lunes, 11 de mayo de 2020

"Porqué importan las historias", por Francisco Javier Aznar Alarcón, psicólogo clínico.

Firma Invitada
Francisco Javier Aznar Alarcón
Psicólogo Clínico




Francisco Javier Aznar Alarcón. Psicólogo Clínico, máster en terapia familiar, máster en neurociencias. Es el director del Instituto de Psicoterapia Relacional y Narrativa. Acreditado como psicoterapeuta y supervisor por ASEPCO (FEAP) y como terapeuta familiar y colaborador docente (FEATF). Además, es miembro de ISPCAN, ISTSS y de IAN-E. Actualmente trabaja en la práctica privada en psicoterapia, y en la supervisión y formación a profesionales que trabajan en contextos de dificultad (especialmente trauma). Su punto principal de interés es la aplicación de la psicología narrativa y la teoría del apego a la psicoterapia.

Presentación. Por José Luis Gonzalo

Agradezco enormemente a Francisco Javier Aznar Alarcón que haya aceptado participar generosamente en el blog como firma invitada. Él, como todos y todas los/as invitados/as anteriores lo hace porque además de gustarle compartir desinteresadamente, ama su profesión y le motiva trabajar por el bienestar y la salud integral de los niños y los jóvenes. Este artículo, al igual que todos los que he ido presentando a lo largo de la historia del blog, está escrito con dedicación, erudición y cariño. Los profesionales que participan en este blog saben que los artículos que se publican aquí son de gran ayuda en vuestro trabajo con las familias. Y el respeto y compromiso con vosotros/as es total. Por ello, este torrente de desprendimiento hay que resaltarlo y AGRADECERLO con mayúsculas. Sé que lo hacéis. Pero creo que merece, una vez más, que lo remarque. 

Nuestro invitado de hoy, Francisco Javier Aznar, es un psicólogo clínico que ama con pasión su profesión y la literatura. Ambas, además, tienen muchos nexos y territorios comunes en los que se pueden encontrar. Javier está especializado, entre otras áreas, en terapia relacional y narrativa. De la enorme importancia de la narrativa en la vida de las personas y en especial en las vidas, a veces marcadas por el trauma, de los niños y jóvenes, nos habla Francisco Javier en este post magníficamente escrito, en el que nos regala una preciosa síntesis entre narrativa, apego, psicología y trauma. Allí donde se juntan estas tres disciplinas, habita conceptualmente este artículo. Hacía falta que una persona del talento de Javier lo escribiese con la riqueza y belleza literaria con la que él es capaz de hacerlo. Francisco Javier profesa auténtica devoción a su profesión, a los libros y a la cultura en general. Soy testigo de lo escrupulosamente trabajado que está este artículo.

Seguía a Francisco Javier Aznar por redes sociales desde hacía bastante tiempo. Nos conocimos en A Coruña, en Galicia, en octubre de 2017. Él formaba parte del comité organizador de la International Attachment Iberoamericana para el congreso que allí se celebró. Me invitó a impartir un taller sobre la caja de arena precongreso. Tuve la oportunidad de darle un abrazo, compartir el congreso (escuchar la magnífica conferencia que junto con Nacho Serván pronunció sobre terapia narrativa) y también mesa y mantel, gran acogida que nos dispensaron a todos en la bella ciudad gallega. Desde entonces nos hemos mantenido en contacto por redes y mail, y puedo disfrutar de sus artículos y escritos. Los últimos que nos ha regalado en Facebook durante el confinamiento sobre narrativa y trauma son una delicia literaria, pura delicatessen. 


Porqué importan las historias. Por Francisco Javier Aznar Alarcón


«Estas pequeñas historias son con lo que los seres humanos conducen lo caótico de las experiencias. Sabemos cómo funcionan. Son el conocimiento del que no tenemos conciencia pero hace posible la vida. No tenemos que preocuparnos por nuestros movimientos o nuestra interacción con el mundo porque tenemos absoluta confianza en estas historias.»

Mark Turner

«Un relato no es el retorno al pasado, es una reconciliación con la propia historia.»

Jerome Bruner

Nos cuenta Umberto Eco que los niños aprenden el mundo a través de dos caminos. El primero, el del aprendizaje por ostensión, es el que se da cuando un pequeño le pregunta a su madre qué es un perro y ella se lo muestra. En este camino, lo interesante es cómo el niño es capaz de generalizar este aprendizaje y ser capaz de identificar después a otros animales como perros, si acaso equivocándose por extensión (añadiendo algún animal que no se corresponde con la categoría) mientras la sigue refinando. El segundo es el de aprender a través de una historia, como cuando para explicar qué es un veterinario contamos la historia de lo que hace. Este segundo camino está íntimamente ligado a nuestra evolución como especie, y su ubicuidad lleva a Eco a la hermosa idea de que el saber se difunde a través de las historias como semillas que se plantan, luego germinan, maduran, generan nuevas semillas… en una iteración que seguirá expandiéndose.

Sin embargo, y a pesar de mi querencia natural por las historias, voy a proponer que nos detengamos en el aprendizaje por ostensión, en la forma en que construimos las categorías que son el andamiaje de nuestro conocimiento, para apuntar a que ambos caminos tienen una relación mucho más estrecha de lo que parece y, si el lector nos tiene la suficiente paciencia, espero poder mostrar la importancia de esto para entender y atender con una mirada narrativa al trauma relacional.

Nuestra experiencia del mundo se construye en nuestra interacción con él, en el efecto de la relación entre nuestro cuerpo y lo que nos rodea, en un proceso de ajuste contínuo. Los eventos de los que participa el cuerpo del bebé son la base más primitiva y básica de nuestros conceptos sobre el exterior y sobre nosotros mismos. Llevarse los dedos a la boca, gatear y desplazarse, agarrar un objeto, golpearlo y verlo alejarse, la resistencia del material a su tacto, ser acunado en busca de calma, van armando pequeños esquemas de acción imaginarios, como piezas de mecano, con capacidad para enlazarse entre sí formando piezas cada vez de mayor complejidad. A medida que se combinan y se suman más de estos esquemas, y aumenta la flexibilidad y creatividad de su mixtura, van constituyendo un cada vez más rico y complejo mapa del mundo que empezó a formarse desde el mismo momento en que nuestros sentidos se abren a él. Desde un punto de vista cognitivo me atrevería a sugerir que hay dos movimientos básicos y centrales que cimentan el desarrollo de nuestra capacidad para comprender los eventos: encontrar algo conocido o familiar en aquello que nos es extraño o novedoso, encontrar algo nuevo, insospechado, en lo que nos es conocido.

Nuestra mente es analógica. Es decir, cada vez que aparece algo inusual, necesitamos saber cómo actuar con ello y tal necesidad nos lleva a aproximarmos buscando encontrar alguna similitud, en la forma o en la función, con algo con lo que ya nos sentimos familiarizados y, a partir de establecer una analogía, o lo que es lo mismo, meter ambos objetos, o ambas situaciones, en la misma categoría, comprender cómo actuar con él. En el juego simbólico, en el como si, los niños nos muestran continuamente este proceso, como cuando usan pañuelos de papel de color blanco como camillas de hospital y colocan a sus muñecos en ellas para ser curados. Lo hace el niño o la niña que, después de haber visto una película del far west, intenta montar sobre su mascota. A través de la analogía constituida por los elementos en común (animal doméstico, cuadrúpedo, colaborador con el humano) el niño actúa con el perro como ha visto hacer con el caballo. Sus padres, al impedírselo, le ayudan a afinar su percepción señalando lo qué es diferente en esa familiaridad que acaba de construir (tamaño más pequeño, y también que el perro no tardará en mostrar su descontento con el juego). Lo hace cuando representa objetos, personas y escenas dibujándolas, y traslada las características de los elementos conocidos a su representación en el papel. El desarrollo de este proceso, aunque guiado por el incesante hambre de sentido de los niños, es profundamente relacional, porque el salto que a veces se debe dar para entender la circunstancia que afrontan, ligarla a un fenómeno familiar, supera la precoz capacidad del menor, y exige la guía de un adulto que pueda ayudar a construir el puente entre ambas situaciones.

Así, nuestro conocimiento del mundo se sostiene sobre esas primeras y básicas experiencias físicas, a través de familiarizarnos con lo desconocido (y extrañar lo que nos es dado por sabido, como veremos más adelante). Sé cómo usar un libro por mi experiencia con los libros que he leído anteriormente. Aún con un mayor grado de complejidad, sé reconocer el género literario del libro, algo que es de un mayor rango de abstracción. Sé cómo actuar frente a un libro electrónico, a pesar de que no hayan páginas reales que pasar. Sé cómo abrir una puerta por mi experiencia con otras puertas. Y en un mayor nivel de complejidad, sé cómo abrir una puerta dibujada en un videojuego porque sé abrir puertas en la vida real, y uno ambos objetos (aun cuando sé que la puerta en el ordenador no es una puerta sino un conjunto de píxeles organizados con cierta configuración que nada tiene que ver con una puerta real) dado que soy capaz de ver sus aspectos en común y categorizarlos de la misma manera. Este proceso está tan entretejido con nuestra forma de experimentar el mundo que autores como Mark Turner o George Lakoff nos han mostrado que la proyección de nuestras pequeñas historias espaciales personales sobre los eventos (como el hecho de que soy capaz de desplazar un objeto, empujarlo, izarlo, bajarlo, lanzarlo, retenerlo, o de moverme a mí mismo) y la combinanción de varias de ellas entre sí es lo que nos permite construirlos y entenderlos de una manera compleja. Las huellas de esas experiencias corporales básicas se descubren en el lenguaje, en la forma en que hablamos, y las encontramos continuamente. Expresiones como «las lecciones que nos ha dejado esta crisis» (donde «la crisis» toma el papel de agente y actúa como un mensajero que voluntariamente deja un mensaje útil para el futuro, «las lecciones»), entender la expresión «lo que el viento se llevó» («el viento» es el agente y la acción proyectada de agarrar algo y desplazarlo fuera de nuestro alcance lo que nos permite entender, por analogía, que hablamos de cosas que se nos han escapado sin que podamos recuperarlas), o «cazar una idea al vuelo» (donde la idea se mueve como un pájaro, y el entendimiento de la idea es una acción basada en la pericia -la puntería- y en la velocidad), serían incomprensibles si no se construyeran sobre esas experiencias físicas, esos esquemas de acción imaginarios. Observar esta continua transformación de eventos (lo que ocurre) en historias (alguien hace algo con algún fin, con una motivación de orden psicológico) es lo que ha permitido a Turner proponer que tenemos una mente literaria. 

Esto mismo ocurre en las interacciones sociales, en las que podemos aventurar cómo actuar en base a nuestra experiencia con situaciones sociales previas, y más simples, que se asemejan. Nacemos en un nicho ecológico narrativo, rodeados de historias que nuestros adultos nos cuentan, y se cuentan, proyectando sus fantasías, deseos y temores en nosotros, lo que nos llevará, muy pronto, a vivir en un mundo de representaciones. Ponen palabras a nuestros actos, nos inventan motivaciones y atribuyen sentimientos, ficciones que se acabarán encarnando cuando, con el tiempo, aprendamos a contarnos historias para dar también sentido a nuestros propios actos y justificarlos. Antes de esto, antes de acceder al lenguaje, los bebés llegan al mundo ávidos de encontrar patrones sobre los que se basará su comprensión del mundo y de sí mismos. La danza de nuestras interacciones, repetitivas y predecibles, ser acunados, abrigados, levantados, exaltados por el juego, aseados, alimentados, llevados a dormir, consolados ante el dolor, guioniza nuestras vidas, para bien y para mal, de forma narrativa, y esculpe los eventos que vivimos como episodios que tienen un inicio, un nudo y un desenlace; episodios vertebrados en torno a las motivaciones que inferimos a los demás y a nosotros mismos. Las historias nos sostienen, por tanto, aún antes de que accedamos al lenguaje, siendo el andamiaje sobre el que se construirá nuestra memoria en sus diferentes formas.

Aprendemos de las historias y parábolas porque proyectamos las relaciones que nos muestran entre acciones y protagonistas a otras situaciones de nuestra vida que mantienen alguna semejanza y, a través de la analogía, las categorizamos como elementos de un mismo conjunto. Construimos metáforas porque establecemos puentes entre elementos aparentemente dispares, explorando (o creando) relaciones profundas que expanden nuestro conocimiento del mundo. Esto es encontrar algo conocido en lo novedoso. Pero también, para poder expandir mi conocimiento, debo ir algo más allá, explorar las diferencias entre eventos que pertenecen a una misma categoría para refinarla y hacerla más compleja (como hacemos conforme vamos construyendo distinciones cada vez más sutiles entre emociones y sentimientos, y al separar ramas de la emoción troncal «tristeza», como la nostalgia o la melancolía, obtenemos un paisaje sentimental más complejo y rico en matices), probar nuevos abordajes, nuevas perspectivas (como en una ilustración del genial Tom Gauld en la que una Hada Madrina feminista transforma, para Cenicienta, la fregona y el cubo en una carrera profesional gratificante y una cuenta corriente para que se case solo si quiere, cambiando nuestra comprensión global del relato y su moraleja). Abandonamos analogías superficiales para encontrar patrones y relaciones más profundas (lo hacemos cuando discutimos la analogía propuesta por los políticos más reaccionarios «un emigrante es un virus» y activamos el marco de que «nuestra solidaridad es nuestro sistema inmunitario, porque todos somos partes de un mismo cuerpo». Esto es encontrar lo novedoso en lo conocido.



Ahora bien, lo que encarna, lo que da vida a este proceso, es su correlato emocional, que también tiene una estructura narrativa. La teoría del apego nos muestra la dimensión afectiva de esta visión cognitiva: ante lo desconocido se nos abre la necesidad de vincularnos con una figura a la que consideramos más fuerte, más capaz o más sabia y que nos ampare. Desde la seguridad que nos brinda, podemos lanzarnos a explorar la novedad y familiarizarnos no solo con ella, sino con nuestra capacidad para afrontar los retos que nos suponga, con la conciencia de que si la dificultad nos supera podemos volver a ese refugio, al puerto seguro de nuestras figuras de apego o, ya habiendo crecido, a su representación en mi mente. Pero estos movimientos son una danza delicada que depende de la calidad de su mutua sincronía. Si como cuidadores ofrecemos experiencias y relaciones distorsionadas con respecto a las necesidades evolutivas de los menores les forzamos a adaptarse a tales circunstancias. Las analogías con las que tendrán que actuar sobre el mundo y con ellos mismos serán extremas, o alejadas de las que podrían construir bajo un desarrollo evolutivo óptimo. Es decir, proyectarán sobre los acontecimientos que atraviesen las formas de su experiencia distorsionada, como gafas con las que leer sus vivencias y relaciones. Las experiencias traumáticas o los cortocircuitos en sus relaciones de apego determinarán el tipo de moldes narrativos con los que entender la vida y, en muchos casos, serán eslabones encadenados en la propia historia de daño de sus padres. Como ha sugerido Ted Cohen, comprender al otro supone pensar en uno mismo como otro. Esto es, busco descubrir cómo se ven las cosas desde la perspectiva de otro, y sentirlas luego como son sentidas cuando son vistas de ese modo, tarea que no podemos hacer sin invertir nuestro yo. Para ello, construimos escenarios narrativos en nuestra mente con los que dar sentido a la conducta de los otros, y la propia, es decir, nos contamos una historia, y esa historia implica una toma de posición. Por eso no es inocua la forma en la que contamos las cosas. Por eso, las palabras crean mundos.

Al unir los dos correlatos que hemos venido explorando, cognitivo y emocional, vemos que nuestra tendencia a elaborar vínculos afectivos complejos y nuestra capacidad para simular, en nuestra mente, escenarios también complejos, (diferentes realidades, encarnarnos en ellas, vincularlas con acontecimientos más amplios en el espacio y en el tiempo) se sostienen sobre los procesos que hemos descrito anteriormente y tienen, por tanto, un fundamental componente narrativo. Es nuestra competencia narrativa la que nos permite ponernos en la piel de otras personas, comprender sus dilemas morales, imaginar posibles sucesos futuros, afrontar la incertidumbre, así como interrogarnos por nuestras propias motivaciones y lidiar con nuestras contradicciones. En otras palabras, las historias nos enseñan qué es ser humano. 

El trauma relacional, especialmente durante la infancia y la adolescencia, colapsa la competencia narrativa. Rompe la continuidad de nuestra experiencia del mundo y nos arroja a un hambre de coherencia, a una necesidad de buscar y aceptar una narrativa que nos devuelva una imagen de estabilidad en el mundo, y en nosotros mismos. Esta necesidad expone a quienes sufren tal situación a una mayor receptividad a los relatos que les rodean, provocando la terrible paradoja de verse dependientes de la retórica con la que los victimizadores (o una cultura que acepta y ritualiza el daño, o que culpa a la víctima, o que la invisibiliza) justifican sus propias acciones. El fenómeno resultante es una «disyunción narrativa» que se da a al menos a dos niveles: el más básico es un desvío en los procesos de encadenar los esquemas imaginarios de acción que hemos descrito anteriormente, y que afecta a nuestra capacidad para completar las informaciones fragmentarias, hacer inferencias y aventurar hipótesis. De ahí que las reacciones más básicas de las víctimas puedan estar conectadas con sus experiencias traumáticas de una forma que pasa desapercibida para su entorno, y la aparente distorsión de su respuesta nos haga atribuirles cuadros psicopatológicos o trastornos de personalidad. El nivel más inclusivo es el de la comprensión global de la propia biografía, de la que dependen el sentido general de sus experiencias, su identidad, y la constitución y sostenimiento de sus
proyectos de vida. La disyunción narrativa puede manifestarse como desintegración narrativa, como dominancia narrativa y como exclusión narrativa. Las dos primeras han sido descritas por Neimeyer y Tschudi (2003), mientras que a la tercera le hemos mostrado atención nosotros (Aznar y Varela, 2018). En la desintegración narrativa los acontecimientos traumáticos rompen la coherencia de las asunciones sobre el mundo, socavan las creencias de la víctima sobre la predictibilidad, justicia y esencial benevolencia de la vida tal y como ha sido vivida hasta ese momento, o como la viven otros menores con los que pueden compararse. Uno de los concomitantes del encuentro con tales eventos es la disrupción del sentido de la continuidad autobiográfica, el enfrentarse con que la construcción que se ha ido levantando de la visión de uno mismo se transforma radicalmente con respecto a la que se había desarrollado hasta ese momento, generando una devastación de la construcción pretraumatica del self que podría verse recogida a la perfección en las palabras que Umberto Eco vierte en su novela La misteriosa llama de la reina Loana: «Creo que es lo que hace un pianista, toca una nota y prepara ya los dedos para darle a la tecla que ha de seguir. Sin las primeras notas, no llegas a las últimas, desafinas, y puedes ir de las primeras a las últimas sólo si en tus adentros, de alguna manera, ya está la canción completa. Yo la canción completa ya no la sé. Soy… como madera que se está quemando. Se quema pero no tiene conciencia de cuando era un tronco intacto, no sabe siquiera que lo era ni cuándo empezó a arder, y tampoco podría saberlo. Así pues, se consume y eso es todo. Yo vivo en pura pérdida.»

En la dominancia narrativa, un marco narrativo hegemónico coloniza la voz de la víctima, silenciándola, e imponiéndole una visión de sí misma y de sus experiencias que impide la expresión de su dolor o la victimiza haciéndola responsable de su propio daño, y le impide el desarrollo de aspectos positivos de su self que son negados e invisibilizados. La forma en la que las acciones son rotuladas distorsiona los esquemas con los que los menores pueden construir los acontecimientos corrompiendo, a un nivel muy básico, los cimientos sobre los que luego podrán construir las narrativas con las que entender sus acciones y las de los demás. Los pacientes nos manifiestan a menudo el influjo de narrativas distorsionadas sobre su agentividad cuando se autoinculpan de haber propiciado el maltrato con su conducta, o de haber alentado el incesto por su necesidad de afecto o cercanía con el abusador. Lo hacen en la confusión sobre sus propias motivaciones cuando les han dicho que sus padres les pegaban porque les querían, o para hacerlos más fuertes, o para doblegar la maldad que el menor lleva adentro de sí. Una paciente abusada por su padrastro nos contaba que éste se justificaba diciéndole que todos los padres lo hacían con sus hijas para que estuvieran preparadas para cuando tuvieran pareja. Cuando una adolescente quiso denunciar el abuso de su hermano mayor, su madre la frenaba diciéndole que a veces uno tiene que sacrificarse por el bien de la familia. Estas narrativas pueden distorsionar el impacto de los acontecimientos vividos cuando se le ha quitado importancia al daño sufrido, o se les acusa de no querer dejar el pasado atrás. Incluso mensajes bien intencionados y muy aceptados en nuestra cultura como «tienes que perdonar» o «eso ya pasó, tienes que dejarlo atrás y centrarte en el presente» pueden implicar una velada y no intencionada acusación a la víctima que responde, en realidad, a la dificultad del que escucha para aceptar el daño real que han sufrido estos niños y niñas y que les devuelve la idea de que no lo hacen bien y que nos perjudican con su búsqueda de ayuda para integrar su experiencia traumática y darle sentido, o que hay algo intrínsecamente defectuoso en ellos por no poder cancelar su experiencia con el daño. 

Ambos fenómenos, desintegración y dominancia, en la medida en que colonizan la visión que la víctima tiene de sí misma y de su experiencia, y al proyectarse en las relaciones que ésta puede tratar de desarrollar fuera del entorno victimizante, inciden en generar la tercera forma de disyunción, una exclusión narrativa que es a la vez subjetiva (partes de mi experiencia que quedan desprovistas de sentido porque no son puestas en palabras ni compartidas, emociones, sentimientos, incluso reacciones corporales que quedan amputadas de la experiencia de continuidad de la vida) y relacional (la restricción de oportunidades de acceder a relaciones reparadoras causada tanto por el control de los victimizadores como por el temor de la víctima que intuye que será rechazada si intenta compartir la parte oscura de sus experiencias). Tal colapso de la función narrativa empobrece sus posibilidades de desarrollo cognitivo y afectivo, y las condiciona a entender sus relaciones con el mundo y consigo mismas a través de las analogías del trauma, más allá de su conciencia, en la urdimbre en la que tejen sus propios relatos. E.Tulving encontró las palabras precisas con las que describir este fenómeno y entender por qué el trauma, lejos de convertirse en un recuerdo, sigue imponiéndose sobre la percepción de la cotidianidad para las víctimas: «cuando recordamos nuestras mentes viajan al pasado, mientras están sostenidas en el presente. Pero sin una base sólida, el presente no viaja hacia el pasado, sino más bien el yo pasado efectivamente llega a ser o toma el lugar del yo presente» (Tulving, 2005).

El trabajo con trauma tiene que estar informado por la evidencia científica y en diálogo con todas las disciplinas, desde las neurociencias a la filosofía, que nos puedan brindar guías de acción y formas de entender el malestar de las víctimas y de responder brindando seguridad, esperanza y sentido. Sin embargo, el elemento fundamental del trabajo sigue siendo el de un artesano en su taller, destejiendo y volviendo a tejer la urdimbre de las narrativas con las que víctimas, adultas y menores, tratan de captar y dar sentido a su experiencia del mundo y a sí mismas. Hay que prestar atención a los términos narrativos con los que sostienen el conjunto de su vida y su identidad a lo largo del tiempo, porque esta comprensión, parcial y distorsionada, condiciona el trato que se conceden a sí mismas y el horizonte de futuro hacia el que se dirigirán. Esta labor implica confrontar la tiranía de las disyunciones narrativas desafiando las historias que les han contado y proponiendo otras que permitan contrastar las acciones de los personajes, sus motivaciones, las restricciones sobre con quién hablar o de qué hablar, las amenazas a su integridad o a sus seres queridos, los mensajes distorsionados sobre sus sentimientos y sobre su dignidad. Pero, volviendo al inicio de este escrito, hay una tarea aún más íntima, más allá de las palabras, la de llevarles a la inmersión en prácticas de relación reparadoras, empezando por la del propio profesional. Esta es la parte que compromete de una manera más profunda a la propia persona del terapeuta. Esos esquemas imaginarios de acción, estructuras narrativas previas al acceso al lenguaje y situadas fuera del alcance de la conciencia, son las columnas sobre las que se sostiene la bóveda de las narrativas más amplias y explícitas, su estructura cognitiva y emocional. En la terapia se manifiestan en nuestras reacciones y en la historia implícita que cuentan nuestros actos, en el juego, en las representaciones artísticas, en las ensoñaciones, en los momentos de cólera, de miedo, de silencio o de disociación, en la propuesta de relación que a cada momento se le ofrece al terapeuta. Y la comprensión profunda y aceptación de todos estos aspectos de las víctimas, la atención a la resonancia emocional que producen en nuestra propia narrativa personal, la respuesta que ofrezcamos paso a paso, nuestra capacidad para reparar la relación cuando no hayamos comprendido qué nos están pidiendo, será una nueva forma de mostrar, por ostensión, qué es un perro, qué es cuidar, qué es amar, quiénes son ellos para nosotros, quiénes pueden ser para sí mismos. A su vez, cada una de estas microhistorias sostienen su sentido en el contexto de las narrativas mayores, aquellas que nos indican de dónde viene la persona, hacia dónde va. Por eso, en su taller, el terapeuta debe ir entretejiendo ambas, alternando su atención según el material que trabaja le pide aportar un sentido más amplio o proponer otra forma de relación.

¿Por qué nos importan las historias? Nos importan porque, como ha dicho el novelista John Lanchaster, los elementos y estructuras que nos constituyen se mantienen mediante tensiones internas que se sostienen por sus significados, sus temas. O, como sugiere Cyrulnik, las experiencias vividas determinan nuestro encantamiento del mundo, aquello a lo que nos volvemos sensibles y que tiende a cautivarnos y aparecer una y otra vez, bajo diferentes formas y perspectivas, como las pérdidas, los duelos, las traiciones, la culpa, la ausencia afectiva, el desamor, el abandono, el daño. Y serán otras historias, algunas contadas, y otras ofrecidas y enhebradas en nuestra forma de construir la relación con las víctimas, las que propiciarán la posibilidad de romper tal encantamiento, tomar distancia y contarnos de nuevo. Nos importan las historias porque en ellas se sostienen las raíces de nuestro futuro.

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

Andrei Novac, A., Tuttle, M. C. y Blinder, B. J. (2019). Identity Narrative and Its Role in Biological Survival: Implications for Child and Adolescent Psychotherapy. Journal of Infant, Child, and Adolescent Psychotherapy.

Aznar, F. J. y Varela, N. (2018). La Ecología Narrativa del Trauma Relacional. Revista de Psicoterapia, 29(111), 55-67.

Cohen, T. (2011). Pensar en los otros. Sobre el talento para la metáfora. Barcelona: Alpha Decay.

Cyrulnik, B.(2002). El encantamiento del mundo. Barcelona: Gedisa.

Eco, U. (2005). La misteriosa llama de la reina Loana. Barcelona: Lumen.

Eco, U. (2016). De la estupidez a la locura. Crónicas para el futuro que nos espera. Barcelona: Lumen.

Hofstadter, D. y Sander, E. (2018). La analogía. Barcelona: Tusquets.

Lakoff, G. y Johnson, M. (1995). Metáforas de la vida cotidiana. Madrid: Cátedra.

Lanchaster, J.(2008). Novela familiar. Barcelona: Anagrama.

Neimeyer, R. A., y Tschudi, F. (2003). Community and coherence. Narrative contributions to the psychology of conflict and loss. En Fireman, D. G., McVay, JR. T. y Flanagan, J.O. (Eds.). Narrative and consciousness. Literature, psychology and the brain (pp. 166-191). Nueva York, Estados Unidos: Oxford University Press. 

Ricoeur, P. (1999). Historia y narratividad. Barcelona, Paidós.

Sluzki, C. (2006). Victimización, recuperación y las historias “con mejor forma”. Revista Sistemas familiares y otros sistemas humanos, 22(1-2), 5-20. 

Suddendorf, T. (2013). The gap: The science of what separates us from other animals. Nes York: Basic Books.

Tulving, E. (2005). Episodic memory and autonoesis: Uniquely human? En Terrace, H. S. y Metcalfe, J. (eds). The missing link in cognition: Origins of self-reflective cognition (pp. 4-56). New York, NY, USA: Oxford University Press.

Turner, M. (1996). The Literary Mind. New York: Oxford University Press.

Vassilieva, J. (2016). Narrative Psychology. Identity, Transformation and Ethics. London: Palgrave Macmillan.

3 comentarios:

toñi maquirriain dijo...

Agradecida por posibilitar una conciencia en eso de facilitar practicas de relación reparadoras. Ahí ando en mi taller, gracias a los dos.

Lurdes Morales dijo...

QUE BUENO! "como agua de mayo..." que densidad nutritiva; gracias por traerme esta integración a mi propia existencia, a mis replanteamientos personales/ profesionales continuos, a mis verificaciones del camino que me da sentido.

Moixaina ambient educatiu dijo...

Gracias! muy muy
interesante