lunes, 4 de abril de 2016

Niños/as con características de apego desorganizado-controlador.


Existe un subtipo de apego, dentro del apego desorganizado, denominado punitivo-controlador. Como ya sabéis por otros posts, se le denomina apego desorganizado porque los niños no poseen una organización mental coherente. Así mismo lo expresa Siegel (2007): Los niños con apego desorganizado contienen en su manifestación externa elementos de los otros apegos inseguros (ambivalente y evitativo) sólo que no son capaces de organizar sus relaciones en una estrategia coherente y organizada.

Los padres o cuidadores se caracterizan por ser fuente de terror para los niños. Su conducta es amedrentadora o de cambios bruscos en su estado de mente independientes de las señales del niño (atemorizada o desorientada) Conductas temerosas, desorientadas y amenazantes de los progenitores que son inherentemente desorganizadoras del bebé/niño (Siegel, 2007; Barudy y Dantagnan, 2005)

En un patrón relacional así sostenido en el tiempo cuyas figuras de apego muchas veces son fuente de terror para el niño, otras pueden mostrarse sintonizadas y en otras rechazantes, éste desarrolla un patrón relacional paradójico-desorientado. Su dilema es aproximarse/versus alejarse de las figuras de apego de las que tiene una dependencia total.

Main y Solomon (1990) han acuñado la expresión "miedo sin solución" para reflejar lo que experimentan los niños/as con apego desorganizado. El dilema que afronta el niño/a que está aterrorizado del (o por) el cuidador durante el episodio de la reunión en la Situación Extraña: él no quiere permanecer por su cuenta en la habitación pero tampoco quiere acercarse a los padres o cuidadores cuando éstos regresan. El niño está aterrorizado por quienes deberían ser su base segura; su seguridad es simultáneamente, su fuente de terror. En tales circunstancias, el niño se siente al mismo tiempo aterrorizado por una situación que provoca ansiedad y la aparición del cuidador.

Un niño criado en un ambiente violento y/o con abuso sexual (dentro de una relación de apego; esto es, el padre que durante el día es cariñoso con su hijo/a, le acompaña al colegio, le recoge, le ayuda con los deberes pero… a la noche, abruptamente, entra en su habitación y mantiene una relación sexual con él/ella. Todo esto es abrumador porque hacia quien tiendes a apegarte es quien te daña) tiene muchas probabilidades de desarrollar un apego desorganizado. Pero un ser humano no puede vivir desorganizado toda su vida. El cerebro humano descubre una manera de protegerse (el cerebro siempre busca protegernos; lo que clásicamente se han denominado mecanismos de defensa, son formas de autoprotección) y tratar de "recomponer" de algún modo la personalidad para evitar la fragmentación del self (sí mismo) que conllevan las experiencias traumáticas en una relación de apego. Una de estas estrategias es el control. Y concretamente, el control de la relación del otro (figura de apego) que ora daña ora se vincula afectivamente.

Liotti afirma que “la acumulación de traumas es también una causa de la persistente activación del sistema de defensa. Esto es típico del desarrollo del trauma complejo durante la infancia en el que la figura de apego o bien no protege al niño frente a las experiencias traumáticas (negligencia, maltrato…) o, si no, es el victimario de abusos repetidos. El trauma complejo es el cuadro que se produce como consecuencia de la existencia de este contexto extremadamente complicado para el desarrollo de la personalidad.  Al igual que sucede en la génesis del trauma complejo, la contradictoria y persistente activación de los sistemas de apego y de defensa es el signo distintivo de la desorganización de los apegos”

El niño en un futuro, cuando ya está fuera de la relación maltratante, se vería abocado a activar el sistema de defensa cuando perciba que la relación se torna íntima y cercana (se estrecha el vínculo de apego) Por ello, emitiría conductas agresivas, de huida o disociativas (distanciarse de la mente y del cuerpo) El gran problema es que incluso años después de que el menor sufra el maltrato y las consecuencias de la traumatización, como lo es el apego desorganizado, e incluso estando fuera de ese contexto desfavorable y dañino, las secuelas continúan estando presentes. Evidentemente, ello quedó grabado en el cerebro/mente del niño, más en su hemisferio derecho, inconsciente. Es como un chip dañado dispuesto a activarse en cuanto alguien trate de activar el sistema de apego.

Una de las estrategias, como decimos, que el niño tiene para poder defenderse y “cohesionarse” de algún modo –esto no es una enfermedad sino una manera en la que su mente trata de “ordenarse”-  es el control de la relación. No pueden, por un lado, ceder el control al adulto y gobiernan ellos; y por otro, puede haber una maximización en el uso de estrategias agresivas en la relación. Finalmente, hay casos en los que además, pretenden dominar destructivamente al otro (adolescencia), insertándose este patrón en el desarrollo de personalidades antisociales, narcisistas y/o sádicas. Nos centraremos en lo que se ha venido a denominar apego desorganizado subtipo controlador punitivo.

Pondré un ejemplo de este perfil controlador punitivo.

Es el primer día de psicoterapia para Pedro. Tiene nueve años. Cinco de su corta vida los ha pasado conviviendo en una familia donde el padre le maltrataba sádicamente, mantenía relaciones sexuales con él y las condiciones de vida a nivel físico eran deplorables. Su madre, víctima de una enfermedad mental, tenía una desconexión de lo que ocurría y no podía ni protegerse ella ni proteger a su hijo. Fue diagnosticada de esquizofrenia.

Pedro muestra un comportamiento muy inquieto, exhibiendo gran actividad motora. No para yendo de un rincón a otro de la sala de juegos, cambia de un foco a otro. El terapeuta se acerca a él y mientras consigue jugar a la pelota se presenta y le presenta el encuadre de las sesiones. Pedro no suelta la mirada del terapeuta, le sigue con sus ojos allí a donde va. De repente, se acerca a la ventana de la consulta y la quiere abrir. El profesional le explica que no es posible, que es peligroso asomarse. Pero el niño insiste. Al acercarse el terapeuta y decirle "¡espera!" con la voz un poco alta, el menor le grita, le insulta, le amenaza y le empuja. Al terapeuta le cuesta mucho calmarle. Los días posteriores llegan a un acuerdo, de tal modo que la sesión se divide en dos partes: en una podrá dirigir él (dentro de un orden), en otra dirigirá el profesional. El periodo de la sesión que el terapeuta indica qué hacer y trabajar, Pedro se muestra reacio, se niega, se distrae, se frustra… Se mantiene hipervigilante todo el rato, es como si no pudiera fiarse. Sólo se muestra tranquilo y seguro cuando él maneja y domina la relación. Un día el terapeuta hizo explícito esto, y le indicó a Pedro que mirara a su alrededor, que en ese lugar y con él estaba seguro realmente, que nada pasaba que le pudiera dañar. Esto, unido a que la relación terapéutica se fue haciendo segura, contribuyó a que Pedro pudiera ceder el control de la relación con menos ansiedad.

En el centro escolar, Pedro se acerca especialmente donde las niñas y tras jugar unos minutos con ellas y frustrarse por no poder poner las reglas a su antojo, agrede a patadas a una de ellas. Hay otra niña a la que directamente, y sin mediar conflicto alguno, le suele pegar e insultar. En clase, interrumpe constantemente e incluso se levanta de su pupitre y quiere coger las tizas para lanzarlas a los compañeros y jugar. Cuando el profesor le indica que eso no es posible, se frustra, grita, insulta, patalea… Es como si no pudiera aceptar los límites y el control externo adultos. No puede fiarse de que las percepciones de los otros sean seguras. El aprendió que el único modo de sobrevivir en un entorno tan dañino era confiar sólo en él. El único modo de encontrar un mínimo de seguridad en su vida fue controlar él. Todo había sido tan caótico, terrorífico, impredecible y doloroso en su vida que su cerebro continuaba protegiéndole así de lo que él percibe como amenazante.

La mayoría de los niños con este perfil o conductas compatibles con él, suelen recibir el diagnóstico de trastorno de conducta (famosísimo diagnóstico que presentan muchos menores de acogimiento residencial que son derivados a los centros terapéuticos, donde Pedro terminó ingresando) Pero considerar que es sólo un trastorno de conducta y tratarlo como tal desde la modificación de conducta olvidándonos de la alteración vincular, obvia una parte del tratamiento que se revela como fundamental para conseguir la reparación y rehabilitación de estos menores, que son tildados de "complicados", "problemáticos" y suelen ser expulsados de casi todos los ámbitos.

Recuerdo solamente una vez en mi vida profesional que una niña de diez años me pegó un puñetazo. Las características de esta menor eran punitivo-controladoras pero además, habían derivado en componente sádico porque era muy cruel con los animales, con sus educadoras (fracturó la mandíbula a una de ellas) y conmigo (me solía burlar, menospreciar y me miraba con unos ojos negros profundos que revelaban odio) Un comportamiento nada habitual en una menor de su edad en la sala de terapia ante un psicólogo. No parecía haber partes sanas y tiernas en su personalidad, estaban ocultas por unas defensas reptilianas depredadoras. Años después entendí el por qué de toda aquella expresión de conductas dañinas a quienes sólo buscábamos ayudarla. Yo era en aquel entonces, un terapeuta bastante bisoño en el tratamiento de menores traumatizados por la violencia, el abuso y el abandono y mi interpretación era puramente diagnóstica categorial y el tratamiento conductual, lo cual condujo la intervención al fracaso. Aquella niña tenía para su corta edad configurado un conglomerado de rasgos de personalidad propios de un depredador; pero es que su hogar familiar estuvo formado por depredadores: carente de todo tipo de relaciones de ternura, afecto, cohesión, colaboración, seguridad, confianza...

Ciertamente resulta difícil sentir empatía por quien te agrede, roba, insulta y te quiere dominar. Por eso muchos padres y familias se sienten atacados por estos comportamientos de estos menores que logran que saquemos lo peor de nosotros mismos. En consecuencia, hemos de formarnos como padres, acogedores, profesionales… para aprender a establecer una crianza terapéutica y comprender que tras esa fachada de conductas existe un daño, unas defensas que se activan en las relaciones, cuando emergen los contenidos de su modelo operativo interno desorganizado que informa de dolor, terror, desconfianza… Incluso el amor y el afecto les resultan lenguajes amenazantes.

Si vemos esta secuencia de la película Magnolia (una de las mejores interpretaciones de Tom Cruise, memorable. Película donde todos los personajes han sufrido traumas; sus historias de vida se entrecruzarán en este magistral film), su personaje Frank Mackey es un ser repelente que imparte seminarios a hombres con baja autoestima y confianza en sí mismos, pusilánimes y con falta de habilidades sociales, con el fin de enseñarles su método que según él, consigue dominar a las mujeres (bueno, Mackey usa una expresión soez y despreciativa) Con un conjunto de tácticas en las que él les adiestrará, pretende que logren “seducir y destruir” a las mujeres. Mackey hace un despliegue escénico de dominio y control total. Eso es lo que le pone, realmente: la dominación absoluta para luego destruir abandonando o humillando. "Yo soy el que manda" - dice Mackey.

Este es el Frank Mackey narcisista dominador, escenificando su falso self:




Una periodista le solicita una entrevista (se ve parte en esta secuencia, hay que ir más adelante en la película para ver la entrevista entera) El personaje que interpreta Tom Cruise cree que va a ser una entrevista amable y divertida en la que la propia entrevistadora caerá rendida por su irresistible poder seductor y dominador y contará en su artículo que Mackey es un tipo increíble. Pero… la periodista es una gran profesional que se ha documentado y conoce su verdadera historia y sabe que la ha disfrazado. Comienza a confrontarle en este sentido... Es impresionante ver cómo toda la fachada dominadora (defensiva) del personaje se va viniendo abajo como un castillo de naipes hasta que al final, pierde los papeles con ella (y pasa de dominador a dominado): Mackey fue abandonado por su padre y se defendió de ese dolor que consideró humillante y desdeñoso con un falso self narcisista, con gran necesidad de controlar y dominar a las mujeres, identificándose con el padre. Al final, se encontrará con él en el lecho del dolor de éste pues le comunican que está enfermo de cáncer y vive sus últimas horas. Todo el dolor emocional de Mackey saldrá y se exteriorizará y (yo al menos) aún sintiendo repugnancia por su concepción machista de las mujeres -y reprobándola- puedo también empatizar con él y comprender que tras esa parafernalia, tras esa dominación que es puro bluf, hay un niño interior herido y que el daño que causa proviene de ahí.

Este es el niño interior herido de Mackey, al final de la película, confrontando con rabia y culpa al padre. Impresionante, y dura, escena:


Frank Mackey no pudo elaborar el trauma del abandono y maltrato paternos y la culpa por el mismo. Dentro de su personalidad narcisista hay un niño interno herido que no ha sanado.
Tres aspectos me parecen cruciales en el tratamiento de los menores con estos rasgos:

Con este tipo de menores, suelo recomendar comenzar por afianzar más una seguridad y disminución de la neurocepción de peligro. La neurocepción (para entenderlo de una manera sencilla) es un concepto de Porges que consiste en toda la información somática, a nivel de sistema nervioso, que recibimos y que nos hace sentir a nivel corporal si nos sentimos seguros o hemos de estar alerta, para activar la lucha, la huida (o si no son posibles, la disociación) es lo prioritario. Cuanto más agresivos se muestran, probablemente más asustados están muchos de ellos. Ser capaces de calmarles, de apelar a la colaboración, de hacerles sentir que no se les va a hacer ningún daño. Esto sé que en la práctica es complicado. Suele ayudar plantearse qué necesidad quiere expresar el menor tras la petición que nos hace o la norma que no quiere cumplir. Es cierto que este enfoque debe de combinarse con consecuencias que enseñen, respetuosas, proporcionadas al daño causado.

También es importante que las figuras adultas que les rodean sean estables emocionalmente y muestren una autoridad calmada, concepto de Maryorie Dantagnan. La determinación en las pautas, las normas, los hábitos, y la consistencia con los mismos, es muy importante. Estos menores pueden necesitar figuras amables y cordiales, pero con las fortalezas que describimos. En la  medida que puedan confiar podrán aprender a soltar el control y cederlo al adulto que les cuida.

La paciencia y la perseverancia, junto con apoyos profesionales y red social de ayuda. Estos niños/as pueden progresar y avanzar lentamente. Las expectativas que tengamos hacia ellos hay que ajustarlas a la realidad de lo que puedan en cada momento, de sus posibilidades. Ver al niño, reconocerle, como es, hará que dejemos de ver nuestros deseos, necesidades, ansiedades, miedos, decepciones… y empecemos a descubrir las cualidades y capacidades de nuestro niño. La paciencia es fundamental porque sabemos que reconfigurar un cerebro preparado para la supervivencia -y a veces para la depredación- requiere saber que lleva tiempo. Hay que tener calma, verlo como una carrera de fondo. Y que se ha de volver a empezar una y otra vez: perseverar en el aprendizaje de nuevos patrones de relación. Para ello -y teniendo en cuenta que en la práctica es arduo, duro, cansado (muchas veces también gratificante) y lento- hemos de recibir el apoyo y la orientación necesarias y en ocasiones, tratarnos nosotros de los aspectos personales que gatillan (o disparan) a nuestros hijos e impiden que cambien y dejen las estrategias controladoras.

Magnífica picada la de hoy para despedirnos: Sara Pascual, profesional que acaba de terminar el postgrado en traumaterapia infantil-sistémica de Barudy y Dantagnan, en Barcelona (promoción apega 7), a principios de marzo, cuando fui invitado a impartir un seminario de disociación, nos informó de la publicación de un libro titulado “Instrumental”, de James Rhodes. Pepa Horno Goikoetxea ya se nos ha adelantado y en su blog habla en una magnífica entrada, de este libro que he comenzado a devorar. Dice Pepa: “James Rhodes es un concertista de piano de gran prestigio que narra en este libro, con una intensidad que raya lo insoportable en algunos momentos, auténticas brutalidades que ha vivido. La primera de ellas y origen de todas las demás: ser violado desde los cinco a los diez años casi a diario por un profesor de su colegio. Luego llegan la droga, el alcohol, el prostituirse, los ingresos en centros psiquiátricos, los intentos de suicidio, las alucinaciones… En el libro no hay detalles escabrosos, hay datos desgarradores, radicales. Daré sólo uno: las cinco operaciones de espalda a las que se tuvo que someter por las malformaciones que las penetraciones anales a esa edad dejaron en su cadera y su rabadilla. Cinco, mencionadas como hechos, sin más. Sin un ápice de exceso. No describe el proceso, ni la rehabilitación, ni el tiempo hospitalizado. Tampoco da detalles sobre los abusos, porque no hace falta hacerlo. Sólo da los datos, como desgarros en la piel”

El libro nos ofrece otro inmenso regalo: James afirma que la música lo es todo. Para él, sin duda, lo fue. Lo comparto plenamente. Que ayuda, cura y sana por sí sola. Escucharla y sentirla sin más te lleva a un lugar de confort y retiro plácido. A través de la música pudo ir haciendo un proceso resiliente resistente. Durante la lectura del libro es una gozada ver cómo va engranando en su relato autores y compositores que a él le ayudaron a sobrevivir. Cada capítulo está dedicado a una composición musical y a un compositor. Estoy aprendiendo a descubrir obras musicales que no sospechaba eran tan bellas. Obras que ayudan a sanar el interior.

No os lo perdáis. Es un tesoro.

Cuidaos / Zaindu

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REFERENCIAS

SIEGEL, D. (2007) La mente en desarrollo. Bilbao: Desclée de Brouwer.

BARUDY, J. y DANTAGNAN, M. (2005) Los buenos tratos a la infancia. Parentalidad, apego y resiliencia. Barcelona: Gedisa.

MAIN,  M.;  SOLOMON,  J.  (1990) In Greenberg,  M.T.;  Cicchetti,  D.  y Cummings, M.  (Eds.)  Attachment  in the preschool years:  Theory,  research and intervention. Chicago: The University of Chicago Press.

8 comentarios:

Sagrario Martín García dijo...

Hoy, como siempre, es un placer leerte. Gracias por todo lo que compartes. Cada día encuentro una respuesta a mis preguntas y una aclaración a mis dudas profesionales.

Un abrazo

José Luis Gonzalo dijo...

Querida Sagra, gracias por el regalo de hacérmelo saber, me siento feliz de que así sea. Además, ya sabes que la admiración y el enriquecimiento es mutuo. Un fuerte abrazo. José Luis

Anónimo dijo...

Interesantisimo para familias de acogida como la mía que acogemos a menores en casa con un bagaje nada deseable...Mil gracias!

Quimerín dijo...

Hola, buenos días.

Llevo lleyendo su blog casi desde el inicio y he de decir que me ha ayudado a entender mucho mi vida y la de otros (saber que no estoy tan solo). Admiro su trabajo.

Nací en una familia muy difuncional con malos tratos de todos los tipos (sexual, físico, psicológico, negligencias,...) y me marché al cumplir los 18 sin casi dinero (vivo en condiciones de pobreza) y entré en la carrera de Farmacia. Los servicios sociales nunca se hicieron cargo de la situación por una serie larga de cuestiones (mudanzas continuas de países).

Visité diversos psicólogos, psiquiatras, logopedas, neuropsicólogos, ... desde los 4 a los 18 años. Recibí infinidad de diangósticos diferentes y tratamientos farmacológico que no ayudaban.

Actualmente tengo 19 años, estudio una carrera y vivo en un aislamiento casi absoluto (Sólo salgo para hacer compras y escuchar las clases. No tengo familia ni amistad alguna, ni nunca la he tenido.). No padezco ningún trastorno de la personalidad, según me han dicho, pero la dinámica que observo en mi mente (y de lo que recuerdo) es de los niños con apego desorganizado. Actualmente acudo a un hospital de día que tampoco me es de ayuda (soy incapaz de integrarme en nada y el personal ya no sabe qué hacer).

He leído a Alice Miller, Boris Cyrulnik, diversos libros de testimonios de malos tratos, abusos, me he informado extensamente sobre los consecuencias de las vivencias traumáticas, y he leído casi todo los libros que se recomiendan a la derecha del blog ... Soy buen estudiante (trabajando en grupo, no tengo problemas), y una persona de buen comportamiento en la sociedad, simplemente mi mundo socioemocional íntimo está muerto (Cualquier acercamiento me resulta horriblemente amenazante, y al mismo tiempo, tanto aislamiento me está matando)

Obviamente el personal del hospital de día es conciente de esto, pero me reitero, me han dicho directamente que no saben qué hacer.

Y dicho todo esto: ¿Me podrías recomenar un libro más? (Los considero... mis amigos)


Un saludo y disculpa la extensión del mensaje.

Gracias.

José Luis Gonzalo dijo...

Hola, buenas noches. Eres el superviviente de un trauma relacional, que ha dejado secuelas permanentes de desapego e inhibición social. Como bien dices estos rasgos son tu defensa pero al final terminan por matarte. Pero sin duda tienes tus buenos motivos. Si leer es algo que te sostiene en resiliencia, aunque sea resistencia resiliente, te recomiendo este libro que quizá te ayude: "Padres que odian" He encontrado esta referencia en internet: http://www.lecturalia.com/libro/79342/padres-que-odian.

Par Ogden ha publicado en castellano un nuevo libro titulado "Psicoterapia sensoriomotriz" Editorial Desclee de Brouwer. En breve hablaré de él en el blog.

Me alegra saber que el blog "Buenos tratos" te ha ayudado a entenderte.

Te envío un cordial saludo, y mucho ánimo en tu caminar.

José Luis

Quimerín dijo...

Muchas gracias.

Leer, realmente, puede salvar vidas.

Anónimo dijo...

Hola, tengo 49 años, hace 13 meses me mudé, vivía al lado de la casa de mis padres, mi vida ha sido difícil, madre e enferma de los nervios( diagnósticos varios, varios intentos de eliminación, incluso quiso ahorcarme) padre y totalmente dominado por ella, dispuesto a odiar y perjudicar a cualquier persona u objeto, para complacer a mi mamá; sufrí abuso sexsual (no por mi padre) físico, psicológico, éste último hasta antes de mudarme. Jamás respetaron mi espacio, mis gustos, nada de mi persona. Tuve varias parejas, nunca felices, soy madre sola, hoy mi hijo tiene 20 años, vivió 17 al lado de mis padres, damnificado también. Estoy en terapia hace casi un año, mi hijo hace pocos meses. Mi terapeuta me ha dicho: mucho para sanar, pero que es posible, hace 2 meses me agarré una gripe enorme y pulmonía, aún no mejoro totalmente, creo que estoy somatizando tanto sufrimiento. Me podría recomendar una lectura (resumen: hija de padres hipercontroladores, que abusaban física y psicológica de mi, hasta mis 48 años, aunque parezca mentira, juro es cierto).
Muchas gracias.
María.

José Luis Gonzalo dijo...

Buenos días María. Siento que es muy doloroso por lo que ha pasado. Pero como le dice su terapeuta, en efecto, con trabajo, se puede sanar de las heridas. Usted ha reunido coraje y valentía para enfrentarse a todo y eso es digno de elogio. Le recomiendo este libro, es un best seller, que le ayudará mucho en su trabajo terapéutico. Animo!
http://www.lecturalia.com/libro/79342/padres-que-odian