sábado, 28 de marzo de 2009

Vídeo de las Jornadas Europeas sobre Resiliencia celebradas en Barcelona

Son varias las personas que me envían información, pues asistieron, sobre cómo se desarrollaron las Jornadas Europeas sobre Resiliencia celebradas la pasada semana (19 y 20 de marzo) en Barcelona.

Según me informan varios asistentes, fue un éxito de público (lleno hasta la bandera, como se suele decir popularmente) Intervinieron, entre otros, los que podemos considerar primeros espadas en el tema de trauma y resiliencia: D. Jorge Barudy y D. Boris Cyrulnik.

También asistió -y participó en una mesa de testimonios, acompañando a su paciente- mi amiga y colega Maryorie Dantagnan. Ella me ha escrito y me traslada la grata noticia, que comparto con todos/as vosotros/as de que podemos -sobre todo para los que nos quedamos con la pena de no poder asistir- seguir en directo el desarrollo de las Jornadas en un blog titulado Trauma y resiliencia -que desde ya os recomiendo-: http://www.traumayresiliencia.blogspot.com/ También Meritxell nos ha dejado, en un comentario, la información sobre este blog. Cuando accedáis, tenéis una entrada que dice: Emisión en directo de las Jornadas Europeas sobre Trauma y Resiliencia. En el vídeo, en el cuadro, donde dice on demand, pulsáis y tenéis los diferentes vídeos, ordenados por días. Pincháis y podréis seguir las Jornadas tal y como se desarrollaron. Entre otras muchas cosas, me dice Maryorie Dantagnan, podemos asisitir a las intervenciones de Jorge Barudy y Boris Cyrulnik -esta última en francés- También podemos seguir lo que yo llamo la mesa de testimonios de víctimas de experiencias traumáticas. Allí están personas resilientes -acompañadas de su correspondiente tutor de resiliencia- que narran cómo consiguieron afrontar y elaborar sus duras historias. Es muy emotivo y diría que estimulante, pues podemos sentir modelos de personas resilientes que nos enseñan y aportan que es posible, en muchos casos, no sólo llevar una vida normal y estar suficientemente equilibrado psicológicamente, sino aprender de la experiencia traumática, crecer a partir de la misma. Todos tuvieron un tutor, una persona que fue significativa en sus vidas y de la cual pudieron extraer los recursos necesarios para luchar contra el dolor.

sábado, 21 de marzo de 2009

Nuevo taller de padres en el Colegio La Salle de Zarautz

He sido invitado, la pasada semana, por el Colegio la Salle de Zarautz, nuevamente, para impartir y compartir, con los padres y madres de la Asociación, un segundo taller. Este grupo lleva reuniéndose varios años, reflexionando acerca de sus actitudes, valores, normas y pautas psicoeducativas en la educación de sus hijos.

En esta ocasión, el tema que tratamos fue: Las dificultades de conducta en los niños.

Tras una breve disertación por mi parte sobre los siguientes puntos: qué es la conducta; los principios de la conducta; las 4 causas que provocan dificultades de conducta en los niños y procedimientos para cambiar conductas, se procedió al debate, que fue animado, muy participativo y con conclusiones tan útiles e interesantes que transcribo aquí por si os resultan de ayuda en vuestra labor como padres:

- Es necesario aportar a los niños explicaciones acerca de por qué sancionamos una conducta. No se puede castigar sin explicar, pero en un momento dado, sobre todo con niños muy pequeños, es importante hacerles sentir el límite externo: explicarles por adelantado cuál va a ser la consecuencia a su conducta negativa y aplicarla. Esto les ayudará a crecer interiorizando la norma, gracias a que la perciben, primero, desde la pauta externa de los padres.

- En la aplicación de consecuencias, el costo de respuesta fue aprobado por muchos. El costo de respuesta es retirarle a un niño algún privilegio que le resulte gratificante (por ejemplo, no ver su programa de TV favorito) como consecuencia a una conducta negativa que haya emitido. Se explicaron cuáles son los requisitos para que un castigo (costo de respuesta) resulte eficaz. Se insistió mucho en que no se puede castigar sin reforzar a un niño, esto es, hay que alabar, felicitar… cualquier comportamiento positivo que hagan. Siempre, pero en particular si están empezando a aprender a hacerlo. Seguida la alabanza a la conducta positiva que han emitido. Un niño que no es reforzado positivamente es un niño desmotivado y triste. Excesivamente criticado y devaluado, y quizá castigado. Esto tiene repercusiones importantes para su futura autoestima. Los niños necesitan sentir que hacen bien las cosas y que colman las expectativas de los adultos que los cuidan. Castigar sin reforzar positivamente es una sinrazón que no se debe hacer.

- Nadie se mostró a favor del castigo positivo, esto es, de aplicar un estímulo aversivo a una conducta negativa (un cachete, etc.)

- Fuimos varios (entre los que me incluyo) los que nos mostramos en contra del castigo en cualquiera de las dos modalidades que hemos explicado. Apostamos más por la reparación o corrección de conductas. Cuando un niño o menor realiza un comportamiento inadecuado, ha de reparar su acción pidiendo disculpas a quien ha ofendido y haciendo una conducta que, primero, corrija el daño o perturbación causada y, después, lo repare. Salió el ejemplo de un infante que roba a su profesora unas hojas; en presencia de su madre, se puso frente a ella, le pidió disculpas, le entregó un paquete nuevo de hojas y después hizo durante una semana algo positivo por ella (llevar los papeles diariamente a la fotocopiadora) Es una pauta que ayuda al menor a contactar con los sentimientos de los otros y ponerse en su lugar, al tiempo que le permite arreglar lo que hace mal.

- Una madre comentó que ella utiliza exitosamente, con sus hijos pequeños, el llevarles a un txoko o rincón de la casa aburrido, donde les sienta en una silla durante un tiempo, si emiten un comportamiento negativo: por ejemplo, entre dos hermanos, quien inicie una pelea, va al txoko durante un tiempo. Esta técnica, muy útil con niños pequeños, se llama tiempo fuera. Es necesario no hablarle al niño, ni discutir, durante el proceso (si previamente ya se le ha advertido que irá allí en el caso de persistir en su conducta inadecuada): Llevarle al tiempo fuera y dejarle en la silla más o menos un minuto por año. Para que salga del tiempo fuera ha de prometer (no se discute en el tiempo fuera, ni se le hace caso mientras esté en el tiempo fuera) que no seguirá con la conducta negativa. Si vuelve a repetirla, de nuevo al tiempo fuera. Queda claro que se aprecia al niño y se insiste en que va al tiempo fuera por la conducta negativa que ha hecho (hay que explicitarla operativamente: No es adecuado decir "porque te has portado mal", sino que hay que señalarle qué es lo que hizo o dijo. Por ejemplo, por pegar un manotazo en la cara a tu hermano. Esto siempre a la hora de hablar con los niños sobre lo que hacen bien y lo que hacen mal)

- Con niños que han vivido carencias, malos tratos, abandono... se recomendó no usar las técnicas de modificación de conducta. Se insistió más en la reparación y en diálogo para que la consecuencia enseñe. El castigo con estos niños, y el tiempo fuera, están contraindicados. Quien lo ha perdido todo en su vida, no le importa que le quiten más cosas. Quien ha sido duramente maltratado, el castigo le es familiar y gatilla su rabia. Le sale la estrategia depredadora. Con estos niños hay que llevar pautas diferenciales porque la vida no les ha tratado, desgraciadamente, de la misma manera que a niños que están con sus padres desde el principio y tienen un apego seguro. Esto hay que tenerlo muy en cuenta.

- Antes de modificar cualquier conducta: ¡preguntarse por qué el niño la realiza! Comprender sus sentimientos, pero no tolerar el comportamiento. Por ejemplo, un niño que siente celos de su hermano pequeño, puede pegarle. Decirle: "Mamá te quiere, pero no puede consentir que le pegues al hermano porque le haces daño" Hay que ser comprensivo, pero a la par limitar los comportamientos negativos. Los niños necesitan sentir que empatizamos con ellos. Y necesitan sentir que quien les pone la pauta de conducta lo hace para ayudarles a aprender. En este contexto, el niño acepta mejor la consecuencia que le pongamos.
- El diálogo y la comunicación, la aceptación de la persona del niño, en suma, buen trato, no están reñidos con las técnicas para cambiar conductas. Nos referimos siempre al comportamiento del niño. Eso es lo que hay que cambiar. El niño es bueno, sus conductas negativas son las que están mal y hay que modificar porque resultan perjudiciales para él y para los demás. Es muy importante trabajar los límites normativos, ser consistentes, constantes y firmes pero cariñosos con sus transgresiones normativas.

- Finalmente, se subrayó el papel de los padres como principales modelos de referencia a los cuales los niños imitan. Es una contradicción, y casi un imposible, pretender cambiar las conductas agresivas de un niño cuyo padre o madre se muestran agresivos. Se aprende por imitación de modelos, como ya descubrió el psicólogo Albert Bandura. En el siguiente vídeo podéis ver uno de sus experimentos donde demostró cómo se aprende la conducta agresiva. Es un clásico de la psicología de la conducta.

Por este año termino en el Colegio de la Salle de Zarautz. Muchas gracias a toda la comunidad escolar, y en especial a este grupo de padres, por invitarme a reflexionar y aprender junto con ellos.

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sábado, 7 de marzo de 2009

¿Una sociedad psicopatologizada?

¿Tendemos a psicopatologizar la vida y las personas? ¿Vemos enfermedades donde solamente existen conductas y emociones típicas y enseguida les colocamos un cartelito que reza algo anormal? ¿Sirven los trastornos para tapar nuestra responsabilidad? ¿Qué trascendencia puede tener para un niño y su futuro asignarle el nombre de un trastorno a los posibles problemas que pueda presentar? ¿Son realmente trastornos psicológicos o comportamientos aprendidos porque se mantienen gracias a ganancias secundarias? ¿Son trastornos del menor o problemas de los padres y de la sociedad que hemos organizado entre todos en la cual queremos que los niños funcionen (obedecer y sacar buenas notas y “que sea feliz”) sin apenas hacerles caso y dedicarles tiempo para que reciban educación en toda la extensión de la palabra, y, cuando muestran conductas negativas como forma de protesta les llevamos a un profesional para que nos diga que es cuestión de un trastorno y no de nosotros?

El debate está servido. Desde luego que yo abogo cada vez más por hacer un diagnóstico que sea fiel referencia a lo que la palabra significa etimológicamente: “conocimiento a través de”. A través del sujeto que guarda y siente internamente lo que hemos de conocer, y conocimiento de su ser, que no puede ni debe constreñirse a una categoría diagnóstica, sino comprender el funcionamiento de su persona en su contexto teniendo en cuenta su historia. Y también apuesto -cuando es así, claro, porque los trastornos existen muchas veces, lo que pasa es que quizá haya que explicarlos sin reducirlos a un nombrecito cerrado de una categoría muy general- por dar normalidad a muchos comportamientos de las personas cuando así lo son. Porque muchas veces lo que experimentamos son emociones o ajustes del organismo ante la vida (pasar un duelo cuando se nos muere un ser querido o estar fastidiados cuando hay que volver al trabajo, por poner un par de ejemplos) Pérez-Reverte, el escritor, ironizaba sobre esto cuando escribía un artículo en el que contaba cómo con su seguro por fallecimiento de un familiar le ofrecían psicólogo. Como si todo el mundo lo fuera a necesitar sistemáticamente cuando se nos muere un ser querido...

El vídeo que os pongo de los muchachos del programa Vaya semanita, de la ETB, hace chufla –quizá de una manera demasiado ácida y sardónica, quizá también exagerada y alejada de la realidad- sobre esta tendencia a psicopatologizar la vida a la cual tienden la psicología y la psiquiatria actuales. De todos modos, si no caricaturizaran sobre el rol de los psicólogos, no reflexionaríamos -ni nos chocaría tanto- sobre el particular. Y, además, creo que es bueno reirse. ¡Ah, eso sí: no cobramos tan caro ni de lejos!

¿Cuál es vuestra opinión sobre este tema?

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martes, 3 de marzo de 2009

Los problemas de atención en el niño (II y final)

Una vez caracterizados los problemas de atención en los niños, nos dedicamos en esta entrada a hablar sobre las posibilidades de tratamiento.

En primer lugar, cuando los problemas son marcados para sostener la atención y regular la conducta, y éstos causan un deterioro significativo en el funcionamiento, interfiriendo en la vida cotidiana del niño, presentando además problemas hiperactivos y de alteración del comportamiento (niños que desobedecen, no toleran fácil la frustración, con reacciones agresivas, impulsividad, impopulares en el colegio por los problemas que generan…) y con baja autoestima asociada, el tratamiento farmacológico puede ser necesario. Bajo control y supervisión de un médico psiquiatra, la medicación ha demostrado su eficacia en el control de los síntomas atencionales, hiperactivos e impulsivos. El diagnóstico debe ser hecho por un profesional cualificado. Esto es importante porque no es fácil diferenciar la hiperactividad (ya comentamos que el Trastorno por déficit de atención es con o sin hiperactividad) de otros problemas como la ansiedad, la depresión, el estrés infantil… pues en todos ellos puede estar presente el síntoma de un exceso de actividad motora y dificultades para atender eficazmente. Un clínico experto (psiquiatra, psicólogo clínico) podrá hacer el diagnóstico adecuadamente.

Muchos padres consideran la medicación como algo peligroso, o lo asocian con la enfermedad mental, o consideran que es “drogar” a su hijo. Existen muchos mitos y temores que pueden desecharse hablando sinceramente con el profesional. Si el problema de déficit atención con hiperactividad (o sin ella) es leve o moderado, o no causa interferencia en la vida cotidiana del niño, la vía de tratamiento puede ser la psicoterapia y las pautas educativas. Pero si hay gravedad sintomática e interferencia considerable, el fármaco, controlado por un médico, no crea más molestias que las derivadas de los efectos secundarios (normalmente leves y que desaparecen cuando el organismo se habitúa al fármaco) y hay mucho que ganar. La vida del niño puede dar un giro importante. De hecho, muchos padres que al final han dado el paso, y los niños, refieren que “es otro” desde que toma la medicación.

La psicoterapia es la otra vía de tratamiento. No es incompatible con la medicación, al contrario, se recomienda en muchos casos que ambas se combinen. La psicoterapia le ofrece al niño un espacio para poder vincularse con una figura adulta que le ayude a tomar conciencia de su problema y tratar de manejarlo. Mediante técnicas conductuales y de trabajo con los pensamientos y las emociones del niño, se le ayuda a adquirir una mayor auto-regulación de su actividad y a dirigirla con éxito y de una manera más ordenada. También se trabaja con el niño en el aprendizaje de habilidades sociales que le permitan relacionarse adecuadamente con los demás y se abordan los problemas de autoestima. No hay que olvidar que el niño puede sentirse triste o bajo anímicamente como consecuencia de los problemas que presenta, por lo que una intervención para ayudarle a recuperarse anímicamente puede ser necesaria.

Con los padres se interviene y se les enseña técnicas de manejo del comportamiento que no estén reñidas con una aceptación de la persona del menor. Si existe problemática familiar asociada (problemas de pareja y otros problemas familiares) hay que tratarlos porque influyen en que el trastorno del niño se agrave y en su pronóstico. También se analiza y estudia la relación padres-hijo para que mejore y no desemboque en problemas de vínculo.
A nivel educativo, hay que colaborar con los profesionales escolares. En clase hay que permitirles tiempos de descanso entre actividades. El esfuerzo mental sostenido que hagan los niños debe ser a tiempos cortos. Es mejor que realicen menos tiempo de trabajo pero más eficaz. El tutor deberá regular y ser referencia para que el niño se acuerde de llevar y traer sus deberes, y también para avisarle cuando desatiende, para enseñarle a conocerse y manejar su atención. Deberá tener paciencia y recordar que tiene un problema y no atribuirlo a mala voluntad. En los conflictos con los compañeros que puedan surgir (por el exceso de actividad, o por la impulsividad) deberá adoptar una actitud de enseñar al niño a relacionarse y seguir las normas de grupo. El tutor ha de ser amable y firme ante las dificultades, evitando en la medida de lo posible la dinámica del castigo. Estos niños necesitan grandes dosis de comprensión, apoyo y refuerzo positivo por parte de todos porque a menudo, por los problemas de conducta, reciben mucho feedback negativo.

En casa, con los deberes escolares, éstos han de plantearse a diario, a ser posible en el mismo sitio y sin grandes distractores alrededor. Se pone un reloj que marque el tiempo que el niño va a trabajar. Se le supervisa el rendimiento y se le ayuda en lo que necesite. Con paciencia, porque a menudo interrumpirán, se distraerán, hablarán, se moverán… Hay que decirles que durante el tiempo previsto (10 minutos y luego descanso; otros 10 minutos y luego descanso; otros 10 minutos y final del estudio; esto para niños de Primaria) de trabajo hay que centrarse en las tareas. Sin perder los nervios y la paciencia, indicándoles siempre dónde debe poner el foco de la atención. Así, poco a poco, enseñándoles a educar la atención. Hay que mentalizarse que con ellos es como subir una montaña por el camino más largo. No se agobie, el niño es así y hay que ayudarle. Si ve que el trabajo escolar, los deberes, es una pelea constante, delegue este trabajo a un profesor o profesora particular que tenga experiencia en este tipo de niños.
La experiencia nos dice que si nos concienciamos todos en pautar y apoyar a los niños con estos problemas, su nivel de funcionamiento y ajuste global puede ser muy positivo.
Por último, no hay que olvidar que por encima de cualquier diagnóstico, está la persona. Hay que observar, analizar y comprender el ser del niño en su contexto. Eso es lo importante. Las clasificaciones diagnósticas no dejan de ser aproximaciones. Un diagnóstico no es colgar un "cartelito" al niño sino un conocimiento global del mismo.