Aunando la teoría del apego de John Bowlby con el
modelo Star Theoretical Model (STM) de Waters (II)
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| Manual donde está publicado el STM |
En la etapa uno descrita por Bowlby (1973), vemos que el niño protesta con rabia para lograr a toda costa el retorno del cuidador. Sus pensamientos y emociones quedan fijados al tsunami interior que se produce ante la mayor amenaza que existe a esa edad: el abandono.
En el modelo comparativo STM, los niños traumatizados experimentan pérdida y duelo por el progenitor, el cuidador o cualquier otra persona que los haya dañado: la pérdida de quien, en teoría, debía protegerlos. Esto lo observamos en el presente en muchas manifestaciones de los niños y adolescentes que sufren muchas reconexiones con emociones disociadas que se activan cuando alguien los aparta, rechaza o discrimina (o cuando se sienten así). También en los momentos en los que han de separarse de sus actuales cuidadores o padres de acogida o adoptivos. Pueden mostrar hostilidad indiscriminada o tener súbitamente una conducta negativa o de ataque.
No olvidemos que en etapa descrita por Bowlby (1973), como dice Waters (2025), “los niños en instituciones de cuidado mostraban hostilidad hacia cualquier persona que intentara brindarles afecto o protección. Para enfrentar los sentimientos abrumadores de pérdida y desesperanza, el niño desconfía de los demás y experimenta rabia, enojo y agresión”.
“Desarrollan estos estados como una forma de expresar lo que de otro modo no pueden comunicar y para protegerse de nuevos daños. No es infrecuente que estos estados se manifiesten de manera intensa o persistente. Los niños pueden oscilar entre rechazar los cuidados y aferrarse intensamente a sus cuidadores. Pueden expresar rabia y traición frente al trauma vivido y, en el momento siguiente, sentir un miedo intenso al abandono junto con un deseo desesperado de ser amados y consolados. Este comportamiento contradictorio se observa con frecuencia en niños disociativos que alternan entre estados con funciones diferentes” (Waters, 2025)
Felipe es un niño de nueve años que siente un gran duelo por la pérdida y el abandono de sus padres biológicos en su país de origen. Suele aferrarse a su padre, con un gran deseo de tumbarse junto a él y que le acaricie y le diga que le quiere. Parece no tener fondo en esto, se muestra hiperdemandante. Pero si el padre marca algún límite, por ejemplo, a la hora de ir a la cama o le corrige en los deberes, se siente humillado y ataca al padre hasta el punto de lanzarle violentamente objetos y decirle que es una mala persona, chillándole e insultándole, todo de un modo súbito y violento, como un estado del yo disociado. Después el niño dice no recordar nada de lo ocurrido.
“Estas respuestas pueden generalizarse hacia todos los cuidadores —incluidos padres adoptivos o de acogida— que intentan brindar afecto o cuidado. El estado del niño puede atacar incluso a quienes lo atienden si percibe una amenaza, aunque sea mínima, a su supervivencia, como una voz elevada por preocupación cuando se niega a prepararse para ir al colegio. Los niños traumatizados son sumamente sensibles a los desencadenantes. Los padres o cuidadores se sienten abrumados, confusos y a menudo atribuyen a un mal carácter, problemas de conducta e inclusive maldad hacia el niño. La gran paradoja es que el niño lo que más necesita es lo que más teme: los cuidados de sus padres o responsables”. (Waters, 2025) “El estado hostil o agresivo puede además culpar al propio niño por su «debilidad» y generar conductas autolesivas, como golpes en la cabeza, cortes, quemaduras, purgas o consumo de sustancias”. (Waters, 2025)
En efecto, se ve a menudo en la adolescencia de chicos con historia de trauma complejo temprano. Las autolesiones son el lenguaje del trauma y suceden cuando un gatillador como el rechazo, la traición o la desaparición de una pareja, por ejemplo, que les maltrata dispara una gran desregulación; y dichas autolesiones son reflejo de la internalización tóxica, como una culpa inconsciente de creer ser merecedores de ese desprecio y daño.
“Actúan sobre otros para descargar su rabia. Por eso, se requiere una intervención cuidadosa para ayudar al niño y a los cuidadores a desarrollar una aproximación empática y apreciativa hacia el estado hostil, reconociendo lo que este estado ha asumido para proteger al niño. Esto tenderá un puente entre ambos y permitirá que el estado hostil adopte una función constructiva, redirigiendo la rabia hacia el agresor original en lugar de contra el niño o el cuidador. Una tarea fundamental consiste en reformular el papel del estado hostil: pasar del poder agresivo al poder asertivo en la relación con los demás”. (Waters, 2025)
“Para el niño traumatizado, el único recurso que conoce es disociar estas emociones contradictorias en estados separados de miedo, rabia o agresividad que actúan y protestan contra el dolor contenido. Sus respuestas pueden generalizarse hacia todos los cuidadores —incluidos padres adoptivos o de acogida— que intentan nutrir al niño. Los estados del niño pueden atacar a los cuidadores que lo atienden si perciben incluso una amenaza mínima a su supervivencia, como por ejemplo una voz elevada que exprese preocupación porque el niño no se prepara para ir a la escuela. Los niños traumatizados son altamente sensibles a los desencadenantes”. (Waters, 2025)
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Portada del Manual de competencias de Barudy y Dantagnan (2010) |
Esto es muy complicado como sabemos, porque no es una tarea que dure meses, sino que puede ser una labor continua. Desgasta mucho, estresa y no siempre los padres y las familias pueden mantenerse reguladas. Las competencias parentales (Barudy y Dantagnan, 2010) son fundamentales, y estas se logran cuando los padres y/o madres han revisado su propia infancia y son conscientes de qué aspectos personales gatilla el niño en ellos. Y aun cuando tengan una infancia elaborada y/o una experiencia de apego seguro, el desafío de una parentalidad terapéutica es tan grande que no se puede ejercer aquella en soledad y sin apoyo profesional adecuado.
Las primeras llamadas de ayuda del niño no son respondidas, y este acaba resignándose dolorosamente a la ausencia de su madre. Esto hace que el infante sienta un gran miedo y vulnerabilidad, emociones que se fragmentan internamente porque contenerlas se vuelve insoportable.
“El niño desarrolla estados del yo internalizados que expresan sentimientos de miedo, impotencia y dependencia. El deseo subyacente es agradar a los demás para evitar más abandono, rechazo o daño. Este estado infantil puede buscar consuelo y mostrar lealtad hacia el progenitor agresor o hacia compañeros que lo tratan mal. Debido a su deseo de evitar el abandono, pueden ponerse en mayor peligro al convertirse en blanco de abuso o maltrato”. (Waters, 2025)
A una joven no parecía importarle mantener relaciones y prácticas sexuales insatisfactorias y vejatorias con su pareja. Además, reproducía, como si fuera un ritual, el “cuidado compulsivo” a dicha pareja: le preparaba la comida y le liaba los cigarrillos. Después, más tarde, si podía, él flirteaba descaradamente con otra chica, a sabiendas de que su pareja sufría y se revolvía con esta conducta. Pero para no perderla, la joven se sometía y aguantaba todo este maltrato para evitar el fantasma del abandono.
“Más vale mal acompañada que sola” – le dijo a su psicólogo.
“Dado que los estados hostiles desprecian el miedo y la debilidad, puede surgir un conflicto interno entre los estados hostiles y los estados temerosos o dependientes dentro del niño disociativo. El estado hostil puede dañar al estado débil hiriendo el cuerpo —por ejemplo, cortándose—, sin reconocer que ambos comparten el mismo cuerpo. El niño puede no recordar esos momentos”. (Waters, 2025)
“A continuación, llega la etapa de la desesperación. Bowlby (1973) descubrió que los niños pequeños que fueron separados de sus madres mostraban rabia intensa, desesperación, retraimiento, regresión y desorganización. Bowlby citó la investigación de Heinicke (1956), quien estudió a niños de entre 16 y 26 meses que fueron colocados durante cortos períodos de tiempo en una guardería residencial con un número limitado de enfermeras a cargo. Heinicke observó que los niños buscaban a sus madres durante todo el día, la mayoría llorando por ellas y mostrando actividad autoerótica e intensa agresión. En su investigación, Bowlby observó que los niños oscilaban entre el retraimiento, la apatía, la regresión, el duelo y la agresión”. (Waters, 2025)
Continúa Waters (2025): “En el modelo STM, las respuestas caóticas y desorganizadas son indicadores de una disociación rápida y variada, como se describió antes. Estos niños desarrollan estados del yo con diferentes edades, roles discretos y variadas necesidades y sentimientos que intentan calmar, consolar, defenderse y protegerse de amenazas percibidas. Los estados del yo suelen presentarse con distintos niveles de madurez y preferencias respecto a la comida, la ropa, las actividades, etc. Pueden cambiar rápidamente entre esos dominios, mostrando una regulación extremadamente disfuncional y una presentación caótica. Irónicamente, la desregulación del niño traumatizado es un intento de regular la desesperación, la vergüenza y el dolor por el abandono y la traición, a raíz de la pérdida de seguridad, confianza y cuidado.
Con frecuencia, existe un estado del yo más joven que representa el yo original, congelado en el tiempo y que muestra lo que parece ser un comportamiento regresivo. Recuerdo a una niña de diez años que había sufrido graves abusos desde la infancia hasta que fue adoptada a los ocho años. Tenía una configuración compleja de estados del yo que cambiaban rápidamente como respuesta a pequeños estresores. En un momento podía estar acurrucada en posición fetal chupándose el pulgar y, al siguiente, ponerse de pie y gritar improperios a su madre adoptiva. Estos estados del yo tan cambiantes pueden causar estragos en la capacidad del niño para formar vínculos y en la habilidad del cuidador para gestionarlos.
Como estos estados del yo se forman con una tarea de supervivencia específica y no dentro de una relación de cuidado nutritiva, no han aprendido habilidades interpersonales ni de reciprocidad. Comprender esto puede ayudar a los clínicos y cuidadores a no asumir que estos niños actúan intencionadamente para desobedecer o dañar a otros, sino que operan en un modo de supervivencia orientado a tareas. Perciben erróneamente las amenazas y proyectan en su cuidador actual lo que sintieron hacia su abusador. Harán comentarios contradictorios que muestran cambios de estado. Una niña me dijo sobre su madre adoptiva” (Waters, 2025):
“Mi mamá siempre es mala conmigo, pero ella es buena conmigo.”
Por ejemplo, cuando la madre adoptiva de Coro le insistía en que tenía que pagar una letra del banco a una joven de veinticinco años, ella interpretaba el tono de voz, la mirada y su insistencia como un gatillador que hacía emerger un estado del yo hostil. Se sentía perseguida por una “madre mala” que le quería hacer daño (sufrió un terrible maltrato físico en su infancia por parte de su madre biológica). Así, durante ese estado, Coro le insultaba e incluso le golpeaba fuertemente con intención de hacerle daño. Después, caía en un estado depresivo y permanecía horas en cama, agotada y como desconectada de lo ocurrido. Se negaba a hablar de ello.
“Es un desafío para los cuidadores ser empáticos con los estados del yo, disminuir su defensividad y abrir una puerta para desarrollar una relación con ellos. Apreciar y respetar lo que cada estado representa para el niño es fundamental para ayudar a los estados defensivos a reconocer que el cuidador no es una amenaza, sino alguien que quiere comprenderlos y colaborar con ellos”. (Waters, 2025)
Posibilidades de sanación
“Bowlby (1973) indicó que la reorganización ocurre en parte en conexión con la imagen del objeto perdido (la madre) y en parte en conexión con un nuevo objeto o nuevos objetos. Esta es la fase final del duelo, en la que el objeto perdido regresa o se encuentra un nuevo objeto —otra persona— a quien el niño puede apegarse. Bowlby observó que, si el niño lograba establecer un vínculo con un adulto, el duelo cesaba; sin embargo, si el niño había estado expuesto a numerosos adultos (a través de distintos acogimientos o cuidadores), podía volverse ensimismado y mantener relaciones superficiales a lo largo de su vida" (Waters, 2025).
Por ello, los acogimientos familiares de urgencia -lo más tempranamente posible y sin cambios de figuras de apego- son lo que el niño necesita. Romper este vínculo es hacer daño, además de atentar contra un derecho preconizado por el abogado Hernán Fernández: El derecho al buen vínculo.
"Contar con un cuidador comprensivo y sintonizado constituye la línea vital necesaria para reparar el pasado traumático del niño disociativo.
Todos los aspectos del STM reconocen que el factor clave es construir relaciones saludables con cuidadores seguros y protectores. Los cuidadores, junto con terapeutas, educadores, entrenadores y otros, desempeñan un papel importante al demostrar el valor y la dignidad del niño fragmentado.
El andamiaje relacional —especialmente entre los cuidadores y el terapeuta trabajando al unísono— proporciona una base firme para procesar el trauma. Procesar los acontecimientos traumáticos y elaborar las pérdidas y el dolor en todas las partes del niño es esencial para la integración de los distintos estados del yo y para la capacidad de establecer apego con los cuidadores actuales”. (Waters, 2025)
REFERENCIAS
Barudy, J., & Dantagnan, M. (2010). Los desafíos invisibles de ser madre o padre: Manual de evaluación de las competencias y la resiliencia parental. Gedisa Editorial.
Bowlby, J. (1973). Attachment and loss: Volume II. Separation: Anxiety and anger. Basic Books.
Gómez, A. M., & Hosey, J. (Eds.). (2025). The Handbook of Complex Trauma and Dissociation in Children: Theory, Research, and Clinical Applications. Routledge.
Heinicke, C. M. (1956). Some effects of separating two-year-old children from their parents: A comparative study. Human Relations, 9, 105–176.
Waters, F. S. (2025). Clinical applications of the Star Theoretical Model. En A. M. Gómez & J. Hosey (Eds.), The handbook of complex trauma and dissociation in children: Theory, research, and clinical applications (pp. xx–xx). Routledge.
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