lunes, 18 de junio de 2012

"Si el reflejo de la madre es poco receptivo, entonces un espejo es algo que se puede mirar pero ya no sirve para mirarse" (Winnicott) O de las consecuencias cuando falla la función reflexiva del cuidador

Esta semana retomo lo que voy descubriendo en el libro de Wallin, “El apego en psicoterapia” Llevo unas semanas hablando del mismo y la verdad es que este apasionante y fascinante libro nos ofrece el cuerpo teórico y las claves tanto para el tratamiento de los pacientes con alteraciones en el apego como también aplicaciones útiles en el tratamiento educativo de los niños y adolescentes que presentan historias de vida marcadas por experiencias de apego subóptimas.

Hace unas semanas hablábamos de la teoría de Peter Fonagy, un autor que desde el psicoanálisis ha revolucionado la teoría del apego al estudiar la misma desde el concepto de la función reflexiva. Veíamos cómo un apego seguro se gesta fundamentalmente si los cuidadores son competentes en la tarea de poder reflejar las emociones del niño sin invadirlas. Los padres que ejecutan esta función adecuadamente (1) entienden las causas que generan la angustia y los estados internos intolerables del niño;(2) pueden afrontar esa angustia y aliviarla en el menor y (3) reflejan la misma como reflejos de la experiencia emocional del niño y no de los adultos. Así el infante adquiere progresivamente la noción de que su mundo interno es distinto de la realidad externa. Y adquiere la noción de que existe una mente independiente separada con intenciones, deseos, emociones… (Wallin, 2012)

¿Qué sucede cuando los progenitores no son competentes e invaden con sus emociones tóxicas a los niños, en particular a los bebés? El niño se puede sentir superado por la naturaleza contagiosa de su angustia porque su malestar suscita una emoción idéntica en los progenitores. Entonces, como dice Winnicot, un espejo sirve para mirar pero no para mirarse. No hay reflejo contingente que diferencie al niño y éste queda envuelto en un marasmo, torbellino de emociones muy negativas que además, no se regulan. Con lo cual crecerá con las mismas y sin poder gestionarlas. La experiencia interna del niño se corresponde siempre con la externa, y no parece haber salida. (Wallin, 2012) Se sientan entonces, las bases de un apego desorganizado que en un futuro tiene muchas probabilidades de derivar en un trastorno límite de la personalidad. Las personas límite son impulsivas, emocionalmente inestables, con dificultades para regular y gestionar sus estados internos, con un miedo terrible a un abandono real o imaginario, sufren cambios en su autoimagen y presentan estados disociativos, conducta agresiva y auto-agresiva.

Pongamos un ejemplo real: Peter es un niño que creció en un entorno familiar caracterizado por una relación violenta entre sus padres. La madre presentaba una esquizofrenia y tendencia límite, sin capacidad para la función reflexiva. Invadía al niño con sus estados emocionales, no sintonizaba con él y las respuestas afectivas que ella le devolvía, al malinterpretar sus conductas, eran hostiles. Si el niño se encontraba incómodo y lloraba y se irritaba porque no le habían cambiado los pañales, la madre no reflejaba este estado con suavidad y cariño sino que literalmente su respuesta era de ira y agresión verbal hacia el niño, violentándole. El menor se desarrolló en esta relación de apego tóxica que hizo que su mente pensara que su realidad interna se correspondiera siempre con la externa: al tratarle mal su madre creció pensando que era malo. Su padre, al mismo tiempo, le pegaba, le gritaba y le miraba constantemente para ver qué hacia. Las conductas típicas infantiles de juego o de probar los límites, propias de los dos años, o de comienzo de la autonomía y la autoafirmación, las interpretaba como desafíos y pensaba que su hijo era un malo desobediente. Por ello, Peter encontró en el padre otra experiencia invasiva de maltrato con emociones tóxicas y su incipiente yo no pudo interpretar la experiencia sino que la experiencia le ocurría. La experiencia y él (mundo externo e interno) eran lo mismo, estaban en modo de equivalencia, como lo denomina Fonagy (Wallin, 2012)

Por lo tanto, la tarea de los padres (biológicos y no biológicos, pero especialmente de los padres que tienen hijos a su cargo que han podido vivir situaciones crónicas de abandono o malos tratos y el niño no ha podido reconstruir la experiencia) lenta y ardua pero fundamental cara al futuro y a la prevención de patología límite o cualquier otra forma de personalidad desadaptada, es la de tratar de que el niño aprenda paulatinamente a que su experiencia externa no es la interna. Reflejar sus emociones con cariño y suavidad, aprender a calmarle ante cualquier conflicto (que desata sus emociones e impulsos sumamente desregulados), ayudarle a pensar sobre lo que siente y a sentir sobre lo que piensa. Además, es de vital importancia que le enseñemos y reforcemos en la idea de que vivió una experiencia de malos tratos en la que fue la víctima y que él no mereció eso, esto es, le aportemos una narrativa que le permita verse como alguien digno de ser amado, respetado y con cualidades. De este modo la reconstrucción de su historia favorecerá también la regulación de las emociones y contribuirá a que vaya diferenciando entre el mundo interno y externo. Así ya no anticipará que le van a “tratar mal” (estos niños así lo creen porque confunden sus creencias con los hechos de la realidad, y van a muchos contextos de vida como el colegio, los deportes, los amigos… anticipando esto y pensando que lo que piensan -lo interno- es lo que pasa -lo externo-) y sus conductas de susceptibilidad a los otros, ira y hostilidad mejorarán notablemente. Pero es un proceso que lleva su tiempo y que requiere de nosotros de paciencia, perseverancia y tranquilidad. 


REFERENCIAS:


WALLIN, D. (2012) El apego en psicoterapia. Bilbao: Desclée de Brouwer.