sábado, 5 de junio de 2010

Entrevista de Lidia Bosch, estudiante de periodismo, sobre el trastorno de apego (III y final)

Lidia (L): ¿Cómo nos podemos comunicar con ellos? -Se refiere a los/as niños/as-
Algunos no tienen disponibles las palabras, por trauma o porque hay un retraso del lenguaje. O temen hablar. Es muy bueno ofrecerles un rico abanico de modos de expresión más seguros como el juego, el dibujo… Es necesario escucharles o atender a sus expresiones, comprendiéndolas y aceptándolas. Ser empáticos con ellos, recoger lo que sienten. Resonarlo, que ellos perciban que sentimos lo que sienten. Así les ayudaremos a conocer su mundo emocional y se harán más reflexivos. Hay que evitar las críticas y las descalificaciones. A la vez, hay que ser firmes. Firmes pero amables. Y definir un marco previo de relación y comunicación donde se expliciten los límites y las normas a respetar. La más importante es que nunca nos haremos daño. Y es que estos niños suelen tener problemas, como ya hemos apuntado, con los límites normativos.

Es muy importante un enfoque positivo: estos niños tienen sus cualidades y no siempre se resaltan. Hay que apreciarles más que premiarles. Se tiende a criticarles por todo y muchas veces. Además, no hay que olvidar que nos han dado una lección que los adultos olvidamos con frecuencia: han sobrevivido a entornos hostiles y eso tiene un mérito tremendo que debemos valorar: reconocerles lo que han sufrido y que tienen derecho a sentirse como se quieran sentir (enfadados, tristes…) por lo vivido. Pero que han demostrado un coraje para salir adelante inmenso y que ahora van a mejorar más con nuestra ayuda. Esta idea de reconocer el dolor y el sufrimiento a la persona maltratada es de Jorge Barudy y es una gran aportación que alivia y ayuda a muchas víctimas.

El tema del trastorno del apego está poco estudiado, es desconocido. ¿Por qué? ¿Por desinterés? ¿Porque afecta a poca gente? ¿Porque se quiere esconder? ¿Por qué esta ignorancia?

En realidad sí está estudiado, y mucho, y desde hace mucho tiempo. Bowlby fue el pionero cuando estudió la importancia del apego y el fundamento seguro que aportan los padres y su trascendencia para la supervivencia. Estamos hablando de los años 50. Spitz, otro autor, estudió a los niños abandonados y observó que aquéllos que eran institucionalizados y recibían alimentación pero se les dejaba solos, sin ningún nutrimiento afectivo, enfermaban e incluso algunos llegaban a morir. Posteriormente, años 70, Ainsworth, una autora, investigó y descubrió qué características tenía un apego seguro y describió los apegos inseguros de los que hemos hablado. Y muchos más. Autores actuales podríamos citar: Fonagy, Crittenden, Barudy, Dantagnan, Siegel, Rygaard, Cassidy, Ibáñez, Torres, Yarnoz, Marrone, Van der Hart... y no he hecho más que empezar.

Pero es cierto que este saber parece haberse quedado en el mundo universitario y no existen demasiados profesionales que utilicen el modelo del apego sobre el cual tratar los casos, por lo menos en mi zona de trabajo, Gipuzkoa. El impulso de profesionales como Barudy y Dantagnan, en España, para sensibilizar sobre este modelo está empezando a dar sus frutos y comienza a extenderse. Yo creo que pronto va a llegar y a calar más entre los profesionales, y hasta es posible que asistamos a un boom. El desafío está en trasladarlo de manera comprensible y práctica a padres, profesores y otros profesionales.

En mí recogida de información y visitas a distintos centros educativos dónde se trabaja con niños de integración, se puede confirmar que más de la mitad de los niños que sufren estas discapacidades son adoptados. ¿A qué se debe este hecho? ¿Qué cambia si son adoptados?

Es que los niños adoptados pueden provenir de orfanatos o centros de acogida donde carecen de casi todo: de comida, de ropa, de personal, de juguetes… de todo lo necesario para estimular a un niño, pero sobre todo, de la presencia continuada de un cuidador al lado del niño que lo proteja, temple sus emociones, calme su malestar, satisfaga sus necesidades, le haga interiorizar el cariño y la sensación de sentirse seguro… En suma, que le dé lo que merece: un buen trato. Si esto falla, el niño tiene altas probabilidades de padecer un trastorno de apego ya desde el primer año que es cuando el bebé registra en su memoria emocional cómo le trataron. Y si falla entre los 0 y los 2 años, aun peor. Y hay muchos niños que son adoptados a los 4, 5, 6, 7 y hasta con 8 años. Ya traen pues, un trastorno del apego (que conlleva una mochila de dolor y sufrimiento) si en su vida estuvo presente el abandono, el maltrato o el abuso. Vemos que hay una gran diferencia entre dos niños adoptados en la misma familia, que no son hermanos biológicos, dependiendo que uno haya tenido más satisfechas sus necesidades que el otro. El que menos satisfechas las ha tenido, normalmente acumula un mayor sufrimiento y un trauma mayor. Y no digamos si al abandono se le suma el maltrato…

Si son adoptados, todo cambia para esos niños. Todos mejoran, para ellos es la salvación, su alegría, lo mejor que les ha podido pasar... Pero ocurre que no pueden, normalmente, ir al mismo nivel que los demás. Siempre tienen ese handicap. Y lo que ocurre es que los padres los comparan con los que no han tenido esas duras experiencias y es muy injusto. Estos niños tienen un desarrollo, normalmente, más lento y maduran más tarde. La exigencia desmedida de los padres puede conducirles a la incomprensión y a la frustración permanente porque por mucho que avancen, no llegan al punto que los padres quieren. Y esto no les deja ver todas las cualidades positivas que estos niños tienen. Los padres piensan que como el niño se recupera de la motricidad, también lo hará en el área de las emociones y del comportamiento. Pero no suele ser así porque para que el niño pueda regularse en estas áreas ha debido de recibir cuidados empáticos (dentro de una relación de apego seguro) que inciden directamente sobre las áreas cerebrales que se encargan de modular las emociones. Estamos diciendo que la relación con unos padres modela el cerebro en su estructura y función, y así es. Se sabe que el cortex orbitofrontal, una parte que interviene como un catalizador, regulando las emociones, se modula en la relación de apego. Fíjense la trascendencia que tiene todo esto. Para recuperarse de esta modulación emocional hace falta maduración y tratamiento psicológico. Hay que tener paciencia con los niños, además.

Los trastornos de apego que tienen algunos niños son tan severos que pueden hacer de la convivencia con sus padres un auténtico infierno para todos, sobre todo en la adolescencia, cuando no controlan sus reacciones agresivas físicas y verbales. Los padres culpan al hijo y se culpan ellos, y el hijo lo mismo. Es importante poner un tratamiento psicológico e incluso psiquiátrico a un niño con trastorno de apego (si éste es grave) lo antes posible, no esperar a la adolescencia. Los padres adoptivos se encuentran con niños que no esperan. Los padres pueden ser más o menos habilidosos pero, en general, son competentes (han pasado por un proceso de valoración) y no causan el problema. Las causas están en el daño que ha sufrido el niño en edades clave para el establecimiento del apego sano y seguro. Pero sí es verdad que unos padres concienciados y que colaboran con los profesionales (no rígidos), permeables al cambio (no han de educar desde sus premisas sino desde lo que necesitan estos niños) pueden mejorar las cosas o empeorarlas terriblemente.
Para terminar, ¿qué futuro les espera, dentro de sus posibilidades, a estos niños?

Es muy difícil saberlo. Depende de muchos factores. Si al trastorno de apego se le une psicopatología grave, el futuro se complica. Si el trastorno de apego es el desorganizado, el pronóstico es peor en principio, pues el subtipo de apego más vinculado con los trastornos mentales.

Con tratamiento psicológico, psiquiátrico si es preciso, y apoyo educativo y socio-familiar (cuanto antes) la perspectiva de futuro no tiene por qué ser negativa. Pero hay que ayudarles mucho y tener paciencia porque maduran más tardíamente. Mi visión es positiva. Con ayuda profesional y las dos “p”, que dice Jorge Barudy: paciencia y perseverancia, la mayoría de los niños puede salir adelante, con sus más y sus menos, pero salen. Insisto en lo de las ayudas y apoyos, es crucial.

¿Se podrán adaptar a nuestra sociedad, tener trabajo?

Los casos más graves son los que no se pueden adaptar porque al trastorno de apego se le ha asociado además un trastorno de personalidad u otro mental. Para Rygaard, el trastorno de apego desorganizado severo (él lo llama trastorno de apego reactivo severo) sería una forma de minusvalía y precisaría de todas las ayudas sociales que necesiten para insertarse.

viernes, 4 de junio de 2010

Entrevista de Lidia Bosch, estudiante de periodismo, sobre el trastorno de apego (II)

Lidia (L.): En la Guía para el apoyo educativo de niños con trastornos de apego, se explica que hay diversos trastornos de apego disfuncionales: inseguro-evitativo, inseguro-ansioso ambivalente y desorganizado ¿A qué se debe que el niño sufra uno u otro?

José Luis (J.L.): Los trastornos de apego son maneras de apegarse, alteradas, disfuncionales. No son patología en sí, enfermedad, sino rasgos de ser y comportarse que se adquieren en una relación con los cuidadores y se mantienen bastante estables casi desde los dos primeros años de vida. El niño se va adaptar a lo que el cuidador le ofrezca, a los patrones de comportamiento y relación que mantenga y comunique con el niño. Los seres humanos nacemos con un equipamiento biológico programado para el apego al cuidador porque ha sido básico para la supervivencia. “Apegarse o morir”, diríamos. El tipo de apego que el niño va a desarrollar, aunque puede depender también de factores genéticos y constitucionales, se sabe que sí guarda relación, hay algo específico, con la experiencia interactiva con el cuidador (padres, normalmente) Hay una maduración dependiente de la experiencia, dice Siegel.

Si el cuidador es empático, sensible y disponible a la satisfacción de las necesidades del niño, el tipo de apego que éste tiene altas probabilidades de desarrollar es el apego seguro. Si el cuidador es evitativo, rechazante, hostil y no conecta emocionalmente con el niño, el bebé desarrolla un apego inseguro evitativo en el que aprende (es un apego disfuncional pero para el niño tendría una función de adaptación a ese contexto relacional, no lo olvidemos) que para mantener próxima a la figura de apego (incluso los apegos disfuncionales tendrían esa función: mantener próxima a la figura de apego sin ser dañados o siendo dañados lo menos posible) debe de pedirle poco. Aprende a desconectarse y a evitar el contacto con el mundo emocional. Suelen ser niños que tienen una nula conexión con lo que sienten. Aprenderían a evitar las emociones.

Si el cuidador es cambiante, inconsistente, impredecible (unas veces se conecta adecuadamente con el niño y satisface sus necesidades; pero otras veces es intrusivo (se conecta cuando el niño no quiere o le invade con sus emociones negativas de tristeza, angustia, miedo…) E, incluso, otras veces, cuando el niño lo necesita, el cuidador se retira o desconecta, el niño no tendrá clara la respuesta del cuidador, aprende que es impredecible. Con lo cual, la estrategia que desarrollará es el apego inseguro ansioso-ambivalente: incrementar sus conductas de apego para atraer al cuidador hacia sí. Estos niños viven más preocupados por su propia angustia y tienen inmensa preocupación sobre si son suficientemente queridos o no. Se les llama ambivalentes porque de bebés, en las investigaciones, en la relación con la madre, lloran mucho cuando ésta se aleja. Pero cuando la madre vuelve para reencontrarse con el bebé el niño se resiste a ser cogido, no se calma fácil…

Y, finalmente, en contextos caóticos, violentos, con padres atemorizados o atemorizantes, desorganizados… en los que el cuidador se muestra agresivo física o verbalmente con el niño cuando éste demanda atención o pone en marcha sus conductas de apego, pero cuando el niño se aleja para defenderse el cuidador lo vive mal también, lo interpreta de modo hostil… se dice que el niño vive una paradoja irresoluble pues no puede ni siquiera huir de quien le ataca, tanto si se aproxima como si se aleja. Además, la propia figura adulta que debería convertirse en base segura para el niño se convierte en fuente de maltrato o de estrés. Estos niños se quedan como en trance, congelados. No pueden organizar una respuesta (como el evitativo, desconectarse, o como el ambivalente, incrementar sus conductas de aproximación) por lo que este tipo de apego contiene elementos de los dos anteriores pero sin una estrategia organizada (de ahí su denominación de desorganizado) Es el tipo de apego más grave que existe, el que más asociación tiene con la patología y el de pronóstico peor. El niño aprende a desear acercarse al adulto (activar su sistema de conexión social) pero a la vez ha aprendido a activar su sistema de defensa (retirarse) por lo que en las relaciones futuras sufrirá bruscos cambios que le lleven a ser inestable y cambiante en las relaciones. Desarrollar una mente coherente (en palabras del autor Siegel) es muy difícil en un patrón relacional de este tipo, por lo que suelen ser niños disruptivos.

L.: Si hablamos del entorno educativo, ¿qué relaciones establece el niño con éste, con los profesores, compañeros...? ¿Cuál debería ser la relación?

Según el tipo de trastorno de apego, las relaciones, como hemos visto, pueden establecerse de manera diferente. Si el apego que predomina es el evitativo, el niño evitará cualquier contacto con su mundo emocional. Será un niño que funcionará mejor desde lo instrumental y lo racional. Es posible que sea un niño retraído. Al no tener un conocimiento de su mundo emocional, es posible que pueda tender a ser explosivo porque no manejará bien los sentimientos de rabia. El niño ansioso-ambivalente, al contrario, buscará llamar la atención y se mostrará hiperdemandante con compañeros y profesores, no regulando sus estados emocionales y pudiendo ser invasivo con los demás. Usará cualquier conducta que suponga llamada de atención para tener una ilusión de alivio y alejar el fantasma de no sentirse querido (mentir, fabular…) pero también puede mostrarse en la faceta positiva, muy afectivo. El niño desorganizado es quien peor lo tiene y el que más problemas sociales muestra pues su estrategia puede ser excesivamente punitiva, y además puede entrar en escaladas de poder porque su leit motiv puede ser tratar de controlar y dominar las relaciones sociales para sentirse seguro. Su inestabilidad emocional puede conducirle a cambios bruscos en su estado mental pasando de estallidos ante la frustración a, minutos u horas después, mostrarse como si nada hubiera ocurrido.

L.:
¿Cómo podemos ayudar a estos niños? ¿Cómo les podemos enseñar?

Puede parecer una visión muy negativa la que estoy trasladando en estas líneas. No es cierto, porque dentro de los trastornos de apego debemos hablar de niveles de severidad (leve, moderado, grave) También debemos de decir que el apego desorganizado es el más grave y el más vinculado con la enfermedad o los trastornos mentales (por ejemplo, con el trastorno límite de la personalidad) En mi opinión, los otros apegos (evitativo, ansioso-ambivalente) serían más disfuncionales; el desorganizado lo consideraría más trastorno. Aunque al final no es una cuestión categorial sino dimensional: cuando la frecuencia e intensidad de un rasgo es muy elevada y además causa deterioro en la vida de la persona, es cuando estamos más cerca del trastorno.

Otro aspecto importante es la edad en la que se detecte y en la que se pongan en marcha las ayudas. Cuanto antes, mejor. Y otro punto es el papel de los padres o cuidadores y profesores para encauzar esto o para empeorarlo. Es el papel de los agentes sociales, que es muy trascendente en este y en otros problemas.

Los autores que estudian los trastornos de apego insisten en que el cerebro se muestra plástico durante toda la vida, por lo que siempre es posible una intervención. Cuanto más temprana, mejor serán los resultados. Es verdad que los niños que han sufrido este trastorno lo tienen más difícil si se ha gestado en las edades clave (entre los 0 y los 2 años) Si en este periodo ha habido separaciones de las figuras de apego, rupturas, abandono, maltrato… es una edad crucial y las secuelas se van a notar posteriormente porque será un niño social y emocionalmente menos competente. Pero siempre merece la pena poner en marcha intervenciones. Con algunos niños se puede lograr una gran recuperación y encaminarles hacia representaciones de apego más seguras. Con otros, más graves, y dependiendo también del contexto social, educativo y/o familiar en el que estén insertos, es posible mejorar pero no eliminar las características de apego disfuncionales que desarrollaron como formas de supervivencia en los contextos en las que se generaron. Es muy difícil eliminar lo que tuvo valor para la supervivencia. Igual ni siquiera hay que hacerlo, aunque sí encauzarlo. En otros, puede que lo que vivieron fuese tan grave que aspiramos a sostenerlos con una red psicosocial de apoyo. Les falló tanto la seguridad de base, la tuvieron tan escasamente en los primeros años, que es como si fuesen una casa sin cimientos. Por ello, deberíamos aspirar a entretejer una red psicosocial de apoyo que sería, siguiendo la metáfora del edificio, algo así como las casas antiguas, sin cimientos, que se sujetan apoyándose las unas en las otras.

Las formas de ayudarles son muchas: primero, detectando el problema. Para ello los padres o responsables del menor deben de acudir a profesionales formados y experimentados. Un tratamiento psicológico especializado, con una psicoterapia centrada en el apego, es la primera medida. El tratamiento suele ser largo. Después, estaría la coordinación con la red psicosocial que tiene un papel crucial: los padres, con quienes hay que trabajar a lo largo del tratamiento para que comprendan qué le ocurre a su hijo y adquieran las herramientas educativas adecuadas para ayudarle en sus problemas. Es necesario que los padres bajen expectativas, a veces, y que reconozcan a su hijo el dolor por el que ha pasado. Y además, que se conciencien de que determinadas pautas de crianza son perjudiciales (como los castigos, por ejemplo) Y, finalmente, que los profesores del colegio conozcan también el problema y que éstos se planteen lo primero, establecer una buena relación basada en la aceptación (aunque no en la tolerancia de conductas que puedan dañar) Los profesores que establecen una buena relación y muestran afecto a los niños consiguen más de ellos. La filosofía debe ser inclusiva y el centro escolar se debe de marcar como objetivo educar usando las estrategias educativas (focalizadas en el apego) que ayuden a estos niños a adaptarse al entorno escolar y que la experiencia se pueda convertir en reparadora, no en estresante. Soy consciente de que para ello los profesores y padres necesitan más formación y aprendizaje en este sentido. A veces están demasiado solos. No me quiero olvidar de las ayudas para el aprendizaje que puedan necesitar en función de las áreas en las que presente retraso.
(Mañana, la tercera y última parte de esta entrevista)

jueves, 27 de mayo de 2010

Entrevista de Lidia Bosch, estudiante de periodismo, sobre el trastorno de apego (I)

Esta semana no la he podido empezar mejor: Alexia, el alma mater de Adopta Extremadura, me dio la grata noticia de que premia a éste nuestro blog, Motivos psi. A uno le invade siempre la alegría y la satisfacción cuando le conceden una distinción, pero en este caso, aún más porque proviene de una persona que trabaja y está sensibilizada en favor de la protección a la infancia, esto es, sabe valorar.

Lo que desconocía es que Alexia promueve y dinamiza un blog sobre la enfermedad de la fibromialgia. Os invito a que lo visitéis y os intereséis por esta dolencia, que no siempre es reconocida, haciendo sufrir muchísimo a quienes la padecen, tanto en la esfera física como psicológica. Nuestro apoyo y comprensión a todos/as los que la padecen, así como nuestra solidaridad.

Gracias, Alexia.

Lo mejor que tiene internet (las redes sociales, los blogs...) es que te ponen en contacto con un crisol de personas de las que puedes aprender y con quienes compartes información. La psicología 2.0, que diría mi amigo y compañero blogero Alberto Barbero, experto en este tema. Una estudiante de periodismo, Lidia Bosch, me ha escrito pidiéndome que le responda a una entrevista sobre el trastorno del apego. ¿Quién iba a pensar que a una estudiante de periodismo se le podría encender la luz e interesarse por este ámbito de la psicología que tiene una gran repercusión social? Me ha sorprendido gratamente porque, al menos en mi comunidad, en los medios de comunicación, no se habla de este tema. Y también me han impresionado las preguntas tan acertadas que hace. Esta estudiante apunta alto y desde aquí mi agradecimiento por su sensibilidad hacia este tema. Sólo espero que un futuro, ya de profesional, se siga interesando por los niños/as que padecen estas alteraciones.

Estas son las preguntas que me ha hecho y esto lo que yo le respondí. Lo publico en tres veces porque es largo para un solo post:

Lidia (L.): ¿Cómo se detecta que un niño sufre trastorno de apego?

José Luis (J.L.): El área en la que más manifiestamente se observan los trastornos del apego es el área social (relaciones con los adultos y con los iguales) Son niños que carecen, al nivel esperable a la edad, de capacidad de autorregulación emocional, de habilidades para establecer relaciones sanas y constructivas y de lo que se denomina mentalización (la capacidad para sentir que el otro tiene una mente con unas intenciones, unos deseos y unos estados internos), esto último en el apego denominado desorganizado que luego describiremos.

Todo lo anterior supone que el niño presenta dificultades para ponerse en el lugar del otro, sufre episodios de descontrol emocional ante la frustración, puede provocar o tratar de vincularse con los demás desde el modelo que ha interiorizado de los cuidadores primarios (por ejemplo, buscando ser maltratado o rechazado para verificar su esquema mental de que él es alguien que merece eso), respuestas agresivas, no sabe aceptar las normas de funcionamiento, culpa a otros de sus errores, tiene dificultades para ver su papel en los conflictos, tiene dificultades para unir causa-efecto, cambios de humor, dificultades con la empatía, retrasos en el desarrollo que afectan a la capacidad para el aprendizaje, problemas de concentración… O sea, existen muchos indicadores. Por ejemplo, los autores Levy y Orlans han descrito hasta 48 indicadores. Es todo el ser del niño el que se ve afectado por un trastorno del apego.

Existen altas probabilidades de que un niño que ha sufrido malos tratos (abandono, maltrato físico, psicológico, abuso sexual…) padezca un trastorno del apego. Así que desde el momento que unos padres van adoptar y existen antecedentes de abandono o malos tratos, o los profesores del colegio saben que en su clase existe un niño que ha sufrido malos tratos, las probabilidades, como decimos, de que un niño padezca este trastorno son elevadas.

Jorge Barudy y Maryorie Dantagnan refieren que el trastorno del apego es el trastorno de los trastornos, indicando con ello que abarcando, explicando y tratando un problema de hiperactividad, de conducta, de ansiedad, de depresión, de aprendizaje… puede existir de base un trastorno del apego que afecta a cómo el niño se relaciona, se une afectivamente con los demás, a cómo establece los lazos de unión afectiva con los otros. Será de una manera perturbada si el niño ha vivido experiencias de apego disfuncionales o alteradas con su cuidadores primarios, usualmente, los padres.

L.: ¿Con que principales problemas se enfrentan?

J.L.: Los problemas a los que se enfrentan son múltiples. Si son adoptados y presentan un trastorno de apego, la adopción se complica mucho porque son hijos que tienen una alta probabilidad de dar muchos más problemas emocionales, de aprendizaje y sociales que los niños que han tenido un apego seguro en los dos primeros años de vida, que son fundamentales para el desarrollo de un apego sano y positivo y para la organización cerebral. Sus padres van a tener que enfrentarse a un desafío mayor si su hijo presenta trastorno de apego que si no. El niño adoptado que manifiesta un trastorno de apego tiene más complicada la vinculación futura con sus padres de adopción porque ésta puede establecerse de una manera alterada. Tienen que encontrarse con unos padres que comprendan esto, si no, es mucho más complicada la relación. Lo mismo diríamos para los niños acogidos: tienen una mayor probabilidad de que sus acogedores cesen en un futuro la convivencia por el estrés que supone tener que cuidar casi 24 horas al día a un menor con trastorno de apego. Igual ocurre en cuanto a la adaptación de los niños a los centros de acogida: es peor el pronóstico y más grave en la medida en que el trastorno de apego sea severo y de tipo desorganizado.

Los problemas a los que se enfrentan los niños son, sobre todo, la marginación social (resultan impopulares y son rechazados por los demás porque no se sincronizan ni amoldan a la relación interpersonal, a sus códigos y normas de convivencia) También presentan problemas de integración con los adultos (con los profesores, por ejemplo) y suelen ser etiquetados de malos por los problemas de conducta. Y es verdad que los tienen (ausencia de límites normativos) pero porque han carecido en demasía del acompañamiento de figuras adultas en edades claves que son las que hacen que el niño interiorice las normas sociales, porque éstas vienen asociadas al afecto y a la presencia continuada del cuidador. La ausencia de límites normativos que suelen presentar es producto de un sufrimiento y no de maldad. Finalmente, los problemas de aprendizaje, la falta de concentración (les lleva al bajo rendimiento académico, a tener que repetir curso con lo que ello conlleva), la baja autoestima, las dificultades para regularse… Pero diría que el principal problema es la incomprensión y la exclusión a las que se les suele someter. Cuando lo que necesitan es comprensión (qué les ocurre para comportarse así: producto de un sufrimiento) e inclusión (no echarles, por ejemplo, del colegio unos días o castigarles sistemáticamente, sino aceptar su persona, aunque no sus conductas negativas o dañinas) y desde esta aceptación tratar de enseñarles, educarles y no sólo sancionar.

L.: ¿Por qué no pueden establecer relaciones adecuadas a cualquier nivel?

J.L.: Rygaard es el autor que más ha explicado esta dificultad para establecer relaciones a cualquier nivel. Para ello, el autor se sirve de un concepto que llama permanencia. La permanencia es la capacidad de mostrar deseos, conductas e intenciones estables. La permanencia al principio es externa (el adulto regula al niño desde fuera con su presencia y después, con su voz y lenguaje) Progresivamente, el niño interioriza la figura del adulto cuidador y el niño logra la permanencia interna, la capacidad de dirigirse cada vez de una manera más responsable y por sí mismo, sin la necesidad de la presencia constante del adulto cuidador. Rygaard afirma que cada estadio o nivel de desarrollo consigue un logro en la permanencia: primero, se logra la permanencia física (el adulto consigue que el niño estabilice funciones orgánicas: sueño, comida, ritmos biológicos) Después, se consigue la permanencia a un nivel sensorial. A continuación, a un nivel sensoriomotriz, de tal forma que el menor es capaz de ir sincronizando sensaciones y movimientos de una manera coordinada para lograr una respuesta. A continuación, se logra la permanencia de la personalidad, en virtud de la cual el menor puede beneficiarse de la experiencia anterior y aunar pensamiento, memoria, emoción y conducta en una respuesta meditada. Es cuando logra un nivel de organización mayor. Y, a partir de este último nivel, es cuando se consigue la permanencia social, la capacidad de relacionarse adecuadamente con los otros: el niño es capaz, entonces, de darse cuenta que existe otro con una mente, unos deseos, unos sentimientos y unos pensamientos diferentes de los suyos. Entonces puede exhibir adecuadas habilidades sociales. Como vemos, todo esto es acumulativo y requiere de la labor continuada de los padres. Si estos niños carecen de estas figuras adultas en edades clave para el neurodesarrollo, entonces aunque, por poner un caso, el niño tenga 15 años, quizá su nivel de organización sea sensorio-motriz. Rygaard dice que la edad de estos niños ha de dividirse por 2 por 3 ó por 4.

jueves, 20 de mayo de 2010

Una reflexión de Loretta Cornejo, psicoterapeuta, sobre la adolescencia

Loretta Cornejo es una psicoterapeuta que lleva muchos años trabajando pero que yo, cosas de la vida, he descubierto ahora. He leído con fruición uno de sus libros: Manual de terapia gestáltica aplicada a los adolescentes, y como me ha parecido excelente y con muy buenas herramientas terapéuticas para trabajar con esta franja de edad en terapia, lo quiero compartir con vosotros/as. Ya sabéis que todo lo bueno que descubro lo comparto porque es el modo que tenemos de beneficiarnos muchas personas. Así debe ser, al menos para mí, la filosofía que presida el uso de Internet.

En este libro, Loretta (tiene un centro de psicoterapia en Madrid donde trabaja con adultos, niños y adolescentes en formato individual y de grupo, en base a psicoterapia gestáltica, llamado
UmayQuipa) hace una reflexión sobre la adolescencia que me ha cautivado por lo diferente y enclavada en la realidad sociocultural en la que vivimos. La transcribo aquí para que la comentemos. (Pág. 16, 17 y 18 del libro que os he citado más arriba):

"Todo adolescente tiene que romper normas, es parte de su crecimiento, de su separación del mundo de sus padres. El mundo y la sociedad han cambiado, el niño crece con la sensación de que es un adulto más, al cual se piden sus opiniones desde muy pequeños y además se les escucha. Y no sólo eso, sino que incluso se les tiene en cuenta lo que dicen. Esto está bien en parte pero este niño va creciendo con la sensación de que es mejor que sus padres, que se lo merece todo y que además tiene derecho a no agradecerlo.

Este niño va creciendo y va llegando a la adolescencia, en la que por etapas evolutivas tanto físicas como psíquicas, tiene que empezar a discutir con sus padres acerca de los patrones familiares, los permisos, las costumbres. Pero este joven se encuentra con que no hay mucho que discutir, el clima en casa ha sido generalmente de dejarle hacer lo que desea, muchas veces para evitar las peleas, y de demasiada permisividad con la electrónica, la “game boy”, Internet, la televisión. Por otro lado, en algunos casos existe, una ayuda exagerada de los padres en los estudios de los hijos (…)

Lo que empieza a establecerse actualmente en los jóvenes –de modo inconsciente- es que ya no quedan áreas en las que plantear la pelea. Es por esto que se usan los estudios, el rendimiento académico, la conducta en el colegio, como baluartes o iconos para establecer el conflicto entre padres e hijos, entre adultos y jóvenes.

Al mismo tiempo, esta generación ha crecido, como ya hemos dicho antes, teniendo la sensación de que lo saben todo (su gran capacidad espacial y el manejo de ordenadores de modo autodidacta y con más rapidez que sus padres, por ejemplo, les refuerza esta sensación) Además cuentan con una generación de padres que ha facilitado casi todo a sus hijos, al revés que la generación anterior que fomentaba el esfuerzo para así poder crecer. Por lo tanto, todo aprendizaje que ellos no dominan, simplemente lo rechazan.

Antiguamente, los hijos admiraban a los padres hasta la adolescencia, además de profesarles respeto y obediencia, en la que se planteaban la desidealización de sus padres. Pero ahora estos niños ya se creen muchas veces superiores desde la niñez, con padres que los admiran por su inteligencia, su vocabulario, sus ocurrencias. De alguna manera el niño se siente poderoso ante sus padres y muchas veces, dada la problemática actual, logra serlo en fuerza en peleas de poder.
Todo eso llevado a la adolescencia se convierte en una bomba de relojería, donde realmente el adolescente se cree lo que es, pero no sabe lo que es ni hacia dónde quiere ir. Es la etapa en la que tiene que demostrar o empezar a demostrar lo que dice que es y muchas veces la realidad le demuestra que no es así, que no vale tanto como cree o que tiene que hacer un esfuerzo mayor para demostrarlo. Y es aquí donde se quiebra, algunos desde la agresión, la indiferencia, el consumo de drogas o el desmadre y en otros desde la negación del problema, de que las capacidades no se inventan sino que se desarrollan, se enriquecen"

lunes, 17 de mayo de 2010

"Que la historia de un niño adoptado sea dura no significa que se deba edulcorar", entrevista a Alberto Rodríguez, psicólogo de Agintzari

Alberto Rodríguez, psicólogo y terapeuta familiar, Director de acogimiento y adopción de Agintzari, Cooperativa de Iniciativa Social, asesor y colaborador de la Asociación de Familias Adoptivas de Gipuzkoa Ume Alaia, realiza una entrevista para El Diario Vasco que fue publicada en su edición de ayer. Me ha parecido clarificadora sobre cómo se deben de enfocar las adopciones y cómo se deben de posicionar los padres adoptivos ante las dificultades que éstos presentan. Estoy de acuerdo con su planteamiento y alabo la valentía que tiene a la hora de poner de relieve las necesidades que estos menores tienen, así como la reflexión que han de hacer los padres o personas que se planteen adoptar: no se puede nunca soslayar la historia y las experiencias traumáticas que los niños/as han padecido y padecen como recuerdo ("la memoria prospectiva que les permite recordar el futuro", según Siegel), y se debe de partir de este hecho para poder ser incondicionales para ellos.

En este enlace podéis leer la entrevista, que os recomiendo sigáis con interés y apertura mental.

jueves, 13 de mayo de 2010

La exigencia hacia el/la niño/a victima de abandono y malos tratos

Hoy me quiero referir a la exigencia que (padres, profesores, educadores…) como expectativa de conducta, mantienen sobre los/as niños/as que han vivido experiencias de vida en las que, especialmente en los 3 primeros años, se vio comprometida su seguridad personal porque padecieron abandono, malos tratos y/o abusos…

Hablamos de un grupo de menores heterogéneo en el que es un riesgo generalizar. Cada niño/a es un mundo, con una dotación genética particular y unas experiencias de vida concretas interiorizadas. Lo que pretendo mostrar en estas líneas son evidencias, basadas en mi práctica profesional, con los/as niños/as que acuden a evaluación y tratamiento psicológico a mi consulta y con antecedentes de malos tratos. Ahora bien, son evidencias desde la muestra de población con la que yo he trabajado:


(1) Cuanto más dura es la experiencia del maltrato, en general mayor afectación puede observarse en el menor en las distintas áreas, pero especialmente en el lenguaje, la cognición y la emoción. Esta última es la más dificil de tratar porque afecta al organismo entero. "La emoción es la regulación y la regulación es la emoción", nos dice Siegel

(2) Si la experiencia es prolongada, por ejemplo, hasta los 7 u 8 años, también la afectación tiende a ser más severa.

(3) Si la experiencia afectó al niño/a en edades claves para el neurodesarrollo (el cual se produce dentro de una relación de apego que es la que da el fundamento al niño/a y la base para que se produzca dicho desarrollo), entre los 0 y los 3 años, entonces las consecuencias a nivel cognitivo, emocional y del lenguaje tienden a ser severas también.

(4) Si el/la niño/a sufrió ya maltrato prenatal (la madre consumió drogas durante el embarazo o desnutrición, por ejemplo), el daño es grave. Y si además después se le suma un ambiente de carencias o malos tratos, aumenta la severidad. Estos/as niños/as manifiestan retrasos en el desarrollo cognitivo, emocional, en el lenguaje...
Como veis estos cuatro puntos no son mutuamente exluyentes.

Todo esto tendemos a olvidarlo fácilmente, bien porque nos asusta (lo negamos, minimizamos…) o bien por desconocimiento. Es por ello por lo que (algunos) padres y profesionales pretenden que estos/as niños/as alcancen el mismo nivel de desarrollo que los demás, un deseo comprensible pero una realidad que, muchas veces, no está al alcance de (todos) los menores. Para ello, lo que suelen hacer es aumentar la exigencia: “Si le pido hasta aquí (suben la mano a una altura elevada) llegará hasta este punto (ponen la mano cerca de la otra) Pero si le pido hasta aquí (bajan la primera mano) llegará hasta este otro punto (ponen la otra mano más abajo)” Con el debido respeto, esta no es la cuestión. Porque exigir tanto y hasta un punto donde el/la niño/a no puede llegar, le somete a un modelo de frustración permanente. Porque el/la niño/a quiere pero no puede por sus condicionantes de vida. En cambio, si se mantienen expectativas realistas y se le exige hasta donde realmente puede, entonces el/la niño/a comprobará que la satisfacción es generalizada. Se sentirá contento de haber podido alcanzar la expectativa que sabe que le hace feliz y colma de alegría a sus padres.

Educar a los/as niños/as que han sufrido abandono y malos tratos en su infancia desde nuestro modelo educativo de referencia es equivocado. Existen valores que sí que son útiles para transmitir a los niños/as, claro. Pero otras referencias que para nosotros sirvieron para estos niños/as no sirven. Debemos educarles desde las necesidades que ellos tienen. Nuestras referencias son más útiles cuando hablamos de niños/as con apego seguro (tienen los cimientos de la casa construidos) Cuando hablamos de niños/as con alta probabilidad de padecer apego inseguro (la casa tiene unos cimientos poco sólidos), el/la niño/a necesita que se le sujete, apoye y sostenga, no que se le critique y exija desproporcionadamente.

Y es que la exigencia para que algún día llegue al punto de los demás, además de injusta y poco realista, tiene dos consecuencias negativas: (1) Nos olvidamos de elogiar, felicitar y alegrarnos por los logros que el/la niño/a consigue (2) Nos impide una definición positiva del menor: puede que no alcance el nivel de los demás o lo haga más tarde pero tiene unas cualidades que otros menores no tienen porque demostró desde bien niño/a ser capaz de sobrevivir y resistir en un entorno de malos tratos. Y eso hace que los/as niños/as desarrollen cualidades positivas, sí, que a veces no vemos y no valoramos porque la máscara de la exigencia nos las impide ver. La mejor demostración de lo que valen nos la han dado con la valentía de enfrentarse a su historia.

Una vez una auxiliar de educación especial que estaba al cargo de un niño duramente maltratado en un colegio para ayudar a regularle y controlar su conducta, me dio una de las lecciones más bonitas: “Mucho critican a estos niños, que si no estudian, no atienden, molestan, se pelean, echan la culpa de sus errores a otros… pero ya me gustaría a mí ver cómo estarían y qué harían muchas personas mayores si hubieran padecido lo que él ha sufrido”

La exigencia pues, acorde con las posibilidades del niño/a. El adulto ha de hacer siempre una reflexión sobre si eligió la actividad, tarea… de acuerdo a lo que el niño/a puede.

No quiero olvidar que los niños/as nos sorprenden siempre y que consiguen logros. El cerebro muestra su plasticidad a lo largo de toda la vida. Hay que trabajar y tener paciencia, valorando cada logro por pequeño que sea. Siempre se puede mejorar, por muy duro que haya sido lo vivido.

viernes, 7 de mayo de 2010

Primer Congreso Europeo de Resiliencia en Barcelona los días 20, 21 y 22 de octubre de 2010

Mi amiga Pilar Surjo, de la Asociación Addima, Asociación para el Desarrollo y Promoción de la Resiliencia, con su habitual entusiasmo y calidez, me mantiene puntualmente informado de los principales eventos relacionados con este apasionante tema que tienen lugar en nuestras fronteras y más allá de ellas.

Una de las citas a las que me invita es al Primer Congreso Europeo de Resiliencia que tendrá lugar el 20, 21 y 22 de octubre en Barcelona, bajo el lema: Resiliencia. Crecer desde la adversidad.

Una definición del concepto resiliencia que me gusta es la del autor Vanistendael: La resiliencia distingue dos componentes: la resistencia frente a la destrucción, es decir, la capacidad de proteger la propia integridad, bajo presión y, por otra parte, mas allá de la resistencia, la capacidad de forjar un comportamiento vital positivo pese a las circunstancias difíciles.

El equipo organizador presenta esta atractiva propuesta de encuentro, debate e intercambio en un contexto facilitador, porque este congreso se plantea de manera diferente a todos los demás, tal y como podemos leer en su presentación:

"El Centre de Recerca en Governança del Risc (GRISC) de la Universitat Autònoma de Barcelona celebrará, los próximos 20, 21 y 22 de octubre, en el Campus de la UAB en Bellaterra, el Primer Congreso Europeo de Resiliencia: Resiliencia, crecer desde la Adversidad.

La dinámica general del diálogo se centrará en la utilización de la metodología Diálogo con Espejo, una dinámica que se desmarca de las ponencias clásicas y que pone a conversar a las personas participantes bajo la facilitación de una perso-na moderadora, también experta y gran conocedora de su obra. La conversación se estructura alrededor de preguntas que nos ayudarán a desentrañar la magia de la resiliencia.

El Congreso se presenta a partir de cuatro rasgos diferenciadores que permitirá a los participantes una experiencia innovadora en este tipo de actos:

Ofrecer un formato diferente de congreso donde realmente predomine el diálogo.

Reunir y crear conocimiento compartido con las personas de Europa más reconocidas en el ámbito de la resiliencia.

Conversar con personas con experiencias vitales resilientes.

Trabajar en talleres para la promoción de la resiliencia.

Por otro lado, contaremos con la presencia de personas que, por diferentes circunstancias han visto sus vidas convertidas en experiencias vitales resilientes. Estas personas, a través de talleres y de conversaciones con los congresistas transmitirán sus conocimientos y reflexiones al público asistente, explicando historias resilientes de superación común.

Nunca antes han coincidido tantos ponentes ni tantas experiencias resilientes en el marco de un mismo encuentro.

Esperamos que la propuesta os resulte atractiva y que podamos contar con vuestra presencia, vuestra experiencia y vuestra sabiduría vital"

En mi opinión, lo mejor de este congreso es no reproducir los formatos existentes, demasiado unidireccionales, donde la participación del congresista queda en un segundo plano. En esta propuesta, se le da valor central al diálogo entre todos los participantes.

Y otro aspecto que resalto de este evento es que podamos asistir a las experiencias de personas que han desarrollado la capacidad resiliente a pesar de la dureza de lo que hayan podido vivir. Que podamos aprender de estas personas: qué nos enseñan, qué testimonio nos ofrecen de cómo puede una persona rehacerse y resistir, e incluso desarrollar habilidades hasta entonces inusitadas… Este sentir vital que podemos compartir no se ofrece en otro tipo de congresos.

Para poder descargaros el programa del Congreso y apuntaros al mismo, seguid este enlace.

Hay personas invitadas como Jorge Barudy, Boris Cyrulnik, Vanistendael... y muchos otros y otras con los/as que tendremos la oportunidad de conversar. Creo que la cita es para no perdérsela.

Y para aprender sobre resiliencia y estar al tanto de todo lo que se cuece en torno a la psicología positiva, conectaros a la página de la Asociación Addima en la que trabaja mi buena amiga Pilar Surjo.