lunes, 9 de marzo de 2015

Receptividad, empatía y estrategias para preparar a un niño adoptado/acogido traumatizado antes de verbalizar sus vivencias del pasado (I) Además, celebramos la publicación de un excelente libro sobre adopción: “Fui adoptado ¿y qué?” de María Assumpció Roqueta

Casi todos los niños adoptados (por no decir todos) han sufrido adversidades. Un número nada desdeñable de ellos presentan trauma. Cyrulnik explica la diferencia entre ambas (lo he leído recientemente en el magnífico libro “Tutores de resiliencia” de Gema Puig y José Luis Rubio): el trauma equivale a un desierto, a estar muerto en vida. La adversidad, en cambio, no.

Para las personas no familiarizadas, es difícil reconocer el trauma en los niños. Normalmente, éste cuando es relacional (como sucede en la mayoría de los niños adoptados o acogidos que lo padecen), es decir, cuando el daño provino de un adulto con el que el niño tuvo un vínculo (de apego u otro) y si dicho daño sucedió a edad temprana (entre los 0 y los 3 años), las secuelas más evidentes se van a observar a nivel de regulación emocional y relaciones interpersonales, con dificultades para mantenerse dentro de la ventana de tolerancia a las emociones (el niño, ante estímulos determinados puede hiperactivarse -se mostrará más alterado, inquieto, movido, incluso con reacciones de ataque/huida, si interpreta el estímulo como peligroso porque le recuerda a alguna amenaza de su pasado- o hipoactivarse (parecería estar en un estado de desconexión emocional, a veces de embotamiento y en casos más graves, de disociación) El problema es que muchas de las respuestas al trauma son evaluadas por los adultos (padres, profesores y otros profesionales) como problemas de comportamiento e hiperactividad (muchos niños no tienen el diagnóstico de hiperactividad realmente, es un déficit de regulación emocional debido a que el cuidador principal con el que estuvo el niño perturbó la relación de apego y éste aprendió a activar su sistema de defensa. Una de las manifestaciones en el presente es la hiperactividad como respuesta a la activación emocional y la desregulación, nefasta herencia del trauma relacional) y los menores reciben muchas consecuencias en forma de reconvenciones, castigos, gritos, expulsiones y etiquetaciones... que no contribuyen a reparar al niño de las consecuencias de la traumatización, crónica. Al contrario, esa reactividad por parte del adulto puede ahondar en las heridas y contribuir a reforzar el trauma.

Cuando alguien padece un trauma, además de estar muerto, como afirma Cyrulnik, su cerebro está situado en el pasado. Da igual que hayan transcurrido décadas. Si el trauma no se ha trabajado y tratado, la persona permanece fijada al mismo. Es un mito falso pensar que el tiempo lo cura todo. El cerebro es el mismo y lo que se vivió queda registrado para siempre. Se trata de ayudar a la persona a integrarlo, a que forme parte de su vida, suavizando el dolor. En el caso de los niños, éstos se quedan en posición de supervivencia, y pueden responder a los estímulos del presente con antiguas estrategias como atacar y huir o embotarse y/o quedarse como congelados. 

Un ejemplo literario de persona atrapada por un trauma (hay muchos) es Miss Havisham, personaje de la magistral novela "Grandes Esperanzas", de Dickens. Está atrapada en el tiempo y vive, a causa del trauma, para vengarse de los hombres. Tal y como refieren en esta web (cito literalmente) "...cabe recordar que la señorita Havisham es uno de los personajes literarios más fascinantes y recordados de Dickens. Su oscuridad es tan siniestra que produce ternura. Es una solterona de mediana edad que fue plantada por su novio el día de su boda y que a partir de entonces se ha retirado del mundo a su mansión en ruinas y ha detenido el tiempo en el momento de la traición. Los relojes de su casa marcan para siempre las nueve menos veinte de la mañana, la hora en que recibió la nota en que el novio arrepentido y pleno de remordimientos le explicaba que no se casaba con ella porque nunca la había amado y que sólo perseguía su fortuna. El salón de su casa se queda con la mesa del banquete puesta, con los platos y cubiertos para los invitados que nunca llegaron tapados con el polvo de los años y el gran pastel de bodas pudriéndose en un lugar destacado. Miss Havisham se viste con el mismo traje de novia todos los días, pero no lleva el conjunto completo sino que sólo utiliza las prendas que sus asistentes habían alcanzado a ponerle hasta el momento en que recibió la nota de cancelación (el ramo de flores se marchita en una esquina y sólo lleva un zapato) Su figura adquiere rasgos fantasmagóricos, avanzando con el ruido de su paso desnivelado por la mansión ruinosa y arrastrando la cola cada vez más gris del vestido sobre la suciedad del piso nunca más limpiado"




Dickens no fue el único novelista decimonónico que empezó a reflejar y denunciar de algún modo las nefastas consecuencias de los traumas. Muchos otros escritores del siglo XIX hicieron este tipo de literatura: Balzac, Víctor Hugo (inolvidable "Los miserables"), Flauvert, Zola, Verne... 


Los niños traumatizados, cual Miss. Havisham, quedaron detenidos en el tiempo con sus estrategias supervivenciales; ellos no tuvieron ninguna culpa, son los adultos que actualmente conformamos su red afectivo-social los que les tenemos que enseñar a dejar atrás esos trajes... 

Bueno, tras este excursus, retomo: este concepto de la reparación del daño psicológico es difícil de entender para algunos adultos que trabajan o se relacionan con el niño traumatizado. Porque lo visible (que en realidad, es la manera que el niño tiene de comunicarnos sus problemas, dificultades, desregulaciones, malestar…no sabe hacerlo de otro modo), lo que se observa, es la conducta (sin saber que detrás de ésta hay un problema denominado trauma; por eso algunos autores, como he contado en otras ocasiones, a éste le llaman la epidemia oculta. Porque no se detecta a tiempo) Y dicha conducta suele ser negativa y desadaptada en los distintos contextos en los que se desenvuelve el niño o joven.

El adulto (al etiquetar esta conducta como rebeldía, desobediencia, perturbación, molestia…) busca frenar y parar dicha conducta del niño, ponerle el límite. Por supuesto que el límite es necesario para todos los niños y en especial para los traumatizados, que necesitan contención, sujeción y andamiaje por parte de un adulto. Una consecuencia como castigar o expulsar podrá parar a un niño (a veces ni eso); pero lo que es seguro es que no repara. No aporta nada constructivo (incluso para algunos niños, estas medidas de disciplina, como hemos dicho, pueden retraumatizar) Y nosotros tenemos la tarea de reconstruir su cerebro, remodelarlo. La labor de favorecer la vinculación con un adulto que le dé seguridad, que le enseñe con consecuencias constructivas y reparadoras y le ayude a reflexionar y darse cuenta sobre las consecuencias de sus acciones, cómo éstas impactan en los demás, dando nuevas oportunidades para aprender. Como dice Siegel en su último libro titulado: “Disciplina sin lágrimas” (que os recomiendo cien por cien), como padres y educadores aspiramos y debemos no sólo aportar un límite sino favorecer que el niño desarrolle cualidades como la compasión, la moral, captar los sentimientos de los otros, reflexionar, valorar los riesgos, ser responsables… Y esto se consigue con adultos que no sean reactivos (el niño hace una conducta negativa, desobedece, y el adulto, presa de rabia y hartazgo, pone una consecuencia impulsiva consistente normalmente en gritar, reconvenir y castigar) sino receptivos (conectar con el niño, con lo que puede sentir o querer comunicar con esa conducta, ponernos primero en su emoción y en su piel) y reflexivos (que los padres valoren primero, qué quieren transmitir y enseñar al niño para el futuro, con el fin de que con nuestra actuación pedagógica, contribuyamos a que éste desarrolle cualidades y habilidades y crezca como persona) Porque los niños con sus conductas siempre nos quieren decir algo; y los adultos casi siempre optamos por ir a la carga. Bueno, somos humanos y cometemos errores, no buscamos padres perfectos; pero sí padres conscientes que opten por aprender a ser conectivos, a entrar en conexión emocional con sus hijos y enseñarles, que se propongan gestionar sus emociones y ser mucho menos reactivos. Estos padres están trabajando a futuro para sus hijos y son los que recogerán los frutos el día de mañana.

Además de esto -que favorece la reparación del niño mediante la construcción de un vínculo seguro con los padres y madres adoptivas o acogedores/as,  la denominada resiliencia secundaria (vínculos de seguridad para el niño que le sostienen, toda la red afectiva que le rodea)-, los menores de edad traumatizados necesitan exteriorizar y simbolizar para elaborar (procesar) el trauma. Una de las formas que eligen para hacer esto -la más accesible para ellos- con los padres o acogedores suele ser hablar. Los niños, en la medida que se sienten en seguridad, pueden empezar a hablar. A veces lo hacen abruptamente, coincidiendo con momentos determinados (por ejemplo, una niña oyó una noticia en la televisión informando que una joven había sido atacada sexualmente y repentinamente le dijo a su madre adoptiva: “eso me ha pasado a mí”) Otras veces lo hacen en momentos en los que los padres o acogedores crean un clima apropiado, por ejemplo, a la noche cuando están compartiendo un espacio y tiempo afectivo con el niño. En la segunda infancia, comienzan a preguntar a los padres adoptivos (porque quieren saber y conocer, normal, es una necesidad en los seres humanos, de dónde venimos y qué ocurrió para que me adoptaran) por cosas muy concretas. Los padres, madres y familias ya sabéis de qué hablo, muchos/as de vosotros/as lo habéis vivido o lo vivís.

Que el niño/a ponga en palabras (exteriorice y simbolice) y sea sentido por el padre y/o la madre u otro adulto, es sanador. Es muy importante la actitud y disposición que el adulto que acompaña y quiere al niño muestre con éste. Ser receptivos, escuchar, acoger (abrazar y besar si es necesario, y si el niño o niña lo vive bien) y sobre todo, validar. El mayor daño que se le puede hacer al niño es no reconocerle el sufrimiento o minimizar lo ocurrido. Escuchar, ser receptivo y empático: “Lo siento, es doloroso; pero ahora estás aquí con nosotros, eso ya no volverá a ocurrir nunca más” Esto es lo que mejor pueden hacer los padres y madres o las familias, por el niño o joven: empatía. Lo que más repara, es alimento emocional para el niño, lo que no ha tenido.

Unos padres o madres o acogedores no dispuestos a escuchar, o que se derrumben y no sean seguros y no puedan contener su miedo o angustia (que no es lo mismo que ser sensible a sus emociones) insegurizarán y angustiarán más al niño o joven. Que quizá aprenderá a callar para no perturbar.

Suelo ser partidario de validar y felicitar al niño por hablar (“Qué bueno que tienes valor para contarlo, eres  un valiente; te escuchamos”) Pero es necesario, si el niño presenta una historia muy traumática a sus espaldas, o tiene tendencia a presentar estados disociativos (leed este post los que no estéis al día de qué es la disociación) que pueden hacer que se desregule severamente, preparar al niño antes de que hable sobre lo traumático. Suele dar muy buenos resultados. Voy a facilitaros algunas pautas sobre cómo lo hago, que podréis usar los profesionales -y pienso que también los padres y madres adoptivos y acogedores-. Para éstos últimos lo más importante es que sepáis que el vínculo seguro con ellos es lo que más hace sanar tanto el vínculo de apego dañado como otras experiencias adversas y/o traumáticas que hayan padecido en sus hogares de origen o en las instituciones en las que fueron ingresados. Por ello, todas las experiencias de seguridad emocional que interioricen con vosotros/as son fundamentales para que puedan reparar ese primer vínculo (con sus padres o cuidadores) dañado (apegos inseguros o trastorno de apego reactivo)

Lo primero es evaluar en qué medida el niño es capaz de poder verbalizar sin salirse fuera de la ventana de tolerancia a las emociones. Si es un niño que ha sufrido múltiples eventos traumáticos y ha padecido experiencias de horror con cuidadores que le han aterrorizado, lo más probable es que presente desregulación emocional severa, oscilando entre la hiperactivación y la hipoactivación. En estos casos el tratamiento psicológico es imprescindible (porque estamos hablando de niños con apego desorganizado o trastorno de apego reactivo) Por ello, el profesional sabrá cuándo y cómo trabajar lo traumático con el niño. En esos casos lo más prudente y beneficioso es no hacer nada sin la consulta y la orientación profesional.

Lo segundo es valorar en qué medida el padre o la madre adoptivos (o acogedores) son capaces de hacer una de las funciones del apego más importantes: mediante el contacto y la palabra calmante, poder estabilizar y tranquilizar al niño tras un episodio de estrés (como puede ser hablar de su dura vida pasada) Si los padres o madres adoptivos -o los acogedores/as- veis que el niño os vive como fuente segura y es capaz de regresar a un estado de calma (gracias a vuestra ayuda y presencia) tras hablar de lo que le duele, es que habéis conseguido restaurar una de las funciones del apego con ese niño. Es necesario, para esto, que el padre o la madre adoptiva (o el acogedor/a) lleven tiempo de convivencia y el vínculo se haya trabajado y construido. Se puede llevar mucho tiempo de convivencia con el niño pero no tener un vínculo sólido porque no ha habido un proceso de construcción entre ambos de dicho vínculo (entre el niño/a y padre, madre o acogedor/a) Sólo es conveniente hablar de las experiencias pasadas del niño si el adulto puede ser fuente de calma y seguridad. "Sólo el vínculo seguro sana", lo dijo Ana María Aarón en las Jornadas Europeas de Resiliencia celebradas el pasado octubre de 2014 en Barcelona.

En tercer lugar, es necesario enseñar al niño una técnica para estabilizarse y calmarse emocionalmente. Una que me parece muy adecuada es la de poner un peluche en su estómago mientras está tumbado y enseñarle a respirar con el vientre (la respiración ventral activa la rama ventral del nervio vago y promueve estados de calma y de conexión con el propio cuerpo y con los demás) Se coge aire por la nariz y se expulsa por la boca. El peluche se mece con la inspiración-espiración; el niño ha de seguir respirando hasta que sienta que el peluche se duerme. Las respiraciones ventrales ayudan a presentificar al niño, a hacerle sentir que está aquí, con nosotros. “Tú estás aquí, ahora, conmigo. Estás seguro. Todo eso tan doloroso que me has contado es pasado. Yo estoy contigo, a tu lado” Es dar presencia, como cuando un bebé se calma gracias a la presencia calmante del padre o de la madre, sin hacer nada especial, solo estar ahí dando paz y seguridad. Otro modo de poder calmar a los niños, después de que hayan hablado con los padres, madres o acogedores/as sobre su pasado y sus emociones, son los estados de inmovilización tranquila (leed este post donde lo explicamos, no hace demasiado tiempo) Es una manera espontánea y natural de calmar.

En cuarto lugar, una estrategia que les ayuda a prepararse y sentirse seguros antes de hablar es conectar emocionalmente con todas las personas significativas de su vida a las que llamaremos “el equipo de ayudantes” Es una técnica para dotarles de un recurso psicológico (calma y seguridad) cuando se sientan muy tristes o conecten con la soledad, los sentimientos de abandono, la rabia… Se le pide al niño que se dibuje en el medio de una hoja a sí mismo (hay que decirles que no hay nada en lo que se pueda equivocar, no es una clase de dibujo, que nos gustará el dibujo que haga, sea cuál sea; buscamos su dibujo) Después va eligiendo en el orden que él quiera, aquéllas personas que le ayudan y le hacen sentir bien (tranquilo, calmado; o feliz, divertido… cualquier sentimiento que el niño viva como ayuda) y las va dibujando formando un círculo que le rodee en el dibujo. Cuando ha terminado, se le pide que exprese cómo se siente, si le llegan sentimientos buenos, si los nota en el cuerpo… Entonces, se le dice que los note, que sienta lo bueno que es para él sentir esa seguridad, calma, bienestar… Que sienta que le rodea, que la respira, que le envuelve y le acompaña, para que la pueda usar en los malos momentos.

Es fundamental insistir en que si el adulto (padre o madre, acogedor/a, profesional…) no tiene un vínculo con el niño/a y no es una persona sólida (tranquila, firme y segura) es mejor no hacer nada de esto. Puede ser contraproducente. Entendemos (y no culpamos a nadie) que los padres pueden sentir pena, ansiedad, angustia… al ver a su hijo expresar el sufrimiento. Por eso, en esos casos en los que no podemos hacer de holding o sujeción para el niño, es mejor recurrir a un tratamiento psicológico que dé espacio de trabajo al niño pero también a los padres con el fin de que aborden ellos sus propias emociones y aprendan a gestionarlas. La mejor experiencia que puede sentir un niño dañado es ser capaz de que un adulto con quien tiene un vínculo sólido sienta y dé contención segura a su sufrimiento. En caso de dudas con todo esto, para eso estamos los profesionales.

Continuaremos con este interesantísimo tema, que es particularmente necesario en los casos de niños traumatizados durante años por el abandono, la violencia, los continuos cambios de cuidadores… Suelo utilizarlo siempre con los menores de edad que han sido adoptados a edades tardías (con cinco, seis, siete u ocho años de edad) y que tienen el diagnóstico de trauma en el desarrollo, apegos inseguros y disociación. A los recién llegados a este blog y que han leído por primera vez este artículo, les aconsejo que accedan a las etiquetas de “apego” y “trauma” y lean todo lo que hemos escrito anteriormente, para ponerse al día en estos conceptos.

Os digo adiós como siempre, con la picada y con un post escrito anteriormente en Buenos tratos y que os recomiendo volváis a leer.

La picada de hoy es celebrar que tenemos una magnífica novedad bibliográfica que me ha hecho especial ilusión: se trata del libro titulado “Fui adoptado ¿y qué?” escrito por María Assumpció Roqueta Sureda, psicóloga especialista en psicomotricidad, pedagogía terapéutica y en audición y lenguaje. Es colega y compañera de la red APEGA (formada por todos y todas los/as profesionales egresados/as del Diplomado en trauma terapia infantil sistémica de Barudy y Dantagnan) y ha tenido el detalle de regalarme el libro, además dedicado. Me alegra muchísimo que una compañera (con su dilatada trayectoria profesional y su amplia y completa formación, además especializada en el ámbito) haya publicado un libro. Además, uno que hunda sus raíces teóricas en el modelo del buen trato y los marcos explicativos del apego y del trauma para poder entender y tener una nueva mirada sobre la adopción. Necesitamos que los profesionales se impliquen en estas tareas divulgativas porque es preciso que lleguen al mayor número posible de familias adoptivas. A María Assumpció le conozco personalmente y doy fe de su profesionalidad, implicación y compromiso con los niños y las familias adoptados/as. Tuvo el enorme detalle de acompañarme en las jornadas formativas (Las Conversaciones) que organizamos en Donostia con motivo de la aparición del libro que sobre la caja de arena publiqué en marzo de 2013. Y pude conocerla un poco más.

He revisado el libro y es muy completo, amenamente redactado y con rigor científico. El modelo desde el que la autora nos propone es (por eso lo recomiendo, porque lo comparto) un modelo que es respetuoso con el niño y que no patologice. Assumpció, en “una nueva mirada de la adopción desde un enfoque sistémico, comprensivo e integral” nos dice que "España es el segundo país del mundo en adopciones internacionales (…) Cada vez son más los padres que consultan a especialistas y niños que son diagnosticados erróneamente, especialmente de TDAH (Trastorno por Déficit de Atención con Hiperactividad-Impulsividad)" Y ya sabemos que en vez de este trastorno lo que presentan es una historia de vida tan dura que ha generado trauma. Digo que el libro es muy completo porque nos ofrece primero, como debe ser, el fundamento teórico (todo libro sobre adopción debe de tener una base teórica en el que sustentar su intervención): "...la teoría del apego, del trauma, la resiliencia y los aportes de la neurociencia sobre el desarrollo cerebral. A continuación, desde un enfoque sistémico se estudian todos los sistemas que rodean al niño y se dedica un capítulo por sistema y de esta forma se analiza al propio niño, a la familia, a la escuela, al entorno social y a los recursos externos" Esta última parte de recursos e intervención con el niño y su entorno me ha gustado especialmente porque Assumpció ofrece a los padres, madres y familias adoptivas guías y pautas muy bien explicadas y necesarias para contribuir a la sanación emocional de los niños y adolescentes.

El libro es útil tanto a padres como profesionales (los maestros encontrarán un amplio capítulo dedicado a adopción y escuela, muy útil porque no abundan los materiales de este tipo) Antes de hacer o de intervenir hay que comprender en profundidad, como Assumpció nos dice. Y este libro ofrece ambas aproximaciones (comprender) y herramientas (fundamentadas en un modelo teórico) para poder intervenir sin patologizar al niño o adolescente. Al contrario: favoreciendo su sanación.

Así pues, os recomiendo que lo adquiráis porque es uno de los imprescindibles de nuestra biblioteca. Felicito efusivamente desde estas líneas a Assumpció Roqueta por esta inestimable aportación (todos los que escribimos un libro sabemos lo que cuesta hacerlo) que será todo un éxito.


Assumpció ha dejado un comentario que copio aquí: "Durante el curso 2008-2009 gracias a una licencia de estudios pude valorar a más de 35 niños/as adoptados en la escuela y después de 5 años, volví a verlos; y finalmente he escrito el libro.

Es un libro sentido, escrito desde la emoción. Espero que todos estos niños/as lo puedan leer algún día y que ayude a padres, madres y profesionales a comprender muchas de las conductas, y que sirva para saber dar las respuestas necesarias.


Os dejo mi correo por si alguien quiere comentar algo personal":


aroqueta@xtec.cat

El post que rescatamos es uno que escribimos no hace mucho pero que va muy bien con el tema que hoy hemos desarrollado. Es más, forman parte del mismo tema: Cómo las familias adoptivas y acogedoras pueden hablar con y honrar a los niños/as que tienen una historia traumática.

Cuidaos / Zaindu

6 comentarios:

Anónimo dijo...

Hola José Luis, a veces no hay recuerdos, pero si todo lo demás. Nuestros hijos no pueden verbalizar su historia porque es anterior a su capacidad no ya de hablar si no incluso de pensar. En ocasiones mi hija ha percibido ese agujero negro y doloroso, pero hablar de esas emociones tan agrias, tan oscuras y dolorosas sin recuerdo es...imposible y no se que palabra usar pero creo que traumatiza más. En nuestro caso ha sido un fracaso. Son muchas las ocasiones en que un hecho presente conecta de inmediato con ese dolor primero y le desborda. No puede hacer frente al presente porque está viviendo el presente y el pasado al mismo tiempo. ¿qué hacer en es estos casos? Por eso me gustaría pedirte opinión sobre otras formas de ayuda donde no haya palabras. Ahora se habla de medicina cuántica, polaridad (no se si se dice así) donde la palabra no es necesario. Gracias José Luis

Itsaso

José Luis Gonzalo dijo...

Hola Itsaso, gracias por tu comentario. Es muy pertinente y necesario. Y estoy completamente de acuerdo con lo que planteas. No lo he mencionado en el
articulo que he escrito porque hoy queria centrarme en los niños que sí pueden verbalizar. Hay niños que efectivamente sus recuerdos son preverbales y que no tienen recuerdo consciente. Para estos (y también para los que tienen recuerdos conscientes) disponemos de técnicas no verbales y de otros abordajes para poder llegar allí, aunque no es fácil. Uno de los abordajes es la caja de arena. Antes también les preparamos para trabajar esto y fortalecemos el vínculo terapéutico, así como la colaboración y apoyo de los padres. Un saludo.

Assumpta Roqueta dijo...

Gracias José Luís por tus comentarios a mi libro.
Durante el curso 2008-2009 gracias a una licencia de estudios pude valorar a más de 35 niños/as adoptados en la escuela y después de 5 años los volví a ver los y finalmente he escrito el libro

Es un libro sentido, escrito desde la emoción y espero que todos estos niños/as lo puedan leer algún día y que ayude a padres, madres y ma y profesionales a comprender muchas de las conductas y que sirva para saber dar las respuestas necesarias.
Os dejo mi correo por si alguien quiere comentar algo personal
aroqueta@xtec.cat
Un beso a todos y todas

Chiquita adorada dijo...

Gracias José Luis, siempre tan interesantes y útiles tus entradas. Este conocimiento es básico para nosotros padres adoptivos, entender el mensaje que nuestros hijos que vienen con trauma nos transmiten con su comportamiento. También debería ser básico para el entorno de nuestros hijos: escuela, médicos, terapeutas. Se me hace increíble que haya tanto desconocimiento al respecto. Ninguno de los profesionales que hemos consultado nos han hablado de ello, hemos llegado a saberlo gracias a profesionales como tú que comparten información tan valiosa.

Gracias otra vez, tu blog realmene me ha sido de mucha ayuda.

Un abrazo grande desde México.
Alejandra

José Luis Gonzalo dijo...

Hola Alejandra: Muchas gracias por tu comentario, me satisface que este blog te sea útil y te sirva para comprender mejor a tus hijos. También te agradezco que me lo hagas saber y que lo publiques, pues me motiva para seguir escribiendo entradas. Un abrazo igualmente desde Donostia-San Sebastián.

El Heroe con un Agujero dijo...

Muchas gracias por tu post. Es de gran interés el papel de la empatía y receptividad como puerta de entrada a la confianza necesaria para que nuestros niños puedan hacer el trabajo duro de "másticar" su realidad.