lunes, 19 de marzo de 2018

Humanizar el acogimiento residencial, por Ester Cabanes Vall

Diez meses, diez firmas III

Profesional invitada en el mes de marzo de 2018: 

Ester Cabanes Vall

Título de su artículo: 

"Humanizar el acogimiento residencial"



Cada vez que tengo la oportunidad de compartir un tiempo de aprendizaje con Ester, siempre la miro y sin que ella sepa lo que estoy pensando (ahora sí lo sabes, Ester) me digo a mí mismo: "¡Qué gran mujer y qué gran técnica Jefa de Servicio tiene Les Terres de L´ Ebre!" ¡Ojalá todas las provincias tuvieran una técnica así! Una persona formada en las consecuencias que los malos tratos causan en el desarrollo y el cerebro/mente de los niños/as (descubrió el modelo de Jorge Barudy y Maryorie Dantagnan, como yo, y ya no pudo bajarse del mismo. Ambos nos conocimos, hace ya unos años, en el Postgrado de traumaterapia organizado por ellos), experimentada y con una dilatada trayectoria profesional en el ámbito de la educación y la protección de menores, siempre en la búsqueda de la mejora continua, pensando en qué tiene qué mejorar ella y el Servicio, no en poner la responsabilidad fuera. Ester, además, está en contacto con el terreno, con los niños y niñas que sufren (sólo así puedes ser una técnica empática, de lo contrario corres el riesgo de decidir en base a lo que otros te cuentan o en base a discursos verbales desconectados de la realidad, hemisferio izquierdo del cerebro y poco del derecho. Hay que gobernar con los dos, si no, es muy peligroso porque el izquierdo puede fabular lo que quiera cuando se va del derecho) 

Pero lo más maravilloso de Ester Cabanes es la calidad de su persona y los valores humanos que atesora. Descubrió su vocación y la llevó adelante. Le gusta su trabajo (¡qué importante es esto!), sólo así una persona como ella sabe cómo podemos humanizar el acogimiento residencial, de lo que trata su artículo. Si eres afectivo y estás sanado y formado como persona y profesional, puedes contribuir a sanar del dolor tan inmenso y las secuelas que los malos tratos dejan en los/as niños/as. Ella ha escuchado sus historias y ha querido saber en qué acertó y en qué se equivocó. Ester es de esas personas que uno quiere que se crucen en su vida porque tiene mucho que aportar. Es un honor (moltes gràcies) contar este mes con Ester Cabanes Vall como invitada en el blog. Ella ya forma parte del elenco de ilustres firmas colaboradoras con Buenos tratos y como los demás nos regala su saber. 



Ester Cabanes Vall. Me llamo Ester Cabanes Vall, hace 25 años que trabajo con niños y niñas que han sufrido malos tratos. Los últimos 15 años, ocupo el cargo de Jefa de Servicio en el territorio que comprende el sur de Catalunya, “Les Terres de L’Ebre”.

Me gusta mi trabajo, aunque no siempre quise dedicarme a ello, estos últimos años he trabajado duro, mi objetivo siempre ha sido poder proteger a todos esos niños y niñas que sufren, crear recursos que los ayuden a ellos y a los profesionales que trabajan con ellos, perseguir y convencer a todos los jefes que he tenido de la necesidad de invertir en la infancia, de crear recursos, aumentar profesionales.... pero con el tiempo y la experiencia, eso no ha sido suficiente, pero dejadme que os lo explique en el artículo que a continuación he escrito para vosotros/as.

Lo primero, os diré que el envoltorio afectivo-sensorial en el que quiero que leáis este artículo es esta canción de Robbie Williams, Love my life, es la que mejor reflejaría musicalmente el mismo.



Siempre quise ser periodista, los que me conocen ahora seguramente cuando lean esto, no lo van a creer, pero así es, y no quería ser cualquier periodista, no. Yo me veía viajando por el mundo, siguiendo guerras, catástrofes, injusticias.... y contárselas al mundo. Pero pasó algo y no fue periodista, pero sí me quede con la parte de la injusticia.

Todo empezó cuando se me ocurrió hacer un curso de monitora para ocupar mi tiempo libre y de paso para ganar un dinerillo, y cual suerte fue la mía que me tocó hacer las prácticas en una asociación que trabajaba con niños de servicios sociales y justicia juvenil. Primero me asusté un poco, pero después me lo pasé genial, esos niños con todos sus problemas, unos cumplían condenas, a otros sus padres les pegaban, a otros los utilizaban para traficar, otros vivían en centros de menores, y ahí entre canciones y juegos, lo explicaban como si nada. Me hicieron sentir útil, feliz, especial y desde entonces cambió todo. Averigüé qué carrera necesitaba para trabajar en un centro de menores, y como tengo poca paciencia, elegí trabajo social, no por nada en especial si no porque era de las cortas, y la que me pareció más fácil.

Y lo conseguí. El mismo año que acabé la carrera empecé a trabajar en un centro de menores, aunque nunca dejé la asociación que os he mencionado antes, colaboré en diferentes proyectos, trabajé en otros y todos los veranos seguí con las actividades con esos niños/as, con ellos/as aprendí mucho, tanto de la vida como de mi trabajo, casi crecí con ellos/as

En el centro, las cosas no eran fáciles, había niños/as muy dañados y los recursos de que disponíamos eran muy limitados, trabajábamos dos personas por turno para veinte niños/as, en esos momentos no nos parecía mal, era lo normal. Durante ese tiempo me di cuenta de que con darles lo que sus familias no les habían dado no bastaba, había algo que no estaba bien en ellos/as, muchos de ellos lo intentaban y cada vez que fracasaban las cosas iban a peor. Como casi siempre, trabajaba por las tardes, me ocupaba de llevarles a actividades, deporte y sobre todo con los deberes, inventaba mil maneras de ayudarles a aprender... Pero para mi sorpresa fui testigo de algo muy importante: esos niños y niñas eran capaces de desaprender, y eso no lo entendí.

"En el centro, las cosas no eran fáciles, había niños/as
muy dañados y los recursos muy limitados"

Como me creía muy lista, estudié Logopedia pensando que en esta carrera encontraría soluciones y aunque aprendí muchas cosas, eso no me dio muchas estrategias que me sirvieran en mi trabajo. Aún así, no me rendí y estudié Psicología, eso sí me ayudaría. Seguro. Pero a medida que iba avanzando, me frustraba aún más, ningún modelo me daba las explicaciones que yo necesitaba. Intenté algunos, creí encontrar en el modelo sistémico la solución... pero tampoco me sirvió en los casos más graves y menos en aquellos que los habían abandonado.

Mientras, gané una plaza en servicios sociales de educadora de calle. Me lo pasé realmente bien pues ayudé a muchos niños/as, a sus padres, a sus madres, otros acabaron en centros a propuesta mía ya que realmente vivían en una pesadilla, malos tratos de todo tipo. Conocí chicos y chicas que me rebelaron abusos sexuales, otros que eran delincuentes consumados. Algunos/as fueron a prisión, otros/as murieron. Por aquel entonces, quedó vacante la plaza de Jefa del Servicio de protección infantil. No lo pensé dos veces: me presenté y la conseguí.


"Algunos/as niños/as que conocí fueron a prisión, otros/as murieron"

En ese momento me di cuenta de lo difícil que era todo, lo complicado y la responsabilidad a la que allí me había tirado de cabeza.

Pero hubo algo que me ayudó: en esos años anteriores conocí a Jorge Barudy y a Maryorie Dantagnan, su modelo me inspiró, me daba explicación a lo que yo veía cada día y me proporcionó muchos instrumentos con los que lidiar el día a día de mi trabajo. Creo que más que seguir su trayectoria, casi me pegué a ellos, pero aprendí mucho, lo primero fue a cambiar la mirada.

Una vez, me pidieron que participara en el Primer Congreso Internacional de Resiliencia, querían que yo fuera con alguno de los chicos/as con los que había trabajado, que pudieran contar su historia, menudo marrón, pero lo hice. Me puse en contacto con una chica que yo había tenido en mi época de trabajo en el centro, no sabía si querría, ya que era una chica que había sufrido mucho: abusos sexuales, su madre había muerto, en el centro fue una chica difícil, no acataba normas, siempre malhumorada y enfadada, pero a mí siempre me había parecido una chica valiente, decidida y en el fondo una buena persona que trataba de salir adelante y con mucho miedo a que volvieran a hacerle daño, yo creía que ella lo había hecho todo sola, nosotros solo estábamos ahí. Pero me equivoqué. Yo se lo pedí y me dijo que sí, que con lo que yo había hecho por ella, ella podía hacer eso por mí. Y nos fuimos para allá. Yo la presenté, expliqué muy por encima lo que pasó y cómo le fue. Cuando le tocó a ella explicar en qué yo la había ayudado, la joven explicó que yo la había ayudado porque yo siempre estaba ahí cuando me necesitaba, que ella creía que yo leía su mente, que sabía cómo estaba o cómo se sentía -a veces antes de que ella se diera cuenta- y sobre todo que no me daba miedo decirle la verdad, por mala que esta fuera, que no me daba miedo enfrentarme a ella, aunque me amenazara con romperme la cara, que la desafiaba y que eso la había convertido en mejor persona. 

Ese día lloré.

A partir de ahí empecé a interesarme por todos esos chicos y chicas que había conocido en esos años y a averiguar en qué les ayudé y en que fallé, no fui a buscarlos uno/a por uno/a, pero si los encontraba no perdía la oportunidad de preguntarles, por supuesto a algunos también me tuve que plantear en que fallé.

Por otra parte, en esa época, finalicé mi Postgrado de Traumaterapia infantil en IFIV. Trabajar con Jorge Barudy me enseñó tres palabras muy importantes que aún hoy sigo repitiendo como un mantra, que son la base de mi trabajo:

Depende: En nuestros día a día los profesionales de protección infantil nos obsesionamos con crear servicios, tratamientos, protocolos, leyes... con la intención de ayudar a nuestros/as niños/as, pero muchas veces nos olvidamos que cada uno de ellos/as es único y que tiene unas necesidades específicas, queremos que todos estudien, sean los mejores, que vayan a terapia, que los curen… Y lo hacemos todo por ellos, lo exigimos a nuestros jefes, luchamos por ello y en ese empeño nos olvidamos de que no están preparados para eso, que lo único que les puede salvar es que estemos ahí para ellos/as, que les digamos que no son unos monstruos, que son bellos, que ellos pueden, que no necesitan que lo hagamos todo por ellos, sino que lo que necesitan es que los acompañemos en esos procesos, que los comprendamos, que les hagamos sentir sentidos

Buenas razones: Si queremos ayudar a nuestros niños/as (esos que se pegan en el colegio, que suspenden sus asignaturas, que sueltan su rabia cuando menos te lo esperas y que en un segundo son capaces de desmontar todo aquello por lo que han luchado durante meses, incluso años) tenemos que entender que seguro tienen buenas razones para hacer lo que hacen, tenemos que comprender que en todo eso hay algo que lo provoca y nosotros debemos estar ahí para ayudarles a buscar esas razones. Porque si ellos se conocen mejor a sí mismos, se enfrentarán mejor a sus problemas y a la vida en general.

La manada: Todo eso que debemos hacer (estar ahí, acompañarles, comprenderles, darles esas herramientas que necesitan…) no podemos hacerlo solos. Necesitamos la complicidad de toda su red: la familia, la escuela, los amigos, los compañeros de equipo, el psiquiatra, el psicólogo… En definitiva, todos, todos tenemos que estar a su lado, con el mismo discurso y con el mismo conocimiento del niño/a, porque entre todos podemos ofrecerles un futuro mejor.

Lo último que me abrió los ojos fue la neurociencia. Por fin la ciencia me daba explicación a todo aquello en lo que yo creía, la ciencia ha sido capaz de demostrar lo importante del apego en el niño/a, cómo crea su personalidad, cómo el contexto en que se desarrolla un niño/a moldea su cerebro, como podemos saber lo que les pasa sin necesidad de que nos lo tenga que explicar, cómo reconocer el trauma, la importancia de la regulación, la gestión de la emociones, cómo de importante es no empezar la casa por el tejado, que no podemos pretender que aprenda cuando no sabe gestionar lo que siente y mucho menos controlar su cuerpo. Un buen ejemplo es el libro de Bruce Perry, “El chico al que criaron como un perro”, me emocionó.


"La neurociencia puede darnos explicación a lo que creíamos"

Con todo eso, el mensaje que quería transmitir es que no siempre el futuro de nuestros niños/as depende de tener más recursos ni de gastar más dinero, sino de que los profesionales que trabajan con ellos sepan con que están tratando, que se formen y que aprendan sobre el maltrato. Pero no solo es importante el saber, también lo es el ser. Ser esa persona que está ahí para ellos/as, para protegerles y acompañarles.



"Los niños/as necesitan afecto y comprensión si no de nada
sirven más recursos y más dinero" 

Por eso, cuando en la actualidad me planteo qué recursos son necesarios en mi territorio, se me ocurren un montón de cosas, mi cabeza nunca descansa… Pero realmente lo más importante es que los profesionales que trabajan en el sistema conozcan las consecuencias de los malos tratos y el sufrimiento de los niños, que entiendan su proceso madurativo, sin duda diferente en cada uno de ellos. Lo que sí tienen en común todos los menores es que necesitan la ayuda, la comprensión y el afecto de los que tienen a su alrededor, si no de nada sirven más recursos ni más dinero.

Buenos tratos regresa el lunes 2 de abril. 

¡Felices vacaciones de Semana Santa a todos/as!

3 comentarios:

Pilar Ramallal Fernández dijo...

Es una maravilla lo que acabas de escribir. Mil gracias. Un abrazo.

Unknown dijo...

Trabajo en un CRAE en Terres de l'Ebre y realmente es una satisfacción trabajar con Ester ya que ha conseguido contagiarnos de su pasión por los Buenos Tratos y se está creando una red, cada vez más amplia de profesionales que seguimos ese modelo. Y lo bueno, es que se nota, tanto en los profesionales como en los niños y adolescentes con los que compartimos sus vidas.

manuel zambrano cuellar dijo...

Muy interesante tu artículo ester y sobre todo con ese estilo tuyo desde el amor, la comprensión y acompañamiento lo llevas a cabo en tu trabajo, y más tu siendo jefa del servicio de Protección, sobre todo porque desde arriba es muy importante esa nueva mirada que genere cambios en un sistema tan complejo y tan deshumanizado a veces.