viernes, 18 de junio de 2010

La receptividad empática

Los niños/as y jóvenes, en suma todas las personas, traumatizados como consecuencia de los malos tratos, desarrollan, sobre todo si los acontecimientos han sido duraderos e intensos, impactantes y sobrecargantes para la mente, como una barrera entre una parte de ellos mismos que sigue adelante, que intenta ser y llevar una vida aparentemente normal, y otras partes emocionales que están dañadas y que contienen sentimientos, pensamientos, creencias… respecto a los acontecimientos vividos. Las personas tratan de mantener apartadas, evitadas, de defenderse, de los contenidos de esas partes y desarrollan una auténtica fobia a las mismas. Tratan de no contactar con el miedo, la vergüenza, el pánico o la cólera que sintieron en el momento que el trauma impactó en su mente. El autor Van der Hart denomina "fobia a las acciones mentales derivadas del trauma” a las conductas o mecanismos que utilizan para evitar entrar en su mundo interior y contactar con esas emociones que les devastaron.

Una de las habilidades que el autor recomienda en la psicoterapia con niños/as, adolescentes y adultos traumatizados es la receptividad empática. Recoger el sentimiento por parte del terapeuta y sentirlo sin actuarlo. Esto de por sí ayuda sobremanera no sólo a fortalecer el vínculo terapéutico sino a regular al paciente emocionalmente (la desregulación emocional que padecen como consecuencia del trauma favorece la aparición de contenidos traumáticos dolorosos) y a que se sienta sentido, resonando su experiencia pero desde la presentificación, desde el aquí y el ahora, desde lo que siente en ese preciso momento. Importante para separar la vivencia del pasado de cómo la evoca o le asalta en el presente.

Leyendo el concepto me preguntaba si esa misma habilidad podría ser utilizada por otros profesionales que trabajan con niños y adolescentes víctimas de los traumas como consecuencia de los malos tratos. Y en verdad, me parece necesario e imprescindible que se use porque se tiende mucho a normativizar a los niños, a censurar sus conductas cuando son negativas, a ponerles actividades, a que se relacionen con los iguales, a remarcarles la importancia de estudiar, de comer con modales en la mesa... Pero, en mi opinión, escasamente nos mostramos abiertos a que puedan comunicar lo que sienten, o lo que sintieron cuando sufrieron tanto por causa de múltiples calamidades y vivencias duras. Nos asusta, creemos que con ello van a tratar de justificar sus conductas negativas, que les vamos a hacer daño si conectan con ello, que se trata de hacer borrón y cuenta nueva o que, en el caso de los padres adoptivos, quizá les perjudique en su relación con ellos… Cuando realmente, y como ya hemos dicho en otras ocasiones, adoptar la actitud de la receptividad empática permite ser para el niño o niña un contenedor que siente, poniéndose en su piel, lo que han sufrido, contribuyendo poderosamente a que sane de su dolor y además a que funcione mejor en otras áreas de su vida.
¿Cuándo funcionamos mejor los adultos en nuestra pareja, trabajo o relaciones de amistad? Cuando nos encontramos con personas así, receptivas. A los niños y niñas les sucede igual, sólo que ellos lo necesitan más porque han vivido injusticias que ellos no eligieron.

Por todo eso, elogiamos aquí, y proponemos que seamos conscientes como padres, educadores, etc. de la necesidad, de lo imprescindible que es la receptividad empática para los menores y para nosotros mismos en nuestras vidas.