lunes, 12 de junio de 2017

"La adopción de niños con historias de malos tratos: el encuentro de dos experiencias diferentes sobre el amor", por Sandra Baita, psicóloga clínica.


Diez meses, diez firmas II

Clausura la sección de este curso 2016/17:

Sandra Baita, psicóloga clínica.

Título del artículo: "La adopción de niños con historias de malos tratos: el encuentro de dos experiencias diferentes sobre el amor"

Algo que hace unos años nos hubiera parecido impensable, puede materializarse hoy. Que una eminente psicóloga clínica que vive y ejerce su labor profesional en Buenos Aires (Argentina, país desde el cual el blog obtiene una media de 1.700 visitas mensuales) pueda escribir un artículo para todos/as nosotros/as los/as que nos citamos en Buenos tratos, sin haber interactuado presencialmente, no deja de ser fascinante. Este es el gran valor de la red de redes: lograr que una experta internacional en trauma complejo y disociación infantil pueda entrar en nuestros hogares y aprender de ella. Y así sucede con todo el que quiera compartir conocimientos.

Conocí a Sandra Baita en Madrid, en la 13ª Conferencia EMDR porque asití a una de sus ponencias sobre cómo trabaja en psicoterapia con menores que padecen disociación infantil, que no es sino un trastorno que nos sugiere la gravedad del sufrimiento subyacente en los niños/as que lo padecen, a menudo maltratados, abandonados y/o abusados desde temprana edad y durante muchos años, edades como sabemos clave en el desarrollo del ser humano. Me cautivó por su competencia y experticia en el campo, y sobre todo por su disponibilidad y cercanía para con todos/as los/as colegas. En aquel momento no tuve oportunidad de acercarme a saludarle. Ese momento va a llegar pronto.

Posteriormente, he escrito sobre ella en Buenos tratos haciendo referencia a sus artículos y libro “Rompecabezas. Una guía introductoria a la disociación infantil”, una obra suprema, la única en lengua hispana, que ha sido de inestimable ayuda para todos/as los/as profesionales, para que podamos comprender y aprender de un fenómeno complejo –y aún desconocido- como lo es la disociación infantil. Si eres profesional de la psicología o ciencias afines y trabajas con menores víctimas de malos tratos, no debes de dejar de adquirirlo y leerlo.

No podía demorame más en proponerle escribir en Buenos tratos como firma invitada de este mes, para cerrar el curso académico aquí, en Europa, por la puerta grande. Sandra ha accedido amable y generosamente (como todos/as los/as profesionales invitados/as a Doce meses, doce firmas II durante este 20167/17) 

Termino esta introducción a Sandra tal y como la empecé: gracias a internet dos personas que no han intercambiado físicamente aún ni una palabra, separados ambos por miles de kilómetros de extensión acuosa -ese enorme mar que es el Océano Atlantico- consiguen gracias a la red de redes intercambiar conversaciones y conseguir acordar esta colaboración sin necesidad de verse. Solamente ha sido necesario un equipo informático conectado a la mencionada red. Pero medios aparte, no olvidemos que sólo es posible porque Sandra tiene una disposición favorable a ello y comparte desinteresadamente. Ella no sólo es una gran experta en el tema que nos ocupa sino que muestra un gran compromiso con la infancia, el cual se puede observar en sus lecturas y artículos. Muchísimas gracias Sandra Baita, por colaborar con Buenos tratos y regalarnos desprendidamente tu tiempo, esfuerzo, conocimientos y experiencia clínica. El magnífico artículo que ha preparado os va a ayudar a comprender a los profesionales y a las familias cómo las heridas del trauma interpersonal afectan al niño/a. ¡De imprescindible lectura!

Aprovecho la ocasión para dar de nuevo las gracias a todos/as los/as profesionales que han colaborado este curso 2016/17 con Buenos tratos.

Como decimos por aquí en euskera (lengua vasca): Eskerrik asko, bihotz-bihotzetik (Gracias, desde el corazón)

El curso próximo contaremos con más profesionales invitados/as en Diez meses, diez firmas III

Sandra Baita. Psicóloga clínica, terapeuta y supervisora certificada EMDR, trabaja en el campo de la atención a niños víctimas de malos tratos en la familia desde hace más de 20 años, tanto en programas públicos de organismos gubernamentales en el pasado, como en la práctica privada actualmente, en la ciudad de Buenos Aires, Argentina. Le gusta transmitir lo que ha aprendido a todas aquellas personas cuyas profesiones las ponen en contacto con estos niños, por lo que además de dictar cursos y conferencias, le gusta que esa transmisión sea un poco más perdurable; por eso ha escrito colaboraciones, artículos científicos, capítulos y un libro, que está esperando ansioso tener más hermanitos… 





Anna Llenas escribió un cuento para niños con una temática que, tal vez, no muchos se hubieran atrevido a abordar.

En su cuento “Vacío” https://www.youtube.com/watch?v=bBVF3iZsyL4&t=17s Anna cuenta la historia de Julia, una niña con una vida feliz y tranquila, una vida que un día, de golpe, desapareció, dejando a Julia con un enorme vacío.




Los niños en acogimiento familiar o adoptados que han crecido en ambientes violentos, abusivos y negligentes, suelen sentir que Anna, con la historia de Julia, está contando un pedazo de la de ellos. 

Pero ninguno puede describir de manera cabal qué es ese vacío, cómo se siente, qué escapó de allí o qué hace falta para llenarlo. 

En nuestra lógica binaria de adultos, podemos pensar que estos niños son distintos de Julia al menos en un punto: el de la vida feliz y tranquila. Después de todo, si están en acogimiento, ¿no es porque debieron ser rescatados de una vida dura y dolorosa? Sin embargo, no sabemos, o no nos detenemos a pensar (o preferimos no hacerlo), que esos niños, mientras vivían esas vidas, desconocían que existía para ellos la posibilidad de una vida sin malos tratos. Los seres humanos estamos preparados para apegarnos a quienes nos cuidan, y aunque estas figuras sean negligentes o violentas, la tendencia a buscarlas y acercarse a ellas, sigue estando presente, no se desactiva.

En la vida de estos niños, la felicidad a la que hace referencia Anna en la historia de Julia, pueden ser gestos simples, pequeños y espaciados: “Cuando mi papá no bebía era bueno con nosotros”, “Mi mamá me llevaba al parque cuando no estaba dormida en su cama, pero si estaba dormida en su cama, yo sabía que no debía molestarla y no lo hacía, para que ella pudiera dormir bien y llevarme al parque”.

Se aferran a ellos porque no saben que pueden -que tienen el derecho- de aspirar a más. Entonces, he aquí el primer desafío para nuestra lógica binaria: aunque no podamos entenderlo, sí, es posible que estos niños extrañen algo -o mucho- de su vida pasada. Tal como una vez lo expresó una mujer adulta en mi consulta: “Creo que es preferible que te quieran mal a sentir que no te quieren nada…”. 

En el libro de Anna Llenas, el Vacío de Julia es un agujero en el centro de su cuerpo; un agujero por donde se cuela el frío – muchos padres se quejan de que les dan todo su amor a estos niños, pero que parece que a ellos no les llegara o no les alcanzara-; un agujero por donde salen monstruos -muchos padres cuentan que un simple “no” como límite a algo, puede desencadenar en estos niños y adolescentes unos ataques de ira en los que parecen ser otros, transformados, diciendo cosas hirientes, lacerantes, tal vez a la medida de la propia herida abierta que ellos tienen.

El Vacío de Julia se lleva todo, -no hay nada que conforme a estos niños, dicen sus padres- y Julia ha intentado de todo para hacerlo desaparecer -los padres se quejan de que estos niños comen desaforadamente, que esconden comida debajo de sus camas o en los cajones de su habitación- y aun así, el agujero sigue creciendo sin parar.

Portada del cuento de Anna Llenas.

En la búsqueda de tapones para tapar ese agujero de Vacío, Julia busca, desesperada, y se encuentra de todo, algo de lo bueno, mucho de lo malo. Y aun encontrando algo bueno, pareciera ser que lo inconveniente o lo peligroso se imponen en la búsqueda de tapones.

Los padres se quejan alarmados de la poca capacidad de estos niños de discernir el peligro –“Se va con cualquiera”-, de la facilidad con la que se meten en problemas una y otra vez –“Va y se junta con los que peor se portan”-, del escaso o nulo aprendizaje de la experiencia –“Jura y perjura que no lo va a volver a hacer y luego va y hace lo mismo. Y encima te dice que no sabe por qué lo hizo”. 

Al igual que un náufrago, cuyo rescate consiste en ponerlo en tierra firme primero, y atender sus necesidades básicas inmediatamente después, estos niños también necesitan tocar una tierra firme. Damos por sentado que una vez que se eligió a la familia, ya están en tierra firme. Las familias se encargan entonces de las necesidades más evidentes: darles una casa fija y bien puesta, ser unos padres atentos, darles una educación y cuidados médicos, actividades de ocio -deportes, arte o lo que sea que le permita al niño socializar más con otros niños de su edad. Guía tales acciones el principio honorable de darles todo lo que no tuvieron. Y así comienza una nueva historia. Solo que muchas veces esa historia viene con unas sorpresas imprevistas que descolocan a las familias. 

Los padres cuentan que los niños amables y educados que les presentaron, tal vez un poco recelosos o tímidos, tal vez inesperadamente afectuosos y cálidos, empiezan a “ser diferentes” cuando las puertas de la nueva casa se cierran. Los padres entienden que el niño o la niña deben adaptarse. Se arman de paciencia, esperan. Algunos se impacienten rápidamente y la historia de estos niños vuelve a empezar otra vez en la búsqueda de una nueva familia que los quiera y los acepte. Otros padres buscan ayuda cuando sienten que la impaciencia ya les está ganando la jugada.



¿Qué motiva la impaciencia de los padres? 

Un conjunto de conductas que van desde lo preocupante a lo inaceptable en la consideración parental: les va mal en la escuela, no estudian, no quieren hacer nada, hacen unos berrinches de morir, inventan historias fantásticas o terriblemente dramáticas, no se higienizan cuando van al baño, esconden la ropa sucia, roban -dinero, comida, objetos, dentro de la casa y/o fuera de ella-, mienten, comen desaforadamente, rompen cosas -accidentalmente o en medio de sus rabietas-, se cortan o se autoagreden de diversas formas, amenazan con irse o los desafían directamente a que los devuelvan, y finalmente les echan en cara que no son sus padres.

La lista puede ser incluso más larga. 

Ahora bien, veamos: ¿qué motiva la conducta de estos niños? 

Escribiendo recientemente un capítulo sobre el trabajo con padres adoptantes, me venía a la mente que la adopción de niños que han vivido situaciones de violencia interpersonal en el seno de sus familias de origen, es el encuentro entre dos interpretaciones muy diferentes acerca del “amor”. Cada una de ellas –tanto la de los padres como la de los niños- está cargada con las experiencias que cada parte de esta díada ha tenido acerca de haber sido amado, visto, cuidado, considerado, y esas experiencias tendrán una influencia directa en la forma en la que cada uno se acercará al otro, y en las expectativas con las cuales cargarán tales encuentros. 

Veamos cómo es esto desde la óptica del niño.

Los niños que han vivido en familias abusivas y negligentes internalizan rápidamente la creencia de que ellos son los responsables directos del maltrato o el descuido que sufren. De esta forma, logran “proteger” a la figura de cuidado, una protección que se les hace necesaria para poder seguir viviendo esa realidad. Suelo decir que cuando somos pequeños, tendemos a interpretar el mundo con la lente de nuestro ombligo: todo tiene que ver con nosotros, y nosotros estamos en el centro de todo, tanto de la atención más afectuosa y presente, como del ojo del huracán. Esta mirada es en parte inherente a nuestro desarrollo. Nuestro contacto con otros, en especial con nuestros cuidadores primarios, va moldeando esa percepción. Para bien y para mal. Por lo tanto, si yo crezco en un ambiente en el que mis acciones, mis palabras y mis silencios, o las acciones, las palabras y los silencios de los otros, provocan que me peguen, que abusen de mí, que me descuiden, será más factible que empiece a preguntarme ¿qué hice yo para que me hagan esto? Si esa pregunta es contestada con argumentos con los que los adultos justifican su accionar (“porque eres caprichoso”, “porque contestas”, “porque no hiciste lo que te dije”, “porque eres bonita”, “porque te gusta”), no habrá mucho margen para creer que yo no tengo nada que ver en el asunto, que no soy responsable ni merezco ese trato. 

En esta forma de vivir y relacionarse, asumir que “mi papá me pega porque yo soy malo” se enlazará rápidamente con la creencia de “[si soy malo, entonces] no hay nada bueno en mí, no soy querible ni agradable”. 

Por lo cual si alguien aparece en el horizonte y me dice que me quiere y que le importo ¿cómo creerle? ¿Por qué creerle? Tal vez haya algún mensaje oculto, mejor será caminar con cuidado y cuatro ojos… porque apenas vea quién soy de verdad ya no me va a querer… cuando encuentre mi ropa sucia y escondida o cuando vea que robé, seguramente todo este encanto por mí se desvanecerá. Y dicho y hecho, como una profecía, la primera conducta inesperada recibe por parte de los padres una reprimenda, un reproche ¿por qué lo has hecho? La respuesta del niño -cuando la hay- raramente satisface a los adultos, que empiezan a ver en las conductas infantiles un patrón de desafío e intencionalidad, lo cual, no hace más que reforzar la creencia infantil de que “no hay nada bueno en mí, [por lo tanto] no soy querible ni agradable”.

Los padres adoptantes también llegan a la adopción con un “guión” interno, producto de sus propias experiencias como hijos, de aquello que los haya llevado a la adopción, de cómo hayan transitado el proceso en pos de adoptar un hijo, y de sus expectativas parentales respecto del nuevo integrante de la familia. Como parte de ese guión, internamente pueden sentir temor a no hacer las cosas bien, a no ser amados -y en consecuencia que esto signifique que no son buenos padres- a fracasar. Por otro lado, pueden sentirse juzgados más fácilmente que los padres biológicos. 

A los padres adoptantes puede costarles entender que un niño de 5 años tenga conductas regresivas, y si un púber presenta conductas de robo anticipan inmediatamente que -sin saberlo- han adoptado un futuro delincuente. Querer a alguien que no se conoce y cuyo comportamiento no se comprende puede ser una tarea altamente compleja. 

El enorme desafío para quienes trabajamos con estos padres es ayudarlos a entender que la adaptación de estos niños a su nueva vida, no es ni rápida ni automática, y muchas veces no es sin costos. Los terapeutas podemos convertirnos en una suerte de puente que une dos tierras diferentes para crear un nuevo terreno que se nutra de lo que cada uno puede llevar a la nueva experiencia. Para poder hacerlo, es necesario entender cómo las heridas del trauma interpersonal afectaron al niño, el “guión” o historia con la cual llega a una nueva familia, a la vez que es necesario conocer el “guión" de los padres adoptantes.

"No hay forma de trabajar con el niño si no se hace un trabajo en paralelo con los padres"
"Los terapeutas podemos convertirnos en una suerte de puente que une dos tierras diferentes para crear un nuevo terreno que se nutra de lo que cada uno puede llevar a la nueva experiencia"

(Sandra Baita, psicóloga clínica)

No hay forma de trabajar con el niño si no se hace un trabajo en paralelo con sus padres, mucho más intenso, artesanal a veces y complejo que si estuviéramos trabajando con un niño traumatizado y sus padres biológicos. Algunas de las estrategias para este trabajo pueden ser:

- Saber qué conocen los padres adoptantes de la historia de sus hijos, entender si es que no saben porque no hay información o porque les resulta doloroso conocerla; ayudarlos y acompañarlos en ese conocimiento puede colaborar en que puedan dar un sentido a las conductas de sus hijos.

Ayudarlos a entender que la conducta de sus hijos no se relaciona con ellos, sino con su pasado, con lo que ellos aprendieron de lo que los adultos cuidadores pueden hacer.

Conocer la historia de los padres adoptantes puede echar luz acerca de posibles experiencias traumáticas no resueltas que puedan interferir en la vinculación con sus hijos; ayudarlos a comprender la relación entre las propias experiencias y aquello de la conducta de sus hijos que dispara en ellos situaciones no resueltas, puede colaborar en “despejar” el camino de tales interferencias.

Trabajar las expectativas respecto de sus hijos y ayudarlos a adaptarlas a las necesidades y posibilidades del niño: hay necesidades básicas afectivas y de cuidado que estos niños no han recibido adecuadamente en la época previa a su adopción, y que no se compensan con buenos colegios, segundos idiomas o actividades deportivas. 

Y este último no es un punto menor. Si bien es comprensible que los padres deseen dar oportunidades que provean a sus hijos de ventajas sociales para su desarrollo, sin llenar los vacíos que el maltrato y la negligencia han dejado, ese desarrollo se torna en una empresa extremadamente trabajosa, que lleva a frustraciones a ambas partes de esta díada.

Una vez, luego de leer el cuento de Anna Llenas, le pregunté a una niña adoptada qué creía ella que podría llenar su vacío. Sin dudarlo me respondió: “El amor incondicional… no sé muy bien qué es eso, pero sé que eso es lo que me falta.”

3 comentarios:

Anónimo dijo...

|Exelente como familia adoptiva es muy fuerte el lazo que creamos pero cuanto falta para andar y desandar. Gracias muy buena nota para analizar.AQ

Leticia Meza dijo...

Excelente.

Ante todo, tened entre vosotros ferviente amor; porque el amor cubrirá multitud de pecados.
1 Pedro 4:8


Todo lo podemos en Cristo que nos fortalece. Filipenses 4:13

Leticia Meza dijo...

Y ante todo, tened entre vosotros ferviente amor; porque el amor cubrirá multitud de pecados.
1 Pedro 4:8
Excelente!!