martes, 19 de diciembre de 2023

Experiencias adversas en la infancia en la era de internet, inteligencia artificial y macrodatos (II): perpetración y victimización de ciberviolencia, por Iciar García Varona, doctora en psicología y traumaterapeuta sistémica


Experiencias adversas en la infancia en la era de internet, inteligencia artificial y macrodatos (II):
 perpetración y victimización de ciberviolencia

Un artículo de:
Iciar García Varona
Doctora en psicología

Iciar García Varona

El uso de las redes sociales, el teléfono móvil y todo lo que abarca el uso de Internet, se ha expandido y generalizado en nuestras sociedades, lo que, si bien ha abierto un campo de posibilidades en cuanto a la comunicación, relación y acceso al conocimiento, también ha creado un extenso campo para el ejercicio de una nueva forma de violencia hasta ahora poco conocida: la ciberviolencia. Esta entrada abrupta a nuevos mundos virtuales requiere también de nuevas formas de abordaje, entendimiento y reflexión. 

Al igual que hemos ido adaptándonos (o sobreadpatándonos) al uso de Internet casi a un ritmo autómatico, comandado por el nuevo e imponente requerimiento social, se torna necesario el entendimiento de estas nuevas formulaciones, dedicando espacios de cuestionamiento y reflexión para su mejor abordaje. Esta es la pretensión de esta entrada en el blog: ahondar en las causas fundamentales de estos nuevos tipos de violencia, así como en sus consecuencias. 

Con el fin de situar al lector de la mejor manera posible ante la realidad que vamos a abordar en el presente artículo, voy a tratar de centrar la conceptualización de lo que la literatura ha ido recogiendo como términos que, aun estando relacionados por tener características comunes, no alude exactamente a los mismos fenómenos. 

Haremos referencia específicamente a acontecimientos como son el ciberacoso, la ciberviolencia y la ciberviolencia de pareja. Aunque son fenómenos que se superponen y aparecen como sinónimos dado que no parecen encontrarse dentro de un consenso terminológico en la literatura, diferenciaré dos formas de violencia a través de Internet que en distintas revisiones bibliográficas aparecen directamente relacionadas con la experiencia temprana de adversidad, tanto en perpetradores como en víctimas.

La Ciberviolencia (CV) hace referencia a un concepto amplio que podría dar contenido a los otros dos términos referidos, dado que alude a toda acción que se realiza en medios digitales con la intención de hacer daño o causar sufrimiento. Por lo general, se lleva a cabo mediante aplicaciones de mensajería instantánea, redes sociales, foros o salas de chat por Internet, correo electrónico o comunidades de juego. Dentro de ésta encontramos el Ciberacoso (CA) o Ciberbulling (CB) que se ha definido como “un conjunto de comportamientos realizados a través de medios electrónicos o digitales por un individuo o grupo de individuos que comunican de forma repetida mensajes hostiles o agresivos con la intención de causar daños o malestar en los otros” (Zych et al., 2018. pág 1).

La Ciberviolencia en la Pareja (CVP) se entiende como cualquier acto que conlleve difamar, insultar, intimidar, presionar o controlar al otro miembro de la pareja a través de los medios electrónicos (Donoso y Rebollo, 2018).)

Podríamos decir que bajo la conceptualización de CV subyacen los términos afines de CB y CVP, pero con la necesidad de atender a las características especiales de cada uno. Así el CB se manifiesta en forma de hostigamiento, invasión de la privacidad, robo de identidad, denigración o exclusión social (Willard, 2007). En cuanto a la CVP, este tipo de violencia se manifiesta en torno a conductas como el control del comportamiento y de las interacciones que las personas realizan en Internet, a través de las redes sociales o el móvil, mediante el uso de contraseñas y claves personales de los miembros de la pareja, lo que puede darse sin consentimiento (Backe et al., 2018; Flach y Deslandes, 2017); por otra, recurriendo a amenazas, humillaciones, y comportamientos denigrantes, con la intención de causar angustia y aislamiento (Buesa y Calvete, 2011).

Si bien el hostigamiento y la reiteración suelen ser características especiales de este tipo del CB, que además posee la característica de poder ser perpetrada por un grupo de personas o por una sola, el control y la violación de la intimidad podrían formar parte de las principales características de la CVP. Los rasgos comunes atribuibles a las distintas formas tendrían que ver con aspectos propios del ejercicio de violencia como el daño, el abuso de poder y la intencionalidad.




Victimación y perpetración de violencia y su relación con la experiencia temprana de adversidad

La teoría del apego (Bolwy, 1967, 1973, 1980) ya indicaba cómo las relaciones entre el cuidador y el niño proporcionan una base crucial para las interacciones sociales. A su vez, varios estudios profundizaron en cómo se producen ciertos mecanismos que fomentarían continuidades entre las experiencias tempranas de cuidado y las interacciones posteriores de los individuos con sus compañeros de la infancia, sus parejas románticas y sus propios hijos (Cicchetti et al., 1992; Cowan et al., 1996). Los patrones de violencia y victimización, tienden a ser revividos en relaciones extrafamiliares (Dodge et al., 1990; Zeanah y Zeanah, 1989) en lo que se ha denominado tradicionalmente como “ciclo de la violencia”. Así, la literatura advierte de que adultos que fueron maltratados cuando eran niños tienen más probabilidades de maltratar a sus cónyuges y abusar de sus propios hijos y ser victimizados por sus parejas íntimas (Browne y Finkelhor, 1986; Dutton et al., 1995). 

En sus difíciles relaciones con los padres, por ejemplo, los niños maltratados pueden llegar a esperar que la coerción, la violencia y la explotación sean fundamentales para todas las relaciones (Cicchetti y Lynch, 1995). Estas internalizaciones probablemente influirían en las percepciones de los niños maltratados sobre nuevas interacciones y guiarían sus respuestas conductuales a lo largo de distintos roles sociales (Bretherton, 1990; Greenberg, Speltz y DeKlyen, 1993; Sroufe y Fleeson, 1986). Para protegerse de lo que esperan que sea una amenaza social generalizada, por ejemplo, los niños maltratados pueden ser agresivos y dominantes en nuevas interacciones, o pueden parecer demasiado sumisos para apaciguar a los demás. Estos comportamientos pueden ponerlos en riesgo de ser agresores o víctimas respectivamente.

Esta continuidad relacional se ha atribuido a las actitudes y expectativas que los individuos mantienen a partir de las experiencias de cuidado (Main, et al., 1985; Sroufe y Fleeson, 1986, 1988). Las relaciones tempranas adversas y disfuncionales pueden conllevar que los niños que las hayan padecido generen una serie de expectativas sobre sus relaciones con los demás que se estén basadas en los mismos criterios que guiaron sus experiencias tempranas de relación, es decir, podría establecerse la creencia de que la coerción, la violencia, la explotación o el abandono sean necesarias para todas las relaciones presentes o futuras que estos niños vayan a establecer (Ciccetti y Lynch, 1995). 

De esta manera, el niño se ha de proteger de lo que es esperable que sea una amenaza, es decir, que cualquier escenario social (que por su experiencia temprana de adversidad es percibido como una amenaza) requiera de respuestas como las que fueron necesariamente desplegadas en sus relaciones de cuidado, y que pueden oscilar desde la agresión y la dominación a la sumisión y el congraciamiento (con el fin de apaciguar a los demás). Ambos comportamientos colocan a estos niños y jóvenes en grave riesgo de perpetración o victimización. Desplegar una u otra respuesta dependerá de componentes, biológicos, contextuales y del tipo de adversidad o tipo de adversidades tempranas experimentadas; sin obviar el objetivo de supervivencia en un esfuerzo de mantener la seguridad dentro de sus hogares violentos, caóticos o disfuncionales (Cicchetti y Thoht, 1995; Crittenden y Di Lalla,1988). 

Las emociones desempeñan un papel central en la organización del comportamiento social como ya advertía Kobak (1999) entre otros. Parece evidente, tras lo ya expuesto, que los niños y jóvenes que han vivido este tipo de experiencias tempranas esperen ser victimizados en sus nuevas relaciones sociales y afectivas y, por lo tanto, pueden reaccionar antes nuevos escenarios con hiperactivación y miedo entre otras emociones salientes. Esta misma experiencia temprana de adversidad dificulta al niño su capacidad de regular esta ansiedad y temor ante los nuevos escenarios relacionales. Así, encontramos niños y jóvenes con una marcada distancia emocional (agresores), que sugiere algunos déficits regulatorios fundamentales que les permitirían promover prácticas coercitivas. Los niños y jóvenes que manipulan y explotan a otros parecen experimentar un patrón distintivo de déficits y restricciones emocionales, como la ausencia de culpa y/o remordimiento y manifestaciones afectivas contextualmente inapropiadas, que puede promover y mantener la violencia interpersonal crónica y la explotación (Cohen y Strayer, 1996; Wootton et al., 1997).

La respuesta ansiógena también podría contribuir a un riesgo de victimización (Olweus, 1993). Estudios como los de Rosgosch et al (1995) explican cómo la excitación y vigilancia que puede será adaptativa en sus hogares, convierte a estos niños y jóvenes en potenciales víctimas de violencia con iguales. La forma de regular el miedo, la culpa y la vergüenza puede conllevar reacciones sumisas, retraídas y no asertivas que parecen favorecer la aparición de riesgo de acoso por los iguales (Schwartz, 2000), al igual que ocurriría en el caso de las parejas, en las que el tipo de complacencia y sumisión al dominio podrían ser factores de riesgo para victimización en violencia de pareja. Podríamos encontrarnos ante posturas de sobreadaptación al trauma, que se hacen extensivas en otros contextos relacionales de los niños y jóvenes.

La ciencia psicológica especifica que estas representaciones negativas de uno mismo, de los demás y de las relaciones transmiten patrones sociales desadaptativos a través de relaciones y de generaciones. La neurociencia ha avalado este tipo de perfiles neuropsicológicos, explicando cómo las consecuencias cerebrales del maltrato asientan las bases de estos funcionamientos psicológicos. Davis et al., (2015) señalan, entre otras, a la regulación emocional y a las dificultades en la cognición social como consecuencias de la cascada de acontecimientos que marca la configuración cerebral de los niños y jóvenes que se desarrollaron en entornos adversos. Las dificultades de regulación emocional tienen su origen en la irritabilidad límbica fruto de la hiperexcitabilidad amigdalina, así como la desregulación alostática a largo plazo del eje fisiológico del estrés (Mesa- Gresa y Moya- Albiol,2011).

Ciberviolencia

A día de hoy encontramos que el uso que se hace de las redes y de los dispositivos móviles en niños y jóvenes, fundamentalmente en los adolescentes, tiene que ver con un uso relacional. El 47% de los jóvenes reconoce que ha sufrido situaciones desagradables den el uso de redes (López y Galán, 2012). Entre el 38% y 1l.18% de menores con móvil, indicaban haberse sentido acosados sexualmente a través de este medio (García y Moreno, 2006). Estudios como el de Korchmaros et al. (2013) indican que entre un 12% y un 17% de jóvenes reconocían que habían cometido algún tipo de abuso a través de Internet.

Los mayores riesgos parecen estar asociados a la proliferación de información gráfica de tipo personal que ha sido publicada por ellos mismos o por terceros, con comentarios de naturaleza injuriosa (Marín et al. 2016). 

El acoso y el ciberacoso son dos constructos relacionados (Baldry et al. 2021), tanto por sus características comunes como por el hecho de que los acosadores escolares tienen más probabilidad de convertirse en ciberacosadores (Zslia et al., 2018). Además, en ambos casos parece existir una fuerte correlación con la experiencia temprana de adversidad entre víctimas y perpetradores, como hemos podido ver en párrafos anteriores.

A pesar de la estrecha relación entre ambos fenómenos es más peligroso el CB que el acoso tradicional por dos causas fundamentales. En primer lugar, los perpetradores tienen la capacidad de ocultar su verdadera identidad, lo que facilita su perpetración y dificulta a la víctima la identificación de sus agresores. En segundo lugar, el daño potencial de un único acto (como el envío de una foto con contenido privado) podría convertirse en un ciclo interminable de acoso, dada la rápida viralización con procura el uso de Internet. Es decir, con muy poco, con una única acción, se puede extender la victimización a muchos lugares y a lo largo del mucho tiempo, lo que confiere a este tipo de violencia un elevado potencial traumático para la víctima.

La prevalencia de este tipo de prácticas es muy elevada. El CB puede ser experimentado por entre el 20% y el 40% de los jóvenes (Tokunaga, 2010), lo que confiere a esta problemática de un importante interés tanto por su elevada presencia en nuestras comunidades como por la gravedad de las consecuencias para las víctimas. 

La depresión, ansiedad, angustia, tristeza, estrés, baja autoestima y los pensamientos suicidas son algunas de las consecuencias del CB (Kowalski et al. 2014; Zalaquet y Chatters 2014; Zsila et al. 2017).

Estudios como el de Miller et al (2023) apuntaban a que la victimización por acoso y ciberacoso eran calificados por las víctimas como un evento tan negativo y angustiante como otras ACE (Adversity Child Experiences) experimentadas (maltrato físico, abuso sexual, violencia de género…); por lo que este tipo de victimizaciones, dado su potencial traumático, debe considerarse como una ACE más tanto en sus consideraciones científicas, de investigación y de tratamiento por su importancia en lo referente a la acumulación traumática y del daño en las víctimas.



Igualmente encontramos que las redes sociales y los dispositivos móviles se han convertido en un medio para el control y para el ejercicio de prácticas abusivas dentro del núcleo de la pareja. Durante la adolescencia, los datos obtenidos en el estudio de Montilla et al. (2016) señalaban que las principales conductas relacionadas con la violencia de pareja tenían que ver con el intercambio de contraseñas, uso no permitido de material gráfico íntimo, usurpación de claves de correo electrónico, control de amistades en redes sociales y amenazar con la publicación de material no autorizado. La ciberviolencia parece estar relacionada con la dependencia emocional y con la inseguridad en el apego (De los Reyes et al., 2020). Así parece que la dependencia emocional se configura como una variable predictora de ciberviolencia. La dependencia emocional es entendida como una tendencia a la responder a necesidades de afecto insatisfechas a través de otras personas (Castelló, 2000). El miedo a la soledad, necesidad de aprobación y subordinación son rasgos definitorios de la dependencia emocional. Estas necesidades pueden ser atendidas mediante un uso desmesurado del dispositivo móvil con una finalidad de proximidad y control sobre el otro (Morey et al., 2013). 

Desde la teoría del apego y desde el miedo al abandono que manifiestan las personas con apego inseguro (Milkulincer y Shaver, 2011) también se pueden encontrar relaciones con este fenómeno. Estudios como el Reed et al. (2016) apuntan de que un apego ansioso puede estar relacionado con la ciberperpetración de violencia tanto en hombres como en mujeres.

Conclusiones

Para concluir sería interesante reseñar cómo a aspectos relativos a la desregulación emocional y al apego deficiente son aspectos importantes para el abordaje de las causas explicativas del riesgo de perpetración y victimización de conductas abusivas mediante el uso de Internet. Puede el lector observar cómo estos mismos aspectos fueron reseñados en el artículo anterior sobre adicciones conductuales y uso de Internet en personas víctimas de ACE, lo que nos sitúa ante aspectos fundamentales que habremos de tener en cuenta en la atención a chicos y chicas víctimas de experiencia temprana de adversidad. 

Los problemas de regulación emocional en personas afectadas por trauma temprano están en la base de una gran parte de los problemas de salud física y psicológica de los individuos, en cuanto al tipo de respuesta disfuncional que la apersona emite con finalidad homeostática; por lo que nuestras intervenciones adquirirán sentido en la medida en la que podamos contribuir al reconocimiento y manejo del mundo emocional del individuo desde el establecimiento de relaciones seguras y confiables.

Por su parte, la prevención de la ciberviolencia podría ser tomada en cuenta desde el abordaje de experiencias adversas en la infancia y desde el establecimiento de relaciones de calidad en niños y jóvenes. Este tipo de relaciones seguras y confiables puede proteger a los niños y jóvenes de victimización y/o perpetración de la ciberviolencia.

Los ambientes nutritivos a nivel relacional, emocional y recursivo donde se promuevan conductas prosociales de cooperación, ayuda y cuidados, se tornarán ambientes y contextos donde el ejercicio de violencia apenas tenga cabida y donde este sea innecesario como estrategia de supervivencia.

El uso responsable de Internet pasa por favorecer contextos alternativos de relación, preferiblemente contextos naturales de interacción donde potenciar el apoyo social y la pertenencia, mediante el fomento de comunidades responsables y comprometidas con la sostenibilidad de las relaciones humanas y del medio ambiente. 

Permítame el lector compartir unas líneas sobre una reflexión que me ha acompañado a lo largo de la construcción de este artículo. Me cuestiono si, en ocasiones, las acciones o las elusiones de responsabilidad en el uso de Internet, pueden ser ejercidas desde la banalización y la merma de las actitudes necesarias para afrontar ciertos desafíos de la vida.



Las distancias emocionales que nos facilitan la comunicación mediante dispositivos, las publicaciones meramente expositivas, las sobreexposiciones propias y de otros (especialmente de los niños), los automatismos en publicaciones y viralización de determinados contenidos sin cuestionamientos (que tan propicio se postulan en este tipo de medios con un solo “click”). Tantos ejemplos de un uso distorsionado y perjudicial de la red que nos alejan de la consecución de fines tan necesarios y pertinentes como los que este blog pretende (el buentrato). 

Me pregunto si el propio uso fallido de Internet favorece actitudes relacionadas con el hiperconsumo, el narcisismo, la egolatría, el nihilismo y todos aquellos aspectos que ahondan en la perseverancia por cultivar un mundo desigual, deshumanizado, capitalizado, atomizado en definitiva de todos aquellos valores que nos alejan del buentrato y de sociedades más equitativas y justas

Ante la tesitura de estar en terrenos pantanosos y muy cercanos al existencialismo y a la movilización de los pilares estructuralmente emocionales, de creencias y valores, donde lector y autora nos hayamos podido sentir incómodos, es momento de volver al amparo de la intelectualidad, pero si podemos acompañar esta escritura y posterior lectura de algo de conexión emocional, seguramente estas se tornen mucho más productivas. Intentémoslo.




REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

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lunes, 27 de noviembre de 2023

El origen de los sentimientos crónicos de vacío y soledad en personas con historias de negligencia y/o abandono grave.



Quiéreme, que no entiendo qué hago aquí

Quiéreme, si no quieres que esté muerto

Porque todo es un desierto

Fuera de ti

Luis Eduardo Aute




El origen de los sentimientos crónicos de vacío y soledad en personas adoptadas y acogidas con historias de negligencia y/o abandono grave

Jose Luis Gonzalo Marrodán
Psicólogo clínico y Traumaterapeuta sistémico



"Me siento súper triste

Tengo una bola en el pecho, me ahogo literalmente, no puedo respirar

Y esa sensación de vacío, de soledad, de tristeza profunda…

Los chicos, las compras, el alcohol... solo logran que se haga más y más grande cada vez

No sé por qué me pasa esto

Me quiero morir"


Este texto podría ser escrito por muchas personas. ¿Cuál es el denominador común de un buen número de pacientes que sienten un profundo abismo interior de vacío y soledad, acompañado de sensaciones corporales que viven como aniquiladoras? Lo que observo, más allá de etiquetas diagnósticas, es que comparten recuerdos implícitos de experiencias prolongadas de negligencia afectiva y física y/o abandono durante los dos primeros años de vida. Fundamentalmente, se puede hipotetizar que no hubo una figura adulta con la permanencia suficiente como para que las funciones del apego pudieran darse: una base segura interiorizada. O si la figura de apego estuvo, no hizo estas funciones de manera suficiente; o lo hizo de manera perturbadora.

Hasta ahora yo no había considerado tanto el papel del amor en el apego (había pensado más en la seguridad), es decir, que el bebé sienta que es amado en exclusiva. Creo que juega un rol importante. Lo intuía, pero nunca había tenido la oportunidad de leer sobre amor y apego. 

Leyendo el nuevo libro de Schore (2022) titulado “Psicoterapia del hemisferio derecho” (¡qué joya!) descubro que este autor precisamente se refiere al amor. ¿Cómo entiende Alan Schore el amor? De este modo:

“El amor puede referirse a un sentimiento de ternura, pasión y calidez, pero también a la acción de amar, que implica expresiones de afecto físico, cariño y actos de bondad”. Pienso en ello y me imagino que el cariño y la expresión del amor, y que el niño lo vaya sintiendo y grabando en su cuerpo y después representarlo en su mente, es un ingrediente necesario. Dice Schore: “El amor mutuo entre una madre y un bebé está incrustado en una relación de apego óptima, cocreada, recíproca, sincronizada, basada en el cuerpo y en la transacción emocional. Los bebés responden mucho menos al discurso y más a lo que se llama señales “extraordinarias” en forma de expresiones faciales y tonos de voz exagerados, a los que los bebés reaccionan con sonrisas, arrullos… Los bebés son seres activos en este cometido. Un comienzo afectivo temprano puede moldear epigenéticamente los procesos evolutivos que se expresan en la infancia”.

Al leer estas definiciones de Schore (2022), a uno le viene a la mente las aportaciones del psicoanalista Winnicott. Este autor afirma que una de las funciones de la madre o de la persona que haga esta función es la de Handling. “Son los soportes y cuidados concretos y reales que el niño necesita, al estar sintonizados y atentos a sus necesidades de manipulaciones de alivio sobre su cuerpo real: mirarlo, tocarlo, acariciarlo, limpiarlo es decirle: “te quiero, me importas, tú vales, mereces, eres objeto de mi amor” en el lenguaje del cuerpo; dejar de hacerlo es dar el mensaje contrario. El logro psicológico que permite un buen Handling es la vivencia de personalización, de habitarse a sí mismo…”  (Stutman, 2011).

Por lo tanto, qué importante es que el bebé experimente que los ojos de la madre lo aman profundamente y que alguien está ahí viendo su mente y sintiendo que le sienten. Winnicott no podía aventurar la trascendencia de sus observaciones y sus implicaciones para el desarrollo neurobiológico. Esto nos lo ha aportado Schore (2011) tiempo después, pues es en el cerebro derecho donde quedan disociados los terribles y aniquiladores afectos desreguladores que el bebé debe de experimentar cuando llora y nadie acude; cuando busca conexión y contacto a través del cuerpo y no hay nadie allí; cuando sólo ve durante horas y horas el techo de un orfanato; cuando tiene hambre y un gran dolor interno se le forma en todo su cuerpecito… 

Foto: Pinterest



Si entendemos todo esto, podremos entender también que nuestros niños y niñas, para poder sanar de todas estas heridas traumáticas, necesitarán sentir que estamos a su lado, acompañándolos, empáticamente. El afecto del profesional será fundamental en esta labor. Se re-experimentarán estos agujeros emocionales de vacío y soledad, pero esta vez debe ser diferente: el profesional está ahí y con su conexión y empatía le ayudará a sentirse presente y sostenido. Que "la sombra del tsunami" del trauma no le devore (Bromberg, 2011). Las técnicas y las interpretaciones quedarán en un segundo plano. Se le da demasiada primacía a lo técnico y poco a lo relacional en la formación de los profesionales. Schore (2022) habla en su libro del papel del afecto en psicoterapia como un ingrediente fundamental.

Hay otra función importante en la madre que Wnnicott investigó: el Holding, que sería algo así como el andamiaje. "Es la capacidad de sostener emocionalmente al niño, en todo momento y en todos los estados por los que pueda atravesar su afectividad y su impulsividad. Naturalmente habrá emociones placidas y otras altamente displacenteras y ahí requerirá que la madre le preste su capacidad de contención y sostén para que él logre sobrevivir a la intensidad de lo vivenciado". (Stutman, 2011)

"Si bien Bion y Winnicott, no se influyeron, ni siquiera contactaron mientras desarrollaban sus teorías, tienen mucho en común en este punto, ya que Bion propone el concepto de Reverie de la madre, como la capacidad de contención emocional. El diría que se espera que la madre en primera instancia y también el padre sean capaces de recibir las angustias, molestias y llantos del niño y transformarlos, devolviéndolos descargados de angustia, de una forma más apropiada en que sí puedan ser toleradas y recibidas por el niño". (Stutman, 2011)

Muchas personas tampoco pudieron vivir esta función de Reverie. Por ejemplo, algunos pacientes adoptados que trato fueron trasladados a un orfanato nada más nacer. No tuvieron figura de apego, los padres adoptivos recuerdan que se agarraban a un biberón y no lo soltaban durante horas. Sufrieron abandono emocional grave y desnutrición. Tras un periodo de complacencia, en la adolescencia, la desregulación emocional y los sentimientos de vacío y soledad son insoportables. La ira les produce un secuestro destructor y la angustia vital es para ellos una experiencia devastadora. No tuvieron la función de Holding, sostén, andamio, contención... Tan importante para la regulación y el desarrollo de un modelo interno de trabajo seguro. 

“Cuando la madre no cumple su función de sostén del yo, lo que surge es esta angustia impensable, portadora entonces de una amenaza de anonadamiento cuyas principales variantes se exponen a continuación: 1) Fragmentarse 2) Vivir una impresión de caída sin fin 3) Sentirse elevado a cumbres infinitas 4) Carecer de relación con el propio cuerpo y, por último, de orientación espacio temporal” (Nasio, 1996).

¿No podemos reconocer aquí a muchas personas que han sufrido abandono temprano?


"No tengo ganas de nada

Llevo horas paralizado

Nada me motiva, ni el deporte, ni el colegio, ni los amigos, ni la comida…

No disfruto con nada ni con nadie

Sólo puedo estar en la cama y que pase el día".



Esta expresiones tan tristes y duras de un adolescente que vive en un centro de acogida, que tiene doce años y sabe que (sin tener ninguna noticia de sus padres biológicos, con los que no se relaciona desde hace dos años), sin la perspectiva de ninguna familia acogedora (sabe que las familias no quieren niños mayores) su vida y necesidades dependen de los educadores del centro de acogida, que se vuelcan con él. Este niño sabe que a los dieciocho años le espera… la incertidumbre. ¿Con quién vivirá? ¿Qué será de él? Todo esto influye mucho, pero es que, además, este chico, durante los tres primeros años de vida, convivió con una madre que, por sus propios traumas y depresiones, consumía sustancias de manera muy frecuente. Eso generaba que este bebé fuera funcionalmente cuidado, pero la parte del "amor tranquilo" en el sentido de Schore (2022), no la vivió suficientemente. Y tampoco vivió lo que este autor denomina "el amor excitado", todo lo que es juego, risas, conexión… Por eso, este chico muestra esa falta de creatividad y deseo, porque no lo ha tenido, careció de ello en una etapa sensible para su neurodesarrollo; y ahora se observa en su no tener ganas de nada… Cualquiera le tomaría por un indolente, ¡qué injusto para él!. 

Foto: https://xn--elenapieiro-7db.com/neurociencia-y-terapias-basadas-en-juego/



Así pues, Schore (2022) refiere que el amor tiene tres etapas:

1ª etapa: Primeros meses después del nacimiento. 

Domina el amor tranquilo de una madre

Madre y bebé se conectan a nivel subcortical de la amígdala: se corresponde con el inconsciente profundo de Freud y el nivel más básico de seguridad y confianza.

2ª etapa: El amor mutuo materno-infantil.

Dos o tres meses. Entra en funcionamiento el sistema de apego de todos los mamíferos. Madre e hijo conectados a nivel de la corteza cingulada anterior (media en el apego y en la ansiedad de separación) Stern le llamó el SELF CENTRAL.

Se da también un amor más excitado y comienza el juego (del que hablaremos luego) Grandes habilidades en el bebé para coreografiar juegos e interacciones espontáneas.

Participan en interacciones por turnos (8 semanas)

Son importantes los movimientos del cuerpo y cabeza como las vocalizaciones, en la interacción con la madre.

3ª etapa: Protagonismo de la corteza orbitofrontal

Desde los 10-12 hasta los 18 meses

Las conductas y emociones afiliativas amorosas dejan huellas duraderas en la corteza orbitofrontal y en sus conexiones de dopamina tegmental ventral y en los centros de recompensa del cerebro, así como en la sustancia gris periacueductal implicada en el dolor emocional de la separación.

“Esto dividirá el mundo de los bebés en dos categorías: 1.- Los bebés que no han sido significativamente dejados caer en la infancia y cuya creencia en la confiabilidad los lleva hacia la adquisición de una confiabilidad personal… Estos bebés tienen continuidad existencial, conservan la capacidad para avanzar y retroceder y llegan a ser capaces de afrontar todos los riesgos porque están bien asegurados. 2.- Los bebés que han sido significativamente dejados caen dentro de una pauta de fallas ambientales; llevan consigo la experiencia de una angustia impensable o arcaica. Saben lo que es estar en un estado de confusión aguda o conocen la agonía de la desintegración. Saben qué significa que se los deje caer, qué significa la caída perpetua o escindirse en la desunión psicosomática". (Winnicott, 1991).

Perderse todo esto tiene consecuencias graves en el desarrollo que van más allá de las lecturas que habitualmente se hacen de las conductas que estos chicos y chicas nos muestran, que en realidad son la expresión de que algo grave ocurrió en sus vidas. Seamos justos con ellos y ellas. El profesional es convocado por el niño para que este sea claramente testigo de la injusticia sufrida, y aquel debe de validarla. 

El cambio de mirada, la evaluación comprensiva y el papel reparador de todos los que estamos trabajando con ellos y ellas, el valor de las relaciones amorosas y seguras, fuente de sanación, no puede ser sustituido por nada. Esto lleva mucho tiempo y se requiere que las experiencias reparadoras sean repetitivas. Así lo creemos, y para ello trabajamos día a día, los profesionales formados en el modelo de la traumaterapia infanto-juvenil sistémica. Y muchos otros y otras, "manada de mujeres y hombres buenas y buenos", como dice el gran (y maestro) Jorge Barudy. 


REFERENCIAS

Bromberg, P. (2011). La sombra del tsunami y el desarrollo de la mente relacional. Madrid: Ágora relacional.

Nasio, J. D. (1996). Grandes psicoanalistas. Gedisa.

Schore, A. (2011). Prólogo. En La sombra del tsunami y el desarrollo de la mente relacional. (pp 18-55). Madrid: Ágora relacional. 

Schore, A. (2022). Psicoterapia con el hemisferio derecho. Barcelona: Eleftheria.

Stutman Zapata, Analia (22/07/2011). Algunos aportes de Winnicott para la reflexión en torno al rol de la madre. Centro psicoanalítico de Madrid. https://www.centropsicoanaliticomadrid.com/publicaciones/revista/numero-5/algunos-aportes-de-winnicott-para-la-reflexion-en-torno-al-rol-de-la-madre/

Winnicott, D. W. (1991). La experiencia de mutualidad entre la madre y el bebé (1969). En Exploraciones psicoanalíticas I (pp. 299-311).

lunes, 13 de noviembre de 2023

El apego en los niños que conviven en un hogar de acogida

El apego en los niños que conviven en un hogar de acogida

José Luis Gonzalo Marrodán


"También creo que debemos aceptar que los centros no van a desaparecer y que, por tanto, hay que convertirlos en hogar, mejorando las condiciones laborales de los profesionales y la formación y la experiencia que tienen. Además, se habla siempre fatal de los centros. Y yo me pregunto: ´¿cómo nos sentiríamos si escuchásemos constantemente a adultos hablar tan mal de nuestro hogar?´ Adultos que en principio les quieren proteger pero que siempre contamos cosas horribles de los centros de menores, proponiendo exclusivamente el acogimiento familiar como alternativa, cuando sabemos que esto no siempre es posible y que a muchos adolescentes no les acogerán..." (Víctor Nieto, trabajador social, publicado en redes sociales, difundido por Vandita García Garrido, trabajadora social y experta en trauma)

¿Como es el apego en los niños que residen en centros de menores? 


La mayoría de los niños y adolescentes que residen en los centros de acogida presentan un vínculo de apego alterado. Muchos han sufrido maltrato en sus diferentes formas, y presentan en un porcentaje elevado apego desorganizado. 

Las cifras de apego desorganizado varía en las muestras de niños maltratados entre un 45% (Lyons-Ruth, Connell y Zoll) y un 80% (Carlson, Ciccheti, Barnett y Braunwald, 1989). La investigación a nivel de grupo ha establecido el apego infantil desorganizado como un predictor leve-moderado del desarrollo de problemas sociales y de conducta (Granqvist, 2017)

El apego infantil desorganizado es más común entre los niños maltratados, pero no necesariamente indica maltrato. Estas otras vías hacia el apego desorganizado pueden deberse a traumas o pérdidas no resueltas en los padres (Granqvist, 2017) Tales experiencias pueden llevar a un padre a comportarse de manera sutilmente atemorizante o atemorizada, o a mostrar conductas disociativas hacia sus hijos (Jimeno, 2017)

Recientemente, Serván (2023) le da una vuelta al concepto de apego desorganizado indicando que en sus orígenes no estaba previsto como una categoría, sino como un eje dimensional. 

Portada del libro de Nacho Serván


“He elegido intencionadamente hablar de desorganización del apego. Este término es dinámico, alude a un proceso, o más bien a la disrupción de un proceso, y esto es mucho más fiel a la realidad de lo que sucede en la desorganización”. (Serván, 2023). 

“La desorganización es la pérdida de la coordinación de los sistemas orientados a la consecución de metas relacionadas con nuestra protección frente al peligro, de modo que el sistema de apego pierde su capacidad funcional, o al menos está a punto de hacerlo. En la primera infancia esto tiene que ver con la búsqueda de seguridad en un cuidador disponible, luego, a lo largo del desarrollo a se pueden añadir las dificultades en la capacidad individual de procesar la experiencia”.  (Serván, 2023).

Sea como fuere, los niños que conviven en un centro de acogida han pasado en mayor o menor medida por experiencias de malos tratos (violencia, negligencia, abandono, abuso…) y como dice Arturo Ezquerro, las primeras vivencias de apego que experimentaron no les han permitido vivir un apego saludable.

La medida que se adopta para protegerles, una vez valorado que no existen posibilidades de rehabilitación de las competencias parentales (Barudy y Dantagnan, 2010), ni tampoco es posible un acogimiento familiar, es el ingreso en un centro de acogida. Un HOGAR. Yo he pensado mucho sobre esta palabra: la idea es proporcionarles una experiencia lo más cercana posible al calor (físico y emocional) que brinda una casa. HOGAR (RAE): Familia, grupo de personas emparentadas que viven juntas. ¿Logramos que sea así o el acogimiento residencial es valorado como una experiencia a evitar totalmente en la vida de todo niño que haya sufrido malos tratos?

¿Logran los centros de menores autodenominados
muchas veces como hogares transmitir el calor de un hogar?


Hay diferentes tipos de centros para personas menores de edad. Yo me voy a referir a un centro (no especializado) para niños entre los 5 y los 12 años, es el tipo de centro que mejor conozco.

En los centros de acogida residen menores de edad cuyas situaciones familiares son muy heterogéneas:

- Niños cuyas familias mantienen contacto regular con ellos y los educadores. No tienen conciencia de haber maltratado a sus hijos y no están de acuerdo con la medida.

- Niños cuyas familias mantienen contacto regular con ellos y los educadores. Tienen una conciencia, aunque sea parcial, de haber maltratado a sus hijos y están de acuerdo con la medida (algunas familias no la quieren, pero la toleran y otras, escasas, la quieren y toleran) El grado de colaboración y participación de estas familias es más positivo y constructivo para los niños. 

- Niños cuyas familias están en otras comunidades o países y no tienen vínculos familiares disponibles.

- Niños cuyas familias, por diversos motivos, no tienen relación con sus hijos en el centro de acogida. No tienen ningún vínculo familiar disponible. Sólo cuentan con los educadores. 

¿Debe fomentarse el apego entre educadores y los niños? 

Aunque los niños que residen en los centros han sido víctimas de malos tratos por parte de sus padres y/u otros miembros de su familia, que afecta a la calidad del apego, aquellos tienen, obviamente, un vínculo de apego con los padres (u otros) con quienes se criaron y con quienes se siguen relacionando. Es importante saber y ser conscientes de que, a veces, se confunde intensidad del vínculo (y en contextos de amenaza como lo es la retirada de tutela, la cohesión intensifica ese vínculo aún más) con calidad del vínculo. No es lo mismo. Los niños cuyos apegos se han desorganizado como consecuencia del maltrato tienen vínculos muchas veces muy intensos, pero la naturaleza de estos está perturbada.

Por eso, las separaciones [son terapéuticas (Barudy y Dantagnan, 2005), porque hay que proteger] pueden conllevar otro tipo de trauma: separación y/o pérdida. Cosas que, no debiendo de suceder en la infancia, suceden (Winnicott, 1999)

Bowlby (1983) ya habló sobre esto. En El apego y la pérdida lo explicó muy bien, y demostró como podía ser un factor de riesgo para desarrollar psicopatología en la vida adulta. Por eso, estas separaciones terapéuticas han de cuidarse: sensibilidad, honestidad y empatía. Porque desestructuran mucho a los niños (temor a la pérdida de las figuras de apego, de los amigos, del barrio, del colegio… de lo que da seguridad, pertenencia e identidad a un niño), aunque por otro lado -no lo olvidemos- les proporciona la protección a la que tienen derecho. 

Al principio es normal que los niños entren al centro de acogida “defendidos” (miedo): inhibidos, agresivos, autosuficientes o demandantes… Inicialmente, potenciar un vínculo de apego con los educadores (sentido de lazo afectivo) quizá no es lo más adecuado. Al comienzo, es mejor apelar al sistema de colaboración y cooperación de las personas (Liotti y otros, 2008), hasta que se vayan familiarizando con el centro, los compañeros, los educadores… Necesitan confianza y poder predecir (tener control sobre sus vidas). El objetivo inicial será proporcionarles una ESTRUCTURA amable, contenedora y respetuosa, que permita a los niños sentir que ellos importan (VALOR) genuinamente a los educadores y satisfacer sus necesidades del mejor modo posible. (López, 1985).

A la larga -¡ojalá!- pueden establecerse y crearse lazos de afecto (vínculo) especiales entre los niños y los educadores. Sería una unión resiliente, tutores de apego (Jimeno, 2017), figuras adultas “sabias y fuertes” que puedan ofrecer un "vínculo y un sentido" al niño, las dos palabras que definen a la resiliencia. (Cyrulnik, 2003)

Algunos niños no tienen disponibilidad de figuras de apego, se les busca fuera del centro… ¿pero por qué no en el centro, con sus educadores?

Los educadores han de convertirse en tutores de apego
que ofrezcan a los niños que residen en los centros de acogida
un vínculo y un sentido.
Foto: https://www.escuelainfantilgranvia.com/vinculo-de-apego/


Apego entre niños y educadores

Los educadores deben estar dispuestos a que se cree este vínculo afectivo. Con todos los educadores los niños satisfacen el instinto de apego (porque sin ellos no sobrevivirían y están ahí para satisfacer sus necesidades, no hay otra) Pero con otros, entre niño y educador y a la inversa, se creará un lazo afectivo estrecho (eso es también apego) que hace que surja una transformación tremendamente reparadora, que se mantiene en el tiempo, más allá de la relación profesional. Es cierto que esto puede generar rechazo en las personas menores de edad por lealtades invisibles a la familia: unas partes de la persona del niño pueden desear apegarse al educador, pero otras rechazarlo por sentir que deben ser leales a las figuras de apego primarias. Por eso hay que hacerlo siendo conscientes de ello y con total respeto por el niño. Es importante saber que si este presenta desorganización en su apego primario, la activación del modelo operativo interno de la persona menor de edad puede activar el sistema de defensa. Entonces, si se estrecha el vínculo, es decir, se ofrece una cercanía e intimidad emocional en la relación demasiado pronto, el niño puede reaccionar de manera agresiva o distante, por fobia al apego o a la pérdida del apego (Van der Hart y otros, 2008), especialmente en chicos que han pasado por experiencias previas de vínculos rotos o dañados por el maltrato y la negligencia. Sabiendo esto, es necesario que el educador vaya aprendiendo a acercarse y estrechar lazos afectivos con el chico o chica despacio, y reparando la relación, cuando sea necesario.

Incluso con niños que no entren en rivalidad con sus padres o familia, nadie estrechamos lazos pronto, nos damos un tiempo para establecer interacciones comunicativas sintonizadas y empáticas, e ir conociéndonos. Eso va entretejiendo el vínculo. Y antes de que emerja el vínculo afectivo entre ambos, el niño debe de sentirse seguro, respetado y protegido por el educador, y desarrollar una sensación de contención (Muller, 2020).          

Lo cierto es que hay experiencias de este tipo (creación de vínculos resilientes) entre niños y educadores (y entre psicoterapeutas y pacientes) muy bellas.

Muchos educadores dicen que desde la frialdad, la distancia y la "profesionalidad", con estos niños no se consigue nada. Así me lo han comunicado los educadores de los hogares que superviso. 

Los niños víctimas de malos tratos no confían ni se sienten seguros con los adultos, hace falta pasar por sus pruebas: “¿Es realmente congruente este adulto entre lo que dice y hace?” “¿Puedo confiar en él?” Necesitan altas dosis, y durante mucho tiempo, de receptividad empática, sensibilidad, paciencia y, sobre todo, no caer en la trampa de la dinámica maltratante en la que ellos estuvieron atrapados, que les impele inconscientemente a plantear batallas y luchas de poder, para forzar al educador a la distancia afectiva. 

La relación con el niño hay que preservarla, por encima de todo. No perder de vista la aceptación incondicional, con independencia de su conducta, rasgos, creencias… Esto es lo que genera que se dé un vínculo resiliente a largo plazo. Esto es lo complicado, porque ellos rechazan -y a veces atacan duramente- a quienes quieren ayudarles y no digamos a quienes quieren vincular afectivamente. Este es el gran desafío, llegar a contribuir con nuestra relación sana a la reparación del vínculo de estos niños. 

Los niños necesitan figuras de apego subsidiarias porque necesitan tener experiencias de vinculación sanas. Los centros de menores deben de mejorar en cuanto a condiciones laborales y ofrecer una ratio educador/niño que permita que los profesionales y los niños dispongan de tiempo para ir conociéndose y creando lazos afectivos. Sin amor no se puede crecer (Schore, 2022)


¿Cómo sabemos que se ha creado un vínculo afectivo? 


El vínculo es persistente, no transitorio.

Involucra una persona específica, no es reemplazable con nadie más. 

La persona desea mantener proximidad o contacto con la persona.

La persona se siente afligida, angustiada por la separación involuntaria de la otra persona.

La persona busca seguridad y confort en la relación con la persona.


¿Cómo debemos organizar un centro de menores en todos sus aspectos para que se convierta en una experiencia óptima de apego grupal? 

Arturo Ezquerro nos habla del poder del apego grupal, un campo que él ha estudiado y en el que es un experto.


-Las personas necesitan permanecer emocionalmente cercanas a los grupos sociales.

-El apego grupal y la identificación grupal son fenómenos distintos, aunque están interrelacionados.

-El apego de persona a grupo incluye algunas de las funciones que regulan el apego de persona a persona, por ejemplo, ambos tipos de vínculos incluyen la búsqueda de apoyo y de protección, así como el desarrollo de una capacidad d respuesta mutua y de cierto grado de intimidad emocional, que son procesos relacionales clave.

-Para comprender la naturaleza del apego grupal, es esencial identificar con qué se vinculan exactamente las personas cuando se relacionan, no sólo con los miembros o líderes del grupo sino, también, con el grupo en su conjunto como-un-todo

Hay muchos factores que impiden que un niño desarrolle apego grupal a un centro:

Como dice Jimeno (2017): "La institucionalización de los menores en hogares tutelados como medida de protección, dentro del acogimiento residencial, puede provocar una carencia afectiva, debido a una estimulación insuficiente o inadecuada, que puede afectar al menor y a su futuro desarrollo afectivo, social y cognitivo. Sin duda factores de riesgo en el establecimiento de vínculos afectivos dentro de los hogares tutelados son: los educadores múltiples fluctuantes, los cambios constantes de educadores dentro de los hogares tutelados debido a contratos precarios o el contratar personas que no estén formadas como educadores sociales para ejercer dicho trabajo. Es necesario y fundamental […] reivindicar la figura del educador social como tutor de apego".

Cuando hay estabilidad laboral y buenas condiciones que dignifiquen la profesión, los educadores permanecen en sus puestos y las experiencias de vínculo de apego reparado en los niños son bellas.  El niño tiene en su HOGAR a sus compañeros, su habitación, su educador de referencia, sus educadores, sus pertenencias, sus afectos positivos y negativos se transfieren allí. 

Además de los aspectos organizativos y logísticos, los niños necesitan experimentar que allí se les espera, que los educadores se preocupan por ellos, que desean comunicarse con ellos, apoyarles y ayudarles, que los niños son importantes para ellos, que se les echa de menos, que esa es su casa y allí están todos esperándoles con alegría y deseos de verle. Esto es incompatible con que las administraciones públicas hayan decidido que por la noche los niños sólo cuenten con un profesional (integrador social) para un piso entero (de unos 8-10 niños) Desde aquí hacemos un llamamiento para que esto cambie y esgrimimos los argumentos de la teoría del apego y de la reparación terapéutica necesaria, a la que estos niños tienen derecho.

Portada del libro de Arturo Ezquerro donde
habla del poder del apego grupal
Foto: Sentir Editorial


¿Cómo mejorar la calidad del apego entre padres/hijos en un centro de acogida?

Es necesario distinguir entre familias con incompetencias parentales severas y crónicas (con las que, probablemente, el trabajo será para mejorar la relación m/padres-niños/as, pero siempre protegidos en el centro de acogida, sin expectativa de retorno) y familias con incompetencias mínimas o parciales (Barudy y Dantagnan, 2010)

Lo ideal sería que existiese personal especializado y liberado para este cometido, porque el trabajo con los m/padres, incluso aunque las personas menores de edad no vayan a retornar a convivir con sus familias en sus hogares de origen, es clave para intentar que no se produzca una fractura entre el centro y la familia, es decir, vida residencial, por un lado, familia por otro. 

Todo lo que se haga para que las relaciones entre los m/padres y los niños, niñas y adolescentes mejoren y los primeros participen y se involucren en la vida de sus hijos/as (sabiendo lo que cada familia puede aportar de acuerdo con su competencia), es fundamental. También no es menos cierto que hay que tener siempre in mente la idea de la protección del niño, por encima de todo, a pesar de que sean sus padres. No deben esgrimirse argumentos biológicistas ni de intensidad del vínculo para justificar relaciones entre hijos y padres donde los primeros sufren las prácticas maltratantes de los segundos. 

Si el acogimiento residencial logra ser familiarizante (Barudy y Dantagnan, 2005) y la persona de edad y sus p/madres sienten que los educadores y la casa son como una tribu que apoya y ayuda en lo que aquellos no pueden, por su carencias en los niveles competenciales como m/padres, habremos hecho mucho para reparar también.

Partimos de algo muy importante: para que los educadores que trabajan educativamente con los m/padres puedan hacerlo, han de ver a estos como los niños/as maltratados, abusados y negligidos que ellos mismos fueron. Toda persona tiene un niño/a interno, que en este caso está herido/a. No recibieron, como dice Jorge Barudy, en su infancia, la protección a la que tenían derecho, y su niño o niña interior no ha sanado. Por lo tanto, ellos y ellas necesitan la reparación también. Verlos como m/padres que son personas, que sufren y que pueden mostrar su sufrimiento a partir de síntomas y conductas determinadas con sus hijos/as, que tienen prácticas maltratantes (pero no son maltratadores), ayuda a poder EMPATIZAR con ellos. Para estrechar lazos afectivos con los niños, también hay que tratar de hacerlo con los padres, o al menos tener una buena relación de colaboración. Y no siempre estos nos lo van a poner fácil.

Sus conductas son como el iceberg que esconde en el fondo un gran dolor, una infancia desgraciada y una evolución hacia la transmisión intergeneracional del trauma en sus hijos/as. Son familias que están "organizadas por traumas", usando expresión de Jorge Barudy.

Por eso, la recepción en el centro a los p/madres debe ser siempre cordial y amable. Han de sentirse bienvenidos/as. Muchos necesitan un tiempo para hablar de ellos. Mostrar conexión emocional e interés genuino en sus vidas, les ayudará a que perciban que a los educadores les interese lo que les ocurre. Los p/madres también importan a los educadores. Dicho esto, aunque la conexión emocional y la empatía son importantes, en la experiencia de los educadores que trabajan con m/padres también señalan que lo es el MARCO ESTRUCTURAL Y LOS LÍMITES. Como algunos de sus hijos/as, no los tienen interiorizados. 

Un límite no es decir un “no puedes hacer eso”, sino presentarlo como un entorno de cuidados que nos permite relacionarnos y convivir en el mutuo respeto. Por eso, es el educador quien afirma: “Es mi responsabilidad” 

Los tiempos de relación han de estar centrados en el niño y en su necesidad y los educadores con respeto, mediante el juego y las conversaciones, van aproximando y vinculando de una manera más sana y segura a los niños con sus padres, siempre con el educador como esa figura sabia y fuerte que regula a todos, padres e hijos. 

¿Es posible hablar de apego entre compañeros de centro de acogida? ¿Y entre hermanos que conviven en el mismo centro?

Con los hermanos, siempre se busca que cuando los niños ingresan en un centro estos puedan hacerlo juntos. A veces debido a que algunos centros están organizados por edades, no es posible. En ese caso tienen relación y contactos lo más frecuentes posibles. 

Hay grupos de hermanos que pueden ser una importante fuente de apoyo, colaboración y seguridad. No son figuras de apego sensu strictu, pero sí pueden ser un vínculo afectivo muy importante y gratificante. Sobre todo, cuando la expectativa es un acogimiento residencial permanente. En algunos casos han resultado ser fundamentales, pues amenazada la seguridad por la ausencia de los propios padres, los hermanos pueden ser una fuente compensatoria. 

Pero no es menos cierto que algunos niños provienen de estructuras familiares tan supervivenciales y "organizadas por traumas" que funcionan con sistemas de acción de orden inferior (Van der Hart y otros, 2008): pelear, agredirse, odiarse, rechazarse, celos… Puede ser una relación destructiva reflejo de la gravedad de sus disfuncionales sistemas familiares. Cuando esto es así, primero es importante que puedan aprender de los adultos y de otros niños con los que no hay una relación tan enconada patrones de vinculación sanos, para poder después convivir progresivamente. 

Como dice Arturo Ezquerro (2023), el grupo que los iguales proporciona puede convertirse en una experiencia de apego grupal, sobre todo cuando la supervivencia es necesaria. Él nos habla de un extraordinario caso de apego grupal.

El vínculo entre iguales no es el mismo que entre los adultos/niños (este es jerárquicamente más vertical), está orientado a la obtención de seguridad. Entre los niños es más horizontal (aunque también hay roles y funciones), pero pueden ser fuente de apoyo y afecto. El niño que vive en el centro cuando se representa este, incluye a los compañeros. 

Los compañeros de centro de acogida, si el menor de edad está abierto a ello, son también fuente de apoyo, consuelo, diversión, modelo… también de rivalidad por las figuras de referencia que son los compañeros. Es posible que puedan dañarse entre ellos al no haber tenido referentes sanos. Por eso se convierte en una oportunidad única para trabajar estos aspectos.
 
Cuando un niño se va del centro a una nueva ubicación, hay duelo; y se abren los propios duelos.

Grandes amistades han surgido entre compañeros de centro. 

Foto: psicoactiva.com


¿Cuáles otras figuras de apego pueden ser relevantes para los niños/as? 

Si son dos las palabras que posibilitan la resiliencia ("vínculo y sentido"), según Cyrulnik (2003), es sensato pensar que proporcionar a los niños figuras adultas, que permanezcan en sus vidas, maduras, estables emocionalmente, capaces de ofrecer un apego saludable al niño, puede favorecerla. Son los llamados tutores de resiliencia (Puig y Rubio, 2015), personas elegidas por el niño que se convierten en un modelo de identidad y en el viraje de su existencia. Es un proceso del que no se es consciente, son los llamados tutores de resiliencia IMPLÍCITOS. El significado que se le da a esa relación es lo más importante. 

Otros pueden constituirse en tutores de resiliencia EXPLÍCITOS: los profesionales, por ejemplo.
La aceptación incondicional es lo que a la larga favorece un proceso resiliente, que los esfuerzos y valoración personal de los chicos y chicas se vean reconocidos. Si no ofrecemos vínculos, los chicos los buscarán en otras personas, grupos… y no siempre serán sanos, a veces serán destructivos. 

¿No hay futuro a la larga si un niño se desarrolla en un centro de acogida o es posible la resiliencia secundaria? 

“La adversidad relacionada con el maltrato infantil es un importante y evitable factor de riesgo para la enfermedad mental y el abuso de sustancias. Aunque la asociación entre maltrato y psicopatología es convincente, hay una apremiante necesidad en conocer cómo el maltrato aumenta el riesgo de trastornos psiquiátricos. La evidencia disponible sugiere que el maltrato altera las trayectorias del desarrollo cerebral para afectar a los sistemas sensoriales, la arquitectura de redes de trabajo y circuitos implicados en la detección de la amenaza, la regulación emocional y la anticipación de la recompensa” (Martin Teicher, 2016)

El maltrato y las experiencias adversas que pueden sufrir los niños pueden afectar a su salud mental. Es importantísimo que el maltrato no se vea como un problema social. ES DE SALUD MENTAL=BIO-PSICO-SOCIAL. Atender a los niños y ofrecerles todos los tratamientos y experiencias psicosociales reparadoras es un DERECHO que ellos y ellas tienen.

Si les ofrecemos experiencias de relaciones reparadoras, es posible que hagan un proceso de reconstrucción resiliente. No exento de dolor y de cicatrices que pueden reabrirse, pero la mejor de las terapias son otros seres humanos solidarios estables y afectivos en sus vidas. Hemos visto muchos casos así. No están abocados a una vida adulta desgraciada ni a la patología ni a la inadaptación social, ni mucho menos.

De izquierda a derecha: Jorge Barudy, Maryorie Dantagnan y Boris Cyrulnik
en una jornada formativa en San Sebastián
Foto: Centro EXIL de Barcelona.

¿Qué tipo de psicoterapia? 

La que ofrece un vínculo (por que es necesario que la figura del psicoterapeuta, fuerte y sabia como afirmaba Bowlby, se convierta en una persona y en una experiencia relacional que pueda conducir el apego del niño hacia la seguridad) y también un sentido a las experiencias traumáticas. Porque con el profesional se puede, a su debido momento, desarrollar una narrativa elaboradora de lo que me ha sucedido: del maltrato, de la negligencia, del abandono. El cambio de mirada es fundamental. 

Los modelos terapéuticos deben de estar informados por la teoría del apego. 

Profesionales formados, psicólogos o psiquiatras, en psicoterapias especializadas y con experiencia en el ámbito. 

Profesionales que tengan su historia de vida revisada (psicoterapia personal).

Profesionales supervisados.

Los modelos interpretativos se están complementando (porque se está comprobando su trascendencia) con modelos relacionales. La cura por la palabra no basta, sino que debe ser la cura también mediante una comunicación neuroafectiva. Todo lo que acceda al hemisferio derecho, sede del inconsciente, es fundamental.

Los modelos de psicoterapia deben de ser adaptados al sufrimiento infantil y han de utilizar una sala y unos materiales y técnicas adecuados para los niños, donde el juego y el cajón de arena han demostrado ser abordajes que se adaptan al ritmo del niño y son respetuosos con él. En este sentido, la Traumaterapia infanto-juvenil sistémica de Barudy Dantagnan es el modelo por el que apostamos y que, tras más de veinte años de aplicación, ha dado resultados satisfactorios. 

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