
Hay algunos niños que responden al trauma de los malos tratos o el abuso de una manera hiperactivada y otros de una manera hipoactivada.
Elena –nombre inventado- es una niña activa, movida, inquieta. Le encanta jugar y hacer cantidad de actividades variadas. Tan pronto como oye que puede participar en una actividad de verano (como por ejemplo, pintar con sprays en la pared) se entusiasma y le pide e insiste a su madre para que le apunte. La madre, viendo que es algo que a la niña le atrae, accede. Pero Elena, pasada la segunda sesión de pintura, lo quiere dejar. Necesita continuos cambios de estimulación. Pasado un tiempo y tras la habituación, ya no persevera en la actividad y le pide a la madre que le apunte a otra cosa: hacer surf. La madre no entiende y le dice que ha de acabar lo que empieza, que así no puede ser. Pero Elena se enfada y coge una fuerte rabieta. Elena quiere hacer las cosas a su manera y hay que hacer lo que ella quiera en cada momento. Necesita tener el control. Cuando su madre le frustra porque no es posible, entonces se enfada, protesta, grita… A veces, cuando la madre le plantea un plan para el domingo, Elena se niega diciendo que no lo va a hacer. Se opone a ello. Por mucho que la madre lo intente -le razone y trate de convencerle-, ella mantiene el “no” Suelen terminar peleándose y la madre ha de obligarle por la fuerza. Con los compañeros, Elena está bien integrada aunque llama excesivamente la atención. Ella quiere destacar en todo y ser la primera y la mejor. Elena vivió en una familia durante seis años en los que era maltratada físicamente, sus necesidades emocionales no fueron satisfechas y tuvo que sufrir la violencia entre sus padres. La abuela se solía ocupar de ella pero -como ya era muy movida como respuesta al trauma-, aquélla solía castigarla físicamente. Después, pasó a un centro de acogida en el que estuvo un año. Fue adoptada por su madre, posteriormente.
Elena es una niña que -probablemente- recibiría el diagnóstico de hiperactividad y trastorno de conducta oposicionista. Si no se tiene en cuenta o no se hace una lectura de sus problemas emocionales y del comportamiento desde la óptica del apego y, en este caso, del trauma, estamos obviando cómo las experiencias tempranas influyeron en la constitución y funcionamiento de su cerebro para formar su mente y, en suma, su ser. Como dice Siegel, el triángulo es: experiencias (relaciones)+mente+cerebro . Nos quedaríamos –sin negar que pudiera recibir estos diagnósticos categoriales- sólo con la manifestación externa de sus problemas (hiperactividad) Elena es una niña que se denomina externalizadora con tendencia a responder al trauma con hiperactivación.
Marta -otro nombre inventado- es una niña callada, reservada y que no comunica sus estados emocionales. Se muestra distante y silenciosa con quien no conoce. Aunque en su casa, con su madre adoptiva, es comunicativa, juguetona y zalamera. Le encanta jugar. Aunque tiene doce años, su perfil madurativo corresponde más al de una niña de cinco. Cuando ha de estudiar y algo no entiende, o el profesor le pregunta por qué no ha traído los deberes, Marta se desconecta. Se queda callada y la mirada como perdida en el vacío, como si no estuviera más que de cuerpo y no personalmente. Esta respuesta de bloqueo -o más bien de tipo disociativo- la utiliza siempre que no sabe cómo manejar un conflicto, problema o dificultad y también cuando le piden que hable de sus estados internos o comunique verbalmente con los compañeros. Como su hemisferio derecho -responsable del sistema de apego y de relaciones- no fue estimulado debido al abandono, durante más de seis años, en un centro de acogida con cuidados de muy baja calidad y pautas de crianza maltratante, no conoce ni regula sus emociones ni las de los demás. No puede reconocerlas, ser consciente de ellas y expresarlas. Esto menoscaba su socialización, pues le genera rechazo por parte de sus compañeros al ser tildada de rara. Además, la respuesta de desconexión de sí misma es muy posible que estuviera asociada y que la usara como defensa cuando era encerrada en un cuarto oscuro como castigo si se portaba "mal" en el centro de acogida. Es una niña que encaja en la descripción internalizadora y con tendencia a responder al trauma con hipoactivación.
Ziegler (2002) refiriéndose al autor Bruce Perry llama a esto “el hiperarousal-disociativo continuum” "Realmente es mejor denominarlo como respuestas al trauma más que como tipos de niños. Porque algunos niños mostrarán ambas tendencias en diferentes momentos. Existe una línea, un continuo, en el que en un extremo situaríamos al niño que responde al trauma con hiperactivación y conductas externalizantes (agresividad, oposición…) y en el otro extremo situaríamos al niño que responde al trauma con hipoactivación y conductas internalizantes (disociación)" En nuestros casos: en un extremo Elena, en el otro Marta.
Ziegler (2002) nos dice en su magnífico libro Traumatic experience and the brain: "El niño hiperactivado se mueve de la vigilancia a la resistencia, que empieza con el modo de lucha. La resistencia le mueve rápidamente a desafiar y culmina en agresión. La gente que trabaja con niños abusados aprende pronto esta progresión. En el momento que el niño siente que usted le quiere controlar, con independencia de que él esté interesado en el resultado final o no, él simplemente no querrá coincidir con nuestra agenda de trabajo. Él ha aprendido que lo mejor es resistirse o si no, será abusado". En nuestro primer caso, en el momento que Elena siente que su madre le quiere controlar obligándola a ir a un plan de domingo que teme por algún motivo inconsciente, se opone. Es una manera de protegerse o defenderse -con la respuesta que se aprendió en su momento- de la percepción que el niño tiene de que puede volver a ser dañado. “Si me resisto, no me dañarán”, es el leit motiv del niño.
"Los internalizadores caen dentro de los márgenes del continuum que linda con lo disociativo. Por muchas razones, estos niños son mucho más difíciles de tratar en la terapia. Ellos son menos expresivos; ellos han elaborado el significado de los sentimientos, memorias y experiencias de internalización. Ellos, a menudo, no conectan bien con los adultos y quizá suponen más desafío para los terapeutas. Ellos dicen lo que tú quieres oír y siempre te guardan distancia". Cuando el terapeuta pregunta a Marta por un problema que tuvo en el colegio con una compañera, se desconecta. Da igual los esfuerzos que el terapeuta haga por conseguir que la niña hable. No puede. No se debe confundir esto con actitud negativa sino con imposibilidad. Lo que primero hay que trabajar con esta niña es que se haga consciente de por qué responde así y aliarse con esta defensa, que la niña sienta que le comprendemos.
Los niños con trauma de abandono y malos tratos -durante años o en periodos sensibles del desarrollo y claves para la formación del apego y las consecuencias que éste tiene para la organización cerebral-, es necesario que acudan a tratamiento psicológico donde se aborde su historia, se trate el trauma, los problemas de apego y se oriente a los padres y al profesorado. No se debe hacer una lectura exclusivamente desde los síntomas o los síndromes (TDAH, etc.) Estos síndromes, en estos casos, son siempre la expresión de un sufrimiento y la manifestación de un trauma complejo que lleva tiempo –aunque no es imposible- tratar y mejorar. Ello no quiere decir que no se beneficien de un tratamiento farmacológico. Hay casos en los que puede ser necesario. Pero no lo único a hacer, ni mucho menos.
En este mismo blog tenéis varias entradas en la etiqueta trauma donde podéis encontrar orientaciones para trabajar con niños traumatizados. En concreto, hay unas pautas propuestas por el mismo Perry que son muy útiles.
Otras orientaciones que Ziegler (2002) nos propone son las siguientes:
Anime al niño a explorar todas las áreas de la memoria sensorial: vista, sonidos, olores, tacto y gusto. Lo que no recuerde con palabras lo podrá recordar de otros modos.
“Usa tus palabras”, es una buena intervención para los niños que van adquiriendo una mayor capacidad para expresar con palabras sus experiencias.
Enseñe al niño a comprender mejor sus estados internos corporales. La conciencia del cuerpo es uno de los pasos para conseguir autorregulación y aumentar la misma.
Explore si el niño tiene práctica básica en reflexionar sobre eventos y respuestas. Hay que moverle de un nivel de sentir las experiencias a otro que es pensarlas.
Construyan un mensaje visual de seguridad en casa. Esto puede ser un dibujo que reconforte al niño, o un ángel de la guarda escogido por el menor o un muñeco o peluche…
¿Ha descrito dónde se siente el niño seguro y no en peligro, y dónde siente que está?
Aumente el número de horas que el niño dedica al juego.
Incremente la fantasía positiva en el mundo del niño leyéndole historias.
Sea consciente del daño interno que ocurre cuando el niño interioriza su dolor.
Intente dar al niño algún poder y opciones dentro del proceso educativo. LA MANIPULACIÓN PERCIBIDA NORMALMENTE TRAERÁ UNA INMEDIATA RESISTENCIA. Así pues, por ejemplo, podemos decir: “¿Qué plan hacemos para el domingo: al cine o al centro comercial?” Dele opciones dentro de lo posible y evite la rigidez normativa y el pensar “éste a mí no me domina”, pues no es una lucha de poder o un deseo de quedar por encima ni una mala actitud del niño sino una defensa (tener el control) que le fue útil para sobrevivir, que irá disminuyendo en la medida que el niño confíe en el adulto y pueda entonces cederle el control. Los padres rígidos e inflexibles o que se ponen alterados o nerviosos ante los plantes de los niños, agravan el problema.
ZIEGLER, D. (2002) Traumatic experience and the brain. Phoenix: Arizona Acacia Publishing.