulloso que se siente de ellos por haberse atrevido a manifestarse. Hasta que, cuando al fin se sienten ligeros, ellos solos alzan el vuelo.

lunes, 21 de octubre de 2024

"Los hijos no tienen la culpa (O parecíamos una familia muy normal)", por Sergio Urriola



"Los hijos no tienen la culpa 
(O parecíamos una familia muy normal)"
Por Sergio Urriola


Fotografía de Sergio Urriola y de la portada de su libro

Para adquirir el libro en pre-venta: click aquí

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Reseña bibliográfica cuya autora es 
Carolina Saavedra, psicóloga y traumaterapeuta sistémica


Carolina Saavedra. Psicóloga de origen chileno. Vive en Viña del Mar junto a su esposo y dos hijos. Actualmente, se desempeña como coordinadora y docente del Diplomado Formación Especializada en Traumaterapia Sistémica Infantil (versión Chile-Hispanoamérica), dirigido por Dr. Jorge Barudy y Ps. Maryorie Dantagnan (Instituto de Formación e Investigación-Acción sobre las Consecuencias de la Violencia y la Promoción de la Resiliencia IFIV), y como asesora técnica de programas especializados en reparación de grave vulneración de derechos infantiles en la Corporación ONG Paicabi. Co-autora de artículos en áreas asociadas a la intervención psicosocial y vulneración de derechos en infancia. También trabaja en consulta privada como psicóloga y psicoterapeuta infantil y de adolescentes.  Licenciada en Psicología Universidad de Valparaíso. Diplomada en Formación Especializada para Psicoterapeutas Infantiles IFIV Barcelona. Master en Paidopsiquiatría y Psicología de la Infancia y la Adolescencia, Universitat Autónoma de Barcelona. Magíster en Psicología, Mención Psicología Comunitaria, Universidad de Chile. Diplomada (en línea) en Terapia Narrativa, Pranas Chile y Capacitada (en línea) y teórico-práctica en Terapia Cognitiva Conductual Focalizada en el Trauma, The Medical University of South Carolina – Universidad Santo Tomás.

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Escribir la reseña de este libro es un honor y un regalo para mí. Me sentí profundamente afortunada cuando, hace poco más de un mes, recibí un mensaje de su autor, a quien había acompañado terapéuticamente el año pasado. En ese mensaje, compartía conmigo que había escrito un libro y deseaba enviarme una copia.

Sinceramente no me sorprendió que emprendiera este proyecto y que lo haya logrado materializar, pues -al conocerle- una de las motivaciones que aprecié en él fue justamente su preocupación y sensible sentido de solidaridad ante las experiencias de dolor que los niños y niñas pueden llegar a atravesar en sus vidas, debido a las decisiones y la falta de protección de los adultos responsables de su cuidado.

Es así como prontamente tuve en mis manos el testimonio Sergio Urriola, nacido en Santiago de Chile en 1969, quien emigró a los Estados Unidos a los casi 20 años. Con mucho esfuerzo y determinación, Sergio logró forjar una destacada carrera como comunicador radial para la comunidad hispana y ahora liderar una empresa de turismo y viajes en Washington DC.

Probablemente, ser la voz de importantes programas y marcas reconocidas fue la antesala de este valiente desafío: sacar la voz de su propia historia. En ella desentraña vivencias que muestran las adversidades que un niño puede enfrentar a temprana edad. Sin embargo, gracias al fenómeno de la resiliencia secundaria, es decir, esa energía constructiva apoyada en experiencias y personas significativas, logra transformarse y generar opciones positivas de cambio.

Sergio cuenta su historia en primera persona, desde la mirada de un niño que, entre juegos con sus hermanos y animales en un entorno semirural, va descubriendo cómo las decisiones de los adultos, aunque incomprensibles para él, marcan su destino. El abandono de su padre y el consecuente periplo de su madre, a cargo de él y sus tres hermanos, en un contexto de pobreza y bajo la dictadura militar en Chile, nos permiten entender las dificultades que enfrentó.

La miseria y la escasez material marcaron la vida de Dimitri, el protagonista de esta historia. Pero fueron las largas ausencias de su madre al salir a trabajar, sus castigos físicos y, sobre todo, la falta de cariño y cercanía afectiva, lo que provocaría un profundo dolor y sentido de injusticia en este pequeño, quien no logra comprender cómo quienes deben protegerle y cuidarle le pueden causar tanto daño, o en palabras de Jorge Barudy, le someten a esa paradoja irresoluble. Sin embargo, encuentra consuelo en los gestos de cariño y atención de su tía Carmen y Mirita, que le permitían creer que merecía ser tratado con amor.

Muchos pasajes de este relato nos adentran en sus vivencias infantiles, revelando cómo la mirada adultocentrista de aquellos años impactaba la vida de Dimitri y sus hermanos, quienes -como muchos otros niños y niñas- silenciosamente viven estas experiencias, sin que haya al menos un adulto que los vea y pueda ayudarles o apoyar a esta madre quien, también influida por una dolorosa trayectoria de sufrimiento infantil, no pudo hacer consciente cómo sus actos afectaban a sus hijos.

“Al poco tiempo, Mario comenzó a mostrarse como era y, claro, estaba en su territorio y el trato hacia nosotros era de ignorarnos a ratos y autoritario en otros. Su adicción al alcohol se hacía evidente y es ahí cuando no lograba entender a mamá. Sus borracheras se volvieron eternas y muchas veces me tocó junto a mi hermano Fernando lo más denigrante que le puede tocar a un niño vivir en público ante la mirada de todo aquel que pasaba por la calle: ver a dos niños tratando de levantar a un borracho todo orinado para llevárselo a casa. Nos costaba una eternidad. Aún percibo ese desagradable olor a trago y orines. Llegábamos con él a casa y mamá nos recibía con cierto grado de vergüenza. Ella lo tomaba con todas sus fuerzas y se lo llevaba al baño sin techo y desde ahí se escuchaban sus gritos a mamá”

Afortunadamente, algunos faros en su camino, como Perico y Elías, así como adultos anónimos, le ayudaron a recuperar la confianza en sí mismo y en la humanidad, convenciéndose poco a poco de que era posible construir un futuro.

“Salté la reja de la casa y abrí la puerta muy despacio, entré a la casa a oscuras. Todos dormían, bueno eso creí yo en ese momento. Me metí en el cuarto que compartía con mis hermanos y Luz se acerca a mi cama y susurrándome muy despacio me dice:

¿Hueón, dónde estabas? Me tenías muy preocupada, por favor ¡¡no me hagas esto nunca más!! –me dice en un susto muy despacio. La amo por eso hasta el día de hoy, ya que fue la única de mi familia que ese día se preocupó por mí como pudo y la que supo que esa noche caminé solo y llegué a casa a las 3 de la mañana.

De la pareja que me ayudo y me salvó esa noche nunca más supe de ellos, ni siquiera recuerdo cómo se llaman. Conservé por mucho tiempo el sweater por si volvía a verlos alguna vez y regresárselo. ¡Les debo una! Sería genial saber de ellos y poder abrazarlos por lo que hicieron. Gracias a la Mirita, que yo sé que ella me los mandó, porque hasta ahora ella nunca me ha abandonado”.

La motivación de Sergio para compartir su testimonio radica en honrar a su niño interior, ayudarle a comprender lo vivido y percibirlo de una manera diferente, sin culpa y enseñándole lo que le ayudará a crecer y quienes le acompañarán en esos aprendizajes.

Es esta historia la que me impulsa a presentarles este libro, pues creo que puede ser una fuente de esperanza y transformación para otros. Dimitri nos enseña que la vida puede cambiar y que podemos resistir las experiencias más difíciles. Espero haber podido transmitirles este mensaje e invitarles a leer y compartir sus propias impresiones.

martes, 8 de octubre de 2024

Curso monográfico online: Cómo maximizar los beneficios del acogimiento familiar en la reparación del daño traumático poniendo el foco en el cerebro de los acogedores, organizado por IFIV, lunes 18 noviembre 2024


Organizado por el Instituto de Investigación 

Acción sobre la Violencia y la Promoción de la Resiliencia (IFIV)


Curso monográfico.

Lunes 18 de noviembre de 2024, de 16,00h - 20,00h


Cómo maximizar los beneficios del acogimiento familiar en la reparación del daño traumático poniendo el foco en el cerebro de los acogedores


Con Cristina Herce y Rafael Benito

Para inscribirse, click AQUÍ








lunes, 7 de octubre de 2024

La vergüenza crónica, reflexiones a propósito del libro de Patricia Deyoung


Estoy leyendo el libro “Comprender y tratar la vergüenza crónica”, de Patricia Deyoung y está siendo todo un descubrimiento. Me está ayudando a entender y tratar especialmente a determinados pacientes adolescentes y adultos que presentan trauma complejo. Sin embargo, es útil no solo en estos casos sino también para entender a otras personas que, sin haber sufrido un impacto traumático tan severo, han vivido experiencias en las que no se han sentido unidos y seguros con sus figuras de apego. 

Portada del libro de Patricia Deyoung

Los pacientes con un trauma complejo crónico presentan síntomas muy variados. No encajan fácilmente en una categoría diagnóstica y, una vez recuperados, suelen recaer de una manera muy frecuente. La cronicidad en sus problemas de salud mental y en sus relaciones interpersonales son recurrentes. Por ejemplo, manifiestan tristeza profunda crónica, dolores psicosomáticos continuos, reacciones de ira descontrolada, se sienten fácilmente atacados e invalidados y reaccionan de manera hostil, síntomas obsesivos (con la limpieza, el orden, la gente que puede o no entrar en sus casas…), reacciones de bloqueo cuando se les presenta un problema cotidiano, déficit interpersonales (no pueden mantener relaciones cercanas y estrechas porque entran en conflicto al sentirse fácilmente rechazadas y hacen valoraciones y apreciaciones de la realidad distorsionadas o proyectivas), adicciones casi continuas (a las sustancias, o a las compras u otras actividades), imposibilidad de mantener una relación de pareja sana, episodios depresivos, muchos problemas para mantener un trabajo… Podría seguir… La disociación se ha hecho habitual en su repertorio, como dice Schore forma parte ya de su estructura neurobiologica. 

Otras veces no observamos experiencias o procesos relacionales aparentemente tan severos, pero la persona no se ha sentido amada, reconocida, validada, segura y conectada con las figuras parentales u otras personas significativas con las que se ha criado. 

Cuando uno trabaja con los modelos terapéuticos clásicos del trauma, basados en conceptualizar el caso (o evaluar) y aplicar protocolos u otras técnicas de tratamiento terapéutico eficaces para abordar los contenidos y recuerdos traumáticos asociados a los síntomas y los trastornos que presentan, lo que yo observo es que este tipo de abordajes no son suficientes. A mi juicio, este tipo de modelos no han considerado como merece la relación terapéutica. La sitúan como fundamental (en el sentido de que está en la base de todo tratamiento), pero no la valoran como la terapia en sí misma. De hecho, la herencia de todo esto es que cuando un profesional por diversos motivos (resistencia de un paciente, mecanismos de defensa que son delicados de eliminar tan rápido, falta de confianza en el profesional, no sentir seguridad con él, sentirse juzgado, traspasar límites terapéuticos…) no puede aplicar técnicas y se encuentra solo en el estar-con el paciente, siente que no está haciendo nada y que la terapia no avanza. No ve las enormes posibilidades terapéuticas de una terapia relacional. El paciente le está haciendo el regalo de seguir acudiendo y de mostrarse, pese a los riesgos, en una relación con un otro tan significativo como lo es un terapeuta… El paciente esperará a comprobar qué hacemos cuando surjan momentos críticos: “Después de la fuerte discusión que tuvimos pensé que ya no me recibirías más en la consulta". "Con el psicólogo anterior fue así, me dijo que había atentado contra su confianza y decidió suspender las sesiones” “Con el último profesional que estuve decidí no ir, dijo una frase que me molestó mucho y no volví más, nunca me llamó para preguntar por qué falté”- son frases pronunciadas por pacientes.

En este sentido, los modelos psicoanalíticos relacionales recientes, basados en los conocimientos que tenemos sobre el hemisferio derecho del cerebro, nos están aportando una nueva mirada y una nueva forma de llevar adelante los tratamientos. Autores como Schore están situando este tipo de psicoterapias en el siglo XXI y dudan de que una terapia basada solo en las técnicas y en el hemisferio izquierdo (interpretativa, cognitivo-conductual…) sea exitosa. Debemos implicar al hemisferio derecho. De este modo, Schore (2022) afirma: 

"La regulación psicobiológica interactiva [...] proporciona el contexto relacional bajo el cual el paciente puede establecer contacto, describir y finalmente regular su experiencia interna de manera segura [...] Lo que ayuda al paciente a efectuar el cambio es experimentar este empoderamiento en el contexto de seguridad proporcionado por el trasfondo de la regulación afectiva interactiva psicobiológicamente armonizada del terapeuta empático".

"La neurociencia ha legitimado la subjetividad en psicología y en terapia. Tanto la ciencia como la teoría clínica coinciden en que la psicoterapia es básicamente relacional y emocional, por lo que ahora pensamos que estar emocional e intersubjetivamente con el paciente es más importante que explicarse racionalmente el comportamiento del paciente"

"El trauma relacional no se aborda mediante estrategias, técnicas, interpretaciones, etc. dictadas por la agenda de una teoría particular. Más bien, es a través del establecimiento de un tipo específico de relación que no se impone ni se manipula artificialmente, sino que se permite que emerja en la interacción conversacional".

La relación terapéutica de transferencia y contratransferencia, desde una mirada actual (casi diríamos que todo es contratransferencia porque terapeuta y paciente constituyen un cerebro bipersonal, se interinfluencian mutuamente), es la clave del proceso terapéutico. Y, además, porque muchos de los “recuerdos” de los pacientes son implícitos, inconscientes, pertenecientes a una etapa temprana (no se olvida pero no se recuerda) y solo se pueden mostrar y manifestar en lo que escenificamos con los otros. Y, en concreto, en lo que se escenifica en el marco de la relación afectivamente íntima paciente/terapeuta. La terapia relacional es la terapia, no el medio para conseguir aplicar unas técnicas eficaces. Es más: diría que cuando aplicamos técnicas hay implicaciones relacionales, conscientes o inconscientes. Están ahí, pero las obviamos. Podemos estar comunicándonos con nuestro paciente a nivel explícito de una manera, pero en la comunicación no verbal implícita pueden estar pasando otras cosas: “No te lo he dicho hasta ahora, pero me da mucho miedo estar con un hombre a solas en una sala porque cuando tenía diez años un amigo de mi padre abusó de mí. Mi padre no me creyó y mi madre se drogaba y bebía y me dijo que a ella también le ocurrió y que lo olvidara”. Una revelación así no solo requiere de un abordaje técnico para tratar ese contenido traumático sino sobre todo y ante todo, hablar y tratar sobre los sentimientos que se experimentan por ambas partes, y sobre todo acerca de la inseguridad y el miedo que esta persona siente, para poder sostener la relación y renovarla. Como dice Deyoung: "Un momento de enactment mutuo [con este término se refiere Patricia a que terapeuta y paciente escenifican juntos una actuación en la cual las necesidades y conflictos inconscientes de ambos se solapan y se encuentran, refleja una espiral de influencia mutua: el paciente actúa en el terapeuta y este en el primero] puede ser terriblemente doloroso en terapia. A veces, los clientes no pueden soportarlo o verle el sentido, y abandonan la terapia. Pero a menudo soportan quedarse si sus terapeutas pueden soportarlo con ellos, mientras comparten una convicción de que su lucha conjunta importa profundamente de alguna manera".

Creo que en el trabajo con los pacientes debemos situar la relación terapéutica como el eje vertebrador de toda la terapia. Este modelo es mucho más exigente y comprometedor para el profesional, porque le va a poner, en cantidad de ocasiones, en situaciones interpersonales donde las decisiones -qué decir, qué hacer y sobre todo, cómo actuar- van a ser muy delicadas y criticas. Y va a requerir que nosotros, como profesionales-persona con biografía, hayamos sanado de nuestras propias heridas infantiles. Porque los terapeutas pueden conducir sin darse cuenta a su paciente hacia una experiencia retraumatizante. O, por el contrario, hacia una manera de revivir de modo diferente (por lo tanto, reconstruir) lo experimentado en el pasado, con un resultado interpersonal distinto, sanador de los patrones relacionales dañados de nuestro paciente.

¿Por qué algunos pacientes presentan estos rasgos de ser, estos síntomas y estas conductas tan persistentes y continuadas? Es como si se comportaran como la osa que vivió años atada en una jaula y solo tenía un pequeño espacio para caminar en círculo. Ya fuera de la situación traumática, en libertad, la osa continúa durante mucho tiempo girando alrededor del perímetro que tenía en cautividad sin darse cuenta de que… ¡tiene todo el espacio del mundo! Este tipo de pacientes, con frecuencia se recuperan de un evento que les dispara las reacciones traumáticas pero de nuevo otro disparador les mete en similares reacciones… Es decir, hacen lo mismo que la osa: idénticas reacciones emocionales y conductuales que en el pasado, la misma repetición de patrones afectivos y vinculares, las mismas decisiones y actuaciones que llevan a similar resultado: hacerse daño y/o hacérselo a los demás. Y en la explicación de porqué se comportan así, pendulan entre culpar al exterior o culparse a ellos mismos y caer en conductas autolíticas y autodestructivas. Como la osa, no salen de ese círculo. Y los profesionales aplicamos las técnicas, llevamos adelante protocolos validados, interpretamos sus patrones y les ayudamos a resignificar lo vivido a la luz de nuevas reflexiones (cuando se abren a ello, porque la excesiva activación o las posturas rígidas defensivas hacen que solo vean una parte de la realidad, una única verdad y absoluta; y eso dificulta que trabajemos la mentalización) que conecten genuinamente con las emociones reguladas por la relación terapéutica. Y por supuesto que mejoran, y se logra ayudarles con resultados positivos en muchos aspectos de sus vidas y de su salud. Pero observo que vuelven una y otra vez a repetir cada cierto tiempo una "performance del yo" (Deyoung, 2024) similar. Los profesionales nos sentimos desbordados e impotentes. Y las personas que rodean a nuestro paciente se desesperan y sufren como ellos las consecuencias de una espiral destructiva. 

La osa que cree estar atrapada en una jaula

Leer el libro de Patricia Deyoung me ha abierto nuevas perspectivas. Esta autora plantea que en este tipo de pacientes (y en otros) lo que sienten realmente a un nivel inconsciente y desplazado al hemisferio derecho es vergüenza. Pero no entendida como esa emoción transitoria en la que tenemos una reacción somática y nos queremos esconder, como lo opuesto al orgullo. Patricia habla de vergüenza crónica. No es porque una persona fracase en ser admirada, reconocida, adorada o pase por una experiencia que suponga un deshonor o un bochorno, o una afrenta. Esta autora conceptualiza la vergüenza desde un punto de vista relacional y asociada siempre a otro. Dice Patricia:

“La vergüenza en todas sus formas es antes que nada relacional. Empieza como la experiencia del yo-en relación cuando el en-relación se ha roto o desconectado. Cuando la desconexión relacional es crónica, un profundo sentimiento de desolación toma el control, junto con la desesperación no remitente y la sensación de falta de mérito. […] La vergüenza ataca no porque una persona fracase en ser adorada, reconocida y admirada. Sino porque una persona no tiene una necesidad primaria satisfecha, concretamente, la necesidad de conexión y unión emocional. Por lo tanto, la vergüenza se puede sanar si una persona vuelve al vínculo donde la empatía y la unión emocional son posibles. Este es el trabajo de la psicoterapia orientada al yo-en-relación”.

Por eso no es necesario que se vivan formas muy extremas de malos tratos, sino que la pérdida de una manera continuada de la conexión con las figuras de apego puede instalar esta vergüenza. Con lo cual cualquier forma de comportamiento que se exhiba ante un niño pequeño que conlleve un déficit repetido y acusado de empatía, donde nos mantenemos distantes y haciéndole sentir al pequeño un vacío y una desconexión (un espacio donde no se puede estar) que vivirá como abrumadoras, puede instalar la vergüenza crónica.

Para que esto ocurra, debe existir un otro (u otros) desregulador, dice Patricia: “La vergüenza crónica es un fenómeno que se desarrolla cuando esta desintegración/desregulación se da de manera continuada y no reparada. Para sobrevivir, un yo se desconecta de la causa del dolor y aprende cómo vivir en aislamiento emocional. De este modo, el dolor de una relación rota se convierte en patrones de relación de desconexión del yo y de otros para toda la vida. Estos patrones son estresantes y debilitadores; sostienen identidades de desmerecimiento, expectativas de fracaso y exigencias de una performance perfecta, pero son más tolerables que la vergüenza aguda en curso. Estas estructuras de la vergüenza crónica están sujetas a una disociación tan poderosa como la vergüenza aguda que estas disocian”.

Los adultos escenifican "performances del yo", dice la autora, que conllevan reacciones de rabia, enganche a sustancias, patrones rígidos de pensamiento, persistencia en generar los mismos círculos viciosos, confirmaciones repetidas de que el otro rechaza y abandona, cambios de humor, sentirse seres despreciables, autolesiones, sentimientos intensos de odio… y actuaciones o patrones afectivos similares que conllevan repeticiones con pensamientos y creencias rígidas. De ese modo, mantienen versiones del yo avergonzadas traumáticamente alejadas de su conciencia. Les resulta más soportable estas performances que arriesgarse a vivir la "sombra del tsunami" (Bromberg, 2011) en forma de vergüenza aniquiladora. Su experiencia interna es terrible, así lo describen los pacientes. Debe ser una vivencia horrible, similar a la que tienen los protagonistas de esta película cuando ven este espantoso tsunami llegar a su ciudad…

Los pacientes traumatizados viven las reexperimentaciones 
como si de un tsunami aterrador se tratara


Veamos el caso de Miguel [modificado por preservar al máximo la intimidad]:

Con cada chico que conoce se abre a una nueva ilusión. Ha tenido relaciones con tantos que ha perdido la cuenta. Al principio, cada nueva posible pareja se la representa como buena, cercana, tierna, cariñosa… El chico debe de cumplir unos requisitos en su performance a nivel físico (tener una fisonomía concreta, si no, los rechaza) Tras el primer encuentro, donde él nunca parece desear ir más allá, es decir, crear un vínculo de pareja (aunque en muchas ocasiones manifiesta a su terapeuta quererlo) el chico y él se despiden. No han hablado nada concreto sobre si se verán más veces o no. Parece que tan solo se trata de un encuentro sexual que puede repetirse, no hay nada parecido al inicio de una relación, ni mucho menos un vínculo de pareja. Nada se ha hablado. Justamente “elige” aquellos chicos que no quieren más que encuentros sexuales y consideran que de eso se trata. Y estos creen (aunque no lo hablan) que Miguel también quiere solo sexo… Pero una parte de este quiere vincular, necesita encontrar una persona que la colme de amor. Por ello, rápidamente, nada más irse por la puerta el chico, le escribe. Si este no le contesta o no le coge el teléfono y tarda en hacerlo, la rabia y el odio le invaden. Ahora ya no atribuye cualidades positivas al chico, sino que le demoniza: es malo, le rechaza, se ha aprovechado de él, le ignora… Miguel le envía mails furibundos o audios de whatsapp donde carga contra él todo su odio porque considera que le rechaza y le ignora (lo que genera vergüenza disociada), pero es más tolerable sostener un síntoma de ira y odio continuos (donde el causante es el otro) que conectar con la vergüenza que le lleva a la desconexión profunda que sintió de bebé y de niño al ser abandonado por su padre y dejado en unas condiciones extremas para la supervivencia. Esta performance se repite una y otra vez, durante años… Solamente en la relación de transferencia/contratransferencia con el terapeuta se puede reparar esta herida, cuando Miguel siente a veces que el terapeuta le rechaza, pero a pesar de todo este sostiene la relación y mantiene el vínculo. Con él puede encontrar un espacio para poder reestructurar estas experiencias, y también las más tempranas. Para Miguel es mucho más tolerable escenificar esta performance y expulsar impulsivamente la rabia y el odio que ser consciente del sentimiento profundo de rechazo que late en él, que le lleva a la desconexión profunda que sintió en su infancia temprana cuando pasaba días y días solo en una cuna. Son recuerdos que ha disociado y que viven en su hemisferio derecho en forma de sensaciones, emociones, tonos de voz, expresiones faciales… de no estar con otro y sentir esa desintegración. Bromberg (2011) habla también de esto cuando afirma que la disociación traumática es como la "sombra de un tsunami" que amenaza la integridad del self. Y estas personas, al igual que Miguel, tienen, en palabras de Bromberg, un "detector de humo" para intuir la aparición de la sombra del tsunami y la llegada de una ansiedad aniquiladora. Podéis visitar este post.

Por lo tanto, en la génesis de la vergüenza crónica está, como refiere Patricia, la vivencia prolongada de una desconexión con las figuras de apego que conlleva una experiencia intolerable de desintegración. Así, dice Deyoung: “Las relaciones son lo que mantienen al yo en una completitud integrada, y el bienestar personal depende de ese sentido integrado del yo-en-relación. […] Desde el momento del nacimiento, el impulso por la coherencia convierte los patrones de experiencia afectiva y emocional inmediata en patrones de expectativas y respuesta con los cuidadores. […] Pueden aparecer en terapia como las experiencias de ansiedad, depresión, disminución y fragmentación de un cliente, y también como la incapacidad del cliente de conectar de una manera que ayude. […] El terapeuta trata de crear una relación donde una experiencia del yo más coherente sea posible para el cliente”.

Los padres o adultos que cuidan al niño han de ser extremadamente responsables en el modo en el que vinculan con el niño. Qué le transmiten mediante mensajes verbales y no verbales sobre su ser. Hablamos de que cuando nos equivocamos con ellos la reparación es posible, pero no es menos cierto que hay experiencias tempranas relacionales tan severas y duraderas que dejan una huella en la psique tan marcada que no resulta fácil de reparar posteriormente. Es posible que nuevos patrones relacionales, nuevos esquemas mentales, nuevas experiencias vividas con personas sanas… contribuyan a crear un sentido coherente de uno mismo, así como volver a sentirse en conexión con otro. Pero, tengámoslo en cuenta, es costoso y conlleva un gran esfuerzo continuado relacional. Y no tenemos ninguna garantía de lograr dicha reparación. Por lo tanto, la toma de conciencia y el trabajo personal preventivo son totalmente necesarios. En los últimos tiempos se le está concediendo mucha importancia al sistema nervioso autónomo y a la teoría polivagal y sus conexiones con el cuerpo y las acciones que moviliza (lucha, huida, etc.) Y aunque sin duda la tienen, como bien dice Rafael Benito, es importante la integración vertical pero también la horizontal, hemisferios derecho e izquierdo, que también participan en nuestras relaciones con los niños y adultos, a través de los gestos, la prosodia, la mirada… (hemisferio derecho del cerebro, que sería algo así como la música) y de los mensajes verbales (hemisferio izquierdo del cerebro, la letra) y qué grado de coherencia hay en la comunicación entre ambos.

¡Qué enorme importancia tiene lo que vivimos de niños con nuestros padres o cuidadores! Así pues, dice Deyoung: “cuando somos pequeños y clásicamente nos portamos mal, el descontento del padre o de la madre causará momentáneamente una desconexión (esto es un elemento clave en el modelo de esta autora), vergüenza y sentimientos de desmoronamiento. Un progenitor competente reconectará lo más pronto posible, enderezando el sentido del yo del niño. Esta desintegración tolerable se convierte en una oportunidad para el niño de asimilar un sentido del yo a veces malo. Las pequeñas roturas, si se restauran rápidamente, ayudan al niño a integrar sentidos emocionales de bondad y maldad. […] El daño permanente de la vergüenza crónica es el resultado de un patrón de momentos de desintegración no restaurada en los que el niño tuvo que luchar solo para restablecer el equilibrio. En vez de integrarse, la separación de bueno y malo se refuerza. El niño puede intentar actuar como un niño completamente bueno o completamente malo, al tiempo que también intenta borrar la experiencia confusa y totalmente dolorosa de desintegrarse solo, especialmente cuando esto sucede a menudo. Así, la desconexión no restaurada entre el cuidador y el niño es lo que conduce a la vergüenza crónica. Cuando un niño ya no es capaz de sentirse conectado y reconocido por una persona que lo acoja en su ser emocional, su experiencia de un yo coherente se desintegra”.

Por ello, muy temprano en el desarrollo, desde los dos-tres años, es importante que el niño no viva una escisión entre bueno/malo. El adulto que es capaz de transmitir al infante que “no es malo sino alguien digno aunque haya cometido errores” y se mantiene conectado pese a todo, está sentando las bases de una buena salud mental. Y esto es difícil sobre todo al relacionarse con niños con historia de trauma temprano o del desarrollo, que son especialistas en tocar los botones del adulto y hacer que este se desregule, perdiendo el control emocional o bien poniendo una distancia (lo más duro para un niño que ha sido abandonado o ha vivido trauma) que aumenta la rabia y la hostilidad de este (porque la tiene impresa en su hemisferio derecho desde bebé). El adulto, desde la seguridad y la calma atenta que ayuda a estar presente (no confundamos calma con imperturbabilidad adulta o indiferencia, no es lo mismo), va conectando con el estado del niño y le ayuda progresivamente a modularlo.

Muchos de nuestros pacientes sienten, cuando cometen errores, que son las peores personas. Sienten desprecio por todo su ser, y en el fondo anida la vergüenza que condujo a la desconexión, que en el caso de ser continuada, lleva a la desintegración. Hemos de esforzarnos en que los niños se sientan conectados con nosotros, válidos, dignos, respetados y amados, cuando no satisfacen nuestras expectativas o se equivocan o cometen errores, algo muy frecuente porque son seres en desarrollo y lo más normal es esperar que sean falibles. “Abracemos la imperfección”, dice Ana Gómez. “Soy digno y merecedor, aunque a veces me equivoque”, conduce a la culpa sana y no a la vergüenza desreguladora. Este es el mensaje fundamental.

Debemos tener un profundo respeto por los niños y sus derechos. Hemos de medir muy bien las frases que les decimos y cómo se las decimos. Como hemos dicho, cuando nos equivocamos con ellos, se puede reparar, sí, pero no olvidemos que esto no siempre ofrece el resultado esperado con todos porque hay niños y adolescentes que no siempre se abren a ello ni les llega internamente la reparación. Podemos cometer errores, por supuesto, somos humanos, no podemos ser perfectos y serlo sería peor. Sin embargo, no podemos exhibir el descontrol emocional y/o el modelo de la cara congelada (distante) como tácticas de relación y disciplina habituales con el niño. Tengamos presente que lo que les decimos -y cómo se lo decimos- a los niños es muy importante y tiene una gran influencia en su desarrollo, un gran impacto. Si conlleva la presencia de un otro-en-relación desregulador, puede instalar la vergüenza crónica en ellos. Como padres, cuidadores y profesionales de la infancia, debemos de hacer trabajo personal y revisar nuestras heridas y sanarlas. Schore lanza en este sentido un mensaje que nos tiene que hacer pensar mucho: una persona (padre, madre o profesional) solo puede aspirar a sanar a un niño o adulto, paciente o no, sólo hasta el nivel de sanación que aquella haya logrado en sus competencias vinculares y empáticas.

Sobre la psicoterapia, si el trauma es fundamentalmente relacional, aquella será relacional. Así pues, las técnicas y los protocolos, válidos, tendrán su espacio y sentido si hacemos que toda la terapia se vertebre en torno a lo relacional. Por otro lado, abordar la vergüenza, tan desintegradora de la persona, es muy delicado. No puede aludirse a ella directamente, no es siempre recomendable hacer esto. Patricia propone un programa de trabajo que requiere ir por partes, de un modo más indirecto a otro más directo, sobre todo cuando la vergüenza está disociada. Esto será motivo para que escriba otro post.

REFERENCIAS

Bromberg, P. (2011). La sombra del tsunami y el desarrollo de la mente relacional.Madrid: Ágora relacional.

Schore, A. (2022). Psicoterapia con el hemisferio derecho. Barcelona: Eleftheria.

miércoles, 2 de octubre de 2024

Congreso Internacional de Acogimiento Familiar Especializado, en Barcelona, Madrid y San Sebastián, 4, 5, 6 y 7 de noviembre 2024

 CONGRESO INTERNACIONAL DE ACOGIMIENTO FAMILIAR ESPECIALIZADO

Un congreso en el que participan expertos nacionales e internacionales en el ámbito

Un congreso para compartir conocimiento y experiencia en cuidados para la reparación del trauma infantil. El modelo de acogimiento familiar especializado de especial preparación será el eje vertebrador de las jornadas, con aportaciones profesionales de referentes clave de diferentes ámbitos como la neurociencia, así como perspectiva desde la experiencia en otros países.

Barcelona, Madrid, San Sebastián, 4, 5, 6 y 7 de noviembre de 2024

PROGRAMA: CLICK AQUÍ

INSCRIPCIONES: CLICK AQUÍ




lunes, 23 de septiembre de 2024

Maternidad en contextos de explotación sexual, por Patricia Hermosilla, psicóloga y traumaterapeuta sistémica.



Maternidad en contextos de explotación sexual

Patricia Hermosilla, psicóloga


Cuando conocí a Patricia Hermosilla y supe el ámbito laboral al que se dedica dentro del ámbito de la psicología sanitaria, mi primer pensamiento, después de admirarla por el trabajo que hace, fue proponerme dar a conocer el terrible mundo de las mujeres explotadas sexualmente, que no prostitución, porque no es ningún trabajo. Es un maltrato a la mujer consentido socialmente. El sufrimiento que ellas padecen es inenarrable y profesionales de la talla humana de Patricia se dedican a apoyarlas psicológicamente. También se me pasó por la cabeza como sería la maternidad de estas mujeres, y la vida de estos niños y niñas, truncada por el maltrato que ellos y ellas padecen por parte de los puteros y los proxenetas. Invité a Patricia Hermosilla a las VI Conversaciones sobre apego y resiliencia de San Sebastián para que nos hablara de la maternidad en contextos de explotación sexual. Este fue el primer compromiso. El segundo ha sido poner a disposición de Patricia Hermosilla este blog para contar la dolorosa realidad de estas mujeres y contribuir a la abolición de la prostitución, dando a conocer el impacto traumático que padecen. Llamar a estas mujeres "trabajadoras del sexo" es un insulto. Es como si llamamos trabajo a ser el esclavo de una persona. 

Es un honor para este blog contar con Patricia Hermosilla, psicóloga y traumaterapeuta, perteneciente a nuestra Red apega. Ella es Máster en psicología general sanitaria, diplomada en traumaterapia infanto-juvenil sistémica, postgrado en terapia familiar sistémica, postgrado en intervención con víctimas de violencia sexual y de género en la infancia y la adolescencia, con formación en prostitución y trata con fines de explotación sexual en infancia, adolescencia y edad adulta, IFS y EMDR. Me he especializado en trauma, violencia sexual y violencia de género. Tengo experiencia profesional en protección de menores, donde empecé formarme y a intervenir en explotación sexual en niños y niñas, y también con mujeres en situación de prostitución y víctimas de trata. Actualmente trabajo a nivel privado con mujeres que han sufrido cualquier tipo de violencia machista, habiéndome especializado en violencia sexual. Trabajo desde una perspectiva feminista y abolicionista, entendiendo la prostitución en todas sus formas como una de las más graves formas de violencia contra las mujeres.

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Título del artículo: Maternidad en contextos de explotación sexual
Por Patricia Hermosilla, psicóloga y traumaterapeuta sistémica
(Nota: se hablará en femenino genérico)
 
Advertencia: el siguiente artículo contiene material sensible 
que puede ser un gatillador para supervivientes de violencia sexual.

Para poder trasladar este tema con la seriedad y profundidad que corresponde, necesito que se comprenda de qué hablo cuando hablo de explotación sexual. Las palabras importan, pero es aún más importante entender con claridad qué hay detrás de ellas. Hablo de explotación sexual y no de prostitución porque no quiero distinguir entre prostitución, trata, pornografía, Only fans o el mal llamado Sugar Dating, como si algunas de ellas fueran mejores que otras. Las secuelas que tiene la explotación sexual en las mujeres son las mismas para todas ellas.

No es más fácil a través de una webcam, ni cuando tu explotación sexual está siendo filmada para que otros puedan masturbarse cómodamente desde sus casas con la conciencia tranquila. Suele decirse que “Sin prostitución no habría trata”. Yo prefiero la expresión “Sin hombres no habría explotación sexual”. Los hombres son en un 99,7% los consumidores de cuerpos de mujeres y niñas. 

En España, 4 de cada 10 hombres admiten haber consumido prostitución al menos una vez en su vida. Las cifras son muchísimo más altas cuando hablamos de pornografía. Y la pornografía no es otra cosa que prostitución filmada. Aunque el daño a esa mujer se esté produciendo a miles de kilómetros de la pantalla de tu ordenador.

En la explotación sexual en pisos las mujeres son obligadas a estar disponibles durante 24h al día. No pueden dormir más de 8h seguidas en ningún momento, porque la demanda es constante. En los clubes, ejercen durante la noche y duermen durante el día, hacinadas en literas propias de campos de concentración. En la calle, están expuestas a la violencia más extrema. En internet, las mujeres son vejadas, humilladas y dañadas mientras los hombres eyaculan delante y detrás de la pantalla. La explotación sexual no tiene que ver con el sexo, sino con la violencia. Lo que se le hace a estas mujeres no es tener sexo con ellas, es torturarlas.

Y no, no existe la libertad de elección, sean cuales sean las circunstancias de la mujer. En quienes si existe esa libertad de elección es en los agresores sexuales y proxenetas, que casualmente, nunca suelen formar parte del debate.

En la explotación sexual se entrelazan las tres grandes opresiones: por razón de sexo, de raza y de clase. Además, los estudios hablan de un 90% de mujeres prostituidas siendo víctimas de violencia física y sexual en su infancia. En mi experiencia profesional, todas ellas provienen de infancias traumáticas. Son mujeres y niñas especialmente vulnerables, que muchas veces llegan a la violencia sexual más extrema huyendo de otras violencias machistas.

“Vengo aquí porque si desaparezco, quiero que quede 
constancia de que alguna vez he existido”

Para que podamos acercarnos a comprender como puede ser maternar en el horror que supone la explotación sexual, querría empezar con una frase, una de las que más me impactó cuando comencé a trabajar como psicóloga de mujeres víctimas del sistema prostitucional. “Vengo aquí porque si desaparezco, quiero que quede constancia de que alguna vez he existido”. La soledad tan profunda que escondían esas palabras es una de las peores consecuencias que sufren las mujeres y niñas explotadas sexualmente.

Imaginad como debe ser partir desde ahí en la crianza de una hija.

Es necesario entender que no se puede aislar a las niñas de la explotación sexual de sus madres. En la imagen a continuación se ve a una mujer de 19 años, a la que exhiben (vejándola ya desde el propio anuncio) como embarazada, estudiante, con grandes tetas y “zorra que la chupa”. Todos los hombres que tengan 35 euros van a violarla durante 4 horas seguidas para la grabación de una (mal llamada) película pornográfica. Para que, posteriormente, todos los hombres que puedan pagar acceso a internet se masturben con la violación grupal de una niña embarazada.



¿Cómo imagináis que una mujer puede ser madre en estas condiciones?

Para empezar, muchas no pueden decidir sobre su maternidad. Algunas son obligadas a abortar, otras, al contrario, a ser madres contra su voluntad. Los hombres demandan a mujeres embarazadas, y además, una hija puede ser utilizada para el control sobre la madre en la explotación. Estas menores pueden moverse con sus madres o quedar al cuidado de los proxenetas mientras ellas se mueven. En cualquiera de los casos, su protección se ve muy dificultada debido a la alta movilidad.

"La solución a esta problemática la tengo clara: la abolición. 
No existe el trabajo sexual, no existe la voluntariedad de decidir"

A las mujeres, a pesar de ser sometidas a una constante violación de sus derechos humanos, se les exige socialmente que cumplan a la perfección su papel de madres. Si piden ayuda, en muchas ocasiones corren el riesgo de la retirada de las menores a su cargo. Mientras tanto, en la academia, la mayoría de los artículos que hablan sobre este tema no mencionan la violencia que sufren, únicamente hablan de estigma.

Proponen legalizar la explotación sexual para que no exista el estigma, de forma que mágicamente desaparezca la problemática de estas mujeres y de sus criaturas, añadiendo a todas estas violencias también la violencia social e institucional. A continuación, comparto el fragmento de un testimonio de una mujer que fue madre dentro del sistema prostitucional.

“Cuando ejerces la prostitución y eres madre... El sentimiento de culpa, el sentimiento de fracaso, el sentimiento de asco hacia ti misma, es muy grande. Yo me he llegado a enjuagar la boca con lejía antes de darle un beso a mi hijo porque me sentía sucia. O sea, para mí era impensable darle un beso a mi hijo habiendo tenido que hacerle una felación a un señor. Y que ese señor haya eyaculado en mi boca y yo morirme del asco. Entonces, es una situación muy compleja, donde tienes muchísimos sentimientos encontrados. […] Porque yo no sé cómo enfrentar con mi hijo que algún día se entere de todo esto, porque a mí lo que más culpa me hace sentir es que yo le estuviera defraudando. Cuando vas a prostituirte te das cuenta de que te tratan como si fueras un objeto, y realmente nunca sabes hasta qué punto eso va a ser peligroso. Por las cosas que te piden. O las cosas que tienes que hacer. No es simplemente lo que mucha gente se piensa, que tú vas allí, te abres de piernas y te echan un polvo y te vas a tu casa. A mí me han llegado a pedir, por ejemplo, que me metiera mi propio tanga en la boca. Cosas un poco asquerosas que realmente cuando estás allí lo que estás pensando es en un plan de huida. Cómo salir de ahí si pasa cualquier cosa. Y nadie en su trabajo piensa, mientras lo está haciendo, en un plan de huida. No, no, no. Tú cuando entras a un sitio a trabajar no te fijas en las puertas, en las ventanas, en si la llave está puesta, si hay llaves en la entrada...No te fijas en esas cosas. No entras a tu trabajo... agachando la cabeza para que nadie te reconozca. Entonces por todas estas razones es doloroso que haya gente que considere que esto está bien, ¿no?. […] Una de las consecuencias que ha tenido esto y que más a menudo sufro son los flashbacks, los cuales no puedo evitar y de todas las consecuencias que ha habido es lo que más me gustaría evitar. Porque literalmente odio estar con mis hijos o estar tumbada en la cama con mi hijo para dormir o estar hablando con ellos o jugando con ellos y que me venga a la mente, ni siquiera sé por qué me viene, pero de repente me vienen a la mente muchos episodios de cuando yo me estaba prostituyendo o de cosas que he pasado mientras me prostituía o de cosas que me han pasado en mi vida. Es algo que para mí es lo peor de todo, las consecuencias de ese hecho traumático.”

Que las madres sean explotadas sexualmente expone a las menores a múltiples violencias, sufridas además en los primeros años de vida, dónde son más vulnerables. Daños por omisión, como la negligencia afectiva, los malos tratos y el abandono. También, malos tratos por parte de la madre, del padre, de los proxenetas o de los hombres que pagan por acceder al cuerpo de su madre. Están más expuestas a situaciones de violencia sexual y sufren además, agresiones socioeconómicas y culturales.

Portada del libro de Amelia Tiganus


Son tantas las consecuencias que esto puede tener para la salud de las menores, que me cuesta muchísimo resumirlas en este espacio. Daño neonatal, sobretodo si la madre se ve obligada a ejercer estando embarazada. Daños físicos, ya sea por violencia directa o por negligencias en el cuidado. Trastornos del apego, alteraciones del desarrollo, trastorno de estrés postraumático complejo, sexualización traumática y trastornos conductuales y psicosomáticos son algunas de las muchas secuelas con las que nos encontramos en el espacio terapéutico. Para mi, la peor de ellas, la misma que sufren sus madres, la de la soledad. No olvidemos que “Hija de puta”, es uno de los peores insultos que existen a día de hoy en nuestro idioma.

Para terminar, me gustaría compartir parte del testimonio de una hija cuya madre fue víctima del sistema prostitucional:

“Cuando se iba a ''trabajar en limpieza'', y desaparecía durante dos días enteros; hasta que luego la devolvía a casa algún viejo explotador, destrozada, y con excusas intentando ocultar la realidad, de la cual era perfectamente consciente desde los 5 años. Y eso no hubiese sido un problema con cualquier otro trabajo, saber de lo que trabaja tu madre es de lo más normal, pero la prostitución no es un trabajo, son hombres que se aprovechan de las mujeres más vulnerables y rotas para explotarlas sexualmente; y no digo lo de rota como un caso perdido, porque de haberse llevado todo socialmente de otra forma, a lo mejor sería ella la que estaría escribiendo esto y no yo, su hija. Obviamente mi madre no tardó en ser adicta a todo, y si, seguramente sufría bipolaridad y de todo, porque con todo lo que era su vida, lo lógico es no poder mantenerse cuerda. Y menos sola, porque el único apoyo que tenía era yo; una niña, una menor con la que no paraban de amenazarle con quitársela. Porque si, hubieron palizas, la dejaban sangrando en el suelo, y cuando yo llamaba a la policía para que nos ayudaran, la amenazaban a ella con quitarle a la hija; en vez de ayudarnos a las dos a tener una vida, y cargar contra los que deberían haber ido, que es a por esos hombres. Acabé viviendo con muchos de ellos con solo 6 años, acabé siendo abusada por varios, y jamás se emprendieron acciones legales ni por mi ni por mi madre; la única acción que se llevo a cabo como digo fue separarnos. Yo estaba sola, y enfadada; primero caí en casa de mis abuelos. Pero claro, ellos estaban traumados con la experiencia de su hija, y siempre me decían que me parecía a ella como algo negativo, por el miedo de que ''acabase igual’’. Un día, mi abuelo estaba enfadado con mi madre, así que me cogió a mi por banda cuando era aun bastante pequeña, y me dijo que mi madre era ''un puton berbenero'' y que cualquier día aparecería muerta. Aquello me enfado mucho, y me enfadó mucho más el día que recibimos la llamada; como si el tuviese alguna culpa de predecir lo que le ocurrió, y también por la forma en la que lo dijo. Mi madre había sido asesinada justo a la vuelta de ''el club'' donde estaba trabajando hacía la okupa donde vivía con el que era su actual pareja, el cual la prostituía para drogarse el también. Apareció en su cama, con posición defensiva, y el estaba en el salón, drogándose con un amigo.. En el juicio quedo libre. A la que pude me metí en contextos de drogas, desarrollé TCA, me sexualicé muy pronto, tuve muchas relaciones de abuso desde el mito de la ''libre elección'', con hombres que podrían haber sido mis padres. Y no tardé en acabar en esas mismas dinámicas de explotación sexual, hasta que llegue a ella directamente, e incluso romantice dinámicas de violencia sexual, donde yo perdía el conocimiento y ''permitía'' que hiciesen conmigo lo que quisieran. Ya que al no haber sido tratado ese trauma, ni en mi madre ni en mi, esa fue la forma que encontró de salir. Haciéndome sentir más cerca de ella, de hecho recuerdo mirarme al espejo cuando estaba más destruida, encontrándola en mi mirada. Gracias al feminismo, a leer sobre mujeres que han sobrevivido analizando la situación con las gafas violetas, ha sido como he logrado sentir acercarme más a ella, y abrazarla, entendiendo todo lo que nos había pasado y lo que sigue pasando a tantísimas mujeres. Así que la legalización de la prostitución como un trabajo, solo es una forma más de abandono social hacia todas nosotras”.

Como dijo Andrea Dworkin, “ser mujer en este país significa que, desde el día en que naces, estás siendo preparada para ser víctima de la violencia sexual”. Esta frase puede ser aplicable a cualquier país del mundo. Las mujeres no seremos libres de decidir hasta que no vivamos una vida libre de violencia. Mientras tanto, lo mejor que podemos hacer es reconocer a las mujeres explotadas sexualmente como víctimas de violencia de género. Ofrecerles recursos habitacionales a ellas y a sus hijas. 

Recursos económicos, formativos y terapéuticos. Y reconocer la explotación sexual como una forma de violencia extrema contra las mujeres, y a los hombres que la hacen posible, como agresores sexuales.

Referencias bibliográficas

Artículos de Melissa Farley, Ingeborg Kraus.
La revuelta de las putas, Amelia Tiganus.
Política sexual de la pornografía, Mónica Alario.