lunes, 25 de mayo de 2020

Introducción al nuevo libro de Rafael Guerrero, psicólogo, "Educar en el vínculo"



Educar en el vínculo

Rafael Guerrero, psicólogo

Para adquirirlo, haz click AQUI

Recientemente, ha salido a la venta el nuevo libro del psicólogo Rafael Guerrero, psicólogo. Él me invitó a escribir una introducción al mismo y yo accedí encantado y muy agradecido, pues me entusiasmó su propuesta. Me siento además próximo a los postulados psicoeducativos de mi colega Rafa, los cuales comparto. Pienso que emitimos en la misma frecuencia, y que el trabajo divulgativo (que llegue a las familias y a los profesionales que no conozcan la teoría del apego) es muy importante, clave. Rafael sabe, y además lo estructura, ordena y cuenta muy bien. Por todo ello, su invitación a que arropara su obra ha sido como un regalo para mí.

He planteado la introducción del libro tratando de anunciar y resaltar muchos de los contenidos que Rafael Guerrero aborda en él. A modo de aperitivo, mi intención ha sido despertar vuestro apetito por Educar en el vínculo, pues verdaderamente merece la pena aprender de la mano de Rafa cómo vincularnos sanamente con los niños, favoreciendo su autonomía y fomentando su regulación emocional y autoestima. En este libro lo desarrolla de una manera amena, pero sin perder ni un ápice de rigor científico y aportando sus conocimientos y experiencias en el trato con los niños y las familias.

Os copio la introducción que aparece en el libro para que os hagáis una idea de su contenido y os animéis a haceros con un ejemplar.

Introducción

Recibo como un regalo la petición de mi colega Rafael Guerrero de escribir unas líneas introductorias de su nuevo libro Educar en el vínculo. Usando una metáfora musical, Rafael me ha concedido el honor de ser el telonero de esta completa y atractiva obra que ha escrito sobre el apego y su aplicación a distintos ámbitos del desarrollo, la crianza y la educación.

Hablaré sobre la importancia de los buenos tratos a la infancia y presentaré el vínculo de apego seguro como la primera relación de buenos tratos que necesitamos experimentar las personas, tema central de este libro.

Antes de hablar de los buenos tratos a la infancia, ¿tenemos claro que son los malos tratos? Si hiciéramos una encuesta preguntando qué es maltratar, seguramente la mayoría de los participantes responderían que maltratar es toda acción que conlleve un daño físico y/o psíquico. Muchos de nosotros diríamos que maltratar es cualquier conducta que golpee, pegue, corte, produzca hematomas, lesione, queme, etc.  También mencionaríamos el maltrato psicológico: vejar, humillar, insultar, menospreciar, ofender, zaherir…  Lo más seguro es que, en los resultados de la encuesta, existiese un consenso claro sobre qué es maltratar. Sin embargo, es probable que muchas personas no incluyeran en esta definición dos aspectos que todavía, socialmente, no se consideran maltrato: el abandono y la negligencia emocionales, es decir, experiencias que teniendo que ocurrir en la vida del niño y necesarias para su desarrollo, no suceden (Winnicott, 2009). Y esto, aunque de manera pasiva, también daña. En el abandono emocional, el niño no cuenta con una figura adulta que le acompañe y permanezca involucrada mostrando empatía (una capacidad parental fundamental) y dándole la seguridad que necesita, para que pueda evolucionar desde la dependencia a la autonomía progresiva. En la negligencia afectiva, el niño no recibe todas esas vivencias de contacto afectivo y juego temprano, lo que Trevarthen (2016) ha llamado intersubjetividad: ese mundo privado e íntimo de comunicación sintonizada adulto-bebé donde ambos son una unidad, en cuyo contexto relacional el niño aprende a experimentar que es experimentado y darse cuenta de la existencia de la mente humana, desarrollando así la capacidad de reflexionar sobre la misma. Que un niño reciba esto de un adulto emocionalmente presente, empático e involucrado en juegos y estimulación afectiva y lúdica forma parte de las necesidades de aquel. ¡Y esto también son buenos tratos! Y si el niño no lo recibe, ¡esto también son malos tratos!, algo que nuestra sociedad aún no considera que es tan necesario para el desarrollo del niño como lo son la satisfacción de las necesidades fisiológicas. La conciencia de la mente humana, «la capacidad imaginativa para interpretar el sentido de la conducta de otros considerando sus estados mentales y sus intenciones, así como comprender el impacto de nuestros afectos y conductas en los otros», surge en interacciones afectivamente sincronizadas con un cuidador sensible y empático. (Fonagy, P. Gergely., Jurist, E., Target, M., 2002) En este sentido, Rafael Guerrero se extenderá sobre las investigaciones que nos muestran cómo la privación afectiva es tremendamente dañina para el desarrollo integral de los niños.

Existe socialmente un conocimiento y una toma de conciencia de que los malos tratos son perjudiciales para el niño, pero en general se tiene la expectativa de que es una experiencia que se puede superar. Sin embargo, esto no es exactamente así. ¿Por qué? Porque los malos tratos afectan -e incluso dañan- el cerebro en desarrollo de los niños, alterando (a veces de por vida) y desorganizando su funcionamiento. Teicher (2019), un eminente investigador de la Universidad de Harvard, ha demostrado que el cerebro se ve tempranamente afectado por el estrés de los malos tratos y ha recogido numerosas anormalidades en el funcionamiento cerebral. Este psiquiatra refiere que el cerebro puede desarrollar resiliencia de tal modo que las experiencias reparadoras (nuevos vínculos, una terapia, un programa educativo especializado…) pueden compensar las redes neurales afectadas y reducir la probabilidad de padecer un trastorno mental. Una persona, por tanto, puede transformarse y crecer desde la adversidad y el trauma, pero no puede resetearse como un ordenador, como si el maltrato no hubiese ocurrido. El cerebro es el mismo órgano para toda la vida y el estrés de los malos tratos puede resultar tóxico. Precisamente, Rafael Guerrero desarrolla en el libro la perspectiva de cómo las relaciones de buenos tratos tempranos favorecen la integración cerebral. Creo que estas investigaciones deben de concienciarnos aún más sobre la necesidad de que se instauren políticas de buenos tratos en todos los ámbitos y estratos sociales: familia, escuela, administración pública, juzgado, deporte… pues el bienestar y la salud de las generaciones futuras está en juego. 

Ahora que ya sabemos que son los buenos tratos, podemos centrarnos en por qué son tan necesarios para el desarrollo humano. Se ha descubierto en la investigación científica que los buenos tratos activos -todo lo que hacemos positivamente por nuestras crías- favorecen un sano desarrollo infantil. Los pioneros y fundadores del paradigma de los buenos tratos, Jorge Barudy y Maryorie Dantagnan, desde que escribieron en el año 2005 el libro Los buenos tratos a la infancia. Parentalidad, apego y resiliencia, en el cual expusieron ampliamente todos sus conocimientos sobre la materia (en la actualidad siguen su práctica profesional en IFIV y forman a profesionales desde este paradigma), dejaron claro que «los niños y las niñas necesitan ser educados con amor que no es incompatible con la autoridad, y también necesitan construir una identidad individual y social a partir de relatos coherentes, verídicos y respetuosos de los derechos humanos. Para organizar su cerebro y desarrollarse, los bebés necesitan sentir de sus padres o sus cuidadores: 

El contacto físico, en forma de caricias. 
Palabras que transmitan una melodía amorosa. 
Comportamientos constantes y coherentes que sean capaces de calmar la excitación provocada por sus estados de necesidad.
Una estimulación permanente que tome en cuenta la singularidad de su desarrollo».

Rygaard (2008) ha descubierto que «el tomar en brazos a un bebé, procurarle masajes y mecerle produce una estimulación vestibular que provoca las interconexiones entre neuronas de diferentes áreas, así como la mielinización, creando redes funcionales que garantizan su desarrollo psicomotor, la instauración del pensamiento, su inteligencia emocional, sus modelos relacionales, así como la emergencia del lenguaje, primero comprensivo y luego narrativo».

La afectividad es una necesidad para todo ser humano, y sobre todo para los niños, pues como dicen Siegel y Payne (2012) «si quieres que crezca su cerebro, alimenta su corazón». Son muchas las investigaciones que correlacionan los niveles de afecto materno temprano en la infancia con la capacidad de regulación de la ansiedad en la vida adulta. Así, por mencionar una, Maselko, Kubzansky, Lipsitt y Buka (2011) descubren en una amplia muestra que «niveles normales, e incluso altos, de afecto materno a los 8 meses tienen una relación directa con menores niveles de angustia a los 34 años…» Esto es trascendente por las implicaciones que tiene para una sociedad, por otro lado, cada vez más volcada en hacer a los niños prematuramente autosuficientes e individualistas, soslayando las necesidades afectivas. Socialmente se habla mucho más de que un bebé reciba estimulación cognitiva en los dos primeros años de vida (por ejemplo, estudie chino, aprenda música e idiomas) cuando lo que más va a influir en el pleno desarrollo de su cerebro y su bienestar biopsicosocial es el afecto que reciba de sus padres -o de los cuidadores- y de las personas con las que se relacione.  

Todo esto pone el acento en que el mundo adulto (empezando por los padres y terminando por cada uno y cada una de nosotros y nosotras, desde el rol que nos corresponda en la crianza y desarrollo de los niños) debe de procurar relaciones, actividades y entornos de buenos tratos. No buscamos padres ni adultos cuidadores perfectos (¡esto también sería negativo para el desarrollo del niño!) Necesitamos padres y adultos que -como todos- cometan errores pero que tengan suficiente capacidad de empatía y de reflexión para reparar sus actos, pues cuando fallamos también podemos darle al niño una lección ética y de recuperación de la conexión emocional, demostrando con ello que las discusiones o los desencuentros no lesionan el vínculo afectivo que nos une. (Siegel, 2012). Necesitamos padres y adultos conscientes de su responsabilidad y papel en el desarrollo del niño, pues este, para que pueda darse de manera sana, depende del entorno. Para un niño, su primer y principal entorno son sus padres (o figuras adultas que le cuidan). Y, después, las relaciones posteriores que establezca y que influenciarán su identidad: familiares, profesores, educadores, monitores deportivos, amigos, vecinos, compañeros, pareja… El desarrollo humano no depende solo de los genes sino de las relaciones, y estas han de ser de buenos tratos. La calidad de nuestro sistema nervioso depende de la calidad de nuestras relaciones (Siegel, 2012). De todo esto, y de cómo el primer y más importante lazo afectivo, el vínculo de apego, es clave para obtener el fundamento seguro para ser y estar en el mundo, se ocupa de manera brillante, creativa -estimulando la curiosidad con atractivas metáforas- y rigurosa -pero entretenida a la vez- este libro que tienes en tus manos, lector.


Rafael Guerrero desarrolla en este excelente libro la importancia de esta primera relación de buen trato que todo ser humano debe vivir y que es paradigmática de las relaciones que posteriormente vivirá. Me refiero a lo que acabamos de nombrar: el vínculo de apego. Solamente voy a dedicar unas líneas a enfatizar la enorme trascendencia de este vínculo temprano, pues Rafael Guerrero hace en el libro un cumplido y exhaustivo recorrido del apego y su trascendencia en la crianza y la educación.

Bowlby (1989), cuya infancia nos cuenta Rafael Guerrero, fue uno de los pioneros de la teoría del apego. Sus descubrimientos fueron asombrosamente simples a la vez que trascendentes: los bebés nacen con un equipamiento conductual, programado biológicamente, para vincularse con un adulto, pues ello les garantiza la supervivencia. Si el adulto le proporciona al niño cuidados y es sensible en captar sus necesidades, satisfaciéndolas adecuadamente, el niño crecerá, con alta probabilidad, sanamente. Por el contrario, unos cuidadores insensibles, negligentes, inconstantes o incoherentes, que no satisfacen apropiadamente las necesidades del bebé y no le ofrecen una experiencia de seguridad, traen como consecuencia un niño que no crecerá de manera saludable (Siegel 2007). 

Todas estas demandas que el bebé hace deben de ser atendidas porque son necesidades de apego para encontrar confort y regulación emocional a través del contacto con la madre o figura de apego. Cuando un bebé llora es necesario aliviar lo que internamente puede sentir (miedo, incomodidad, ansiedad, hambre, sueño, necesidad de confort afectivo…), porque no dispone de ninguna herramienta cognitivo-emocional para calmarse ni comprender lo que pasa. No puede decirse «tranquilo, cálmate, que tus padres se van de fiesta, pero luego vienen y están contigo, no llores». Necesita la presencia y el contacto de los padres para lograrlo. Si el bebé entra en un estado prolongado de necesidad y de llanto y está por un largo periodo estresado, segrega la hormona llamada cortisol que se ha demostrado que en grandes cantidades puede inundar el cerebro del niño y resultar tóxica (Gerhardt, 2016)  Por eso, cuando un bebé es tranquilizado mediante el contacto (las palabras suaves, los brazos, el mecimiento…) sus niveles de estrés se reducen y se regulará emocionalmente, entrando en un estado de calma y tranquilidad necesarios como «primera fotografía» que le deja la experiencia y la expectativa de que sus demandas y necesidades serán atendidas, desarrollando así una confianza y seguridad en el mundo humano y en el entorno. Aprenderá de esta manera, con el tiempo y las experiencias de confort y seguridad repetidas a lo largo de muchas interacciones con sus padres, a adquirir herramientas de auto-calma. Irá desde la corregulación con un adulto, a regularse solo. Desde la dependencia a la autonomía progresiva.

Además, es asombroso que el bebé para el primer año de vida y en función de lo que ha interiorizado en las experiencias de relación interpersonal con su cuidador principal, ya tenga una primera representación en su mente acerca de cuánta seguridad le merece este. El objetivo principal del vínculo de apego del bebé al cuidador es otorgarle una experiencia de seguridad.

El niño necesita al cuidador, por lo tanto, como base segura sobre la cual poder cimentar su desarrollo y crecimiento. Bowlby (1989) es el autor de este concepto y tiene un libro, En busca de la base segura, que me parece precioso. Porque todos necesitamos de una base segura a lo largo de la vida en la que apoyarnos en momentos críticos.

Los buenos tratos a la infancia no solo comienzan en la vida intrauterina con una madre que se cuida y recibe las atenciones médicas que necesita, con una pareja involucrada y capaz de compartir y apoyarle durante los nueve meses de desarrollo del feto, para que pueda estar tranquila y sea un embarazo donde ella y su pareja mentalicen y conecten emocionalmente, mediante felices comunicaciones neuroafectivas, con su hijo. Los buenos tratos realmente están inscritos en las historias de vida de los futuros padres, en la medida que han recibido ellos buenos tratos o han sido capaces de reflexionar y modificar la actitud y desarrollar capacidades parentales. Esto es lo que realmente va a propiciar que los padres traten bien a sus hijos desde el mismo momento en que son concebidos. Si, por ejemplo, un padre o madre tiene una historia de maltrato transgeneracional, una primera e importante tarea que tienen que hacer para no repetirlo con las generaciones futuras es reflexionar sobre estas experiencias y elaborarlas, cuestionando todo aquello negativo y dañino que hicieron con ellos -y con las generaciones anteriores- y que es muy probable que actúen con sus propios hijos, si no son conscientes, acrítica y procedimentalmente. Lo importante no es tanto haber sufrido un trauma de apego sino poder reflexionar, resignificarlo y cambiar la propia actitud. Esto es lo que más influye para que los padres tengan capacidad de proveer de buenos tratos a sus crías: sanar la propia infancia. Si los padres son capaces de esto, de reflexionar antes de ser padres sobre sus experiencias con sus propios padres y sobre su historia de vida, con esto ya comienzan a dar un buen trato a sus crías. 

Como corolario final podemos afirmar sin ambages: «No cabe ninguna duda de que el propio desarrollo cerebral depende de los cuidados y de los buenos tratos que cada persona haya recibido en su niñez como en su vida adulta» (Barudy y Dantagnan, 2005):
Hoy en día disponemos de unos conocimientos sobre el desarrollo infantil y la ciencia del cerebro como nunca antes habíamos tenido. Incluso teorías como el apego, muy relegadas durante años, han sido refrendadas por la neurociencia actual como el marco privilegiado desde el cual apoyar la educación infantil. Rafael Guerrero ha creado un completo libro dirigido a padres y profesionales donde desarrolla con detalle y de una manera más extensa, lo que en esta introducción estamos apuntando: que el buen trato y el vínculo de apego seguro son experiencias necesarias que aseguran el bienestar infantil.

La sociedad no nos lo pone nada fácil porque entre las fuentes de la parentalidad bientratante, como dice Jorge Barudy, también está la conciliación de la vida laboral y familiar. Hemos dicho que la afectividad es la necesidad más importante para el desarrollo del cerebro de los niños y, en consecuencia, es la base para que estos crezcan sanos y felices. Pero, paradojas de nuestra sociedad, las familias viven sin tiempo, corriendo y al finalizar la jornada están estresadas y cansadas como para poder escuchar, jugar y tener tiempo para la afectividad y la conexión emocional con sus hijos, que es lo que da calidad al vínculo de apego (experiencias más necesarias que los deberes escolares o estudiar música) Creo que algo no estamos haciendo bien pues sabiendo que el vínculo de apego es clave para el desarrollo del niño, los padres tienen largas jornadas laborales que les agotan y los horarios no se han creado pensando en los niños y en que aquellos puedan estar tiempo con ellos para poder darles lo que como niños necesitan y es su derecho. Por ello, aumentan los casos de negligencia afectiva, familias con «padres físicamente presentes, pero emocionalmente ausentes» (Schore, 2003). Y aumentan, con ello, alarmantemente, los adolescentes que se autolesionan, y el suicidio en esta etapa de la vida es la primera causa de muerte. Todo esto nos interpela seriamente y nos obliga a un cambio social profundo donde hagamos caso a la ciencia e invirtamos la escala de valores neuroprotegiendo a los niños, favoreciendo que los padres tengan una jornada laboral que les permita dedicar tiempo a sus hijos. Pero también psicoeducando a los padres sobre qué son -y la trascendencia que tienen- los buenos tratos y ofreciéndoles, desde la sanidad pública, recursos terapéuticos a todos los padres para que antes de serlo, puedan reflexionar sobre su propia historia de vida y crianza. 

A pesar de todo, creo que hay motivos para el optimismo. Pienso que los grandes cambios sociales empiezan por un número creciente de pequeños-grandes cambios que, como un reguero de pólvora, se van extendiendo y calando en muchas personas e instituciones. Incluso en pueblos enteros como Burlada (estructurado en torno a los buenos tratos) Un libro como Educar en el vínculo es una contribución inestimable para promover este cambio que se va gestando. Los profesionales del buen trato, como Rafael Guerrero, aportan una nueva mirada a la infancia que apuesta por relaciones sanas y de buenos tratos. Y esta pequeña-gran revolución esperamos que avance hacia quienes toman las decisiones sustantivas a nivel de política social y educativa (ya asistimos a experiencias de este tipo). Es el «realismo de la esperanza» (Cyrulnik y otros, 2004). Rafael Guerrero, con su gran labor, es uno de los protagonistas y promotores de este realismo esperanzador. 

Espero haber cumplido la misión de ser un telonero que haya despertado vuestro interés porque empiece el gran concierto que son las próximas páginas de este precioso libro, cuyas notas musicales traen la sinfonía del apego, la cual orquesta la partitura del desarrollo del niño de una manera armónica y bella.

REFERENCIAS

Barudy J., Dantagnan, M. (2005). Los buenos tratos a la infancia. Parentalidad, apego y resiliencia. Barcelona: Gedisa.

Bowlby, J. (1989). Una base segura: aplicaciones clínicas de la teoría del apego. Barcelona: Paidos Ibérica.

Cyrulnik, B., Vanistendael, S., Guénard, T. y otros (2004). El realismo de la esperanza.  Testimonios de experiencias profesionales en torno a la resiliencia. Barcelona: Gedisa Editorial.

Gerhardt, S. (2016). El amor maternal. La influencia del afecto en el cerebro y emociones del bebé. Barcelona: Editorial Eleftheria.

M. Teicher (comunicación personal, 4 de octubre de 2019).

Maselko J., Kubzansky L, Lipsitt L, Buka S.L. (2011).  Mother's affection at 8 months predicts emotional distress in adulthood. Journal of Epidemiology and Community Health, 65, (7) 621-625

R. Benito (comunicación personal, 30 de noviembre de 2019).

Rygaard, N. (2008). El niño abandonadoBarcelona: Gedisa. 

Schore, A. (2003). Affect Dysregulation and disorders of the self. WW. Norton: London.

Siegel, D. (2007). La mente en desarrollo. Cómo interactúan las relaciones y el cerebro para modelar nuestro ser. Bilbao: Desclée de Brouwer.

Siegel, D., Payne, T. (2012). El cerebro del niño. 12 estrategias revolucionarias para cultivar la mente en desarrollo de tu hijo. Barcelona: Alba.

Fonagy, P. Gergely., Jurist, E., Target, M. (2002). Affect regulation, mentalization, and the development of the self.NY: Other Press.

Trevarthen, C. (2016). Funciones de la emoción en la infancia: regulación y comunicación del ritmo, la afinidad y el significado en el desarrollo humano. En El poder curativo de las emociones. Neurociencia afectiva, desarrollo y práctica clínica (pp.67-102). Barcelona: Eleftheria.

Winnicott, D.W. (2009). Realidad y juego. Barcelona: Gedisa.

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