viernes, 4 de junio de 2010

Entrevista de Lidia Bosch, estudiante de periodismo, sobre el trastorno de apego (II)

Lidia (L.): En la Guía para el apoyo educativo de niños con trastornos de apego, se explica que hay diversos trastornos de apego disfuncionales: inseguro-evitativo, inseguro-ansioso ambivalente y desorganizado ¿A qué se debe que el niño sufra uno u otro?

José Luis (J.L.): Los trastornos de apego son maneras de apegarse, alteradas, disfuncionales. No son patología en sí, enfermedad, sino rasgos de ser y comportarse que se adquieren en una relación con los cuidadores y se mantienen bastante estables casi desde los dos primeros años de vida. El niño se va adaptar a lo que el cuidador le ofrezca, a los patrones de comportamiento y relación que mantenga y comunique con el niño. Los seres humanos nacemos con un equipamiento biológico programado para el apego al cuidador porque ha sido básico para la supervivencia. “Apegarse o morir”, diríamos. El tipo de apego que el niño va a desarrollar, aunque puede depender también de factores genéticos y constitucionales, se sabe que sí guarda relación, hay algo específico, con la experiencia interactiva con el cuidador (padres, normalmente) Hay una maduración dependiente de la experiencia, dice Siegel.

Si el cuidador es empático, sensible y disponible a la satisfacción de las necesidades del niño, el tipo de apego que éste tiene altas probabilidades de desarrollar es el apego seguro. Si el cuidador es evitativo, rechazante, hostil y no conecta emocionalmente con el niño, el bebé desarrolla un apego inseguro evitativo en el que aprende (es un apego disfuncional pero para el niño tendría una función de adaptación a ese contexto relacional, no lo olvidemos) que para mantener próxima a la figura de apego (incluso los apegos disfuncionales tendrían esa función: mantener próxima a la figura de apego sin ser dañados o siendo dañados lo menos posible) debe de pedirle poco. Aprende a desconectarse y a evitar el contacto con el mundo emocional. Suelen ser niños que tienen una nula conexión con lo que sienten. Aprenderían a evitar las emociones.

Si el cuidador es cambiante, inconsistente, impredecible (unas veces se conecta adecuadamente con el niño y satisface sus necesidades; pero otras veces es intrusivo (se conecta cuando el niño no quiere o le invade con sus emociones negativas de tristeza, angustia, miedo…) E, incluso, otras veces, cuando el niño lo necesita, el cuidador se retira o desconecta, el niño no tendrá clara la respuesta del cuidador, aprende que es impredecible. Con lo cual, la estrategia que desarrollará es el apego inseguro ansioso-ambivalente: incrementar sus conductas de apego para atraer al cuidador hacia sí. Estos niños viven más preocupados por su propia angustia y tienen inmensa preocupación sobre si son suficientemente queridos o no. Se les llama ambivalentes porque de bebés, en las investigaciones, en la relación con la madre, lloran mucho cuando ésta se aleja. Pero cuando la madre vuelve para reencontrarse con el bebé el niño se resiste a ser cogido, no se calma fácil…

Y, finalmente, en contextos caóticos, violentos, con padres atemorizados o atemorizantes, desorganizados… en los que el cuidador se muestra agresivo física o verbalmente con el niño cuando éste demanda atención o pone en marcha sus conductas de apego, pero cuando el niño se aleja para defenderse el cuidador lo vive mal también, lo interpreta de modo hostil… se dice que el niño vive una paradoja irresoluble pues no puede ni siquiera huir de quien le ataca, tanto si se aproxima como si se aleja. Además, la propia figura adulta que debería convertirse en base segura para el niño se convierte en fuente de maltrato o de estrés. Estos niños se quedan como en trance, congelados. No pueden organizar una respuesta (como el evitativo, desconectarse, o como el ambivalente, incrementar sus conductas de aproximación) por lo que este tipo de apego contiene elementos de los dos anteriores pero sin una estrategia organizada (de ahí su denominación de desorganizado) Es el tipo de apego más grave que existe, el que más asociación tiene con la patología y el de pronóstico peor. El niño aprende a desear acercarse al adulto (activar su sistema de conexión social) pero a la vez ha aprendido a activar su sistema de defensa (retirarse) por lo que en las relaciones futuras sufrirá bruscos cambios que le lleven a ser inestable y cambiante en las relaciones. Desarrollar una mente coherente (en palabras del autor Siegel) es muy difícil en un patrón relacional de este tipo, por lo que suelen ser niños disruptivos.

L.: Si hablamos del entorno educativo, ¿qué relaciones establece el niño con éste, con los profesores, compañeros...? ¿Cuál debería ser la relación?

Según el tipo de trastorno de apego, las relaciones, como hemos visto, pueden establecerse de manera diferente. Si el apego que predomina es el evitativo, el niño evitará cualquier contacto con su mundo emocional. Será un niño que funcionará mejor desde lo instrumental y lo racional. Es posible que sea un niño retraído. Al no tener un conocimiento de su mundo emocional, es posible que pueda tender a ser explosivo porque no manejará bien los sentimientos de rabia. El niño ansioso-ambivalente, al contrario, buscará llamar la atención y se mostrará hiperdemandante con compañeros y profesores, no regulando sus estados emocionales y pudiendo ser invasivo con los demás. Usará cualquier conducta que suponga llamada de atención para tener una ilusión de alivio y alejar el fantasma de no sentirse querido (mentir, fabular…) pero también puede mostrarse en la faceta positiva, muy afectivo. El niño desorganizado es quien peor lo tiene y el que más problemas sociales muestra pues su estrategia puede ser excesivamente punitiva, y además puede entrar en escaladas de poder porque su leit motiv puede ser tratar de controlar y dominar las relaciones sociales para sentirse seguro. Su inestabilidad emocional puede conducirle a cambios bruscos en su estado mental pasando de estallidos ante la frustración a, minutos u horas después, mostrarse como si nada hubiera ocurrido.

L.:
¿Cómo podemos ayudar a estos niños? ¿Cómo les podemos enseñar?

Puede parecer una visión muy negativa la que estoy trasladando en estas líneas. No es cierto, porque dentro de los trastornos de apego debemos hablar de niveles de severidad (leve, moderado, grave) También debemos de decir que el apego desorganizado es el más grave y el más vinculado con la enfermedad o los trastornos mentales (por ejemplo, con el trastorno límite de la personalidad) En mi opinión, los otros apegos (evitativo, ansioso-ambivalente) serían más disfuncionales; el desorganizado lo consideraría más trastorno. Aunque al final no es una cuestión categorial sino dimensional: cuando la frecuencia e intensidad de un rasgo es muy elevada y además causa deterioro en la vida de la persona, es cuando estamos más cerca del trastorno.

Otro aspecto importante es la edad en la que se detecte y en la que se pongan en marcha las ayudas. Cuanto antes, mejor. Y otro punto es el papel de los padres o cuidadores y profesores para encauzar esto o para empeorarlo. Es el papel de los agentes sociales, que es muy trascendente en este y en otros problemas.

Los autores que estudian los trastornos de apego insisten en que el cerebro se muestra plástico durante toda la vida, por lo que siempre es posible una intervención. Cuanto más temprana, mejor serán los resultados. Es verdad que los niños que han sufrido este trastorno lo tienen más difícil si se ha gestado en las edades clave (entre los 0 y los 2 años) Si en este periodo ha habido separaciones de las figuras de apego, rupturas, abandono, maltrato… es una edad crucial y las secuelas se van a notar posteriormente porque será un niño social y emocionalmente menos competente. Pero siempre merece la pena poner en marcha intervenciones. Con algunos niños se puede lograr una gran recuperación y encaminarles hacia representaciones de apego más seguras. Con otros, más graves, y dependiendo también del contexto social, educativo y/o familiar en el que estén insertos, es posible mejorar pero no eliminar las características de apego disfuncionales que desarrollaron como formas de supervivencia en los contextos en las que se generaron. Es muy difícil eliminar lo que tuvo valor para la supervivencia. Igual ni siquiera hay que hacerlo, aunque sí encauzarlo. En otros, puede que lo que vivieron fuese tan grave que aspiramos a sostenerlos con una red psicosocial de apoyo. Les falló tanto la seguridad de base, la tuvieron tan escasamente en los primeros años, que es como si fuesen una casa sin cimientos. Por ello, deberíamos aspirar a entretejer una red psicosocial de apoyo que sería, siguiendo la metáfora del edificio, algo así como las casas antiguas, sin cimientos, que se sujetan apoyándose las unas en las otras.

Las formas de ayudarles son muchas: primero, detectando el problema. Para ello los padres o responsables del menor deben de acudir a profesionales formados y experimentados. Un tratamiento psicológico especializado, con una psicoterapia centrada en el apego, es la primera medida. El tratamiento suele ser largo. Después, estaría la coordinación con la red psicosocial que tiene un papel crucial: los padres, con quienes hay que trabajar a lo largo del tratamiento para que comprendan qué le ocurre a su hijo y adquieran las herramientas educativas adecuadas para ayudarle en sus problemas. Es necesario que los padres bajen expectativas, a veces, y que reconozcan a su hijo el dolor por el que ha pasado. Y además, que se conciencien de que determinadas pautas de crianza son perjudiciales (como los castigos, por ejemplo) Y, finalmente, que los profesores del colegio conozcan también el problema y que éstos se planteen lo primero, establecer una buena relación basada en la aceptación (aunque no en la tolerancia de conductas que puedan dañar) Los profesores que establecen una buena relación y muestran afecto a los niños consiguen más de ellos. La filosofía debe ser inclusiva y el centro escolar se debe de marcar como objetivo educar usando las estrategias educativas (focalizadas en el apego) que ayuden a estos niños a adaptarse al entorno escolar y que la experiencia se pueda convertir en reparadora, no en estresante. Soy consciente de que para ello los profesores y padres necesitan más formación y aprendizaje en este sentido. A veces están demasiado solos. No me quiero olvidar de las ayudas para el aprendizaje que puedan necesitar en función de las áreas en las que presente retraso.
(Mañana, la tercera y última parte de esta entrevista)