lunes, 3 de octubre de 2016

Crecer en una familia de acogida: proveer una base segura a lo largo de la adolescencia (II)

Continuamos con la segunda parte del post dedicado a exponer la investigación llevada a
cabo por G. Schofield y M. Beek y publicada en un artículo titulado: Growing up in foster care: providing a secure base through adolescence (Crecer en acogimiento familiar: proveer una base segura a lo largo de la adolescencia)

En el primer post desarrollamos la tesis de los autores, la cual incide en una realidad que todos los que trabajamos y acompañamos a menores y familias en acogimiento familiar hemos podido constatar: la enorme importancia que la familia sigue teniendo en la adolescencia de los menores acogidos (en toda familia, pero para los que viven en régimen de acogimiento familiar y cuentan con antecedentes previos de abandono y maltrato que generan vulnerabilidad e inseguridad en los menores, así como la posibilidad de que padezcan trauma complejo, la trascendencia de la familia aún es mayor) porque todavía precisan de una base segura que les brinde apoyo y disponibilidad para poder hacer la transición a la vida adulta.

El artículo (el cual me lo dio a conocer mi amiga y colega Cristina Herce, psicóloga y especialista en acogimiento familiar, co-directora del Centro Lauka, empresa que lleva más de 20 años responsabilizándose, por convenio, junto con la Diputación Foral de Gipuzkoa, del programa de apoyo y seguimiento al acogimiento familiar en Gipuzkoa) es extraordinario y viene a subrayar y poner de relieve que en la etapa adolescente la presencia y acompañamiento de las familias es clave, más de lo que se piensa, pues a menudo este periodo se ha conceptualizado como centrado en el grupo de iguales, la pareja, compañeros de trabajo… minimizándose el papel de la familia que resulta, como estamos viendo, clave para nuestros adolescentes acogidos. Incluso en etapas más avanzadas de la vida (jóvenes en la veintena) veremos vivencias -que el mencionado estudio describe- en los que el rol de los acogedores ha resultado de especial relevancia. Los ejemplos de los jóvenes que el artículo cita, de edades ya más avanzadas, me han traído a la mente a madres y padres acogedores que conozco -y a sus hijos de acogida- que continúan siendo base segura para sus hijos. Y gracias a su sensibilidad y disponibilidad, los jóvenes, vulnerables e inseguros en mayor o menor medida, pueden encontrar en esta base los recursos psicológicos que necesitan para afrontar los desafíos de la vida.

Esto no nos debería de sorprender tanto, a mi modo de ver. Algunos padres adoptivos y acogedores se llevan las manos a la cabeza, en un gesto humanamente comprensible, cuando toman conciencia de que su papel como fuente de apoyo, acompañamiento y ordenamiento de su hijo/a se va a prolongar más de lo debido, más de lo que su edad cronológica marca. En efecto, esto es así porque el cerebro tarda en completar su maduración mucho más de lo que se creía. Como nos suele recordar Rafael Benito, psiquiatra y amigo y colega, hasta los veinticinco (y en algunos casos un tanto más) el cerebro no ha terminado de configurarse. Muchos chicos y chicas, en mi experiencia, recuperan bastante bien su desarrollo en algunas áreas, teniendo en cuenta que provienen de experiencias de abandono y maltrato (a veces más leve, otras veces más grave) que suceden en periodos críticos de la vida como son los primeros años, donde se está construyendo el cerebro y se están creando las conexiones neurales, además de que en función del ambiente, unos genes se expresarán y otros no. Se desarrollan bastante bien pero la seguridad en uno mismo, la regulación de las emociones, el control de los impulsos y la planificación y organización personales (aspectos que tienen que ver con las funciones ejecutivas) no se recuperan tan fácilmente y requieren que el adulto cuidador esté a su lado para prestarles su cerebro, como suele decir Jorge Barudy, nuestro profesor. Este tipo de de habilidades mentales y cerebrales también suelen completarse más tardíamente en chicos y chicas que no han sufrido maltrato porque son las últimas en desarrollarse a nivel cerebral. Así que pensemos en los menores que han sufrido maltrato y su cerebro ha sido alterado: su desregulación suele ser de mayor magnitud, durante más tiempo (a veces para toda la vida) y requiere más permanencia por parte de los adultos cuidadores para estabilizar funciones mentales.

Además, quizá a veces equivocamos el concepto base segura. No se trata de que el joven acuda donde nosotros y le resolvamos todo evitando su autonomía e impidiéndole asumir sus responsabilidades. No. Todos los adultos necesitamos contar con una base de seguridad en diferentes momentos de la vida, que nos brinde apoyo, nos regule emocionalmente y nos potencie nuestros propios recursos. Todos necesitamos contar con personas de confianza que hagan esta función para nosotros, reguladora y segurizante. Pero somos nosotros los que tenemos que tomar las decisiones y resolver los problemas y desafíos que la vida nos presente. Cuanto mayor equilibrio logremos entre autonomía y necesidad del otro, más seguro pienso será nuestra representación mental con respecto al apego. Pero de la "cuna a la tumba", como magistralmente expresó Bowlby, la necesidad de acudir a figuras con las que tenemos un vínculo en momentos en las que las precisamos para obtener apoyo, seguridad y consuelo, es fundamental y se da en todas las etapas de la vida. Kathy Steele, en un congreso de apego, en Roma, en sus apuntes, comenzó su powepoint con esta frase que se me quedó grabada: “Todos necesitamos a veces, ser dependientes; todos necesitamos, a veces, ser independientes” Luego en este equilibro está la virtud.

Por lo tanto, de lo que venimos diciendo hasta ahora, se desprende que toda familia pero en especial las familias adoptivas y acogedoras, siguen teniendo un papel relevante durante este periodo que va desde la juventud a la vida adulta. Gracias a estas familias competentes, los menores que previamente fueron abandonados o maltratados, tienen una oportunidad de crear nuevos vínculos y crecer y desarrollarse con los nutrientes físicos y emocionales que necesitan. Por ello, estas familias deben estar acompañadas y formadas debido a la trascendente, compleja y larga misión que tienen: ejercer una parentalidad terapéutica, esto es, como sabemos, llevar adelante una crianza que repare las heridas que los traumas dejan en la psique en desarrollo de los menores.

Así pues, me ha encantado este estudio porque los especialistas corroboran lo que venimos observando en nuestro trabajo diario con las familias: que es totalmente necesario acompañar a los menores acogidos más allá de los 18 años. Además, aunque sea costoso y trabajoso hacerlo y requiera dosis potentes de energía y entusiasmo, puede merecer mucho la pena porque podemos sacar adelante a una persona, contribuyendo a su adaptación social y bienestar. Como una madre de acogida me dijo un día: “ahora mi hijo me necesita y voy a estar a su lado para brindarle ayuda y apoyo todo el tiempo que sea necesario” Para llegar a esta conclusión, es preciso que los adultos reconozcan que este tipo de chicos y chicas presentan más que dificultades, como dice María Vergara. Presentan un daño que hay que reparar y requiere de tiempo, paciencia y perseverancia. Esto se puede lograr cuando aceptamos (es un proceso que cuesta mucho pero se puede hacer) al niño o joven en su dolor y su daño y se lo reconocemos. Entonces, podemos empezar a ver su mente (sus necesidades, su vulnerabilidad, sus emociones, sus límites, sus recursos…) La suya, no la nuestra preocupada y enfrascada en cogniciones, pensamientos y creencias sobre lo que debería hacer a su edad y lo que puede hacer pero no quiere. Creencias nuestras que no reflejan la realidad del menor. Cuando le vemos al niño o joven, cuando le sentimos, cuando le reconocemos (como dice magistralmente Ana María Gómez: “te veo, te siento, te reconozco”) entonces estamos viendo al hijo/a real. Y es ahí cuando podemos empezar a trabajar con él en lo que necesita, pudiendo estar así abiertos a sus logros y cualidades, por pequeños que sean.

Recordando el modelo de la base segura familiar en la adolescencia de Schofield y Beek, son cinco los componentes que la forman en esta etapa, y que ya referimos en la primera parte de este post: Disponibilidad, sensibilidad, cooperación, aceptación y pertenencia a la familia.

Vamos a recoger los ejemplos que los autores plantean en este artículo, casos reales, sobre cómo las familias de acogida han llevado adelante cada uno de estos componentes. Recordamos que los autores hicieron un estudio longitudinal (que merece difusión) con familias de acogida desde el año 1997 al 2006 con el fin de determinar “las necesidades de los menores para la permanencia, la seguridad y la estabilidad a lo largo del tiempo, en acogimiento familiar”

En este post expondremos las dimensiones de disponibilidad y sensibilidad. Nos ocuparemos de las otras dimensiones en sucesivas entradas.

Disponibilidad – Ayudar a los adolescentes y a los jóvenes a confiar

Los adolescentes en el estudio Crecer en una familia de acogida llegaron a las familias en la temprana o mediana edad (por debajo de los 12 años) Casi todos (90%) tenían una carga de abuso y negligencia. La mayoría de los menores tenían madres con historias con severas dificultades para la crianza combinadas con historia de abuso en la infancia (57%), problemas de salud mental (55%), abuso de sustancias (19%) y dificultades de aprendizaje (31%) Esto sugiere que los cuidadores tenían una alta probabilidad de actuar de manera que aterrorizara o asustara a los menores; así pues éstos contaban con ausencia de base segura en la infancia.

Los autores definen la disponibilidad de la siguiente manera: “ofrecer una base segura durante la adolescencia requiere de los cuidadores que promuevan una autonomía apropiada mientras simultáneamente proveen de un refugio donde el joven se sienta a salvo”

Y ponen como ejemplos de su estudio a Jenny (llegó a la familia a la edad de 6, con 14 años en el momento de la investigación), con antecedentes de abuso sexual y negligencia severas. Jenny presentaba aún dificultades para poder acostarse y necesitaba decirle buenas noches a su madre de acogida cada noche, incluso aunque ello implicara telefonearle al móvil, si su madre había salido. Los autores de la investigación comentan que algunos jóvenes más vulnerables estaban necesitados de ese tipo de disponibilidad reaseguradora hasta bien entrados los veinte años. Esto concuerda con comentarios que me han hecho padres y madres adoptivos acerca de si es normal que sus hijos precisen de su acompañamiento antes de que duerman, a las edades de 25 años, para decir buenas noches o hablar antes. Y evidentemente, a la luz de lo que vamos aprendiendo, podemos valorar que es desde luego, normal y necesario para algunos chicos y chicas. Lo comprenderemos mucho mejor si además somos conscientes de que por la noche la angustia aumenta. Quedarse solo/a en la habitación, con uno mismo/a, conectando con el interior, si se tiene una historia muy dura (abusiva y maltratadora a las espaldas), a oscuras, propicia la emergencia de contenidos traumáticos: sensaciones e imágenes, emociones… no integradas que aterrorizan. Algunas jóvenes abusadas me han contado que tienen alucinaciones postraumáticas y ven (un síntoma disociativo) al maltratador aproximarse a ellas.

[“El sueño de la razón produce monstruos”, decía (corregidme si me equivoco) Goya. Si conocéis una parte de la producción pictórica de este genio denominada serie negra -unas pinturas expuestas en el Museo de El Prado de Madrid (inigualable pinacoteca), las cuales fueron arrancadas a su muerte de las paredes de La Quinta del Sordo (como se le llamaba a la casa donde vivió Goya) y llevadas a dicho museo- podemos comprender y empatizar con que los horrores, las angustias y los fantasmas (imaginarios pero con base real porque el pintor aragonés fue testigo de una época muy traumática en la historia de España y no se limitó reflejar la realidad sino a denunciarla) pueden aparecerse (sobre todo por la noche) tomando formas tan oscuras, terroríficas y fantasmagóricas como las que Goya plasmó resilientemente (porque lo transformó en arte creando una obra fascinante y enigmática) en sus pinturas de la serie negra. La alegoría del trauma complejo -eso son para mí las pinturas negras de Goya-, y así podría representarse y simbolizarse]




Otra menor en acogida llamada Charlotte (volvemos tras este excursus a los menores del estudio puestos como ejemplo de cómo llevar adelante la disponibilidad de los acogedores en la adolescencia) tenía dificultades de aprendizaje (acogida a los 8 años, ahora con 17 años de edad) que interferían con su capacidad para poder gestionar bien los tiempos y no desorientarse o despistarse cuando empezó a trabajar. Durante el periodo de la comida, la madre le llamaba  para apoyarle y recordarle las horas con el fin de que retornara a su trabajo por la tarde.

Otro joven llamado Rob (acogido a la edad de 10 años, en el momento del estudio contaba con 19 años) comenzó con problemas justo cuando surgió la posibilidad de que se independizara en una vivienda propia. Los autores del estudio mencionan que el momento de mudarse a otra vivienda, de trasladarse, es un periodo en el que precisan considerable apoyo. La casa de Rob no estaba cerca de donde vivía su familia acogedora sino en otro barrio, mucho más lejos de donde trabajaba como albañil. Este cambio fue suficiente para desorganizar a un joven muy vulnerable por su historia. Con el fin de que no faltara al trabajo, le llamaban a diario para que se despertara y acudiera.

Uno de los mayores desafíos en el estudio es apoyar a una hija de acogida durante su embarazo y maternidad. En términos de apoyo y disponibilidad de los cuidadores, es cuando más pueden necesitarlos. Si la maternidad es una experiencia muy exigente para todas las mujeres, para una joven vulnerable y sin recursos, aún más. Puede desestabilizar (e incluso desorganizar) la mente. Chloe, otra joven del estudio, acogida a los 11 años, en el momento de hacer el estudio cuenta con 19 años) se quedó embarazada de su novio. Los acogedores llegaron al acuerdo y a la convicción de que en esos momentos lo mejor era tratar de recomponerse de su decepción y dolor hacia su hija y seguir ofreciéndole apoyo como padres y abuelos. Cuando se le entrevistó, Chloe era una madre segura y competente, quien usaba su inteligencia, competencia y resiliencia en su nuevo rol de madre. Ella apreciaba el interés y apoyo de los padres y sentía admiración y afecto por la labor que desempeñaban de base segura. Incluso en estas etapas de la vida y en estas circunstancias, la disponibilidad de los cuidadores contribuyó a su desarrollo, confianza y seguridad.

Los autores concluyen, con respecto a la disponibilidad, lo siguiente (y no podemos estar mas de acuerdo con ellos): “El mensaje en la mayoría de los casos es que los adolescentes y los jóvenes, incluso con el cuidado y el apoyo de sus familias de acogida, son vulnerables a muchos tipos de golpes y reveses de la vida, y que el mantenimiento de la disponibilidad emocional y práctica (recursos de ayuda) mientras sea posible es esencial”

Sensibilidad – Ayudar a los adolescentes y jóvenes a manejar sus sentimientos y conductas

Schofield y Beek dedican -en el apartado dedicado a la sensibilidad- una introducción a un tema que aquí, en Buenos tratos, le hemos dedicados varios post. Nos estamos refiriendo a que la capacidad de manejar los sentimientos y las conductas está en la base de la salud mental. Los autores del estudio mencionan a Schore y a Fonagy, dos prestigiosos profesionales e investigadores de la mente en desarrollo que hablan de que la regulación del afecto ha llegado a ser importante porque es la base para beneficiarse en el futuro de un apego seguro y capacidad resiliente. Los cuidadores que reflejan en su propia mente mientras se mantienen en sintonía con la mente del niño, las emociones de un modo constructivo y apropiado, fomentan la capacidad regulatoria y por ende, el apego seguro.

El impacto de la pubertad en los adolescentes y jóvenes acogidos puede presentar diferentes retos en la regulación emocional. Los adolescentes acogidos, además, están en búsqueda de la identidad  y esta tarea puede ser más complicada por una ausencia de coherencia en la comprensión de sus historias, dicen los autores.

Por ello, los cuidadores, en esta etapa también tienen que enfrentarse en el ejercicio de su parentalidad terapéutica, al reto de ayudar a los adolescentes acogidos a aprender a regular y manejar las emociones. Muchos han podido beneficiarse en la infancia de las experiencias positivas que en este sentido brinda el acogimiento con cuidadores competentes. No obstante, para bastantes chicos y chicas manejar las emociones y los impulsos sigue siendo una tarea a seguir perseverando con la ayuda y el apoyo de los acogedores o padres adoptivos. En este apoyo que las familias han de seguir ofreciendo a sus hijos/as, la clave de esta dimensión –refieren los autores del artículo- no es simplemente la habilidad del cuidador para entrar en sintonía con la mente del menor, sino la habilidad de actuar, de responder sensiblemente.

Nos ponen el caso real de Leroy, acogido a la edad de 7, en el momento de la investigación, 18 años. Este joven había sido muy agresivo en la escuela a la edad de 13 años. La escuela le ayudaba mucho a Leroy pero era insegura para contenerle. Su cuidadora se ofreció y se mostró disponible a la escuela para, en el caso de necesitarle, acudir inmediatamente. Este acuerdo, solo pudiéndose llevar adelante gracias a la autorización del director del centro, funcionó bien y demostró la capacidad del cuidador para estar disponible cuando el joven estaba en una situación de desregulación desorganizada, con el fin de responderle sensiblemente y de modos que pudieran ayudar a Leroy a manejar sus sentimientos y conductas. Ella también hablaba con Leroy de sus sentimientos y le ayudó poco a poco a sentirse mejor identificando diferentes sentimientos, a pensar en qué le disparaba y a comunicarlo de una manera más apropiada. Leroy dijo más adelante: “Yo sentía que había hecho algo mal y como que buscaba el castigo de la acogedora. Pero ella realmente me confortaba y juntos fuimos para adelante. He aprendido a confiar en ella el tiempo que estuve allí. Era mi hogar, mientras anteriormente simplemente era un lugar donde yo estaba”

Puede merecer la pena, como vemos. ¡Ánimo a todos con la tarea de la parentalidad terapéutica! El 17 de octubre regresa el blog Buenos tratos. La firma invitada de este mes es Laura Fariña, psicoterapeuta de familia e integrante del equipo de crianza terapéutica del Centro Allen, en A Coruña. Te esperamos con ganas, Laura.

El 31 de octubre os entrego la tercera parte de este excelente artículo, que nos inspira, anima y motiva en el día a día.

Cuidaos / Zaindu


Referencias

Schofield, G. y Beek, M. (2009) Growing up in foster care: providing a secure base through adolescence Child and Family Social Work,14, páginas 255-266