domingo, 23 de agosto de 2009

"¿Estamos locos?"

Esta semana hemos asistido a la alegre noticia de que se ha conseguido realizar, por primera vez, un trasplante de lengua, boca y parte inferior de la mandíbula. La persona beneficiada padece un cáncer de boca y las sesiones de radioterapia le habían deformado el rostro en esa zona. Es un hito en la historia de la medicina porque va a poder recuperar la sensibilidad, el sentido del gusto y, por supuesto, su estética. Algo hasta ahora imposible.

Pero la polémica –y lo lamentable- ha surgido a raíz de que alguien –no se sabe quién debe ser una entelequia, por lo visto- ha filtrado el nombre, edad, lugar de residencia, profesión y causas de la muerte del donante. Y es aquí donde quiero llegar. ¿Tan morbosos somos que deseamos conocer lo más íntimo de las personas? ¿Somos conscientes de lo invasores que podemos ser de la intimidad de los demás? ¿Por qué filtran noticias que violan lo más sagrado de las personas, esto es, su privacidad? ¿Sólo porque se escudan en que, supuestamente, el público lo demanda? ¿Es esta una razón suficientemente filosófica para tomar tamaña decisión? Sea como fuere, los medios de comunicación –que es a la postre donde van a parar todas estas filtraciones- en mi opinión, tienen que respetar unos códigos éticos, de deontología profesional, no deben dirigirse por el todo vale porque el público lo pide.
El Doctor Cavadas, el médico que ha realizado este prodigio de operación, ha sido quien no ha tenido más remedio que salir a la palestra denunciando públicamente que se hayan filtrado los datos privados del donante alegando que es un atentado contra la intimidad. Y tiene toda la razón. La familia, lógicamente, está muy afectada por lo ocurrido, y es posible que futuros donantes se lo piensen ante la posibilidad de que se desvele su intimidad. Ha sido penoso ver al Doctor Cavadas aseverar en rueda de prensa “si es que estamos locos”, pues “tengo en la puerta de la habitación de mi paciente, custodiándolo, a dos guardas de seguridad” Hasta ese límite ha tenido que llegar el facultativo para proteger a su paciente. Increíble.

La verdad es que este episodio es la punta del iceberg de una realidad televisiva en la que, diariamente, y durante horas, en horario infantil además, se emiten programas en los que se hace pública la vida más privada de personas del llamado mundo del corazón. Pero se hace espectáculo público de lo más íntimo, personal, emocional… Y resulta nauseabundo comprobar hasta qué punto son capaces de traspasar los límites de la ética más elemental. Basta un solo día de visionado de esos programas –una vez vistos, me he propuesto dedicar mi tiempo a otros menesteres- para sentirte como si hubieses sido partícipe del trabajo de unos individuos consistente en violar la intimidad de los demás. Además, toda su praxis profesional la basan en el me han dicho, se cree, se piensa, se rumorea… Calumniar es fácil y gratis. Esta nube tóxica invade a los niños y jóvenes diariamente –pues en estos programas tampoco dudan en insultarse y discutir a gritos- y su influencia es nefasta. Porque a los modelos adultos a los que los menores se exponen no les tiembla la mano para desprestigiar y dilapidar la fama de las personas basándose en suposiciones que no tienen fundamento. Y para colmo, algunos de los personajes que aparecen en la televisión desean formar parte de ese mundo y vender su vida más íntima. Así pues, los niños aprenden las tácticas más torticeras y dañinas de manipulación de los adultos. Luego nos sorprende la crueldad de algunos niños ¿De dónde aprenden? De los mayores.

¿Qué podemos hacer? En mi opinión, los padres y los adultos tenemos realmente el poder de impedir -y la responsabilidad- el acceso a estos programas y de servir de filtro educativo. Si a un niño le expones a contenidos informativos, formativos, divertidos… éste pedirá este tipo de programas y actividades. Si al niño se le educa o se le deja sólo ante esa exposición de basura televisiva, la reclamará porque tienen el peligro, además, de ser contenidos adictivos. Así que no echemos balones fuera –no sirve de nada culpar a la televisión y sus programadores porque no podemos controlarlos- y centremos nuestras energías en el objetivo de que los niños y adolescentes tengan un ocio con dignidad, como era el de los antiguos griegos.