lunes, 6 de marzo de 2017

Adopción y acogimiento: lo que no debemos hacer como cuidadores y lo que sí debemos hacer (I)

Aunque cada vez son más los padres, madres y acogedores conscientes de la necesidad de formarse y reflexionar sobre la propia historia de vida, nuestras figuras de apego tempranas, el modo en el que vinculamos con ellas y si fueron base segura o no, cómo nos educaron y ejercieron la autoridad, etc. no obstante observo con preocupación que existe una tendencia arraigada a utilizar determinados modos de relación y estilos de crianza que resultan perjudiciales en la educación de todo niño/a. Y en la de los/as menores adoptados y acogidos, aún lo son más. Porque no olvidemos que un porcentaje significativo de estos menores creció en un entorno temprano caracterizado por ausencia de figuras de apego el tiempo suficiente como para crear un vínculo con las mismas, o el vínculo de apego que se creó fue severamente perturbado porque dichas figuras adultas -de las que dependían y a las que tenían que apegarse sí o sí- les maltrataron o abusaron sexualmente. 



https://www.youtube.com/watch?v=KU_-nwcJjV4

Como explica Peter Fonagy en esta secuencia de vídeo (ya siento que esté en inglés, pero no lo encuentro en castellano) el infante activa el sistema de apego hacia los cuidadores que le maltratan pero es nuevamente dañado por lo que debe de activar simultáneamente el sistema de defensa (huir, atacar o si como la mayoría de las veces es imposible entonces disociarse, esto es, se produce una desconexión de los procesos mentales y los contenidos traumáticos son segregados) Por ello, explica Fonagy (es lo que viene a decir en este vídeo) la capacidad de reflexionar sobre la mente del otro se inhibe tempranamente. "¿Han oído la expresión el amor es ciego?"- Dice Fonagy en el vídeo. Esta es una de las hipótesis por la cual estas personas se embarcan en relaciones posteriores de carácter tóxico, que dañan a uno mismo y a los demás. No es que carezcan de la capacidad de ver la mente del otro (esto sería más propio de las personas que presentan rasgos del espectro autista, las cuales por factores genéticos principalmente estarían imposibilitados para ver la mente del otro y por lo tanto para la capacidad de mentalizacion) sino que por efecto del maltrato la distorsionan (tienden a atribuir al otro características negativas) 

Por lo tanto, los/as niños/as que los padres adoptivos y acogedores han de criar provienen de experiencias prolongadas de maltrato y/o abandono a edades muy sensibles para la creación de un modelo mental seguro con respecto a las primeras figuras de apego. Un modelo susceptible de modificaciones pero con tendencia a la autoperpetuación que influye en cómo van a ser representados y significados los/as futuros padres adoptivos o acogedores. Aunque comprendo que es muy duro de asimilar por parte de los padres, madres y acogedores, creo que a estos niños/as y jóvenes la familia (la representación de la misma) les genera miedo o sentimientos ambivalentes (quizá sería más correcto) Desde las primeras edades (los 0 y los 3 años, donde predomina la memoria implícita) el conocimiento relacional sobre las figuras de apego primarias (que maltrataron u abandonaron) que registraron en su mente fue estar alerta y recibir unos primeros mensajes sensoriales que indicaban que no se puede confiar en el otro y que ese otro no es seguro sino que además daña. Estas primeras tendencias pueden ser reforzadas posteriormente o bien ser amortiguadas por otras relaciones donde haya habido afecto, seguridad... Esto depende de la suerte que haya podido correr el niño/a en su devenir: años (duración) y tipo de traumatización sufrida, si tuvo la posibilidad de vivir una experiencia de vínculo seguro durante un tiempo con una persona, si fue a una familia de acogida adecuada, si estuvo en un orfanato o no, y si este era de mayor o menor calidad en los cuidados, periodo de la vida en el que estuvo en el orfanato...

Así pues, son niños/as que al llegar a las familias van a activar una serie de defensas, y aspectos que muchos de nosotros/as como los besos, las caricias, la obediencia regular la excitación, decir la verdad la mayor parte de las veces (¡ojo que muchos adultos se quejan de que los/as niños/as mienten pero... ¿los adultos acaso no?), hacer los deberes con confianza y más o menos control de los procesos metales que interfieren, desarrollar y afianzar hábitos... consideramos que deberían aprender en un plazo de tiempo razonable, estos menores no pueden estabilizarlos. Incluso a veces presentan retrocesos en la adquisición de los mismos. Algunos/as de ellos/as tienen un sistema nervioso y un sistema emocional alterado (más preparado para la defensa), un patrón de vinculación afectado (inseguro) un deficiente desarrollo en muchas áreas (a veces hay retraso en las funciones ejecutivas) y una tendencia a no ceder el control fácilmente. 

Comprendo a los padres y madres adoptivos, y a los acogedores. Porque su tarea (incluso para los muy competentes) es ardua, larga, agotadora y a veces poco gratificante. La tarea que estos adultos tienen no sólo es la de educar sino la de reparar lo que otros/as dañaron a nivel de apego y de sistema nervioso central y periférico. No se pueden ver sus lesiones a simple vista pero su cerebro y sistema nervioso están funcionalmente dañados y en algunos casos cuesta muchísimo volver a estabilizarlo y equilibrarlo. 

Muchos de estos padres, madres y acogedores con menores dañados severamente en el apego (con conducta de apego desorganizada y a veces trastorno de apego reactivo) estados disociativos y trauma en el desarrollo tienen un desafío enorme. Por eso desde aquí les animo a que no se queden solos/as y compartan los desafíos de criar a estos niños/as con los recursos existentes (las asociaciones, los profesionales de la salud, los educadores, los equipos de acompañamiento a la acogida...) Es necesario a todas luces proporcionar más formación y recursos terapéuticos a estas familias, dado que hemos de ser conscientes de que los menores están dañados en su desarrollo y en su capacidad vincular, y que (en algunos casos) sanar y hacer un proceso resiliente lleva muchos años, es una carrera de fondo, una maratón, pues el acompañamiento que van a precisar se va alargar en el tiempo con necesidades diferenciales según la edad que tengan, las etapas, los sucesos de vida e experiencias e influencias que experimenten. 

Los niños/as llegan -algunos de ellos/as, hay mucha variabilidad- a las familias con ese sentimiento ambivalente. Winnicott ya lo describió hace muchos años y lo recogimos en este post: inconscientemente, cuando son adoptados o acogidos, nace en ellos/as una esperanza de que al fin pertenecen y tienen una familia que les va a querer y cuidar; pero simultáneamente bulle en los menores la necesidad de odiar porque en su memoria implícita residen contenidos traumáticos (a veces de naturaleza agresiva) que indican que hay que defenderse de la posibilidad de un nuevo abandono; además de que no se fían de los adultos ni se sienten seguros. Por una parte desarrollarán conductas de vinculación pero por otro lado un sistema defensivo está ahí presto para activarse cuando se percibe una amenaza. 

A veces sucede que en la medida que los adultos cuidadores observan a lo largo del tiempo que los menores por ejemplo, no obedecen fácilmente, les retan, no regulan los niveles de excitación, no son capaces -por sus déficits con la permanencia- de afianzar hábitos (en ocasiones es un continuo volver a empezar), parece importarles todo poco, mienten, no estudian, tiene problemas para relacionarse... esto es una diversidad de manifestaciones del daño (en cada niño/a se darán mucho más unas u otras) que acarrean en sus espaldas desde temprana edad, los padres, madres o cuidadores empiezan a agotarse y quemarse y ven que por mucho que pase el tiempo, el niño o niña, su hijo o hija, no estabilizan cambios sustantivos (o los cambios que ellos desean, si desconocen -o no aceptan- que el menor no puede) Las etiquetas que ponen los cuidadores en este proceso afianza aún más al menor, que se aferra a las mismas y actúa conforme a ellas; y llegando la adolescencia, buscan evasiones (u otras defensas) ante el sentimiento de fracaso y culpa por no haber sido el hijo/a o menor esperado. Ante el sistema defensivo del menor, los adultos empiezan a activar su propio sistema de defensa. Comienza una dinámica de reproches, amenazas, castigos, rechazos... El niño/a o joven ha "conseguido" que el adulto actúe su frustración, impotencia y rabia. Puede surgir el sentimiento de odio también en el cuidador. Y comienza a retroalimentarse una dinámica donde el menor cada vez más inconscientemente "provoca" (es lo que sabe y lo único que puede hacer, no es su voluntad) la confirmación de que esos padres o acogedores son "malos", rechazantes, abandónicos... No recuerdan su trauma temprano sino que lo enactuan, lo escenifican "llevando" al adulto a entrar en ese bucle en el que se ve arrastrado, si no es consciente de esto. El niño/a o joven habrá conseguido tocar algún punto ciego de la biografía de los padres. Como dice Ana María Gómez (en su libro EMDR and adjunct approaches with children) los niños/as pueden encender el sol que hay en nosotros con sus actuaciones, o por el contrario activar el nubarrón de nuestra memoria y de lo que contiene con respecto a nuestra historia. Los padres difieren mucho respecto a lo que más les gatilla (dispara) con respecto a los menores: a unos puede ser las dificultades para aprender; pero a otros puede ser el desorden, etc. 




Es en este punto donde las distorsiones del menor -fruto de una mente que no puede integrar ni reflexionar- emergen, encontrando confirmación a sus temores tempranos, desvaneciéndose la esperanza que tenían depositada y de la que ya hablaba Winnicott.

Otras veces, menores que presentan problemas (o trastornos) del desarrollo y de apego tienen a padres o acogedores (poco formados y sin revisar su historia de vida) que desde el principio creen que el menor con voluntad y ganas solucionará todo, y si no lo hace, enseguida le castigan, retiran el afecto, no le calman cuando se desregula, le etiquetan, etc. Gestando una dinámica relacional que reventará probablemente en la adolescencia, donde ya el manejo es mucho más complicado. Los problemas y daños de los menores no son una cuestión de voluntad, y verlo así es muy peligroso. Si un niño/a muestra dificultades o problemas marcados en un ámbito, es que no puede por diversas causas, entre otras el daño que presentan y que no se reconoce socialmente.

Precisamente por todo esto, todos/as los/as padres, madres, profesionales... estamos llamados a revisar nuestra propia infancia: nuestros modelos de apego, nuestra dinámica familiar relacional, los estilos de crianza que aprendimos, los traumas que vivimos... Porque todos/as sin excepción tenemos como dice muy bien Blomberg (2011), aspectos que fueron confirmados por nuestras figuras de apego y aspectos que fueron desconfirmados. Y estos aspectos que se desconfirmaron constituyen estados del yo que no están integrados y que emergen en la enactuación con los otros y sobre todo con los menores. Al reflexionar sobre nuestra infancia no podemos cambiar lo vivido pero sí podemos elaborarlo y recrear con nuevos significados las experiencias. Cada vez que tratamos un recuerdo traumático de la infancia, al recrearlo y trabajarlo (como dice Pat Ogden) desde todos los componentes (cognitivo, sensaciones emocional, movimiento) de la experiencia, producimos un nuevo significado y con ello cambios en el cerebro y en la manera de verlo y de actuar (neuroplasticidad) Esto es algo que debemos hacer todos/as pero aún de manera más insoslayable los que cuidan o trabajan con menores dañados por los malos tratos. 

Porque nadie sin excepción por muy alta competencia parental y marental que presente, está libre de cometer errores y repetir historias pasadas con los menores que sabemos, les pueden retraumatizar. No importa lo que hayamos leído (sin duda que es de gran ayuda) Todo es muy bonito en los powerpont, en los post de los blogs, en las guías de ayuda... Los que peinamos canas sabemos que la integración de todo ese conocimiento y la implementación en la vida real es mucho más complicado y requiere un cambio profundo. Porque como muy bien expresó recientemente Rocio Fraga en su excelente post, una historia de dolor y de trauma entrará en nuestro domicilio. Y ese trauma conlleva un menor con un sistema de defensa que antes o después puede activar el nuestro y entonces ya no se repara al niño/a. Y como digo, nadie está libre de caer en ello. Cuando ya nos damos cuenta de que no podemos salvar al niño/a, entonces la tentación expulsiva crece como una enredadera que nos captura la mente. Como muy bien afirma Rocio Fraga, no entremos en la adopción o el acogimiento como salvadores, sino conscientes de que tenemos con nosotros/as a un niño/a dañado al que debemos de reparar y recordando las palabras de Rocio Fraga, ayudarle a dar su mejor versión. Pero para eso necesita de los adultos que están a su lado y conforman su red (padres, acogedores, profesores, terapeutas, psiquiatras, médicos, educadores...) porque solo es imposible que un menor pueda hacerlo. Necesita de otras mentes que sanen la suya. Es un proceso largo. Por ello, como os comento, imprescindible que (sobre todo si veis que caéis en los errores que a continuación voy a desarrollar) hagáis terapia con un profesional familiarizado con el apego y el trauma, que sea de vuestra confianza, para que os ayude a sanar a vuestro niño/a interior.

En todo este tiempo, los profesionales de la red apega hemos desarrollado un conocimiento y creado un modelo de comprensión e intervención con menores dañados por los malos tratos que nos permite saber cuáles son las pautas que deben de seguirse para que la parentalidad y marentalidad sean terapéuticas para el menor. Gracias a Maryorie Dantagnan (directora del programa terapéutico del Centro EXIL y creadora de la traumaterapia infantil-sistémica) hemos aprendido qué se debe de hacer y qué hay que evitar rigurosamente como padres, madres, acogedores... Tengo la suerte de formar parte del equipo de Maryorie Dantagnan (mi formadora) y de haber podido trabajar con ella y aprender de sus conocimientos y experiencia. A continuación voy a compartirlo con vosotros/as para ayudaros en vuestra labor y tarea como referentes de vuestros hijos/as. Si alguno/a de vosotros/as se descubre a sí mismo llevando a la práctica lo que debemos de evitar con estos menores, le aconsejo que revise su biografía y su infancia. Para poder criar y sanar a estos menores necesitamos incorporar lo que la ciencia ha descubierto en los últimos años que es beneficioso para el desarrollo y reestructuración de las redes neurales del cerebro de los menores afectadas por los malos tratos (nadie duda en la comunidad científica de que el maltrato daña el cerebro) No podemos utilizar sin cuestionar su adecuación los aspectos educativos y relacionales -que no vemos como negativos precisamente porque no hemos reflexionado sobre ellos- que aprendimos de nuestros padres u otros adultos. Tácticas tradicionales basadas en el modelo patriarcal de familia para criar y educar a los menores (el castigo físico, el aislar a los menores, amenazar, chillar, criticar, no validar el mundo emocional, juzgar con supuestamente idea de motivar...) están periclitadas, no sirven y además son perjudiciales para todo menor, y en especial para los que han sufrido malos tratos. A mí me ha sorprendido lo extendidas que aún están estas pautas de crianza y lo poco integradas que están las que favorecen un sano desarrollo, reparan y curan emocionalmente y que la ciencia respalda. Un equilibrio entre afecto y autoridad calmada, acompañar en la emoción pero firmeza con las conductas negativas. Porque el estilo de crianza basado en la indulgencia (más característico de la familia postpatriarcal) también resulta negativo: muchas explicaciones, afecto, pero no se usan consecuencias que enseñen. 

Para que un niño/a pueda empezar a retomar un sano desarrollo y un buen funcionamiento, debemos olvidarnos de atender a nuestra mente adulta ("debería hacer esto", "no obedece", "no estudia", "no controla la frustración", "roba...") y ponernos a ver la mente del niño/a, a sentirle, verle, reconocerle, contenerle... De este modo sentaremos las bases para que a pequeños pero grandes pasos vaya consiguiendo avances y logros, los que pueda dentro de su nivel. Para algunos padres hay un duelo que hacer porque el ideal de niño/a que querían no es posible. Existe el niño/a real y con ese hemos de trabajar.

A continuación os dejo lo que como adultos cuidadores no debemos hacer con nuestros niños/as y hemos que corregir, si se cae en ello, sobre todo de manera recurrente. Conviene aclarar que no buscamos padres, madres o acogedores perfectos porque no existen, sino cuidadores conscientes de cómo ejercen su rol educativo y de cuidados, abiertos a reconocer su papel central en el desarrollo y reparación de menores dañados en el mismo y en el apego, dispuestos a trabajarse personalmente y cambiar aquello que sea perjudicial para su niño o niña. 

Maryorie Dantagnan (psicóloga y psicoterapeuta infantil, directora del programa de psicoterapia para menores víctimas de traumas del Centro Exil, en Barcelona) refiere muy acertadamente que no debemos de tener miedo de expresar en casa explícitamente que la autoridad recae en nosotros, los padres y acogedores. Como muy bien expresa Maryorie, estos menores dañados por los malos tratos no van a ceder el control porque tienen miedo del daño que les podemos hacer. Pero a la larga, el mensaje que les tenemos que enviar y lanzar es "puedes cederme el control, yo como adulto me hago cargo, soy seguro; pero no me aprovecharé de ese control para hacerte daño" Y he aquí el quid de la cuestión. Si les hacemos daño o lo perciben así y no reparamos, tomamos la carretera cuyo destino es la lucha por el poder y el afianzamiento en el menor de que no merecía la pena cederlo porque lo usarían para ese fin. Pero si evitamos lo que lesiona el vínculo y retraumatiza al menor, sentaremos las bases para que ese chico o chica se sienta seguro, confíe y abandone el sistema de defensa. Una chica adoptada me dijo una vez: "mi madre me desmontó, al final hizo que me rindiera a lo que más deseaba pero a la vez temía: a su amor y la seguridad que me daba; pero se lo puse muy difícil" 

Hay muchos aspectos importantes que destacaría, pero estos que he recogido me parecen esenciales. Si consideráis algún otro que os parezca relevante, consignarlo en comentarios.

Agresividad física y verbal. Justamente lo que más impide que se ceda el control es caer en la agresividad hacia la que te pueden arrastrar estos menores (si no somos conscientes), agresividad que confirma que estos padres o acogedores hacen daño. Cachetes, bofetadas, nalgadas, collejas... Gritos, verbalizaciones agresivas ("te voy a dar"; "estoy hasta las narices de ti", etc.) Todo esto sigue vigente y mucho más de lo que se pueda pensar. Hay quien lo justifica y apoya, y cree que es para disciplinar. La herencia del "quien bien te quiere te hará llorar" Esto desde nuestro modelo es maltrato, no lo apoyamos y sostenemos que no solo no ayuda a ningún menor sino que le daña. Instituciones como Fundación América por la Infancia está contribuyendo con sus aportaciones ha sensibilizar a la población para erradicar este vestigio educacional. Si no pegamos a ningún ser humano, ¿por qué pegar a un niño/a? En este post tenéis desarrollado por qué no debemos usar ni una torta a tiempo ni a destiempo. 




En los menores dañados por el maltrato, ¿como debe de resonar la amenaza de agresión o una agresión? -Por muy leve que sea, es el gesto y el modelo que usa el adulto en la resolución de los problemas de relación y de los conflictos-. Muchos tienen fantasías agresivas y este tipo de conductas operan en ellos de una manera muy perjudicial ("le voy a pegar a esa niña, mi padre me pega a mí", me dijo una cría pequeña) 

No creo que debe servir como excusa el cansancio, el mal día que un padre o madre ha podido pasar, etc. Pagar la cólera que uno trae con un menor que no tiene culpa es un modelo de manejo emocional y relación muy inadecuado. El adulto debe ser capaz de manejar esas emociones y gestionar sus estados internos sin cargar contra nadie. No podemos enseñar a un niño a regularse si no nos regulamos nosotros como adultos. Por otro lado, no podemos ser fuente de seguridad y confianza para poder acompañar al menor en su dolor por su historia si reaccionamos con cólera y agredimos. Podemos expresar la emoción que sentimos en primera persona pero no actuar dicha emoción. Esto pone además mucha distancia afectiva entre los padres o acogedores y el menor. 

La agresividad gatillará el sistema defensivo del menor y perturbará la sanación del vínculo. 

Retirar el afecto. Una forma especialmente retraumatizante para quien vivió y sufrió el dolor de ser rechazado, no querido, abandonado, dejado solo y sin consuelo, indefenso... Gatillará la memoria traumática del abandono. Desorganizará al niño/a, que puede reproducir estados disociativos que le sirvieron para atenuar el dolor del abandono (aislarse, mostrar conductas regresivas, bloquearse...) o responderá con llanto de apego (gritos, desconsuelo...) o con hetero o autoagresividad. 

"Como no has querido hacer los deberes, no te doy el beso de buenas noches" O ignorar, no hablar al menor, no comunicar con él, hacerle el vacío... Es muy tóxico emocionalmente. 

El mensaje es que el amor y el afecto están sujetos a condiciones. Cuando una estructura familiar rica en afecto y normas son aspectos que todo niño/a necesita para poder crecer, como alimentarse. Y un niño/a dañado por los malos tratos no puede experimentar la retirada del afecto de nuevo porque le retraumatiza.




Incoherencias y rigidez en la aplicación de las normas. Los niños/as traumarizados necesitan que se les hable cerca, mirándoles a los ojos, tratando de ganar su atención, con firmeza pero con amabilidad, dándoles las órdenes (una por vez) de manera clara y sin "porfavores" Las normas deben ser predecibles. Las normas implican no sólo lo que se puede y no se puede hacer sino una estructura y rutinas diarias que den seguridad a los menores. 

La falta de consistencia antes las normas es lo marca muchas veces que los menores se sientan desorientados, menores que vivieron con cuidadores caóticos y desorganizados, donde la falta de predectibilidad era la nota dominante. El niño/a o joven debe de ser capaz de aprender con sus padres o acogedores lo que estos responderán cuando él/ella se empeñe en algo y hacia lo que va a empujar (salirse con la suya y querer dominar en un asunto que sabe es "no", por ejemplo) Eso es consistencia. El cuidador da respuestas similares a las mismas conductas del niño/a. Y eso es coherencia entre lo que se dice y hace. Y ayuda a que el menor repare su incoherente mente. 

Coherencia no quiere decir rigidez, dice Siegel en este libro que os recomiendo ("Disciplina sin lágrimas") que hay que mostrar flexibilidad cuando se requiere. Por ejemplo, hay que hacer todos los días los deberes pero si un día vienen de visita unos primos, hay que atenderles y dejar los deberes para otro día. Mensaje: "Es importante hacer los deberes (coherencia) pero hoy es un día excepcional (flexibilidad) porque han venido tus primos" 

Los padres o acogedores rígidos con las normas tienen muchas más problemas para ver la mente del menor y sus necesidades. Hemos comentado en otras ocasiones la importancia de aprender a ver qué necesidades muestran los menores tras sus conductas. En esto los padres rígidos tienen mucho más problema, obsesionados con el cumplimento del deber. Los padres y madres con más capacidad mentalizadora en cambio pueden ver al niño/a como un sujeto con una mente que tiene emociones, pensamientos... y no como un objeto (un repertorio de conductas a modelar sin preocuparse en ver el mundo interno del niño/a) Esta radicalización en la rigidez normativa no es un buen predictor.

Dejar al niño/a. Llevar al niño/a a un lugar, dejarlo allí solo para que reflexione y cambie de actitud... Aparte de improductivo es dañino porque reactiva el sentimiento de abandono. En algunos menores muy traumatizados por el abandono puede ser un disparador que les desorganice y en su soledad pueden autolesionarse, disociarse, deprimirse, aumentar el sentimiento de aislamiento y distancia emocional... Sabemos que su capacidad para reflexionar por sí solos (vídeo de Peter Fonagy) es escasa, luego no aprovecharán el espacio para ello. Los menores necesitan que les enseñemos de otro modo y con paciencia las consecuencias de sus actos. 

Amenazar. Las amenazas son algo en lo que caen muchos padres o acogedores. "Si no haces tal, no tienes tal" No podemos formularlo así. Los menores pueden tratar de gatillar eso en nosotros, pero hemos de ser consientes y no caer. No conducen más que a entrar en la lucha de poder y en la activación del sistema de defensa del niño/a o joven. Las amenazas no enseñan nada, se gastan con el tiempo y hacen entrar en una escalada en la que cada vez se irá a más. Y pone distancia afectiva entre el niño/a y cuidador, impidiendo reparar el vínculo.

Esperar a que  el niño obedezca y actúe para agradarnos, por lo que hacemos por él o ella. Los menores adoptados o acogidos no pueden sentir que es su familia y que pertenecen a ella de la noche a la mañana. Han de hacer un largo proceso que implica elaboraciones psicológicas, integración de su pasado, adquisición de confianza y seguridad, disminución del sistema de alerta, cesión del control... en suma, reparar el apego temprano y crear un nuevo vínculo. Solo así obedecerán porque son conscientes de que son queridos, aceptados y respetados. Desarrollará un vínculo afectivo con nosotros/as. 

Pero al principio obedecerán porque necesitan ir de lo externo a lo interno, con permanencia, por las consecuencias externas adecuadas a sus actos (y que confirman que enseñan pero no dañan) Para terminar llegando a lo interno (obedecer porque se crea un vínculo estructurante) 

Los elementos para una parentalidad y marentalidad terapéutica, las pautas a seguir con paciencia, perseverancia y permanencia, esto es, lo que deben tratar de hacer los padres y madres adoptivos/as y los acogedores, en una segunda parte.

Hasta el 20 de marzo, lunes, en el que recibimos a la firma invitada del mes. Nos visitará Iván Rodríguez, trabajador social y terapeuta de niños/as y jóvenes, nos hablará cómo entender el lenguaje de los adolescentes.

Cuidaos / Zaindu

3 comentarios:

Mª Angeles Goicoechea Rey dijo...

Buenísimo!

Muchas gracias!

Guisella Mata dijo...

Excelente! trabajo con niños maltratados y ests informacion ha sido reveladora. Gracias por compartir tan valiosa informacion.

Ariel Pop dijo...

Muchísimas gracias por esta ayuda de cara a nuestra primera experiencia como futura familia acogedora. Todo lo que me ayude a hacer las cosas lo mejor posible para el bienestar y la reparación del menor. Realmente quiero ayudar a su reparación y su felicidad.
Será menos complicado si me preparo muy bien. Un.saludo