lunes, 17 de octubre de 2016

Tiempos modernos (Emociones, pensamientos o actitudes dolorosas y no expresadas de las familias adoptivas y acogedoras), por Laura Fariña Pagés, psicóloga.


Diez meses, diez firmas II

Invitada del mes de octubre 2016: Laura Fariña Pagés, psicóloga

Título del artículo: Tiempos modernos. Emociones, pensamientos o actitudes dolorosas y no expresadas de las familias adoptivas y acogedoras.

Este mes nos visita Laura Fariña Pagés, psicóloga y psicoterapeuta familiar con formación en apego y trauma también. La conocí hace tres años, en su maravillosa A Coruña (Galicia), cuando me invitaron desde el Centro Alén a participar como docente en un módulo del curso de Crianza terapéutica que co-dirige junto con Elena Borrajo y María Vergara. Después de que ambas participaran el pasado curso en este blog escribiendo sendos artículos sobre el tema, no podíamos ni debíamos olvidarnos de Laura Fariña Pagés. Pude compartir un fin de semana con ella y conocer su campo de intervención profesional: el trabajo con las familias adoptivas y acogedoras de menores que han sufrido trauma complejo, al cual se dedica con gran compromiso personal. En este artículo -con delicadeza y comprensión-  pone encima de la mesa algunos temas importantes que vive y trabaja terapéuticamente con las familias. Son temas muy sensibles, pero hay que prestarles atención y tratarlos, pues de lo contrario afectarán negativamente (y a veces, de manera seria) al proceso de vinculación de los padres a los menores y a la dinámica relacional familiar. Os dejo con Laura Fariña Pagés, con un artículo que aborda aspectos que hasta ahora no habían tenido un lugar en el blog. Muchísimas gracias, Laura, por tu participación y formar parte de la nómina de ilustres invitados/as que escriben en el blog Buenos tratos.



Laura Fariña Pagés. Licenciada en Psicología, Experta en Programas de Intervención Familiar, Especialista en Atención Temprana, Especialista en Mediación Familiar, con formación en EMDR y Psicodrama. Trabaja en el ámbito de la protección infantil y la familia desde 1999. Desde 2011 desempeña la mayor parte de su labor profesional en el Centro Alén en A Coruña, donde trabaja con familias de niños y niñas afectados por trauma. Es parte del equipo impulsor del modelo de “Crianza Terapéutica”, y participa en diversas actividades formativas y de sensibilización dirigidas a familias acogedoras y adoptivas, tutores sociales y otros profesionales de la protección infantil. Colabora como miembro del equipo auxiliar del subprograma de Tratamiento Asertivo Comunitario del hospital (CHUAC, A Coruña) desde el 2013, en el que trabaja en terapias expresivas y teatro de espontáneo con pacientes con enfermedad mental grave.


Escribo con enorme ilusión en este blog que lleva enseñándome y acompañándome ya un buen tiempo de mi camino profesional. Y lo hace desde la acogida, desde la generosidad y desde la coherencia: sabemos para qué está y notamos que está (no falla este José Luis) Sin prisas, nos facilita el ir incorporando sus aportaciones congruentes al ritmo al que vamos pudiendo.

Me parece una buena metáfora del “estar”.

Debe ser que me encuentro en un momento en que cada vez valoro más estos dos infinitivos que tan locos vuelven a los angloparlantes: el ser y el estar. En la cultura de “usar y tirar”, de la solución rápida, de los manuales en PDF para solucionar en tres días, o del panfleto de 10 pasos para ”….” , encuentro refugio dejando estar al ser.

En mi trabajo con familias de niños afectados por trauma, intento estar, y no se puede estar sin presencia. A las familias, les diré que deben de estar presentes con sus niños, niñas o adolescentes, y no puedo hacer esto, si yo no lo estoy con ellos.

Me encuentro con familias muy diversas; algunas con una gran capacidad para intuir lo que necesitan sus hijos, con energía infinita, con alegría... Otras desorientadas o desbordadas, me encuentro con diferentes atribuciones y expectativas, capacidades e historias.

Cada familia es diferente y pasa también por un momento concreto de su camino en la parentalidad. También cada niño es único y especial en su manera de afrontar, de ordenar la realidad, de expresar… Algunos niños adoptados o acogidos tendrán un nivel de daño grande y otros mucho menor.

Los profesionales de este campo, tenemos que saber: conocer diferentes modelos teóricos y darles coherencia, utilizar metodología adecuada, aprender continuamente de la experiencia, de otros profesionales…, pero necesitamos además, saber estar con las madres y padres, en el presente, con atención plena y empatía y poder así reconocerlos en su vivencia particular.

Estas familias están en un lugar privilegiado en el que poder disfrutar con los chiquillos, compensar y sanar, pero, en ocasiones, este lugar les resulta más difícil de lo esperado y desconocido, y los mapas que hasta entonces utilizaban o los únicos que conocen, no valen para avanzar. En ocasiones, lo desconocido e inesperado, remueve lo interno y genera emociones como confusión, impotencia o culpa.

Ahora me voy a referir a las familias que cuando acuden a pedir ayuda, traen emociones y pensamientos dolorosos, como si el maltrato sufrido por los niños de alguna manera, también les doliera a ellos directamente. Este dolor no se suele expresar con facilidad, a veces ni a uno mismo, y es un derecho de estas familias el saber que es normal, que no son “malos padres o madres”, tienen el derecho de entender el proceso que les ha llevado a esto y legitimarse a sí mismos para hacer algo con todo ello y poder solucionar.

No es fácil para una madre, por ejemplo, decir (y decirse) que siente que no quiere a su hijo lo suficiente, que se siente incapaz de ayudarle, que le cuesta darle abrazos. Imagino la dureza de reconocer que la realidad no tiene que ver con la expectativa de familia que se había hecho, que se tiene miedo de un hijo o hija, o que se siente la necesidad de escapar... Es muy habitual, que los padres se sientan culpables por sus pérdidas de control con los niños, pero este sentimiento de culpa no ayuda a que disminuyan, si no que más bien es al contrario.

Todo esto sucede y no sucede poco, pero es fácil que las familias lo vivan con vergüenza, con sentimientos de culpa y pensando que son las únicas personas a las que les pasa porque pocas lo reconocen abiertamente. Podéis imaginar lo difícil que puede ser vivir así y las defensas que se movilizan.

Otras veces, las defensas ante las dificultades con los niños son la distancia o la minimización, el enfriamiento, el atribuirles culpas, exigirles lo que no pueden dar.  Otras formas de afrontarlas que a la larga no van a valer, ni a los padres y madres, ni a los niños. Pero estrategias con las que algunas personas han podido mantenerse en el día a día y que de cualquier forma, responden a su propia historia, a sus maneras de entender el mundo y la crianza y a sus modelos mentales.

La presencia se refiere primero, a un estado interior e individual, necesario para poder estar con el otro. Siegel, en su libro Mindfulness y psicoterapia. Editorial Paidós, 2012), habla de la presencia como “… una sólida base personal, estar abiertos a los demás y participar plenamente en la vida de la mente, son aspectos importantes de nuestra presencia que ayudan a los otros a crecer. Esta visión interior, “desde dentro”, nos ayuda a comprender qué debemos de hacer en nuestro interior como profesionales con el fin de desarrollar la receptividad esencial para toda intervención”, y lo plantea como un punto de partida.

Si los terapeutas estamos presentes, podremos relacionarnos desde la empatía, y cito a Carl Rogers (1992) que la definía como la capacidad de: “Experimentar el mundo privado del cliente como si fuera el nuestro, pero sin perder la cualidad del como si”. Y no nos confundamos: la empatía no es ser empalagosos ni caritativos. La empatía nos permite también reconocer fortalezas, alejarnos cuando no somos necesarios…, ajustarnos a diferentes respuestas según la persona con la que estemos (porque la podremos ver)

La presencia o atención plena es la base desde la que podemos empezar a comprender a las familias, hasta llegar a una hipótesis explicativa sobre cuáles son sus recursos y dificultades, y sobre cuál es el resultado de su interacción con unos niños, niñas y adolescentes concretos que crían y a quienes también tenemos que comprender concienzudamente.

Hay estudios que concluyen que existe mayor correlación entre las variables de la relación terapéutica con los resultados en la terapia, que con las técnicas utilizadas. Es decir, que los componentes de la relación terapéutica como la empatía, escucha atenta o aceptación, tiene más efecto positivo que la metodología empleada (Lambert y Ogles 2004, en Mindfulness and Therapeutic Relationships. The Gildford Press. 2008)

Una noticia positiva es que una manera de ganar en presencia, es a través del entrenamiento en autobservación y autocuidado. Desde mi punto de vista, una buena forma de lograrlo es a través del trabajo de nuestra propia historia de apego y el conocimiento de la teoría de apego como base, la práctica de atención plena o mindfulness (a quien le ayude) y el autocuidado. Tres maravillosas formas de ganar en bienestar que considero responsabilidad de todo terapeuta, y más de los que trabajamos con trauma.

Así, los terapeutas podremos estar con las familias y facilitar que se entrenen también en estar presentes con sus niños. Iniciamos un proceso donde a la vez que podemos conocer a las familias de cara a planificar la intervención con ellas, favorecemos el autoconocimiento y habilidades de autocuidado en ellas. Porque sabemos que si uno no está bien o no se cuida, no puede hacerlo con otros y si uno está en estrés, es imposible que pueda escuchar, sintonizar o relacionarse de forma segura.

Quiero destacar tres elementos del autocuidado positivo, según  EMDR y Disociación: El abordaje progresivo. González y Mosquera, 2012. Editorial Pleyades:

(1) Una actitud o estado mental de valorarse y quererse a uno mismo, actitud que motiva al individuo a cuidarse bien

(2) Una ausencia de actitudes de auto-rechazo

(3) Acciones beneficiosas específicas, que hacen que el individuo crezca y se valore.

Las autoras dicen que la actitud de autocuidado positiva genera motivación para los otros dos elementos. Y es que esta actitud se relaciona con los patrones de apego y la historia de cuidados de los adultos. Al ser cuidados de niños, no sólo estamos aprendiendo a hacerlo en un futuro con nuestra descendencia a través del modelado, si no que aprendemos a considerarnos valiosos y como tal, a cuidarnos a nosotros mismos.

Cuando un padre o una madre no se valora, o no se quiere a sí mismo, difícilmente logrará que sus chicos se sientan valorados por ellos porque muy probablemente entrará en dinámicas de trauma relacional. Abordando este aspecto, iniciamos la posibilidad de romper una cadena de transmisión generacional y regalarle a los niños y niñas el sentirse valorados de forma genuina. Si hablamos de niños, niñas o adolescentes con trastorno de apego, el que se sientan valorados es una necesidad imperiosa, porque no olvidemos que parten de la hipótesis contraria y es un objetivo el que puedan romper esta expectativa a través de la experiencia mantenida en el tiempo.

El segundo punto, me parece especialmente importante. Los sentimientos de culpa, las exigencias demasiado altas, la autocrítica extrema… dificultan enormemente la posibilidad de relacionarse de forma segura y generan sufrimiento y desgaste. El detectar estas actitudes en las familias nos da información sobre su mundo interno y pistas sobre su estilo relacional, pudiendo así abordarlo con ellas, probablemente en un nivel de intervención que requiere de trabajo personal e integración, con los beneficios que esto conlleva.

El tercer punto se refiere a cuestiones como encontrar espacios de disfrute, mantener interés por actividades, darse descanso, cuidarse físicamente…. Sé que algunas personas pensarán que no tienen tiempo, o que si su niño está sufriendo, no pueden parase a pensar en estar bien, por ejemplo. La necesidad de los niños con daño, puede ser tan grande que uno se puede olvidar de sí mismo y de su pareja, porque no hay tiempo o espacio. Cuidado, porque el criar a un niño con afectación por trauma es una carrera a largo plazo, en la que el disfrute y recargar pilas es vital para mantenerse y poder ser consistente. Es un buen aprendizaje para los niños el ver como sus padres y madres están bien y un aprendizaje para la vida, el valorar el descanso y el placer.

Así pues, el autocuidado como una pata más que facilita el relacionarse de forma segura y uno de los caminos para estar presentes, porque me estoy refiriendo a crianzas que requieren de “superpoderes“ , me gusta referirme a los criadores terapéuticos como superhéroes de la crianza. Con estos niños y niñas, las posibilidades de reprocharse a uno mismo o de no cuidarse, por ejemplo, son mucho mayores que en una crianza con niños sin afectación, cuando paradójicamente, mayor es la necesidad de hacerlo.

Todo esto puede ser necesario o no, se puede avanzar con rapidez o de forma muy lenta. Cuando sea así, nos pararemos a entender, para seguir avanzando. Digo esto porque, aunque en ocasiones, la necesidad de cambio es urgente, pero suele pasar que entonces el cambio tenga que ser más lento para ser real. En esos momentos, reforcemos el contexto, utilicemos terapia ambiental o lo que podamos hacer para que lo niños estén protegidos, pero las familias no irán más rápido porque tengamos prisa y merecen que les pidamos lo que pueden dar para que los cambios sean reales, coherentes y consistentes.

En la línea de lo tratado, me gustaría hacer algún comentario en torno a las competencias parentales, que tanto nos ayudan a enfocar el trabajo con las familias (Los desafíos invisibles de ser madre o padre. J. Baruy y M. Dantagnan. Editorial Gedisa, 2010):

La relación de apego seguro se establece fundamentalmente como una relación reguladora y para poder hacerlo, los adultos cuidadores tienen que saber y poder regularse a sí mismos. En crianza terapéutica, hablamos de la adquisición en los padres de “apego resistente”, porque se refiere a mantener esta forma de relación pesar de los obstáculos que, sin duda, van a aparecer para ponerlo complicado.

La sintonía implica poder estar en el otro y no desbordase; para ello, uno mismo no puede estar en alarma, con altos niveles de estrés o con defensas activadas, sino en contacto con la calma y con habilidades de mentalización. En la crianza terapéutica, hablaremos de la capacidad de “sintonizar con ruido”, dadas las posibles complicaciones para encontrar y mantener la frecuencia con la que conectar.

La consistencia es aquella cualidad que refleja que hay un orden y un sentido que se mantienen en el tiempo (por ejemplo, que puedo transmitir mensajes necesarios para la crianza terapéutica como “no me abrumaré con lo que te sucede”, o “te protegeré”, o “puedes cederme el control”, “Me gusta quien eres” y responder en coherencia con ellos) y pasa repetidamente. La presencia va por el canal de lo no verbal, y es este el que logra que los mensajes lleguen con verdad.

Las plantas no van a sacar la flor antes porque le expliquemos como hacerlo, pero con el trato adecuado y mantenido, lo harán cuando llegue su momento, y será el mejor.

Muchas gracias por permitirme compartir estas reflexiones y gracias a todas las familias que me hacen aprender cada día.

4 comentarios:

Carmela dijo...

Soy madre adoptante, y me ha surgido la necesidad de decir GRACIAS.


ialvite dijo...

Brillante en la forma y en el fondo. Una vocación profesional con corazón.

Ana Sieiro dijo...

Laura, me ha encantado. Lo compartiré.
Muchas gracias!

Anónimo dijo...

Soy madre adoptiva y me he visto reflejada en las emociones, pensamientos o actitudes dolorosas que viví y sufrí cuando criaba y educaba a mi hija, porque además no conté con ninguna ayuda eficaz, a pesar del desfile de psicólogos y especialistas por el que pasamos.
Gracias, Laura, porque me has ayudado algo con tu análisis y reflexión, que me ha parecido profundo y sincero.