lunes, 15 de enero de 2024

"Tratamiento del trauma y la disociación en la infancia. En busca de la seguridad perdida", por Sandra Baita, psicóloga, nos presenta su nuevo libro

 


Nuevo libro de Sandra Baita
Para adquirir el libro, haz click aquí


Sandra Baita es psicóloga clínica graduada en la Universidad Nacional de Buenos Aires, Argentina, donde completó estudios de Postgrado en Clínica de Niños. Complementó su formación realizando una Especialización en Trauma Psicológico e Intervención en Catástrofes, dictada por la Sociedad Argentina de Psicotrauma, y el Entrenamiento Básico en EMDR y EMDR en Niños, siendo hoy Terapeuta Certificada y Supervisora aprobada certificada, y dictando cursos de educación avanzada para profesionales EMDR en las temáticas de trauma complejo y disociación en la infancia, adolescencia y edad adulta.

Tenemos el honor de que Sandra Baita haya escrito, expresamente para nosotros, un texto para presentar su nuevo libro. Sandra es experta en trauma y disociación y nos ha aportado una nueva manera de mirar a los niños/as para aprender a comprender los síntomas desde el lenguaje disociativo infantil relacionado con el trauma, que tiene una manera muy concreta de expresarse. A menudo este lenguaje refleja la existencia de un sufrimiento en los niños/as y unas historias en las que la seguridad de base ha estado ausente en sus vidas, porque desde temprana edad han padecido, a veces de manera continuada, malos tratos, negligencia y/o abuso sexual. 

En este nuevo libro Sandra Baita nos plantea una cuestión que es fundamental y sin la cual no puede haber psicoterapia. Es algo que desde la RED APEGA Maryorie Dantagnan viene preconizando desde sus comienzos: la seguridad y la protección del niño/a. Los recursos terapéuticos son importantes pero sin duda lo son aun más las relaciones que entretejamos en torno al niño/a: "El viaje en el que nos adentramos no está exento de turbulencias y la primera pregunta que el terapeuta deberá responderse es: ¿está mi paciente en un contexto de seguridad real, en el que no siga siendo maltratado? Si esa seguridad real existe, entonces pasamos al siguiente nivel: ¿pueden sus cuidadores proveerle una experiencia relacional segura, estable, reparadora? Y si no es así ¿qué necesitan para poder hacerlo? Pero el terapeuta es parte de la ecuación, entonces deberá responderse, además, esta otra pregunta: ¿qué debo hacer (y cómo puedo hacer) para ofrecerle a mi paciente una experiencia de seguridad en la relación terapéutica? Y ¿qué puedo hacer para ayudar a los cuidadores a ser los verdaderos sostenes de la vida y el desarrollo de estos niños y niñas?" (Sandra Baita).


Sandra Baita

"Tratamiento del trauma y la disociación en la infancia. 
En busca de la seguridad perdida"

Un texto de Sandra Baita


Llevaba casi un año de trabajo con Paloma (su nombre es ficticio) y nuestra relación parecía ir viento en popa. Desde el principio habíamos logrado establecer un vínculo fluido. Ya me había convertido en custodia de sus recuerdos más dolorosos, y poníamos estrellas de premio a los guardianes que tenían por trabajo, evitar que los recuerdos salieran del cofre donde los habíamos guardado. Un día, creyendo yo ilusoriamente que ya podíamos avanzar algún paso, e ir reconociendo al menos los bordes de ese universo de memorias, Paloma me dijo con mucha tranquilidad que para eso yo debería atravesar un túnel, y que en el túnel me estarían esperando monstruos cuya tarea era asesinarme para que no me acercara al cofre de sus recuerdos. Me explicó que ella podía entrar porque la conocían, pero nadie más podía hacerlo. El mensaje implícito era claro: “Me caes muy bien Sandra, pero eso no es suficiente para que yo te abra mi mundo interno...”

Y tenía todo el sentido del mundo. Porque esos recuerdos guardaban historias en las que, su derecho indiscutible a sentirse segura en el seno de los vínculos con las personas que hubieran debido cuidarla, había sido herido de muerte. Para Paloma, la seguridad era una promesa difusa en la que no podía confiar. 

Para quienes trabajamos atendiendo a personas de todas las edades que han sufrido situaciones de trauma interpersonal temprano, el Santo Grial de nuestro trabajo es el procesamiento de las memorias del trauma. Estamos ávidos de conocer los avances de nuestra disciplina a la hora de llegar a la profundidad de ese dolor, porque sabemos que cuando lo logramos, el pasado queda verdaderamente donde debe estar, y deja de ser un fantasma que agobia el presente y amenaza al futuro.

El punto es que justamente, la matriz de todas las heridas provocadas por el maltrato y la negligencia, radica en la seguridad. Allí donde debieran haberme protegido del peligro, lo generaron. Donde debieran haberme cuidado, me descuidaron. Donde debieran haberme llenado de elogios y palabras bonitas de amor, me derramaron reproches e insultos. El lugar de la seguridad, lo ocuparon la amenaza, el alerta y el miedo. Desde entonces, acercarme a cualquier ser humano es la posible antesala de más daño. No me puedo relajar. No puedo confiar. 

Muchos niños y niñas como Paloma me enseñaron que la falta de seguridad que ellos sienten, se esconde en mil huecos y se manifiesta de mil formas. Que no alcanza con crear recursos una vez y esperar que funcionen siempre. Y tampoco alcanza conque les digan que los quieren y que jamás los van a dañar ni a abandonar.

Donde la seguridad que debieran haber sentido no estuvo o fue precaria, se impone tejerla despacio y con paciencia, hilándola en un telar de múltiples relaciones, en el que los cuidadores aportan la estructura y los hilos, y los terapeutas su habilidad de tejedores. 

Ese fue mi propósito al escribir “En busca de la seguridad perdida”. Transmitir a mis colegas la sabiduría aprendida de tantas Palomas que pasaron y siguen pasando por mi consulta, ayudarles a reconocer las sutiles formas en que la falta de seguridad se manifiesta, y a detectar las desconexiones -las de nuestros pequeños pacientes, la de sus padres, pero también las nuestras- para tratar de transformarlas en re-conexiones. 

Reconocernos como parte de ese entramado, es una invitación a observarnos en la relación con estos pequeños sobrevivientes: porque, así como ellos pueden oscilar entre sentir demasiado o no sentir en absoluto, nosotros también podemos oscilar entre hacer por demás y no hacer lo que es más necesario. 

Ayudar a los cuidadores a convertirse en redes de sostén capaces de tolerar las tempestades más complejas -de las que suele haber varias en la crianza de estos niños y niñas- es todo un desafío, porque estos adultos, a su vez, también pueden tener sus propias heridas no curadas de cuando eran pequeños, o quizá hayan sido parte -por acción o por omisión- del dolor y el daño sufrido por nuestro pacientito.

El desarrollo y el fomento de la seguridad relacional duran todo el tratamiento, y probablemente (ojalá), cuando este haya finalizado, seguirá creciendo y floreciendo sin que nosotros lo sepamos. Habremos sido testigos durante un tiempo de un acontecimiento importante: sentar las bases para que la conexión sea el legado futuro de estos pequeños invitados a la mesa de nuestra labor diaria. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario