lunes, 5 de diciembre de 2016

El apego cuidador. Y una gran noticia: El libro "El amor maternal" de Sue Gerhardt, es reeditado por Editorial Elefthería.

Cuando hemos hablado de las alteraciones en el vínculo de apego de los menores, nos hemos referido con más frecuencia a los apegos desorganizados que van evolucionando ya a edades más tardías (desde los cuatro años), en torno a la defensa del control punitivo. Son niños/as que para defenderse de la vivencia aterradora del maltrato (o dentro de un patrón relacional donde el cuidador se siete atemorizado por el menor), desarrollan estrategias de control de la relación de naturaleza agresiva o coercitiva; el diagnóstico temprano en los menores de preescolar en adelante suele ser problemas de conducta. Pero esto es solo la superficie. 

Peter Fonagy postula en su libro “Teoría del apego y psicoanálisis” que para esta edad los menores con antecedentes de apego desorganizado suelen ser más agresivos con sus iguales y adultos, presentan dificultades de regulación de la emoción, el proceso de socialización está más afectado y existe una mentalización alterada –distorsionan la mente de los adultos, atribuyéndoles intenciones negativas-. Sí son capaces de ver la mente del otro, pero a diferencia de los niños con autismo –cuya visión de la mente del otro está profundamente alterada y tienen una ceguera con respecto a la misma- los menores víctimas de malos tratos leen la mente del otro, normalmente distorsionando las intenciones, deseos o motivaciones del adulto, pero no han desarrollado, al nivel evolutivo esperado, la capacidad de reflexionar sobre la misma. Mi amiga, profesora y colega Maryorie Dantagnan dice que son hackers de las mentes de los demás, pero no hay una auténtica reflexión porque esa función tuvo que anularse como consecuencia de los malos tratos sufridos en el contexto de una relación de apego temprana con el cuidador o cuidadores principales.

Decimos que en este blog nos hemos dedicado más a tratar el apego desorganizado en su vertiente punitiva que en otras vertientes que también son formas de protegerse frente a la desestructurante vivencia del maltrato, o ante la ausencia emocional de las figuras de apego (que no están, y cuando lo hacen no conectan emocionalmente con el menor, mostrándose poco disponibles e incluso con nula sensibilidad ante las necesidades emocionales): me estoy refiriendo al subtipo de apego cuidador.

Un libro clave de Jorge Barudy y Maryorie Dantagnan
Socialmente, el niño que toma el control de las relaciones proveyendo de cuidados a los propios padres o a los hermanos puede ser bien visto. “¡Qué bien, qué bonito que cuide de su mamá y de su hermanito, así ayuda en casa!” Sin embargo, se trata de un/a niño/a pseudoadaptado/a, con apariencia de ajuste psicológico pero que en su interior -detrás de la defensa de dar cuidados a otros- anidan profundos sentimientos de abandono, rabia, dolor y vacío. No nos estamos refiriendo a menores que ante motivos justificados pueden tener una preocupación genuina y empática por el bienestar de sus padres o cuidadores. Hablamos de una estructura y dinámica familiar donde se da una inversión de roles: los/as niños/as pasan de ser cuidados a cuidar ellos/as. Y además, en algunos casos que he conocido, lo pueden hacer de un modo ritualizado, un tanto compulsivo, que denota que sufren ansiedad interna. Jorge Barudy, neuropsiquiatra y experto en terapia de familia y Maryorie Dantagnan, psicoterapeuta infantil, afirman en su ya clásico y magnífico libro  “Los buenos tratos a la infancia” que “…estos niños o niñas no solo desempeñan tareas y responsabilidades hogareñas, sino que se hacen cargo del cuidado de sus padres. Seguramente, la única manera de sentirse competentes y con algo de control y de estar en cercanía con sus padres es tratando de satisfacerlos. En vez de solicitar cuidado de los padres, lo ofrecen evitando sentirse indefensos. Se muestran extremadamente solícitos hacia sus padres o cuidadores. Esto vale también para el caso de niños o niñas complacientes compulsivos. Muestran una mezcla de conductas de evitación, inhibición de sus afectos negativos y conductas exageradamente afectuosas hacia sus cuidadores. Este estilo de apego se desarrolla como una respuesta a la insuficiencia de cuidados parentales, por ejemplo, en el caso de las madres víctimas de violencia conyugal, con muchas carencias, depresivas o pasivas-dependientes”

Por lo tanto, hemos de cambiar la mirada sobre el niño/a cuidador: de la estampa que enternece al adulto que valora el caso y dice que es precioso que el menor cuide de sus papás, qué buen niño, cómo se preocupa… a evaluarlo como algo grave sobre todo si se da en ese contexto familiar de inversión de roles donde cuidas para evitar la desestructurante angustia de no ser cuidado, esto es, es una defensa contra el abandono emocional. Esto es importante porque así como el menor con rasgos desorganizados punitivos inmediatamente se valora como una alteración severa porque agrede, se muestra hostil, marcadamente resistente a aceptar la autoridad del adulto y sufre cambios bruscos de humor y su conducta es perturbadora y visiblemente desadaptada, en el caso de los menores cuidadores su comportamiento no resulta molesto para los adultos que le rodean, sino que éstos hacen lecturas bucólicas (idílicas o hermosas) de sus actitudes y conductas. Sin embargo, las consecuencias a futuro, si no se interviene y se le provee de cuidados al menor, pueden ser fatales para su salud psicológica.

Es posible que los aspectos culturales pesen e influyan en el rol de cuidadora que sobre las mujeres todavía recae y pesa. En cambio, en el caso de los hombres, cuando he tratado niños o jóvenes, la inversión de roles que tenía lugar en éstos no era tanto en la esfera de proveer cuidados a los padres (en algunos sí, claro) sino en aspectos relacionados con tomar el control dominando: ellos toman las decisiones en el hogar, ponen las normas, se organizan y organizan la casa...

Cuando se interviene con estas familias y menores en situación de desprotección, si las capacidades parentales no son recuperables y se evalúan como severas y crónicas (Barudy y Dantagnan, 2010, "Los desafíos invisibles de ser padre o madre. Manual de evaluación de las competencias y la resiliencia parental") un asunto muy delicado es qué contexto de cuidados ofrecer a estos menores. No nos olvidemos que el hecho de que un niño/a cuide a sus padres es muy grave y que se invierten los roles: los padres son los que se apegan a los hijos, cuando se sabe que el vínculo de apego es de los niños/as a los padres. ¡Si los padres se apegan a los niños pretenden inconscientemente que éstos sanen sus heridas emocionales! Para lo que estamos preparados como seres humanos por la neuropsicobiología (mente y cerebro) es para emitir conductas de apego con el fin de que los adultos satisfagan nuestras necesidades emocionales (de confort y calma ante el estrés) y de seguridad (protección frente a peligros externos o estados internos de incomodidad, angustia…) Por ello, en las relaciones tempranas de apego aprendemos a regularnos emocionalmente, a sentirnos seguros (interiorizamos esa seguridad y nos abrimos al mundo y lo exploramos sabiendo que el adulto que nos cuida está ahí, disponible) a experimentar el afecto de quien nos cuida y a sentir que alguien nos siente (Siegel 2007, "La mente en desarrollo")

Cuando los roles se invierten y es el niño/a la figura de apego de los padres o cuidadores… ¡todo esto es al revés! Se puede afirmar que todo sucede contra natura, pues las leyes del apego se trastocan. El control también lo ha tomado el niño/a, porque no olvidemos que probablemente esta defensa le protege de la desorganización grave del apego a la que nos estamos refiriendo. Internamente bulle en ellos sentimientos de rabia, agresividad y vacío que se corresponden con la dolorosa experiencia de sentirse no cuidados. Por ello, nos interrogamos acerca de cuál es el contexto de cuidados (familiar o residencial) más adecuado (que mejor les repare) para estos niños/as porque (al menos en mi experiencia) cuando los menores son los que pasan a recibir cuidados (como debe ser) y han de ceder el control a unos adultos que se van a hacer cargo y a responsabilizarse, entonces emerge en ellos el dolor, se produce la desregulación emocional y se resisten a ceder y a confiar en el adulto, no le otorgan el rol de cuidador ni de autoridad fácilmente. Se resisten porque conectan inconscientemente con una angustia que había estado excluida hasta ese momento. Como afirma Maryorie Dantagnan, cuando tienen que quitarse el traje (mecanismo de adaptación que les había permitido sobrevivir) porque en el actual contexto protector de vida ya no lo necesitan, entonces es cuando los infantes se desorganizan. A nivel sintomatológico, además de la desregulación emocional, pueden aparecer problemas de conducta. El niño/a siente que ser cuidado es una amenaza, activa su chip (modelo operativo interno) que contiene las dolorosas experiencias registradas en su memoria emocional relativas al abandono y si la defensa ya no le sirve, se desorganizará.

Por ello la psicoeducación, la formación y el acompañamiento a los adultos que van a cuidar y educar a estos menores es fundamental. Si no se hacen lecturas mentalizadoras (comprender adecuadamente las emociones que subyacen a estas conductas y empatizar con ellas) sobre estos niños/as no se puede tener una respuesta emocional hacia su sufrimiento interno, enorme, y solamente se planteará la intervención desde lo que se aparece (los problemas de comportamiento, los cambios de humor, la resistencia a la autoridad…) en el exterior, poniendo el acento en los límites y no en la receptividad empática. Estoy de acuerdo en que estos menores precisarán de un contexto familiar (normalmente familias de acogida) estructurado, predecible, con límites y normas claras, pero a la vez cuidadores que sean capaces de comprender las causas de los episodios de desorganización que manifiesten cuando se sientan vulnerables (al no poder controlar ellos la relación, es cuando su traje ya no es eficaz y se tornarán probablemente punitivos, desafiantes y desregulados emocionalmente) Hemos de ser conscientes que nuestra tarea es reparar a los menores dañados por esta particular forma de maltrato que es la inversión de roles en forma de apego cuidador, por lo que un planteamiento educativo basado solo en tratar de modificar las conductas y no promover relaciones que fomenten la resiliencia secundaria (familias o adultos tutores de resiliencia que se pongan en su piel y conecten emocionalmente con lo que ellos/as sufrieron al tener que echarse a sus espaldas la precoz tarea de ser adultos antes de tiempo), esto es, poder permitir progresivamente que su traje respire y vayan aprendiendo a confiar en que ellos/as pueden ser cuidados pero no serán dañados por los adultos con los que conviven. El mensaje que deben de ir interiorizando progresivamente (conteniendo el dolor que emergerá) es algo así como: “si aceptas mi autoridad y mi cariño y me cedes el control no me aprovecharé de ello para hacerte daño” Esto lleva su tiempo y su trabajo, no es una tarea fácil pero es el camino, en mi opinión, a seguir con estos menores.

Los menores que llegan a la edad adulta con estos rasgos de vinculación tipo cuidador, no es extraño que elijan profesiones relacionadas con el cuidado a los otros (psicología, enfermería, medicina…) E incluso, la pareja que eligen, motivados por ese modelo operativo interno inconsciente (que no ha sido aún revisado en psicoterapia), es alguien con problemas emocionales, trastorno de la personalidad o psicopatología. En un momento determinado el traje de cuidador, por diversos factores, no resulta adaptativo y pueden debutar con trastornos de ansiedad y depresión u otros. Si la sintomatología es lo suficientemente intensa y afecta severamente a la persona, pueden acudir a tratamiento psicológico.

Creo que necesitan un psicoterapeuta sumamente receptivo a nivel empático porque el trabajo será muy duro. Habrá momentos (cuando conecten con el dolor del abandono infantil por parte de los progenitores) en los que el derrumbamiento emocional sucederá y habrán de ser sostenidos por el terapeuta y a ser posible, por personas de su contexto de vida que puedan acompañarles sentidamente. Pero a la par, es una gran oportunidad porque, desde el mismo núcleo del dolor, con el procesamiento y la elaboración (narrativa que aporte otra mirada, pues es especialmente importante que no se descarte todo del traje, pues muchos de ellos/as gracias al mismo han procurado muchísimo bienestar a innumerables personas. Es vital para ellos validarles la parte sana del traje que se pusieron para sobrevivir de niños/as. Porque se sienten muchas veces, estafados: “siempre cuidando y nunca nadie me agradeció ni valoró nada”, sólo sufrimiento y vacío interior. Pues tras el traje suelen subyacer intensos sentimientos de vacío, muy duros) experimentan un renacimiento y comienzan a contemplar algo que nunca habían hecho: practicar el autocuidado y el dejarse cuidar por otros/as. Si los padres de estos adultos pueden reparar y reconocer a la persona el dolor, y empiezan a dispensarle cuidados, puede ser muy beneficioso para ellos/as y contribuir a su sanación. Pero si hay una negación, proyección o minimización por parte de estos progenitores, puede ser retraumatizante y por lo tanto, no debe promoverse.

Vamos poniendo punto final por hoy y lo hacemos, como es costumbre, con la picada. Os anuncio la aparición de la segunda edición ampliada del libro de Sue Gerhardt “El amor maternal” (se nos acumula el trabajo, ¡pero bendito trabajo leer libros!) Esta psicoanalista explica de una manera rigurosa a nivel científico pero con un lenguaje accesible a todas las personas, la extrema importancia que el amor maternal (el afecto materno temprano) tiene para el futuro desarrollo y equilibrio psicológico de cualquier persona. Los cuidados maternos orquestan el desarrollo y producen modificaciones en la expresión de los genes, de tal modo que se colocan marcadores en éstos favoreciendo que unos se expresen y otros se silencien. El afecto materno temprano pone marcadores y favorece que se lean los genes que tienen que ver con la regulación emocional, la empatía, la autoestima y el sentimiento interno de seguridad. Si queremos una sociedad más justa y más humana, hemos de ocuparnos de los bebés, pues podemos prevenir, si fomentamos el apego seguro, dice Gerhardt, la delincuencia en nuestra sociedad. Todos/as los/as que trabajan o se relacionan con bebés y niños/as han de leer este libro. Celebramos su reaparición, esta segunda edición, porque la primera estaba agotada y era una lástima que un libro así no se reeditara. Era solo cuestión de tiempo porque la editorial Elefthería me ha anunciado en un mail su reaparición y me solicitan difusión a través del blog. Por supuesto, accedo gustoso y encantado porque merece la pena darlo a conocer, leerlo y sobre todo aplicar los conocimientos en nuestro trabajo diario con nuestros/as niños/as.

Os transcribo parte de la información que me han facilitado desde la editorial a modo de reseña, pues esta reedición viene con novedades: "La decisión de coger en brazos y consolar a un bebé que llora o ignorarlo puede parecer una elección personal de los progenitores, sin embargo, las consecuencias de una u otra acción influirán en el cerebro del bebé de una u otra manera. Una crianza amorosa no es solamente una decisión educativa sino que moldea las conexiones cerebrales del bebé predisponiéndole a un futuro desarrollo con empatía, autocontrol y conexión con los demás. El amor maternal explica por qué el amor es esencial para el desarrollo del cerebro en los primeros años, y cómo las interacciones tempranas pueden tener consecuencias duraderas para el futuro de la salud emocional y física. Esta segunda edición es consecuencia del éxito de la primera, respecto de la que se ha actualizado la investigación científica abarcando los recientes descubrimientos en genética y conexión mente y cuerpo. En esta segunda edición, revisada y ampliada, se incluye además un nuevo capítulo destacando la creciente comprensión de la influencia del embarazo en la formación del futuro bienestar emocional y físico del bebé".

Sue Gerhardt fue entrevistada por Punset en el programa Redes y en la misma expuso algunos de los descubrimientos de la neurociencia en cuanto al cerebro del bebé y la extrema importancia de este amor maternal.




Antes de fin de año nos espera el profesional invitado del mes, correspondiente a "Diez meses, diez firmas": Cierra brillantemente el año -el 19 de diciembre- la psicóloga y psicoterapeuta experta en apego y trauma, y especializada en adopción, Montse Lapastora, que ha preparado un artículo para todos/as nosotros/as. 


Cuidaos / Zaindu